Paloma Sánchez-Garnica
esta novela en particular operó “la curiosidad de entender cómo sobrevivieron las mujeres alemanas que sufrieron la primavera-verano de 1945 en la que fueron el objeto de venganza de hombres deshumanizados, brutalizados que volcaron contra ellas toda la rabia que traían”. Esto acarreó nuevas interrogantes: ¿Cómo se reconstruyeron ellas en un Berlín destruido (sin bombas pero con las heridas del alma)? En ese Berlín ocupado, además, por los vencedores y en convivencia con los vencedores”. A partir de la “primera nebulosa”, como la llama ella, comenzó la acumulación de toda clase de libros referidos a la época. “Me interesaban los quince años entre el final de la Segunda Guerra Mundial y el 13 de agosto de 1961, cuando se construye el Muro físico. Ese Berlín dividido y ocupado pero sin muro todavía. Esos temas me llevaron la mirada hacia Norteamérica, los Estados del Sur y el macartismo”.

Pálpito
Tras meses de lectura, llega el pálpito de escribir. “No te sé explicar por qué”, dice Paloma desde Buenos Aires. “Empiezo de forma absolutamente ciega sin conocer a los personajes. Llaman a la puerta de mi casa, se presentan (unos con más facilidad que otros) y van canibalizando mi vida, mis veinticuatro horas del día. Están en mi pensamiento constantemente”.
El inicio suele ser “muy complicado” para la autora. Sobre todo, llegar a “la barrera de las cien páginas”. Paloma va escupiendo la historia, su marido la acompaña leyendo; charlan al respecto. “Verbalizo mucho con él: el 80% de mis conversaciones son de los personajes, no lo comparto con nadie más que con él. Después de meses, de un año, llego al final”.
Luego es el momento de las relecturas. Esos son los meses de conocer personalmente a los personajes. “Sé lo que les pasa, sé cómo viven, cómo sufren, cómo aman. Perfilo su forma de hablar y de actuar, su psicología. Cuando considero que está presentable la novela, se la paso a mi editora. Ella me conoce muy bien, sabe hasta dónde exprimirme sin aceptar mi vanidad. Durante varios meses estamos planteando sugerencias de ella, yo las adapto, pienso, releo, hasta que llega un momento en el que ella me dice: ‘Paloma, ya no puedes cambiar nada’ y, entonces, los personajes se silencian y ya nunca puedo hablar con ellos (sí de ellos). No releería una novela mía en libro, jamás. Creo en su silencio. Los personajes se callan, abandonan mi vida, abandonan mi mente, incluso llego a olvidar sus nombres y entran otros. Y empieza otra vez el proceso de cero: con una pregunta, con una curiosidad, con una sensación de querer saber... y lectura, lectura, lectura. Ahora estoy con la décima, antes de llegar a Latinoamérica pasé la barrera de la página 100”.


































