jueves, 5 de marzo de 2026

Una mañana perdida, Gabriela Adamesteanu

 

La calle Coriolan



En otras épocas, ¿habría estado ella así, días enteros sin

moverse de casa, como ahora? ¡Ni muerta! Habría sentido

que se le caía la casa encima. Se las arreglaba lo mejor que podía

y, ¡hala!, a la calle. Hoy visitaba a uno, mañana a otro: iba de casa

en casa; pero volver a la suya con las manos vacías, eso sí que

nunca; andaba de palique con todo el mundo, se enteraba de todo;

después de tanto estar con el mudo del marido, le entran a una

ganas de salir pitando… Nunca tuvieron grandes temas de

conversación, pues, al fin y al cabo, ¿de qué se puede hablar con

los hombres?

—El marido, que sepa de ti solo de cintura para abajo… —dice, y

la cuñada, al escucharla, se encrespa.

—Cállate, Vica, ¡qué bruta! Te está oyendo el chico… Ya estás

vieja, y dale que dale con tus guarrerías…

—Y si me oye, ¿qué? Pues que oiga. ¿Acaso le queda mucho

para seguir pegado a tus faldas? No te preocupes, que yo he estado

en buenas casas y sé cómo hablan las señoras… Y en todas partes

nos entendíamos muy bien, todos me tenían cariño y aprecio,

madame Ioaniu, por ejemplo, cómo nos reíamos… con ella y con

Ivona…

Una muda esa cuñada suya: ni con sacacorchos le arrancas una

palabra. Pobre de su hermano, toda la vida siguiéndole la corriente...

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Lunes por la madrugada...

Yo cierro los ojos y veo tu cara
que sonríe cómplice de amor...