jueves, 20 de agosto de 2026

Tranvía en Baires

 Martes, 3 de mayo de 2011

TEATRO › UN TRANVíA LLAMADO DESEO, CON DIRECCIóN DE DANIEL VERONESE

En busca de una magia esquiva

Correcta y bien resuelta, la versión de este clásico de Tennessee Williams protagonizada por Diego Peretti, Erica Rivas y Paola Barrientos sale airosa, aunque no sorprende ni descoloca, a pesar de estar ambientada en un conventillo porteño.

 Por María Daniela Yaccar

Hay una necesidad imperiosa en Blanche Dubois, casi tan prioritaria como perfumarse. Es una necesidad que no oculta, pese a que sólo la pronuncia una vez a lo largo del drama que Tennessee Williams escribió cuando se despedía la primavera de 1947. Cuando todo en su vida es decadencia (económica, social, amorosa), Blanche ruega: “Quiero... ¡magia!”. Sea en un suburbio de la Nueva Orleans de aquella época –coordenadas de Un tranvía llamado Deseo– o en la metrópolis porteña de hoy, siempre existirá quien, como Blanche, necesite fugarse de la realidad. Se puede fumar o tomar whisky descaradamente. Se puede hacer poesía a partir de lo más nimio o maldito. Es una –sólo una– de las muchas razones por las cuales esta obra hablará por siempre, sobre cualquier parte, cualquier tiempo, cualquier ser. Y a cien años del nacimiento del dramaturgo, lo vuelve a hacer a nivel local a través de una nueva versión dirigida por Daniel Veronese, con Erica Rivas y Diego Peretti en los papeles principales.

A esta altura, a la obra se la mira como por un caleidoscopio, y eso supone tanto garantías como riesgos para esta –y cualquier– versión. Porque al acontecimiento teatral particular, al aquí y ahora que intentan Rivas y Peretti, lo recorren espectralmente el texto lejano y fascinante que escribió Williams, así como también la película que dirigió Elia Kazan en 1951, con el dato (no menor) de que Blanche Dubois y Stanley Kowalski eran Vivien Leigh y Marlon Brando. En tal sentido, es una garantía que frases como “yo he dependido siempre de la bondad de los extraños” –la más famosa de Blanche, el principio de su fin– difícilmente pasen inadvertidas. Hay que decirlas bien, claro, pero de por sí dejan una estela. Y, sin dudas, el riesgo mayor está en las comparaciones. Por eso no sorprende escuchar ciertos comentarios terminada la función. “A mí Peretti me calienta”, le confesaba una espectadora a su amiga, mientras la otra le decía que no, que no podía olvidarse de cómo Brando la “partía al medio”.

En el balance de garantías y riesgos que se ciernen en torno de una obra de tal trascendencia, pilar del realismo norteamericano, la versión de Daniel Veronese sale airosa, aunque no sorprende, no descoloca. Dicho de otro modo, quien haya leído el texto, visto la película y luego se meta en el teatro, no va a pasar por una experiencia transformadora. La obra no resta, pero tampoco suma. Es una versión correcta y bien resuelta, pero para brillar le falta un toque de indiscreción, ingrediente que constituía al buen arte desde el punto de vista del mismo Williams. Algo de vuelo propio, no tanta perfección. Podría esperarse más de Veronese, quien sí ha impactado, por ejemplo, con obras de Ibsen, generando momentos vibrantes que en el texto no lo parecen, con un sinfín de recursos nada extravagantes. Lo mismo con Chéjov. En este caso se ve a Tennessee Williams –al film también–, pero cuesta encontrar a Veronese, Peretti, Rivas y elenco.

La magia que Blanche pide a gritos es lo que conduce la puesta hacia el interior. En un reportaje que concedió al suplemento Radar de este diario, Veronese advertía que la película estaba más montada sobre Kowalski que sobre Blanche, situación que en esta puesta se revierte. En la puja entre la fuerza bruta y la poesía que el texto propone sobresale esta última, en manos de una Erica Rivas a la que las ropas de Blanche sientan perfecto, aunque ella físicamente esté lejos de lo que se entiende hoy por decadencia. Eso no la perjudica. Su personaje crece, puntualmente, tras uno de los episodios que dan más ganas de ver: cuando Stanley le levanta la mano a su mujer, Stella. A partir de ahí, Rivas deja la soltura inicial –y demasiada rapidez para algunos textos, sobrevolados– para ofrecer una ambigüedad y un estado de perdición más ajustados a lo que se espera de una “aristócrata” venida a menos.

