Lunes por la madrugada
El placer de bloguear
martes, 4 de agosto de 2026
Empiezo a entender a la gente mezquina
La que esconde, no muestra, no se abre, no entrega, tiene secretos, dobles fondos. Se avergüenzan de sí mismes, saben que están haciendo cagadas, saben que se nota.
lunes, 3 de agosto de 2026
La lengua era nuestro trauma común
Dubravska Ugresic. El ministerio del dolor (fragmento)
—Todas nuestras lenguas intentan establecer su norma literaria, pero solo
suena natural en su variante impura, bastarda, o en la dialectal. Cuando oigo
cómo parlotean los dálmatas me parece muy cool. Cuando oigo el croata
oficial me resulta afectado, una agresión al idioma. Todas esas lenguas, croata,
serbio, bosnio, son algo antinatural… Yo soy un rocker, compañera, tengo un
oído guay, I know what I’m talking about…
Entretanto, este idioma nuestro del que Igor hablaba, refiriéndose al
estándar lingüístico croata, se había vuelto aún más rígido. La exposición
constante en los periódicos y en la televisión modificaba la lengua a diario:
unos adoptaban el habla nueva y deforme con una pasividad asombrosa, otros
con pasión. Para unos era la única manera de afirmar su lealtad política; para
otros, extrañamente, se había convertido en el único modo de describir la
pesadilla en la que vivían. Las frases rígidas, secas, facilitaban la cosa y
acortaban el camino. Las frases eran un idioma de señales, despersonalizaban al
hablante y servían de muro protector. Las frases eran un discurso acerca de algo
sobre lo que, de todos modos, no se podía hablar. Como si no hubiera
elección, como si solo hubiera dos opciones: callar todo con autenticidad o sin
autenticidad hablar de todo.
Los jóvenes empezaron espontáneamente a parapetarse en las hablas locales
que antes desdeñaban (¡solo los cazurros hablan así!). Solían refugiarse también
en su lengua inventada, la lengua de su generación escolar o de su pandilla. Esa
lengua inventada servía de defensa provisional contra la nueva habla oficial,que había llegado con la guerra, había irrumpido en todas partes y lo había
contaminado todo. Era una suerte de idioma secreto como el que usábamos en
la infancia, convencidos de que nadie nos entendía… Tepe tenpegopo quepe
depecirpi alpagopo…
La lengua era nuestro trauma común que, a veces, se manifestaba en una
forma pervertida. Me afectó el caso de una bosnia que, según dicen, se había
aprendido de memoria la historia de su violación y la repetía cada vez que se lo
pedían. Y cuando las violaciones de guerra se convirtieron en el foco de los
medios de comunicación mundiales, se constató que solo esta bosnia era capaz
de relatar el hecho de manera coherente. Pronto la arrastraron de acá para allá
los periodistas extranjeros, las asociaciones de mujeres, las organizaciones de
mujeres americanas, que la invitaron a los Estados Unidos. Allí fue de un lugar
a otro repitiendo el estribillo de su humillación personal. Es más, cuentan que
se aprendió de memoria la versión inglesa. Repetía su relato, que ahora estaba
doblemente despojado del contenido auténtico, cual plañidera en los entierros
de los pueblos. Como una máquina parlante, la bosnia anestesiaba su dolor con
la reproducción pública de su desgarradora historia.
A menudo me parecía que mi propia habla se volvía seca e incolora. A veces
me sentía como una alumna del curso de croata para extranjeros, y podía
suceder que, al pronunciar una frase, me quedara atónita por su sonido seco y
frío. Como si hubiera dejado salir las palabras a través de una boca llena de
escarcha.
Ediciones Impedimenta. Pág. 41-42
La protagonista, profe de literatura, en clase con expatriades en Bélgica
Dubravska Ugresic. El ministerio del dolor.
Por supuesto que entendía bien la situación absurda en la que me hallaba.
Tenía que dar clases de una materia que oficialmente ya no existía. La Filología
Yugoslava —que antaño abarcaba la literatura eslovena, croata, bosnia, serbia,
montenegrina y macedonia— había desaparecido como carrera junto con
Yugoslavia. A los estudiantes a los que debía impartir clase les preocupaban
solo los papeles holandeses, no la literatura. Estaba allí para enseñar la
literatura de un país (o, según el nuevo orden de cosas, de unos países) del que
mis alumnos habían huido o habían sido expulsados. En resumidas cuentas, el
absurdo se multiplicaba y la casa se desplomaba. De mí se esperaba que entre el
montón de ruinas encontrara un pasadizo y emprendiera la marcha.
Comencé por el idioma, por el croata-serbio, por el servo-kroatisch. La
lengua que se hablaba en Croacia, Serbia, Bosnia y Montenegro ahora, igual
que el país, se había dividido en tres lenguas oficiales: croata, serbio y bosnio.
