miércoles, 25 de marzo de 2026

Todos los cuentos no contados, todas las nanas no cantadas

 Tatiana Tibuleac. El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes. P. 63-64. Capítulo 30



Me preguntó si quería palomitas y sí quería. ¿Y cerveza? También

cerveza. Esos eran nuestros desayunos favoritos, poco saludables, por

supuesto, pero, en nuestra situación, ¿a quién le preocupaba la salud? Un

cuerpo devorado por el cáncer y un cerebro enfermo. Aquel año me

autodestruí mucho más que el resto de los años y, sin embargo, nunca

estuve más lleno de vida. Mi madre parecía una planta de interior sacada al

balcón. Yo parecía un criminal lobotomizado. Éramos, por fin, una familia.

«Aleksy —empezó mi madre en tono culpable apretando con dedos

nerviosos la taza de café—, perdóname.»

Aquella mañana mi madre parecía una araña joven que acabara de

atrapar en la telaraña a su primera víctima. Era como Mika envejecida.

Como la abuela de joven. Nunca la había visto así por la sencilla razón de

que nunca había sido así. Mi madre me miraba con amor.

Esa mirada suya —que yo había esperado y mendigado toda mi infancia

y por la que me habría desprendido voluntariamente de todo mi capital de

niño ahorrador— la recibía ahora gratis. Mi madre, por fin, me la ofrecía en

bandeja, sonriente y benévola, tal y como en los grandes almacenes unas

guapas vendedoras ofrecen productos caducados a los ingenuos.

Habría querido tirarla de la silla de una patada, como había hecho ella

conmigo a lo largo de aquellos siete meses. Me habría gustado meterle

aquel amor por los ojos a puñetazos y decirle que se lo guardara para el otro

mundo, en el que, si tenía suerte, conseguiría engatusar a alguien y

convencerle de que era capaz de amar. Me habría gustado arrancarle en

aquel segundo, con unas tenazas al rojo vivo, todos los cuentos no contados,

todas las nanas no cantadas, todas las caricias en el pelo que me

correspondían, pero que ella me había escamoteado como una roñosa.

«Mamá, no es necesario», le respondí rápidamente y ella se contuvo.

Terminamos de comer en silencio y nos despedimos para el resto de la

jornada.

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Lunes por la madrugada...

Yo cierro los ojos y veo tu cara
que sonríe cómplice de amor...