Por su parte, Peretti exhibe aquí un costado animal que probablemente no haya mostrado antes en su carrera como actor. Dos son los momentos más fuertes y delicados de Un tranvía...: cuando el polaco le pega a Stella y cuando viola a Blanche. Sacó músculo, Peretti, para afrontar este desafío –o al menos eso parece– y se lo ve en el esfuerzo de meter miedo, pero no lo consigue del todo. En momentos cargados de tensión es cuando se nota que el espacio no favorece a lo que está ocurriendo: en una sala más chica, donde el espectador pueda encandilarse con gestos y voces, probablemente la cosa sería diferente. En esos dos momentos clave de una obra que es pura atmósfera, el elenco se desempeña verdaderamente bien. Se destaca Guillermo Arengo, quien sí logra componer a un Mitch muy propio, el amigo de Stanley que cae rendido a los pies de Blanche. Paola Barrientos, como Stella, también se luce, en ese rol que está en el medio de Blanche y de Stanley y que aboga por la apacible convivencia.

Curiosamente, esta versión de Un tranvía... tiene momentos de humor –una licencia bien aprovechada–, que en general protagoniza Arengo, verdaderamente gracioso. Resulta simpático verlo, grandote como es, entrando a la casa de Stella y Stanley con un peluche en la mano para su flamante amada. El público se tienta, también, más que con su decadencia, con la mordacidad de Blanche, con esa facultad que tiene para decir las verdades que nadie quiere oír y que se nota que pensó mil veces. A su vez, ciertos cambios en los parlamentos aportan a la obra un toque de argentinidad y hasta de maledicencia rioplatense. “Sacá el culo de la mesa”, le reclama Stanley a Blanche, y no faltan las puteadas durante altercados físicos y verbales.

Con todo, ¿hay, entonces, magia en esta versión de Veronese? Depende del cristal con que se mire. Quien quiera encontrar a Tennessee Williams lo hará, y quedará decididamente satisfecho. En cambio, quien pida la plusvalía que el paso del tiempo y el corrimiento de escenario presuntamente implican, se irá apenas conforme. Sucede que, cuando todo es demasiado prolijo, cuando esa idea de un afuera pobre y estancado en el tiempo (la historia transcurre en un conventillo) apenas asoma, la magia es mucho más difícil de encontrar. Por eso se necesita de un Stanley para que exista una Blanche, y viceversa.

7

UN TRANVIA LLAMADO DESEO

Autor: Tennessee Williams.
Adaptación y dirección: Daniel Veronese.
Intérpretes: Diego Peretti, Erica Rivas, Paola Barrientos, Guillermo Arengo, Paula Ituriza, Gonzalo Martínez, Martín Policastro, Guillermo Aragonés, Beatriz Dellacasa y Guido Botto Fiora.
Escenografía: Jorge Ferrari.
Luces: Eli Sirlin.
Vestuario: Gabriela Pietranera.
Sonido: German Brusellas.
Producción técnica: Andrea Czarny.
Producción ejecutiva: Verónica Elizalde.
Asistentes de dirección: Romina Lugano y Sebastián Mallo.
Producción general: Daniel Grinbank.
Duración: 100 minutos.
Funciones: Teatro Apolo, Avenida Corrientes 1372 (4371-9454). Miércoles, jueves y viernes a las 21, sábados a las 20.30 y 22.30, y domingos a las 20.30. Entradas entre 90 y 140 pesos.

