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jueves, 26 de diciembre de 2024
martes, 19 de noviembre de 2024
Atusparia de Gabriela Wiener
SEMANARIO
“Las luchas indígenas no son anacrónicas ni están en el pasado, son luchas del presente”
Entrevista con Gabriela Wiener
Gabriela Wiener presentó su nueva novela Atusparia (Penguin Random House) en Buenos Aires y conversamos con ella sobre literatura y política.
Atusparia lleva en su primera página cuatro epígrafes como una declaración de intenciones. Uno de ellos es de José Carlos Mariátegui, el revolucionario y pensador peruano que nutrirá una parte del ideario de la escuela donde late el primer corazón de la novela de Wiener. Le seguirán el barrio La Resi, la cárcel El Aire, entre otros destinos y líneas de tiempo. Para cada momento hay un género y para cada sentimiento una forma de contar el devenir de una militante que conocemos desde la infancia y a la que acompañamos durante muchos años.
Entre los personajes de la novela se reparten muchos de los debates que siguen agitando organizaciones y movimientos de izquierda. La violencia, la resistencia, la represión estatal; ¿reforma o revolución? ¿Violencia armada o política parlamentaria? La constante que acompaña todos los tiempos es la lucha indígena, también como declaración, lejos de un ejercicio exclusivamente de archivo y memoria. En Atusparia, la vigencia de las luchas indígenas se ve en las luchas por la tierra, en la resistencia de Puno al sur de Perú y sobre todo en las ideas que recupera, especialmente a través de Mariátegui y Manuel Scorza.
La pasión (amorosa y política) inunda cada página y cada historia de Atusparia. La lucha y la desobediencia tienen un motor en la pasión por transformar la vida. En sentido opuesto a muchos prejuicios, los debates políticos son parte de la creatividad y la vitalidad de los movimientos revolucionarios o emancipatorios, incluso cuando los personajes encarnan posturas muy diferentes. Se ve desde el principio en la propia escuela en las tensiones entre los profesores “rusos” y los peruanos (que recuerdan el “ni calco ni copia” de Mariátegui), se ve en el colectivo Las Ritas, en las discusiones entre Atusparia y Asunción Grass, entre los textos e informes.
En Huaco retrato, Wiener exploró el pasado colonial de Perú al escarbar en el pasado expoliador de su tatarabuelo. En Atusparia confirma la presencia de ese pasado, reciclado en políticas neoliberales y gobiernos represores, pero sobre todo pelea en el presente para volver a pensar en el futuro.
En el libro hay una variedad de voces y de géneros, que también habla bastante de vos, que incursionaste como escritora en diferentes formatos. ¿Con qué está conectada tu decisión de escribir Atusparia como novela?
Justamente porque la novela como que lo abarca todo, es un género que nació híbrido. Ha sido un espacio donde caben todas las voces, todos los formatos, todos los registros y también por el hecho de que sea una ficción, es una ficción declarada. La he construido de esta manera, pensando en la historia de una política de izquierda, de su evolución sentimental y política (...)
Quería experimentar, la verdad, yo vengo de una escritura que viene siendo una voz autobiográfica, desde la literatura personal como en Huaco retrato bastante fragmentaria, pero siempre la voz de la primera persona como que guía, integra todo el material narrativo. Y en este caso, yo quería que cada capítulo tuviera una atmósfera, un lenguaje propio. Es un territorio el que va reclamando como su propia voz y su propio tono y color, desde lo infantil, inocente pero también políticamente crítico del primer capítulo, la adolescencia “perestroika”, este lugar un poco de realismo sucio, un poco sórdido, pasando por la cárcel en un territorio como el amazónico, ayahuasquero entre las alucinaciones y la exuberancia de la selva, y finalmente el territorio en llamas, que es el territorio del amor y de la Revolución, donde estallan las chispas entre esas dos mujeres, maestra y alumna, y donde también aparece la lucha indígena como trasfondo histórico reivindicativo de una memoria de luchas que está tan negada. Y que además tiene ardiente vigencia en este momento, como las luchas que han ocurrido en el sur del Perú en el último año y medio, donde hubo una masacre en una zona con una historia de violencia política muy feroz, y que esas muertes reactivaron, como abriendo la herida, y lo hizo esta presidenta dictadora que tenemos, Dina Balearte [se refiere a la presidenta Dina Boluarte, que llegó al poder mediante un golpe parlamentario, NdR]. Qué pena que la mujer en el poder sea una “feminista de la guerra”, el “feminismo Dina” le llamo yo, militarizado, policial, asesino.
