🎭 En 1926 se estrenó en París La Prisonnière, obra del dramaturgo francés Édouard Bourdet. La historia gira alrededor de Irène, una mujer que mantiene una relación amorosa con Madame d’Aiguines. Esta amante nunca aparece en escena, pero su presencia se representa mediante ramos de violetas. La obra fue adaptada ese mismo año en Broadway con el título The Captive y provocó una fuerte controversia por tratar abiertamente el amor entre mujeres.
💟 Las violetas adquirieron una asociación moderna con el lesbianismo durante esos años. Existen testimonios de mujeres que las usaban en la solapa y fuentes que sitúan la expansión de esta costumbre en Francia y Estados Unidos después de la obra. La flor llegó a ser reconocida como una señal vinculada con el amor entre mujeres, especialmente durante las décadas de 1920 y 1930.
Dice Necias en feis:
Si bien la obra ayudó a popularizar la asociación entre las violetas, el deseo entre mujeres y la cultura sáfica ya tenía antecedentes con la poeta francesa Renée Vivien que llegó a ser llamada “la musa de las violetas”.
También suele relacionarse esta flor con Safo, porque en algunos de sus poemas aparecen mujeres usando coronas o guirnaldas de violetas. 🟣
☝🏽Aunque La Prisonnière no presentaba el lesbianismo como una experiencia liberadora (la homosexualidad femenina aparecía retratada desde las concepciones médicas y morales de la época, como un deseo conflictivo del que la protagonista intentaba escapar), el simple hecho de llevar una historia de amor entre mujeres al escenario fue suficiente para convertir la obra en un acontecimiento cultural. Su estreno desató un intenso debate público y provocó episodios de censura, especialmente en Estados Unidos.
¿Te gustaría leer la obra? 📖 Te la dejamos en los comentarios 😜
Más cuetes que en Navidark y Año nuevo. Mucha alegría deportiva, física, masiva, unida, pero también mucho mensaje político del bueno, mucha bronca acumulada que se direcciona, mucho sentido de pertenencia, de identidad, de "así somos" orgulloso.
Anotando discurso emotivo. Identidad, nosotros y valoración de la fé, la confianza, el buen juego y la memoria histórica generacional. Los relatores, pibes de 30 años, llenos de insultos y alaridos sexistas, me emocionaron con sus alusiones a Malvinas, a 1806 y el aceite, a la ilusión de estar en el barrio para festejar con la vieja y les amigues. Y mirá que a mí el futbole importa un pito, eh, y odio el nacionalismo y las competiciones pero la emoción colectiva me traspasa.
Tuve un sueño una noche de octubre de 2001, cuando apenas empezaba a escribir, a aprender el oficio literario. Me desperté sobresaltado, pero consciente de que había sido un sueño significativo, y de inmediato, antes de perderlo en la vigilia, lo anoté en un pequeño cuaderno espiral que en aquel tiempo mantenía en la mesa de noche, y que aún conservo:
«Madrugada del 31 de octubre de 2001. Son las cinco de la mañana, y me desperté angustiado. Recuerdo únicamente partes del sueño. Estaba escribiendo y leyendo un texto desordenado, incomprensible, en el cual cada capítulo (¿cuento, fragmento?) contenía la semilla del próximo. Ya más despierto, se me ocurrió una posible estructura literaria: la matryoshka. Muñecas dentro de muñecas dentro de muñecas. Ir creciéndola hacia afuera, para que el lector la lea hacia dentro. O al revés. Una sola historia fragmentada, escrita poco a poco, por entregas, y unida por la referencia a una estructura externa que explica su sistema, su sentido. Ansioso, entusiasmado, ya no pude dormir.»
Empecé a escribir y a publicar sin darme cuenta de la importancia de aquel sueño, por ratos casi olvidándolo, y también olvidando el cuaderno espiral con los primeros apuntes diarios de un soñador.
Hace más de veinte años de eso. He escrito ya suficientes libros para llenar una pequeña estantería, y aún no he llegado al centro o al final de la matryoshka. Sigo escribiendo historias que se abren a otras historias, cuentos independientes que a la vez dependen de los demás, libros que engendran otros libros. Como si mis libros, al igual que en aquel sueño, formaran una serie infinita de muñecas rusas. O más bien como si mis libros fuesen papeles sueltos que voy colocando en el suelo tras escribirlos, para que cada lector o cada lectora decida en qué orden quiere brincar de un libro a otro, de una historia a otra, y entonces ir armando así, con mis papeles esparcidos en el suelo, su propio juego de rayuela.
