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viernes, 20 de junio de 2025

Primicia Ayamanot

 Ya está todo en camino: Sale no, ¡Salen!!!! Los dos: mi libro de cuentos y el de poemas que era La hija natural pero surgieron modificaciones por novela y otros destinos de algunos poemas. Yo le había mandado a Laura dos libros separados, el de cuentos CF y maravillosos que acumulo hace años (desde La voladora hasta el "nuevo" Vivir pájaro y vivir flor) y, por otro lado, uno de poemas con cosas nuevas y viejas ordenadas en tres secciones que querían ser góticas (Las casas, Heroínas, Víctimas inocentes). Lau leyó y aceptó los cuentos y me dejaba el de poemas apartado hasta que le dije si no le gustaría libro flip, es decir, mismo libro con entrada por ambas caras. Le encantó. Leyó los poemas, propuso nuevo orden y secciones, me encantó. Así que ya elegimos tapas de lo que Magdalena tenía acá en mi casa y ya estamos en proceso de corrección y maquetación.

En julio sale preventa (ya tengo 3 vendidos en el día 1) y la primera presentación y entrega en la FED, primeros días de agosto. Estoy tan pero tan contenta!!!!!

miércoles, 23 de agosto de 2017

El viejo Cosakait resurge porticano


Ya está la lista de selecciónados para la primer Antología Porticana!Felicitaciones a todes los seleccionados, a todes los que participaron y al gran equipo porticano. Salud! 
Alvelo, Angel - Gris
Bazán, Patricio - Amor Carrusel
Bravo, Laura - Las palabras del eter
Canosa, Flor - La mujer de Turing
Casatti, Martin - Curva de aprendizaje
Chinchiya Arrakena - Los cuervos de Odin
Dominguez Nimo, Hernan - Ramada
Jamieson, Alexandra - Potrero
Kieffer, Patricia - Origen desconocido
Manavella, Fernando - El llamado de Vyrylya
Salmoiraghi, Paula - Cosakait
Santos, Isabel - Rosita
Sonia, Fabiola - Interludio
Vazquez, Lucía - Lluvia
Vaughanf, Jack - La calculadora dorada
Zaccardi, Alejandro - Sasha

miércoles, 3 de abril de 2013

Magda y las ranitas

Anoche saqué una ranita de debajo del armario mientras mijita gritaba como loca. Esta mañana, abro un ojo y veo otra (o la misma) trepada sobre mis cremas, arriba de la cómoda. No pude hacer que fuera hacia la puerta. A la nena no le dije nada.

martes, 26 de marzo de 2013

Paula-la-vieja-en-bicicleta

LA BICICLETA



La bicicleta no estaba. Ni en el fondo ni en la entrada. ¿Dónde la habría dejado? ¿Ella la había usado por última vez? ¿O se la había prestado a alguien? ¿La había usado ayer? ¿Esta mañana? ¿Hace dos días? ¿La semana pasada? ¿El año pasado? ¿Hace veinte años? Estaba casi segura de haberla entrado, de haberla apoyado contra esa pared. O quizás no. Esa pared que recordaba, la de ladrillos descascarados, ¿era de esta casa o de la otra? Ahora vivía en esta casa de Floresta, hermosa, como siempre había querido, una casa de barrio, junto a las vías, con jardín al frente y terraza. Pero se acordaba de su casa en San Miguel. También era linda, más terreno, más árboles, más gatos, el jacarandá en la vereda. ¿O eso era en la casa de sus padres? No. Cuando era chica el jacarandá estaba en el jardín. Ahora no había jacarandá cerca, aunque ella sabía irse por la diagonal hasta encontrar una cuadra donde había tres. Ni bicicleta. ¿Se la habría llevado Julián? Ese chico era un despistado, nunca le avisaba nada y después, cuando ella le reprochaba, le decía: Uu, má, no me di cuenta.

Ahora le estaba diciendo algo por teléfono, Julián, su hijo mayor. ¿Por qué la llamaba por teléfono? Que viene para acá, dice. ¿Por qué no estaría en su cuarto hoy domingo? ¿Por qué tampoco están sus otros hijos? Le dijeron que no los llamara a gritos, que los vecinos se asustaban, que la iban a tratar de loca. Pero a ella no le importaba, si no la escuchaban les iba a gritar todo lo que quisiera, que se despertaran de una vez, que le ayudaran a buscar la bendita bicicleta.
Por fin aparecían los tres. ¿Y quiénes eran todos esos gurisitos que le daban vueltas alrededor? Abuela. Ah, ya recordaba. Abuela. Qué bonitos eran. Ninguno sabía dónde estaba su bicicleta pero para que ella no llorara le prestaban sus muñecas y sus autitos. Uno decía que le podía prestar su bici con rueditas pero que tenía miedo de que ella se lastimara. Mocoso insolente. Que se lastimara. Justo ella. Como si no supiera andar en bici. Como si no hubiera ido y venido mil veces con panza de ocho meses, con dos chicos en el manubrio y en el asientito, bajo la lluvia o en invierno, de vacaciones en la costa o trabajando en José C. Paz.

