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viernes, 26 de abril de 2024

Literatura extraña en Colombia

 

Dice en feis Ediciones Vestigio

 
¡Abrimos una fisura en el espacio tiempo!
Y, con el arte increíble de Wosnan (@wosnan1), que nos ayudó con el concepto gráfico, les mostramos este proyecto, con el que el weird colombiano llega al fin con una antología de primera. Con este libro exploramos la literatura extraña en Colombia junto a doce plumas y trece ilustradores que nos estallan la cabeza, creando un nuevo dispositivo para atrapar aquello que siempre se escapa en la literatura genérica. ¡Desde ahora lo pueden adquirir en nuestra página web (¡link en bio!) y en FILBO, y pronto lo podrán encontrar en librerías!
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Una raza alienígena que transforma los recuerdos y la realidad con tan solo estar cerca de ella. Una cabeza solitaria busca a su madre y su hogar. Una máquina que cambia la identidad de todos los que la utilizan. La maratón de una mujer en llamas.
Fisura es la primera antología de literatura extraña colombiana, una exploración del weird en nuestro territorio y un intento por capturar aquello que siempre se escapa en la literatura de género especulativo, con una selección de ilustradores y autores que exploran estos mundos desde el lenguaje gráfico y escrito. Los invitamos a emprender un viaje hacia una nueva escritura disruptiva que crece en el afuera, un espacio marginal donde vemos la muerte y el renacer de dioses alienígenas, cuerpos que desbordan en una biología mutante y desenfrenada y realidades que se deshacen con el pasar de las páginas.
Bienvenidos al weird colombiano.

martes, 23 de abril de 2024

Amo lo extraño

 Canción compuesta por Charly para Fabiana Cantilo en su primer disco solista "Detectives"

AMO LO EXTRAÑO



Amo lo extraño, 

desde hoy, desde ayer,


desde el cielo, a los subterráneos.


Amo lo extraño, 

sin razón, sin porqué,

no haré bien, ni tampoco daño.



No quiero arruinarlo, volverlo a hacer,

no quiero volverte a ver.



Desde hace años, 

desde un tren a otro tren,

desde un rey, hasta un operario.


En los extraños 

puedo hallar, puedo ver

el fulgor de lo imaginario.



No, no, no me busques, ya no estaré,

no quiero volverte a ver.



Déjame, compréndeme,

no hay nada planeado que quiera hacer.

Estoy entregada a un amor sin vos,
sin cara, sin religión.


No te quiero conocer,

no digas tu nombre, ya no estaré,

estoy entregada a un amor sin vos.



No, no, no me busques, ya no estaré,

no quiero volverte a ver.


Déjame, compréndeme,

no hay nada planeado que quiera hacer.


Estoy entregada a un amor sin vos,

sin cara, sin religión.


No te quiero conocer,

no digas tu nombre, ya no estaré,

estoy entregada a un amor sin vos.


Amo lo extraño, 

desde hoy, desde ayer,

desde el cielo, a los subterráneos.


Amo lo extraño, 

sin razón, sin porqué,

no haré bien, ni tampoco daño.



No quiero arruinarlo, 

volverlo a hacer,

no quiero volverte a ver.

domingo, 22 de enero de 2023

El Pleroma y el Coeur

 Terminé mi primer John Harrison, El curso del corazón. Es de esas lecturas de las que yo digo: "un antes y un después". Me encantó la historia-nohistoria que (no) se cuenta, lo misterioso de los limites entre realidades propias, compartidas, inventadas, enajenadas, negadas, buscadas, rechazadas. Me encantó la posibilidad de lo posible y los modos en los que el narrador da cuenta de vidas bellas, inútiles o desperdiciadas. Impresionante el modo de sostener las descripciones para que todo sea posible y nos quedemos en medio de una red enorme de formas de vida y de memoria.

sábado, 22 de mayo de 2021

La topografía cambia de un día para el otro

 CASI MIL PÁGINAS

08-03-2021 15:32

"Big Rip": la novela total

En su último libro, Ricardo Romero produce una síntesis entre varios géneros, entre ellos el policial, la ciencia ficción y el “fantástico puro”. ¿El resultado? Una obra de gran calibre.

