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sábado, 5 de septiembre de 2026

"Siempre dependí de la amabilidad de los extraños"

 Dice Blanche en el final de Un tranvía llamado Deseo, de Tennesse Wiiliams. Hoy subrayábamos la frase en nuestro encuentro mensual con el profe Alan Cabral y se me ocurrió algo que no había visto antes. Para les extrañes es fácil ser amables con alguien "outsider", "loca", "rara", que no encaja en el sistema patriarcal, porque no les descoloca, no les obliga a revisar todos sus esquemas, pueden reconocer que es lindo ser así, que admiran a la persona rebelde, "desviada", pero pueden seguir con sus vidas apenas miran para otro lado. Dentro de las familias y grupos más cercanos o prolongados en el tiempo, alguien como Blanche es una bomba de tiempo, una máquina insoportable de destruir la comodidad, los pactos silenciosos, la violencia normalizada. Y eso es muy difícil de integrar. Mejor encerrarla, apartarla, invisibilizarla, si ninguna otra forma de normalización funciona.

jueves, 22 de diciembre de 2022

Hoy hice dos amigues sobrenaturales

Hoy me encontré en la cola del pago fácil con un señor de 96 años que me preguntó si la moneda que tenía en la mano era de 2 pesos y me contó que es de Córdoba y está acá haciendo unos trámites. Entendí que la vida es larga y hermosa y que no tengo que tener miedo de ir haciendo mil cosas importantes pero no urgentes por la calle. Ah, y que está bien, a veces, hablarle a les extrañes.


 Recién estaba regando las enredaderas del fondo y se me acercó un colibrí a la altura de la frente. Se paró en una rama de la parra, mojé despacito las hojas para que tomara agua, pero voló y se puso a tomar "del pico" y de paso se dio una duchita mientras yo me quedaba quietita y ponía cara pluvial.

domingo, 26 de mayo de 2019

Gracias, hermanas, por hacerl

Artistas afrodescendientes: la importancia de tener espejosFicciones, Reportaje

Cuántas veces aceptamos, resignadas o sin percatarnos, que las protagonistas de las narrativas con las que crecimos tenían facciones, cabellos y teces que jamás eran las nuestras.
La artista Bianca al fondo colocando un cuadro en una pared llena de grandes de sus obras, pinturas, que reflejan a mujeres negras
La pintora Bianca Batlle Nguema, en su taller de Barcelona. / Foto: Lorenzo Duaso

