Ayer recibí anuncio de la extensión del plazo de recepción de resúmenes para las Jornadas del Norte en la UNJU. Se me abrió de nuevo la posibilidad de mandar un segundo resumen (ya envié sobre poesía zapoteca) y pensé en escribir sobre Nuestra parte de noche que tiene tanto y tan bueno para decir.
Pensé en algún título de los que me a mí me gustan, encontré una frase linda con la palabra "curiosidad" marcando la unión entre lo épico y lo cotidiano y, ahí, al toque, al lado de mi deseo del gótico y lo ominoso para hablar de Gaspar y de Juan y de Talita y de San La Muerte, se me vino el titulito de gótico andino que le están poniendo a algunas narraciones contemporáneas. Y me dije: por qué no un gótico mesopotámico? Así que se me ocurrió que toda esta zona en la que vivo es "entrerriana", aunque Buenos Aires y Montevideo la jueguen de puertos y de "rioplatenses" en diferenciación con Río Paraná y Uruguay, a mí me gusta ver que todes estamos fluvialmente marcades y que hay un fantástico del agua y un terror de lo anfibio que me gustaría teorizar.
Panel 11. Mujeres escritoras 2: Sangre en las manos de Pérez de Oleas Zambrano
Jueves 21 de julio: 16:30 - 17:45 Lugar: Auditorio Vicente Rocafuerte (Facultad de Derecho)
"Sangre en las manos y el gótico andino: una aproximación a la literatura ecuatoriana desde los géneros literarios populares." Álvaro Alemán , Universidad de San Francisco de Quito
Resumen: La crítica literaria ecuatoriana ha tenido un acercamiento precario a lecturas teóricas dispuestas a pensar la condición narrativa paradigmática de los géneros literarios. El enfoque dominante, al pensar en categorías narrativas se centra más en modos narrativos (como el realismo social) que en géneros literarios propiamente. La ponencia intenta pensar la categoría de la novela gótica como mecanismo descriptivo idóneo para entender la producción narrativa ecuatoriana del siglo pasado. La novela de Laura Pérez de Oleas Zambrano, Sangre en las manos, se aborda así tanto desde la definición preliminar de un “gótico andino” como desde su propia especificidad novelística.
Una leyenda del pueblo de Mira, en Ecuador, describe a unas hechiceras que conseguían alzar el vuelo tras untarse miel en las axilas.Mónica Ojeda ha elegido estas asombrosas figuras para el arranque de Las voladoras (Páginas de Espuma), un excepcional libro de cuentos que se inspira en el folclore andino para interrogarse sobre la turbiedad y las sombras del ser humano. Ojeda, que ha publicado también estos días en Candaya el poemario Historia de la leche, confirma el talento que apuntaban obras como Nefando o Mandíbula con un libro tan turbador como bello. "¿Te gusta el sabor de la sangre?", pregunta uno de los personajes. "Me gusta. Sabe a lenguaje", le responden.
–"¿Bajar la voz? ¿Por qué tendría que hacerlo?", pregunta la protagonista del primer cuento. "Si uno murmura es porque teme o se avergüenza, pero yo no temo. Yo no me avergüenzo", dice. ¿Pueden entenderse esas frases como una declaración de intenciones de Las voladoras? El libro da voz a un conjunto de mujeres que sufren de algún modo la violencia.
–Yo no me marqué ese propósito concreto de darles voz, en cierto modo porque esos personajes ya poseen una voz poderosa, pero es verdad que ese comienzo puede tener algo de declaración de intenciones. Es un libro sobre mujeres que sufren violencia, como dices, pero que también pueden ejercerla sobre otros cuerpos. Ellas tienen un arrojo, una forma de actuar, que no se corresponden con esa idea extendida, al menos en Ecuador, de que las mujeres debemos ser modositas. No, perdonen, ¿por qué tendría que hablar de forma comedida? En estas páginas vamos a encontrarnos con una serie de mujeres que hablan fuerte.
–Ese cliché de que el paisaje es un personaje más encuentra en su libro pleno sentido. Ecuador, ese país de volcanes y terremotos, una tierra con una espiritualidad ancestral, es un escenario portentoso.