08-03-2021 15:32

Si bien es cierto que en los últimos años son cada vez más los escritores que apuestan por la extensión, en la literatura argentina —o en cualquier otra, podría decirse— una novela que bordea las mil páginas es un fenómeno que se da muy de tanto en tanto. En general, ni las editoriales ni los lectores alientan proyectos de esta naturaleza. Cuando un autor escribe un libro así, usualmente está asumiendo riesgos de todo tipo, y entre ellos uno terrible: el de peregrinar durante décadas en busca de alguien que se digne financiar la incontinencia verbal, como le pasó a Laiseca con Los Sorias. Por eso siempre vale la pena leerlos, darles una chance. Además, y exceptuando por supuesto a los best-sellers, digamos que se trata de libros que pasan tantos filtros que es muy difícil que sean malos. La mayor parte de las veces son por lo menos dignos y se dejan leer hasta el final, cosa que en un texto de estas dimensiones no es poco.   

Lo que en todo caso podríamos decir que no es muy frecuente es que uno sienta que al texto no le sobran palabras, o páginas, y ese es precisamente uno de los méritos de Big Rip (Random House), una especie de “novela total” donde Ricardo Romero produce una síntesis entre varios géneros, entre ellos el policial, la ciencia ficción y el “fantástico puro” (según la definición que diera Todorov alguna vez). Buena parte del texto se juega entre estos bordes genéricos; aunque a su vez se aleja de ellos a partir de un uso del lenguaje que no es común en esas tradiciones. Por eso podríamos pensarlo como parte de lo que algunos llaman new weird.

Grosso modo —imposible expresarlo de otra manera aquí—, la trama se articula alrededor de dos personajes o, mejor aun, pareciera emanar de ellos, como si el autor hubiese seguido el método del escritor belga Georges Simenon, quien primero elaboraba muy bien al personaje y después, cuando ya lo tenía completamente delineado, le añadía la contingencia. Por un lado está Tomás, que es un joven que trabaja en una oficina de correo y está obsesionado con su hermana muerta, a quien logra ver en distintas situaciones cotidianas junto a un hombre decapitado; por el otro está Alfonso, que es un tatuador tartamudo y víctima de bullying que encuentra su punto de fuga en el dibujo y, más precisamente, en el dibujo recurrente, obstinado, del cinco, número que simboliza, entre muchas otras cosas, el cambio y el movimiento, que es lo que caracteriza tanto a su personalidad como a la novela misma. La referencia a la numerología no es por cierto casual, porque en el texto tanto los nombres propios como los números no parecen estar ahí por un azar o por capricho. En Big Rip nada, en realidad, pareciera tener una función superflua.

Ahora bien, durante las primeras trescientas o cuatrocientas páginas, que acaso sean las mejores, la historia de estos dos amigos se va intercalando con la de “un hombre viejo, muy viejo” —así se lo llama en el libro— que se despierta, ve un vaso de lava, duda si tomarlo o no, y cuenta historias que parecieran funcionar como relatos enmarcados independientes hasta que de a poco se van conectando con el intríngulis principal, que se inicia cuando algunas personas empiezan a desaparecer. Al principio es una mujer en un bar; luego se van sumando otras. Muchas otras. Y lo interesante aquí es que esas “desapariciones” no tienen una connotación política, como uno esperaría en un escritor argentino. O por lo menos no se advierten huellas ostensibles que habiliten esa lectura. Esto es un acierto no porque el tema no sea importante —siempre vale aclararlo, por las dudas—, sino porque se trata de un tópico ya demasiado transitado en la literatura argentina de los últimos años, o más bien de las últimas décadas.  

