miércoles, 25 de marzo de 2026

Cuando empecé esta novela no pude avanzar por su violencia verbal. Ahora reintento en taller

Fragmento de El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, de Tatiana Tibuleac.




 «Párate, párate», las oía sin escucharlas y yo respondía en la misma

lengua que había encontrado de repente en mi cerebro, como encuentran los

bebés el pezón de su madre. Habría dado cualquier cosa por morir en ese

momento, por descomponerme en millones de partículas y unirme a aquella

columna temblorosa e infinita, aunque eso hubiera significado despertar

formando parte de un monstruo desconocido. Sin embargo, la voz de la

abuela desapareció de repente, tal y como había aparecido antes, llevándose

consigo el secreto más bello que se me ha mostrado jamás.

Regresé a mi herida, que se había abierto de nuevo y supuraba. Me

acosté como un perro en el umbral frío y azulado; entretanto, el aire a mi

alrededor había empezado a hervir y a sacudir todos los objetos como si

fueran adornos de silicona. El montón de piedras junto al cobertizo formó

una línea recta y larga y partió, ondulándose como una serpiente, hacia el

horizonte, que castañeteaba como una boca abierta. La casa me

contemplaba desde arriba como el rostro de un muerto, con unos postigos

verdes en lugar de párpados.

Quería poder morir con sencillez, con comodidad, deprisa. Quería que

la muerte se doblegara a mi voluntad, poder invocarla en cada segundo sin

esfuerzo y sin costes. Ello habría sido posible si la muerte hubiera sido

inventada por alguien con más discernimiento, alguien que no la hubiera

protegido tanto, sino que la hubiera reducido a una simple función. Un

tercer ojo, una tercera sien, un corazón a la derecha que desconectaran

unilateralmente los cuerpos inútiles en caso de necesidad.

La imposibilidad de morir cuando tenía la necesidad absoluta de hacerlo

fue la injusticia más grande que se ha cometido conmigo, y conmigo se han

cometido muchas injusticias. Empezando por mi nacimiento de una mujer

completamente desconocida.

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Lunes por la madrugada...

Yo cierro los ojos y veo tu cara
que sonríe cómplice de amor...