–Sí, hasta el punto de que es un misterio que sigamos vivos. Mi existencia es un milagro [ríe]. Hace poco, un volcán entró en erupción en el oriente de Ecuador, y mi madre se levantó en Guayaquil con la ciudad cubierta de ceniza. Imagínate, convivir con eso como si fuera lo más normal del mundo... Es un territorio pequeño repleto de volcanes, que tiene todos los climas posibles, una diversidad de fauna y flora impresionante, con un ave tan particular como el cóndor de símbolo, y con una tradición mitológica anquilosada. En este libro yo quería captar ese contraste de que viviéramos en ciudades modernas y aún se mantuviera una espiritualidad ancestral. No hago una descripción detallada de los sitios, pero sí hay, digamos, una geografía emocional que está muy presente. El gótico aborda miedos universales, apela a inquietudes que todos tenemos, pero cada paisaje condiciona. No es lo mismo el gótico victoriano que el gótico andino. Humboldt decía que no entendía a la gente de Ecuador, que dormía tranquila entre volcanes y se ponía alegre con canciones tristes. Y, sí, un volcán es algo bello si lo contemplas, pero también da pavor, porque puede destruirte en segundos. Los ecuatorianos vivimos con eso.
–En Sangre coagulada la abuela besa a los animales antes de decapitarlos. Y ocurre también en otros relatos que la ternura aparece, en medio de la brutalidad, como un fogonazo, un destello.
–Me conmueve especialmente la idea de que, cuanta más violencia tenemos a nuestro alrededor, más vulnerables nos sentimos y más necesitamos una caricia. Si nuestra pareja, en condiciones normales, nos da un abrazo, puede que no valoremos ese gesto. Pero si esa muestra de afecto nos llega en medio de la hostilidad la ternura cobra otra dimensión. Me gusta recoger eso en mi obra.
–La violencia tiene muchas formas de manifestarse, y en Soroche retrata, a través del vídeo erótico que se difunde de una mujer, las vejaciones que ha favorecido la tecnología.
–Sí, y es un cuento que me costó mucho escribir, lo encontré doloroso. Sufrí con ese modo en que el personaje se describe, de una manera tan abyecta, tan desagradable, porque es así como las demás la miran, la ven gorda y eso hace que ella se sienta indigna. Impacta ver la capacidad que tenemos para odiarnos a nosotras mismas. En este libro traté de ahondar en distintos tipos de violencia, y no todas las violencias residen en el golpe. Ésa es la violencia más obvia, más evidente, pero luego hay unas violencias discursivas que destruyen psicológicamente a las personas. En ese cuento vemos lo que las palabras son capaces de hacer. También pueden causar mucho daño.
"HUMBOLDT DECÍA QUE NO ENTENDÍA A LA GENTE DE ECUADOR, QUE DORMÍA TRANQUILA ENTRE VOLCANES"
–En sus narraciones vuelve a aparecer el incesto, una cuestión, por lo que usted ha investigado, muy presente en la literatura latinoamericana.
–Hay un detalle divertido: en todos los culebrones que yo veía de niña llegaba el momento en el que unos amantes temían ser hermanos. Eso no viene de la nada: yo intenté analizar eso, porque ese tema también está en la literatura fundacional de las primeras repúblicas, se da en Argentina, en Colombia, en México... y una explicación posible es por los hijos bastardos de los señores, por lo que alguien podía tener la misma sangre que la persona a la que amaba sin saberlo... Es una preocupación muy arraigada, incluso hay monstruos andinos que vienen a castigar el incesto. En Las voladoras muestro un abanico diverso: padres que violan a sus hijas, pero también hermanas que se desean, donde no hay relación de poder.
–En Slasher se dice de las protagonistas: "Les sorprendía que su curiosidad por el dolor fuera inaguantable para la mayoría de las personas". Su obra explora el lado oscuro de la vida, y sin embargo ha conseguido ser reconocida y celebrada.
–Me gustaría pensar que mis lectores, quienes se sienten cerca de mi trabajo, no están interesados en la oscuridad por la oscuridad. A mí me atraen esas zonas de penumbra de la gente que aparentemente no haría daño a nadie. Me interesan las preguntas que te dinamitan. ‘¿Esa violencia del entorno también está en mí?’ Esos interrogantes te hacen ver bajo la línea de flotación, encontrar el fondo de lo humano, que es un fondo animal también. Eso me parece estimulante.
