domingo, 8 de febrero de 2026

Pasajes magníficos de Claus y Lucas



 

Pescando flores
















 

Se morfaron mi primera breva



 

Julián jugando con fotos




 

Peligroso para los hombres


 

Entiendo

 Entiendo a la que no quiere quedarse sola en su casa y se inventa salidas y cursos para entretenerse, para pasar "una linda tarde", para llegar a la noche y dormirse sin pensar.

Entiendo a la que vive pendiente de sus hijes y después de sus nietes.

Entiendo a la que se banca al marido viejo e inútil, aburrido y cargoso, porque esa es la vida que conoce.

Entiendo a les que van a todos lados con alguien, a les que se juntan con conocides en las reuniones, a les que hacen banditas y chusmean para crear complicidad.

Entiendo a les que hablan boludeces todo el tiempo y a les que siempre quieren tocar temas que no generen conflictos.

Entiendo a quienes me esquivan y me detestan.

Feliz domingo

 




Dejá de reflejar

 En 1929, Virginia Woolf escribió una frase que continúa persiguiendo a los lectores casi un siglo después. En su ensayo extendido "Una habitación propia", describió a las mujeres como "espejos poseedores del mágico y delicioso poder de reflejar la figura del hombre al doble de su tamaño natural".


No pensadoras. No creadoras. No individuas con ambiciones propias. Solo superficies pulidas cuyo propósito fundamental era hacer que alguien más apareciera más grande que la vida.


La palabra "delicioso" lleva un aguijón particular. Woolf entendió que esto no era solo opresión—era opresión endulzada con elogios. Las mujeres no eran solo espejos. Eran espejos mágicos, poseedoras de un poder especial. Y ese poder era considerado su mayor virtud.


Pero Woolf reconoció algo que hizo que su comprensión fuera devastadora: este arreglo no era accidental. Era arquitectura.


Aquí es donde la resonancia límbica—esa sincronización emocional y fisiológica que compartimos con nuestros seres queridos—adquiere un matiz oscuro. Durante generaciones, las mujeres aprendieron su valor a través de una sola medida: ¿Qué tan efectivamente resuenas con los demás? ¿Qué tan bien haces que otros se sientan capaces, brillantes, esenciales? Esta capacidad de sintonización emocional, fundamental para el apego y la supervivencia, se distorsionó en un mandato: tu resonancia debe ser unilateral, amplificadora, siempre al servicio del otro.


Una buena esposa absorbía las frustraciones de su marido y celebraba sus pequeñas victorias como si fueran monumentos. Una buena hija hacía que su padre se sintiera sabio y sus hermanos competentes. Una buena mujer permanecía en silencio para que otros pudieran ser ruidosos, se mantenía pequeña para que otros pudieran expandirse, se quedaba en segundo plano para que otros pudieran brillar.


El espejo resonaba en una sola dirección. Y siempre, siempre tenía que halagar.


Lo que hace que la observación de Woolf sea tan poderosa es que entendió que esto no se trataba meramente de relaciones individuales entre hombres y mujeres. Se trataba de cómo los sistemas completos se mantienen a sí mismos.


Cuando las mujeres gastan su energía reflejando brillantez hacia los demás, esos otros nunca tienen que cuestionar si realmente se la ganaron. Cuando las mujeres encogen sus propios sueños, los hombres nunca tienen que hacer espacio. Cuando las mujeres guardan silencio sobre sus ideas, los hombres nunca tienen que escuchar o competir con pares igualmente talentosos.


El espejo no era cuestión de vanidad. Era infraestructura invisible. Era el fundamento que sostenía las estructuras de poder.


Y quizás la parte más desgarradora: a las mujeres se les enseñó a proporcionar este reflejo amorosamente. Para muchas que lo realizaban, no se sentía como opresión. Se sentía como deber. Como cuidado. Como ser buena siendo mujer.


Una mujer que se negaba a reflejar era llamada difícil, amargada o egoísta.

Un hombre que exigía reflejo era llamado líder, visionario, alguien con presencia.


Woolf también entendió las consecuencias cuando el espejo decía la verdad en lugar de ofrecer halagos: "Cuán imposible es para ella decirles que este libro es malo, que este cuadro es débil, o lo que sea, sin causar mucho más dolor y despertar mucha más ira que un hombre que hiciera la misma crítica. Porque si ella empieza a decir la verdad, la figura en el espejo se encoge."


El reflejo tenía que mentir. Ese era el punto central.


Ahora, aquí está por qué las palabras de Woolf aún resuenan en 2026: El espejo nunca se rompió realmente. Solo adquirió nuevo vocabulario.


"Jugadora de equipo." "Pareja solidaria." "No hacer olas." "Inteligencia emocional." "Estilo de liderazgo colaborativo."


