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lunes, 3 de agosto de 2026

La lengua era nuestro trauma común

 Dubravska Ugresic. El ministerio del dolor (fragmento)



—Todas nuestras lenguas intentan establecer su norma literaria, pero solo

suena natural en su variante impura, bastarda, o en la dialectal. Cuando oigo

cómo parlotean los dálmatas me parece muy cool. Cuando oigo el croata

oficial me resulta afectado, una agresión al idioma. Todas esas lenguas, croata,

serbio, bosnio, son algo antinatural… Yo soy un rocker, compañera, tengo un

oído guay, I know what I’m talking about…

Entretanto, este idioma nuestro del que Igor hablaba, refiriéndose al

estándar lingüístico croata, se había vuelto aún más rígido. La exposición

constante en los periódicos y en la televisión modificaba la lengua a diario:

unos adoptaban el habla nueva y deforme con una pasividad asombrosa, otros

con pasión. Para unos era la única manera de afirmar su lealtad política; para

otros, extrañamente, se había convertido en el único modo de describir la

pesadilla en la que vivían. Las frases rígidas, secas, facilitaban la cosa y

acortaban el camino. Las frases eran un idioma de señales, despersonalizaban al

hablante y servían de muro protector. Las frases eran un discurso acerca de algo

sobre lo que, de todos modos, no se podía hablar. Como si no hubiera

elección, como si solo hubiera dos opciones: callar todo con autenticidad o sin

autenticidad hablar de todo.

Los jóvenes empezaron espontáneamente a parapetarse en las hablas locales

que antes desdeñaban (¡solo los cazurros hablan así!). Solían refugiarse también

en su lengua inventada, la lengua de su generación escolar o de su pandilla. Esa

lengua inventada servía de defensa provisional contra la nueva habla oficial,que había llegado con la guerra, había irrumpido en todas partes y lo había

contaminado todo. Era una suerte de idioma secreto como el que usábamos en

la infancia, convencidos de que nadie nos entendía… Tepe tenpegopo quepe

depecirpi alpagopo…

La lengua era nuestro trauma común que, a veces, se manifestaba en una

forma pervertida. Me afectó el caso de una bosnia que, según dicen, se había

aprendido de memoria la historia de su violación y la repetía cada vez que se lo

pedían. Y cuando las violaciones de guerra se convirtieron en el foco de los

medios de comunicación mundiales, se constató que solo esta bosnia era capaz

de relatar el hecho de manera coherente. Pronto la arrastraron de acá para allá

los periodistas extranjeros, las asociaciones de mujeres, las organizaciones de

mujeres americanas, que la invitaron a los Estados Unidos. Allí fue de un lugar

a otro repitiendo el estribillo de su humillación personal. Es más, cuentan que

se aprendió de memoria la versión inglesa. Repetía su relato, que ahora estaba

doblemente despojado del contenido auténtico, cual plañidera en los entierros

de los pueblos. Como una máquina parlante, la bosnia anestesiaba su dolor con

la reproducción pública de su desgarradora historia.

A menudo me parecía que mi propia habla se volvía seca e incolora. A veces

me sentía como una alumna del curso de croata para extranjeros, y podía

suceder que, al pronunciar una frase, me quedara atónita por su sonido seco y

frío. Como si hubiera dejado salir las palabras a través de una boca llena de

escarcha.



Ediciones Impedimenta. Pág. 41-42

La protagonista, profe de literatura, en clase con expatriades en Bélgica

Dubravska Ugresic. El ministerio del dolor.



 Por supuesto que entendía bien la situación absurda en la que me hallaba.

Tenía que dar clases de una materia que oficialmente ya no existía. La Filología

Yugoslava —que antaño abarcaba la literatura eslovena, croata, bosnia, serbia,

montenegrina y macedonia— había desaparecido como carrera junto con

Yugoslavia. A los estudiantes a los que debía impartir clase les preocupaban

solo los papeles holandeses, no la literatura. Estaba allí para enseñar la

literatura de un país (o, según el nuevo orden de cosas, de unos países) del que

mis alumnos habían huido o habían sido expulsados. En resumidas cuentas, el

absurdo se multiplicaba y la casa se desplomaba. De mí se esperaba que entre el

montón de ruinas encontrara un pasadizo y emprendiera la marcha.

Comencé por el idioma, por el croata-serbio, por el servo-kroatisch. La

lengua que se hablaba en Croacia, Serbia, Bosnia y Montenegro ahora, igual

que el país, se había dividido en tres lenguas oficiales: croata, serbio y bosnio.

Esta división oficial en croata y serbio existía ya antaño, la novedad era solo el

establecimiento de los puestos de control lingüísticos. De todos modos, las

«nuevas» lenguas no me preocupaban y no se me había pasado por la

imaginación separarlas por las diferencias contenidas en una cincuentena de palabras. Me preocupaba más el descubrimiento de una rigidez general del

idioma en sí, y luego la mala voluntad e incapacidad de mis alumnos para

servirse de él. A su «dudosa» lengua materna, la nuestra, ahora añadían,

además de un inglés mediocre, un holandés deficiente.