A Yinka Graves, inglesa y negra, todavía le cuesta decir que es bailaora de flamenco, aunque viva de ello y en el escenario arranque aplausos a mansalva.
Comparte espectáculo y sentimiento en Clay con Asha Thomas, una afroestadounidense que dice que la primera vez que vio a mujeres gitanas sobre un tablao le recordaron a sus tías, como si el flamenco y ellas fueran viejas conocidas.
Hay quien se empeña en decir que lo que Yinka hace es fusión por su aspecto; sin embargo, ella insiste en que, cuando baila, afloran los matices africanos intrínsecos a la propia danza.
En el documental Gurumbé. Canciones de tu memoria negra, que explora la raíz africana de uno de los elementos que más se identifica con la cultura española en el extranjero, el flamenco, aparece ella bailando desde las entrañas y en un ejercicio de reconocimiento histórico que hace justicia, recordando que las personas negras no llegaron ayer a la Península Ibérica.
Convivir, está visto, no implica estar al mismo nivel. Convivimos porque compartimos espacios, algunas experiencias, expectativas y, puede que, ciertas frustraciones y miedos. Sin embargo, da la sensación de que “novivimos”, porque nuestras historias parecen no rebasar la infranqueable frontera de nuestros espacios privados. Ni nuestros rostros ni nuestras pieles. Y cuántas veces lo aceptamos, resignadas o no percatadas de que lea protagonistas de las narrativas con las que crecimos tenían facciones, cabellos y teces que jamás eran las nuestras.
«Nuestra propia imaginación nos excluía porque ella también se ha construido desde una ausencia tan flagrante como dolorosa y, cuando creábamos, en nuestra cabeza sólo recordábamos en blanco».CLIC PARA TUITEAR
Empatizamos con aquella parte del mundo no coincidente no porque quisiéramos, sino porque en el universo que nos mostraban, el que creíamos que era el único, con la excepción del ámbito doméstico, todes eran así. Nuestra propia imaginación nos excluía porque ella también se ha construido desde una ausencia tan flagrante como dolorosa y, cuando creábamos, en nuestra cabeza sólo recordábamos en blanco.
Pero llega un momento en el que el yo que toma conciencia se reconoce en un nosotres que creyó que no existía o, peor, que pensó que era algo malo. Es entonces cuando se abre paso a codazos, para romper las barreras del endorracismo autoprejuicios que le asfixian y logra salir. Cuando está fuera, las cosas no son fáciles, siente vergüenza, ya que a su “novivencia” desnuda le da la luz. Y también le da pánico hablar puesto a que, hasta ahora, sólo ha mantenido soliloquios.
En el centro de la imagen una mujer negra con el pelo recogido, un vestido sin mangas y un abanico en la mano baila flamenco
Yinka Graves bailando en Londres. / Foto: Camila Greenweel
Silvia Albert Sopale es una actriz española, de padre nigeriano y madre ecuatoguineana, que mató el miedo cuando parió a una niña catalana. Tardó mucho tiempo en lanzarse de lleno al mundo de la interpretación y eso aun cuando empezó a hacer teatro con sólo seis años y a escribir obras hace más de diez. Su embarazo le llevó a pensar en los referentes que le daría a su hija y, al caer en la cuenta de que casi todos eran africanos o afroamericanos y ninguno afroespañol o afrocatalán, decidió investigar. Fue así como nacióNo es país para negras, una obra en la que escogió la vida de unas cuantas para universalizar la historia de muchas mujeres negras que han nacido o que viven en España y son hipersexualizadas, cuestionadas, burladas o menospreciadas. También ha formado una compañía teatral junto a las actrices afro Kely Lua y Maisa Park llamada No somos Woopi Goodberg, nombre que escogieron por lo recurrente que es que a algunas nos digan que nos parecemos a ella (o a Laura Winslow, o a Rudy Huxtable… varía según el rango de edad). En sus trabajos, aportan la mirada afrodescendiente y de género a todos sus montajes.
