sábado, 20 de junio de 2026

Haití: el pecado de la negritud libre

 

sábado, junio 20

Haití: el pecado de la negritud libre

Fue el primer país independiente de América sin esclavos. El primer país libre. Ni Estados Unidos ni Inglaterra. La Francia que la colonizó y toda su banda no le perdonaron jamás la insolencia. En el EEUU que le hace la guerra a Irán la FIFA le prohíbe a Haití llevar una camiseta con una imagen de su independencia. Hace 300 años que se la hacen pagar.

Apenas un gol pudo hacerle Escocia a la frágil Haití, la que regresó a la vidriera mundialista después de 52 años. Y le tocó justo este mundial, el más mercantilizado, el más arbitrario, el más manoseado por los caprichos de los poderosos. El que está organizado por el país al que no le interesa en lo más mínimo el más bello de los deportes.

Pero se lo apropia para terminar de inocularle el peor de los venenos: arrancarle la mínima inocencia que le quedaba, la de los más castigados del mundo, la de los potreros, la que juega descalza en los confines globales, la de las negritudes, la de los que llegan llovidos de misiles pero llegan igual, como para que su presencia sea parte de la guerra perdida por el monigote de pelo naranja.

Y ahí está Haití. Llegó Haití al centro luminoso del poder, a pesar de todo. Del terremoto de 2010, de los 300.000 muertos, de los 680 mil niños desplazados, huérfanos o separados de sus familias por la violencia extrema y la inestabilidad que ya es dramáticamente estable desde hace décadas. De las centenares de miles de adopciones internacionales que se llevaron a la infancia haitiana a primeros mundos absolutamente extraños.

Por eso la selección de Haití casi no es haitiana. Está conformada por mosaicos de futbolistas de la diáspora, que huyeron cuando eran niños, con sus familias o sin ellas. A Francia, Canadá o Estados Unidos. Algunos nacieron afuera. Y no pisaron jamás esa tierra regada con la sangre de los suyos. Otros apenas tienen una memoria ínfima de días oscuros. El director técnico nunca estuvo en Haití.

Pero todos tienen el corazón en el Caribe. Y se calzaron la camiseta azul con la batalla de Vertières, victoria ante las tropas de Napoleón en noviembre de 1803, que abría las puertas para que el 1 de enero de 1804 proclamaran la independencia de Francia. Azul y roja, como los colores haitianos era la batalla.

Dice Eduardo Galeano que el primer país libre en América no fue Estados Unidos, como cree el mundo. Porque al declarar su independencia «eran una nación con seiscientos cincuenta mil esclavos, que siguieron siendo esclavos durante un siglo, y en su primera Constitución establecieron que un negro equivalía a las tres quintas partes de una persona».

El primer país libre fue Haití.

Y si se pregunta cuál fue el primer país que abolió la esclavitud, se juega Galeano a que el mismo mundo dirá Inglaterra. «Pero el primer país que abolió la esclavitud no fue Inglaterra sino Haití, que todavía sigue expiando el pecado de su dignidad».

La camiseta del país que se ahoga en el Caribe contenía su pecado original: esa independencia temprana de Francia de aquellos negros que arrojaron sus cadenas y fueron independientes y libres sacándose de encima un lastre colonizador del primer mundo. Que nunca perdonó la insolencia. Y consiguió a todos sus cómplices para hacérselo sentir. Haití nunca pudo vivir en paz.

Fue invadido por Estados Unidos, le pagó a Francia «durante un siglo y medio, una indemnización gigantesca, por ser culpable de su libertad», dice Eduardo Galeano. Pero para el poder planetario no fue suficiente. La familia Duvalier estiró una dictadura de 40 años, el terremoto de 2010 terminó con gran parte del país y el poder global puso a la ONU a colocar las cerezas envenenadas al postre fatal de la tragedia. La ONU llevó los cascos azules a Haití y a la vez multiplicó las crisis.

Los cascos azules se dedicaron a hacer sus necesidades en los ríos donde la gente bebía el agua y estalló una epidemia de cólera. Fueron acusados de abusos sexuales a las mujeres desesperadas por la sobrevivencia de sus hijos y vieron surgir a las pandillas que terminaron controlando las ciudades. Nada hicieron las Naciones Unidas por Haití más que profundizar su desastre. Para saber más sobre la historia y el sufrimiento del pueblo haitiano, el relato de Edwidge Danticat sigue siendo una puerta necesaria.

Trescientos años después no se les perdonaba el pecado original de ser libres e independientes. Negros y no esclavos.

