domingo, 14 de junio de 2026

Hice flyer yo solita en canvas, ¿te gusta?


 

Mis máscaras de crochet





 

Recuerdos de sanación

 Estos días que me pegó el frío o el bajón del frío o el frío y el bajón de no tener un mango, me estuve acordando de mis días internada por vesícula y pancreatitis. Esa sensación de que todo lo que hay que hacer es comer y dormir, esperar la hora de visitas, evitar que se te resbale la frazada, que no sufra la vecina de cama, que no te molesten los parientes. Esa sensación de placer al volver a la cama propia, a la rutina sin enfermeras, a tu casa donde sos reina y señora y estás sana y tenés todos tus libros, tus papeles y pantallas, tus árboles, tus perros, tus gatas, tu heladera no tan vacía después de todo, tu pava y tu mate, tu mermelada y tu queso, tu dulce de batata.

¿Levantarse para qué?











 

Mi conejita de peluche






 

Ayer el día de les escritores en Biblioteca Romero, acá a tres cuadras




















 

Todas las he ido aplicando sin saber pero teorizar me confirma y tranquiliza

 










Inestabilidad pero decantando a mejor

 De repente me desespero: la visa me suspendió el crédito, el mismo banco ni me adelanta mi propio sueldo, el MP ya me dio todo el disponible, de seis talleres que daba el año pasado me quedó solo uno, nadie tiene un mango, no puedo llegar en uber a lo de Feli porque llueve mucho, la puerta de entrada se trabó y el cerrajero me cobró 40 lucas, la de madera se trabó a los tres días y la dejamos trabada porque no se puede más, Fido me hace levantar cinco veces por noche, Fido duerme toda la noche pero apenas lo pongo de pié me hace un charco de meo en medio de la cocina. La vida es injusta, nadie valora mis esfuerzos, no quiero trabajar para comer, tengo frío, me duelen los huesos, quiero seguir durmiendo, Rafael me critica todo, no quiero pedirle plata a Julián, no sé si Magdalena tiene para comprar leña.

Al otro día: me como los kinotos de mi arbolito, le pego una patada a Fido y después de limpiar el piso y su camita, lo baño a él con una esponja vieja y cif. Rafael compró carne picada y me dice que haga fideos a la bolognesa. Tengo galletitas dulces y pan para tostar. Vendí una libro y medio por wasap, Julián me manda lo del uber. Si tengo que suspender terapia y alguna flamenca no me voy a morir, seguiré dentro de dos meses. La visa creo que la cubro completa con el aguinaldo. El auto lo podré llevar al mecánico casi en agosto, total ni lo necesito y si se arruina por estar parado que se arruine. Está bien que Rafael administre su dinero a su manera y que yo le pida para pagar la luz, el gas y el wifi. Si no puedo comprarle las pastillas a Fido sobrevivirá dos semanas sin medicación como sobrevivió 15 años y yo estaré acá para limpiarle el culo y baldear sus meos. Tengo cuatro libros concursando por millones de euros y/o publicación y acabo de hacer flyer yo solita en canvas para nuevo taller este viernes.

viernes, 12 de junio de 2026

Para que sepan que vinimos, de Marina Yuzsczuk

 Acabo de terminar Para que sepan que vinimos, de Marina Yuzcszuk. Espectacular. Horrible. El taller en que vamos a hablar de esta novela sucede recién dentro de quince días, no me aguanto. ¿Alguien que me banque? Gracias, Camila Roccatagliata.

La leí toda hoy, desde las cinco de la tarde hasta ahora levantándome para atender a Fido y comer algo. No se ni dónde estoy.

Geniales las escenas "turísticas" y las de terror en el baño, en el acuario, en el callejón, en el cementerio. geaniles los colores, la lluvia, los flashback a la infancia de la prota y la vida de la madre. Me dio miedo mi propia maternidad y mi propia hijidad, pero al final, con ese descenlace horrendo, sé que estoy bien, que estamos bien porque siempre estuvimos bien: mi madre, mi hija y yo como madre y como hija.