Dije que el croata, el serbio y el bosnio eran variantes de una misma lengua

y que apoyaba firmemente esa tesis.

—Todos los idiomas son dialectos tras los que se encuentra un ejército. Tras

el croata, el serbio y el bosnio se hallan bandas paramilitares. No irán a

permitir que criminales medio analfabetos sean sus consejeros lingüísticos, ¿no?

¡Solo nos faltaba eso! —dije, y al mismo tiempo era consciente de que

pertenecía a las generaciones cuyas lecturas escolares estaban salpicadas de

fragmentos en esloveno, macedonio, serbio y croata, impresos en alfabeto

latino y en alfabeto cirílico, y de que al cabo de una decena de años ya nadie se

acordaría de ese hecho.

Sin embargo, no era todo tan sencillo. Mis alumnos sabían bien que no se

trataba de una metáfora, y que detrás de nuestras lenguas se hallaban

realmente los ejércitos. En verdad se degollaba en nuestras lenguas, se

humillaba, se asesinaba, se violaba y se expulsaba. Eran lenguas que se hacían la

guerra sosteniendo que eran incompatibles, justo, quizá, porque eran

inseparables.

Los periódicos locales estaban repletos de consejos lingüísticos. De pronto,

todo el mundo era una autoridad lingüística: el carnicero, la peluquera y el

electricista. Con la guerra, aparecieron en las librerías los más diversos

diccionarios. Los serbios, que habían empezado a utilizar en masa el alfabeto

latino, volvieron al cirílico. Los croatas, pugnando por «croatizar» de la manera

más concienzuda posible el croata, pusieron en circulación unas construcciones

torpes, copiadas del ruso, y otras palabras, más disparatadas aún, que estaban

en uso durante la Segunda Guerra Mundial. Era una época de divorcio

lingüístico llena de ruido y rabia. La lengua era un arma. La lengua delataba,

marcaba, separaba y unía. Los croatas decidieron comer su kruh, como se dice en croata pan, los serbios su hleb, los bosnios su hljeb. La palabra smrt,

muerte, era la misma en las tres lenguas.

Todo esto no significaba que el idioma, antes de la separación —ese «croata-

serbio», «serbo-croata» o «croata y serbio»—, fuera una norma lingüística mejor

y más aceptable que con la guerra hubiera sido brutalmente aplastada, no. Esa

exlengua también tenía su propia función política, también tras ella estaba el

ejército, y se manipulaba con ella, también estaba contaminada con el nuevo

lenguaje ideológico «yugoslavo». No obstante, la historia de unión y

armonización de las variantes lingüísticas no solo era mucho más larga sino

también más meditada que la corta historia de la separación. Exactamente igual

que la historia de la construcción de puentes y carreteras era mucho más larga y

más meditada que la corta historia de su destrucción.



Ediciones Impedimenta. Pág. 38-39

miércoles, 3 de marzo de 2021

Baba Yagá puso un huevo

 

s cuentos no son solo cuentos: Baba Yagá o la defensa de la mujer – Baba Yagá puso un huevo, de Dubravka Ugrešić

por Jun 25, 2020

Dubravka Ugrešić, Baba Yagá puso un huevo

Traducción de Luisa Fernanda Garrido Ramos y Tihomir Pištelek

Madrid, Impedimenta

376 páginas

22,80 euros

“Porque en la vida todos tenemos nuestros embrollos y la tarea del cuento es eliminar los escollos”. Baba Yagá puso un huevo, de Dubravka Ugrešić (Kutina, 1949), fue publicada por primera vez en el año 2008, bajo el título Baba Jaga je snijela jaje, en la editorial croata Vuković & Runjić y ahora ve la luz en español gracias a la traducción de Fernanda Garrido Ramos y Tihomir Pištelek en Impedimenta.

Baba Yagá puso un huevo ha de ser leída con el objetivo con el que la concibió la autora: contribuir al proyecto Canongate Myth Series de la editorial escocesa Canongate Books, en el que autores de prestigio escriben obras en prosa basadas en mitos. Ugrešić se decantó por la figura de Baba Yagá, no sin ciertas reticencias, pues temía que dicha elección pudiera encorsetar el proceso creativo. Tras investigar sobre esta figura, dio con la clave para elaborar la novela.