Hoy la FIFA, que pertenece a la tropa de amos mundiales que no perdonan a los pobres, le dio a Trump el premio FIFA de la Paz y pensó en sancionar a Irán por los pines en homenaje a las 168 niñas masacradas por un misil estadounidense. Pero se contuvo. Sin embargo, no toleró la camiseta de Haití. Y le ordenó cambiarla porque se trataba de un mensaje bélico. A pesar de que la FIFA de Infantino es socia de quien ha atacado a Irán sin importarle las muertes civiles y ha amenazado constantemente con hacer desaparecer su cultura.

A Haití la envuelve un fanático ardor por el fútbol, pero está incapacitada de jugar de local en Puerto Príncipe porque la violencia es la principal gobernanza en el país. Su jugador más famoso, Joe Gaetjens, jugó un único Mundial para la selección de Estados Unidos en Brasil 1950. Convirtió el gol de un histórico triunfo de EEUU contra Inglaterra que rompió todos los pronósticos.

Gaetjens era un indocumentado que lavaba copas en Nueva York pero el gobierno estadounidense le permitió jugar.

El mismo país que hoy deporta a un árbitro somalí acusándolo de nexos con el terrorismo y trata como si lo fueran a futbolistas de Senegal y Uzbekistán. A Gaetjens, cuando volvió a Puerto Príncipe, lo mató la gente de Papá Doc Duvalier. La marca de ser haitiano. Afuera y adentro.

70 años después, la FIFA censura sus camisetas. Que es lo mismo que censurarles su historia. Su pecado original.

Cuando Haití enfrente a Brasil el 19 de junio, ya no llevará la batalla de Vertières a la altura de la cintura. No habrá Día de la Victoria en la camiseta azul ni orgullo por la independencia sin esclavitud.

Sólo la mezquindad de los que mandan. La misma que soportan desde hace trescientos años.

*Texto publicado originalmente en Agencia de Noticias Pelota de Trapo

Silvana Melo

Periodista, escritora y educadora popular


Salvo aquellas que...

 Eduardo Halfon:

_«Usted no escribirá nada sobre esto, me preguntó o me ordenó mi papá, su índice elevado, su tono a medio camino entre súplica y mandamiento. Pensé en responderle que un escritor nunca sabe de qué escribirá, que un escritor no elige sus historias sino que éstas lo eligen a él, que un escritor no es más que una hoja seca en el soplo de su propia narrativa. Pero por suerte no dije nada. Usted no escribirá nada sobre esto, repitió mi papá, su tono ahora más fuerte, casi autoritario. Sentí el peso de sus palabras. Por supuesto que no, le dije, quizás sincero, o quizás ya sabiendo que ninguna historia es imperativa, ninguna historia necesaria, salvo aquellas que alguien nos prohíbe contar.»

viernes, 19 de junio de 2026

Hablar de mí misma como escritora

 No me la vas a creer pero todavía me deslumbra a mí misma poder hablar de mí misma como escritora y contarle a otres todo lo que he pensado, soñado, escrito y planeo escribir en la vida. Una maravilla. Mucha felicidad.

Hoy conté de nuevo (el público tallerista se renueva) la historia de la hija natural, mi abuela Celia, la tía Inés, el inicio como cartas a Entre Ríos, la hipótesis CF y el nacimiento de mi descendiente en séptima generación, la Violeta Retama. Qué placer.

Me encantan mis talleres de lectura y escritura

 








jueves, 18 de junio de 2026

Eduardo Halfon: me enamoré a primera vista, mi tercer guatemalteco preferido (Monterroso y Rigoberta)

 

Halfon versus Halfon

Jiniva Irazábal

El escritor guatemalteco visitó Argentina y la librería, para participar de una entrevista pública con Damián Huergo en el marco del Club Eterno. “No se puede vivir de la literatura”, confesó.




Por Damián Huergo


 

De Halfon sabemos que nació en 1971 en la ciudad de Guatemala, que proviene de una familia judía con raíces en Polonia y Líbano, que a los diez años se trasladó con su familia a Estados Unidos. También que es reconocido por su estilo narrativo introspectivo y su exploración de temas como la identidad, el exilio y el legado familiar, tal como aparece en los libros El boxeador polaco (2008), Monasterio (2014), Signor Hoffman (2015), Duelo (2017), Canción (2021), Un hijo cualquiera (2022) y Tarántula (2024), en Argentina gracias a Libros del Asteroide. También que en 2011 recibió la beca Guggenheim, y en 2018 le fue otorgado el Premio Nacional de Literatura de Guatemala, el mayor galardón literario de su país natal, entre muchísimos premios que recibió por su obra; alcanza con agregarlo a Instagram para ver cómo, casi semanalmente, obtiene nuevos premios y traducciones. 

