Mostrando entradas con la etiqueta Confesiones de lectora. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Confesiones de lectora. Mostrar todas las entradas

jueves, 6 de agosto de 2026

Como un arbol sin agua

 Tatiana Tibulac. El jardín de vidrio. Pág.32


A veces me parecía que, sin nuestra escucha, Zahar Antonovich

se habría secado, simplemente, como un árbol sin agua. Hay en el

mundo gente así, gente que, si no cuenta cosas, no puede vivir. Para

ellos, para esa gente siempre hermosa y a menudo loca, la vida

debe ser una historia. Porque solo ahí, entre sus costillas blandas y

mágicas, hacen ellos las paces con el mal y con el dolor, con las

enfermedades y las traiciones, porque ellos lo saben. Saben que una

historia no deja jamás las cosas sin resolver. Una historia —incluso la

más breve, incluso la más triste— pone siempre buen cuidado en

hacer justicia. 



Ediciones Impedimenta.

miércoles, 5 de agosto de 2026

Acabo de terminar (23.20hs) El ministerio del dolor de Dubrazka Ugresic y dejé este mensaje en mi grupa de lectura

 Cumpas: Acabo de terminar El ministerio del dolor. Muy emocionada. Gracias por no contarnos el final que me sorprendió mucho, me deja con muchas dudas e inquietudes. Hablemos de este final la próxima. Abrazón.

lunes, 3 de agosto de 2026

La lengua era nuestro trauma común

 Dubravska Ugresic. El ministerio del dolor (fragmento)



—Todas nuestras lenguas intentan establecer su norma literaria, pero solo

suena natural en su variante impura, bastarda, o en la dialectal. Cuando oigo

cómo parlotean los dálmatas me parece muy cool. Cuando oigo el croata

oficial me resulta afectado, una agresión al idioma. Todas esas lenguas, croata,

serbio, bosnio, son algo antinatural… Yo soy un rocker, compañera, tengo un

oído guay, I know what I’m talking about…

Entretanto, este idioma nuestro del que Igor hablaba, refiriéndose al

estándar lingüístico croata, se había vuelto aún más rígido. La exposición

constante en los periódicos y en la televisión modificaba la lengua a diario:

unos adoptaban el habla nueva y deforme con una pasividad asombrosa, otros

con pasión. Para unos era la única manera de afirmar su lealtad política; para

otros, extrañamente, se había convertido en el único modo de describir la

pesadilla en la que vivían. Las frases rígidas, secas, facilitaban la cosa y

acortaban el camino. Las frases eran un idioma de señales, despersonalizaban al

hablante y servían de muro protector. Las frases eran un discurso acerca de algo

sobre lo que, de todos modos, no se podía hablar. Como si no hubiera

elección, como si solo hubiera dos opciones: callar todo con autenticidad o sin

autenticidad hablar de todo.

Los jóvenes empezaron espontáneamente a parapetarse en las hablas locales

que antes desdeñaban (¡solo los cazurros hablan así!). Solían refugiarse también

en su lengua inventada, la lengua de su generación escolar o de su pandilla. Esa

lengua inventada servía de defensa provisional contra la nueva habla oficial,que había llegado con la guerra, había irrumpido en todas partes y lo había

contaminado todo. Era una suerte de idioma secreto como el que usábamos en

la infancia, convencidos de que nadie nos entendía… Tepe tenpegopo quepe

depecirpi alpagopo…

La lengua era nuestro trauma común que, a veces, se manifestaba en una

forma pervertida. Me afectó el caso de una bosnia que, según dicen, se había

aprendido de memoria la historia de su violación y la repetía cada vez que se lo

pedían. Y cuando las violaciones de guerra se convirtieron en el foco de los

medios de comunicación mundiales, se constató que solo esta bosnia era capaz

de relatar el hecho de manera coherente. Pronto la arrastraron de acá para allá

los periodistas extranjeros, las asociaciones de mujeres, las organizaciones de

mujeres americanas, que la invitaron a los Estados Unidos. Allí fue de un lugar

a otro repitiendo el estribillo de su humillación personal. Es más, cuentan que

se aprendió de memoria la versión inglesa. Repetía su relato, que ahora estaba

doblemente despojado del contenido auténtico, cual plañidera en los entierros

de los pueblos. Como una máquina parlante, la bosnia anestesiaba su dolor con

la reproducción pública de su desgarradora historia.

A menudo me parecía que mi propia habla se volvía seca e incolora. A veces

me sentía como una alumna del curso de croata para extranjeros, y podía

suceder que, al pronunciar una frase, me quedara atónita por su sonido seco y

frío. Como si hubiera dejado salir las palabras a través de una boca llena de

escarcha.