Magdalena le decía que no les contara mentiras a los chicos. Mentiras. No eran mentiras. Quizás ella confundiera un poco las cosas, o las exagerara, o mezclara lo que le había pasado a ella con lo que le había pasado a otra gente, pero no eran mentiras y a sus nietos les gustaban.

¿Cómo que ya está la comida? ¿Y quién hizo las ensaladas? Ah, el que sirve el asado es Rafael. Pero hay otras mujeres que ponen la mesa. ¿Cómo saben ellas dónde están todas las cosas en su casa? Si hasta a ella misma le cuesta a veces recordar dónde dejó la sal, o el repasador, o se encuentra haciendo gestos que son de otra cocina, de otro baño, de otro dormitorio, de otro tiempo, de otro cuerpo. Si hasta ella, a veces, busca ese mantel que había bordado una tía y que ya le dijeron mil veces que ella misma tiró hace como ¿veinte años? Veinte años. Estos hijos suyos todo lo miden en veinte años. Lo dicen así a la ligera, como si diera lo mismo veinte años más, veinte años menos.

Cuando terminen todos de comer les va a preguntar de nuevo por la bicicleta. Y que no le vengan con que ya está grande para andar por la calle, que una nunca es demasiado grande para algunas cosas. Contar o escuchar historias, comer asado los domingos, tener una casa con macetas y gatos, gritarle a los hijos, irse en bicicleta un día en que toda la calle esté tapada de flores de jacarandá.




Paula Irupé Salmoiraghi
(2010. Cuento nacido en el taller de Pedro Mairal, Mención en Certamen Ruinas Circulares 2012)

martes, 15 de enero de 2013

jueves, 5 de abril de 2012

Gracias por el sueño

Gracias porque fue con él y porque estábamos casados.
Yo aparecía ordenando mi biblioteca que tenía estantes muy altos de pared a pared en una casa de techos muy altos (tenía cosas como mi casa actual pero era más grande). Yo parecía trapecista allá arriba acomodando los tomos del Tesoro de la juventud que todavía no traje de lo de mi mamá. Eran tomos de tamaños diferentes, que yo ponía y sacaba en relación con otros libros míos que reencontraba o reubicaba. Me acuerdo que veía libritos de mis chicos cuando eran chicos y la colección de filosofía de mi vieja que tengo acá apilada mal sobre la alacena-nobiblioteca del comedor.
De repente yo me colgaba de los pies del estante alto y, cabeza abajo, le decía a uno de sus amigos que andaba por ahí (casa llena de amigos que van y vienen como siempre soñé) que dejaran de pellizcar el pastel de carne que había quedado del mediodía y si querían comer prendieran el horno y lo pusieran a calentar. El amigo era un actor morocho, de rulos, del que no me acuerdo el nombre (ni sé cómo buscar en google).
Yo seguía en lo mío y al rato volvía a colgarme hacia abajo y él estaba ahí mirándome con una cara de amor conyugal que espero no olvidarme en toda mi vida. Me decía que ya se habían ido todos, que ya se habían comido el pastel, que eran como las 11 de la noche y yo seguía allí arriba. Yo lo besaba sin descolgarme, aún cabeza abajo y era de esos besos no pasionales sino cotidianos, matrimoniales de los buenos, de los que dicen estoy acá porque elegí pasar mi vida con vos.

domingo, 14 de agosto de 2011

Él y ella

No la quieras como el primer día: porque ella ya no es la adolescente de la que te enamoraste y merece, reclama, tu amor de hombre que ha crecido para su realidad de mujer que avanza. Fuerte, mucho, sí, pero no igual.

