Dubravska Ugresic. El ministerio del dolor (fragmento)
—Todas nuestras lenguas intentan establecer su norma literaria, pero solo
suena natural en su variante impura, bastarda, o en la dialectal. Cuando oigo
cómo parlotean los dálmatas me parece muy cool. Cuando oigo el croata
oficial me resulta afectado, una agresión al idioma. Todas esas lenguas, croata,
serbio, bosnio, son algo antinatural… Yo soy un rocker, compañera, tengo un
oído guay, I know what I’m talking about…
Entretanto, este idioma nuestro del que Igor hablaba, refiriéndose al
estándar lingüístico croata, se había vuelto aún más rígido. La exposición
constante en los periódicos y en la televisión modificaba la lengua a diario:
unos adoptaban el habla nueva y deforme con una pasividad asombrosa, otros
con pasión. Para unos era la única manera de afirmar su lealtad política; para
otros, extrañamente, se había convertido en el único modo de describir la
pesadilla en la que vivían. Las frases rígidas, secas, facilitaban la cosa y
acortaban el camino. Las frases eran un idioma de señales, despersonalizaban al
hablante y servían de muro protector. Las frases eran un discurso acerca de algo
sobre lo que, de todos modos, no se podía hablar. Como si no hubiera
elección, como si solo hubiera dos opciones: callar todo con autenticidad o sin
autenticidad hablar de todo.
Los jóvenes empezaron espontáneamente a parapetarse en las hablas locales
que antes desdeñaban (¡solo los cazurros hablan así!). Solían refugiarse también
en su lengua inventada, la lengua de su generación escolar o de su pandilla. Esa
lengua inventada servía de defensa provisional contra la nueva habla oficial,que había llegado con la guerra, había irrumpido en todas partes y lo había
contaminado todo. Era una suerte de idioma secreto como el que usábamos en
la infancia, convencidos de que nadie nos entendía… Tepe tenpegopo quepe
depecirpi alpagopo…
La lengua era nuestro trauma común que, a veces, se manifestaba en una
forma pervertida. Me afectó el caso de una bosnia que, según dicen, se había
aprendido de memoria la historia de su violación y la repetía cada vez que se lo
pedían. Y cuando las violaciones de guerra se convirtieron en el foco de los
medios de comunicación mundiales, se constató que solo esta bosnia era capaz
de relatar el hecho de manera coherente. Pronto la arrastraron de acá para allá
los periodistas extranjeros, las asociaciones de mujeres, las organizaciones de
mujeres americanas, que la invitaron a los Estados Unidos. Allí fue de un lugar
a otro repitiendo el estribillo de su humillación personal. Es más, cuentan que
se aprendió de memoria la versión inglesa. Repetía su relato, que ahora estaba
doblemente despojado del contenido auténtico, cual plañidera en los entierros
de los pueblos. Como una máquina parlante, la bosnia anestesiaba su dolor con
la reproducción pública de su desgarradora historia.
A menudo me parecía que mi propia habla se volvía seca e incolora. A veces
me sentía como una alumna del curso de croata para extranjeros, y podía
suceder que, al pronunciar una frase, me quedara atónita por su sonido seco y
frío. Como si hubiera dejado salir las palabras a través de una boca llena de
escarcha.
Ediciones Impedimenta. Pág. 41-42