Acabo de terminar Un tranvía llamado deseo

 Siempre había escuchado el título y tengo en la cabeza imágenes de la peli con Marlon Brando que no sé si vi entera. Pero nunca había leído la obra de Tennese Williams. Un joyita. Geniales los diálogos, las escenas, la profundidad de les personajes. Impactante la construcción de la trampa doméstica del patriarcado, los pactos de masculinidad, la complicidad de las mujeres, la imposibilidad de escapar de esos esquemas. Y es de 1951 la peli y la edición que leí. (Ejemplar de Losada que acabo de comprar por ML, creí que usado pero me parece que viejo no más porque está todo amarronado pero nunca fue abierto para ser leído porque se me fue desarmando en un semana de manoseo no más)

La obra leo que se estrenó en 1947. Muy impresionante el nivel de denuncia de la fragilidad del vínculo matrimonial, la historia de la casa aristocrática perdida, el "destino" de la solterona-viuda-trola o lo que sea que no es esposa o novia del varón adecuado.

Esta lectura me fue propuesta por el club de lectura del profe Alan Cabral que vengo participando desde el año pasado, virtual, una vez por mes los sábado. Ahora espero el encuentro para ver qué proponen les demás para leer el papel de la música en la obra y de las voces de la calle, sobre todo la vendedora de coronas y flores para los muertos.

miércoles, 19 de agosto de 2026

Estoy en wattpad

 Siempre creí que era algo que usaban mis alupnis porque eran muy frikis. Una plataforma para púberes gótiques. Y lo es, pero parece que además hay mucho más y me da curiosidad ver qué pasa con mis historias en ambientes no reprimidos como mi cerebro o mi drive. Incluso poner algo ahí y pensar en escribir una continuación ya me moviliza.













Lucho por

 No salir corriendo a contarle a nadie todo lo que hago, lo que descubro, lo que me gusta, lo que pienso, lo que planeo. Hasta me aguanto de contártelo acá, o casi. Hasta le ahora a mis tres hijes la obligación de bancarme, de decidir si la madre está loca, es rara, pesada, vieja o qué. Me lo guardo para mí. Me cuesta. Como si tuviera obligación de compartir. O fuera demasiado infantil o tuviera miedo de ser amarreta, mezquina. Incluso con gente que es un asco de agarrada, que no se abre ni entrega nada. Como si mi costumbre fuera la entrega, el sacrificio, el "autopercibirme buena" (Magdalena dixit) y poner siempre la otra mejilla. Qué joder. Hablo más con los perros, las gatas, mis árboles, mis plantas, los pájaros, el espejo. Cuando me dan ganas de hablar con otras personas solamente el pensar lo que me van a contestar, las pelotudeces cortas y secas que me contestan siempre, ya se me van las ganas. Por supu que hay alguna gente que me deslumbra y me hace feliz cada día pero es más por lo que me da que por lo que recibe de mí, así que quieta, guardarse.

Todavía me sorprende

 La gente que miente, disfraza, esconde, mezquina, se hace la pobrecita, envidia, envenena. Y, sin ironía, me resulta "bueno" de mi parte entenderles y no juzgar, o juzgar, decir que son así y no me interesan, pero no sentir que hay algo que yo tenga que cambiar en mí o en elles. Mi soledad es orgullosa como pocas veces en mi vida. No me doy pena a mí misma ni me dan pena les que no me tienen, ni me buscan ni me eligen. Entiendo. Y vuelvo a elegir mi modo de vivir.

Aprendiendo trucos

 A hacerme la boluda. Esquivar los problemas, escapar de los conflictos, de las cosas que antes rastreaba como un buscador de metales para arreglarlas, para ocuparme de que todo estuviera bien y todes estuviéran cómodes y felices. Yo la que todo lo enfrenta como carnero contra la pared. Y lo digo sin ironía. Para mí es una gran novedad darme cuenta de que se puede vivir esquivando los kilombos en vez de tirarse de cabeza en todos.

lunes, 17 de agosto de 2026

El mar está muy cerca

 Antonio Cisneros (Perú, 1942-2012)

CRÓNICA DE LIMA

 

Para calmar la duda
que tormentosa crece
acuérdate, Hermelinda,
acuérdate de mí.
HERMELINDA, vals criollo.