Esta división oficial en croata y serbio existía ya antaño, la novedad era solo el
establecimiento de los puestos de control lingüísticos. De todos modos, las
«nuevas» lenguas no me preocupaban y no se me había pasado por la
imaginación separarlas por las diferencias contenidas en una cincuentena de palabras. Me preocupaba más el descubrimiento de una rigidez general del
idioma en sí, y luego la mala voluntad e incapacidad de mis alumnos para
servirse de él. A su «dudosa» lengua materna, la nuestra, ahora añadían,
además de un inglés mediocre, un holandés deficiente.
Dije que el croata, el serbio y el bosnio eran variantes de una misma lengua
y que apoyaba firmemente esa tesis.
—Todos los idiomas son dialectos tras los que se encuentra un ejército. Tras
el croata, el serbio y el bosnio se hallan bandas paramilitares. No irán a
permitir que criminales medio analfabetos sean sus consejeros lingüísticos, ¿no?
¡Solo nos faltaba eso! —dije, y al mismo tiempo era consciente de que
pertenecía a las generaciones cuyas lecturas escolares estaban salpicadas de
fragmentos en esloveno, macedonio, serbio y croata, impresos en alfabeto
latino y en alfabeto cirílico, y de que al cabo de una decena de años ya nadie se
acordaría de ese hecho.
Sin embargo, no era todo tan sencillo. Mis alumnos sabían bien que no se
trataba de una metáfora, y que detrás de nuestras lenguas se hallaban
realmente los ejércitos. En verdad se degollaba en nuestras lenguas, se
humillaba, se asesinaba, se violaba y se expulsaba. Eran lenguas que se hacían la
guerra sosteniendo que eran incompatibles, justo, quizá, porque eran
inseparables.
Los periódicos locales estaban repletos de consejos lingüísticos. De pronto,
todo el mundo era una autoridad lingüística: el carnicero, la peluquera y el
electricista. Con la guerra, aparecieron en las librerías los más diversos
diccionarios. Los serbios, que habían empezado a utilizar en masa el alfabeto
latino, volvieron al cirílico. Los croatas, pugnando por «croatizar» de la manera
más concienzuda posible el croata, pusieron en circulación unas construcciones
torpes, copiadas del ruso, y otras palabras, más disparatadas aún, que estaban
en uso durante la Segunda Guerra Mundial. Era una época de divorcio
lingüístico llena de ruido y rabia. La lengua era un arma. La lengua delataba,
marcaba, separaba y unía. Los croatas decidieron comer su kruh, como se dice en croata pan, los serbios su hleb, los bosnios su hljeb. La palabra smrt,
muerte, era la misma en las tres lenguas.
Todo esto no significaba que el idioma, antes de la separación —ese «croata-
serbio», «serbo-croata» o «croata y serbio»—, fuera una norma lingüística mejor
y más aceptable que con la guerra hubiera sido brutalmente aplastada, no. Esa
exlengua también tenía su propia función política, también tras ella estaba el
ejército, y se manipulaba con ella, también estaba contaminada con el nuevo
lenguaje ideológico «yugoslavo». No obstante, la historia de unión y
armonización de las variantes lingüísticas no solo era mucho más larga sino
también más meditada que la corta historia de la separación. Exactamente igual
que la historia de la construcción de puentes y carreteras era mucho más larga y
más meditada que la corta historia de su destrucción.
Ediciones Impedimenta. Pág. 38-39
sábado, 1 de agosto de 2026
viernes, 31 de julio de 2026
Ayer en mi primer encuentro con Inspiradas y el club de 3 escritoras canadienses
"Primavera", de Mary Oliver
En algún lugar
una osa negra
acaba de despertarse
y contempla
montaña abajo:
Toda la noche
en la viva y rasa inquietud
de la primavera apenas iniciada
Pienso en ella,
sus cuatro puños negros
removiendo la grava
su lengua
como un fuego rojo
rozando la hierba
el agua fría.
Hay un solo tema:
cómo amar este mundo.
Pienso en ella
alzándose
como un reborde laminado y negro
para clavar sus zarpas contra
el silencio
de los árboles.
Sea lo que sea
mi vida
con sus poemas
y su música
y sus ciudades de cristal,
también es esta deslumbrante oscuridad
que baja
la montaña,
respirando y paladeando;
todo el día pienso en ella-
sus dientes blancos,
su mutismo,
su amor perfecto.
Traducción de Diana Bellesi, en contéstame, baila mi danza. Ediciones Salta el Pez.
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Lunes por la madrugada...
que sonríe cómplice de amor...


















































