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viernes, 2 de junio de 2023

La capacidad de ser “huaquero y huaco”

  

“HUAQUEANDO HUACOS” POR JIMENA NÉSPOLO




Huaco retrato de Gabriela Wiener. Buenos Aires, Literatura Random House, 2022, 176 páginas.

A pocas páginas de empezar Huaco retrato (2022), la última crónica novelada o novela autoficcional de la escritora peruana Gabriela Wiener, se revela el porqué de su título: “Mi cara es muy parecida a un huaco retrato. Cada vez que me lo dicen me imagino a Charles moviendo el pincel sobre mis párpados para quitarme el polvo y calcular el año en que fui moldeada” (60). Un “huaco” –explica– puede ser cualquier pieza de cerámica prehispánica hecha a mano, de forma y estilo diversos, pintadas con delicadeza, con fines decorativos o dedicados a la ritualidad y la ofrenda. Los huacos se llaman así porque fueron encontrados en los templos sagrados llamados huacas, enterrados junto a gente importante: “Pueden representar animales, armas o alimentos. Pero de todos los huacos, el huaco retrato es el más interesante. Un huaco retrato es la foto de carnet prehispánica. La imagen de un rostro indígena tan realista que asomarnos a verlo es para muchos como mirarnos en el espejo roto de los siglos” (61). 

Foto carnet, “serie de televisión”, “cine porno”, “comic tridimensional” o “kamasutra andino”, la autora de Sexografías (2008) trae los huacos al presente para interrogarlos de manera ácida y diacrónica, tridimensional y sexo-afectiva, a fin de que estos revelen los abismos de un yo puesto en la mesa de disección. En tiempos de la intimidad vuelta espectáculo, Wiener se zambulle en el hedonismo en el que se solazan lxs sujetxs contemporánexs y va un poco más allá: se exhibe, se pavea, se contorsiona, se embarra y embarra, hasta llegar –por fin– a construir una historia íntima que se vuelve, a la vez, cifra impúdica de la historia americana. “La primera vez que le enseñé a mi novia española la serie de huacos eróticos –confiesa– creyó verme en todas las mujeres de barro que tragan penes más grandes que sus cuerpos, gozan a cuatro patas y paren niños” (61). 

Quien crea que Wiener improvisa su apuesta, se equivoca. A lo largo de los textos y los años su proyecto ha ido ganando audacia: si en Sexografías (2008), coqueteaba con el pornocapitalismo y el modo en que este usufructúa de los cuerpos y el relato de sus transgresiones, y en Nueve lunas (2009), el periodismo gonzo del que se decía cultora, le permitía explorar los claroscuros de la maternidad alejándose de los mandatos patriarcales, en Huaco retrato, esa horadación en el yo-autobiográfico se vuelve poderosa coartada desde donde desandar los mandatos familiares y de clase, de cierto criollismo progre, de ayer y de hoy. La muerte del padre y la vuelta a Lima, para despedir sus restos, desencadena un relato que, progresivamente, irá desmenuzando desde una perspectiva interseccional, que cruza género, raza y clase, lo que implica “ser negra”, “chola” y “sudaca” de un lado y otro del océano –de Madrid a Lima y de Lima a Madrid:


Todos tenemos un padre blanco. Quiero decir, Dios es blanco. O eso nos han hecho creer. El colono es blanco. La historia es blanca y masculina. Mi abuela, la madre de mi madre, llamaba a mi padre, al marido de su hija, “don” porque ella no era blanca sino chola. Me resultaba rarísimo oír a mi abuelita tratando con ese excesivo e inmerecido respeto a mi papá. “Don Raúl” era mi padre.

En la época en que los niños del colegio me gritaban negra como insulto encontraba refugio cogiéndole de la mano para que todo el mundo supiera que ese señor solo un poco blanco era mi papá, eso me hacía menos negra, menos insultable. Supongo que ahora que está muerto lo poco blanco que hay en mí se ha ido con él, aunque siga usando solo su apellido, y nunca el de mi madre, para firmar todo lo que escribo. 