No trates de razonar con él: porque no está entendiendo nada. Llorale, pataleale, mostrale todo lo que te duele, cuando te duele, cómo te duele. Que te vea confundida, loca, desesperada. Por ahí, por protegerte, haga lo que tenga que hacer.

martes, 11 de enero de 2011

Sin decirle

En una época yo usaba como seudónimo "Marta Mabel". Mi mamá se enteró. No sé cómo porque yo no solía contarle mucho. Creo que lo vio en algún papel por ahí y me dijo: "¿No ves que es re cursi?", con ese tono de conchudez que marca que una es una idiota que no se dio cuenta de algo tan obbbbbbbvio. Y yo no quise emplear el mismo todo que me concede mi conchudez hereditaria para decirle que el kitsch y el camp y me gusta ser mujer y el feminismo y que es obbbbbbvio que es a propósito.
Me acuerdo que ella me dijo "¿No ves que es re cursi?" con el mismo énfasis ycon la misma sintaxis con que una vez me había dicho, al encontrarme en mi cuarto sentada a horcajadas (uy qué tèrmino) de mi primer noviecito, y después de correrlo a él hasta la puerta: "¿No ves que te puede meter el pene en la vagina?". Y yo, tampoco aquella vez, quise decirle qué que fàcil es decirlo y que en eso estamos pero qué complicado es el asunto.
Hay cosas que una siempre se queda sin decirle a su madre.

martes, 7 de diciembre de 2010

LA BICICLETA


LA BICICLETA


Paula Irupé Salmoiraghi




La bicicleta no estaba. Ni en el fondo ni en la entrada. ¿Dónde la habría dejado? ¿Ella la había usado por última vez? ¿O se la había prestado a alguien? ¿La había usado ayer? ¿Esta mañana? ¿Hace dos días? ¿La semana pasada? ¿El año pasado? ¿Hace veinte años? Estaba casi segura de haberla entrado, de haberla apoyado contra esa pared. O quizás no. Esa pared que recordaba, la de ladrillos descascarados, ¿era de esta casa o de la otra? Ahora vivía en esta casa de Floresta, hermosa, como siempre había querido, una casa de barrio, junto a las vías, con jardín al frente y terraza. Pero se acordaba de su casa en San Miguel. También era linda, más terreno, más árboles, más gatos, el jacarandá en la vereda. ¿O eso era en la casa de sus padres? No. Cuando era chica el jacarandá estaba en el jardín. Ahora no había jacarandá cerca, aunque ella sabía irse por la diagonal hasta encontrar una cuadra donde había tres. Ni bicicleta. ¿Se la habría llevado Julián? Ese chico era un despistado, nunca le avisaba nada y después, cuando ella le reprochaba, le decía: Uu, má, no me di cuenta.
Ahora le estaba diciendo algo por teléfono, Julián, su hijo mayor. ¿Por qué la llamaba por teléfono? Que viene para acá, dice. ¿Por qué no estaría en su cuarto hoy domingo? ¿Por qué tampoco están sus otros hijos? Le dijeron que no los llamara a gritos, que los vecinos se asustaban, que la iban a tratar de loca. Pero a ella no le importaba, si no la escuchaban les iba a gritar todo lo que quisiera, que se despertaran de una vez, que le ayudaran a buscar la bendita bicicleta.
Por fin aparecían los tres. ¿Y quiénes eran todos esos gurisitos que le daban vueltas alrededor? Abuela. Ah, ya recordaba. Abuela. Qué bonitos eran. Ninguno sabía dónde estaba su bicicleta pero para que ella no llorara le prestaban sus muñecas y sus autitos. Uno decía que le podía prestar su bici con rueditas pero que tenía miedo de que ella se lastimara. Mocoso insolente. Que se lastimara. Justo ella. Como si no supiera andar en bici. Como si no hubiera ido y venido mil veces con panza de ocho meses, con un chico en el manubrio y otro en el asientito, bajo la lluvia o en invierno, de vacaciones en Mar Azul o trabajando en José C. Paz.
Magdalena le decía que no contara mentiras. Mentiras. No eran mentiras. Quizás ella confundiera un poco las cosas, o las exagerara, o mezclara lo que le había pasado a ella misma con lo había vivido otra gente, pero no eran mentiras y a sus nietos les gustaban mucho.
¿Cómo que ya está la comida? ¿Y quién hizo las ensaladas? Ah, el que sirve el asado es Rafael. Pero hay otras mujeres que ponen la mesa. ¿Cómo saben ellas dónde están todas las cosas en su casa? Si hasta a ella misma le cuesta a veces recordar dónde dejó la sal, o el repasador, o se encuentra a sí misma haciendo gestos que son de otra cocina, de otro baño, de otro dormitorio, de otro tiempo, de otro cuerpo. Si hasta ella, a veces, busca ese mantel que había bordado una tía y que ya le dijeron mil veces que terminó en la basura hace como ¿veinte años? Veinte años. Estos hijos suyos todo lo miden en veinte años. Lo dicen así a la ligera, como si diera lo mismo veinte años más, veinte años menos.
Cuando terminen todos de comen les va a preguntar de nuevo por la bicicleta. Y que no le vengan con que ya está grande para dar por la calle, que una nunca es demasiado grande para eso. Una nunca es demasiado grande para contar historias, para comer asado los domingos, para tener una casa con macetas y gatos, para gritarle a los hijos, para irse en bicicleta un día en que toda la calle, todo el aire, todo el cielo esté tapado de florcitas celestes de jacarandá.