Ediciones Impedimenta. Pág. 41-42

La protagonista, profe de literatura, en clase con expatriades en Bélgica

Dubravska Ugresic. El ministerio del dolor.



 Por supuesto que entendía bien la situación absurda en la que me hallaba.

Tenía que dar clases de una materia que oficialmente ya no existía. La Filología

Yugoslava —que antaño abarcaba la literatura eslovena, croata, bosnia, serbia,

montenegrina y macedonia— había desaparecido como carrera junto con

Yugoslavia. A los estudiantes a los que debía impartir clase les preocupaban

solo los papeles holandeses, no la literatura. Estaba allí para enseñar la

literatura de un país (o, según el nuevo orden de cosas, de unos países) del que

mis alumnos habían huido o habían sido expulsados. En resumidas cuentas, el

absurdo se multiplicaba y la casa se desplomaba. De mí se esperaba que entre el

montón de ruinas encontrara un pasadizo y emprendiera la marcha.

Comencé por el idioma, por el croata-serbio, por el servo-kroatisch. La

lengua que se hablaba en Croacia, Serbia, Bosnia y Montenegro ahora, igual

que el país, se había dividido en tres lenguas oficiales: croata, serbio y bosnio.

Esta división oficial en croata y serbio existía ya antaño, la novedad era solo el

establecimiento de los puestos de control lingüísticos. De todos modos, las

«nuevas» lenguas no me preocupaban y no se me había pasado por la

imaginación separarlas por las diferencias contenidas en una cincuentena de palabras. Me preocupaba más el descubrimiento de una rigidez general del

idioma en sí, y luego la mala voluntad e incapacidad de mis alumnos para

servirse de él. A su «dudosa» lengua materna, la nuestra, ahora añadían,

además de un inglés mediocre, un holandés deficiente.

Dije que el croata, el serbio y el bosnio eran variantes de una misma lengua

y que apoyaba firmemente esa tesis.

—Todos los idiomas son dialectos tras los que se encuentra un ejército. Tras

el croata, el serbio y el bosnio se hallan bandas paramilitares. No irán a

permitir que criminales medio analfabetos sean sus consejeros lingüísticos, ¿no?

¡Solo nos faltaba eso! —dije, y al mismo tiempo era consciente de que

pertenecía a las generaciones cuyas lecturas escolares estaban salpicadas de

fragmentos en esloveno, macedonio, serbio y croata, impresos en alfabeto

latino y en alfabeto cirílico, y de que al cabo de una decena de años ya nadie se

acordaría de ese hecho.

Sin embargo, no era todo tan sencillo. Mis alumnos sabían bien que no se

trataba de una metáfora, y que detrás de nuestras lenguas se hallaban

realmente los ejércitos. En verdad se degollaba en nuestras lenguas, se

humillaba, se asesinaba, se violaba y se expulsaba. Eran lenguas que se hacían la

guerra sosteniendo que eran incompatibles, justo, quizá, porque eran

inseparables.

Los periódicos locales estaban repletos de consejos lingüísticos. De pronto,

todo el mundo era una autoridad lingüística: el carnicero, la peluquera y el

electricista. Con la guerra, aparecieron en las librerías los más diversos

diccionarios. Los serbios, que habían empezado a utilizar en masa el alfabeto

latino, volvieron al cirílico. Los croatas, pugnando por «croatizar» de la manera

más concienzuda posible el croata, pusieron en circulación unas construcciones

torpes, copiadas del ruso, y otras palabras, más disparatadas aún, que estaban

en uso durante la Segunda Guerra Mundial. Era una época de divorcio

lingüístico llena de ruido y rabia. La lengua era un arma. La lengua delataba,

marcaba, separaba y unía. Los croatas decidieron comer su kruh, como se dice en croata pan, los serbios su hleb, los bosnios su hljeb. La palabra smrt,

muerte, era la misma en las tres lenguas.

Todo esto no significaba que el idioma, antes de la separación —ese «croata-

serbio», «serbo-croata» o «croata y serbio»—, fuera una norma lingüística mejor

y más aceptable que con la guerra hubiera sido brutalmente aplastada, no. Esa

exlengua también tenía su propia función política, también tras ella estaba el

ejército, y se manipulaba con ella, también estaba contaminada con el nuevo

lenguaje ideológico «yugoslavo». No obstante, la historia de unión y

armonización de las variantes lingüísticas no solo era mucho más larga sino

también más meditada que la corta historia de la separación. Exactamente igual

que la historia de la construcción de puentes y carreteras era mucho más larga y

más meditada que la corta historia de su destrucción.