Yuszczuk por Vilegas

 




Cuando la maternidad llega, diluye un terror neurótico que aqueja a determinado tipo de escritores: el de la página en blanco. Esta idea –palabras más, palabras menos– le pertenece a Marina Yuszczuk (Bs. As., 1978), poeta, narradora y editora en Rosa Iceberg. Claro que la maternidad es capaz de gatillar, al mismo tiempo, el sin fin de terrores que, inscriptos en la memoria ancestral, mitológica, cultural o personal, la figura de un hijo o una hija puede conjurar. “La muerte es una niña que cura con las manos. Con un toque basta”, afirma Tilsa Otta, y no resulta casual que la cita sea uno de los epígrafes que encabeza Para que sepan que vinimos, la nueva novela de Yuszczuk editada por Blatt & Ríos.

La maternidad, en efecto, le ha granjeado a Yuszczuk una matriz literaria de producción varia que se inscribe tanto en su narrativa como en su costado poético. En Madre soltera, su poesía reunida, diagrama una atribulada pero gozosa, una afirmada pero contradictoria, función parental; propone un gesto díscolo respecto de cualquier imaginario tradicional en lo concerniente al rol materno y agencia un nuevo aporte para repensar la estructura familiar burguesa.

Con su última novela la autora retoma el gusto por el gótico, que había saboreado inteligentemente con La sed, su narración anterior, y apuesta por una historia que nace con la muerte, más precisamente con el duelo materno. Fernanda viaja con su marido y su hijita Rosa a Nueva York. Viaje premeditado, largamente deseado. Vacaciones turísticas que, ruega la protagonista, la ayuden con el (laborioso) trabajo del duelo, puesto que la subordinada vida de su madre, sumisa a los violentos caprichos del padre y a las convenciones inherentes al ama de casa, ha llegado dolorosamente a su fin. O eso es, claro, lo que parece. Tal vez exista un miedo aún mayor al de quedarse radicalmente solo, sin madre a la que acudir ante la hostilidad de la existencia; un miedo, aún mayor aunque igual de atávico, que perforaría todas las certezas del entendimiento y la percepción: el regreso, al mundo tal como lo concebimos, de una madre muerta. En distintos momentos del viaje, por lo general reflejados en un vidrio o en un espejo, un ojo, un brazo, una mano, unas uñas corrompidas, putrefactas, emergen –siniestros– para el descalabro psíquico de Fernanda. Son –parecen ser– los de su madre. ¿Será posible? ¿Será ella? ¿Para qué vuelve?, se interroga, al borde del colapso.  

Formar parte del mundo adulto impone ciertas restricciones. Encorsetar la experiencia en un esquema racional tal vez sea su imperativo de base. En algún sentido, en un texto como este, crecer, crecer verdaderamente, es para Yuszczuk adoptar la mirada de la niñez, que conjuga sin conflicto el plano real con el imaginario. Aunque mirar, mirar verdaderamente, tenga sus terroríficos costos. Yuszczuk escenifica el horror de un manoseado lugar común, ese que afirma que los muertos viven, viven en la memoria, en el corazón, en el cuerpo de uno. ¿Cómo se vive con las apariciones monstruosas de una madre que parece tener, aún muerta, algo para decirnos? ¿Cómo se vive cuando se comprende que en la madre convergen tanto el hada madrina como la bruja del bosque? ¿Cómo se vive, peor aún, cuando se comprende que una misma está modulando los pavores de su propia hija, y se predispone, sin saberlo, a habitarla monstruosamente?

Con evidente oficio, Yuszczuk articula una trama embebida en el imaginario de Angela Carter, de Shirley Jackson, de Agustina Bazterrica. Sin olvidar que las posesiones demoníacas tienen su carnadura en vínculos humanos y terrenales, que los vaivenes de los conflictos de pareja (por ejemplo los de la protagonista con su marido) se impulsan por motores realistas y psicológicos, el horror adviene, no obstante, en la materia sobrenatural y pervertida del cuerpo materno. Una madre que regresa, putrefacta, a reclamar algo, tal vez un cuerpo que, durante nueve meses, fue suyo. Tal vez. Ya lo dijo Stephen King, a veces es preferible la muerte.

16 de noviembre, 2022

Para que sepan que vinimos.png


Lunes por la madrugada...

Yo cierro los ojos y veo tu cara
que sonríe cómplice de amor...