Durante mucho tiempo pensé que lo único que tenía de blanca era ese apellido, pero mi marido dice que mi “mancha humana” es inversa a la de Coleman, el personaje del profesor universitario de esa novela de Philip Roth, que quiere esconder su negritud. Mi identidad marrón, chola y sudaca intenta disimular la Wiener que llevo dentro. (45)



“Me gritaron negra”, el portentoso poema de la artista afroperuana Victoria Santa Cruz, que a fines de los ’60 creara la compañía de Teatro y Danzas Negras del Perú, se coliga a la novela La mancha humana (2000) de Philip Roth, para colaborar en desmontar ese “mito blanco” que, para la familia de Gabriela y para las élites criollas americanas, sintetiza el apellido “Wiener” como ejemplo entre tantos más. Porque bucear en el apellido, supone para la cronista, la consecuente lectura y análisis de un referente ineludible de la literatura de viajes: Perú y Bolivia. Relato de viaje (1880), publicado en Paris por parte de su ancestro europeo, Charles Wiener, “viajero científico”, expoliador de cuatro mil piezas precolombinas expuestas hoy en el Musée du quai Branly, a metros de la Torre Eiffel. Huaco retrato es, por tanto, también la respuesta de una lectora tardía a ese libro que Charles pergeña luego de su aventura en tierras americanas entre 1875 y 1876.  


Me gusta enviar por el grupo que tengo con mis dos parejas en WhatsApp mis pequeños hallazgos de citas atroces de Wiener, como cuando se refiere a los peruanos como gente con una “constitución abusiva” y “malsana”, en los que pueden encontrarse “las causas nefastas de la momificación de este pueblo y del envilecimiento del individuo”. Del indio autóctono dice “no supo morir, he aquí por qué el indio no sabe vivir”. Y hace una cruel descripción de su vida: “de niño no conoce la alegría, de adolescente el entusiasmo, de hombre, el honor, de viejo la dignidad”.

Un visionario, me dice Jaime por el chat, y nos reímos como unos nazis, porque nos resistimos a ofendernos. Sería demasiado fácil. Porque Charles juzga a “estas momias indignas” desenterradas por españoles, o austríacos o franceses, o austríacos que quieren ser franceses, desde su topografía, pero nosotros nos juzgamos a nosotros mismos desde la ironía, sabiéndonos producto de esa confrontación.

Es tan grotesco su ensañamiento que da risa. Si para algo tenía talento es para el insulto, digo yo. Y eso, por cierto, es algo que también se hereda. Hay escritores que devuelven belleza al mundo y otros que le gritan su fealdad. Si solo hay dos posibilidades, Wiener no es un escritor, me digo, es el troll de toda una civilización. (52-53) 


Paul B. Preciado presenta a Huaco retrato, en las solapas de esta edición, como una “psicogenealogía queer y descolonial”. Y, en efecto, el libro sostiene los epítetos con la carga conceptual necesaria para dar cuenta de ese saber de la ciencia actual que –al fin– hoy lo legitima. Hay una batería de textos teóricos contemporáneos que, conscientemente, la autora usa para refrendar su apuesta y desarmar o –¿por qué no?– corregir esa cientificidad caída en desuso de su ancestro: se sabe chola, se sabe ultrajada, pero no se ofende (“sería demasiado fácil”), asimila el ultraje y devuelve la afrenta al “troll” blanco y racista con la respuestas que ofrecen hoy los estudios decoloniales y de género. El apellido Wiener se agiganta. 

La autora sabe que Aníbal Quijano lo explicó bien. El Estado Nación que surgió en América Latina luego de las guerras de independencia tuvo como matriz fundacional la continuación de un conjunto de instituciones coloniales, fraguadas al calor de la conquista y colonización europea, que legitimaron la jerarquización de unos sujetos sobre otros; taxonomía ideológica basada en primera instancia en el cuerpo, que naturalizó roles sociales, para favorecer a los privilegiados emblanquecidos (“criollos” o “mestizos”) por su ascendencia. En palabras de Rita Segato, lo que se sucedió fue un “mestizaje etnocida”, utilizado para suprimir memorias y cancelar genealogías originarias, cuyo valor estratégico residía en otorgar a las elites un valor invertido al rostro mestizo no-blanco, capaces de sublimar esa cancelación.