Noviembre 2010.
Bajo consigna en el taller de Pedro Mairal

viernes, 22 de octubre de 2010

La loca y yo

LA LOCA DE LOS GATOS


Paula Irupé Salmoiraghi




Hay una vieja en mi barrio que le dicen la loca de los gatos. ¿O es a mí que me dicen la loca y a ella, la vieja? No importa, la cosa es que las dos amamos los gatos. Mis hijos cuando están malos me dicen que ella es mi mamá y yo les digo que no se burlen de mí y de mi mamá, la verdadera, que era vieja y loca pero se murió hace rato sin haber amado nunca a un gato. Que tampoco se burlen de Esmeralda les digo, que la dejen pasar cuando quiera, que no hace nada, que le den la leche con neskui como toman ellos y no le pongan bichos en la taza. Pero los gurises se ríen, me dicen ahí vino tu vieja y sólo le abren cuando estoy yo, porque cuando yo no estoy Esme se les sienta en el sillón y dicen que después no pueden sacar el olor a meo con nada, que prefieren el meo de gato que el meo de Esmeralda. Malos, muy malos son muy hijos con la vieja (con ella, no conmigo.)
Cuando yo estoy en casa y viene Esme, nos preparamos la pava y el mate y nos subimos al techo. Vamos a la terraza Paulita, me dice ella y yo le digo Ya voy Esme y subimos por la escalera de metal que está en el fondo de mi casa y no nos sentamos en la reposera ni en los silloncitos que tengo allá arriba sino que nos trepamos al techo, las dos, con los gatos, los míos y alguno de ella que la ha seguido o que se viene de techo en techo al rato. Si es de día cerramos los ojos y nos quedamos quietas hasta que el sol nos entibia o el vientito celeste nos refresca, que según la estación del año mi techo es una cosa plana donde estirar todas las vértebras de la espalda bajo el sol rajante o a la sombra del jacarandá de la vereda. Si es de noche miramos la luna y nos contamos versiones verdaderas o inventadas del lobisón o del hombre lobo con más o menos cantidad de cosas cochinas según el humor que estemos. O contamos las estrellas y seguro hablamos de misterios, de mitología, de formas de animales, de la muerte.
La primera vez que le dije a Esme que estar con ella y los gatos en el techo me daba muchas ganas de llorar, no se asustó para nada. Me abrazó y, aunque sentí ese olor suyo tan desagradable, también sentí que su cuerpo era tibio y protector y que no debía ser tan vieja como parecía porque tenía las tetas firmes y los brazos fuertes y debajo del pelo parecía quedar escondido algún resto de perfume o de crema como de vainilla. Después del abrazo me dijo si quería explicarle por qué lloraba y yo le dije que no, que otro día. Y lloré un rato largo en silencio mientras ella le hablaba a mis gatos y me decía que allí arriba todo era más fácil, todo: ver el barrio, entender las cosas, suicidarse.
La segunda vez que le dije a Esme que me perdonara, que no sabía por qué otra vez tenía tantas ganas de llorar, ella me dijo que me dejara de joder y de pedir perdón que para qué me creía que subíamos al techo si no era para hacer, como los gatos, lo que se nos cantara cuando se nos cantara. Me dije que Esme tenía mucha razón pero qué difícil era barcarse eso cuando una es una boluda que se avergüenza de llorar. Esme no me dio pelota, ella nunca hablaba de lo que había que hablar en el momento en que había que hacerlo. Se quedaba callada mucho rato o contaba cosas que no tenían nada que ver en el momento menos oportuno. Por ejemplo: cuando le dije que yo extrañaba mucho a mí mamá, me contó que ella no se llamaba Esmeralda en realidad, que nunca en la vida me iba a decir el nombre de mierda que decía en su documento y que no se lo preguntara y que ella se había puesto Esmeralda por la gitana de El jorobado de Notre Dame. ¿Leíste a Víctor Hugo?, le pregunté. ¿Victor Hugo escribe?, me preguntó y que no, que había visto la peli de Disney y le había gustado tanto como era la chica, la gitana, la Esmeralda, como el pobre jorobado la quería, cómo se escondían juntos en el campanario de la iglesia y desde allí cantaban y bailaban sobre la ciudad y que si fuera por ella mejor no se hubieran bajado nunca. Y que por eso se puso Esmeralda.
Otro día, cuando le dije que había estado todo el día haciendo pucheros porque mi papá estaba muy viejito y se olvidaba y se confundía con todas las cosas y que me daba mucha pena porque ya nunca más me iba a cantar La pulpera de Santa Lucía como me cantaba cuando yo era chiquita y no se sabía la parte en que la pulpera se muere o se la salteaba porque no era cosa de cantarle a una nena chiquita, y ahí, justo ahí ella se puso a hablar del jacarandá. Que era su árbol preferido, que siempre le había llamado la atención mi casa, antes de conocerme, antes de que yo la invitara a pasar al techo, porque tenía ese jacarandá hermoso en la vereda y los seis gatos atorrantes siempre subiendo y bajando entre el árbol, la reja y el tapial. Que jacarandá era su palabra preferida, porque le gustaban mucho las palabras esdrújulas pero también las palabras agudas largas y jacarandá sonaba de la puta madre, así dijo y yo me moría de la emoción.
Me acuerdo que fue esa vez cuando le dije Basta Esme me voy a abajo y salí corriendo pero cuando llegué a la cocina mis hijos me dijeron Por qué llorás así mami y ellos sí que se asustan cuando me ven llorar y andá a explicarles lo del jacarandá y la pulpera y pobres críos quién les manda tenerme como madre. Así que me volví al techo con Esme y ella me sonrió y se desperezó como hacen los gatos, los míos y los de ella, y como yo no voy a aprender a desperezarme nunca.

domingo, 3 de octubre de 2010

Guaipurús y feministas

Ayer mi hija de 15 y la amiga estaban viendo en la tele un documental sobre la vida de Jesús y la interpretación de La última cena. Y empezaron con esa seguidilla de preguntas fundamentales que yo adoro contestar. Por ejemplo:
-¿Por qué inventan tantas cosas sobre un cuadro? ¿El tipo no lo pintó y listo?
-¿Y por qué no saben exactamente qué quiso decir?
-¿Y qué tiene de malo que en la última cena esté María Magdalena en vez de San Juan?
-¿Quién escribió la Biblia?
-¿Qué diferencia hay entre Dios y Jesús?
-¿Y el Espíritu Santo qué es?
-¿Pero existió históricamente Jesús?
Y así fuimos derivando hasta que a Magdalena se le ocurrió que estaría buenísimo estudiar eso. Y yo que puede ser antropóloga y ella que qué se hace con esa carrera "acá". Y yo feliz de decirle que los fósiles del sur y las culturas autóctonas y los pueblos originarios y las historia de Amèrica profunda (cuando me dan manija soy imparable). Y de ahí engancho con mi deseo de investigar sobre mi bisabuela misteriosa, originaria de Entre Ríos, quizás guaicurú, madre soltera, muerta muy joven, de nombre Paula como yo. Y las chicas que me preguntan si no hay nadie vivo de mi familia para preguntarle. Y que el único que queda es mi abuelo de 90 años pero que me da cosa preguntarle y ellas que quieren saber cómo era mi abuelo cuando nosotras éramos chicas. Que no se hablaba, que mi abuelo me quitó el saludo cuando quedé embarazada de soltera. Magdalena dice que su propio abuelo (mi padre) es igual. Y yo que sí, que qué se le va a hacer, que imaginate a Ana (mi mamá) pasando de ese padre a ese marido y eso era lo normal, hasta lo bueno...
-Ma, si yo voy a esperar pasar de mi padre a mi marido...
-Jaja, hija, lo tuyo es del vacío a la nada... No te preocupes, para vos no es así, nosotras somos guaipurús y feministas.

lunes, 26 de octubre de 2009

Uno de mis jueves

JUEVES

Ayer... ¿Ayer? ¿Qué hice ayer? Ni me acuerdo. Ah, sí. Salí a las 7.00 de la mañana con mi hija hacia la escuela mientras pensaba que mi hijo mayor estaba en Mendoza y qué estaría haciendo en ese preciso momento y ojalá la estuviera pasando genial; mientras pensaba que mi hijo menor podía todavía dormir una horita más hasta que llegara la señora que me ayuda en la casa y que lo lleva dos veces por semana a la escuela (los miércoles y los viernes que yo no puedo llevarlo) y que ojalá que los chorros no quieran entrar otra vez a mi casa mientras mi hijo menor duerme y no, no pensar eso que se me tuercen todos los músculos y es al pedo pensar en lo que no podés manejar y que mis hijos saben cuidarse solos y de qué los voy a proteger yo.
Dejé a la nena y me fui para mi escuela. Dos horas de clase con cierre de notas de trimestre, lo que equivale a 30 y pico de explicaciones sobre por qué su nota es un seis, un cuatro o un nueve y qué debe hacer el alumno modelo para aprobar.
Libre a las 9.40 para ir a averiguar sobre salario familiar al consejo que hace dos meses que no me lo pagan y dice la encargada del tema que no me lo van a pagar más porque me pasé del tope de dinero ¡en bruto! Por el que corresponde cobrarlo. Y yo que no meto esa guita nunca en mi bolsillo y ella que no importa que se considera el sueldo sin hacerle los descuentos. Qué viva. Qué hijos de puta.
Dos mates a mi casa aunque tenga que manejar como loca.
10. 45 en otra escuela. Dos horas más de clase: evaluación tema Crónica de una muerte anunciada. "Profesora: ¿quién desvirgó a Ángela Vicario?" "Y yo qué sé, mijo, ¿leyó la novela?"
Comer un pebete mojado en matecocido en la sala de profesores con tres desahuciadas igual que yo (digo, profesoras). De 12.45 a 1.15. Luego ir a 3ero 1era. Era mi curso favorito hasta que no quisieron leer los putos diez capítulos que les di del Quijote y se copiaron el trabajo práctico. Ingratos, una que les da lo mejor de sí. Los mejores años de mi vida. Recreo a las 14.15 y a las 15.15 y a las 16.20. A las 17.25 todos en la puerta del salón con la mochila al hombro para salir cagando por la puerta. Yo la primera de todos.
Arrancar el auto, no pisar a nadie. Buscar a mi hijo menor de la escuela, recomponer alguna cara de madre para no asustar a la criatura, qué culpa tiene. A casa. A casa. A casa. El miércoles es el único día que no trabajo en turno noche.
Lectura, mates, mensajes, mate, tele, mate. A la noche me vi El hombre que volvió de la muerte. Me encanta Peretti pero la historia: un gomón.

Un sábado en que me confieso

SÁBADO

Amo el agua, el mar, nadar, navegar, los barcos de vela, los piratas, a Jack Sparrow. Me duele tanto, a veces, caminar, respirar, desplazarme mediante el esfuerzo de mis extremidades y mis pulmones por la tierra y por el aire, que imagino mucho más dulce y armoniosa la vida en el agua. Esto explica el amor al agua, pero ¿por qué no desear ser un pescado? Digo, un pez. Debe ser que no me gusta la cara de huevones que ponen, la boquita que abren y cierran como pescados y lo poco inteligentes que parecen. (Aunque si pensamos en Axolot, el cuento de Cortázar...). Sí me ha tentado alguna vez la forma de las sirenas, el poder de su canto y de su pelo rojo o violeta, la maldad que encierra su belleza.
Creo que lo de los barcos y los piratas me viene por el lado de la aventura. Debe estar bueno levar anclas, mirar la brújula, estirar el catalejo y zarpar. ¿Con rumbo desconocido o con ruta prefijada? ¿Hacia el horizonte? (Al infinito y más allá, ah, no, ése era otro personaje). Y no es que me deshaga detrás de un deseo de emociones que mi vida no tiene, que bastante movidita es para mi gusto, y hasta desearía sazonarla con algo de sana rutina de vez en cuando. Creo que lo que me atrae es una fantasía tonta de noresponsabilidad, una idealización de la navegación y la piratería que me llevan a imaginarlas como el sumun de la despreocupación, de la libertad libre de cargas, de miedos, de necesidades de esas que te hacen dolor la espalda, la cabeza y las articulaciones de las manos.
"Iojojou, pirata siempre soy". Es infantil, ya sé, pero me encanta, me puede, me hace sonreir desde el fondo de mí misma, me hace divertirme y alegrarme como creo se alegra una niña con juguete nuevo, con hamaca que la lleva alto, con amigas que le cantan el feliz cumpleaños. Lo gracioso es que no me recuerdo alegre de niña. No es que extrañe algo que tuve y perdí, no es que desee volver a un lugar ideal en el que estuve. "Lo que yo quiero no existe. Todavía.", escribí una vez y lo titulé "Esperanza". Y debajo me acuerdo que venía algo como "Lo que perdí no existió nunca. Era yo quien lo creaba." No me acuerdo si le puse titulo a esta segunda idea porque nunca la pasé en limpio y a la primera sí.
Se me ocurre ahora que tengo algo como deseos "norreales", no sé cómo explicarlos, deseos que sólo se satisfacen con algo que no existe, con algo que no ha sido creado, todavía. De aquí hay un paso a pensar por qué escribo, por qué amo la ficción, por qué he leído tanto desde tan chica, por qué amo más a los personajes que a las personas. Mi ansiedad sólo se aplaca inventando cosas, creando lugares y cosas, enredando palabras que inventen ideas, imágenes, situaciones. ¿Es triste? ¿Es malo? ¿Es un defecto ser así? No sé. A mí, a veces me llena de orgullo y de alegría y a veces me hace sentir un monstruo. A veces trato de evitarlo y de ser de otra manera, pero no me convence. Tengo amores en el mundo real, pero me sorprendo a mí misma tratando de "hacerlos a mi manera" (pobres hijos e hija mía a quienes, por suerte, he dotado de defensas contra su propia madre). Me pesco a mí misma imaginando a mis padres, hermanos, familiares, compañeros, amigas, amantes y otros hijos de vecino, de la manera en que a mí me gustaría que fuesen. Como una Frankestein (tímida por suerte) mezclo en mi cabeza y en mi corazón lo que alguien dijo, hizo o no hizo, con lo que dijo o no dijo, hizo o no hizo otro, y agregándole elementos de mis ficciones (las leídas, las escritas, las fantaseadas) que transforman a los pobres sujetos en cuestión en monstruos o maravillas que lejos están de ser en realidad. ¿En realidad? ¿Qué realidad? Cuando ando bien me digo a mí misma que no le hago mal a nadie, que "tener la cabeza llena de pájaros" o de piratas no le hace mal a nadie y que más de uno ha salido más que beneficiado con mis inventos ilusionados. Qué sé yo.