Dijiste que uno de los puntos de partida de Atusparia o uno de los disparadores se dio mientras cubrías las protestas en Perú contra Dina Boluarte.
La necropolítica se ejerce con muchísima más facilidad en el sur y en los pueblos indígenas. Esto tiene antecedentes, vienen desde las luchas anticoloniales de hace 500 años, las luchas de Tupac Amaru, la lucha de Pedro Pablo Atusparia que está referida en el colegio. Claramente lo que ha ocurrido en Puno y también las luchas por la defensa de la tierra está todo conectado, no son luchas anacrónicas, ni de indígenas remotos, que están ahí en el pasado, son luchas del presente. La frase del escritor Manuel Scorza es perfecta (“en los Andes hay cinco estaciones: primavera, verano, otoño, invierno y masacre”). Habla de lo fácil que es matar ahí [en el sur], de las vidas de segunda clase (...)
Atusparia empieza en una escuela y propone una reflexión alrededor de la educación, no como algo institucional o moral, mas conectado con una idea, con un carácter político fuerte, aparecen las ideas de José Carlos Mariátegui, también Manuel Scorza, ¿cuál era tu búsqueda?
El libro está dedicado a mi educación, no es una educación académica, es una educación política la que se agradece en ese momento. También el epígrafe de Daniela Catrileo, la escritora chilena mapuche, va en ese sentido (“No se puede huir de la forma en que se aprende a conocer el mundo”) … Allí donde me metieron mis padres, o a Atusparia, la escuela es esta mirada, de ponerte unos lentes y empezar a ver las desigualdades como en algún momento vimos la misoginia o el racismo, ya no se te quita nunca y siempre vas a verlo bajo este filtro. También hay quienes pueden escapar, que convirtieron su compromiso social y su conciencia de clase en algo efímero, que fue una moda o un momento de juventud para luego convertirse, no sé, en un Vargas Llosa o gente que fue alguna vez “roja” y después se vuelven unos conservas horribles y neoliberalismo puro. Yo lo pensé como uno de los temas de la novela, todas estas visiones de la educación que tiene Mariátegui, por ejemplo, que es materialismo puro, marxismo puro, no es como “la alfabetización del indio es lo que va a resolver”, como ahora que se habla tanto de lo único que nos hará libres será la educación o lo que finalmente hará avanzar a la sociedad será la educación, y esos proyectos que parecen tan a largo plazo, algo que nunca va a pasar. Y se resolvía con el pensamiento marxista, dale los medios de producción a la gente, la tierra es de quien la trabaja y ya verás cómo empiezan a cambiar las estructuras, las superestructuras o todo eso que se deja para “ya vendrá”.
En la novela hay un recorrido de varias corrientes políticas y de las ideas de movimientos emancipatorios, ¿cómo equilibrás ser frontal con tus ideas y no ser panfletaria?
La estrategia siempre es que no se den cuenta de lo que piensas en una ficción. A veces se me da por ser más Asunción Grass y querer tomar las armas, y en otros momentos soy re Atusparia y quiero que Indira Huilca sea la próxima candidata a la presidencia del Perú, y ojalá que gane y ojalá nos represente y me lleno de ilusión hasta que luego se la tiran con un lawfare o le hacen una campaña brutal, todo lo que le pasa a Atusparia (...) Voy distribuyendo, estoy contando una historia de la izquierda desde dentro de la izquierda, con humor y de manera risueña, incluso por momentos naif y en otros de manera desgarrada y apasionada también. Creo que el cambio de registros para mí ahí era básico, incluso las propias Ritas no están contándose ellas mismas, algo que podemos encontrar en cualquier colectivo de mujeres, cómo se autoidentifican y se autocelebran y hacen su épica desde ese discurso de ellas mismas. Me parecía algo muy visto y pensaba que en este caso no queda tanto ponerse la voz propia sino más bien cómo son miradas, por ejemplo por la Policía. Y cómo la Policía no entiende nada y el hecho de que no entienda nada es clave para que tú las entiendas por completo. Así podemos conocerlas y no conocerlas, también se mantienen en un lugar mítico, que las hace mucho más feroces, porque no las llegas a escuchar salvo en unas grabaciones donde se les escucha con unas voces mezcladas. Creo que ese misterio, ese no haber llegado a ellas porque precisamente viven en la clandestinidad o trabajan en la clandestinidad les da su potencia. O Atusparia que nunca habla de amor, nunca habla de su amante o de su pareja. Solamente habla mientras es una niña o mientras está en la cárcel y recuerda sus épocas de discípula, pero también hay que saber usar algunos silencios para no ser demasiado revelada o delatada, también ahí hay una clandestinidad en el caso de Atusparia, su amor es clandestino en muchos sentidos. Quizás porque ahí estaba su debilidad.