En Huaco retrato, la enunciación de ese ese racismo estructural, en tanto dispositivo que tiene manifestaciones económicas, políticas, culturales y sexuales, en el que el mestizaje actúa como mediador/encubridor de la desigualdad, se exponencia y desborda.


Me acuerdo de mi propia abuela Victoria, que era andina y bien racista se rechazaba a sí misma como tantos cholos, ocultaba su origen andino porque andino quería decir pobre y explotado, no quería ser como su mamá Josefina. Para no ser discriminado allí hay que pasarse al otro bando, hay que convertirse en discriminador. (…) Me hubiera gustado escucharla, sonreír, menear la cabeza, cogerla de la mano, decir algo divertido y atesorar la anécdota junto a las veces en que me confundieron con la niñera de mi propia hija en un parque de Barcelona o cuando un señor en una farmacia limeña me dijo que nos fuéramos a su casa porque “necesitaban muchacha”. Y contar la anécdota entre risas a nuestros amigos. Pero esta vez no puedo (129)  


Esta escena última acontece cuando conoce a la abuela de su “novia española”, que la confunde con la señora de la limpieza. Su novia Roci, su marido Jaime, la hija que tiene con él, el hijo que su novia tiene con su marido: Wiener a todos los presenta, los exhibe, los expone como figuritas de Instagram, los sube al escenario para representar frente a públicos, de aquí o de allá, esa “rareza” que es su vida “poliamorosa” para las gentes convencionales atadas a la monogamia o al pudor. Ellos saben a conciencia que  forman un pequeño zoo contemporáneo, similar a los que se alzaban en Europa, en el siglo XIX, con indígenas traídos del Nuevo Mundo, para que performatearan su salvajismo, su bizarría, su bestialidad. Los tiempos han cambiado y no tanto, por eso Gabriela relata también, en Huaco retrato, ese zoo humano que su ancestro colaboró en urdir, trayendo de su viaje un niño robado: “Hay algo en esta mezcla perversa de huaquero y huaco que corre por mis venas, algo que me desdobla” (61). La capacidad de ser “huaquero y huaco”, es decir de ser saqueador y a la vez retrato de barro saqueado, portador de una indianidad arcaica, es la doble apuesta de este texto visceral que pivotea entre siglos y textualidades con una gracia y un desparpajo inusitado. “Huaco” que abandona sin guácala toda pretendida función ornamental, puesto que no está dispuesto a aceptar, pasivamente, los papeles asignados por el relato racista colonial que lo conmina a ser una pieza museística, de zoo o de feria.  


lunes, 2 de mayo de 2022

Opera queer: Fuimos con Magdalena a La herrería y fue muy muy muy genial


    Dos horas de show de esas que se aman minuto a minuto, sonido a sonido, risa a risa, deslumbramiento por las voces y las manos, ternura por el amor entre ellas que se vuelca al público, alegría por esas canciones de Disney que necesitamos deconstruir y esas óperas clásicas que emocionan por todas las memorias que agitan. También me encantó cuando agarran la guitarra y le meten a la zamba y al waino desenchufades.

Ya me puse a seguirles y a buscar más.





 

lunes, 18 de noviembre de 2019

La Ramita en los basurales


El orgullo de ser chola


12 noviembre, 2019 by Redacción La Tinta

Maximiliano Mamani le da vida a la drag Bartolina Xixa, en una expresión artística performática que recupera su identidad indígena, marika y su crítica a la colonialidad imperante en la vida cotidiana, visibilizando las interseccionalidades de clase/raza, género y sexualidad en las resistencias Latinoamericanas. Para Maxi, traer la Bartolina a la contemporaneidad es sumamente necesario en este momento, “para no olvidar las memorias que tantas veces nos han querido borrar, no darle posibilidad al olvido”.
Por Redacción La tinta

Llegó desde Tilcara la semana pasada para participar de varias actividades en nuestra ciudad. La presetanción de su espectáculo “Ramita Seca, la colinialidad permanente”, llevó adelante el taller sobre roles y género en el imaginario de la danza folclórica popular y el conversatorio junto a Cristina Paredes sobre sobre diversidad sexual y cultural, en el cual La tinta participó y aprovechamos para conversar con él.