Lo que no dice en la solapa y sí en sus libros y en varias entrevistas que fue dando, es que Halfon entró a la literatura por accidente, que hasta los veintipocos no había leído otros libros que los asignados en la escuela primaria y secundaria, que en su casa familiar no había bibliotecas de ficción y su relación con la literatura era como la que se tiene con un vecino que vive en el mismo edificio, pero que no conocemos su nombre ni a qué se dedica ni su linaje familiar. Y lo que tampoco dice en la solapa ni en sus libros ni entrevistas, al menos a las que tuve acceso, es que Eduardo, intuyo, está cansado de que le pregunten por la autoficción, o que le pregunten si lo que se cuenta en sus novelas -que él llama cuentos- es verdad o, sin más, que le pregunten por algo tan inasible para un escritor como es la verdad y la mentira.

De este accidente, de su acercamiento a la literatura, de sus lecturas y, sobre todo, de los procesos de escritura y sus influencias, hablamos en la entrevista pública en la librería, en el marco del ciclo Club Eterno. 

 

Pertenecés a un grupo pequeño a mi entender, al menos entre escritores latinoamericanos, que pueden decir que además de ser escritores trabajan de escritores; es decir, viven de lo que producen con la escritura. Solemos escuchar historias de escritores con vidas compartimentadas. ¿Cómo es un día de un escritor que trabaja de escritor?  

No se puede vivir de la literatura. Llevo 18 años desde que decidí solo escribir. Desde el 2007, que renuncié en la Universidad de Guatemala, y dije escribo o doy clases, no puedo las dos. Fue como lanzarme a un vacío. Esto es una locura, es una locura llamar oficio a esto y pensar voy a poder vivir de esto. Supongo que era joven, no tenía hijo, ahora tengo hijo, no sé si hubiera tomado esa decisión con familia. Yo sabía que para hacerlo me tenía que ir de Guatemala. Y me fui a España, primero, luego a Nebraska, luego a Francia por la pandemia, y ahora estoy en Alemania. No sé cómo he logrado ir viviendo de estos libros porque no son libros que se vendan. Yo no soy un autor de grandes ventas. He ganado algunas becas. He sido invitado con algunos premios. O sea, se han ido dando factores que no son centrales para vender libros, sino periféricos. Tengo un amigo norteamericano que cada vez que me escribe me dice lo mismo: you must feel as if your hanging on by stream. Lo traducimos: Debes sentir que estás colgando de un hilo. Y así me siento todo el tiempo. 

Previo a la conversión de ingeniero a escritor, ¿tenías un imaginario de lo que era ser un escritor? 

No tenía idea. No lo preví, no me lo esperaba. Yo me fui de Guatemala a los diez años. Con mi familia, huimos de Guatemala. Y ese momento, ese día, todo cambió. Tengo un antes y un después, mi idioma cambió. El inglés se volvió mi lengua fuerte y lo sigue siendo. Yo preferiría hoy hablar en inglés. Pienso en inglés. Escribo en español, pero pienso en inglés. Da un lío lingüístico que empezó ahí, junto al alejamiento de Guatemala. Distanciamiento del idioma y del país. Y me quedo en Estados Unidos trece años, entonces cuando finalmente vuelvo después de estudiar ingeniería, vuelvo a Guatemala a los 23 años, a un país que ya no conozco. No había olvidado el español, pero lo hablaba muy mal, con mucho acento norteamericano y solo de usted. Ya no podía ni tutear. Y empezó entonces un proceso no solo de recuperación sino de reinserción. 

Este proceso incluye tu ingreso a la carrera de Filosofía y Letras, tu enamoramiento con la literatura, tu conversión como lector en los talleres de Ernesto Loukota y Osvaldo Salazar, tus primeros ensayos con el oficio. ¿Te acordás cuál fue el primer cuento que al leerlo sentiste algo parecido a la satisfacción? 

No había pensado en eso en años. Me acuerdo porque Ernesto al principio leía y me marcaba los cuentos y me decían que eran un desastre (risas). Luego empecé a escribir más largo, cuentos completos, y hubo uno, que nunca publiqué, y me dijo “ya estás, te graduaste”. Sentí como que me gradué y no le volví a dar otro cuento.   