Aquí están escritos mi nacimiento y matrimonio, y el
día de la muerte
del abuelo Cisneros, del abuelo Campoy.
Aquí, escrito el nacimiento del mejor de mis hijos, varón
y hermoso.
Todos los techos y monumentos recuerdan mis batallas
contra el Rey de los Enanos y los perros
celebran con sus usos la memoria de mis
remordimientos.
(Yo también
harto fui con los vinos innobles sin asomo de vergüenza
o de pudor, maestro fui
en el Ceremonial de las Frituras.)
Oh ciudad
guardada por los cráneos y maneras de los reyes que
fueron
los más torpes -y feos- de su tiempo.
Qué se perdió o ganó
entre estas aguas.
Trato de recordar los nombres de los Héroes, de los
Grandes Traidores.
Acuérdate, Hermelinda, acuérdate de mí.

Las mañanas son un poco más frías,
pero nunca tendrás la certeza de una nueva estación
-hace casi tres siglos se talaron los bosques y los pastos
fueron muertos por fuego.
El mar está muy cerca,
Hermelinda,
pero nunca tendrás la certeza de sus aguas revueltas, su
presencia habrás de conocerla en el óxido de todas las ventanas,
en los mástiles rotos,
en las ruedas inmóviles,
en el aire color rojo-ladrillo.
Y el mar está muy cerca.
El horizonte es blando y estirado.
Piensa en el mundo
como una media esfera -media naranja, por ejemplo-
sobre cuatro elefantes,
sobre las cuatro columnas de Vulcano.
Y lo demás es niebla.
Una corona blanca y peluda te protege
del espacio exterior.
Has de ver
4 casas del siglo XIX
9 templos de los siglos XVI, XVII, XVIII.
Por 2 soles 50, también, una caverna
donde los nobles obispos y señores -sus esposas, sus
hijos-
dejaron el pellejo.
Los franciscanos -según te dirá el guía-
inspirados en algún oratorio de Roma convirtieron
las robustas costillas en dalias, margaritas, no-me-olvides
-acuérdate, Hermelinda- y en arcos florentinos las tibias
y los cráneos.
(Y el bosque de automóviles como un reptil sin sexo y
sin especie conocida
bajo el semáforo rojo.)
Hay, además un río.
Pregunta por el Río, te dirán que ese año se ha secado.
Alaba sus aguas venideras, guárdales fe.
Sobre las colinas de arena
los Bárbaros del Sur y del Oriente han construido
un campamento más grande que toda la ciudad, y
tienen otros dioses.
(Concerta alguna alianza conveniente.)
Este aire -te dirán-
tiene la propiedad de tornar rojo y ruinoso cualquier
objeto al más breve contacto.
Así,
tus deseos, tus empresas
serán una aguja oxidada
antes de que terminen de asomar los pelos, la cabeza.
Y esa mutación -acuérdate, Hermelinda- no depende de
ninguna voluntad.
El mar se revuelve en los canales del aire,
el mar se revuelve,
es el aire.
No lo podrás ver.
Mas yo estuve en los muelles de Barranco
escogiendo piedras chatas y redondas para tirar al agua.
Y tuve una muchacha de piernas muy delgadas. Y un
oficio. Y esta memoria -flexible como un puente de barcas-
que me amarra
a las cosas que hice
y a las infinitas cosas que no hice,
a mi buena o mala leche, a mis olvidos.
Qué se ganó o perdió
entre estas aguas.
Acuérdate, Hermelinda, acuérdate de mí.

ENTRE EL EMBARCADERO DE SAN NICOLÁS Y ESTE GRAN MAR

For you my son
I write what we were
Horace Gregory

Queda un poco de sol, crujen los cables y el lomo de las aguas
una y otra vez se bambolea entre las blancas rejas.