Ediciones Impedimenta. Pág. 38-39

viernes, 31 de julio de 2026

Ayer en mi primer encuentro con Inspiradas y el club de 3 escritoras canadienses


Hablamos de OSO, de Marian Engel. Hermosa novela y hermoso debate. 72 personas y ninguna dijo que no le haya gustado. Yo sumé idea de novela de aprendizaje o iniciática y referencia a la Mujer Salvaje, la Huesera en Mujeres que corren con los lobos de Clarisa Pínkola Estés. Terminamos con poema de Mary Oliver.





 

"Primavera", de Mary Oliver


En algún lugar

     una osa negra    

        acaba de despertarse

            y contempla


montaña abajo:

    Toda la noche

        en la viva y rasa inquietud

            de la primavera apenas iniciada


Pienso en ella,

    sus cuatro puños negros

        removiendo la grava

            su lengua

como un fuego rojo

    rozando la hierba

        el agua fría.

            Hay un solo tema:


cómo amar este mundo.

    Pienso en ella

        alzándose

            como un reborde laminado y negro

para clavar sus zarpas contra

    el silencio

        de los árboles.

            Sea lo que sea

mi vida

    con sus poemas

        y su música

            y sus ciudades de cristal,


también es esta deslumbrante oscuridad

    que baja

        la montaña,

            respirando y paladeando;


todo el día pienso en ella-

    sus dientes blancos,

        su mutismo,

            su amor perfecto.






Traducción de Diana Bellesi, en contéstame, baila mi danza. Ediciones Salta el Pez.



.

Vulnerabilidad extrema, desnudez e indefensión

Joan Didion. El año del pensamiento mágico. Pág. 44-45 



La gente que ha perdido hace poco a un ser querido tiene una expresión peculiar,

que tal vez solo reconocen quienes han visto esa misma expresión en su propia cara.

Yo la he visto en mi cara y por eso ahora la reconozco en otras. Se trata de una

expresión de vulnerabilidad extrema, de desnudez e indefensión. Es la expresión de

quien sale de la consulta del oftalmólogo a plena luz del día y con las pupilas

dilatadas, o bien de alguien que lleva gafas y de pronto le obligan a quitárselas. La

gente que ha perdido a un ser querido parece desnuda porque se cree a sí misma

invisible. Yo también me sentí invisible durante una época, incorpórea. Me daba la

impresión de haber cruzado uno de aquellos ríos legendarios que separaban a los

vivos de los muertos, de haber entrado en un lugar en el que solo me podían ver

quienes también habían perdido hacía poco a un ser amado. Por primera vez entendí

el poder de aquella imagen de los ríos, el Estigia, el Leteo, el barquero con su capa y

su pértiga. Por primera vez entendí el significado de la práctica del satí. Las viudas no

se tiraban a la pira en llamas por dolor. En realidad la pira en llamas era una

representación bastante precisa del lugar al que las había llevado su dolor: no sus

familias ni la comunidad ni la tradición, sino su dolor. La noche de la muerte de John

nos faltaban treinta y un días para cumplir cuarenta años de casados. A estas alturas,

ya habrán adivinado ustedes que a mí la «dura y dulce sabiduría» de los dos versos

finales de «Rose Aylmer» se me escapaba por completo.

Yo quería más que una noche de recuerdos y suspiros.

Yo quería gritar.

Yo quería que volviera.


martes, 28 de julio de 2026

Huellas dactilares

El ministerio del dolor. Dubravka Ugresic



 Me asombraba la cantidad de signos, señales, «huellas dactilares», como si

cada uno de los habitantes de Ámsterdam se esforzara por dejar su firma en

algún lugar. Estas señales eran infantiles y por ello conmovedoras, como las

miguitas de pan que Hansel y Gretel dejaban tras de sí para saber regresar. Me

parecía que tan numerosas señales —figurillas de gatos que trepan por la

fachada de las casas antiguas, las ventanas de las que colgaban banderitas,

carteles, incluso fotografías de los miembros de la familia, sobre todo de los

bebés recién nacidos, inscripciones y lemas de todo tipo, pequeñas esculturas,

juguetes, ositos de peluche, máscaras africanas, títeres del wajang indonesio,

barquitos, réplicas en miniatura de las casas de Ámsterdam— solo emitían un

mensaje: «Yo vivo aquí, ¡eh!, vivo aquí». Tenía la sensación de que todas estas

«naturalezas muertas», estos «ikebanas» e «instalaciones» en las ventanas —

como por ejemplo un jarrón barato en la ventana, comprado en Ikea, en el

que, merced a la voluntad inspirada artísticamente del morador, había

encallado un barco comprado en Xeno por dos florines—, revelaban el miedo

inconsciente de los habitantes a la desaparición. Esas casas de muñecas dentro de casas de muñecas, ese infantil exhibicionismo urbano, esa insistencia en

dejar huellas dactilares en la arena, todo esto en algún lugar rimaba con mi

propia angustia, cuyo verdadero nombre y origen ignoraba.