Uno de mis mièrcoles

MIÉRCOLES

Se me ha pegado esta semana una tristeza. Podría encontrarle distintos motivos. A la tristeza y al hecho de que no pueda despegármela a través de los días que van sucediéndose igual de tristes. Semejantes unos a otros en su pegoteosa tristeza. Podría decir que, luego de un domingo hermosamente soleado y tibiamente primaveral, el lunes lluvioso y con descenso de temperatura, me recuerda que la estación del amor y las flores aún no llega y es inútil apurar su llegada. Podría decir que me estoy despidiendo de mi mamá que sufre de cáncer. Incluso podría decir que tendré que despedirme de ella sin haberla disfrutado como mi desprotegida inocencia de hija hubiese deseado. Podría agregar que mi trabajo es agotador y da pocos frutos. Que mi hijo mayor está de viaje de egresados y lo extraño muchísimo.
Todos son buenos motivos para justificar la tristeza que se me pegó. Y todas las cosas alegres y placenteras que me bailan alrededor la despegarán uno de estos días. Uno de éstos. Pero no hoy.

Uno de mis martes

MARTES
Este año se está portando bien: ya no tengo que preocuparme por mi estabilidad laboral porque sé que no me faltará trabajo, que quizás me falte dinero que recompense ese trabajo, pero nunca me faltará dónde despotricar contra los niños y niñas que no quieren aprender y los hombres y mujeres que no quieren enseñarles.
Tampoco tengo que preocuparme sobre mi estabilidad familiar porque reconocí finalmente que ya no amo a quien fue el hombre de mi vida. Incluso reconocí que fue para mí poco hombre y que junto a él, "eso" estuvo lejos de ser mi vida. Tampoco mis hijos e hija me dan grandes problemas porque suelen ser las mejores personas que conozco y crecen ya casi sin que yo los fastidie.
Esto hace que me haya quedado sin preocupaciones, lo cual es bastante grave, pero deja tiempo y espacio para lo que una puede hacer sin producir arrugas entre las cejas. Es así que este año me tiene en medio de una novela y con varios cuentos terminados, feliz con lo que soy y sólo me enojo conmigo misma cuando no me dejo ser.