En San Nicolás he visto a dos muchachos apretarse contra una grúa roja.
El viento soplaba y resoplaba desde el Sur como el chillido de quinientos demonios.
¿Quién me llama? ¿He apagado la luz de la cocina? ¿Qué olvidé entre mis libros?
Y la respuesta no llega como nunca el palmoteo amable de los dioses.
Ella era muy delgada y revolvía sus manos bajo la negra chompa del muchacho.
Mar de San Nicolás, olas de aceite.
Día que me sorprendes muros adentro de Jerusalén y en deuda con mi hermano:
poco aviso fue el semáforo de Delfos. ¡Oh gran remoridimiento!
no acicalé mi casa para el día.
¿Ya rechina la viola de los muertos contra una grúa roja?
Perdóname.
¿Qué polvo de hierro se arremolina en nuestro corazón?
Perdóname.
Los muchachos subieron hasta un bosque de latas y encendieron la luz.
Y la Osa Mayor era brillante y su peludo rabo colgaba desde el cielo.
Perdóname.
Yo andaba por los muelles más informe que una medusa muerta.
Y el viento soplaba y resoplaba sobre ti, nuestro recién nacido:
cáscara de plátano donde pastan las moscas.
Perdóname
Después, aullaron las sirenas de San Juan y Acarí, y a las siete nos hicimos a la mar.

Queda un poco de sol, crujen los cables y el lomo de las aguas
una y otra vez se bambolea entre las blancas rejas.
Ni un pájaro me sobrevuela, Diego mío, y antes que la noche apriete pienso en ti.
Perdóname, perdónala.


Mijito no se rinde y sigue dándole letra a la IA




 

Cualquiera se mandó la IA


Dice Julián que le pidió medieval. Digo yo que no sabe hacer otra cosa que gente heteronormada con tetas operadas, botox en la geta y machirula cerca.






 

La goldita que se bañó en la ducha


 

Me encontré este poetazo buscando versos sobre Jonás y la ballena para mi novela

 Tomado de revista Otra Parte, marzo 2026

Canto ceremonial contra un oso hormiguero

Antonio Cisneros

LITERATURA IBEROAMERICANA
 

Hay una corriente importante de la poesía del siglo XX que se construye sobre el trabajo de desacralización, incluso de irrisión, de la poesía y de la figura del poeta, conceptos antes escritos casi con mayúsculas. Dentro de esa corriente, la poesía del peruano Cisneros se destaca porque al gesto iconoclasta suma un modo particular del humor. Es un humor que se hila mediante figuras, imágenes y metáforas inesperadas, que surgen de lo cotidiano, incluso de lo devaluado. Son a la vez precisas y un poco exageradas, insólitas pero hacen que uno se pregunte, cómo no lo veía, cómo no se me ocurrió. Y hay también una tristeza de trasfondo que es una tristeza, si se puede llamar así, latinoamericana. El yo que escribe es el de un hombre de origen latino que se ha visto desplazado; vive en el Primer Mundo siempre como extranjero, desclasado, y añora un lugar y un tiempo que tampoco fueron mejores, pero en los que había algo verdadero: la gente, sus comidas, sus costumbres, un paisaje deteriorado pero marcado con las huellas de las vidas que allí transcurren.

Hay poemas que se escriben desde locaciones, entonces, pero también desde una temporalidad específica: no hay dónde ubicarse, entre Estados Unidos, Gran Bretaña y Perú, entre los sueños juveniles de una sociedad sin clases y su caída por los errores y fracasos de la izquierda. Nómade por circunstancia, el yo poético sobrevuela espacios, tiempos y lecturas, y, a veces socarrón, otras dolido, arma un paisaje imposible de la última mitad del siglo XX. El canto ceremonial para el oso hormiguero es ese tono particular, las cosas serias mezcladas con lo de todos los días, y con el absurdo de cada idea caída. Entre medio la voz recorre citas cultas y populares, imágenes, afectos, y lleva al lector en ese recorrido: risa, ternura, dolor. Como cuando le pide perdón al hijo por haberlo traído al mundo: “Queda un poco de sol, crujen los cables y el lomo de las aguas / una y otra vez se bambolea entre las blancas rejas. / Ni un pájaro me sobrevuela, Diego mío, y antes que la noche apriete pienso en ti. / Perdóname, perdónala”, sin efusividad ni sentimentalismo (y ahí radica su fuerza) o como cuando escribe a un Marx muerto: “Ah el viejo Karl moliendo y derritiendo en la marmita los diversos metales / mientras sus hijos saltaban de las torres de Spiegel a las islas de Times / y su mujer hervía las cebollas y las cosas no iban y después sí y entonces / vino lo de plaza Vendôme y eso de Lenin y el montón de revueltas y entonces / las damas temieron algo más que una mano en las nalgas y los caballeros pudieron sospechar / que la locomotora a vapor ya no era más el rostro de la felicidad universal”. O el poema “In memoriam” que empieza “Yo vi a los manes de mi generación, a los lares, /cantar en ceremonias, alegrarse / cuando Cuba y Fidel y aquel año 60 eran apenas / un animal inferior, invertebrado. Y yo los vi después” para terminar: “Hay un animal noble y hermoso cercado entre ballestas. En la frontera Sur la guerra ha comenzado. La peste, el hambre, en la frontera Norte”.