Estamos hablando del proceso de escritura y un poco de dónde viene tu literatura...  

Las primeras historias son covers. Si vos querés aprender a tocar guitarra, vas a aprender con covers, a imitar cómo toca Clapton y Hendrix. Yo empecé a hacer eso de una manera intencional. Tengo un libro sobre eso, el Ángel literario, que no se encuentra en Argentina, pero lo va a publicar Esperando a Godot el próximo año. Es un libro de mis covers, en donde trató de ubicar el momento en que un escritor se convirtió en escritor.  Fue una indagación de cómo pasó eso. ¿Cómo le pasa eso a alguien? ¿Cómo alguien que no debería ser escritor -yo no debería haber sido escritor- lo fue?  


Ángel literario se puede leer como una novela familiar, en el sentido de que nombras tu familia adoptiva. Venías de escribir Saturno, una carta kafkiana contra tu padre, y a partir de ese libro te armas un nuevo linaje familiar.  

Sí. El título viene de Walter Benjamin, pero también de Vila Matas, de ubicar el momento en cual un ángel nos pasa por encima y nos convertimos en escritor. Entonces yo trato de ubicar el ángel de Hermann Hesse, Hemingway, Carver, Piglia, etcétera.  

¿Cuál fue tu ángel entonces? 

No sé si hay un ángel. ¿Creo que hay muchos no? Y van llegando. Fue muy paulatino, pero rápido en términos relativos, fueron una serie de tropezones, el de llegar a la universidad y descubrir la literatura, el caer en ciertos autores como Bolaño, por ejemplo, que me abrió los ojos y me presentó una latinoamérica que yo no conocía, una latinoamérica vista desde afuera, no desde adentro. O sea, hubo momentos muy importantes, ángeles digamos muy importantes, no fue uno.  

El boxeador polaco inaugura la saga que tiene a Eduardo Halfon como protagonista, el primer capítulo de esta novela monumental que incluye el resto de tu obra desde entonces, un total de siete libros. ¿Recordás el contexto de la aparición de la voz del Halfon personaje? 

Escribo una serie de seis cuentos, seis relatos independientes hilvanados por dos cosas: la voz, o sea nace de pronto este otro Eduardo Halfon, que se parece a mí pero no tiene mi voz, es su voz, es diferente, su temperamento es diferente; y por la historia de mi abuelo polaco, en Auswitch. La historia de mi abuela se cuenta poco a poco en los primeros relatos y se termina de contar en el final, en el cuento “El boxeador polaco”. Bien se publicó en Pretextos con una edición lindísima de 96 páginas que pasó desapercibida, completamente desapercibida, no hubo reseña ni nada. Y yo pensé que ahí había terminado él. Dos años después, uno de sus cuentos originales continúa y se vuelve el capítulo en La pirueta, segundo libro de la saga. De pronto el libro original se empieza a volver una especie de libro madre, empiezan a salir libritos. Tres años después otro cuento original se vuelve el capítulo de Monasterio, que es el tercero. ¿Qué pasa? Historias que empiezan en uno se continúan en otros. Personajes que son pequeñitos en uno crecen en otro. Y los libros empiezan a hablar, sin ninguna planificación. 

Ese primer borrador que empieza a avanzar sin planificación, ¿por dónde empieza? 

Una imagen. Siempre es una imagen. Como si fuera una foto. Una memoria, un flashazo, algo muy concreto. El número de mi abuelo, por ejemplo. Ahí empieza: 69752. Mi abuelo nos decía que era su número de teléfono. El relato empieza de algo muy puntual, pero casi inmediatamente lo suelto. Porque no es esa imagen la que te quiero dar, no es ni siquiera una anécdota. Lo de mi abuelo con el boxeador es una anécdota. Él me lo contó en minuto y medio. Necesito soltar la anécdota y llevarla a otro lado. Eso sucede al mismo tiempo. No sé qué va a pasar nunca. No sé hacia dónde voy, no sé si es corto o largo. Es como escribir en la oscuridad. Es el todo el desasosiego de no saber, escribir desde el no sé, yo creo que es la única manera de escribir. Pero hay que confiar, es casi una fe ciega en que la historia te va a llevar a donde tiene que llevar. Cuando llego al final, que puede ser semanas o meses o años después de estar escribiendo cositas, fragmentos, de pronto alguien prende la luz. Y lo veo y entonces viene el ingeniero, a poner orden, en términos estructurales, narrativos y de lenguaje. Pero eso viene después en mi manera de trabajar. 

