La calle Coriolan
En otras épocas, ¿habría estado ella así, días enteros sin
moverse de casa, como ahora? ¡Ni muerta! Habría sentido
que se le caía la casa encima. Se las arreglaba lo mejor que podía
y, ¡hala!, a la calle. Hoy visitaba a uno, mañana a otro: iba de casa
en casa; pero volver a la suya con las manos vacías, eso sí que
nunca; andaba de palique con todo el mundo, se enteraba de todo;
después de tanto estar con el mudo del marido, le entran a una
ganas de salir pitando… Nunca tuvieron grandes temas de
conversación, pues, al fin y al cabo, ¿de qué se puede hablar con
los hombres?
—El marido, que sepa de ti solo de cintura para abajo… —dice, y
la cuñada, al escucharla, se encrespa.
—Cállate, Vica, ¡qué bruta! Te está oyendo el chico… Ya estás
vieja, y dale que dale con tus guarrerías…
—Y si me oye, ¿qué? Pues que oiga. ¿Acaso le queda mucho
para seguir pegado a tus faldas? No te preocupes, que yo he estado
en buenas casas y sé cómo hablan las señoras… Y en todas partes
nos entendíamos muy bien, todos me tenían cariño y aprecio,
madame Ioaniu, por ejemplo, cómo nos reíamos… con ella y con
Ivona…
Una muda esa cuñada suya: ni con sacacorchos le arrancas una
palabra. Pobre de su hermano, toda la vida siguiéndole la corriente...
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