EL CEMENTERIO DE LOS ELEFANTES (Cuento de Miguel Esquirol Ríos)
Por Georges Aguayo
.. .. .. .. ..
Una primera lectura de este cuento, cuya extensión se aproxima al de una novela corta, del escritor boliviano Miguel Esquirol Ríos, me hizo recordar las obras de Pearl Buck. La China de la primera mitad del siglo veinte, donde en las ciudades el coolie de no tenía domicilio fijo y conseguía pagar su pitanza diaria cargando bultos en los puertos, en los mercados en las estaciones de ferrocarriles, etc., etc. Una vida miserable. Para poder soportarla el coolie consumía opio.
El ambiente del Cementerio de los Elefantes parece ser muy boliviano. Esta el bar de Doña Juanita, las bodegas, las tiendas y las ferias al aire libre, donde los cargadores, personajes casi únicos en esta historia, se ganan la vida. Las mercancías que transportan en sus espaldas son muy diversas, desde sacos de papas hasta muebles y productos electrónicos de mucho valor. Un cierto grado de “globalización “ha llegado por estos lares, sin embargo. En el Alto viven moros, paquistaníes e iraníes. Para vestirse las esposas de estos inmigrantes combinan la “burka” con las polleras de las cholas. Al igual que los coolies de antaño, los personajes de Miguel Esquirol Ríos luchan parar poder comer, por lo menos una vez al día, y tener un lugar donde dormir. Y sobre todo para seguir bebiendo. A estas necesidades básicas se agregan otras igualmente importantes: pagarse implantes en el cuerpo para aumentar su productividad, comprarse el testo, una droga inyectable destinada a multiplicarles la potencia muscular. Entre toda esta masa de desheredados resalta la figura del Escritor, un individuo más pequeño y más viejo que sus compañeros de infortunio. El Escritor tiene una espalda de tortuga acoplada a la columna vertebral con unos grampones en determinados vertebras …; la piel separada y cauterizada por donde entraban los grampones y las terminaciones eléctricas conectadas con la medula para poder moverla sin problemas. También está el Pipas, que tiene los brazos y la columna metálica y los músculos artificiales, además lleva un viejo procesador que a veces se cuelga en la base del cráneo. Ese procesador le permite controlar sus brazos y su espalda. Si este aparato o cuando este se le cuelga es como una marioneta rota. Gracias a eso sus huesos hechos de titanio y sus músculos de fibra pueden levantar un coche. Y también el Tubos que trabajaba todo el día con martillos hidráulicos para destrozar piedras; El martillo lo apoyaba en el hombro o en las piernas y sus propios músculos generaban la energía para trabajar. Era por eso que le salían unos tubos de los antebrazos y se le perdían por la espalda y lo mismo de las pantorrillas y los muslos. De cada extremidad le cuatro tubos, dos para el brazo y dos para el antebrazo y lo mismo en las piernas, y todos se reunían en la espalda, en una pequeña bomba que le habían puesto en la base de la columna. Los tubos estaban llenos de un líquido denso como el líquido de frenos. No se comprimían ni se dilataban con el calor o la presión. Gracias a eso tenía la fuerza para levantar o arrastrar pesos increíbles. El tubo que conectaba al martillo hidráulico lo había sellado cuando el mercado del estaño colapso y todas las minas cerraron. Ahora trabaja como cargador y en ocasiones lo contratan para ayudar a hacer obras, sale más barato contratarlo a él que pagar por una perforadora mecánica. Entre todos estos cargadores solo el Indio, que es muy grande y fuerte, no necesita hacerse implantes para trabajar, tampoco se inyecta testo. Habla solo quechua, pero no tiene ningún problema para entender las ordenes que sus clientes le dan en castellano. Su “anormalidad “, esa que lo aleja de su familia y lo conduce a la marginalidad, es su gigantismo. Precoz porque de niño ya media dos metros. Esta historia la narra un cargador. Un antiguo luchador que ya no practica porque durante un combate mato accidentalmente a un luchador chileno. Él se encarga de guiar al Escritor, durante sus primeros pasos en el oficio. También alojan juntos. Esta historia incluye también algunos personajes maléficos. Don Pedrolo. una especie de médico que efectúa los implantes y les procura el testo. Los guardias de seguridad, que armados de arpones eléctricos los controlan, los reprimen, los asesinan incluso, y terminan extorsionándolos. La inefable regenta del Cementerio de los Elefantes. Una chola con un ojo mecánico (su marido se lo había destrozado de un navajazo). Nuestros personajes viven solos, sin familia. El único medio que disponen, para evadirse de su realidad, es el alcohol. El bar de Doña Juanita aparece como un lugar de sosiego, un refugio donde pueden comer y compartir, además de beber por supuesto. Ninguno tiene compañera sentimental. En todo caso la cuestión sexual no parece preocuparles demasiado. El testo les menoscaba su virilidad (hay uno al cual le han crecido tetas de vieja). Cuando el narrador tiene contacto con un par de chicas muy lindas, unas clientas, no siente ninguna excitación en la entrepierna. (estas chicas son de clase media, viven juntas porque son lesbianas, estudian cine, una de ellas tiene implantada una pequeña cámara en un ojo, la instrumentalización tecnología del cuerpo no sería un fenómeno exclusivo de los estratos más “bajos” de la sociedad”) En un burdel el fiasco seria mayor para el narrador. Delante una prostituta, y no obstante todo el empeño que pone esta para excitarle, su fracaso será rotundo.
