Fragmento de El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, de Tatiana Tibuleac.
«Párate, párate», las oía sin escucharlas y yo respondía en la misma
lengua que había encontrado de repente en mi cerebro, como encuentran los
bebés el pezón de su madre. Habría dado cualquier cosa por morir en ese
momento, por descomponerme en millones de partículas y unirme a aquella
columna temblorosa e infinita, aunque eso hubiera significado despertar
formando parte de un monstruo desconocido. Sin embargo, la voz de la
abuela desapareció de repente, tal y como había aparecido antes, llevándose
consigo el secreto más bello que se me ha mostrado jamás.
Regresé a mi herida, que se había abierto de nuevo y supuraba. Me
acosté como un perro en el umbral frío y azulado; entretanto, el aire a mi
alrededor había empezado a hervir y a sacudir todos los objetos como si
fueran adornos de silicona. El montón de piedras junto al cobertizo formó
una línea recta y larga y partió, ondulándose como una serpiente, hacia el
horizonte, que castañeteaba como una boca abierta. La casa me
contemplaba desde arriba como el rostro de un muerto, con unos postigos
verdes en lugar de párpados.
Quería poder morir con sencillez, con comodidad, deprisa. Quería que
la muerte se doblegara a mi voluntad, poder invocarla en cada segundo sin
esfuerzo y sin costes. Ello habría sido posible si la muerte hubiera sido
inventada por alguien con más discernimiento, alguien que no la hubiera
protegido tanto, sino que la hubiera reducido a una simple función. Un
tercer ojo, una tercera sien, un corazón a la derecha que desconectaran
unilateralmente los cuerpos inútiles en caso de necesidad.
La imposibilidad de morir cuando tenía la necesidad absoluta de hacerlo
fue la injusticia más grande que se ha cometido conmigo, y conmigo se han
cometido muchas injusticias. Empezando por mi nacimiento de una mujer
completamente desconocida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario