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jueves, 6 de agosto de 2026

Como un arbol sin agua

 Tatiana Tibulac. El jardín de vidrio. Pág.32


A veces me parecía que, sin nuestra escucha, Zahar Antonovich

se habría secado, simplemente, como un árbol sin agua. Hay en el

mundo gente así, gente que, si no cuenta cosas, no puede vivir. Para

ellos, para esa gente siempre hermosa y a menudo loca, la vida

debe ser una historia. Porque solo ahí, entre sus costillas blandas y

mágicas, hacen ellos las paces con el mal y con el dolor, con las

enfermedades y las traiciones, porque ellos lo saben. Saben que una

historia no deja jamás las cosas sin resolver. Una historia —incluso la

más breve, incluso la más triste— pone siempre buen cuidado en

hacer justicia. 



Ediciones Impedimenta.

jueves, 30 de abril de 2026

Un seductor olor a heno

 Ana Blandiana



UN VASO CON MARGARITAS

Un vaso con margaritas silvestres
Sobre la mesa blanca
En la que escribo
Más libre de lo que soy;
Alrededor,
Un seductor olor a heno
Que conduce al sueño
Del que quizás gotee
Una palabra;
Dulce cielo en el ocaso,
Tan dulce como los rebaños
Que regresaban antaño.
Amor por todo lo que fue,
Por todo lo que va a desaparecer,
Amor sin sentido,
Amor sin límites…
La sombra de los álamos,
Rejas cercando el campo,
Margaritas silvestres
En un vaso.

—————————————

Autora: Ana Blandiana. Título: El sueño dentro del sueño y otros poemas. Traducción: Viorica Patea y Natalia Carbajosa. Editorial: Visor. Venta: Todos tus libros.

BIO

Ana Blandiana (Timișoara, Rumanía, 1942) es una de las poetas más relevantes de la literatura europea. Su obra, traducida a 25 idiomas, ha recibido los más prestigiosos premios internacionales. Entre sus libros destacan Primera persona del plural (1964), El talón vulnerable (1966), Octubre, noviembre, diciembre (1972), El sol del más allá (2000), Mi patria A4 (2010) y Variaciones sobre un tema dado (2018).

Ana Blandiana

 

Ana Blandiana: “Hay que luchar contra la censura interior”

 por 

Jordi Doce

Ana Blandiana (Timișoara, 1942) es una figura legendaria de la literatura rumana[†]. Destacada opositora del régimen de Ceaușescu, forma parte del grupo de escritores que concibieron su vocación literaria como una forma de resistencia moral. Autora de libros de poesía, narrativa y ensayo, es actualmente la poeta rumana más internacional –sus libros han sido traducidos a veinticinco idiomas–, además de candidata al Premio Nobel.

Blandiana pertenece al neomodernismo, grupo de poetas que debuta a mitad de la década de 1960. Sus poemarios –La primera persona del plural (1964), El talón de Aquiles (1966), El tercer sacramento (1969), Octubre, noviembre, diciembre (1972), El sueño dentro del sueño (1977), El ojo del grillo (1981) y Estrella predadora (1985)– la consagran como la figura más destacada de su generación. Sus textos se copian a mano y circulan por miles de manera clandestina: son los primeros poemas en samizdat de la literatura rumana.

En 1982 es la escritora más joven galardonada con el Premio Gottfried Herder de la Universidad de Viena. Por esos mismos años escribe también dos libros de narrativa fantástica, Las cuatro estaciones (1977) y Proyectos de pasado (1982). Este último, el más traducido de los suyos, es una crónica de la historia de Rumanía en la segunda mitad del siglo XX y una reflexión sobre el totalitarismo.

Gran parte de las obras que escribió en la década de los ochenta vio la luz tras la revolución de 1989, como el poemario La arquitectura de las olas (1990). A él le han seguido El sol del más allá (2000), El reflujo de los sentidos (2004) o Variaciones sobre un tema dado (2018), así como la novela El cajón de los aplausos (1992) y los ensayos Miedo a la literatura (2006) y Falso tratado de manipulación (2013).

Tras la caída del régimen comunista, Blandiana fundó y presidió la Alianza Cívica (1991-2001), organización independiente que luchó por la democracia e hizo posible la entrada de Rumanía en la Unión Europea. Al amparo del Consejo de Europa, Blandiana ha creado en la ciudad de Sighet el Memorial de las Víctimas del Comunismo y de la Resistencia (1993), museo, centro de investigación y escuela de verano que lleva por lema una frase suya: «Mientras la justicia no logre ser una forma de memoria, la memoria en sí misma puede ser una forma de justicia». Por su contribución a la cultura europea y su lucha en pro de los derechos humanos, Blandiana fue nombrada Chévalier de la Légion d’Honneur (2009), la más alta distinción de la República Francesa. Recientemente ha recibido el Premio «Poeta Europeo de la Libertad» (Gdansk, 2016) y el Griffin Excellence in Poetry Award (Toronto, 2017) como reconocimiento a toda su obra.

En español han visto la luz Mi patria A4 (2014), El sol del más allá & El reflujo de los sentidos (2016) y Octubre, noviembre, diciembre (2017), todos en la editorial Pre-Textos, así como los libros en prosa Proyectos de pasado (2008) y Las cuatro estaciones (2011), ambos en Periférica. Galaxia Gutenberg tiene previsto publicar en 2020 el volumen Un arcángel manchado de hollín, en el que se reúnen –en traducción de Viorica Patea y Natalia Carbajosa– tres libros centrales de su trayectoria: Estrella predadora (1985), escrito durante los intervalos en que su obra no fue prohibida por la dictadura de Ceaușescu; La arquitectura de las olas (1990), el primero publicado en libertad; y El reloj sin horas (2016), que expresa su respuesta al viejo sufrimiento desde un aquí y ahora tocado por la alienación y la extrañeza.


Un nombre prohibido

En los poemas de Ana Blandiana, por lo común breves, suceden muchas cosas y se imaginan otras tantas. O, mejor dicho, cada elemento baila con los demás en una coreografía incesante de causas y consecuencias, de mutaciones vertiginosas que señalan el camino de la extrañeza y el asombro: los párpados caen «como la cuchilla de una guillotina / sobre el cuello del mundo exterior»; «las iglesias / se deslizan sobre el asfalto / como navíos / cargados de terror»; o, en fin, «el horizonte se parece a / una bola de ámbar / en la que / fosilizados dioses / y proyectos inconclusos de ángeles / se transparentan / con asombrosa exactitud / y casi se mueven». Si, como quería Elias Canetti, el poema «es el custodio o garante de la metamorfosis», esto es, el modo en que el mundo se reinventa y se recrea sin cesar para eludir la cárcel de nuestras definiciones conceptuales, de nuestros dogmas, la escritura de Blandiana es un ejemplo supremo de esta energía transformadora, de esta fuerza de la imaginación que establece relaciones y analogías y revela el modo en que las cosas, para persistir en su ser, se convierten en otras y aceptan –sin reproches, con una paciencia que ha sido puesta a prueba cientos de veces– lo que les toca en suerte.

Lo dice su traductora Viorica Patea en un texto reciente: «Antes de ser un nombre conocido, Ana Blandiana fue un nombre prohibido». Hija de un sacerdote ortodoxo que había sido preso político –y «enemigo del pueblo», nada menos–, la poeta fue castigada a los diecisiete años por publicar su primer poema en una revista. Esta primera prohibición fue quizá la más dura, la más determinante de las que tres que fueron impuestas por el régimen: no solo duró cuatro años, sino que supuso «la privación del derecho de cursar estudios universitarios» y la obligó a trabajar por un tiempo como peón de la construcción.

Su regreso como poeta en 1964, con la publicación de La primera persona del plural, supuso su confirmación como parte del grupo de jóvenes poetas que traían la renovación estética a la poesía rumana: una poesía que oscilaba entre un tono intimista y el vuelo imaginativo, el impulso subjetivo y la tensión órfica, y que conectaba con la escritura vanguardista de entreguerras. De estos años data Octubre, noviembre, diciembre, en el que el sentimiento amoroso –teñido de panteísmo y hasta de misticismo– encarna en una escritura llena de plasticidad, de imágenes sugerentes y oblicuas, de viveza.

Con los años, y conforme el régimen de Ceacescu fue estrechando su cerco represor, la poesía de Blandiana fue haciéndose más limpia y reflexiva, también más irónica. Lo resume muy bien Viorica Patea: «Sus temas recurrentes son el compromiso ético, el sentido de culpa y la confrontación de la pureza con los registros simbólicos de la degradación». Sus libros de la década de 1980 dan cuenta de ese esfuerzo ingente del individuo por mantener su dignidad y una imagen ecuánime de sí mismo en la atmósfera sofocante de una sociedad manchada por la mentira, la sospecha y la vergüenza. Más recientemente, sus libros testimonian el viaje de su autora hacia una mayor sencillez o depuración verbal. El resultado es una escritura sabia y crepuscular, llena de preguntas sin respuesta y de respuestas provisionales. Una escritura perpleja, obsesionada por el estatuto de la verdad en un tiempo de imposturas y sucedáneos, de reclamos mendaces.

 

“La poesía la poesía es como una aureola que, para ser entendida y aceptada, intenta tomar la forma de un sombrero»

Se podría hacer un pequeño compendio con las reflexiones, llenas de lucidez, que Blandiana ha hecho sobre su arte. Quizá la más importante sea su defensa de la inspiración y su retrato del poeta como un servidor atento: «La poesía –dice– no se puede inventar, hay que descubrirla. La poesía depende solo en cierta medida del que la compone. […] Esta dependencia de una voz que a veces puede permanecer callada mucho tiempo […], me hace sentir feliz como ante un milagro que me sucede, a la vez que humillada por esta dependencia de la que no puedo librarme».

Claro que estamos ante una poeta que descree de las definiciones y las cajitas conceptuales, menos aún cuando se habla de algo tan misterioso como la poesía: «Decía Lao-Tse, refiriéndose a la realidad suprema, que quien no la ha conocido no habla de ella, y que quien lo hace es porque no la ha conocido. Así es. Una vez di una definición algo cómica, pero veraz: dije que la poesía es como un halo, una aureola que, para ser entendida y aceptada, intenta tomar la forma de un sombrero».

Y, por último: «Siempre he soñado con un texto que tiene varios planos, perfectamente inteligibles, cada uno autónomo y distinto, parecido a los murales de los monasterios medievales en cuyos paisajes se vislumbran, desde ciertos ángulos, las figuras de los santos». Así, como los frescos de las iglesias bizantinas de su país, esta poesía: un crisol de imágenes y formas, de ideas pintadas y metáforas que piensan, de extrañezas que acompañan y compañías que no dejamos de extrañar.

 

“Siempre he pensado que el deber de un escritor es el de expresarse a sí mismo”

– Me pregunto si no está cansada de que las preguntas de los entrevistadores giren casi siempre en torno a la dimensión política o ética de su poesía. Lo digo porque esa insistencia nuestra en definirla o encasillarla como una figura ejemplar de la literatura rumana reciente puede parecer un reduccionismo, una forma de menospreciar la fuerza estética de su poesía en beneficio de sus aspectos, digamos, testimoniales o históricos.

– La verdad es que hasta 1989 mi intención fue siempre la de mirar las cosas desde una perspectiva política; en otras palabras, no podía pasar por alto la oscuridad y la represión que padecíamos. Pero he tenido la gran suerte de que mi poesía ha sabido defenderse de mí misma. Con la excepción de La arquitectura de las olas, que es un cuerpo extraño dentro de mi obra, porque es la ilustración de ese periodo atroz de nuestra historia reciente que fueron los años 1988-1989, lo cierto es que la dimensión política no llega a penetrar en mi poesía. Otra cosa es la visión que otros han tenido sobre mi vida, del porqué de mi protesta, y es posible que este punto de vista se haya trasladado de manera abusiva a la poesía.

Lo que siempre me ha disgustado, y hasta ofendido, es que la gente dijera que era muy valiente, porque yo no era valiente, solo hacía lo que pensaba que era normal hacer. Me habría sido mucho más difícil escribir odas a Ceaușescu. Yo solo cumplía con mi deber. Y siempre he pensado que el deber de un escritor es el de expresarse a sí mismo.

En realidad, el problema tenía más que ver con el tiempo que nos tocó vivir. Era un problema de la época misma. Porque la vida era tan falsa que todo lo que fuera auténtico, todo lo genuino, sobresalía.

Daré un ejemplo: uno de nuestros grandes poetas de entreguerras fue George Bacovia, que empezó como un poeta simbolista y luego evolucionó hacia posiciones de izquierdas. Ya antes incluso de la llegada de los comunistas, había escrito versos incendiarios. Pero cuando los soviéticos tomaron el poder, lo prohibieron. Y durante veinte años fue un poeta prohibido. En cambio, durante este mismo periodo, el poeta por antonomasia, el poeta que dominaba los foros literarios, era un versificador de última fila, un poeta sin ningún talento llamado Alexandru Toma. Toma se había hecho conocido antes de la guerra por traducir y escribir panegíricos de las obras de la reina. Pero los comunistas se fijaron en él porque lo podían manipular. Eso no pasaba con George Bacovia, que era un gran poeta y además de izquierdas, pero que era un hombre auténtico.

– Bueno, el oportunismo y el servilismo no saben de ideologías.

– La autenticidad estorbaba mucho. Dicho de otra manera, cualquier verdad de cualquier naturaleza era subversiva per se, no era una cuestión política. Hablamos de una época en la que realmente la única materia prima que existía en abundancia era la mentira. Hay que decir también que cuando las tropas soviéticas entraron en Rumanía, no había comunistas: el Partido tenía menos de cien afiliados. Esto explica también por qué más tarde no hubo disidentes, porque los disidentes eran los antiguos comunistas ya arrepentidos.

“Lo más grave y terrible que está sucediendo hoy en día en el mundo es la corrección política”

– Me resulta impactante la idea de la prohibición total… Esa noción de que un autor no pueda publicar durante años, de borrarlo como figura pública. En España, durante la dictadura, existió una censura enérgica, pero en general se centraba en los libros y no en sus autores. Con la ventaja, es un decir, de que, si te censuraban un libro, podías optar por publicarlo en México o en Argentina. Pero la idea de que un escritor desaparezca públicamente implica una violencia feroz, casi un ensañamiento. Me pregunto en qué medida esa vigilancia, esa censura totalitaria tuvo consecuencias en la escritura y en su propia autoestima como poeta. Durante esas tres décadas de censura totalitaria, ¿cómo sustraerse a esa presencia opresiva? ¿Qué estrategias se pueden desarrollar para sortear la vigilancia asfixiante del poder y no caer en la desesperación?

– La primera medida de autodefensa es no admitir ninguna forma de censura interior. La censura interior es lo que más me asustaba. Es algo que no acepté jamás. Precisamente porque he vivido esa experiencia, me parece que lo más grave y lo más terrible que está sucediendo hoy en día en el mundo es la corrección política, porque la corrección política es la máxima forma de censura interior y de lavado de cerebro.

Yo nunca me he censurado a mí misma. Nunca me he dicho: «esto no lo puedo escribir porque no se puede publicar, porque no se acepta». Yo siempre he escrito lo que he querido. Desde el punto de vista psicológico, esto es muy importante.

Por otra parte, y esto puede sonar extraño, la censura nos obligaba a escribir de una manera que estaba en sintonía con la definición que damos a la poesía. Es decir, teníamos que amplificar los recursos de la imagen y la metáfora, adoptar un lenguaje más cifrado, y justamente por esto la poesía salía adelante.

Yo no viví los años más duros del estalinismo. No tuve que escribir durante la época del proletkult, ese empeño soviético en crear un arte nuevo, una estética de la clase obrera revolucionaria… No era tanto que los poetas tuvieran que manejar un bagaje ideológico determinado, sino que estaban obligados a escribir para los analfabetos, tenían que escribir estupideces para que las entendiera todo el mundo. El resultado fue una literatura vacía por completo de arte.

 

“Hoy sigue siendo imperativo luchar por la verdadera cultura”

– Está el caso de Anna Ajmátova, por ejemplo, que hacia 1949-50 se vio forzada a escribir poemas celebrando la construcción de carreteras, la construcción de embalses, los logros tecnológicos del régimen de Stalin… Lo hizo para liberar a su hijo Lev del campo de concentración, y yo diría incluso que para blindarse contra posibles represalias.

– El problema no es que Ajmátova escribiera poemas semejantes para liberar a su hijo de la cárcel, el problema es que Mihai Beniuc, Dan Deşliu y tantos otros, sin tener esa obligación, escribieron odas a Stalin.

Voy a hacer un paréntesis. El fin de semana pasado tuvimos un debate en el Memorial de las Víctimas del Comunismo y de la Resistencia de Sighet, en el norte del país, con distintos hombres de letras de los países del Este, y el tema del coloquio fue la resistencia a través de la cultura. Y llegamos a la conclusión de que, así como el proletkultismo, mediante la represión, aniquilaba la cultura porque obligaba a los escritores a escribir para todos, apelando al grado más bajo de comprensión de los lectores, el arte y la literatura de consumo de nuestro tiempo han creado una forma de subcultura que sale en todos los medios, la televisión, las redes sociales, y que aniquila la cultura de una forma semejante. Hoy sigue siendo imperativo luchar por la verdadera cultura.

Quiero añadir otra cosa. Y es que una característica de nuestra evolución como creadores es una cierta decepción, un sentimiento de desengaño. Porque los lectores recibían los poemas de una manera que ahora no se da y que hasta parece inconcebible. Que no se puede imaginar si no se ha vivido, porque el público leía con tanta atención y escudriñaba el texto de tal manera que terminaba encontrando muchos más sentidos de los que el artista había ideado inicialmente. Y esto es así porque el arte se encuentra a medio camino entre la creación y la recepción.

 – Esto también ha ocurrido en España con algunos poetas y escritores prohibidos por el franquismo. Se les leía con una atención y un interés que ahora resultan sorprendentes.

– No sé si recuerda mi poema «Todo», que es una enumeración bastante libre de realidades banales, las realidades inmediatas de la vida cotidiana bajo el régimen. El poema lo publicó en la revista Amfiteatru Alexandru Paleologu, que fue escritor, filólogo, académico e incluso diplomático. Lo nombraron embajador al poco de caer el régimen comunista, pero enseguida lo defenestraron. Pasó mucho tiempo en la cárcel con Nicolae Steinhardt, y después de la revolución lo hicieron embajador, pero duró poco. En fin, fue él quien recibió el poema «Todo», y sucedió que después de publicarlo el poema empezó a crecer. Llegó a hacerse el doble o el triple de largo, porque los lectores se lo iban pasando unos a otros y le añadían su propia lista de cosas. El poema era una enumeración e invitaba a la gente a que pusiera de su parte.

– Es una anécdota preciosa, desde luego.

– Me gustaría hacer un inciso: antes habló de las diferencias entre la censura que hubo en España y la que sufrimos en Rumanía. No sé si puedo añadir algo en esa comparación entre las dos dictaduras, una de derechas y la otra de izquierdas.

Hace diez años organizamos un congreso en el Memorial titulado «Entre la libertad de dentro y la libertad de afuera», y cursamos algunas invitaciones a poetas. La mayoría de los poetas provenían de los países del Este. Pero dio la casualidad de que el Embajador de Portugal en aquel entonces era también poeta y había sido encarcelado durante la época de Salazar. No recuerdo su nombre. Creo que también fue Ministro de Cultura. Así que decidimos invitarlo.

De modo que por un lado teníamos a un poeta que había sido detenido en su país por una dictadura de derechas, y por el otro a poetas que habían estado presos en los países del antiguo bloque comunista. Y cuando él empezó a contar sus vivencias, que ciertamente habían sido dramáticas, la conversación llegó a ser cómica, porque había una diferencia tan espectacular entre su experiencia y la de los demás que hasta él se dio cuenta del contraste y se sintió incómodo. A partir de ahí todo fluyó con normalidad y todos empezamos a hablar libremente, sin reservas.

Para empezar, está el dato demoledor de que los detenidos en las cárceles de Rumanía, por ejemplo, no tenían derecho siquiera a un trozo de lápiz ni de papel. Sin embargo, en las cárceles se escribía masivamente. Para que un poema existiera se necesitaban tres personas. A veces esas tres personas eran una sola, pero en todo caso hacían falta tres autores: uno que componía, otro que memorizaba el poema y un tercero que lo trasmitía en morse.

En 1965, con la muerte de Gheorghe Gheorghiu-Dej y la apertura –temporal– de las cárceles, todos los que volvieron a casa empezaron a escribir lo que tenían en la cabeza, lo que habían memorizado. Ahora que empezaba una nueva vida, era importante no olvidar. Y en 1989, cuando el régimen comunista cayó, hubo una avalancha de publicaciones de poemas escritos en la cárcel durante aquellos años.

Me gustaría aclarar que esos poemas no los escribían solo poetas, sino hombres de cultura, personas letradas, con una educación clásica. Y lo hacían en metros tradicionales, como un ejercicio para no enloquecer. En el Memorial de Sighet hay una sala dedicada a la poesía de las cárceles, y lo que decidimos es que esos poemas tapizaran las paredes de la sala.

 

“En mi generación éramos incapaces de imaginar que el comunismo se acabaría alguna vez”

– Desde luego, dentro del llamado bloque comunista, parece que el régimen de Rumanía fue el más duro y represivo, o al menos el que tuvo un control más férreo de la población. Quizá también, económicamente, uno de los más precarios. El nombre de Ceaușescu ha quedado asociado para siempre a la historia de la infamia.

– Peor que Ceaușescu fue el régimen de Gheorghiu-Dej, del 45 al 65. Y esa primera oleada de poetas que surgieron en la cárcel pertenece a la generación de mi padre. Las cárceles se abrieron en 1965 con la llegada de Ceaușescu.

En realidad, el periodo de Ceaușescu se percibe como más difícil de soportar que el anterior, pero no había represión física. Con una diferencia. La generación de mis padres eran personas que habían nacido en un régimen de libertad y pensaban que el comunismo se acabaría; tenían la esperanza de vencerlo. Mientras que mi generación éramos todos individuos que habíamos nacido durante la represión; éramos incapaces de imaginar que el comunismo se acabaría alguna vez.

 

“En Rumanía nos hemos visto forzados a reinventarnos y continuar la tradición poética por nuestra cuenta”

– ¿Qué comunicación tenían con el exterior? ¿Qué literatura de fuera podían leer, qué clase de poesía llegaba?

– En Rumanía hubo una revista llamada Siglo XX que publicaba traducciones de literatura extranjera. Y esa revista daba a conocer o al menos introducía la poesía de otros países. Pero creo que no ha habido una continuación… No hemos sido influenciados por la poesía que se traducía y la poesía que se escribía en Occidente, sino que hemos tenido que reinventarnos a nosotros mismos. En otras palabras: nosotros conocíamos la literatura moderna del periodo de entreguerras y la poesía que siguió a la eclosión del surrealismo; y la tradición a la que recurríamos era la poesía de entreguerras, lo que conocíamos de ella, tanto la europea como la rumana de entreguerras. Al principio, con la llegada de Ceaușescu al poder, hubo una tímida apertura y el régimen invitó a algunas personalidades de la izquierda europea como Umberto Eco o Rafael Alberti, pero esto también se acabó. Así que no tenemos la impresión de haber crecido o de habernos formado con la poesía contemporánea. Lo más que conocemos es la poesía de entreguerras. Y creo que por eso la lírica rumana tiene otros acentos y otras formas expresivas. Nos hemos visto forzados a reinventarnos y continuar la tradición poética por nuestra cuenta.

– Sin ser un experto en la literatura de su país, sí parece que hay en su obra un diálogo muy intenso con figuras y modelos de la poesía popular rumana, empezando por la elección de su pseudónimo…

– Bueno, la literatura rumana nace en el siglo XIX o finales del XVIII. Es verdad que antes hubo una tradición oral extraordinariamente rica. La gran obra popular de nuestra literatura, la que cifra nuestra identidad, es el Mesterul Manole. Hay otros… A pesar de ser poemas populares, tienen una gran carga filosófica. Tengo una gran conexión con esos poemas, pero no, como es obvio, con su forma, su estilo. Mis maestros inmediatos son poetas modernos como Mihai Eminescu y Lucian Blaga.

 

“Ceaușescu podía aterrorizar a mis compatriotas, pero no tenía derecho a representarlos”

– ¿Nunca sintió la tentación de irse, de marchar al exilio? Entiendo que la idea de quedarse en Rumanía era importante. ¿Fue por miedo al desarraigo vital, a perder el contacto con la lengua?

– En primer lugar, el problema no era que no pudieras irte; el problema era que no podías regresar jamás, y esto me horrorizaba.

Por otra parte, estaba también mi madre, a la que no quería abandonar, como es lógico. Y tenía miedo de romper con todo, en especial por algo que no entendía… No estaba segura de si rompiendo esos lazos con Rumanía y con la cultura rumana iba a poder seguir escribiendo.

También había otro motivo. Un motivo oculto que era mi secreto personal. Me parecía ridículo confesarlo porque pensaba que todo el mundo se iba a reír de mí. Pero la idea de irme y de que Ceaușescu se quedara me parecía inaceptable, porque de ahí se deduciría que él representaba más a los rumanos que yo. El podía aterrorizar a mis compatriotas, pero no tenía derecho a representarlos.

 

“Todos hemos tenido que inventarnos nuestra propia modernidad”

– Por lo que he podido leer en español y en inglés, podría decirse que su escritura ha hecho un viaje desde los juegos de la imaginación de su escritura inicial, los libros de los años sesenta y setenta, a una escritura más sencilla, más pegada a tierra, en los recientes. La imaginación sigue estando muy presente, sí, pero han cobrado fuerza el prosaísmo, el impulso reflexivo, las atmósferas urbanas… No sé hasta qué punto es consciente usted de ese cambio, o si es un viaje planeado o programado con deliberación…

– Me parece una buena pregunta, porque es algo que no había pensado y siempre es interesante ver la opinión que otra persona tiene de mi obra. Es posible que la influencia posmoderna haya propiciado una mayor presencia de lo cotidiano en mi poesía. Lo que decía antes es que la generación de los sesenta, que es mi generación, de la que formo parte, está representada por poetas muy importantes, pero ningún poeta se parece a otro. Por eso digo que todos, cada uno por su lado, hemos tenido que inventarnos nuestra propia modernidad. Mientras que las generaciones posteriores han tenido más contacto con el exterior y han sentido de manera íntima, digamos, la influencia de otros movimientos literarios, europeos, americanos, como el posmodernismo… Y quizá, con el tiempo, esos movimientos también hayan influido en mí. Así que estoy de acuerdo, es posible que mi poesía tienda ahora hacia formas más depuradas, más esenciales… Y que el resultado sea más sencillo. Pero también es una poesía más pesimista que la de hace años, porque entonces el mal parecía estar encajado o delimitado por un contexto histórico, por un contexto político muy concreto, mientras que ahora el mal parece la semilla del universo.

Me acuerdo mucho de algo que dijo una vez Lech Wałęsa y que me impresionó mucho, y es que después de 1989 se dio cuenta de que en condiciones de libertad el mal saca más provecho que el bien de la libertad. El mal es más ventajista, y esto es algo muy deprimente, porque si te pasas la vida esperando conseguir la libertad y descubres que el mal se aprovecha de ella…

– Diría que antes tenían ustedes una noción política o ideológica del mal, mientras que ahora es una noción metafísica, como parte del tejido mismo del universo.

– Exactamente.

– Recuerdo que hace años Adam Zagajewski se lamentaba con cierta ironía de que los jóvenes poetas polacos se pasaban el día imitando a John Ashbery; los veía sumidos en un papanatismo cultural y un entreguismo a la cultura pop estadounidense que suponía, en última instancia, un desprecio de su propia tradición europea.

Pasando a su propia obra, es interesante ver que sus poemas tienden a ser breves, pero de una brevedad vertiginosa, en la que suceden muchas cosas. Son textos que suelen arrancar de un elemento concreto, pero ese elemento empieza de inmediato a transformarse, a sufrir una metamorfosis muy peculiar: una iglesia se convierte en barco, pongamos, y pronto esa metáfora genera nuevas imágenes y ocurrencias. El resultado tiene algo de montaña rusa que somete al yo lírico a todo tipo de mutaciones en el espacio de unos pocos versos. ¿Hasta qué punto controla usted ese proceso?

– No lo había pensado, pero eso que dice resulta interesante… Yo creo que soy una persona bastante racional, y prueba de ello es que escribo muchos ensayos y prosa analítica. Pero tengo un sentimiento muy fuerte de que la poesía no es mía, de que se me trasmite de alguna forma para que yo canalice y aproveche esa trasmisión. En realidad, creo que es algo que todos los poetas han sentido. Y eso te vuelve humilde.

Lo que sucede es que te vienen a la mente unos versos que no tienen relación alguna con lo que haces, y no sabes –no entiendes– por qué vienen; parece algo sobrenatural, casi. Y entonces uno toma esos versos y les da continuación, escribe el poema, pero a lo mejor al escribirlo desciendes a otro plano más a ras de tierra. Quizá lo que sucede es eso, pero no soy capaz de explicarlo.

La prosa me he convertido en una escritora profesional”

– ¿Por qué se pasó a finales de los años setenta y en los ochenta a la prosa, tanto la de ficción como la memorialística? ¿Qué le aportaron esos libros que no hallaba un cauce de expresión en la poesía? ¿Cómo lleva esa convivencia entre géneros?

– La prosa me ha dado mucho. En primer lugar, me ha dado la certeza de que escribir está en mi mano, que depende de mí, porque cuando escribo poesía siempre tengo la sensación de que el impulso viene de fuera y de que nunca volveré a escribir. La prosa me he convertido en una escritora profesional y me ha dado mucha certitud, mucha seguridad. No conozco un sentimiento más placentero y al mismo tiempo más capaz de infundirme ánimos: saber que paras de escribir porque te duele la mano, te duele la espalda, te vas a dormir, pero que al día siguiente verás la última frase y retomarás la escritura.

Esto lo he descubierto a posteriori, pero no fue el motivo por el que empecé a escribir prosa. Tenía la sensación de que no podía llegar a la realidad mediante la poesía; o, mejor dicho, de que, si reflejaba toda la realidad, la realidad en toda su densidad y su peso material, destruiría la poesía. Era como poner trozos de mineral o de hierro en un barco de papel. Me hacían falta otros medios para reflejar o abarcar toda la realidad que me interesaba.

– Me pregunto si esa mayor presencia de lo cotidiano, ese prosaísmo –en el mejor sentido de la palabra– que señalaba antes en su poesía reciente, no viene quizá de que la prosa ha ido contaminando o condicionando un poco, para bien, sus poemas.

– Yo diría más bien que ocurrió lo contrario. Es la poesía la que ha pasado a la prosa, porque yo me propuse escribir sobre la realidad, pero acabé escribiendo narrativa fantástica.

 

“Vivimos en un mundo en el que ya no hay criterios”

– La imagen del «reloj sin horas» de su último libro me hace pensar en los cambios que ha experimentado nuestra relación con el tiempo: parece como si viviéramos tan velozmente que el tiempo ha perdido peso. Estamos lanzados en una carrera frenética a ningún sito y no hay manera de bajarnos del tren en marcha. Y a fuerza de ir tan rápido el tiempo se ha desvanecido. ¿Qué papel pueden seguir jugando la poesía, la literatura imaginativa, la literatura de creación en esta sociedad de mercado ultra-capitalista? Lo digo porque usted ha vivido la mayor parte del tiempo en un sistema diametralmente opuesto, y tengo curiosidad por conocer su opinión.

– No sé si puedo contestar a su pregunta, pero sí querría decir algo sobre esa imagen del «reloj sin horas». Es una imagen que aparece de manera recurrente en mi prosa; en Falso tratado de manipulación, por ejemplo. Y recuerdo aquella vieja película de Ingmar Bergman, Fresas salvajes, en la que los relojes habían perdido las manecillas, y uno tenía la sensación de que eran los personajes los que estaban fuera del tiempo, los que se habían salido de él. Aunque para mí lo terrible era que esas manecillas inexistentes ya no tenían ningún sitio al que apuntar.

Respondiendo más en concreto a su pregunta, creo que la manipulación es muy importante en esta sociedad globalizada en la que vivimos. Lo que interesa es crear una población cada vez más controlable, más manipulable, que no sea capaz de descubrir ni desarrollar sus propios puntos de vista. Esto hace que el arte o la literatura de calidad tengan un marco de acción cada vez más reducido, apenas una franja estrecha por donde transita con dificultades. Por otro lado, el eco de la gran literatura se oye y se reproduce en un número creciente de festivales literarios que antes no existían; no, al menos, cuando yo vivía en una dictadura. Pero creo también que, en esta nueva sociedad, en la sociedad en la que vivimos, el escritor se siente cada vez más solo y aislado, más carente de significado. De ahí que todo lo que hace le proporcione un sentimiento de futilidad.

Vivimos en un mundo en el que ya no hay criterios. En este sentido, creo que en ningún momento de la historia había sido tan difícil decidir qué está bien y qué está mal. Antes teníamos a las religiones, que distinguían con firmeza el bien del mal (las dictaduras, por cierto, hacían lo mismo), con el resultado de que el ser humano no se veía en el trance de decidir por sí mismo. Mientras que ahora, con esta confusión enorme que hay en las noticias, las llamadas fake news, se hace muy difícil elegir, discriminar. En estas circunstancias, el papel del escritor sería meditar sobre el mundo y sugerir conclusiones, pero esto tampoco parece muy posible. Lo vemos incluso en el caso de los premios Nobel: antes, hace años, el premio Nobel significaba algo. Pero son tantos los escritores mediocres que han sido galardonados, tantos los escritores que han demostrado a la larga su poca valía, que el Nobel ha dejado de ser un valor absoluto. En realidad, ya no hay valores absolutos. Es cierto que la técnica, la ciencia, siempre van a más y no dejan de progresar, pero en los asuntos del alma las cosas son distintas. Ese equilibrio en los asuntos del alma se ha perdido, y a lo peor los escritores, que deberían hacer de contrapeso, no cumplen con su deber.

            Hay una razón muy concreta, una cuestión de orden objetivo, por la cual el humanismo pierde terreno ante los intereses del gran mercado y su necesidad de crear poblaciones manipulables y que no piensen, y esa razón es la falta de tiempo. ¿Quién tiene tiempo para leer? Y encima cuando la educación clásica ha dejado de existir. Antes se estudiaba latín y griego y la educación humanística tenía un peso. Pero en la actualidad no hay más que ordenadores, matemáticas, técnica, que lo ocupan y lo monopolizan todo, hasta el tiempo. En esas condiciones, ¿quién va a hacer tiempo para leer Guerra y Paz? Lo mismo ha ocurrido en el campo del arte cinematográfico, convertido ya definitivamente en una gran industria. En los años sesenta el arte de la imagen era más sintético y se acercaba a la filosofía y la poesía. Pensamos en las películas de Antonioni, de Bergman…

– Quizá, como hizo usted al principio de esta entrevista, cabría definir la poesía como el lugar donde es imposible mentir. Como el lugar por excelencia de la autenticidad.

– Es una observación excelente. Además, la poesía es el arte verbal más sintético, en mucho mayor grado que la novela, y esto permite que en los buenos festivales, que existen, uno pueda charlar y entablar contacto con gente interesante.

 

“En la Antigüedad la poesía estaba en el centro del mundo. No podemos olvidarlo”

– Es también un arte muy humilde. La poesía es muy poca cosa, en realidad: se hace con una mano, con la mente, con la voz… Y se produce ese contacto humano en mucha mayor medida que en otras artes: una necesidad atávica del cuerpo, de la voz. Muchos de los que van a sus recitales, por ejemplo, quieren oírla leer en rumano, un idioma que no conocen.

– Ese es el camino, sí. Recuerdo que en la década del 2000 se fundó la Academia Mundial de Poesía en Verona. Fue una iniciativa de la alcaldesa de Verona, que tenía una gran personalidad. A la UNESCO le gustó el proyecto, pero luego no fue posible sacarlo adelante. Eso sí, se hizo una proclamación oficial, y en ella se decía que la finalidad de la Academia era la de recolocar la poesía en el centro del mundo. Lo que a mí me pareció muy interesante fue la utilización de esa palabra, recolocar. Porque así era: en la Antigüedad lejana la poesía estaba en el centro del mundo. De hecho, la poesía y la religión se confundían. No podemos olvidarlo.



[†] Doy las gracias a Viorica Patea por su trabajo como intérprete y mediadora, y a Paula Doce por su labor de transcripción de las grabaciones originales.

Escrito en Conversaciones Revista Turia por 

Jordi Doce



lunes, 6 de abril de 2026

Infancia y poesía según Mercea Cartarescu (Para que no digas que estoy gagá)

 En conferencia en la FILBOGOTÁ:


"Es un pleonasmo decir que un niño es poeta. La poesía y la infancia es lo mismo. El poeta es esa persona que es capaz de permanecer como un niño hasta el final de su vida. Ser poeta no significa escribir libros de poemas, puede haber poetas que no han escrito nunca nada. Porque ser poeta significa ver la belleza de las cosas. No donde la ve todo el mundo, en las flores, en los pájaros, sino en cualquier objeto por humilde que sea. La poesía se encuentra en todas las partes. Esta botella está llena de poesía (señala la botella de agua), de hecho todos vivimos en un gigantesco poema, somos parte de él, penetra en nosotros a través del aire, sale de nosotros a través de la transpiración y somos todos palabras de ese poema. Y un poeta es la persona que puede ver las cosas como las ve un niño, sin esa capa de oscuridad social que llega con nuestra entrada en el sistema social, sin preocupaciones por el dinero, por la fama, por aumentar el ego, solo alegría. Poesía y libertad es la misma cosa. El poeta es la persona más libre del mundo, vive solamente para traer alegría al resto de los seres humanos."

sábado, 4 de abril de 2026

Empecé El levante

 Mircea Cartarescu. Fragmento de El levante:


"Manoil entró en la habitación, situada bajo la cubierta, tomó la pluma de oca, la introdujo en el tintero y escribió con tinta rojiza: “Oda a la pobre Valaquia, saqueada por el Lobo-Voivoda”. Se quedó pensativo unos instantes y lo borró. A continuación escribió: “Elegía a las tumbas de los antepasados, en las que se observa el doloroso estado de la nación”. Y su imaginación echó a volar:

“Cuando el ruiseñor llora en el bosquete de romero
Y los arroyos se rizan en olas
Cuando las chicharras cantan bajo los rayos divinos
Que se apresuran hacia el poniente,
Yo empapo la almohada con mis lágrimas, pues recuerdo
Las desdichas de la patria
Y en mis sentidos crece un mar acongojado
Asolado por los espíritus malvados

Extranjero que recorres el mundo,
Por mares o caminos polvorientos,
¿Has encontrado en otra parte una alegría mayor
Y mayor provecho
Que en el campo verde esmaltado de flores?
¿Que en las tierras de mi patria?
¿Que en las blusas bordadas y los pañuelos del dulce traje
De nuestras doncellas de cabellos dorados?

Podrías pensar que Valaquia es un trozo de paraíso,
Pero, ay, ¡estás tan equivocado!
¡Pues hoy su tierno seno es engullido por los sinvergüenzas
Que sometieron la región!

¡Oh, maravilloso país, lo que fuiste en otra época
Y lo que eres ahora,
Bajo la suela de los llegados de Fanar!
Tus niños tiemblan y las madres aúllan de dolor,
Pero a los griegos no les importa.

Sobre las blancas tumbas de los héroes de antaño
Crecen malas hierbas.
Bajo ellos gimen Mihail el Bravo y Mircea Voievod
Como gemimos nosotros bajo los turcos,
Ay, nuestra estrella se ha puesto, ay, nuestro ángel ha muerto
Y el sable está enmohecido,
¡Ay, los griegos son ahora los dueños de la patria,
Mercaderes que fingen ser aristócratas!

Levántate de tu tumba, Brâncoveanu, levántate, rumano,
Recuerda
A Cato y a Brutus con las águilas en la mano,
A los grandes caudillos de Roma,
¡Pues el águila en cuervo con la cruz en el pico
Se transformó con el paso del tiempo
Y el romano se hizo rumano, ese fue su destino,
Y es un hombre valiente!

Levántate, nación, mujer llorosa,
Mira, las tumbas se abren
Y de la sombra humeante salen fantasmas nobles
Que desafían a los siglos.
¡Arriba, arriba, contemplad los laureles y la independencia
Y como leopardos terribles
Desgarrad con vuestros colmillos y vuestras garras
A los depuestos tiranos!

¡Señor que estás en el cielo en un trono de rayos,
En Tu silla de plata,
Permíteme vivir para ver cómo el dragón
Entrega su alma,
Para ver a un pueblo orgulloso en un país dichoso
Y cerrar luego los ojos
Y así partiré sonriente
Y feliz de este mundo!

Mira, la noche se torna más cerrada y cubre la Hélade, mira, las estrellas con sus miles de destellos, amarillas como el azafrán, vierten su copa en el mar de mercurio y de ensueño. Apacibles medialunas de oro se bañan en olas de lapislázuli. La luna, un cuerno de estaño, ha partido de la cúspide de la mezquita y se ha tendido sobre las olas como un párpado sobre la córnea, como la pestaña de una odalisca sobre el rostro de un isicasta. La medialuna se hace añicos fríos sobre la bahía. El delfín sale de las aguas y recoge polvo de oro de la bóveda celeste. Un sudor dorado hace que brillen en la oscuridad los mástiles y los odres de las velas se hinchan en un cielo de icosari. El mar es liso como el cristal, el cielo es de madreperla. El polvo de las estrellas ilumina como si fuera de día, el Escorpión mueve su aguijón, las Pléyades se pasean por la bóveda, las Osas brillan como piedras preciosas en un cofre, Géminis se inclina sobre el parapeto de la esfera celestial. Todo lo que alcanza la vista son islas. El único rumor es el de la luna al deslizarse por las ruedas dentadas, como la Virgen del reloj cuando se asoma con el niño a la ventana. Las estrellas se arrojan a las olas y las olas a las estrellas."

viernes, 3 de abril de 2026

Socorro (Diez páginas de la novela están cubiertas con esta única palabra)

 Acabo de terminar de leer Solenoide, de Mircea Cartarescu. No sé quién soy ni dónde estoy. Tengo miedo de leer algo más y de escribir.


Acabo de terminar de leer Solenoide, de Mircea Cartarescu, y esto es una botella al mar: Necesito hablar con alguien que haya leído la novela, que me diga si este autor es humano o una bestia apocalíptica.


Acabo de terminar Solenoide, de Mircea Cartarescu. Es el cuarto libro que leo de él pero nada me preparó para esta máquina de locura y maravilla. ¿Cómo se puede hacer todo eso con palabras?

miércoles, 25 de marzo de 2026

Cuando empecé esta novela no pude avanzar por su violencia verbal. Ahora reintento en taller

Fragmento de El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, de Tatiana Tibuleac.




 «Párate, párate», las oía sin escucharlas y yo respondía en la misma

lengua que había encontrado de repente en mi cerebro, como encuentran los

bebés el pezón de su madre. Habría dado cualquier cosa por morir en ese

momento, por descomponerme en millones de partículas y unirme a aquella

columna temblorosa e infinita, aunque eso hubiera significado despertar

formando parte de un monstruo desconocido. Sin embargo, la voz de la

abuela desapareció de repente, tal y como había aparecido antes, llevándose

consigo el secreto más bello que se me ha mostrado jamás.

Regresé a mi herida, que se había abierto de nuevo y supuraba. Me

acosté como un perro en el umbral frío y azulado; entretanto, el aire a mi

alrededor había empezado a hervir y a sacudir todos los objetos como si

fueran adornos de silicona. El montón de piedras junto al cobertizo formó

una línea recta y larga y partió, ondulándose como una serpiente, hacia el

horizonte, que castañeteaba como una boca abierta. La casa me

contemplaba desde arriba como el rostro de un muerto, con unos postigos

verdes en lugar de párpados.

Quería poder morir con sencillez, con comodidad, deprisa. Quería que

la muerte se doblegara a mi voluntad, poder invocarla en cada segundo sin

esfuerzo y sin costes. Ello habría sido posible si la muerte hubiera sido

inventada por alguien con más discernimiento, alguien que no la hubiera

protegido tanto, sino que la hubiera reducido a una simple función. Un

tercer ojo, una tercera sien, un corazón a la derecha que desconectaran

unilateralmente los cuerpos inútiles en caso de necesidad.

La imposibilidad de morir cuando tenía la necesidad absoluta de hacerlo

fue la injusticia más grande que se ha cometido conmigo, y conmigo se han

cometido muchas injusticias. Empezando por mi nacimiento de una mujer

completamente desconocida.

viernes, 20 de marzo de 2026

Esta novela resulta embriagadora

Solenoide de Mircea Cartarescu. Acá https://impedimenta.es/archivos/4215


Ediciones IMpedimenta



 El protagonista escribe convencido: “Si no existieran los sueños, jamás habríamos sabido que tenemos alma. El mundo real, concreto, tangible, sería lo único que existe, el único sueño permitido y, en tanto que único, incapaz de reconocerse a sí mismo como sueño. Dudamos de él porque soñamos”. Sus sueños, no obstante, están repletos de horribles imágenes, muchas son fantasmagóricas pesadillas, a través de las cuales mide la realidad de su día a día, que es a su vez triste y oscura. Al menos hasta que aparece en su vida el solenoide, la enigmática bobina energética que da título a esta subyugante novela.

La estética de Solenoide viene de algún modo apadrinada por los desvelos oníricos de Nicolas Vaschide y las filigranas tecnológicas de Nikola Tesla, éste último padre putativo del solenoide, engendro mecánico con el que Cartarescu hace verdadera magia. Bastará con pulsar el interruptor del aparato para que el lector se vea suspendido, como sus protagonistas, en un mundo de fantasía más físico de lo que uno quisiera admitir. Así de intensa es la lectura de estos pasajes, toda una experiencia tremendamente difícil de compartir aquí en unas pocas líneas.

Pero si una visita al “lado salvaje” de esta novela resulta embriagadora, no menos intenso se presenta el acompañar al protagonista por las desnudas y moribundas calles de una Bucarest levantada sobre hierro y cemento, aquí dibujada magistralmente a través de un realismo imponente, frío y gris, que choca de frente con esos otros aires pesadillescos, casi lovecraftianos, que recorren Solenoide. Igualmente fascinante resulta asistir a esas reuniones de profesores sepultados por la rutina, en un muy crítico retrato soterrado del régimen de Ceaucescu, nada complaciente.

El cómo consigue Cartarescu intercalar atmósferas tan dispares resulta simple y llanamente admirable y quizás radique ahí el secreto de su éxito, en esa capacidad para igualar el tono de una narración que se mueve entre tantos mundos, todos ellos retratados con precisión de entomólogo. No por nada, los bichos, la vida microscópica, poseen una importancia capital a lo largo de está novela cósmica de aires decimonónicos, única en su género. Para hacerse una idea aproximada de en qué submundos se mueve Solenoide, tan solo se me ocurre un juego macabro: imaginen una historia de Franz Kafka (aquí el gran homenajeado) filmada (a su bola, cómo no) por David Lynch, a ver qué les sale. Las referencias a Borges terminarán resultando, por otro lado, inevitables. Tampoco Cartarescu querrá ocultarlas. Solenoide es un perpetuo homenaje a los lectores, también a la misma historia de la literatura.

En el posfacio que acompaña a esta elegante primera edición en cartoné (la segunda, según se ha anunciado, será en rústica), Marius Chivu califica a Cartarescu de narrador “lírico-fantástico-metafísico”, y no se me ocurre mejor definición. Solenoide no deja de ser un ejercicio estilístico supremo, que incurre, como todo tocho que se precie, en una serie de excesos: un quizás demasiado rimbombante uso del lenguaje (sobre todo del lenguaje técnico o científico), algún que otro ramalazo de cursilería (a Solenoide, en ocasiones, se le ven las costuras de “novela de poeta”), una cierta tendencia a sublimar lo cotidiano (todos hemos ido con miedo al dentista), y, sobre todo, un imperdonable (por pueril) abuso de la palabra “socorro” a lo largo de diez páginas completas.

Con todo, dichos excesos (defectos) son absorbidos por el artefacto que es Solenoide, toda vez que pueden achacarse al protagonista de la novela, ese frágil letraherido que mientras desgrana en sus diarios sus frustraciones humanas y sus temores más íntimos va creando involuntariamente la más grande e insospechada de sus obras literarias, una suerte de bola de nieve de palabras, dotada de una poética propia y delirante, también errática, finalmente peligrosa, que lo consumirá.

Solenoide no es una obra maestra, ni falta que le hace. Le ocurre igual que a La broma infinita (1996), de David Foster Wallace, obra con la que comparte no pocos paralelismos. Ambas son novelas totalizadoras de las estéticas de sus autores, ambas funcionan como catálogos razonados de sus filias y sus fobias. En Solenoide, obra personalísima como pocas, nacen y mueren todas las vidas de Cartarescu, también, cómo no, todas sus literaturas. Empiecen o terminen por aquí, da igual. Pero léanla. Porque por su contundencia y ambición, Solenoide está llamado a convertirse en uno de los títulos importantes de lo que llevamos de siglo.

P.D.: Resulta imposible no alabar la impecable traducción que se ha marcado aquí Marian Ochoa de Eribe, conocedora en profundidad de la obra del rumano, cuyo trabajo se antoja perfecto. Ella es en gran medida responsable de que la lectura de Solenoide se termine convirtiendo en toda una experiencia inolvidable.


jueves, 12 de marzo de 2026

Adamesteanu


Gabriela Adamesteanu: “Mi único credo ha sido no mentir, pero en una sociedad totalitaria no resulta sencillo”

 por 

Marian Ochoa de Uribe

En el panorama de la literatura rumana contemporánea, destaca sin lugar a dudas la novelista, cuentista y traductora Gabriela Adameşteanu (Târgu Ocna, 1982), cuya obra está muy bien representada en español. Pocos autores han sido capaces de combinar con tanta maestría la fuerza del latido histórico, los avatares del pueblo rumano a lo largo del siglo XX, el sufrimiento vivido bajo las dos Guerras Mundiales y las sucesivas dictaduras de distinto signo por una parte, con el plano de la historia individual, de la intrahistoria unamuniana tomada en su sentido más amplio, por otra. Dotada de un oído excepcional para captar los ecos más sutiles de las voces de sus personajes, resulta imposible no dejarse llevar por su brío narrativo a través del laberinto histórico reciente de Rumanía. Las novelas de Gabriela Adameşteanu son el más acabado ejemplo de que la Historia por sí sola no alcanza a descubrir ni revelar las vivencias más profundas del individuo.

 

“Huyendo del oficio de escritora”

- Su carrera literaria comenzó tarde, tras un periodo como redactora en la Editura Politic. Allí su labor consistía en elaborar material puramente informativo, fichas sobre autores... ¿Cómo se produjo ese paso a escribir ficción? En sus novelas se confirman, además, las palabras de H. Broch: el “papel de una novela es descubrir lo que solo una novela puede descubrir”? ¿Existe una preocupación cívica en su obra?

- Mi carrera literaria empezó tarde porque no era algo que yo buscara. Estoy trabajando ahora en un libro de memorias, Oficios poco recomendables para una mujer, en el que planteo cómo, a lo largo de mi vida, he evitado muchas veces ser escritora. Las causas son múltiples y nacen de la educación recibida en casa para la “señorita” de la familia: mi madre, al ver que me “devoraba” la pasión por la lectura, se temía que yo no fuera normal. Nunca he tenido tiempo suficiente para leer todo lo que habría querido, he leído en aulas, en anfiteatros, en el tren, en autobuses abarrotados, mientras hacía cola, en reuniones, mientras daba de mamar, mientras comía, mientras llevaba a cabo labores rutinarias, leí Doctor Fausto de Thomas Mann cuando estaba a punto de dar a luz y A sangre fría de Truman Capote unos pocos meses después del parto. Siempre llevaba una novela encima. Durante las primeras vacaciones con mi marido, en la montaña, en tienda de campaña, no pudimos llevar libros debido al peso de los bultos que acarreábamos, y yo me sentía como si tuviera síndrome de abstinencia, aguardaba las hojas de periódico en las que habíamos empaquetado las conservas para leer siquiera la prensa desprestigiada de la época. Pero el rechazo al oficio de escritora se debía también a la literatura propagandística de los manuales escolares (odas a Stalin, al Partido Comunista, el único y todopoderoso, etc.) y al realismo socialista, el método literario obligatorio, importado de la Unión Soviética, que se me impuso por la fuerza. Me costó librarme de la forma como había aprendido a hacer análisis literarios distorsionando el sentido. Sabía manipular los textos para enfatizar la lucha de clases, confeccionar caracterizaciones elogiosas de los personajes positivos (el activista, los trabajadores con elevada conciencia de clase, etc.…) y destructivas de los personajes negativos (el terrateniente, el tránsfuga, el latifundista), destacar los finales felices, bien politizados. Mi crítica desmedida (cultura de la cancelación avant la lettre) se aplicaba también a los autores fallecidos porque no se ajustaban a la corrección política de nuestra época. Al principio, el realismo socialista fue impuesto abiertamente a través de artículos publicados en Scânteia y los escritores oficiales lo adoptaron enseguida por motivos económicos y pensando en su carrera (los derechos de autor, los premios importantes, la inclusión inmediata en los libros escolares, etc.). Los inadaptados vivían en la miseria o estaban en la cárcel, gran parte de la literatura rumana y extranjera estaba prohibida y yo estaba convencida de que no se podía hacer literatura verdadera en el país donde vivía. Siguió, mientras estaba en la facultad, un periodo de apertura política y cultural, la historia y la teoría literaria cambiaban de un día para otro. Lo viví con alegría, luchando con toda mi alma por borrar los automatismos del realismo socialista y el viejo vocabulario crítico, descubrí los libros hasta entonces prohibidos y redacté mi tesina con el tema Modificaciones del personaje literario en Marcel Proust, A la búsqueda del tiempo perdido, un ciclo de novelas que tuvo un gran impacto en mi escritura.

 

“Como periodista, he tenido preocupaciones cívicas; como escritora, mi preocupación ha sido no mentir”

Rehuía también el oficio de escritora porque lo considero muy difícil y muy expuesto, más incluso que el de escritor; quería estudiar Medicina o Historia de la literatura, ha habido periodos en los que no me he ocupado de la ficción: me dediqué al periodismo y a la gestión de prensa durante diez años tras la caída del comunismo… Eso duró, como ya he dicho, hasta que me convencí de que podía escribir libremente lo que yo quería. Y mi único credo ha sido no mentir, algo que puede parecer banal, pero que, en una sociedad totalitaria que quiere hacer propaganda a través de la literatura y el arte, no resulta sencillo. No he tenido credos cívicos como escritora (los he tenido, sin embargo, como periodista), no me gusta la literatura “con mensaje explícito”. En mis novelas y relatos he querido mostrar eso que no se veía, la vida verdadera, porque la sociedad rumana ha vivido durante medio siglo en una gigantesca mentira. He escrito sobre los destinos de las personas corrientes, sobre cómo se enfrentan a las dificultades cotidianas, sobre los traumas que las guerras y las dictaduras de esta sufrida parte de Europa les han causado, sobre lo difícil que es elegir en la adolescencia (El mismo camino de todos los días) y lo difícil que es ser viejo y pobre (Una mañana perdida).

 

“Cada escritor es único, no tiene edad ni género”

Vuelvo sin embargo a la pregunta de más arriba. Como terminé la facultad con una nota media muy alta, fui destinada a la Redacción de Diccionarios de la Editura Politică, que dos años después pasó a ser la Editura Ştiinţifică şi Enciclopedică, donde trabajé diecinueve años. Redactaba artículos de diferentes dimensiones sobre los escritores, una tarea rutinaria. Ahí, en ese trabajo con una jornada fija y larga en la que me aburría, irrumpió ese impulso de escribir prosa que había reprimido durante tanto tiempo, quizá porque llevaba en mi interior la herida de la pérdida de mi padre, al que me había sentido muy apegada. No había escrito nada hasta los veintiocho años, no tuve ningún periodo de “aprendizaje”, la novela de debut, El mismo camino de todos los días, recibió una gran acogida, ganó dos premios y está traducida a seis idiomas. Coqueteaba todavía con la idea de que sería mi única novela y de que me dedicaría a otras cosas cuando empecé a escribir otra, Una mañana perdida y, entre ambas, publiqué también relatos. Después de comenzar a escribir, el hambre enfermiza de ficción, la enfermedad de la lectura -y también su deleite- se apaciguó. Contaba ya con un ojo profesional que sopesaba fríamente la estrategia de la emoción y empecé a elegir lecturas más acordes con mis temas y mis personajes. La sorpresa fue comprobar que escribía de forma diferente a mis autores favoritos, no me había contaminado, seguía escribiendo a mi manera. Cuando me sumerjo en el estilo de un libro, leo lo que está relacionado o guarda afinidad con mi escritura. Amo la literatura también en los libros de mis colegas, indiferentemente de la generación a la que pertenezcan. Para mí, cada escritor es único, no tiene edad ni género: me interesa la manera como ve el mundo otra persona, la forma como cuenta su historia. Pero pasaron diez años en los que no leí ficción en absoluto, en 1985 me trasladé de la Editura Enciclopedică a una gran editorial literaria, Cartea Românească, donde tenía que leer mucho, incluso maculatura, todo bajo la presión de la censura, y “me intoxiqué”. Sin embargo, en mi época dedicada al periodismo (1990-2005), cuando no leí ficción, descubrí los mecanismos del mundo de hoy en día, algo que resultó de gran ayuda cuando retomé la escritura.

 

“Atrapar la historia como si fuera una presa”

- La historia de Rumanía es un personaje más junto a muchos otros personajes inolvidables (Vica, Letiţia Branea…). El pasado-presente de Rumanía (es decir, la historia con mayúsculas, la historia colectiva) y el pasado-presente de los personajes (la historia con minúsculas, la historia individual, la intrahistoria unamuniana) van de la mano en sus novelas. Como decía Antonio Muñoz Molina: “A veces la biografía de las personas tiene una correspondencia decisiva con las circunstancias históricas: eso les permite experimentar en primera persona las grandes mutaciones de un devenir colectivo”.

- Su observación me recuerda lo que escribió André Clavel en Lire, en otoño de 2005, cuando apareció la edición francesa de mi libro Una mañana perdida en la editorial Gallimard: “De un personaje a otro, desde la I Guerra Mundial hasta el periodo estalinista, de un campo de batalla a las cárceles donde se pudren los prisioneros políticos, en esta “mañana” para siempre perdida desfila la Historia con su abrigo rojo y negro.

Pero cuando escribí las primeras páginas de ese libro, la idea de considerar la historia como un proyecto de mi ficción estaba muy lejos. No había aparecido como protagonista en los dos libros anteriores, El mismo camino de todos los días (1975) y la colección de relatos (Regálate un día de vacaciones, 1979). En ellos los acontecimientos tenían lugar en los años 60-70, es decir, en mi presente de entonces. Ahora solo quería esbozar un personaje, Vica Delcă, plasmar una instantánea a través de su forma de hablar rudimentaria, popular, nada habitual en un ambiente lingüístico correcto y abstracto, con influencia de la lengua de madera de la época comunista. Sin embargo, renuncié enseguida, porque mi personaje no tenía destino alguno y no sabía qué hacer con él. Lo retomé al cabo de un par de años, tenía en mente una novela sobre la vejez, la pobreza y la muerte. Había cumplido ya treinta y tres años, había dejado atrás esa frontera que yo llamo “eterna juventud”, en la que no ves los límites, o al menos no ves los tuyos. El destino de mi personaje (una mujer de la tercera edad, antigua propietaria de un bistró, que acabó siendo una costurera con el comunismo) me espantaba ahora que veía su final. Entre tanto habían aparecido otros personajes, de su misma generación, capaces de comunicarse, pero tuve que renunciar de nuevo. Me di cuenta de que, en realidad, estaba escribiendo una novela, no un relato, y de que era demasiado joven en relación con mi personaje: mi memoria era la mitad de la suya. Yo era una hija del comunismo y este había borrado las huellas materiales, económicas y sociales del pasado. Siempre me había gustado escuchar a la gente mayor que había vivido en otra sociedad, pero no bastaba con sus historias, tenía que documentarme. Y eso no era fácil, la historia oficial había falsificado siempre los acontecimientos en función de los cambios políticos y lo hizo con especial ahínco  durante el comunismo, cuando lo político distorsionó por completo la verdad histórica. La historia fue utilizada para ofrecer legitimidad al partido comunista (un partido muy pequeño antes de que el ejército soviético le concediera el poder), y también para glorificar a Ceauşescu, que se veía como el descendiente de los valientes vaivodas imaginados por él. Los modelos nacionalistas fijados a través de grandes festivales que conmemoraban un pasado falso dejaron, por desgracia, una profunda huella que se percibe todavía en la mentalidad de los rumanos de hoy. Odio esas mentiras nacionalistas, algo que también observó André Clavel en el artículo mencionado: “La novelista no es piadosa tampoco con lo que ella llama crudamente “taras nacionales”.

Cuando empecé a documentarme, podían consultarse en la Biblioteca de la Academia, a través de unos permisos espaciales y en un horario determinado, los libros y los periódicos de antes de la guerra, pero yo tenía un trabajo, obligaciones familiares y, además, no sabía qué estaba buscando exactamente. Conseguí dar con algunas memorias escritas después de la I Guerra Mundial y en ellas escuché las voces de la gente del pasado. Me demoraba en las casas en las que quedaban objetos del pasado, recorría museos, exposiciones de ropa antigua, fue una búsqueda continua de detalles, una aventura apasionante para captar no solo el color histórico, sino la forma como la Historia era vivida por los seres humanos implicados en ella. Yo conocía ya la lengua popular, pero descubrí la juventud de mis personajes, aprendí la lengua salpicada de galicismos en las casas burguesas de comienzos de siglo, etc. Debo mencionar, sin embargo, que el respeto por la verdad histórica me lo transmitió mi padre cuando era pequeña. Él fue un apasionado profesor de historia, me relataba en la infancia momentos no falsificados, estudiaba documentos de la Edad Media para sus artículos, por desgracia inconclusos. Falleció cuando yo estaba en la universidad.

 

“Cómo se transforma la actualidad en historia”

He tomado Una mañana perdida (mi libro más conocido, traducido a diecisiete lenguas) como modelo porque la Historia en tanto que proyecto solo aparece en este libro y en Vidas provisionales. Vidas provisionales es la historia de un amor secreto, bajo el signo de lo provisorio, el mismo signo bajo el que se encontraba el país que había pasado de una dictadura de extrema derecha (la de Ion Antonescu) a una de extrema izquierda (la de Gheorghiu-Dej y Ceauşescu), en la que vivían mis personajes -Letiţia y Sorin- y en la que habían vivido sus padres. Me resultó sencillo documentarme esta vez porque la escribí en libertad (apareció en Rumanía en 2010), aunque llevaba mucho tiempo pensando en ella. Supo interpretarla muy bien Gabriela Gheorghişor, una reputada crítica literaria: “Vidas provisionales no es tan solo una perturbadora historia de amor, sino también un fresco social y político del mundo rumano en el comunismo, una amplia crónica histórica de las turbulencias del siglo XX (el movimiento legionario y la dictadura de Antonescu, la época estajanovista de Gheorghiu-Dej, las etapas del ceauşismo), tejida tanto con los hilos “de los dosieres existenciales” de una multitud de personajes, como con los atajos del narrador omnisciente, una instancia de una objetividad afilada y con un agudo poder de observación. Y que sabe, al mismo tiempo, mantener el suspense, la gracia al cortar las escenas y la variedad de ángulos de grabación de los reflectores. En virtud de un sutil paralelismo, la historia personal de Letiţia se refleja en la Historia de Rumanía, “un país movedizo e inconstante”. No es casualidad que su relación con Sorin, llena de esperanzas, nazca en un periodo de relativa apertura, pero la progresiva desilusión llega al clímax junto con “la vuelta de tuerca” ideológica y la nueva glaciación de los años 70. Ellos ilustran dos modos diferentes de (sobre)vivir […]: mientras Letiţia se refugia, defensiva y liviana, en eros y en la escritura, el enérgico y calculador Sorin entra en la red de compromisos arrastrado por el afán de alcanzar una situación privilegiada”.

Lo interesante es que la novela ha sido mejor entendida entre los críticos extranjeros (en Francia, España o Alemania) que en Rumanía, donde fue interpretada más bien como una “novela sobre el comunismo”, aunque gran parte de la misma se refiere a los años 1938-1941, con la alianza y la ulterior pelea entre el Movimiento Legionario y el gobierno del general Antonescu. La opinión pública rumana no ha tenido hasta ahora suficiente información sobre ese periodo y no está todavía dispuesta a contemplar de manera crítica el movimiento de masas de la extrema derecha del periodo de entre guerras.

Por mi parte, me he sumergido con inmenso placer en las novelas de Antonio Muñoz Molina  (El invierno en Lisboa, Plenilunio, El jinete polaco, Beatus ille), afortunadamente traducidas al rumano, y he descubierto, por un lado, unos años de la historia de España desconocidos para mí, una vida cotidiana que me absorbió por completo y, por otro, unos destinos que me recordaban los de mis libros. Y me reconozco por completo en la cita que ha traído a colación. Existe un destino colectivo que modela a las personas, que -sobre todo en tiempos de guerra o de dictadura- incluso las mutila.

 

“Siempre he querido que mi prosa sea atractiva para los lectores”

- En relación con el tratamiento del tiempo, ya sea el personal o el colectivo, es también muy interesante la estructura de sus novelas: una estructura fragmentaria, capítulos dedicados a cada personaje, la forma como presenta la evolución de sus protagonistas a lo largo de los años… El resultado final son unos personajes vivos, creíbles, no unas simples criaturas de papel.

- Siempre he querido que mi prosa sea atractiva para los lectores y debo decir que los periodos de moda literaria experimental que he atravesado (Nouveau roman, textualismo, postmodernismo…) no llegaron, sin embargo, a influirme. Opté por una estructura fragmentaria llevada por esa búsqueda de legibilidad, pero tal vez me condujeran hasta ella los mecanismos internos de la teatralidad, que yo no controlo. Comenzaba mis novelas como si fueran relatos, conocía las frases desde el principio, eso que yo llamo el “sonido” del libro, esencialmente distinto al del libro anterior. El sonido como de “novela retro” (el núcleo de Una mañana perdida) me costó un año de trabajo, escribía concienzudamente y cuando releía el texto, lo arrojaba a la papelera. Pero un buen día escuché el sonido de “novela retro” y vi ya el final, sumido en la niebla. He ido descubriendo las novelas a medida que las escribía, y lo mismo ha sucedido con la trayectoria de los personajes, su autenticidad, que compruebo una y otra vez a través de la relectura. No puedo explicar cómo creo los personajes, no tengo una “receta” porque es un proceso orgánico, natural. Veo continuamente personas (mujeres, hombres, niños) como posibles personajes y personajes como personas de carne y hueso. Naturalmente, como cualquier escritor, atrapo detalles, escenas, pequeñas historias, rasgos físicos, etc. de la vida, pero el personaje no es la suma de esos fragmentos, él despega, asciende en la ficción y adquiere su propio contorno, inconfundible, a medida que escribo. Escribo una página o dos, dejo pasar un tiempo y las releo con una mirada nueva que me ayuda a seguir avanzando. Puedo dejarlo y retomarlo, mucho más adelante, si el proyecto ficcional sigue vivo en mi interior.

 

“Tengo una profunda relación con la escritura”

- Aunque Vica es “su” personaje en Rumanía, yo he asistido como traductora a la evolución de Letiţia Branea a lo largo de tres novelas. Creo que en ella se pueden distinguir algunos temas que Paul Cernat encuentra en sus novelas: la incomunicación, la continua degradación de la existencia, la degradación moral, profesional… ¿Por qué ha permanecido fiel a Letiţia como eje de la evolución de su obra? ¿Responde a la intención de elaborar una especie de Bildunsroman?

- Yo veo esos temas de manera diferente a Paul Cernat. Marcel Proust observó mucho tiempo atrás que cada uno lee un libro diferente en función de su experiencia y de sus obsesiones. En la tetralogía de Letiţia, en la que podemos incluir también Voces en la distancia (acabas de terminar su traducción y aparecerá dentro de poco en Acantilado), he seguido el destino de una mujer, desde la adolescencia de El mismo camino de todos los días hasta la enfermedad de covid en la vejez (Voces…), donde se convierte en un personaje secundario. El cuadro de las edades de Letiţia, desde la infancia en el estalinismo hasta la madurez, cuando emigra a Occidente, y la vejez, cuando regresa a una Rumanía capitalista para intentar recuperar sus herencias, se presenta en un marco histórico y social muy detallado. No veo la degradación profesional, tampoco la moral: la nueva Letiţia de Fontana di Trevi, tras la visita a Occidente, donde se ha “reparado” física y psíquicamente, tiene los pies en el suelo y es capaz incluso de escribir una novela, aunque ese pasado doloroso la perturbe algunas veces. Es muy distinta de la Letiţia enamorada de Vidas provisionales, tiene proyectos materiales y existenciales más precisos que en su juventud bovariana, calcula el dinero que le queda para la vejez y su escritura es incluso una forma de venganza -la única al alcance de la mano- para olvidar la traición de su amante y de su amiga. Letiţia ha sido siempre bastante pragmática, por eso se reconcilia con el marido engañado, abandona su país, etc. No es una proyección mía a ninguna edad, aunque le haya prestado algunos detalles de mis vivencias. Pero mis padres no se divorciaron, mi padre no estuvo en la cárcel, no me casé con un profesor, no emigré y tengo una profunda relación con la escritura.