A diferencia del bar de doña Juanita, el Cementerio de los Elefantes parece ser un lugar mucho más inquietante. La chola con un ojo mecánico tiene a mano una escopeta. Hay un cuarto con una puerta sólida, y un candado más sólido aún. De vez en cuando llega un tipo, con un manojo de billetes mugrientos en la mano, que se pone a conversar, durante largo rato, con la chola con un ojo mecánico. Tras esta larga conversación al tipo lo encierran, con un barril lleno de alcohol, en este patio. Por la noche se escuchan gritos. Nadie va abrirle la puerta al tipo que está encerrado con llave. Y si alguien lo intenta , la chola con un ojo mecánico está ahí con su escopeta para disuadirle. Al día siguiente sacan el cuerpo inerte. El Escritor y sus amigos se alejan del bar de doña Juanita y empiezan a frecuentar el Patio de los Elefantes. Durante una conversación el Escritor, que sufre una enormidad a causa de sus implantes, se entera que más abajo, que ellos, existe otra categoría de cargadores. Los aparapitas , estos transportan basuras y viven en basurales. (pese a andar vestidos con harapos caminan con elegancia y entre ellos hablan en aymara) La existencia de estos cargadores le despierta un gran interés. En el grupo el Escritor es el único que tiene una cierta capacidad de análisis. En su muñeca izquierda tiene implantada una pantalla a la cual le dicta textos, que más tarde telefonea a un editor. Antes de ser cargador llevaba una vida tranquila de intelectual de clase media. Su descenso social es por lo tanto abrupto, de pequeño burgués pasa a ser sub -proletario. Al poco tiempo de enterarse de la existencia de los aparapitas , el Escritor desaparece del mapa.
El ser humano, aun el de más miserable condición, siempre va a querer conservar su dignidad. Vuelvo a Pearl Buck y a la China de la primera mitad del siglo veinte: en presencia de un médico un coolie opiómano va a negar que consume la droga. El médico que lo examina, y que constata los estragos de la droga en su organismo, finge créele. Sabe que debe respetar la dignidad del coolie, porque esta es lo último de valor que le queda. Y es este sentido último de la dignidad lo que empuja al Pipas a asistir a la fiesta de matrimonio de su hija. Para observarla de lejos porque no desea que esta compruebe su estado miserable. Y desde el fondo de su miseria ser capaz de hacerle un regalo de matrimonio costoso y de buen gusto. ¿Es este sentido de la dignidad lo que empuja al Escritor, a su regreso donde el narrador, de ir al Patio de los Elefantes en búsqueda de su destino final? (no desea que sus despojos mortales vayan a parar a un callejón o a un basural). Elegir el día de su muerte sería una forma ultima de dignidad. ¿O es la convicción de haber tocado fondo, de haber llegado al final de su misión? Una misión que de todas maneras debe ser proseguida por otros. Antes de irse al más allá le entrega al antiguo luchador, y narrador de esta historia, la pantalla que tenía implantada en la muñeca, en la cual dictaba sus textos.
Georges Aguayo escritor chileno residente en Francia (Ril editores)
‘Manqapacha delight’, una novela distópica ecofeminista
“Si los cabrones leyeran, Camila, ya estarías presa”, nos dice Mariana Ruiz en esta reseña de Manqapacha delight (Ed. 3600, 2024), la más reciente novela de Camila Urioste.