El humor es otra buena estrategia para no parecer panfletaria o la ironía, son recursos que apelan a la inteligencia porque ahí ya no ves dogma sino a una persona que está dentro pero no o está dentro y es capaz de mirar lo que pasa, los problemas que tienen, las limitaciones, las contradicciones se muestran así a través de estas miradas un poco risueñas y luego qué parcial también es la pasión con la con la que puede estar escrita, el reproche, el momento Shakira-Piqué de Asunción Grass. Porque mi novela también es un poco a lo Shakira, está todo mezclado ahí la pasión amorosa y la pasión política.
En la novela aparece el tema de la violencia política, es parte de varios debates dentro de los movimientos que recorre la historia de Atusparia, ¿con qué reacciones te encontraste?
Vengo de Arequipa, estuve en el Hay Festival, estábamos en el Colegio de Abogados presentando la novela y en el momento de las preguntas el primero que se levanta es un señor con traje y dice “Soy el decano del Colegio de Abogados de Arequipa, ¿se han dado cuenta que han estado hablando de esta ideología de la izquierda maoísta marxista leninista que asesinó a miles de peruanos?” Nos terruqueó ahí en vivo… Estoy como a la espera, a la expectativa (...) Si todo se ha desplazado hacia la ultraderecha, ¿qué te puedes esperar de todas maneras? No es un manifiesto político en el que defiendo la violencia política, hay un personaje que encarna eso [y otro, lo opuesto], y ambas explican sus bases teóricas para justificarlo. Y parecen convincentes, a mí por lo menos me convenció. Dije, “oye, Asunción tiene razón y la cosa está demasiado jodida” (...) Yo obviamente estoy por la provocación, porque me creo impune, porque vivo fuera, voy y vengo, hago chistes, en cualquier momento me puede caer pero no me ha caído. No soy la más vulnerable, entonces aprovecho ese lugar de la literatura también para decirle al decano, tratando de decir “ya se acabó el terruqueo, ya se acabó el miedo”, decirlo así porque si gente como nosotras que tenemos altavoces y más visibilidad no lo aprovechamos para empezar a cambiar las cosas, hasta cuándo vamos a estar así.
En la novela está presente el tema de las mujeres y el poder, las de la ficción y también las reales como Dina Boluarte, sobre la que un una de las protagonistas en un pasaje dice “a mí ya no me alcanza una mujer en el poder”, algo que es parte de varios debates en los feminismos, ¿te interesan debates o corrientes hoy?
Los feminismos populares básicamente, feminismos comunitarios también, luchas antipatriarcales, indígenas, el de las putas, las travas. Mucho de lo que viene, teoría y pensamiento que surge de ahí, de las luchas ecofeministas, lo que viene de la tierra y de un conocimiento ancestral, me interesa también. Las luchas zapatistas me han conmovido, tienen sus derivas y son demasiados años de resistencia para ser perfectas (...) Y tal vez porque estoy muy cerca, creo que el movimiento migrante sería ahora una voz muy legítima y muy importante en la conversación pública.
En la novela, el colectivo Las Ritas hace un recorrido de grupo no mixto a confluir en luchas con hombres y militar juntos. ¿Es parte de tus reflexiones sobre los feminismos?
Sí, claro que sí, desde luego vas dejando ahí tus pequeñas señales, pequeños rastros. Es la mejor manera de hacer bandera. Ahí nomás estoy contando por lo menos mi evolución. Creo que muchas que empezamos a hacer un feminismo antirracista, nos vimos en esas… No es lo mismo un hombre blanco que un hombre negro, un hombre marrón, o que es mi compañero de vida o no, y los asuntos con ellos se resuelven ahí comunitariamente también. Y eso lo aprendes básicamente de la vida, de la experiencia comunitaria y más si eres migrante…
¿Qué pensás cuando mencionan tu nombre o tus libros en el marco de lo que llaman boom de literatura femenina o etiquetas similares? ¿Hay algo de esa conversación que te interese?
Me interesaría que pasemos a la historia de una manera distinta a cómo pasó a la historia el boom de hombres del siglo XX. No con cinco mujeres viviendo como ricas, siendo hiper traducidas y con la posibilidad de comprarse una casa en cinco capitales del mundo, como [Carlos] Fuentes o [Mario] Vargas Llosa, sino que haya algo más, no solamente un puñado de libros maravillosos que queden para la historia sino que se haga algo con ese poder, que se haga algo con ese altavoz y esa visibilidad. Pienso en lo que te digo, en cambiar cosas del mundo del libro, que es también un sistema, como todos, mercantilizado totalmente, las escritoras como siempre se trata de una elite y son muy pocas las privilegiadas donde llega el dinero (...) Entonces redistribución, no concentración de la riqueza, del prestigio, del mérito siempre en cuatro blancas, como antes han sido cuatro señoros. Me encantaría que esto cambiara, que se lograra a través de políticas reales, no solamente con golpes de efecto. Estoy esperando ver iniciativas de parte de mis compañeras, a quienes quiero y admiro, en ese sentido más comunitario. Finalmente ellas, nosotras, estamos donde estamos por esas luchas colectivas. Un libro como el de Cristina Rivera Garza, El invencible verano de Liliana, que ella misma dice que no lo escribió sola sino que esta ola del feminismo hizo que por fin pudiera tener una solución el proyecto de escribir sobre su hermana asesinada por un feminicida, venga con una devolución también hacia lo colectivo. No solamente creo que debemos dar libros al mundo, ni discursos, ni entrevistas. Creo que hay que tratar de cambiar la estructura del mundo cultural, para empezar, tan absolutamente elitista. Y si eso supone callarnos la boca o tener menos protagonismo, sí; si eso supone donar tus premios, por qué no, si eso supone expandir tus conocimientos y tus saberes gratis, ¿por qué no? Si eso supone sindicalizarnos y plantarle cara a la industria del libro, oye, ¿por qué no? Cositas así que vienen más de las luchas que del patriarcado literario y sus elegancias de salones.
sábado, 20 de abril de 2024
jueves, 29 de febrero de 2024
Yo emancipatorio
Dice Laura Alejandra en feis:
Cuando escribo "yo" en un poema, lo hago a la manera de Maya Angelou. Cabe un nosotras,cabe ser miles en ese "yo"... La niña negada, rota, la pequeña que aprendió por obligación el "oficio de madre" por tener hermanos varones, la que por <ser> mujer se creía que comía menos, entonces le correspondía menos en el plato. La que trabajó para mantener la casa...Nunca acepté, lo que no significa que no lo haya tenido que hacer igual, porque el peso caía sobre mi madre, sobre la madre de mi madre y así...a mi abuelo paterno le decían "macho", y a mi abuela paterna no le tembló la mano, para nada, y supo cómo defenderse.
Mi "yo" no es ahistorico, no es sentimental, es dialógico e intertextual, es leerme con las otras para encontrarme y desencontrarme, y por sobre todas las cosas es emancipatorio y justo conmigo misma.
Ahí la ficción es patriarcal, entonces la quiebro y me modelo a mi manera. Con mi propia ficción, cuanto más pueda.
Eso es para mí ser LIBERTARIA a la manera ácrata, que es la única manera que estoy dispuesta a aceptar. Lo demás es capitalismo.
miércoles, 24 de enero de 2024
De La amiga eres tú: Mis amigas fuman todas
mis amigas fuman todas se ríen de sí mismas en ‘Pintas de punki’

Las catalanas mis amigas fuman todas se presentan en su biografía oficial como «tres lesbianas chulísimas que vienen a partirles el ano a los cisheteros con un dildo de color rosa». También Spotify ha consentido que metan en su descripción oficial esta genialidad: «bla bla bla grupo emergente de punk queer bla bla bla».
Por si no fuera suficientemente gráfica esta presentación, las canciones de Eva (batería y voz), Shei (guitarra) y Mer (bajo y voz), hablan por sí solas. De momento solo tienen 3, la última de las cuales se llama como ellas, ‘mis amigas fuman todas’ y repite su título hasta rabiar.
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Las dos primeras eran igual de pegadizas pero más imaginativas. ‘No es la primera vez que pasa’ es el retrato de una experiencia etílica, que no ha acabado muy bien («No sé dónde estoy, vuelvo a estar borracha / no puedo parar, esta semana estoy en racha»). Quizá incluso alguien pueda entrever cierta ambigüedad #MeToo
Por su parte, ‘Pintas de punki’ es de momento su tema más rico y ácido, por lo que contiene de crítica social, sobre los prejuicios. «Por culpa de mis pintas, todo el mundo sabe lo que voy a hacer, antes de que lo haga», «No me siento mal por lo que dice la gente, tenían razón: soy una delincuente» o «Como luzco punki, todo el mundo sabe que soy de Bizkaia, me drogo y me meto rayas» son algunos de sus dardos.
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Con el atrevimiento y el desparpajo de Kaka de Luxe, pero un discurso más actual, mis amigas fuman todas prometen ofrecer uno de los directos más destartalados y divertidos de nuestros tiempos. Este viernes 28 de abril estarán en el Espai Jove La Fontana de Barcelona. Decían que iban a hacer una versión de Estopa, pero parece que al final, no. Para más información, visitad su Instagram.
lunes, 11 de septiembre de 2023
martes, 25 de enero de 2022
sábado, 26 de junio de 2021
Heroínas mutantes, lésbicas, anticarcelarias y montadas en animales gigantes
La increíble historia de la última gran aparición de la historieta argentina
Femimutancia presenta "Banzai", su tercer libro
De los fanzines y la revista Clítoris a ser seleccionada en el concurso de historieta LGBTI organizado por la Municipalidad de Rosario, ganar un concurso de la Fundacion Proa y un premio del Centro Cultural Recoleta, Femimutancia se ha creado muy rápidamente un lugar propio dentro de la historieta argentina actual. Criada en zonas rurales y ciudades pequeñas, alumna de Salvador Sanz y Quique Alcatena, su ingreso al género ha sido gradual pero contundente, construyendo un mundo propio con una libertad inusual y un notable despliegue gráfico, donde la alienación y la soledad se presentan como un infierno pero también como elección y lugar de descubrimiento. Su flamante tercer libro, el costumbrista y al mismo tiempo fantástico Banzai es un trabajo que, entre la autobiografía y la lisergia, está habitado por andróginos y alienígenas, perdidos en urbes que bien podrían representar a una Buenos Aires otoñal o cualquier metrópolis retrofuturista
16 de mayo de 2021

Aunque ahora llega en bicicleta, con su último libro en la mano, mientras termina de acomodarse, por fin, en un pequeño departamento en el barrio de Once, para Julia Inés Mamone –más conocida como Jules, su nombre escogido– el final del 2019 fue un pequeño apocalipsis: se separó e inició una vida nómade cuidando departamentos ajenos. Se deprimió y perdió trabajos. Se sintió a la deriva y empezó a ir a terapia por primera vez. Y después de todo eso, claro, también llegó un apocalipsis más concreto y colectivo: la crisis global que arrasó con el mundo como lo conocíamos la encontró a ella en medio de una crisis personal.
A pesar de todo eso, durante este tiempo pandémico, sucedieron para Jules –que tiene 32 años–, varias cosas que fueron confirmando a su nombre, no sólo como sinónimo de una artista inusual, casi anárquica en su acercamiento al lenguaje de la historieta, sino como un nombre cada vez más recurrente en el medio y con una proyección que parece en franca expansión: su tercer libro, Banzai, acaba de salir y ya se encuentra disponible en librerías especializadas. En los últimos meses, ganó el concurso organizado por la Fundación Proa con La madriguera, un libro que está terminando, se hizo del premio otorgado por el Centro Cultural Recoleta en conjunto con el Festival Sudestada por Autorretrato es asumirse muerte, una obra que ya está pronta a publicar, y empezó una tira semanal en la versión digital de la revista Aguinaldo –joven publicación de literatura y periodismo– que va en camino a convertirse también en un libro.
No hace muchos años, apenas tres o cuatro, Jules –que de niña soñó con ser escritora pero que de adulta siempre había estado más ligada a la ilustración– descubrió en el lenguaje de la historieta una posibilidad de expresión poderosa, y no se demoró mucho en llamar la atención del medio bajo el nombre de Femimutancia. Su despliegue gráfico notable, pero con una libertad inusual, no parecía desprenderse a simple vista de ninguna tradición argentina en particular. Y ese tipo de historias en las que se interesaba, se separaban muy naturalmente de los grandes temas generacionales, del desgaste de la narración autobiográfica confesional, e incluso de las preocupaciones más recurrentes de los relatos sobre diversidad sexual. La familia como lugar ominoso, no necesariamente deseable, ni siquiera en formatos reinventados, la alienación y la soledad como tópico –como infierno y también como elección y lugar de descubrimiento– son grandes temas que cruzan su obra.
“Hace muchos años que pensaba en cómo podía hacer este libro”, cuenta Jules, sobre Banzai, su tercera novela gráfica, aunque terminó concretándolo en un tiempo especialmente récord. Apenas en los primeros y más desconcertantes meses de la cuarentena. “Banzai” es un grito de guerra japonés con un doble significado: era usado por los guerreros para marcar la vitalidad de una nueva embestida o para suicidarse después de una batalla perdida. Banzai es también, el nombre del disco póstumo, ahora de culto, de Gata Cattana, la influyente rapera y poeta andaluza muerta a los 25 años a quien está dedicado el libro.
Con ese nombre sugestivo, que reconoce al mismo tiempo sus influencias en el manga, su vínculo con la música –habitual leitmotiv de sus historietas– y una esquirla de catarsis personal, Jules eligió titular su tercera entrega. La novela acaba de salir a la venta por el nuevo sello Feminismo Gráfico, una editorial de historieta y ensayo de la que es socia fundadora, y es su aproximación personal, entre el costumbrismo y la ciencia ficción, entre la autobiografía y la lisergia, al tema de la identidad de género no binario y al del abuso sexual en el nucleo familiar. “Fui víctima de abuso en la infancia y en cierto punto de mi vida me di cuenta que no es algo que voy a superar, que los resabios son algo con lo que voy a convivir. Entendí que lo que quería contar en la historieta no eran detalles de lo que me había pasado a mí, sino transmitir un clima en la cotidianidad, a la hora de vivir, de vincularme con otras personas hoy”, explica Jules. Los rastros de esa cotidianeidad inquietante se anuncian en el libro desde su portada: una persona sentada tranquila frente al océano parece esperar un acontecimiento final en medio de un atardecer rojo nuclear. Es Be, protagonista de la historia, y uno de esos personajes que a menudo aparecen en la obra de Femimutancia: andróginos y alienígenas, perdidos en urbes que bien podrían representar a una Buenos Aires otoñal o cualquier metrópolis retrofuturista.

El largo y sinuoso camino
Aunque hoy es un buen momento profesional para Jules, su vínculo con las historietas no siempre fue tan prolífico y tan feliz. Creció en zonas rurales y ciudades pequeñas: primero en Lima, al norte de la Provincia de Buenos aires, después en Río Gallegos, una de las ciudades más sureñas de la patagonia argentina y del mundo. No conoció a su padre biológico, que abandonó a la familia antes de que ella naciera, y su resentimiento por las historietas en general empezó temprano, cuando supo que ese hombre ausente era fanático de los superhéroes, al mismo tiempo en el que descubría que ella, como ahora, era capaz de dibujar sin parar.
Alejada de las revistas y publicaciones que nunca llegan a tiempo a las periferias y también de la televisión por cable, Jules se pasó la infancia trepando árboles con sus hermanas y primos, hablando con los animales, desconcertándose con las charlas sobre telenovelas que sus compañeras de colegio comentaban pero que ella no podía ver, y soñando con ser una escritora motivada por los libros de Ray Bradbury que le regalaba su abuela. “Creo que mi primer acercamiento a las historietas fue cuando entramos con mis primos a una casa abandonada y encontramos unas revistas Skorpio. Intuimos que había algo no permitido en ellas y las escondimos debajo del colchón. Un día cuando volvimos a buscarlas nos dimos cuenta que ya no estaban, que los adultos las habían encontrado y quemado en la chimenea. Todo eso me hizo pensar en las historietas como algo que estaba en el orden de lo prohibido, y al mismo tiempo que me alejó de ellas, me dio una gran curiosidad”, dice Jules.
En su vida adulta, ya en Buenos Aires, tuvo tiempo para reencontrarse con las historietas, y también para frustrarse y volverlas a odiar, pero sobretodo para descubrir lo que ella era capaz de hacer con sus formas. Estudió con Pablo de Bella, Salvador Sanz y Enrique ‘Quique’ Alcatena, autor trascendental en el medio argentino, que además es famoso por sus contribuciones a DC y Marvel en Estados Unidos. Este último, reconoce, la influenció particularmente: “Me ayudó mucho porque es de las pocas personas que puede ayudarte a encontrar la mejor forma para contar tu historia. Pero la tuya, no la que él quisiera contar sobre tu tema”, explica.