–Tal vez escribir sea, como se lee en el último cuento, "estar cerca de Dios, pero también de lo que se hunde".
–Es la única historia en la que la violencia no procede de nadie, trata sobre la violencia que la propia vida genera, de la muerte. Es un cuento sobre el duelo, sobre ese momento en que pierdes a alguien y sientes que te han arrancado algo. En esas páginas tuve al único protagonista masculino del conjunto, y logré empatizar con él, sentí su dolor.
Acabo de escucharlas en una charla de la Fiesta del Libro y la Cultura 2020 y se afirma en mí la sensación de generación, de camada, de movida de escritoras a la que pertenezco. No por arrogancia (que no he publicado nada que pueda compararse con la obra de estas dos grosas) sino por elección, por orgullo, por lectora, por familia cisne tanto tiempo buscada, por tarea que me impongo con amor y pleno sentido. Parecerá una pavada pero una cosa es escribir "porque me sale", "porque me gusta" y otra muy distinta es saberse escritora en un tiempo y un lugar determinados, conocer los temas y los modos que me interesan y estar decidida a recorrer los caminos de aprendizaje que sean necesarios porque ES lo que quiero hacer.
Dejo que la Enriquez me ponga consignas como la que llevar a la literatura los monstruos de nuestros lugares como fue llevado Drácula. Hoy ella contó que tiene una abuela mitad guaraní y mitad italiana y empecé a dejar a las "coincidencias" me tranquilizaran dándome causas (innecesarias pero placenteras) para mis elecciones y amores literarios.
Esta mañana también escuché a Gabriela Cabezón Cámara hablando "como a mí me gusta" con la conductora mexicana del postcard "Hablemos escritoras": militando el feminismo, el contracanon y no haciéndose la otra como en las cátedras de la UBA.
Ahora leo por primera vez Una excursión a los indios ranqueles para enseñarle a putear y destruir estatuas de Sarmiento a mi nuevo personaje adolescente en escuela del 2023.
Mónica Ojeda explora el gótico andino en ‘Las voladoras’, su primer libro de cuentos
Por MÓNICA OJEDA
AVANCES LITERARIOS DE VIVA VOZ La escritora ecuatoriana, una de las voces revelación de los últimos años, habla en este vídeo sobre su libro y lee un pasaje del mismo. Indaga en "la relación que existe entre la violencia y la hostilidad de lo terrenal con el plano mítico, ritual y simbólico"
Presentación WMagazín Una de las escritora/es en español revelación en los últimos años es la ecuatoriana Mónica Ojeda (Guayaquil, Ecuador, 1988). Este otoño de 2020 publicará su primer volumen de cuentos, Las voladoras, en Páginas de Espuma, el 7 de octubre, uno de los más destacados de la temporada. Relatos en los que aborda el llamado gótico andino con historias que suceden a más de tres mil metros sobre el nivel del mar. En ellos intentan «indagar en torno a la relación que existe entre la violencia y la hostilidad de lo terrenal con el plano mítico, ritual y simbólico». Una obra que sorprenderá por la imbricación de los temas y el manejo del lenguaje.
Portada del primer libro de cuentos de Mónica Ojeda: ‘Las voladoras’ (Páginas de Espuma). /WMagazín
En 2018 su novela Mandíbula (Candaya) estuvo en las listas de los mejores libros del año. Mónica Ojeda fue seleccionada en la lista de Bogotá 39, de 2017, en la que el Hay Festival, a través de un jurado, eligió a los 39 escritores latinoamericanos menores de 40 años más prometedores. Por lo pronto, veamos a Mónica Ojeda contar en este vídeo en qué consiste Las voladoras y leer el fragmento de su cuento El mundo de arriba y el muno de abajo, además, reproducimos el comienzo de Las voladoras:
Mónica Ojeda habla de 'Las voladoras', su primer volumen de cuentos, en Páginas de Espuma, para la sección Avances literarios de viva voz, de WMagazín.