A Silvia Albert su embarazo le llevó a pensar en los referentes que le daría a su hija y, al caer en la cuenta de que casi todos eran africanos o afroamericanos y ninguno afroespañol o afrocatalán, decidió investigar.CLIC PARA TUITEAR
Desde la provincia de Barcelona, Bianca Batlle Nguema pinta, crece y se permite ser. Ahora sí. Durante mucho tiempo no fue consciente de su negritud; o sí, pero no se identificaba con ella. Al aceptarse, conectarse con su naturaleza y retratar a sus ancestras y coetáneas, su obra dio un salto. Ahora, en cada cara, cada piel y cada ojo que pinta, se va encontrando y se comunica con quien mira sus cuadros: les habla de fuerza, de profundidad; y a sí misma se cuenta que ama su diferencia por ser su esencia y la base de su creación.
Astrid Jones, madrileña y ecuatoguineana, tiene la voz suave, hermosa, tierna, pero cuando canta o interpreta, también es denuncia y fuerza. En Un trozo invisible de este mundo, obra de teatro escrita por Juan Diego Botto y dirigida por Sergio Peris Mencheta, dedica uno de sus temas a Samba Martine, una mujer fallecida, al poco de ser trasladada al hospital desde el Centro de Internamiento de Extranjeros (el CIE es la cárcel para personas que migran) de Aluche donde estaba recluida, por no haber tenido una atención médica adecuada. Y decidió incluirla, también, en el disco de Astrid Jones & The Blue Flaps, Stand Up, para que el final de la obra, la canción y su mensaje continuaran. Astrid no se calla. Forma parte de The Black View y colabora con Limbo, asociaciones de actores y actrices que nacieron con la intención de deshacer los estereotipos referidos a las personas leídas como negras a la hora de construir personajes. Por eso ella, desde la responsabilidad, retrata a las nuestras con respeto, cariño y, sobre todo, dignidad.
Kelly Lua, de la compañía de Whoppy Goldberg
Kelly Lua, de la compañía de Whoppy Goldberg
Leer, ver y tocar, según qué obras, es como recuperar el cuerpo y el derecho a leerse, verse y tocarse; es convertir las “novivencias” en verdades tangibles que tienen posibilidad de ser porque, aunque no les dejaran espacio, siempre estuvieron; es entrar a formar parte de ese nosotres que no creíamos perdido, puesto que, directamente, pensamos que no existía; es fundirse en un gran abrazo. Y resulta reconfortante, liberador y revolucionario —sí, revolucionario, tener espejos y poder agarrarse a algo que para gran parte de la sociedad ha sido la normalidad. Pero también es un acto de atrevimiento convertir las periferias (de manera figurada y literal) en centro: primero porque nos han hecho pensar que no son importantes, pero también por todas sus connotaciones de clase, de estética, hasta de instrucción, exotismo exógeno y peligrosidad. Y desde ahí, ellas, mis hermanas, hablan y pintan y bailan y cantan.
Hay pocos papeles para personas negras; sin embargo, Astrid elige aquellos que le permiten contar y visibilizar ciertas realidades, como ya hizo en Tratos, obra de Ernesto Caballero interpretada en el Centro Dramático Nacional que también se desarrolla en un CIE. Prefiere decir no a lo de siempre, porque le da más miedo continuar dando vida a seres planos que nacen y viven sin despeinarse ni crecer, que quedarse sin trabajo. “A veces —comenta—, también se debe hacer el esfuerzo de hablar con les directores o guionistes y bajarles a la calle con el fin de que descubran la verdad”.
