viernes, 31 de julio de 2026

Ayer en mi primer encuentro con Inspiradas y el club de 3 escritoras canadienses


Hablamos de OSO, de Marian Engel. Hermosa novela y hermoso debate. 72 personas y ninguna dijo que no le haya gustado. Yo sumé idea de novela de aprendizaje o iniciática y referencia a la Mujer Salvaje, la Huesera en Mujeres que corren con los lobos de Clarisa Pínkola Estés. Terminamos con poema de Mary Oliver.





 

"Primavera", de Mary Oliver


En algún lugar

     una osa negra    

        acaba de despertarse

            y contempla


montaña abajo:

    Toda la noche

        en la viva y rasa inquietud

            de la primavera apenas iniciada


Pienso en ella,

    sus cuatro puños negros

        removiendo la grava

            su lengua

como un fuego rojo

    rozando la hierba

        el agua fría.

            Hay un solo tema:


cómo amar este mundo.

    Pienso en ella

        alzándose

            como un reborde laminado y negro

para clavar sus zarpas contra

    el silencio

        de los árboles.

            Sea lo que sea

mi vida

    con sus poemas

        y su música

            y sus ciudades de cristal,


también es esta deslumbrante oscuridad

    que baja

        la montaña,

            respirando y paladeando;


todo el día pienso en ella-

    sus dientes blancos,

        su mutismo,

            su amor perfecto.






Traducción de Diana Bellesi, en contéstame, baila mi danza. Ediciones Salta el Pez.



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Vulnerabilidad extrema, desnudez e indefensión

Joan Didion. El año del pensamiento mágico. Pág. 44-45 



La gente que ha perdido hace poco a un ser querido tiene una expresión peculiar,

que tal vez solo reconocen quienes han visto esa misma expresión en su propia cara.

Yo la he visto en mi cara y por eso ahora la reconozco en otras. Se trata de una

expresión de vulnerabilidad extrema, de desnudez e indefensión. Es la expresión de

quien sale de la consulta del oftalmólogo a plena luz del día y con las pupilas

dilatadas, o bien de alguien que lleva gafas y de pronto le obligan a quitárselas. La

gente que ha perdido a un ser querido parece desnuda porque se cree a sí misma

invisible. Yo también me sentí invisible durante una época, incorpórea. Me daba la

impresión de haber cruzado uno de aquellos ríos legendarios que separaban a los

vivos de los muertos, de haber entrado en un lugar en el que solo me podían ver

quienes también habían perdido hacía poco a un ser amado. Por primera vez entendí

el poder de aquella imagen de los ríos, el Estigia, el Leteo, el barquero con su capa y

su pértiga. Por primera vez entendí el significado de la práctica del satí. Las viudas no

se tiraban a la pira en llamas por dolor. En realidad la pira en llamas era una

representación bastante precisa del lugar al que las había llevado su dolor: no sus

familias ni la comunidad ni la tradición, sino su dolor. La noche de la muerte de John

nos faltaban treinta y un días para cumplir cuarenta años de casados. A estas alturas,

ya habrán adivinado ustedes que a mí la «dura y dulce sabiduría» de los dos versos

finales de «Rose Aylmer» se me escapaba por completo.

Yo quería más que una noche de recuerdos y suspiros.

Yo quería gritar.

Yo quería que volviera.


Lunes por la madrugada...

Yo cierro los ojos y veo tu cara
que sonríe cómplice de amor...