viernes, 11 de septiembre de 2026

Si pudiéramos escuchar crecer a los árboles

 Otro fragmento de "Libros y rosas" de Helen Oyeyemi




—¿Un sonido? ¿Una voz?

—Sí…, bueno, no. Era un crujido, como un picaporte oxidado girando, o

como el chirrido de los goznes de una puerta de madera forzada, aunque yo

diría que era, estoy casi segura, el sonido de algo que crecía. A veces pienso

que si pudiéramos escuchar crecer a los árboles los oiríamos… crujir… de esa

manera. Volví a llamar y el crujido se detuvo y dio paso al silencio. Un

silencio que me dio muy mala espina. Entonces pensé que tenía que hacer

algo…, si dejaba la puerta cerrada y luego resultaba que alguien podría

haberse salvado si la hubiera abierto a tiempo, no habría podido soportarlo…,

así que tenía que abrir la puerta a toda costa. Recé para que estuviera cerrada,

pero se abrió, y vi a la señora del Olmo en pie junto a la ventana, a la luz de la

Página 17 luna y de espaldas a mí. Sujetaba una rosa en las manos como si fuera a

bebérsela. Estaba de pie, muy tiesa; nadie está en pie de esa manera, ni

siquiera los bailarines en el escenario…

—¿Muerta?

—No, si te parece estaba echando un sueñecito. ¡Joder, pues claro que

estaba muerta, Lucy! ¡Completamente muerta! Encendí la lámpara de la mesa

y me acerqué. Tenía los ojos abiertos y en ellos se podía percibir cierto

entendimiento…, por un momento pensé que iba a hacerme callar; parecía

comprender lo que le había sucedido y estar a punto de decir: «¡Chsss! Ya lo

sé, ya lo sé, y tú no tienes que saberlo». Era una imagen espantosa, no sabes

qué espantosa era. Pero cuando bajé la vista y miré el resto del cuerpo para

tratar de olvidar el rostro, vi tres cosas en rápida sucesión: una, que el color de

la rosa que sujetaba era diferente del color de las rosas del jarrón del alféizar

de la ventana. Las del jarrón eran amarillas con vetas de color lavanda, como

te he dicho, y la que tenía ella en la mano era naranja con vetas marrones.

Lucy hizo mentalmente las mezclas de colores. ¿Qué convierte el amarillo

en naranja y el azul o el morado en marrón? El rojo.

—También vi que tenía un agujero en el pecho.

—¿Un agujero?

—Una pequeña y precisa incisión —aclaró Safiye golpeando suavemente

en el centro del pecho de Lucy—. Iba de un lado a otro y, sin embargo, no

había sangre.

(Toda estaba en la rosa).

—¿Y qué más?

—El tallo de la rosa era naranja. —Safiye se puso a temblar de nuevo—.

¿Cómo podía contar eso a la policía? ¿Cómo iba a decirles que fue así como

la encontré? A la rosa le había crecido una especie de cola. Larga, curvada,

espinosa. Salí huyendo.

—Después de coger la llave —le recordó Lucy.

—Cogí la llave y salí corriendo.

Las amantes cerraron los ojos para dejar de pensar y de los pensamientos

pasaron al sueño. Cuando Lucy se despertó, Safiye se había ido. Dejó una

nota —«Espérame»— y esa fue la única prueba de que la visita nocturna no

había sido un sueño.

Diez años después, Lucy seguía esperando.

Recordar (o presagiar) lo que es ser piedra

Fragmento de "Libros y rosas" de Helen Oyeyemi


 Desde donde Lucy se sentaba junto a su jugador podía mirar a través de

una ventana de dos hojas; desde allí veía una larga calle que conducía hasta el

pie de una montaña. Lo que más le gustaba a Lucy de aquella vista era que a

medida que la noche iba dando paso al amanecer, la montaña parecía

deslizarse por la calle. Avanzaba de puntillas, como si temiera que alguien la

sorprendiera. En la medida en que una efímera cosa hecha de carne y hueso

puede recordar (o presagiar) lo que es ser piedra, Lucy comprendía el deseo

de la montaña de ponerse a escuchar en la ventana de un antro de jugadores y

reconfortarse al calor de toda la esperanza y la desolación que flotaban en el

ambiente. Le habría gustado que la montaña consiguiera un día encogerse

hasta convertirse en un guijarro para poder entrar rompiendo el cristal y

deslizarse hasta un rincón desde donde absorber felizmente la vida tabernaria

mientras el lugar permaneciera abierto. Lucy trató de escribir algo a Safiye

sobre lo que veía a través de esa ventana, pero le pareció que su descripción

de la montaña resultaba tan nostálgica que resultaba desagradable leerla. No

envió la carta.


jueves, 10 de septiembre de 2026

Lazalea y sus amiguis












 

Este amor viene así de esta manera, no tiene la culpa



















 

Hoy nos empezó la primavera por acá



















 

Hoy hice la percu

 El bombo, en el taller de murga. Hubiera debido, si quería flashear coherencia y lucir talentos, quedarme en la comisión de letras. Pero carrera de conchudas y sentido de la palabra. No tuve ganas. Mejor llevar el ritmo, de a tres, de a cuatro, de a cinco, en el patio, debajo de la enredadera. Pum, pam... punpun. Pum, pam... punpun. Me encantó.

Gente gratuitamente desagradable

 "Yo no conozco nadie", "No, yo estoy bien, fue él", "¿Qué hacés?", "Vamos, profe, me extraña". Al pedo.

Hablando de todo lo que tengo en casa

 Me pongo a buscar en mercado libre qué se consigue por acá, bueno y barato, de los libros que puse más abajo del taller de Maielis, se me trula en celu deletreando el nombre de la primere africane: Akwaeke Emezi. La busco en la tablet, no me aparece el título que propone el taller: Mascota. Me aparecen otros, editados en Consoni, en Chai... ¿En Chai? Pero si yo amo esa editorial... Debo tener cinco o seis títulos sin leer... A ver... ¡Manantial!!! Late!!! Acá esperándome desde agosto del 2021. Se merece que la empiece ya.

Lunes por la madrugada...

Yo cierro los ojos y veo tu cara
que sonríe cómplice de amor...