Digamos que lo que a Romero le interesa abordar, desde una retórica que no escatima metáforas cognitivas o conceptuales, pertenece más a una dimensión ontológica que a una política o social. La novela, en este sentido, construye una ´realidad total´, pero para luego ir desmoronándola de a poco, como suele ocurrir en muchos textos de Philip Dick, en cuya tradición —en parte, al menos— parece inscribirse este texto donde no sólo las personas empiezan a desaparecer sin un motivo aparente: también la ciudad misma —sobre la que el autor no da muchas referencias concretas— comienza a perder, literalmente, su espesor. La topografía cambia de un día para el otro, como pasa en muchos textos del nuevo weird, y con las personas —en tanto daseins o ser-ahí— pasa lo mismo. De pronto Tomás y Alfonso ahora son Theodor y Charles, como en una película de David Lynch. La identidad de cada uno —la ética también— estalla por los aires, y ya no está claro si son héroes o villanos. "El único puente que nos une con todos los que alguna vez fuimos no es la memoria, porque cada vez que convocamos un recuerdo, lo falseamos; el único puente son los secretos, porque solo ellos permanecen iguales a sí mismos", es uno de los leitmotiv que varios de los personajes escuchan desde una voz en su interior, mientras esperan lo único que se puede esperar en un mundo inhumano como ese: el fin de las cosas.

 

El valor de lo roto

 PALIMPSESTOS

Nos llega desde el litoral santafesino esta lectura creadora y creativa que realiza Juanjo Conti de la novela de Juan Mattio, donde indaga en ciertos aspectos del texto, evidenciando que toda crítica es autobiográfica y proyectiva y que solo la pereza impone las interpretaciones acomodaticias a las que estamos acostumbrados. Una suerte contar con textos que refrendan nuestra vocación, y devoción, crítica.

 

La historia es la de una obsesión. Una mujer, Katy, está, o estuvo, tras las huellas de una máquina. Un aparato utilizado durante la última dictadura militar argentina como una forma de detectar subversivos para capturarlos. Un sistema instalado en la red telefónica capaz de identificar ciertas palabras y deducir la naturaleza disidente de las conversaciones.

Sin embargo, esta tecnología tiene ramificaciones que llegan hasta cincuenta años más tarde y es utilizada por una programadora japonesa como base para una nueva aplicación de realidad virtual. Un producto disruptivo, un servicio que ha incorporado tantos usuarios que ha logrado replicar el mundo real.

La novela, entonces, tiene dos partes que se entremezclan. Tiene, lo que se llama, una estructura pendular. La historia 1 es la del narrador/protagonista, heredero y deudor del proyecto de la mujer que amó. Como en un rompecabezas, intenta reconstruir los hechos que su amiga estuvo investigando durante los últimos años de su vida. La historia 2 es el relato, en apariencia independiente, del diseño y la implementación de esta red social virtual que lo devora todo y sobre un sector en particular de la red, Die Toteninsel, donde el código de los usuarios fallecidos se acumula como en un eterno purgatorio.

Mis comentarios se van a centrar en esta segunda historia.

 

Tradicionalmente la ciencia ficción se encargó de naves espaciales y seres de otros planetas. En forma paralela a esas publicaciones, se desarrolló en la Tierra una tecnología totalmente distinta, inimaginada, que posibilitó ese otro nuevo mundo inexplorado: internet.

Esto dispuso nuevos materiales y por lo tanto, nuevas escrituras. Cada vez con más frecuencia aparecen relatos en los que los protagonistas ya no son científicos (como en Asimov) o proletarios (como en Philip K. Dick), sino programadores, tal vez un personaje intermedio que es a la vez poseedor de un conocimiento específico y mano de obra al servicio del capital. También los escenarios cambiaron; ya no se camina con cuidado y protegido por un traje espacial sobre la superficie de una geografía amenazadora (como en tantas space operas), sino que los cuerpos son dejados de lado en favor de sus representaciones virtuales. Los personajes son menos carne que procesos mentales ocupados en manipular estructuras igual de abstractas.

