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martes, 15 de septiembre de 2026

Leyendo a Stephen King en la pradera









 

Los murales de Dave en el basurero (de Derry!!!)

 Fragmento de "Dos cabrones con talento" de Stephen King


El basurero abarcaba una superficie de unas dos hectáreas y lo circundaba una valla alta de tablones. Dave la pintó con murales de la vida en el pueblo, y cada año iba ampliando su obra. Aunque la valla desapareció hace tiempo (y el basurero es ahora un vertedero controlado), todavía se conservan fotos. Esos murales recuerdan a la gente la obra posterior de Dave. Había grupos de costureras que se fundían con partidos de béisbol, partidos de béisbol que se fundían con caricaturas de vecinos de Harlow muertos hacía mucho, escenas de la siembra de primavera y la cosecha de otoño. Quedaron reflejados todos los aspectos de la vida en un pueblo pequeño, pero el tío Butch incluyó también a Jesús seguido por los apóstoles (Judas el último de la fila, con una sonrisa de comemierda en la cara). Aunque en realidad ninguna de esas escenas tenía nada de extraordinario, eran exuberantes y alegres. Eran, podría decirse, precursoras

Poco después de la muerte del tío Butch, un LaVerdiere que retrataba a Elvis Presley y a Marilyn Monroe paseando cogidos de la mano por la avenida central cubierta de serrín de una feria de pueblo se vendió por tres millones de dólares. Era mil veces mejor que los murales del tío Butch en el basurero, pero no habría desentonado allí: el mismo sentido del humor delirante, realzado por un trasfondo de desesperación y —tal vez— desprecio. 

Los murales de Dave en el basurero eran el capullo; Elvis & Marilyn eran la flor. 

viernes, 11 de septiembre de 2026

Si pudiéramos escuchar crecer a los árboles

 Otro fragmento de "Libros y rosas" de Helen Oyeyemi




—¿Un sonido? ¿Una voz?

—Sí…, bueno, no. Era un crujido, como un picaporte oxidado girando, o

como el chirrido de los goznes de una puerta de madera forzada, aunque yo

diría que era, estoy casi segura, el sonido de algo que crecía. A veces pienso

que si pudiéramos escuchar crecer a los árboles los oiríamos… crujir… de esa

manera. Volví a llamar y el crujido se detuvo y dio paso al silencio. Un

silencio que me dio muy mala espina. Entonces pensé que tenía que hacer

algo…, si dejaba la puerta cerrada y luego resultaba que alguien podría

haberse salvado si la hubiera abierto a tiempo, no habría podido soportarlo…,

así que tenía que abrir la puerta a toda costa. Recé para que estuviera cerrada,

pero se abrió, y vi a la señora del Olmo en pie junto a la ventana, a la luz de la

Página 17 luna y de espaldas a mí. Sujetaba una rosa en las manos como si fuera a

bebérsela. Estaba de pie, muy tiesa; nadie está en pie de esa manera, ni

siquiera los bailarines en el escenario…

—¿Muerta?

—No, si te parece estaba echando un sueñecito. ¡Joder, pues claro que

estaba muerta, Lucy! ¡Completamente muerta! Encendí la lámpara de la mesa

y me acerqué. Tenía los ojos abiertos y en ellos se podía percibir cierto

entendimiento…, por un momento pensé que iba a hacerme callar; parecía

comprender lo que le había sucedido y estar a punto de decir: «¡Chsss! Ya lo

sé, ya lo sé, y tú no tienes que saberlo». Era una imagen espantosa, no sabes

qué espantosa era. Pero cuando bajé la vista y miré el resto del cuerpo para

tratar de olvidar el rostro, vi tres cosas en rápida sucesión: una, que el color de

la rosa que sujetaba era diferente del color de las rosas del jarrón del alféizar

de la ventana. Las del jarrón eran amarillas con vetas de color lavanda, como

te he dicho, y la que tenía ella en la mano era naranja con vetas marrones.

Lucy hizo mentalmente las mezclas de colores. ¿Qué convierte el amarillo

en naranja y el azul o el morado en marrón? El rojo.

—También vi que tenía un agujero en el pecho.

—¿Un agujero?

—Una pequeña y precisa incisión —aclaró Safiye golpeando suavemente

en el centro del pecho de Lucy—. Iba de un lado a otro y, sin embargo, no

había sangre.

(Toda estaba en la rosa).

—¿Y qué más?

—El tallo de la rosa era naranja. —Safiye se puso a temblar de nuevo—.

¿Cómo podía contar eso a la policía? ¿Cómo iba a decirles que fue así como

la encontré? A la rosa le había crecido una especie de cola. Larga, curvada,

espinosa. Salí huyendo.

—Después de coger la llave —le recordó Lucy.

—Cogí la llave y salí corriendo.

Las amantes cerraron los ojos para dejar de pensar y de los pensamientos

pasaron al sueño. Cuando Lucy se despertó, Safiye se había ido. Dejó una

nota —«Espérame»— y esa fue la única prueba de que la visita nocturna no

había sido un sueño.