El 2017 fue para Jules un momento de revelación en lo personal y en el oficio: se atrevió, por primera vez, a mostrar su material en una feria de publicaciones, algo muy común y casi trascendental para el resto de sus pares de oficio, pero que ella, demasiado tímida, nunca se había animado a hacer. Jules, que hasta el momento trabajaba silenciosamente en sus historias, en los talleres y en su casa –una casa caótica, con un hombre que hoy enfrenta una causa penal por varios tipos de violencia– se había animado a presentar su primera publicación: un fanzine pequeño llamado Les niñes. En ese objeto mínimo pero contundente Jules narraba, de manera calma y contemplativa, incluso hermosa, su infancia, el abuso sexual que sufrió desde los 6 años por un miembro de su núcleo familiar y los episodios de violencia por un padrastro que más tarde fue asesinado por un policía. En su facebook todavía se puede leer un texto corto sobre el tema. Es un texto que impresiona por la forma ascética, triste pero sin autoconmiseración, con la que narra una vida difícil. Ilustrado, no con una historieta, sino con un dibujo de infancia –siempre está interesada en ese mundo o sobrevolándolo de alguna manera– Jules se refiere en apenas un párrafo a su vida en la clase trabajadora rural y el abuso por los hombres de su familia. “Tenía siete años. Sabía que no quería ser una mujer. Y sabía que no quería ser un hombre porque los odiaba”, se lee en esa pequeña pieza, que hoy, reconoce, volver a leer le impresiona. “Fue así que durante mucho tiempo no entendía lo que quería ser”.
Jules cuenta que ese fue algo así como su salida del closet al género no binario, con el que se identifica. Ni hombre, ni mujer. O ambos. Se rapó la cabeza, empezó a firmar como Jules, la forma en la que se dirigen a ella sus amigos, y a usar pronombres neutros además de los femeninos. En ese momento, el mundo de la historieta empezó a florecer definitivamente para ella, como trabajo y como catarsis. Ese mismo año participó de la antología de la revista Clítoris, editada por el sello local Hotel de las Ideas, más adelante quedó seleccionada por el concurso de Historieta LGBTI, organizado por la Municipalidad de Rosario y la Dirección de Diversidad Sexual, y después en la antología Poder Trans, donde adaptó un texto de Ivana Bordei, integrante del Archivo de la Memoria Trans. “Jules pesa y llega porque tiene algo para decir pero también tiene el talento para convertirlo en una obra que puede interpelar a muchos. La capacidad de transformar su mirada, lo que ella siente, lo que le ha pasado, en algo que signifique algo para los demás, que me puede maravillar y conmover también a mí. Esa es la gran virtud de su obra, eso la hace una gran artista”, dice ahora, sobre ella, Enrique ‘Quique’ Alcatena, su maestro. “Una vez que descubrió la historieta, que la palabra e imagen van fundidas y logran una gran intensidad, se metió de lleno para contar todo lo que ella quería contar. Haberla visto trabajar y desplegar prácticamente de entrada todo su mundo fue una experiencia para mí maravillosa. No tengo más que admiración hacia ella”, se emociona el autor.

La invasión de los dibujos mutantes
Con el envión renovado, Jules no se demoró mucho en seguir expandiendo sus dibujos mutantes con sus dos primeros libros: Alienígena y Piedra bruja. El primero lo autoeditó ella misma, y al contrario de sus miedos iniciales, lo agotó en tiempo record. Después, el libro fue comprado por Hotel de las Ideas para su reedición y más tarde mencionado por el sitio de Paul Gravett –un influyente crítico y editor inglés– como uno de los libros del año. “Durante un montón de tiempo sentí que no encajaba o que estaba demasiado incómoda y decía bueno, ok, qué soy yo, soy extraterrestre, hay algo mal dentro mío”, dice Jules, sobre ese libro, quizás su obra más poderosa, y la mejor forma para entrar a su trabajo y su universo.
En Alienígena, Jules se refiere al tema mencionándolo sólo profusamente, es más bien una postal de una incomodidad cotidiana que abruma y desconcierta, con un despliegue gráfico muy libre donde hablan los fragmentos de canciones de bandas como Las Grasas Trans y la rapera Negra Liyah, mucho más que los mismos personajes. Piedra bruja, su segundo libro, es una aventura sureña –la narración de un rito de pasaje y la herencia de las leyendas del sur de Argentina– donde la protagonista emprende un viaje para exorcizar a los espíritus familiares. Y además están los fanzines, claro, que sigue publicando y que ahora sí se anima a mostrar. Objetos pequeños con preguntas gigantes como Cómo ser humano o Agnostic, el último, que viene de regalo con su nuevo libro y que ella define como: “El momento de mi infancia en la que dejé de creer en la magia, los dioses y la naturaleza”.