—¿Qué estereotipos y cánones desafía la Bartolina Xixa en el mundo drag?

—Fundamentalmente la construcción blanca colonial que tienen algunas perspectivas, sobre todo las más hegemónicas dentro del drag. En la construcción del dragueo se toma y hegemoniza una cultura netamente consumista y capitalista. En ese sentido, creo que la Barto busca irrumpir de nuevo en esa lógica y poder denunciar otras cosas. Poder denunciar esa realidad, para construir otras formas de hacer drag o como yo digo ahora, transformismo desde otra realidades, desde esos espacios pensar en otras pluralidades de formas y sentires que nos permiten ser más parecides a nosotres mismes y mostrar un abanico más grande de realidades. Eso sería la ruptura contra la lógica colonial que es blanca y binaria, construir desde lo anti colonial.

—¿Por qué la lideresa aymara Bartolina Sissa?

—En principio Bartolina para poder abrazarme a mi identidad, a mi realidad y mi vinculación con Los Andes, con las vivencias y experiencias de mi familia y también como una acción política, como una crítica a la construcción lgbt normada, donde el drag se construye desde la hegemonía occidental femenina blanca. Yo quiero poder decir y reivindicar feminidades que no son exactamente las blancas occidentales y que son construcciones desde las periferias de los centros hegemónicos.

Para mí es importante volver a traer al presente a Bartolina, pensar que como plantas que crecen y vuelven a tirar sus semillas, podemos nacer siendo plantas muy parecidas a ellas, no siempre las mismas; porque yo soy una Bartolina marika pero cada une de nosotres, puede tener ese germen, y que existan múltiples Bartolinas en diversidad de formas, todas únicas pero en una raíz común.

—¿Qué posicionamiento estético, ético y político has construido desde la Bartolina?

—Es un ir haciendo constante, un sentir-pensar y accionar al mismo tiempo. La Bartolina nace en un principio como un desborde, que me permitió desbordar los sentires y vivencias que venía atravesando. Tal vez no nació desde la racionalización pura, de decir este es el concepto o la estética que yo quiero, sino que dije: quiero salir así y después fue que empecé a hacer más consciente de esa realidad. Más en la lógica del pensamiento de Kusch del estar haciendo, entonces en el momento que estoy también estoy construyéndome, en este sentido es muy distinta a la lógica occidental donde primero se piensan las cosas y después se accionan. En ese sentir en el momento, voy siendo y me voy transformando. Ahora, me encuentro, no sé si en términos de estética, pero sí pensando en atributos con los que me sienta más abrazado e identificado a mi origen, a mi familia, a mis pares y a esos rostros que siempre me han acompañado en toda mi infancia y todo mi proceso de crecer, y en la posibilidad de poder ir mutando e ir transformándome. Transformación que todo el tiempo va variando.

—¿Cómo fue comenzar con tu arte drag en Tilcara, cuáles fueron las repercusiones?

—Ya son dos años de haber hecho pública a la Bartolina, y la verdad es que me he sentido mucho más abrazado en esos espacios. Mi miedo era cómo lo iba a tomar la gente que habitaba mi cotidianeidad sobretodo, y en ese sentido esta gente me abrazó. Las vinculaciones también estaban por otro lado, los afectos y por crianzas que nos fueron atravesando y ellos entendían o sentían de que esto yo lo era desde siempre y en ese sentir, me sentí super acompañado por Tilcara, la Quebrada y por mi pares. Desde el arte y desde nuestras identidades podemos volver a crearnos espacios para abrazarnos, eso es lo que más aprecio. Algunas veces, sí siento más rechazo en otros espacios que sus procesos de vidas o sus trayectorias hace que se constituyan desde una lógica citadina, blanca o heterosexual, donde a la falta de comprender mi realidad siento más rechazo. Pero es cierto, que en este momento, siento mucho abrazo y mucha gente que hace que continúe, y sentir que otras personas se sienten reafirmadas o interpeladas en lo que voy haciendo y nos vamos animando más muches a poder ir haciendo, un ir haciendo más colectivo que van transformando mi ser también.


