Herta Müller. "En tierras bajas"
Las mujeres llevaban consigo a sus hijos pequeños cuando
salían a trabajar al patio o al huerto, los metían en canastas de
mimbre, entre mantas, y dejaban las canastas a la sombra de los
árboles. Arrancaban manojos de hierba de los bancales con raíz y
terrón incluidos. Tomaban aliento, volvían a escardar y sudaban.
Ella vivía a la orilla del pueblo. Aquel día estaba en el huerto y
había dejado al niño en la canasta de mimbre, bajo el árbol. Junto a
la canasta había una botella de leche. Estaba escardando la hierba del
bancal de patatas. Olía a sudor. De pronto miró hacia el sol, puso a
un lado el azadón y se dirigió al árbol.
La mirada se le vació, la ropa se le pegó a la piel. Se quedó
paralizada. Levantó bruscamente al niño, sollozó y gritó, y mientras
se tambaleaba sobre la hierba, la serpiente salió de la canasta
arrastrándose lenta y perezosa por el suelo, y la mujer encaneció en
cuestión de segundos.
En el huerto se quedaron el azadón y la canasta de mimbre
bajo el árbol. La serpiente se había bebido la leche de la botella.
El pelo le quedó blanco a la mujer y la gente del pueblo tuvo
por fin la prueba de que era una bruja.
Ya sólo hablaban de brujería y no se juntaban con ella. La
esquivaban e insultaban porque se peinaba de otro modo, porque se
ataba el pañuelo a la cabeza de otro modo, porque pintaba sus
puertas y ventanas de modo distinto a como lo hacía la gente del
pueblo, porque usaba otro tipo de ropa y tenía otros días de fiesta,
porque nunca barría el empedrado de la calle y en los días de
matanza bebía como un hombre y por la noche estaba borracha y envez de lavar la vajilla y salar tocino, bailaba sola con su escoba.
Y al llegar la primavera su marido se puso pálido y
transparente, y un día amaneció tieso y frío en la cama.
Tuvo que enterrarlo detrás del cementerio, entre los juncos, allí
donde el agua gorgotea cuando caminas.
El juncal parecía más alto e impenetrable que nunca aquel
verano.
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