Manqapacha delight es la tercera novela de Camila Urioste, la escribió mientras cursaba el Iowa Writing’s Program. Previamente, escribió dos novelas que resultaron ser premios nacionales (cuando todavía había ese tipo de concursos), siendo Soundtrack la más conocida.
En esta distopía —demasiado cercana a nuestra realidad—, el Emperador nunca pierde las elecciones. Es el año 2030, Bolivia arde consumida por los incendios, el instrumento represivo del estado es más eficiente que nunca, y todos vivimos con miedo.
Imagen: Ed. 3600
Miedo del aparato estatal, a decir lo que pensamos en voz alta, de ser vigilados en las redes en nuestras computadoras y por drones en nuestras casas.
Manuela es una ex bailarina de ballet y actual funcionaria pública; Alicia es venezolana y ecoterrorista; la Elo es la niña amante del Emperador, vendida por sus padres para satisfacer sus caprichos; Nuna es una niña también, momificada, viviente, que se conecta con Elo a través del tejido, de un quipu mágico que funciona como metáfora, como manual de liberación.
Cada una de estas mujeres es un manifiesto poderoso por la empatía, por la alternativa, por la divergencia. Rebeldes cada una a su manera, son un frente único de resistencia ante la aparente inevitabilidad de la dictadura del siglo XXI. Lo que lograrán juntas es maravilloso.
Lo que más aterra de la novela, lo que me hacía querer gritar a ratos y subrayar en otros, es la tremenda cercanía, la tremenda reflexión y catarsis, de las sensaciones experimentadas alrededor de lo que lo que sucedió el 2019 y que continúa sucediendo, sin prisa ni pausa, en nuestra propia realidad distópica y desordenada.
Las marchas, los cacelorazos, la saña judicial, la represión a los marchantes del TIPNIS, las mentiras, el engaño, la trata y tráfico, la represión, el encarcelamiento, la rutina, se meten en los ojos como una bebida fría, una bebida paralizante, un veneno. La bestia social se sacude, pero está firmemente amordazada. La cárcel, los viajes por tierra, los policías, los funcionarios, nos dan un pantallazo breve, pero terrible, de nuestro entorno misógino, represor y machista.
Claro que hay aliados, hombres distintos, rebeldes ante el status quo, como el genio de la robótica Rocket, como el preso político Randolph, como el jefe Tacana. Son lunares entre la masa informe de hombres y mujeres sumisos y serviciales al poder, que no dudan en arrestar, vigilar y castigar, y aprovecharse, cuando pueden.
“Jamás salí a marchar. Ni siquiera a las marchas del ministerio bajo amenaza de multa. Ni siquiera por causas importantes. Ni siquiera por causas que me impulsan a compartir estados en redes sociales. Ni siquiera por causas que me impulsan a ponerle un filtro a mi foto de perfil en redes sociales. Ni siquiera por causas que me mueven, en redes sociales, a sustituir mi foto de perfil por una cinta de color alusiva a la causa. Siempre he visto las marchas por televisión o por la ventana. Siempre me han conmovido las marchas. Me emocionan, me hacen sentir que la historia se está construyendo y soy testigo, que es posible cambiar el mundo, que es posible que el empute colectivo cambie el mundo mientras yo miro por la ventana”.
Manuela, ex bailarina y ahora funcionaria, es entrañable. Su relación polémica son su madre, sus sueños desvaídos, su gusto por la chocotorta vegana Manqapacha delight (nombre también de un virus informático), el rol de cada una de estas facetas de Manuela es importantísimo.
Elo y Nuna también. Elo que ha sido lanzada para el uso y abuso del Emperador, su necesidad de cuidar a su hermanita Bibi para que no sufra su mismo destino, su conexión ancestral con la niña chullpa, son de un valor y voluntad inigualables.
Tan valientes como Alicia, la venezolana eco punk, que lo ha perdido todo, que sabe cómo es esto de vivir en dictablanda, que sabe que hay que sabotearlo todo para tener una chance de empezar de nuevo.
Esta es una novela valiente, lúcida, necesaria y subversiva. Si los cabrones leyeran, Camila, ya estarías presa. Por suerte no leen, por suerte no es el año 2030, por suerte el futuro, que los aymaras consideran está detrás de nosotros, es todavía una posibilidad que no se ahoga en el humo de los incendios. Pero estamos a un tris de perder el camino y, por eso, distopías como esta son tan necesarias. Mezclando fantasía, humor y mordacidad, tenemos ante nosotros una maravillosa 1984 criolla, ecopunk y feminista.