En esta línea de novelas, se inscribe Materiales para una pesadilla, de Juan Mattio, que cuenta con hermosas imágenes como esta para hablar de algo que para la mayoría de las personas es rígido e indiferente: «Paseaba por un espacio que no era más que código que se desplegaba frente a ellos como un origami hecho no de papel, sino de matemáticas».

 

El origen de la pesquisa de Katy se ubica en la Biblioteca Nacional, donde trabaja en el novel Departamento de Cibercultura, que tiene el objetivo de investigar el impacto de la cibernética en la sociedad: estudiar códigos de programación como una forma más de la creatividad. En el primer capítulo se nos cuenta que los viejos investigadores de la institución se negaron a participar del proyecto, ya que, según ellos, “el código no era texto” y un programador nunca sería un escritor.

La refutación de esa tesis es una idea central en el libro. Cuando se nos presenta a Haruka, la programadora japonesa que vive en un polo tecnológico en Berlín y es la otra protagonista del libro, no se la describe como una persona sin visión más allá del código que tipea, sino como alguien que tiene muy presente que su accionar modifica el mundo, que el diseño “es una rama de la filosofía”. Alguien consciente de sus capacidades y de su alcance. El diseño, piensa, “es aliado del cambio y de los débiles”.

En algún punto de la historia, esta visión choca con la de los inversores.

(Haruka reflexiona sobre cómo programar el cielo de esta nueva realidad virtual que está construyendo: “Quería que fuera un tono azulado imposible de encontrar en la naturaleza, un azul sintético, que no imitara el mundo real, sino que hiciera evidente la condición artificial de todo el entorno”. Y después: “Los inversores querían tranquilizar a los usuarios. Haruka, en cambio, querían incendiar sus percepciones”).

Cuando los ángeles de capital secuestran la tecnología para sus fines espurios y desplazan a Haruka de su rol de Jefa Creativa, ella rescata el código y los datos de los usuarios fallecidos y los lleva a nuevos servidores en en los que crea una isla, un lugar oculto en la red donde los nuevos usuarios que logran encontrarlo desarrollan su propia cultura, con mitologías y religiones.

Erik, uno de los visitantes a Die Toteninsel, reflexiona por qué el lugar es tan distinto a la realidad virtual comercial que había conocido hasta ese momento: “…se pregunta por qué habían programado ese polvo persistente sobre todas las cosas”.

La explicación no se hace esperar: “Los entornos RV solían ser mundos simplificados que prescindían, sobre todo, de fenómenos climáticos y ambientales por la complejidad que suponían para el lenguaje de programación y lo poco que aportaba a la experiencia”.

Ahí encontramos el leitmotiv de Haruka y de Mattio. El trabajo por la belleza. Las máquinas con espíritu. Lo hipnótico de la repetición. El valor de lo roto y vuelto a armar. El libro, este libro, como mecanismo.

 

Juanjo Conti (Santa Fe, 1984). Programador y escritor. Publicó las novelas Xolopes, Las lagunas y Las iteraciones. Desarrolla Automágica, un software libre de maquetación automática.

La imagen que ilustra el texto es la tercera versión de Die Toteninsel de Arnold Böcklin.

Los recuerdos son el magma de la duda

 

EL FUTURO EN FUGA SINIESTRA

Por Omar Genovese

El sonido de las cosas de Gonzalo Santos, Azul Francia, abril 2021.

El duermevela del discurso fuera de sí, inflamado por los fantasmas en la desconexión con lo humano para ser otro y no serlo, ése fallar en percepción y juicio hasta el delirio, es más que un personaje, es el estilo mismo. En qué momento comenzó el delirio de la enunciación con pretensiones filosóficas, trascendentales, para hacer eterna esa mirada que en el fondo ampara los peores rasgos de una tribu desesperada por la perduración, es la sospecha. Porque en El sonido de las cosas, reverbera la falla de la verdad en lo apocalíptico. A tres páginas de lectura surge que el primer hablante no le hablaba a nadie, fue el primer incomprendido de nuestra especie. ¿Por qué el texto encarna una vindicación de tal unicidad como despliegue de alas ante el abismo tan mortal como inminente? Por eso Santos da un giro especular: “¿No es lo no dicho, eso que está debajo del iceberg, lo que le da sustancia a un relato?”