Diez años después, Lucy seguía esperando.

lunes, 7 de septiembre de 2026

Preparación para la Vida

Fragmento de El jardín de vidrio, de Tatiana Tibuelack. PP. 154-55 



Raia parecía enfadada, pero no me echó. «Has venido en muy mal momento», me gritó desde detrás de la puerta y corrió a la cocina. La seguí, descorazonada. Quería saber de dónde venía aquel tufo. Del hornillo, un caldero de aluminio en el que la había visto en verano lavar la fruta para hacer mermelada. El olor me resultaba conocido, sin embargo, no podía tratarse de comida. Me acerqué y observé una espuma rojiza, a punto de derramarse por los bordes pringosos. Raia puso la tapa y el tufo se atenuó. «¿Qué es eso?», le pregunté cubriéndome la boca con la mano. «¿Qué pasa? ¿Es que no puedes dormir por la noche?», atacó ella. Yo había ido, de hecho, con un cometido.

Tenía que hacer un salchichón de chocolate, una de esas estupideces que se les pedía a las chicas en cuarto curso. Eso es todo lo que recuerdo de las clases de Preparación para la Vida: salchichones de chocolate y punto de cruz. En otras palabras, de la escuela salí fantásticamente preparada para la vida. El resto, me lo callo. Nadie me preparó para la violación. Nadie me preparó para la traición. Limpiar, cocinar, acostarse: eso tenía que saber una mujer. N-a-d-i-e me dijo que llegaría un día en que mi marido —uno de los chavales que en esa misma hora de clase tallaban admirablemente la madera— se cagaría en mi comida y en mi limpieza y se marcharía. Ni siquiera con otra mujer, ni siquiera con un objetivo concreto. Se marcharía, simplemente. Más o menos así fue nuestra preparación para la vida. Llevarte una paliza y enrollar un salchichón de chocolate. Alumbrar a un niño enfermo, bordar un pañuelo a punto de cruz. 

Es cierto, soy mala. Blasfemo y bebo. También hago otras cosas. Sin luciérnagas mágicas en mi sombrío agujero. No hice un salchichón, ni aquel día ni ningún otro. Raia estaba lavando en el caldero los trapos de la entrepierna, tal y como tenían que hacer todas las mujeres una vez al mes. Cuando descubrí lo que tenía en el fuego y reconocí el olor a sangre coagulada, salí y vomité en las escaleras todo lo que había comido."

sábado, 5 de septiembre de 2026

"Siempre dependí de la amabilidad de los extraños"

 Dice Blanche en el final de Un tranvía llamado Deseo, de Tennesse Wiiliams. Hoy subrayábamos la frase en nuestro encuentro mensual con el profe Alan Cabral y se me ocurrió algo que no había visto antes. Para les extrañes es fácil ser amables con alguien "outsider", "loca", "rara", que no encaja en el sistema patriarcal, porque no les descoloca, no les obliga a revisar todos sus esquemas, pueden reconocer que es lindo ser así, que admiran a la persona rebelde, "desviada", pero pueden seguir con sus vidas apenas miran para otro lado. Dentro de las familias y grupos más cercanos o prolongados en el tiempo, alguien como Blanche es una bomba de tiempo, una máquina insoportable de destruir la comodidad, los pactos silenciosos, la violencia normalizada. Y eso es muy difícil de integrar. Mejor encerrarla, apartarla, invisibilizarla, si ninguna otra forma de normalización funciona.

viernes, 4 de septiembre de 2026

Leyendo maravillada

La plus secréte memoire des hommes. De Mohamed Mbougar Sarr, de quien leí el mes pasado De purs hommes. Igual de buena aunque esta tiene el doble de páginas y trata de uno de mis temas preferidos: un escritor en medio de escritores y su busqueda de otro escritor que le voló la cabeza a todos y desapareció por acusaciones de plagio.

Iba a poner unas críticas que se encuentran online pero esta cosa no me deja copiar y pegar con facilidad.

jueves, 3 de septiembre de 2026

Leer y escribir

 Son, para mí, como movimientos digestivos. Cosas que entran y salen, cosas que incorporo, descarto o doy a otres como alimento. Quizás también cosas que se me atragantan, que no puedo diferir, que me caen pesadas o que debo purgar.

Leer me es mucho más fluído, activo, menos conflictivo que escribir. Pero escribir es mucho más intenso en todos los sentidos, cuando lo logro y cuando no.

El otro día no sé qué le dije a mijita sobre qué libro (algunas de mis epifanías de lectura, esas que me hacen decir cosas enormes) y ella me contestó: "A mí nunca me pasó algo así con un libro". Una pena no acordarme qué le dije y sobre qué libro (de todas las enormidades que he estado leyendo). Recién ahí me avivé de que no es común esto que me pasa como lectora. Y mirá que conozco muches lectores, buenes, mediocres, caretas, pero muchas veces siento que es falta de expresión o de comunicación externa de lo que sienten al leer, nunca pensé que no lo sintieran como yo.

Lunes por la madrugada...

Yo cierro los ojos y veo tu cara
que sonríe cómplice de amor...