Las mujeres aún realizan el trabajo invisible—recordando cumpleaños, organizando eventos sociales, suavizando conflictos, gestionando la moral del equipo—mientras otros se llevan el crédito por los logros visibles.


Las mujeres aún absorben malos humores y emociones difíciles, encogiendo sus propias necesidades para proteger la comodidad o confianza de alguien más.


La asertividad de las mujeres sigue siendo frecuentemente etiquetada como agresiva o mandona, mientras que el comportamiento idéntico en los hombres se llama decisivo o impulsado.


El reflejo aún se espera. Simplemente ya no se discute explícitamente.


En los lugares de trabajo modernos, las mujeres son elogiadas por ser "solidarias" mientras que los hombres son promovidos por ser "innovadores"—incluso cuando ambos hacen un trabajo idéntico. En las relaciones, se espera que las mujeres gestionen el trabajo emocional mientras que sus parejas son celebradas por participar ocasionalmente. En las familias, las mujeres coordinan mientras que los hombres son agradecidos por "ayudar".


El lenguaje cambió. El espejo permaneció.


Pero la respuesta de Woolf sigue siendo tan revolucionaria como lo fue en 1929: Deja de reflejar.


Rehúsa mostrar a cualquier persona al doble de su tamaño natural. Ni a tu jefe. Ni a tu pareja. Ni a tu familia. Ni a una cultura que mide tu valor por cuán efectivamente amplificas la historia de alguien más.


Esto no significa crueldad. No significa negarse a reconocer los logros genuinos de otros o retener el aliento apropiado. Significa algo más fundamental: negarse a disminuirte a ti misma para que otros puedan sentirse más grandes. Negarse a hacerte más pequeña para que otros puedan expandirse sin esfuerzo ni competencia.


Porque aquí está lo que Woolf entendió: Nunca se pretendió que fueras un espejo.


Se pretendía que fueras tu propia fuente de luz.


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Los Tres Focos del Espejo Roto: Un Camino hacia la Autenticidad


Cuando las mujeres dejan de reflejar, sucede algo notable. Empiezan a crear. Empiezan a reclamar el espacio que realmente merecen en lugar del espacio sobrante. Empiezan a pedir crédito por su trabajo en lugar de permitir silenciosamente que otros brillen.


Empiezan a decir la verdad—sobre libros, sobre cuadros, sobre trabajo, sobre relaciones—incluso cuando esa verdad hace que la figura en el espejo de alguien más se encoja a su tamaño real.


Este es el primer foco: El Foco en el Ser. Es el coraje de mirar hacia dentro y preguntar: ¿Qué resuena en mí? ¿Qué es auténticamente mío, más allá de los mandatos transgeneracionales que me enseñaron a ser un espejo? Como exploramos en la resonancia límbica, esa conexión visceral no es solo para los demás—debe comenzar con una sincronización honesta con nuestro propio ser interior. Dejar de reflejar es, en esencia, dejar de distorsionar nuestra propia resonancia para ajustarse a las expectativas heredadas.


Esto hace que las personas se sientan incómodas. Podrían llamarte difícil. Podrían decir que has cambiado, y no de manera halagadora. Podrían sugerir que no estás siendo un jugador de equipo, que no estás siendo solidaria, que no estás siendo amable.


Pero aquí está lo que la historia ha demostrado una y otra vez: El mundo se ajusta.


Siempre lo hace—cuando las mujeres deciden colectivamente que están hartas de encogerse.


Este es el segundo foco: El Foco en el Sistema. Cuando suficientes espejos dejan de proporcionar reflejos inflados, las personas que dependían de ellos tienen que desarrollar competencia real en lugar de simplemente sentirse competentes. Tienen que ganarse la confianza en lugar de que se les refleje como un derecho. Tienen que hacer espacio para otros porque esos otros ya no se hacen voluntariamente más pequeños.


El sistema cambia porque tiene que hacerlo.


Y aquí, inevitablemente, emerge el tercer foco: El Foco en el Linaje. Porque esta no es solo nuestra historia individual. ¿De quién en nuestro árbol genealógico aprendimos este patrón de reflejo? ¿Qué ancestra se hizo pequeña para que otro pareciera grande? ¿Qué mandato transgeneracional nos llega como un susurro que dice "tu valor está en servir, en reflejar, en no ocupar espacio"? La valentía de romper el espejo es también un acto de sanación transgeneracional—una oportunidad de trascender programas heredados con recursos que quizás a nuestras ancestras les faltaron.


Woolf escribía en 1929 sobre la falta de acceso de las mujeres a la educación, al espacio creativo, a los recursos básicos necesarios para el trabajo intelectual. Explicaba por qué no había habido una Shakespeare mujer—no porque las mujeres carecieran de talento, sino porque carecían de las condiciones materiales que permitían que el talento floreciera.