Nina Simone, Miriam Makeba o Jill Scott son referentes para ella, por vozarrón y porque sus temas fueron o son militancia antirracista o feminista pura. Dice que se trata de una cuestión de voluntad, de conciencia y de compromiso, que brotan espontáneos “cuando una, como artista, ha vivido ciertas realidades o empatizado con ellas”. Señala que puede contar desde la emoción, más allá de las palabras y establecer, así, una conexión especial con el público; de ahí, que opine que “la propia naturaleza del arte es activista en sí misma debido a que busca siempre transformar al otro y ayudarle a conocerse, a conocer y a reconocer a otres”.
Pese a que no es su enfoque, Bianca cree también que a través del arte se puede hacer activismo “y eso que, como hemos visto en Arco, siempre existe la censura”. Cuando comenzó (o recomenzó, ya que sus inicios se sitúan en las vampiresas que dibujaba en su niñez, en los años 80), pintaba mujeres negras porque, tras un ejercicio de introspección, de entender el sentido que tenían para ella su género y su raza, la dermis le rebosó los pensamientos y llegó a sus lienzos. Por otro lado, afirma que, desde un punto de vista más técnico, “le pone” la interpretación del color en sus (nuestras) pieles. Ahora, continúa representándolas/nos de manera figurativa y visceral y, desde que abrió su cuenta en Instagram, le llegan halagos de todo el mundo, cosa que le ha permitido saltar del hobby a la profesión. Todo lo anterior le ha hecho caer en la cuenta de que en sus cuadros hay algo más profundo de lo que ella misma entiende. Y yo te confieso, Bianca, que lo que sucede es que “sívivimos” en ellos.
A Silvia no le vale con actuar: tras No es país para Negras, organiza un coloquio con el público que le sirve para escuchar comentarios y dudas frescas. Justo ahí, observa que el teatro no sólo entretiene, sino que es una herramienta de posicionamiento, reflexión e, incluso, transformación. Distingue tres tipos de respuesta a su obra: la primera, la de los espectadores que afirman que, en efecto, éste no es un país para negras porque o bien reconocen la discriminación motivada por el color de la piel o bien consideran que aquí siempre ha habido, únicamente, personas blancas, obviando su mestizaje e historia. La segunda, la de quienes piensan que les están lanzando de forma agresiva una pila de quejas contra un poder blanco que no reconocen detentar. Y la tercera es la de aquelles que creen que se trata de un espectáculo victimista, que pretende generar la conmiseración del auditorio.
Y de entre todas ellas, rescata una bella: “Hace algún tiempo, vino una familia a ver el espectáculo, uno de los niños tenía once años. Al ir a la escuela el lunes posterior a ver la pieza, pintó en clase a una niña negra. Cuando su madre le preguntó que por qué la había dibujado así, él respondió que por qué no iba a hacerlo. Ese niño amplió su mirada y, con que a una persona le sirva lo que hago, ya me siento satisfecha”.
«No es lo mismo crear siendo mujeres negras, que hacerlo y serlo sabiendo el lugar que ocupamos, el que nos dejaron, el que merecemos y por el que luchamos», dice Lucía Mbomío.CLIC PARA TUITEAR
Yinka habla de la libertad de expresión como un elemento necesario en cualquier proceso creativo. Entiende que ésta cuando existe, los tópicos y las construcciones grotescas de la otredad, no encuentran lugar. A partir de ahí, desmontar estereotipos parece posible y piensa continuar haciéndolo mucho tiempo, ya que su futuro más próximo está plagado de proyectos con la diáspora africana, las polémicas en torno a su cuerpo y la enseñanza del flamenco para que encontremos un espacio en el cual amarnos. Y bailar, por supuesto, en un tablao durante mucho tiempo.
No es lo mismo crear siendo mujeres negras, que hacerlo y serlo sabiendo el lugar que ocupamos, el que nos dejaron, el que merecemos y por el que luchamos. Gracias, hermanas, por hacerlo.
Lucía Mbomío