A pesar de semejantes enunciados, Jules no parece una persona sombría. Hay algo celebratorio y vital en su costado, como dice de sí misma, “darks”. En sus redes, comparte memes a la velocidad de la luz, practica shibari –un estilo de bondage japonés–, ilustra manuales de sex shops, tiene amigos. Sube a instagram versiones deformes y festivas de personajes de la cultura pop: Sailor Moon, Molly Shannon en Superstar, Divine o Vulpess, la banda de adolescentes que se hizo famosa por cantar en un programa para niños la mejor traducción de “I Wanna Be Your Dog” de The Stooges, es decir: “Me gusta ser una zorra”. Jules reinventa las portadas clásicas de la Wonder Woman de los años 40 y las transforma en heroínas mutantes, lésbicas, anticarcelarias y montadas en animales gigantes. Y los bolsos del Archivo de la Memoria Trans que todo el mundo parece estar usando en Buenos Aires son estampas de dibujos suyos. Jules dibuja con asombro, casi con una mirada extranjera, como si viniera del interior o de otro planeta, una Buenos Aires muy reconocible: con sus pizzerías, su subte línea A, sus cervezas en lata baratas, así como una patagonia argentina extrañada con sus paisajes irreales, sus animales y sus leyendas. Cuartos cerrados y claustrofóbicos. Playlists de punk y de cumbia.

Al infinito y más allá
En el último tiempo Jules empezó a expandir sus dibujos mutantes también en otras partes del mundo. Ilustró la tapa de la revista suiza de cómic Strapazin, y estuvo en Superbollo, una novela gráfica colaborativa editada en España con prólogo de Paul B. Preciado. Pero la última gran aventura para ella seguramente sea Feminismo Gráfico, una nueva editorial de la que forma parte junto a Daniela Ruggeri, dibujante y fundadora de la convención Dibujados, Facu Saxe, investigador, y Mariela Acevedo, fundadora de Clítoris. El proyecto nació como una genealogía de mujeres en la historieta argentina en formato de muestra museística, cuyo destino era transformarse en una exhibición itinerante. Pero la pandemia cambió los planes y el recorrido lógico para el emprendimiento terminó siendo un proyecto editorial de historieta y ensayo alrededor de piezas gráficas con mirada feminista. “Me hubiese gustado leerla a los 20 años”, dice Mariela Acevedo, editora de sus libros y ahora también compañera en ese nuevo sello, sobre el trabajo de Femimutancia. “Son historias de soledad pero también de tribus, de raros, que te intimidan y que te fascinan. Hay mucho punk, y hay mucha música alternativa, todo eso hace 20 años no lo podía encontrar fácilmente en los libros. Me fascina pensar qué le pasa a una piba de 15 años que está viviendo esta época y que tiene acceso a estos relatos”, se entusiasma.
Precisamente, el proyecto en el Jules está trabajando por estos días es un cómic para niños, aunque muy poco convencional: una historia sobre la maternidad y la paternidad no deseada desde la mirada de la infancia, con humor, con afecto y con cinismo. Hijx de la muerte, que en este momento se puede leer periódicamente en las redes de Aguinaldo y que pronto se convertirá en libro, es la historia de un personaje infantil que está obsesionado con la idea de que la muerte es su madre y que busca formas de morir para encontrarse con ella. “Bueno, si Edward Gorey pudo, yo también”, se ríe Jules, que admira al autor norteamericano que dibujó sus hermosos alfabetos de niños muertos, y que también lee a Tomi Ungerer, que dibujó, entre otros, al gatito insolente que no quería besar a su mamá. “Me sacan un poco de quicio los libros infantiles que tratan a les niñes como si no tuviesen raciocinio, como si no se dieran cuenta de nada de lo que les pasa, o no pudieran soportar temas que, de hecho, muchos viven en su cotidianidad. Hay muchos casos de gente que, como yo, nunca conoció a sus padres. No es para nada raro, pero no es tanta la representación que encuentro de temas como esos en la ficción infantil y no veo por qué no”, explica.
Por el momento, además, se concentra en el libro que está en proceso con el incentivo de la Fundación Proa, La madriguera, que se apura a terminar por estos días –dos páginas diarias, por lo menos, dice– y que debería publicarse en algún momento de este mismo año. Si bien, es un libro que retoma un drama familiar, con su estilo, mitad costumbrista, mitad ciencia ficción, y todas las felices herramientas que el género ha dado para narrar el horror, el libro también se podría conectar fácilmente con el clima de nuestros días extraños: el personaje se despierta después de un largo sueño en medio de una ciudad en cuarentena. Y, como ahora, sobre el futuro es imposible adivinar demasiado.
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Lunes por la madrugada...
Yo cierro los ojos y veo tu cara
que sonríe cómplice de amor...
que sonríe cómplice de amor...

