Parte de esas condiciones era tener la energía y el espacio para crear, en lugar de gastar esa energía sosteniendo un espejo.


Casi un siglo después, los detalles han cambiado. Pero la dinámica fundamental que Woolf identificó permanece incrustada en cómo trabajamos, cómo nos relacionamos, cómo medimos el valor.


El camino a seguir no es complicado, aunque no es fácil: Deja de reflejar. Empieza a crear. Deja de gestionar las emociones de los demás y empieza a honrar las tuyas propias. Deja de hacerte pequeña y empieza a ocupar tu espacio real.


Sé tu propia fuente de luz, no el espejo halagador de alguien más.


El mundo se ajustará. Siempre lo hace.


Porque cuando rompemos el espejo—cuando nos negamos a reflejar distorsiones—no solo reclamamos nuestra autenticidad. Creamos un nuevo tipo de resonancia: una que no amplifica jerarquías, sino que honra la verdad. Una que no repite mandatos ancestrales de pequeñez, sino que teje nuevos patrones de plenitud. Una donde nuestra luz no depende de reflejar la de otro, sino que brilla con la fuerza cruda e imparable de lo que siempre hemos sido, más allá de todos los reflejos.


💙Centro Bert Hellinger: Psicoanálisis y Constelaciones Familiares💙


Humberto Del Pozo López +56974529378

sábado, 7 de febrero de 2026

El diario sí hablaba de tí


 

Clubes de lectura: tres ejemplos locales que muestran que leer con otros es mejor

El fenómeno de los clubes de lectura crece en Argentina y se vuelve cada vez más diverso. Tres experiencias locales —Tribu Lectora, “Leyendo junto a Cecilia B” y la Tertulia Literaria— muestran cómo leer con otros transforma la experiencia.

En los últimos años, sobre todo después de 2020, los clubes de lectura se multiplicaron en todo el país: en bibliotecas populares, en casas particulares, en librerías y en pantallas que conectan provincias y países. Aunque muchos existían desde antes, el formato adquirió una fuerza inesperada durante la pandemia, cuando la virtualidad abrió la posibilidad de leer y conversar con otras personas más allá de la cercanía geográfica. Lo que empezó como una necesidad de compañía y conversación se transformó en una red sostenida por lectores que buscan un modo de leer que no se agota —pura y exclusivamente— en la experiencia individuales.

Hoy conviven clubes autogestionados en bibliotecas, grupos virtuales, propuestas curadas por librerías independientes y comunidades digitales que orbitan alrededor de escritoras, periodistas o creadores de contenido que han hecho de la lectura compartida y de la selección de libros una manera de tejer redes con otras personas igual de interesadas en las historias de ficción. Cada uno con su propio estilo, todos parecen asentarse en la convicción de que leer en comunidad modifica la experiencia y, sobre todo, la enriquece.

La historia de los clubes de lectura no tiene un único punto de partida, pero sí un protagónico: las mujeres. En Europa, sus antecedentes se remontan a los salones literarios del siglo XVIII, donde mujeres de la aristocracia francesa organizaban tertulias para discutir filosofía, novelas epistolares y panfletos políticos. En Estados Unidos, el formato tomó fuerza a fines del siglo XIX, cuando asociaciones femeninas impulsaron grupos de lectura como herramienta de educación cívica.

En Argentina, la genealogía es más híbrida. Por un lado, las bibliotecas populares fundadas desde 1870 funcionaron como espacios de lectura colectiva, discusión y alfabetización comunitaria. Por otro, los talleres literarios de los años 60 y 70 —muchos de ellos semiclandestinos durante la dictadura militar— ofrecieron un modelo de conversación crítica que luego migró hacia los clubes contemporáneos. La pandemia de 2020, sin embargo, marcó un antes y un después: los encuentros virtuales permitieron que lectoras y lectores de distintos lugares se encontraran a través de las pantallas.

El mapa argentino de clubes de lectura es amplio y diverso. Los hay presenciales, virtuales e híbridos; los hay gratuitos y pagos, con suscripción o a demanda. Los hay también para oír: la librería Lectón, ubicada en la esquina de las calles Córdoba y Ministro González, en Neuquén, ofreció durante todo el año pasado jornadas de narración oral para adultos y para niños.


Tres de Roca (y del mundo)


Entre esas experiencias aparece Tribu Lectora, creado por la periodista roquense Vanesa Escoda —que desde 2012 vive en Ecuador— junto a su amiga y colega Fabiana Trujillo, que actualmente reside en Estocolmo. El origen del club tuvo el sello de la época: “Todavía estábamos con un pie adentro de la pandemia y yo tenía una necesidad personal de encontrar interlocutores para conversar sobre lecturas”, cuenta desde Guayaquil. Ese impulso se transformó en un grupo virtual que hoy reúne a unas 25 personas de distintas provincias argentinas, además de lectores de Chile y Ecuador.