—Este año, para el día de les estudiantes, en algunas escuelas se propusieron desfiles drag, también se puso en circulación en los medios hegemónicos algunas nociones drag dada la visibilidad del hijo de Alberto Fernández ¿Cuál pensas que son los desafíos para les niñes y les jóvenes que empiezan a pensar que hay otras realidades y no sólo la del drag occidental a partir de verte, conocerte y ver otra posibilidad?

—Pienso que como colectividad que somos en los distintos espacios que vamos habitando, está bueno poder abrazarnos y poder encontrarnos desde las distintas diversidades de formas que tenemos de habitar estos espacios. Para mí es re bonito, más allá que somos re distintos al dragueo que hace el hijo de Fernández, sí siento que crea un posicionamiento de cómo es el estado actual de las cosas y que tengamos un hije de presidente que se esté dragueando ojalá nos permita en un momento poder abrir un poco no solamente cuestiones políticas más duras o estatales sino también reflexiones, perspectivas, cuestiones personales. No sé si me he esperanzado pero tal vez veo como un poquito más de otras islas que se van abriendo a otros posibles lugares a donde podemos ir llegando también.

—En una de tus últimas creaciones, el video de “Ramita Seca” la colonialidad permanente, estás bailando sobre un basural en territorios andinos. Nos interesa preguntarte por esas conexiones que hacés entre los procesos de colonialidad sobre la tierra, los usos extractivos y desde el cuerpo como territorio. ¿Cómo lo pensaste y creaste, qué reflexiones tenés de esas relaciones?

—El video nace de reflexiones y vivencias que fui teniendo en mi proceso de vida. Los basurales a cielo abierto en la Quebrada de Humahuaca son sistémicos y constantes. Me pareció una gran paradoja que la Quebrada se promociona para un turismo que viene a contemplar la belleza, el aire libre y otras nociones de quienes pueden hacer turismo, que hace contraste con toda la basura que se deja y se produce debido a estas lógicas de consumo. Esa basura no está en una plaza de Tilcara, de Humahuaca o de Purmamarca, la basura es algo que todo el tiempo se la debe trasladar, ocultar o reciclar pero nunca se construye una estructura política o sistémica para poder erradicar la basura que es parte del sistema capitalista. La sobreproducción de cosas hace que sobreproduzcamos basura también, las empresas y el Estado no se hacen cargo. Entonces, todo eso me parecía muy disgustante, que las empresas y los municipios sociabilicen la basura para que todos nos sintamos culpables de una basura que no producimos y cuando la realidad es mucho más estructural. Pensé en reflejarlo desde el arte y construir un arte incómodo. Te pongo la basura enfrente, para que lo veas, porque necesitas verlo, necesitas transitar esos espacios de lo nauseabundo y que son esos espacios que el turismo no quiere ver, que la blanquitud no quiere visitar pero que nosotros sí tenemos que habitar, convivir, cotidianizar y naturalizar. Me parecía muy importante no naturalizar esta violencia que nos está matando, contaminando y que necesitamos modificar. Fue ahí que me dije hay que grabar ese video de la Ramita en los basurales porque necesitamos crear, yo desde el arte porque no tengo otras herramientas, crear incomodidad para visibilizar esas realidades.



—¿Qué pensás sobre las colonialidades en los cuerpos y sobretodo sobre los cuerpos disidentes, pensando desde la interseccionalidad género, sexo, clase/raza?

