Tatiana Tibuleac. El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes. P. 63-64. Capítulo 30
Me preguntó si quería palomitas y sí quería. ¿Y cerveza? También
cerveza. Esos eran nuestros desayunos favoritos, poco saludables, por
supuesto, pero, en nuestra situación, ¿a quién le preocupaba la salud? Un
cuerpo devorado por el cáncer y un cerebro enfermo. Aquel año me
autodestruí mucho más que el resto de los años y, sin embargo, nunca
estuve más lleno de vida. Mi madre parecía una planta de interior sacada al
balcón. Yo parecía un criminal lobotomizado. Éramos, por fin, una familia.
«Aleksy —empezó mi madre en tono culpable apretando con dedos
nerviosos la taza de café—, perdóname.»
Aquella mañana mi madre parecía una araña joven que acabara de
atrapar en la telaraña a su primera víctima. Era como Mika envejecida.
Como la abuela de joven. Nunca la había visto así por la sencilla razón de
que nunca había sido así. Mi madre me miraba con amor.
Esa mirada suya —que yo había esperado y mendigado toda mi infancia
y por la que me habría desprendido voluntariamente de todo mi capital de
niño ahorrador— la recibía ahora gratis. Mi madre, por fin, me la ofrecía en
bandeja, sonriente y benévola, tal y como en los grandes almacenes unas
guapas vendedoras ofrecen productos caducados a los ingenuos.
Habría querido tirarla de la silla de una patada, como había hecho ella
conmigo a lo largo de aquellos siete meses. Me habría gustado meterle
aquel amor por los ojos a puñetazos y decirle que se lo guardara para el otro
mundo, en el que, si tenía suerte, conseguiría engatusar a alguien y
convencerle de que era capaz de amar. Me habría gustado arrancarle en
aquel segundo, con unas tenazas al rojo vivo, todos los cuentos no contados,
todas las nanas no cantadas, todas las caricias en el pelo que me
correspondían, pero que ella me había escamoteado como una roñosa.
«Mamá, no es necesario», le respondí rápidamente y ella se contuvo.
Terminamos de comer en silencio y nos despedimos para el resto de la
jornada.
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