Periodista. Ahora, en 'Aquí la tierra' (TVE). Antes, en Españoles por el Mundo, En Tierra De Los Nadie, en Madrid Directo. He escrito el libro 'Las que se atrevieron'. Colaboro con Afroféminas.

domingo, 4 de noviembre de 2018

Las mujeres están hablando alto, pero sus historias siguen sin oírse realmente

El silencio es un lujo que no podemos permitirnos

La autora del manifiesto ‘Todos deberíamos ser feministas’ sacudió la pasada Feria del Libro de Fráncfort con este discurso. En él reivindica la utilidad de la literatura para ampliar los límites de la imaginación como forma de combatir el machismo y el racismo

Chimamanda Ngozi Adichie.Ampliar foto
Chimamanda Ngozi Adichie.  EYEVINE / CONTACTO
Me educaron en el catolicismo. De pequeña, me encantaba ir a misa. Mi familia iba todos los domingos a la capilla de St. Peter, un edificio blanco y alto situado en el campus de la Universidad de Nigeria, donde me crie.
El párroco era profesor universitario. Y en la medida de lo posible para una iglesia católica romana, era un lugar abierto, progresista y acogedor. Los sermones del domingo eran benignamente aburridos.
Años después, oí que la parroquia había cambiado de manos y que el nuevo párroco era un hombre particularmente obsesionado con el cuerpo de las mujeres.
Nombró una policía religiosa, una brigada de chicos, cuyo trabajo consistía en situarse a la puerta de la iglesia, examinar a cada mujer y decidir quién podía entrar y quién no. Rechazaban a las abuelas por llevar vestidos excesivamente escotados.
Después de llevar años fuera, fui a casa a visitar a mis padres. Y fui a misa. Llevaba una falda larga y blusa de manga corta con un estampado tradicional, un atuendo normal y de uso común. En la entrada de la iglesia, un joven se interpuso en mi camino. Su expresión era una forzada máscara de rectitud que en circunstancias diferentes me habría parecido muy divertida.
Me pidió que me fuese. Llevaba unas mangas demasiado cortas, dijo. Enseñaba demasiado los brazos. No podía entrar en la iglesia a no ser que me tapase los hombros con un chal.
Estaba furiosa. Esta iglesia formaba parte de mi feliz niñez, parte de mis recuerdos de una época llena de alegría. Y ahora se había convertido en un lugar que no trataba a las mujeres como seres humanos sino como cuerpos que había que controlar y acosar. ¿Y para qué? Para proteger a los hombres de sí mismos.
De modo que decidí escribir un artículo sobre este incidente en un periódico nigeriano de gran tirada. Pensé que el artículo haría que se tomaran medidas, que la comunidad universitaria se levantaría por fin y diría “basta”, y que presentaría una petición al obispo o al Papa o a quien fuera que tomara estas decisiones, y echarían a este párroco y volverían a convertir la parroquia en un lugar acogedor, libre de misoginia.
Pero no fue así. En lugar de eso, me asombró la recepción hostil que tuvo el artículo. El resumen de la misma fue: cállate. ¿Cómo te atreves tú, una mujer joven, a retar a un hombre de Dios?
Me pareció interesante que tanto la respuesta a mi artículo como la actitud del sacerdote hacia las mujeres procediesen de un impulso similar: la necesidad de controlarnos.
Y este impulso de negar a las mujeres total autonomía sobre su cuerpo, esta incapacidad para ver a las mujeres como seres humanos plenos, existe en todo el mundo: la mujer de Oriente Próximo que no quiere pero es obligada a cubrirse, la mujer occidental a la que llaman puta por ser un ser sexual, la mujer asiática grabada secretamente en un baño público.
Es la hora de la valentía, que no es la ausencia de miedo sino la decisión de actuar a pesar de tenerlo
Y este impulso existe también en el mundo literario progresista, en el que se espera que las escritoras hagan a sus personajes femeninos “simpáticos”, como si toda la humanidad de una persona del sexo femenino debiese, a fin de cuentas, encajar en las cuidadosas limitaciones de la simpatía.
Y para terminar el relato de lo ocurrido ese día en la iglesia. Evidentemente mi reacción se basó en una cuestión de principios: de la misma manera que los hombres podían decidir qué ponerse para ir a la iglesia, las mujeres también deberían poder hacerlo. Pero desde un punto de vista práctico, ese día hacía calor y los ventiladores de la iglesia no funcionaban y lo último que yo quería era echarme un chal rasposo sobre los hombros.