El nombre del club surgió del libro «El infinito en un junco», de Irene Vallejo, un ensayo narrativo que recorre la historia del libro y de las bibliotecas desde la Antigüedad hasta hoy. En ese libro, publicado en 2020 por Siruela, la autora escribe: “Vivo, lo sé, en un territorio de clima áspero y librerías hospitalarias, un lugar afortunado para la tribu incorregible y reincidente de los lectores…”. De esa frase y de esa idea —la de la tribu incorregible y reincidente— surgió el nombre.

Primero hubo una selección de cuentos —de la argentina Hebe Uhart, del estadounidense John Cheever, más algunos policiales o incluso de terror—, pero con el tiempo sumaron ciclos bimestrales donde dos libros dialogan entre sí, lecturas mensuales más intuitivas e incluso un podcast donde comentan obras que quedan fuera del club pero que podrían formar parte del mismo ecosistema.

La dinámica es simple: un libro por mes, una reunión por Zoom y un intercambio que se abre solo entre quienes participan. En 2024, Tribu Lectora incorporó un club dedicado a obras más extensas, pago. El primero se centró en Crimen y castigo e incluyó guías de lectura y contexto histórico. Este mes leen «Hamnet», la magnífica novela de Maggie O’Farrell, que reimagina la vida familiar de Shakespeare a partir de la muerte de su hijo.

Imagen de Por qué leer “Hamnet” además de ver la película

En Roca funciona desde hace más de treinta años el taller “Leyendo junto a Cecilia B”, coordinado por la profesora Cecilia Boggio. El grupo, que tiene 87 miembros no solo de la ciudad sino también de distintas localidades del Alto Valle e incluso de otros países, se reúne una vez al mes —en forma virtual— para analizar una novela. La continuidad es notable: ni siquiera la pandemia interrumpió el ciclo, que en ese momento se trasladó a Zoom para seguir activo.

La historia del taller está ligada a la trayectoria de Boggio, que además de profesora fue presidenta de la Biblioteca Popular Julio A. Roca y condujo el programa de radio «Me queda la palabra», que comenzó a emitirse en 1993 por Antena Libre y que hoy puede escucharse como archivo sonoro, en Spotify. Su figura es un puente entre lectores, bibliotecas y modos de leer.

Este mes, en el taller de Boggio leen «Flores extrañas», de Donal Ryan, una novela breve que explora cómo la vida de una pareja irlandesa se desmorona cuando su única hija desaparece repentinamente y cómo, cinco años después, la llegada de un extranjero suma nuevas preguntas a ese hecho.

En la Biblioteca Popular Julio Argentino Roca funciona además «Tertulia Literaria», guiada por el profesor de Literatura Adrián Merino, que fomenta el uso de los libros de la propia bibliote




El auge de los clubes de lectura puede leerse como síntoma y como respuesta. Síntoma de un tiempo marcado por la fragmentación, el aislamiento y la soledad. Respuesta porque ofrecen un ámbito donde la conversación vuelve a tener vigencia, la lectura se convierte en una práctica compartida y la interpretación se vuelve necesariamente plural.

Leer en comunidad desafía la lógica del consumo rápido. Y también, algo quizás más interesante, amplía la mirada y sostiene la idea de que un libro adquiere más significados cuando se lee con otros.


Cómo participar


Para participar, sólo es necesario leer el libro.

  • Para inscribirse a Tribu Lectora, hay que escribir al instagram tribulectora.cdl o al correo electrónico tribulectora.cdl@gmail.com.
  • Al Taller “Leyendo junto a Cecilia B”, se ingresa a través del Whatsapp
    (2984518574 o298 4433175).
  • Para “Tertulia Literaria”, hay que concurrir a la Biblioteca, ubicada en San Martin 875.


Perros, patas y la octava hoja interior







 

Belleza y felicidad






 

Les dije: Cómo que no vieron Tarzán y les canté con la guitarra "En mi corazón"


 

Claus y Lucas mezclados con IT

 En otra dimensión. Flotando entre aguas terroríficas y niños monstruosos que escriben micronovelas. Entre el dolor más fantástico y el pánico excesivamente realista.

Como y leo. Meriendo y sigo. Después de la cena, a leer a la cama. (Bueno, también atiendo a Fido y sus cuatro pastillitas diferentes y cuido mi jardín y baldeo cada vez que se mea por cualquier lado)

De testigos los venteveos, los zorzales, los mosquitos, las palomas.

Lunes por la madrugada...

Yo cierro los ojos y veo tu cara
que sonríe cómplice de amor...