Parte 5. Página 31. Ediciones Impedimenta.

Epígrafe de Joseph Brodsky en El ministerio del dolor de Dubravka Ugresic

 Holanda es un país plano, que en última instancia se transforma en mar,

que es, en última instancia, Holanda. Los peces no apresados conversan en

holandés, convencidos de que su libertad es una mezcla de grabados y de

encajes. En Holanda no se puede subir a las montañas ni se puede morir

de sed; más difícil aún es dejar una huella clara al salir de casa en bicicleta;

en barco — con más razón. Los recuerdos son Holanda. Y no hay dique

capaz de contenerlos. En ese sentido he vivido en Holanda mucho más

que las olas locales, que se mueven a lo lejos sin rumbo fijo. Como estos

versos.


JOSEPH BRODSKY, 1993

Leo El ministerio del dolor

El ministerio del dolor. Dubravka Ugresic


 La angustia en el piso semisótano crecía a una velocidad tropical, como la

passiebloem, la pasiflora que adornaba los muros de las casas y de las vallas de

los jardines en muchos puntos de la ciudad. Cada vez con más frecuencia me

sorprendía a mí misma cogiendo el bolso, echándome la gabardina sobre los

hombros y saliendo a toda prisa del piso sin saber adónde iba.

Una ciudad que semejaba un caracol, una concha, una telaraña, un encaje

suntuoso, una novela de insólita estructura circular que carecía de final, me

desconcertaba. Me perdía a menudo, me costó mucho memorizar los nombres

de las calles y dónde empezaba o acababa una. Me ahogaba en un vaso de agua. Solía acompañarme la sensación de que si, como la Alicia de Carroll, resbalaba

y me caía en un agujero, me hallaría en un tercer o un cuarto mundo paralelo.

Porque Ámsterdam, que conocía desde hacía poco, era ya mi mundo paralelo.

Lo percibía como un sueño que, a su manera, rimaba con mi realidad.

Descifraba la ciudad como si interpretara mis propios sueños.

Lo que más me fascinaba era la arena. 



Editorial Impedimenta.

miércoles, 15 de julio de 2026

Acabo de terminar DUELO, mi primer Halfon

 

Matrioshka, un texto exclusivo de Eduardo Halfon

Tuve un sueño una noche de octubre de 2001, cuando apenas empezaba a escribir, a aprender el oficio literario. Me desperté sobresaltado, pero consciente de que había sido un sueño significativo, y de inmediato, antes de perderlo en la vigilia, lo anoté en un pequeño cuaderno espiral que en aquel tiempo mantenía en la mesa de noche, y que aún conservo:

«Madrugada del 31 de octubre de 2001. Son las cinco de la mañana, y me desperté angustiado. Recuerdo únicamente partes del sueño. Estaba escribiendo y leyendo un texto desordenado, incomprensible, en el cual cada capítulo (¿cuento, fragmento?) contenía la semilla del próximo. Ya más despierto, se me ocurrió una posible estructura literaria: la matryoshka. Muñecas dentro de muñecas dentro de muñecas. Ir creciéndola hacia afuera, para que el lector la lea hacia dentro. O al revés. Una sola historia fragmentada, escrita poco a poco, por entregas, y unida por la referencia a una estructura externa que explica su sistema, su sentido. Ansioso, entusiasmado, ya no pude dormir.»

Empecé a escribir y a publicar sin darme cuenta de la importancia de aquel sueño, por ratos casi olvidándolo, y también olvidando el cuaderno espiral con los primeros apuntes diarios de un soñador.

Hace más de veinte años de eso. He escrito ya suficientes libros para llenar una pequeña estantería, y aún no he llegado al centro o al final de la matryoshka. Sigo escribiendo historias que se abren a otras historias, cuentos independientes que a la vez dependen de los demás, libros que engendran otros libros. Como si mis libros, al igual que en aquel sueño, formaran una serie infinita de muñecas rusas. O más bien como si mis libros fuesen papeles sueltos que voy colocando en el suelo tras escribirlos, para que cada lector o cada lectora decida en qué orden quiere brincar de un libro a otro, de una historia a otra, y entonces ir armando así, con mis papeles esparcidos en el suelo, su propio juego de rayuela.