De modo que hice caso omiso del policía religioso, entré y me senté. El sacerdote fue informado de que una persona testaruda había entrado sin permiso en la iglesia, y que era culpable de mostrar en exceso los brazos. Me amonestó desde el altar, y después de la misa intercambiamos unas palabras. Decir que esas palabras fueron desagradables sería quedarse muy corto, la verdad.
Esa experiencia me hizo abandonar mi idea boba y romántica de que “hablar claro” va unido a la certeza de un apoyo generalizado. Pero me aclaró la importancia de hablar de lo que importa: no se debe hablar porque uno esté seguro de que le van a apoyar, sino porque no puede permitirse el silencio. Yo sabía lo que había sido la iglesia en otro tiempo, y vi en qué se había convertido, y no podía mantenerme callada.
A veces me llaman activista. Y a menudo siento que me tira la contrariedad, que mi espíritu se resiste, porque no es una palabra que yo utilizaría jamás para describirme. Quizá porque crecí en Nigeria y vi a los que yo considero activistas de verdad, personas que dan su vida por causas, gente que muestra el tipo de dedicación extraordinaria al que yo solo puedo aspirar.
Me veo a mí misma como escritora, como narradora, como artista. Escribir es lo que le da significado a mi vida. Es lo que más feliz me hace cuando va bien. Es lo que más me entristece cuando va mal.
Pero también soy una ciudadana. Mi responsabilidad como artista es mi arte. Mi responsabilidad como ciudadana es la verdad y la justicia.
Esta distinción entre la artista y la ciudadana me la dejó clara un conocido que —en respuesta a la hostilidad nigeriana por algo que yo había comentado acerca del feminismo— me dijo: “Los nigerianos no tienen problemas con tus libros; tienen problemas con tu política. Lo único que quieren es que te calles y escribas”.
Hace unos años, el Gobierno nigeriano aprobó una ley que declara ilegal la homosexualidad, una ley que no solo me parece profundamente inmoral sino también cínica desde el punto de vista político.
Fue este mismo conocido quien me dijo que no entendía por qué decidí manifestar mi oposición a esta ley que muchos nigerianos apoyan de hecho.
“No tienes nada que ganar”, me dijo. “Y posiblemente mucho que perder”. Su intención era buena. A su manera, intentaba protegerme. Pero se equivocaba respecto a que yo no tenía nada que ganar. Porque vivir en una sociedad que trata a cada ciudadano de manera justa e igual es una ventaja.
Necesitamos relatos más complejos: no basta saber cómo sufren los refugiados, falta saber a qué aspiran
Si puedo cambiar una mente, si puedo conseguir que una persona piense de manera crítica y se oponga a la ley, he ganado mucho, porque he contribuido a dar un pequeño paso en el largo camino hacia el progreso.
El arte puede iluminar la política. El arte puede humanizar la política. Pero a veces, eso no basta. A veces es necesario involucrarse en la política como política. Y esto no podría ser más urgente hoy en día.
El mundo está virando; está cambiando; se está oscureciendo. Ya no podemos jugar según las viejas reglas de la complacencia. Debemos inventar nuevas formas de hacer, nuevas formas de pensar. El país más poderoso del mundo parece hoy una corte feudal llena de intrigas, alimentada de mendacidad, ahogada en su propia soberbia. Debemos saber qué es verdad. Debemos decir cuál es la verdad. Y debemos llamar mentira a la mentira.
Este es el momento de la valentía, y para mí la valentía no es la ausencia de miedo. Es la determinación de actuar a pesar de tener miedo.
Es el momento de relatos más complejos: no basta saber cómo sufren los refugiados o de qué modo no encajan en una nueva sociedad; también debemos saber qué hiere su orgullo, a qué aspiran, y quién arma las guerras que los convirtieron en refugiados para empezar, de quién es la responsabilidad.
Es el momento de proclamar que la superioridad económica no significa superioridad moral.
Es el momento de analizar el tema de la inmigración, de ser sinceros respecto a ella. De preguntar si la cuestión es la inmigración o la inmigración de tipos concretos de personas: musulmanes, negros, morenos.