La voz se ensancha, y se puede escuchar a su través la historia de tantos escritores y no escritores que han tenido que armar un lugar para vivir, pensar y escribir en este nomadismo. Porque ser poeta y ser latinoamericano, parece decir Cisneros, es esa tensión misma. Su carcajada entonces resuena, y desde los versos largos y rítmicos, repercute y sigue sonando, en esta reedición de Nebliplateada, que se ha propuesto hacer circular en el país libros que no se conseguían y que son fundamentales para una cultura poética latinoamericana (la primera edición se hizo en 1968 y ganó el premio de Casa de las Américas). El libro cierra con una muy buena entrevista de Néstor Colón a Cisneros del año 2009.

 

Antonio Cisneros, Canto ceremonial contra un oso hormiguero. Ediciones Nebliplateada, 2025

Vértigo novelista

 Mi novela del diccionario avanza. Eso ya es muy noticia. Avanza rápido: voy por la J en el tomo 22. Avanza linda: me entusiasma, la engordo, le encuentro sentido. Dudo, pero poco.

No me la compliques

 De repente entiendo que la vida es sencilla. No hay peligros detrás de cada puerta ni en los espacios abiertos. Nadie me odia tanto ni tengo tantas tareas pendientes. No hago cagadas a cada paso y no me persiguen los acreedores morales y de los otros. 

A todo esto se pasó el finde largo. Bueno, como si a la jubilada le cambiaran algo los nombres de los días de la semana...

Un tranvía llamado Deseo

 Mi primer Tennesse Williams. Y tengo dos piezas más en el mismo libro y cuatro en otro que tengo acá desde febrero 2006 sin leer. Impresionantes los diálogos y cómo vez a les personajes a través de sus acciones. Ahora entiendo, o percibo, aunque creo que no podría lograrlo, eso de la maestría del dramaturgo a diferencia del narrador que necesita describir y presentar y manejar el suspenso de la voz narrativa. 

Tercera generación de arquitectas, la Luli


 

La novela de mi amigo Andrés


 

Mijito me cuenta que cambiaron los muebles de lugar


 

Empecé taller de murga uruguaya













 

Terminé y empecé

 Hace dos noches terminé de leer De Purs Hommes, de Mohamed Mbougar Sarr maravilla. Y empecé Árbol, de Aya Koda, en la tablet; La plus secret memoire des hommes en la cama porque libro gordito pero de bolsillo y cómodo; y Un tranvía llamado deseo en la mesa porque libro viejito, amarronado, medio descuartizado pero que me gusta escribirle los márgenes amplios.

Triple genialidad en tres intensidades distintas después de la novelita del senegalés de esas que tantas veces digo: un antes y un después.

Paz

 Simón y la Kiki roncan. Doky se rasca las bolas. La Tigri me ocupó la butaca del escritorio pero no me importa porque estoy en el silloncito de mimbre delante de la estufa.

Oscurece y me tranquilizo

 Ya puedo cerrar todo. Los perros ya no van a salir a la calle.

Azalea, calanchoé y otras flores de amoras

















 

Lunes por la madrugada...

Yo cierro los ojos y veo tu cara
que sonríe cómplice de amor...