Mónica Ojeda habla de su primer libro de cuentos 'Las voladoras'
En Las voladoras reúno cuentos que se desarrollan a más de tres mil metros sobre el nivel del mar en paisajes andinos el a cordillera, junto a montañas, valles, páramos y volcanes. Recogen relatos en donde se pierden cabezas en medio de jardines, en donde mujeres se suben a los tejados y alzan el vuelo, en donde hay hijas que guardan las dentaduras de su padres, en donde amigas se lanza desde lo alto de un volcán, en donde padres intentan revivir a sus hijas, y hermanas intentan explorar el horror sonoro…
Son cuentos que desde el gótico andino intentan indagar en torno a la relación que existe entre la violencia y la hostilidad de lo terrenal con el plano mítico, ritual y simbólico que se encuentra en las partes más altas y que obligan a las personas a mirar hacia arriba, quizás, desesperadamente, para buscar una especie de alivio frente al horror y la violencia.
Voy a leer un fragmento de Las voladoras, el relato se llama El mundo de arriba y el mundo de abajo:
«Esta escritura es un conjuro. Escribo el segundo nacimiento de mi hija con el agua fresca de mis palabras. Soy un padre creador de cociencia, forjador de errores cósmicos. No tengo miedo en el alto paramo sino deseo. Cuando mi mujer vivía pronunciaba el sol…».
Las voladoras. Mónica Ojeda (Páginas de Espuma). Llegará a las librerías el 7 de octubre en España y a finales de año en Latinoamérica.
Portada del primer libro de cuentos de Mónica Ojeda: 'Las voladoras' (Páginas de Espuma). /WMagazín
Asi comienza 'Las voladoras'
Por Mónica Ojeda
¿Bajar la voz? ¿Por qué tendría que hacerlo? Si uno murmura es porque teme o porque se avergüenza, pero yo no temo. Yo no me avergüenzo. Son otros los que sienten que tengo que bajar la voz, achicarla, convertirla en un topo que desciende, que avanza hacia abajo cuando lo que quiero es ir hacia arriba, ¿sabe?, como una nube. O un globo. O las voladoras. ¿A usted le gustan los globos? A mí me encantan, sobre todo los que mamá ata a los árboles para espantar a los animales del bosque. A las voladoras no les gustan los globos y siempre los revientan. Hacen ¡bam!, y con eso yo ya sé que son ellas. Mamá les grita mucho: les lanza zapatos, les lanza tenedores. Pero las voladoras son rápidas y lo esquivan todo. Esquivan los cascos de los caballos de papá. Esquivan los balidos de las cabras. Yo he llorado mucho por esto, y si ya no lo hago es porque me dan miedo las abejas que se prenden de mis pestañas. Si quiere que se lo explique bien, míreme. En mi cara está toda la verdad, la que no tiene palabras sino gestos. La que es materia, la que se escucha y se toca. Verá, es cierto que las voladoras no son mujeres normales. Para empezar tienen un solo ojo. No es que les falte uno, sino que solo tienen un ojo, como los cíclopes. Yo soñé con una de ellas antes de que entrara a nuestra casa por la ventana de mi habitación. La vi sentada, rígida, dándole de beber sus lágrimas a las abejas. Pocos saben que las voladoras pueden llorar, y los que saben dicen que las brujas no lloran de emoción, sino de enfermedad. La voladora entró llorando con su único ojo y trajo los zumbidos a la familia. Trajo la montaña donde jadean las que aprendieron a elevarse de una forma horrible, con los brazos abiertos y las axilas chorreando miel. A papá le disgusta su olor a vulva y a sándalo, pero cuando mamá no está le acaricia el lomo y le pregunta cosas muy difíciles de entender y de repetir. En cambio, si mamá está presente, él intenta patearla para que salga de la casa, le escupe, se saca el cinturón y golpea las puertas y las paredes como si fueran a gemir. En secreto, yo dejo las ventanas abiertas por la noche para escuchar el rezo de los árboles. Los oigo y me arrullo con ellos aunque a veces también me da escalofríos el negro fondo de sus oraciones. La voladora tiene el pelo negro, ¿sabe?, como el mío y como el canto de los pájaros del monte. La siento acurrucarse entre mis piernas en las madrugadas y me abrazo a ella porque, como dice papá cuando mamá no lo ve, un cuerpo necesita a otro cuerpo, sobre todo en la oscuridad. He aprendido a amar sus lágrimas. Usted no sabe lo que es amar un pelaje como si fuera un cabello, pero verá: en mis sueños, la voladora tiene un paisaje y una tumba.