Es el momento de la audacia en la narrativa, el momento de los nuevos narradores. Es importante tener una amplia diversidad de voces, no porque queramos ser políticamente correctos, sino porque queremos ser precisos. No podremos entender el mundo si seguimos fingiendo que una pequeña parte de él representa al mundo en su totalidad.
Es el momento de replantearnos cómo pensamos los relatos. La cuestión de los derechos humanos no hace referencia solo a las grandes historias de represión gubernamental. Trata también de relatos íntimos. La violencia doméstica es tanto una cuestión de derechos humanos como lo es el asilo de refugiados. Eleanor Roosevelt dijo de los derechos humanos: “Sin una acción ciudadana concertada para defenderlos cerca de casa, buscaremos en vano el progreso en el mundo en general”.
Hoy en día, en todo el mundo, las mujeres están hablando alto, pero sus historias siguen sin oírse realmente.
Es hora de que dediquemos más que simple palabrería al hecho de que los relatos de mujeres son para todos, no solo para las mujeres. Sabemos por las investigaciones que las mujeres leen libros escritos por hombres y por mujeres, pero los hombres leen libros escritos por hombres. Es hora de que los hombres lean a las mujeres. Es hora de poner fin a esa pregunta de “qué quieren las mujeres”, porque ya es hora de que todos sepamos que las mujeres quieren simplemente ser miembros de pleno derecho de la familia humana.
Hoy en día existe un gran vacío en el espacio imaginativo de muchas personas en todo el mundo. Es imposible sentir empatía por las mujeres porque las historias de mujeres no se conocen verdaderamente; las historias de mujeres no se consideran universales. Esta es, en mi opinión, la razón de que parezca que vivimos en un mundo en el que muchas personas creen que un gran número de mujeres pueden simplemente despertarse un día e inventarse historias de abusos sexuales. Conozco a muchas mujeres que quieren ser famosas. No conozco a una sola mujer que quiera ser famosa por haber sufrido acoso sexual. Creer esto es pensar muy mal de las mujeres.
Las historias de mujeres no se consideran universales porque hay un gran vacío en el espacio imaginativo
La jueza del Tribunal Supremo estadounidense Ruth Bader Ginsburg ha contado que en una ocasión le preguntaron cuántos jueces del Supremo deberían ser mujeres para que a ella le pareciese equitativo.
Y su respuesta fue “las nueve”.
Y explicaba que a menudo la gente se escandalizaba, y que le decían que eso “no es equitativo”. Pero, por supuesto, durante muchos años los nueve jueces fueron hombres, y parecía normal. Al igual que hoy parece normal que la mayoría de los cargos de poder real en el mundo estén ocupados por hombres.
Las mujeres siguen siendo invisibles. Las experiencias de las mujeres siguen siendo invisibles. Es hora de que todas nosotras seamos osadas y reconozcamos que, en palabras de Pablo Neruda, “pertenecemos a esta gran humanidad, no a los pocos sino a los muchos”.
A veces se me conoce como un icono feminista. Tengo un sombrero que dice “icono feminista”, aunque hoy no me lo he traído.
Pero ser un icono feminista significa que la gente a menudo se dirige a mí para hablar de feminismo. Soy bilingüe; hablo igbo e inglés. Con mi familia y amigos, solemos hablar los dos idiomas al mismo tiempo. Y una amiga muy cercana me contó que había ido a ver a alguien para que la asesorase. Lo dijo en inglés. Debo decir que el igbo no tiene pronombres de género, de modo que se usa la misma palabra como pronombre para hombres y mujeres.
Mi amiga me dijo: “He ido a ver a una persona para que me asesore”, y yo cambié a inglés y le pregunté: “¿Y él qué te dijo?”.
Mi amiga se echó a reír. “Siempre estás dándonos sermones sobre que no demos cosas por sentadas, pero tú acabas de dar por sentado que la persona que me asesoraba era un hombre. De hecho, era una mujer”.
Bajé la cabeza muy avergonzada. Pero eso también hizo que me diera cuenta de lo profundamente inscrito que está el patriarcado en nuestro ADN social.
La literatura es mi religión. He aprendido de la literatura que todos tenemos defectos, que todos los humanos tenemos defectos. Pero también he aprendido que podemos ser bondadosos, que no necesitamos ser perfectos para poder hacer lo que es justo y correcto.