Baba Yagá puso un huevo es un tríptico narrativo cuyas partes no están estrictamente conectadas entre sí porque no siempre comparten narrador, personajes o estilos. Cada una de las tres historias de esta obra, asentada en el folclore eslavo, viene precedida por una frase pronunciada por Baba Yagá. La primera, “Vete donde no te digo, tráete lo que no te pido”, es una autoficción centrada en las relaciones materno-filiales. Ugrešić reparte la historia entre dos escenarios: el piso de Zagreb de la madre y Bulgaria. En el primero, la narradora pasa a un segundo plano para focalizar su atención en su madre, quien empieza a acusar los síntomas de la vejez. En el segundo, la narradora se desplaza a Bulgaria para asistir a un congreso y allí se encuentra con una estudiante de doctorado llamada Aba, quien la acompaña en un viaje por el país. La presencia de esta joven asfixia a nuestra escritora, quien viaja no solo movida por fines académicos, sino empujada por su madre para que sea sus ojos en una Bulgaria que ya no existe, una Bulgaria comunista que ha sido reemplazada por otra capitalista.

“Pregunta, pero recuerda que la curiosidad no siempre es buena”  da inicio a la segunda parte del tríptico. En esta, un narrador omnisciente cuenta la historia de tres mujeres mayores, Beba, Kukla y Pupa, que se marchan de Zagreb para pasar unos días en un balneario de la República Checa especializado en tratamientos para la tercera edad. Durante las seis jornadas que estas ancianas pasan en el spa ocurren varios acontecimientos que están más próximos a los cuentos de hadas. Además, no solo cada capítulo se cierra con rimas ingeniosas del narrador, en su mayoría de carácter poético y que recuerdan  a la tradición oral, sino que la narración de cuentos así como esta misma palabra pueblan este segundo relato.

“El que sabe mucho envejece pronto”, tercera y última parte de la novela, se compone de dos textos: una carta de la folclorista búlgara Aba Bagay –quien aparece en la primera parte de la novela y cuyo nombre conforma el anagrama de Baba Yagá– y un ensayo elaborado por ella. En la carta, Aba atiende a la petición de un editor, quien le ha enviado una novela –la cual se corresponde con las dos primeras partes que el lector ha leído anteriormente– para que le explique la relación que existe entre el manuscrito y el mito de Baba Yagá. El ensayo responde a esta solicitud del editor y Aba crea un extenso glosario de temas, motivos y mitos relacionados con la mitología eslava y Baba Yagá. Asimismo, este tratado de “babayagalogía” está acompañado de las “observaciones” de la folclorista, a quien emplea Ugrešić para explicar al lector cómo interpretar y analizar su novela.

A través del mito de Baba Yagá, Ugrešić crea una novela en la que juega con distintas modalidades textuales (autoficción, cuento y ensayo) y técnicas, como las matrioskas, por la cual algunos personajes, como Pupa y Aba, saltan de unas partes a otras. Sobre el trasfondo de estos malabares literarios, aparecen algunos de los temas recurrentes en sus obras, como sus críticas a la cultura del consumo occidental en países del antiguo bloque comunista, en este caso Croacia, Bulgaria, República Checa y Eslovaquia. Igualmente, carga contra algunos aspectos de los primeros años de la extinta Yugoslavia socialista –“Los yugoslavos combatían a Stalin con métodos estalinistas”, como muestran los campos de Goli Otok o Sveti Grgur– y de la recién surgida Croacia –el oportunismo de algunos en el nuevo sistema, los acontecimientos que tuvieron lugar a raíz de la Operación Tormenta y los Acuerdos de Dayton e, indirectamente, la caza de brujas que padeció Ugrešić en la Croacia de Franjo Tuđman, que la llevó al exilio–.

No obstante, el tema principal es la crítica a la sociedad contemporánea, en la que reina el culto a la juventud y a la belleza y en la que la vejez no tiene cabida. Además de poner de manifiesto la supremacía masculina a lo largo de la historia, la cual ha evitado la emancipación completa de la mujer: “pertenezco a las «proletarias», a la Internacional de las Babas, ¡yo soy esa de ahí! ¿Qué ocurre?, ¿acaso está sorprendido? Podía haberlo supuesto, ya sabe que las mujeres son maestras del disimulo, tantos siglos de vida en la clandestinidad les enseñaron a serlo, han conseguido dominar todas las técnicas de supervivencia, por lo demás ¿no les dijeron desde el principio que habían surgido de una costilla de Adán y que solo estaban en este mundo para parir a los hijos de Adán?…”

En definitiva, Baba Yagá puso un huevo es un tríptico narrativo ideado por la escritora croata Dubravka Ugrešić, quien “se identifica con Baba Yagá”. En su caldero Ugrešić mezcla distintos recursos formales con temas constantes en sus textos, así como otros nuevos, para responder al proyecto de la editorial escocesa Canongate Books. La idea es que “los mitos mutan, se descomponen, se amplían, se transforman, se adaptan y readaptan. Los mitos viajan y, al viajar, se transmiten y «traducen». Nunca llegan a su destino, se encuentran en permanente estado de transición y traducción”.

Lunes por la madrugada...

Yo cierro los ojos y veo tu cara
que sonríe cómplice de amor...