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lunes, 23 de marzo de 2020

Elena y la cuarentena cordobesa

Al fondo del patio, de Oeste a Este, tengo 30 metros. Si quiero caminar 4 kilómetros por día, un suponer, tengo que hacer el recorrido unas 134 veces. En el Oeste, el muro tiene hiedras, una planta flaca de higueras, una pila de ladrillos, y una huerta pequeñita, improvisada, tomada por caracoles y sobreviviendo, apenas, por la tierra fértil y el clima benigno. Al Oeste una planta de duraznos y una vid que tengo que sortear para hacer un recorrido más o menos recto.
La casa está plantada sobre un terreno que antes fue un basural comunitario, y antes una huerta de un hombre de apellido Dibb, que hizo fortuna comprando terrenos y casas en todo el pueblo. Muerto Dibb, su yerno, un ludópata agresivo y siniestro –lo vi concentrarse y sudar cuando contaba el dinero de la venta del terreno- se encargó de amaestrar a su mujer y gastar todo. No podría decir mucho de su mujer. Quizá que se notaba su sumisión a ese tipo de energía abominable, y la anécdota de un tumor cerebral: “cuando se expanda, me muero”. Y luego, otra vez: “cuando se expanda, me muero”. Una piel de porcelana, el pelo pajoso, la boca demasiado roja, los ojos de vaca. Nada más.
Entonces la idea es caminar 134 veces 30 metros.
Hoy tomé de la mano al niño, y le dije: vamos a hacer como que vamos hacia el río. Doblábamos por los árboles y reíamos. Lo vi detenerse frente al árbol de alcanfor. Mirá, mamá, qué alta está mi planta. Sí, se llama alcanfor, tiene olor rico y se usa como remedio. Lo vi arrancar una hojita, olerla. El sol bajaba despacio, había viento, usaba una remera demasiado grande para él, pero le gusta porque se la ganó en la plaza Alem, en Córdoba, en un sorteo. Con el 134.
134 veces tengo que caminar el terreno para que el número, en mi cabeza, diga: 4 kilómetros. 4 kilómetros no es mucho ni poco, pero me ayuda con la ansiedad. Me despierto con las uñas clavadas en las palmas, me duelen las muelas, tengo sueños vívidos. Hoy soñé con la diosa Tara de oro. Una amiga me dice que es buen augurio, yo le creo. A mi amiga.
Pero el 134 tardaba en llegar, y yo tenía que ir a la farmacia. Convencí a mi hijo, una vez más, de salir, subirse al auto, mirar las calles desiertas. Le pregunté ¿qué pensás? En los doctores locos. ¿Cuáles doctores locos? Los que hicieron este bichito que mata a la gente. ¿Viste que no hay nadie en la calle? No. Mirá bien, porque esto no le pasó a nadie que esté vivo. Pasamos despacio frente al río, para demorar la llegada a la casa, y porque nos gusta. El río, nos gusta. Las barrancas bermejas, los nidos de las palomas, las garzas blancas, fantasmales, de noche, la niebla del frío levantándose despacio, el verde tan verde, los caballos mansos pastando. Por eso pasábamos despacio. Para recordar. Pero de pronto escucho un grito. Te hablan a vos, mamá. Hijos de puta, los vamos a denunciar, tengo tu patente. Los miro, no piso el acelerador. Sigo despacio, veo los últimos gestos amenazantes. Por el espejo retrovisor, los veo. Han dejado de interesarme. Así empieza la peste.
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martes, 31 de julio de 2018

Pavada de salida educativa

En sexto grado me llevaron a conocer a Juan L. Ortiz junto a chicos de otras escuelas. Habíamos estudiado un poema de memoria: " Corría el río en mí con sus ramajes/ era yo un río en el anochecer/ y suspiraban en mí los árboles.." La casa, sobre la barranca del Paraná, estaba orientada de tal manera que desde su lugar de trabajo se podía ver la isla en toda su extensión, la costa de Santa Fe. El poeta era un viejito flaco, encorvado. Nos hizo pasar a la cocina y nos convidó galletitas dulces. En el jardín cultivaba papas y zanahorias.
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Miguel Angel Molfino Giannetti Parecía un poeta vietnamita y tenía la paz del sauce.
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María Inés Krimer MIguel, me encanta tu imagen.
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sábado, 26 de agosto de 2017

Una tarde, cuando todavía vivíamos en Yerbal

Dice en feis Daniel Gigena
27 min
una tarde, cuando todavía vivíamos en Yerbal, tomamos un ácido. Él partió a la mitad el círculo de papel, que se parecía al centro de las arandelas que usábamos en las hojas de carpeta en la secundaria, y me puso una mitad debajo de la lengua. Estuvimos dos horas sentados frente a frente. Escuchamos casetes de cantantes de jazz y fumamos un porro porque el ácido provocaba una ligera taquicardia. El departamento de un ambiente y medio nos parecía enorme. Más tarde nos vestimos y salimos a caminar a la hora de la puesta del sol que, desde los andenes de la estación de tren del Ferrocarril Sarmiento, se veía a cielo abierto. Ahora una torre de departamentos bloquea parte de la caída del sol. Ese domingo nos sentamos en un banco de la estación. Todo parecía vacío y lleno al mismo tiempo. Después de un rato se acercó un hombre mayor, mayor que nosotros en ese entonces quiero decir, y nos habló un buen rato (o tal vez fueron menos de diez minutos) de una pareja de calandrias enamoradas que volvía todas las primaveras al barrio. ¿De dónde volvían? Señaló un ceibo detrás de nosotros y recién entonces, como si sólo pudiera escuchar con los ojos abiertos, vi a los dos pájaros cerca de nosotros, también de cara al oeste. Cuando el hombre se alejó por el andén, Jorge me preguntó si no me había dado cuenta de que se había referido a nosotros de manera indirecta. Hablaba con asombro. También yo estaba un poco sorprendido de que el amor que sentía fuera tan evidente para los demás
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Lunes por la madrugada...

Yo cierro los ojos y veo tu cara
que sonríe cómplice de amor...