Tengo dos casas, en Nigeria y en Estados Unidos. Antes me sacaba de quicio que la gente, cuando se le preguntaba dónde vivía, nombrara dos lugares. Pero me he convertido en una de esas personas (y a veces me saco de quicio a mí misma).
Pero cuando fui por primera vez a Estados Unidos para estudiar en la universidad, hace más de 20 años, descubrí que tenía una nueva identidad. En Nigeria pensaba en mí misma desde el punto de vista de la etnia y la religión —era igbo y cristiana—, pero en Estados Unidos me convertí en algo nuevo: me volví negra.
No traslado a menudo escenas de mi vida a la ficción, pero en una ocasión lo hice con una escena concreta en la que por primera vez empecé a entender lo que significaba ser negra.
Una editora me dijo que la escena era completamente increíble. La había falseado para poder decir algo relativo a la raza. Me dijo que eso nunca habría sucedido en la vida real.
Quise decirle que en realidad sucedió así.
Pero no lo hice, porque cuando enseño redacción creativa les digo a mis alumnos que “no pueden usar la vida real para justificar su ficción”. Si la ficción es increíble para el que la lee, el que la ha escrito ha fracasado en su arte, que es el de usar el lenguaje para alcanzar la suspensión de la incredulidad.
Se lo decía a mis alumnos porque yo solía creerlo. Pero estoy descubriendo que lo cuestiono cada vez más. Porque lo que creemos o lo que no creemos, lo que nos parece creíble y lo que nos parece increíble, es en sí un marco de nuestras propias experiencias.
¿A cuántas personas negras conocía esa editora? ¿Cuántas experiencias sinceras de personas negras había oído? ¿En qué se basaba para decidir qué creer y qué no creer?
Es hora de ampliar nuestros límites, de ampliar el marco, de saber que lo que ya existe puede ser en ocasiones demasiado limitado como para abarcar la compleja multiplicidad de las experiencias humanas.
Pienso que necesitamos más relatos abiertamente políticos, más relatos que miren al mundo a la cara. Pero también creo que necesitamos relatos que no sean abiertamente políticos.
Todos los años doy un taller de redacción en Lagos. Y a la hora de seleccionar a los participantes, hago un esfuerzo consciente por tener diversidad de voces: diversidad de clase, de región, de religión.
Hace dos años asistió al taller un joven llamado Kelechi. Era de clase trabajadora, inteligente, un periodista. Durante el taller, uno de los participantes escribió un relato, un relato sin trama, una celebración del lenguaje, una meditación sobre la maduración.
El relato me pareció hermoso. A Kelechi lo dejó perplejo.
“Pero en este relato no ocurre nada. Y no nos enseña nada”, dijo.
Ahora que lo pienso otra vez, me avergüenza la respuesta que le di.
“Bueno”, le respondí, “siento que el relato no te enseñe a construir una casa y a encontrar trabajo”.
Mi respuesta, en su vergonzoso esnobismo, estaba influida por una idea muy de moda entre quienes hacen literatura, quienes la enseñan y quienes la promocionan: que cuestionar la utilidad de la literatura es ignorancia en su forma más pura.
Más tarde, al pensar en ello, comprendí que lo que Kelechi planteó ese día fue una pregunta mucho más profunda y mucho más importante.
¿Tiene importancia la literatura? ¿Es útil?
Podemos seguir hablando de literatura como un culto que no puede cuestionarse, o podríamos suavizar los límites de nuestras definiciones. ¿Qué significa ser útil? ¿Acaba la utilidad en lo concreto?
Los humanos no somos una colección de huesos y carne lógicos. Somos seres emocionales en igual medida que seres físicos. La utilidad debería estar vinculada a todas las partes que nos hacen humanos.
Ojalá le hubiera dicho a Kelechi aquel día lo que pienso ahora, que nuestra definición de útil se queda demasiado corta.
La literatura nos enseña. La literatura importa.
Leo para que me consuelen, leo para que me conmuevan, leo para que me recuerden la gracia, la belleza y el amor, pero también el dolor y la pena. Y todas estas cosas importan. Todas son lecciones útiles.
Copyright © 2018 Chimamanda Ngozi Adichie. Todos los derechos reservados
Traducción de News Clips

Lunes por la madrugada...

Yo cierro los ojos y veo tu cara
que sonríe cómplice de amor...