—El primer espacio y territorio colonizado fueron las corporalidades. Es algo muy difícil de sacar, algo que ha sido muy naturalizado por la lógica colonial occidental. Se nos han expropiado nuestras identidades, nuestra cultura. Nuestras corporalidades han sido sumamente colonizadas y necesitamos empezar, por lo menos ahora, a reflexionar y accionar. Como cuerpos morenos, migrantes o que transitamos otros espacios, se nos han impedido tantas cosas. Alguna vez pensé o me dije que el arte no era para mí porque pareciera que el arte también es una construcción blanca y que siempre se me ha negado. Yo tocaba sicus cuando subíamos a la virgen pero yo nunca me consideraba músico, me gustaba cantar coplas pero yo no me consideraba cantante, me gustaba bailar pero nunca me consideraba bailarín. Todas esas construcciones hacían también que otra vez el peso colonial estuviese presente en el poder de negarme la posibilidad de imaginar incluso. Pareciera que la imaginación fuese un privilegio de algunas personas que tienen la posibilidad de ser pintores, poetas o actrices y lo que yo hago, nunca será arte porque pareciera que el arte es para unes y para nosotres la artesanía, la leyenda, todas esas casi posibilidades pero nunca algo acabado. Estas son las ideas que sistémicamente nos vienen instaurando y poniendo en frente, la mayor victoria que ha tenido la colonialidad fue poder instruirnos/instruccionarnos para que cuando salgamos a socialibilizar con la realidad tengamos todos esos pesares.

Las formas de los gustos, cómo yo quiero y me enamoro, como me siento querido, erotizable, todas estas construcciones han sido colonizadas y hacen, por lo tanto, que mis vinculaciones con las realidades, por mi corporalidad, por mi identidad, por mi color de piel estén constantemente atacadas y siendo corridas de lugar, al final de la fila. Nunca podemos en el presente imaginarnos ser presidentes o presidentas de esta país, porque nunca hemos tenido la posibilidad de imaginar. Creo que necesitamos empezar a pensar desde nuestra corporalidad, y accionar, y en ese accionar, nuestro cuerpo empezar a escucharnos, a entendernos y a sentirnos para lograr cambiar las cosas.

—Desde tus estudios sobre el folclore, ¿cuáles son las reflexiones críticas que estás construyendo en tus talleres cuando pensás el folclore popular argentino en relación a los roles de género?

—En un principio mis primeras inquietudes con el folclore fueron en el bailar folclore y en el hacer, cuando éramos muy chiquites queríamos llegar a Cosquín, e ir a todos esos espacios, y cuando llegamos alguna vez, nos dimos cuenta que esos espacios no fueron creados para nosotres. Se nos vende la idea que son los espacios a los que nosotres tenemos que aspirar pero en el momento en que llegamos, son los lugares que siempre nos han negado, no sólo por una cuestión racial sino también cuestiones identitarias, por mi identidad sexual, por venir de tan lejos. Estos y otros sentires me fueron atravesando y me hicieron pensar que hay que crear otros tipos de folclore, que el folclore es una invención para construir ciertas hegemonías de poder, para legitimar y reproducir poderes blancos, heterosexuales, patriarcales. Necesitamos crear un folclore de la resistencia, un contra folclore se podría pensar, al estilo foucoltiano, construir un otro folclore que sea más parecido a nosotres mismos. Me encanta lo que hace Cristina Paredes, un folclore reivindicando a la mujer morena, como la copla que canta “mi madre ha sido hilandera…” en ese cantar somos nosotres mismes. No cantar el folclore oligarca, criollo, de hacienda, ese folclore no me representa, “a mi las cañas no me visten de verde , las cañas a mi me mataron, esas empresas me mataron”. Reflexionar desde esas construcciones folclóricas que fueron derivaciones de procesos históricos, y ahora, hacer otras cosas, nosotres podemos tomar las riendas de ese folclore de la resistencia, que no nos quiten la posibilidad de compartir, de colectivizar y de construir identidades colectivas. Porque sino parece que de cierta manera nos divorciamos del folclore porque es super patriarcal, machista, criollo, blanco, heterosexual, porque digo para qué voy a ponerme a hacer un contra folclore, y pareciera que me tengo que alejar de mis sentires, de mis vivencias, de la música y de la danza. Pero no, porque podemos apostar a crear esa resistencia del folclore, a la moda de Susy Shock, Cristina Paredes o a las distintas realidades que van viviendo que sean múltiples, diversas, y en colectividad.


*Por Redacción La tinta / Imágenes: La tinta.

Folklore de la resistencia


Lunes por la madrugada...

Yo cierro los ojos y veo tu cara
que sonríe cómplice de amor...