Desde la ventana ocurre el espectáculo de la pantalla mediatizada e individualista. Lo representado es material, o materia de un afuera inconcebible, el horror mismo con su dolor en ciernes. Pende sobre la existencia, como un teléfono inteligente injertado al cerebro, virtualidad capaz de interceder en todo espacio como en la compra de alimentos en el supermercado, pero con la supervisión del ojo orwelliano existe la sanción por puntos si la mirada virtual osa expresar el deseo, culpa de acoso. Xiaomi Neura es la red neuronal, artefacto que plantea esa frontera inequívoca: no nos consta que detrás de tanta tecnología exista lo concreto.

Para Kilian, los recuerdos son el magma de la duda, mientras el taconeo de la madre alcohólica anida el ritual de marca imborrable. Lo terrible se oculta hábil, pero duele más intenso entonces, regurgita lo posible, hace carne a la inteligencia artificial que asiste al escritor del que sabemos escribe sobre Ergo, una proyección de todas las incertidumbres (la IA tiene nombre, incluso conjetura sobre lo escrito: Elián), como largo epitafio sin lectores futuros. Para eso la novela corta resulta el acertijo literario más efectivo respecto al artefacto de la fantasía, le da dimensión para que derive en el lector en reflejos fraccionados, salidas de emergencia cuando la catástrofe ya es inevitable.

La existencia se torna aparato excretor de todos los miedos, los configura, les da dimensión para aterrorizar eso que queda de vida. Y allí, ¿esto era la vida? El Golem consagrado por el algoritmo dice de sí, apabullando al escritor: “A la lengua de los hombres ya no le podía sacar más provecho”. Ése capullo del monstruo, tal amenaza, habita un cordón conurbano que es el infierno de las copias fallidas. Cuando la genética es ése frasco que muestra impávido tanto lo posible como su negación. Así, lo artificial del experimento es la pérdida de futuro, una reclusión a perpetuidad, un giro en falso de toda narración buscando a quién se dirige, en la imposibilidad del otro, huella farresiana que se disipa entre los dedos del que escribe.

Publicado en el Suplemento Cultura de Perfil Diario el 09/05/21

Buscar también las anteriores de Kike Ferrari y la colección "Arqueologías del futuro"

 

TERRITORIOS SIN CARTOGRAFIAR: LO NUEVO DE KIKE FERRARI

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Por Elías Fernández Casella

Enrique “Kike” Ferrari, uno de los principales exponentes de género negro en el país, presenta su nuevo libro, Territorios sin cartografiar. Para esta experiencia apuesta al trabajo conjunto con la editorial Indómita Luz, “con las características de las pequeñas editoriales, la energía de la militancia popular y el aprendizaje compartido.”

El autor de novelas como Operación BukowskiQue de lejos parecen moscas y Todos nosotros, comenta que este libro es “un dispositivo híbrido entre el libro de cuentos y una novela. Cada relato tiene autonomía narrativa pero a la vez, leídos en conjunto, conforman una unidad”. Y agrega: “Pero es una unidad quebrada, porosa, puesta en estado de pregunta. Porque el libro intenta jugar con la incertidumbre y el asedio a eso que solemos llamar realidad.”

Territorios sin cartografiar es parte de la colección Arqueologías del futuro. “En esta colección nos proponemos”, dice Juan Mattio, director de la editorial, “circular una serie de libros -a veces desde la ficción, a veces desde la teoría- que exploren los imaginarios alucinados de la ciencia ficción, el fantástico y la literatura weird”.

Lunes por la madrugada...

Yo cierro los ojos y veo tu cara
que sonríe cómplice de amor...