Fragmento de "En tierras bajas" de Herta Muller:
Las algas han teñido el fango de verde.
Las moscas zumban por entre el untuoso plumaje de las ocas.
Cuando la lluvia, que en verano pudre la madera, ablanda la
tierra, puede verse cuán profundos son los caminos y cuán socavada
ha quedado la tierra.
Las vacas llevan entonces grandes zapatos de fango sin forma
al pasar bajo el portón de las casas. Se siente el olor a hierba en sus
barrigas. Los bolos de hierba que regresan a sus gargantas tras la
primera masticación me duelen a mí misma en el pecho. Las vacas
están ausentes cuando rumian, con los ojos aún ebrios de tanto
pastizal. Todas las tardes vuelven al pueblo con esos ojos ebrios.
Un día nuestra vaca me cargó en sus cuernos y saltó conmigo
la acequia. Allí me dejó caer sobre una huella de coche muy profunda
y pasó por encima de mí. Su ubre salpicada de estiércol parecía a
punto de romperse.
La seguí con la mirada. Detrás de ella jadeó un rato el aire
caliente. La carne me ardía en los puntos escoriados de mis rodillas;tuve miedo de que tanto dolor me impidiera seguir viviendo, y al
mismo tiempo sabía que estaba viva porque me dolía. Temí que la
muerte pudiera entrar en mí por esas rodillas abiertas, y al punto
puse las palmas de mis manos sobre las heridas.
Y como aún estaba viva, llegó el odio.
Y sentí ganas de horadar su enorme vientre peludo con mis
ojos, y hurgar con mis manos en sus intestinos calientes,
hundiéndoselas hasta el codo.
El pico de cigüeña aún guardaba la lluvia de la víspera en la
rasposa nervadura de sus hojas. Me lavé con su agua pardusca y esa
noche las mejillas se me pusieron rojas de verdad y vi en el espejo
cómo me iba poniendo más y más guapa.
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