¿Ese trabajo lo hacés solo? 

Absolutamente solo. Hace mucho que ya no muestro nada, no solo no muestro nada, soy supersticioso, yo no cuento. O sea, nadie sabe en qué estoy trabajando, porque yo no sé en qué estoy trabajando. Ni mi pareja ni mis editores. 

En Biblioteca Bizarra hablas de tres tipos de electores en que te fuiste convirtiendo. El lector yonqui, el lector artesano, el lector hijo de puta. ¿En qué fase estás ahora? ¿Hay un cuarto tipo de Halfon lector? 

Tengo una nueva etapa lectora ahora: el reelector. Cada vez más, releo, mis clásicos, no los clásicos, sino mis clásicos, todos los primeros libros que me marcaron que llevo conmigo como a cuestas. No soy paciente, me he vuelto impaciente, ya no tengo tiempo, no tengo tiempo entre los viajes y escribir y mi hijo, entonces tengo que seleccionar bien qué leo. El tiempo es un factor para escoger tus lecturas.  

Tu última novela es Tarántula, un regreso a la infancia, a un pedazo de infancia en Guatemala. ¿Por qué volver a este territorio?  

Se llama Tarántula pero no tiene tarántulas, eh. Si hay aracnófobos, no pasa nada, no hay ni una tarántula en el libro (risas). Sucede en un campamento de niños judíos, está basada en una experiencia real. Cuando leyó el manuscrito, mi editora francesa me dijo, Eduardo, esto no lo va a creer nadie. Porque es una historia tan fuerte y tan increíble. Es ficción, pero yo tuve esta experiencia.  

¿Querés contar qué pasó? 

Llevábamos tres años en Estados Unidos. Nos estábamos alejando de todo, del español, del judaísmo, de Guatemala. Y mis padres deciden enviarme a mi hermano y a mí a un campamento para niños judíos majané. A la mañana del cuarto día, nos despertaron a gritos. El campamento se transformó, de la noche a la mañana. Recuerdo esto, recuerdo gritos, recuerdo que había muy poca luz, recuerdo ver que tiraron la puerta. Y ahí estaba parado mi monitor. No la persona que yo adoraba. Tú protector. Estaba vestido de negro. Y creí ver una tarántula caminando en el brazo. Tardé unos segundos en descifrar que no era una tarántula, sino una esvástica. Y él, de pronto estaba disfrazado de nazi. Todos los monitores amanecieron disfrazados de nazis. Y los niños, ahora éramos prisioneros del campo. Se había convertido en un campo de concentración. Muy fuerte, es un libro que yo le digo mi libro berlinés, porque la idea de escribirlo me llegó en Berlín. Lo escribí en Berlín. No pude haber escrito ese libro sin Berlín. 

Este libro refuerza el pacto de lectura que tenés con tus lectores: lo que te voy a contar no interesa si es verdad o mentira, es ficción. Al contar algo tan inverosímil, tan distópico como lo que nombraste. 

Yo insisto y lo diré con convicción; esto es ficción. No es autobiografía, no es autoficción, es ficción. ¿Por qué? Yo le presto a este otro Eduardo Halfon mi voz. Le presto mi biografía, para que él me cuente la suya, para que él nos cuente la suya. Llevo años tratando de entender por qué hago esto y cómo es qué hago lo que hago.   

¿Y llegaste a alguna conclusión? 

Ahorita voy a hacer como el mago y les voy a contar mi truco. Y el truco igual va a funcionar, esto es un truco. Al comprar un libro, ustedes firman un contrato con el autor, y yo les prometo vender ficción. Esta es una novela, dice que es una novela y ustedes prometen leer ficción. Les prometo que en la página diez, a ustedes se les olvida el contrato y van leer mis libros como si fuesen reales. ¿Qué es lo que le pasó? ¿Por qué los quiero engañar? ¿Por qué quiero que crean que es real? Porque uno, como lector, se vuelve un niño que ya no cuestiona si existe o no existe. Como un niño se lo traga y se emociona. Yo lo que quiero como lector es una emoción. Yo quiero llegar juntos, lector y autor a compartir una emoción. A un estado emocional. 

Última pregunta: ¿Eduardo Halfon va a dejar tranquilo a Eduardo Halfon? 

Espero que sí. Bromeado he dicho que muere él o muero yo o lo mato a él o me mata a mí. No sé de verdad, yo creía que Tarántula iba a ser una especie de cierre. Pero ahora creo intuir otras cosas en la oscuridad. 

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