Eduardo Halfon

domingo, 28 de junio de 2026

Trilogía involuntaria de lecturas en este domingo

 De purs hommes (Hombres puros), de Mohamed Mbougar.

Ready Player One, de Ernest Cline.

¿Sueñas los androides con ovejas eléctricas), de PKD.

    Un capítulo maso de cada uno y entrelazados.

viernes, 26 de junio de 2026

El hermano hereda a la viuda

 Fragmento de "El cuaderno", de Mariama Bâ (Senegal, 1929-1981)



Después de los actos piadosos, Tamsir vino a sentarse en mi recámara,

en el sillón azul que a ti te gustaba. Inclinando la cabeza hacia afuera, le

hizo una seña a Mawdo; también llamó al imam de la mezquita de su barrio.

El imam y Mawdo se acercaron a él. Tamsir habla esta vez. La semejanza

entre Modou y Tamsir, es pasmosa: los mismos tics de la inexplicable ley

de la herencia. Tamsir habla lleno de aplomo; invoca (una vez más) mis

años de matrimonio, luego concluye: «Después de tu “salida”

(sobreentendido: del duelo), me casaré contigo. Me convienes como mujer;

además, seguirás viviendo aquí, como si Modou no hubiera muerto. En

general, es el hermano menor el que recibe como herencia a la esposa

dejada por el mayor. Aquí, es lo contrario. Tú eres mi oportunidad. Te

desposo. Te prefiero a la otra, demasiado ligera, demasiado joven. Yo había

desaconsejado ese matrimonio a Modou».

¡Vaya declaración de amor llena de fatuidad en una casa en la que el

duelo no ha desaparecido! ¡Qué seguridad y qué aplomo! Miro a Tamsir a

los ojos. Miro a Mawdo. Miro al imam. Estrujo mi chal negro. Desgrano mi

rosario. Esta vez, hablaré.

Mi voz sabe de treinta años de silencio, treinta años de vejaciones. Mi

voz estalla violenta, a veces sarcástica, otras despreciativa. —¿Alguna vez sentiste afecto por tu hermano? Y ya quieres construir

un hogar nuevo sobre un cadáver fresco. Mientras rezamos por Modou, tú

piensas en futuras nupcias.

»¡Claro, tu jugada es adelantarte a cualquier pretendiente posible,

adelantarte a Mawdo, el fiel amigo que tiene más méritos que tú y que,

igualmente, según la costumbre, puede ser heredero de la esposa! Olvidas

que tengo un corazón, una razón, que no soy un objeto que se pasa de mano

en mano. Ignoras lo que para mí significa casarse: es un acto de fe y de

amor, un don total de sí al ser que uno ha elegido y que nos ha elegido. (Yo

insistía en la palabra elegido).

»¿Y tus mujeres, Tamsir? Tus ingresos no cubren ni sus necesidades ni

las de tus decenas de hijos. Para suplirte en tus deberes financieros, una de

tus esposas hace trabajos de tintura, la otra vende fruta, la tercera gira

incansablemente la manivela de su máquina de coser. Mientras tanto, tú

descansas cómodamente como señor venerado que se hace obedecer con el

dedo y la mirada. Nunca seré el complemento de tu colección. Mi casa

nunca será para ti el oasis codiciado: nada de cargas adicionales; todos los

días estaré de turno;[4] estarás aquí en medio de la limpieza y el lujo, de la

abundancia y la calma.

»Y además están Daba y su marido, que han demostrado su capacidad

financiera al comprar todos los bienes de tu hermano. ¡Qué promoción! Tus

amigos, quedarán bizcos de envidia al verte».

Mawdo me hacía señas con la mano:

—¡Calla! ¡Calla! ¡Detente! ¡Detente!

—Pero uno no detiene una furia en marcha. Concluí, más violenta que

nunca:

—Tamsir, tus sueños de conquistador me causan vómito. Duraron

cuarenta días. Nunca seré tu mujer.

El imam tomaba a Dios por testigo:

—¡Qué palabras profanas son ésas, y en autendo de duelo!…

Sin decir una palabra, Tamsir se levantó. Comprendía perfectamente su

derrota.

Éste era mi desquite ante otro día en que los mismos tres me

anunciaron, con desenvoltura, el matrimonio de Modou Fall con Binetou.

3 AM

 Anoche, esta madrugada, terminé de escuchar (audiolibro hermoso) El gran Gatsby. Una maravilla. Y me estuvo esperando ahí desde hace años. 

Lunes por la madrugada...

Yo cierro los ojos y veo tu cara
que sonríe cómplice de amor...