 

“Solo en libertad he podido escribir sobre ello tal y como tenía en mente”

- En relación con ese personaje central, Letiţia Branea, a la que acompañamos a lo largo de cuatro  novelas, Muñoz Molina mencionaba también la naturalidad con que aborda usted el deseo sexual, el aborto…  

- Las referencias a su deseo, la mayor atención al cuerpo se deben, sin duda, a la desaparición de la censura (y, por supuesto, de la autocensura). Respecto a su aborto, una tragedia que golpeó profundamente a la sociedad rumana en la época de Ceauşescu, debo decir que yo conseguí ilustrarlo incluso entonces, en uno de mis relatos titulado Ingreso breve. Pero solo en libertad he podido escribir sobre ello tal y como tenía en mente.

 

- Llama poderosamente la atención en su obra el tratamiento de los personajes desde un punto de vista estrictamente técnico, podemos distinguir la presencia de diferentes narradores: desde el narrador en primera persona al narrador omnisciente o a la novela polifónica…

- La polifonía aparece ya en Una mañana perdida, al igual que la escritura en diferentes personas, pero en el ciclo de Letiţia el juego de narradores se utiliza para sugerir la distancia de la emigrante respecto al mundo rumano que no alcanza a comprender a su regreso, pues todo se encuentra bajo el signo de una transformación cada vez más veloz.

 

“Me han pedido que escriba teatro, pero prefiero la prosa porque le ofrece al escritor más poder que al director”

- Uno de los aspectos más interesantes de su prosa es la naturalidad de los diálogos y la importancia de estos en la caracterización de esos personajes vivos, creíbles, como he mencionado más arriba.

- Cuando empecé a escribir, había reparado ya en la artificiosidad de los diálogos en los libros de muchos narradores contemporáneos y, temiéndome que mis diálogos pudieran sonar igual, los camuflé en el texto narrativo. Luego me armé de valor y los saqué poco a poco. Después de Una mañana perdida me sorprendió escuchar que tenía “uno de los mejores oídos de la literatura rumana”. Cătălina Buzoianu, la autora del espectáculo montado a partir de la novela, me dijo que se limitó simplemente a “recortar” el guion del texto de la novela. Me volví más consciente de esa característica de mi escritura cuando una profesora de teatro de la Universidad Babeş-Bolyai de Cluj, Anca Haţiegan, analizó la “teatralidad” de mi prosa. Ciertamente, cuando escribo, veo el movimiento de los personajes y los diálogos “brotan”, simple y llanamente, al margen de mi voluntad, y no solo en las novelas, también en los relatos breves. Me han pedido que escriba teatro, pero prefiero la prosa porque ofrece otras posibilidades (de profundidad, de matices) y, no menos importante, le ofrece al escritor más poder que al director.

 

“No escribo a partir de una idea, sino a partir de la gente con que me encuentro”

- En Voces en la distancia plantea abiertamente la cuestión de la vejez, del paso de la vida, además de la resignación, de la pérdida de las ilusiones… Es una cuestión muy interesante en un mundo obsesionado por la juventud, por la belleza en el que campa el edadismo.

- No escribo a partir de una idea, sino a partir de la gente con que me encuentro. Después de la aparición de críticas elogiosas sobre Una mañana perdida, un novelista mayor que yo me soltó: “¡Pensaba que era usted una vieja!”. Tal vez pensara que se trataba de un halago, yo tenía cuarenta y dos años y parecía más joven. Pero a mí me sorprendió la manera primitiva como contemplaba él la relación entre el autor y el personaje. Dudo que la pertenencia de género/edad sea el pasaporte para adentrarse en una intimidad desconocida. En la juventud construí tipologías de edad avanzada y después de los sesenta he escrito sobre “la mujer a los treinta años”. Siento la misma timidez ante las mujeres, los hombres, los adolescentes, los niños cuya mentalidad y comportamiento debo sacar a la luz desde mi lado oscuro.

La idea de que soy una narradora “especialista” en la vejez parte de la atención que he dedicado a varios personajes ancianos (todos femeninos, sea casualidad o no), he procurado descubrir su interior, sus traumas sociales, sin prejuicios ligados a su nivel cultural. Por lo demás, hay otras novelas (El mismo camino de todos los días, Vidas provisionales) en las que no aparece ningún anciano, y tanto en Una mañana… como en Voces en la distancia, las edades, al igual que las estaciones del año, están al revés, la juventud de los personajes está ligada al verano y se encuentra en la segunda parte del libro; la vejez está vinculada al frío y la novela empieza con ella, tal vez por eso sea más visible. Creo que lo que escribió Valeriu Cristea en 1984 sobre Una mañana perdida es extensible también a mis otras novelas: “La novela de Gabriela Adameşteanu transmite una poderosa, extraordinaria sensación de vida. Los personajes se encuentran unas veces en un plano temporal y otras en otro. Los vemos de jóvenes y de viejos, de niños, de adolescentes, de adultos… No hay nada ostentoso, nada estridente en ese paso de un nivel a otro… De ahí la emoción que provoca la lectura de su libro en el que percibimos no solo la vida, sino también cómo pasa la vida”.

 

“El perfeccionismo se hereda”

- Modifica sus textos incluso una vez publicados. ¿De dónde nace esa obsesión creadora y re-credora? ¿Se trata de una búsqueda de perfección, una búsqueda de lo sublime?

- El perfeccionismo se hereda, lo he visto en la familia de mi padre, en él (como profesor y como historiador), en mi hermano (ingeniero) y en mis tíos, unos grandes profesionales (arqueólogos, médicos). Entre los escritores abundan los perfeccionistas que repasaban la correcciones y complicaban la vida de los impresores (parece ser también el caso de Joyce). Como perfeccionista te arriesgas a no soltar tu trabajo, a seguir modelándolo. No es mi caso, tengo cinco novelas, dos volúmenes de relatos, memorias, incontables entrevistas, artículos de periódico e incluso traducciones, y además sigo escribiendo. Aun así, los periodistas siguen  acosándome con la pregunta “¿por qué reescribe sus libros en lugar de escribir un nuevo libro?”. Últimamente se han resignado a que esa es mi forma de actuar, o bien los he engañado, mi experiencia como lexicógrafa me hizo señalar siempre los cambios en la primera página. Pero desde que renuncié a hacerlo, me los “pillan” solo los traductores; ellos pillan también las escenas dilatadas. Por ejemplo, Alain Paruit, el excelente traductor francés, recortó una escena de salón -con discusiones tal vez demasiado largas, con detalles históricos quizá inútiles- de Una mañana perdida. Y entonces pensé que antes de que lo hagan otros (traductores, lectores), es mejor que lo haga yo. ¡Cortar, aunque sean unos pocos párrafos, de un libro de culto, premiado, dramatizado, traducido, etc… le parece a todo el mundo una excentricidad!

 

“¿Cómo quieres que tenga un lector paciencia con tu libro cuando tú no eres capaz de releerlo?”

Esa fama de “escritora maníaca” que tengo en Rumanía la adquirí cuando transformé un relato largo, El encuentro, escrito en 1986-87, en una novela. Ese texto había sido víctima por partida doble: por una parte, de mi autocensura, por otra, de la censura oficial. Es un milagro que apareciera durante el comunismo; el tema era la emigración, la forma como se percibe entre los que se han marchado y los que han permanecido en el país, un tema que va a reaparecer en muchas de mis novelas (Fontana di Trevi, Voces en la distancia). La Ilíada y La Odisea fueron los libros de mi infancia y sobre el relato de los peregrinajes de Ulises superpuse las historias familiares de un tío legendario que acabó siendo un famoso arqueólogo en Italia (existe ahora un museo, fundado por él, en Policoro, que lleva su nombre, Dinu Adameşteanu). Una de mis obsesiones desde la infancia ha sido analizar qué significa vivir lejos del país donde te has criado. Eso explica también la reescritura, tres o cuatro veces, de El encuentro, su paso de relato a novela, de literatura experimental a ficción clásica. La emigración era la obsesión de los círculos burgueses oprimidos en los que transcurrió la primera parte de mi vida y, con el tiempo, pasaría a ser toda una obsesión nacional y un “terremoto” social en Rumanía, que tiene siete u ocho millones de ciudadanos “fuera”. Y, por supuesto, la emigración es un tema global, voy a documentarme sobre él durante varios años.

Sin embargo, la cuestión es por qué intervengo también en las reediciones de los libros escritos en libertad, sin censura. No se habla demasiado sobre la “caducidad” de la literatura, pero es algo que existe (esta suposición mía me la ha confirmado un excelente teórico literario) debido a que la lengua, una criatura viva, cambia, envejece… a diferencia de la música o el arte que, al tener como objeto el sonido o la materia, resisten mejor el paso del tiempo. Yo deseo que mis libros se mantengan jóvenes todo el tiempo posible, que puedan ser leídos con placer. Y formo parte de los (pocos) escritores que se releen tanto durante la escritura como después de la publicación. De joven, cuando tenía una memoria fuera de lo común, conocía, sin proponérmelo, mi novela de debut (El mismo camino de todos los días), me la sabía de memoria, como conocen sus versos los poetas. Eso es narcisismo literario, pensará usted, pero a mí me resulta extraño que no puedas releer tu libro: ¿cómo esperas entonces que tenga otro la paciencia de hacerlo?

 

 

Escrito en Conversaciones Revista Turia por 

Marian Ochoa de Uribe

Lunes por la madrugada...

Yo cierro los ojos y veo tu cara
que sonríe cómplice de amor...