"La Revolución será feminista o no será". Esta frase retomada en la obra De cuando en cuando Saturnina, de la antropóloga y escritora Alison Spedding, nos muestra la veta feminista que guarda la novela.
Hace algunos días se presentó en Cochabamba la tercera edición de la obra De cuando en cuando Saturnina, que forma parte de la trilogía novelesca: Manuel y Fortunato (1997), El viento de la cordillera (2000) y ahora De cuando en cuando Saturnina, que va en su tercera edición y se ha convertido en un best seller boliviano.
Esta amena obra es una historia oral de ciencia ficción sobre la Bolivia futurista y nos muestra la veta y la pluma literaria de Alison Spedding. Esta faceta, como literata, nos arroja parafraseando a Clifford Geertz, a la antropóloga como autora. Y es que en Alison la etnografía y la literatura se combinan de manera encomiable. En las primeras páginas Spedding emula a Cortázar pues al igual que Rayuela nos propone varias formas de leer y recorrer el libro. Asimismo, la novela tiene un apéndice en el que los hechos históricos tratados en ella son explicados de manera más amplia. Si bien la obra nos abre a un sinfín de abordajes y temáticas que Spedding trata, en estas líneas nos concentraremos en la vena feminista de la novela.
Estamos frente a una novela feminista, pues el personaje principal es Saturnina Mamani Guarache, conocida como la Satuka, mujer que pasa una serie de vicisitudes y periplos y son los que nos van llevando a través de las páginas. Satuka participa en la destrucción de la luna Fobos en 2079 y es la cabecilla del comando Flora Tristán. El hecho de que el comando que lidera Satuka se llame Flora Tristán no es casual, pues nos abre a la lectura de que es la mujer la que hará la revolución. Pues la obra nos trae de manera solapada a aquella filósofa y feminista del mismo nombre, quien fue una de las precursoras del movimiento feminista en Perú y Francia.
En la novela, un grupo de mujeres altamente capacitadas para explorar el espacio exterior intentará, bajo la guía de la Satuka, destruir la luna marciana de Fobos, arrasar el templo inca de la Coricancha en Perú y dejar un mensaje de liberación al resto del mundo. La novela enfatiza en que es un grupo de mujeres el portador del nuevo sujeto descolonizador.
La novela de Spedding va más allá y rompe con la idealización de la figura de la mujer en el sistema ayllu, pues cuestiona el chachawarmi, y al pie de la letra dice “Nos cagamos en esas babeadas de chachawarmi, qué hay de complementariedad si al fin los hombres siguen copando los puestos directivos”, asegura la Satuka, denunciando así la falsedad de un sistema que se pretende modélico, pero que no ha modificado las desigualdades de género aun siendo que las mujeres son quienes disponen del conocimiento y la tecnología para explorar el espacio exterior.
Especialmente en las conversaciones que se dan entre Fortunata y Satuka se perfila la figura feminista que representa la Satuka: “¿El enemigo son los hombres o el sistema?”, pregunta Fortunata, a lo que Satuka responde: “Ambos pues, el sistema se expresa a través de los hombres y también a través de muchas mujeres, incluyendo toda las que conviven con los hombres porque al final no terminas sino planchando sus camisas (…). También habría que apoderarse de la tecnología, campo tradicional de los varones”.
Satuka, el comando Flora Tristán y las misiones que las mujeres realizan quieren desequilibrar el poder patriarcal y occidental. Algunas mujeres del comando Flora Tristán “buscamos otro modelo decían. No el Nuevo Poder, sino el Contra-Poder”. Entre líneas, la autora apunta a que las mujeres serán el bastión para trastocar el sistema patriarcal y serán artífices de una verdadera descolonización y, ojo, apuesta no por la toma del poder sino por contrarrestar al poder establecido y por la importancia del constante cuestionamiento al mismo. Por tanto, es una novela antisistema: antisistema patriarcal, antisistema neoliberal y antisistema de dominación.
Podríamos leer que De cuando en Cuando Saturnina realiza una crítica a la conformación de un Estado aymara anticapitalisa y descolonizado y considera vital destruir concepciones coloniales que el Estado y todo su andamiaje institucional reproducen, y esta vez Spedding nos invita a pensar en estas temáticas desde la literatura y de forma entretenida y provocadora.
Desde la sonrisa irónica del humor de Spedding, entendemos al leer De cuando en cuando Saturnina que el mundo y la manera de mirarlo pueden ser distintos a la imagen preestablecida que teníamos de él. Y comulgamos con la irreverencia de Saturnina y su utopía de que las mujeres podemos hacer otro mundo posible.”