Uno de mis lunes

LUNES

Nadie me contó qué hice apenas nací así que no lo sé. Lo que sí sé, que me lo dijo mi mamá en tono de reproche y lo confirmó mi papá en tono indefinido que no quería desmentir el tono de reproche anterior, es que tardé mucho en "salir", que el parto fue eso: "un parto" de largo y de doloroso porque yo era (¿soy?) una "chantaculo", que en idioma paterno-maternal significa "una que no levanta nunca el culo", una que no se mueve. Imagino que desde allí me marcaron mis padre y madre con esto que estoy haciendo en este preciso momento y es lo que más amo hacer: tener el culo apoyado en un buen almohadón mientras leo y escribo.
Después de nacer, ahí no más, fui hermana mayor. Durante mucho tiempo fue mi única profesión clara. Luego fui estudiosa. Muy. Hasta que me trasformé en una mal parida (¿o lo era ya desde aquel parto tan doloroso?). La cosa es que fue mi misma madre quien me nombró así justo por la época en la que se me antojó andar "mariposeando" con chicos. Seres masculinos, digo. Muchachos. Noviecitos. Esos que te tocan en los rincones oscuros y de los otros mientras las madres, la tuya sobre todo, se imagina cosas inconfesables que vos todavía ni te podés imaginar.
Por esta misma época, como no podía contarle a nadie las cosas inconfesables que aún no me habían pasado, empecé a escribir. Poesía. Como la de Alfonsina Storni, creía yo. Pero esto tampoco se lo contaba a nadie. Lo de que escribía, que era más inconfesable que lo otro.
A partir de allí todo pasó muy rápido: me casé con uno de esos muchachitos que, como decía mamá, me llevó por el mal camino (por suerte lo dejé a él en ese camino indeseable y yo seguí por el mío). Fruto de esa unión (siempre quise usar esta frase cursi y pedorra) tengo dos hijos y una hija que me hacen ocupar el lugar de la que dice quién es buena o mala gente, quién ha sido bien o mal parido, qué caminos son los buenos y cuáles los malos. Es agradable.

Uno de mis viernes

VIERNES

Empezaré el día de mañana acostándome a la madrugada luego de haber disfrutado de La maldición del Perla Negra y El cofre de la muerte que acabo de comprarme y pienso ver (por quinchicenteava vez) esta noche tirada a lo largo de mi sillón.
Me levantaré despacio, sin horario (o casi porque mi hijo Rafael tiene taller de historieta y yo taller literario en el Centro Cultural). Me tomaré dos o tres mates lentos, mientras acomodo algo en la cocina y me visto por partes. Luego dos o tres mates apurados mientras abro las puertas y portones, saludo a los perros, gatos y gatas, malvones, yuyos y árboles de brotes recientes.
En el taller me tocará escuchar lo que han escrito otros y otras que tiemblan más que yo al leer sus propias palabras, me tocará tranquilizarlos y decirles todo lo que vi en sus frases y en sus personajes, en sus adjetivos y en sus paisajes, me tocará recibir sus miradas agradecidas y sus sonrisas cómplices cuando no pueda evitar hablarles de lo que a mí también me pasa cuando escribo.
Por la tarde pienso mantener el tiempo a raya para que me alcance para jugar al Patrañas con mi hija e hijo, para avanzar con mi novela y con la de Jorge Amado. Lo ideal es moverse despacio y armoniosamente para que el domingo no llegue rápido y, si tiene que llegar, se quede quietito sin irse apurado hacia la nueva semana.

sábado, 29 de marzo de 2008

Madres e hijas naturales

"SU BELLEZA CONTARÉ"*



–La del Irupé, má, la del Irupé.
–Pero, Paulita... ya te la conté mil veces.
–¿Y se gastó?
–No, pero...
–Dale, contámela otra vez.
–¿La de la enamorada de la luna o la de Morotí y Pitá?
–Las dos, mami, las dos.
–¿Cuál te gusta más?
–Las dos. Me gusta que haya dos diferentes. ¿Cuál es la verdadera, ma?
–No sé. ¿Verdadera cómo?
–Cuál pasó de verdad.
–No sé. Unos cuentan una y otros cuentan otra.
–Y nosotras contamos las dos. Las dos son de amor y las dos son tristes pero en la de Morotí, ella es mala.
–No es mala, es un poco vanidosa.
–¿Ser vanidosa es ser mala, ma?
–No, es querer que todos te quieran y todos te miren y todos crean que sos la mejor y la más linda porque en realidad tenés miedo de que nadie te quiera y de que nadie te mire y de que nadie vea qué linda que sos.
–Ma, ¿yo soy vanidosa?
–No, porque vos estás segura de que te queremos.
–Ah... Entonces, ¿nunca voy a poder ser un irupé?
–No sé, creo que no.
–Ma, ¿por qué no me pusiste Irupé de nombre?
–Porque no me animé, hijita, es un nombre tan raro...
–Pero es tan lindo... Debe ser tan lindo ser Irupé.
–Pero, nena, si nunca viste uno.
–Porque ustedes nunca me llevaron a ese río. Pero yo vi fotos y dibujos y me lo imagino. Mirá, mirá qué lindo cómo flota. Sí que me lo imagino, aunque esta foto es un poco chiquita, yo siento qué lindo debe ser flotar así con la panza para arriba...
–Mirar el cielo enamorada de la luna.
–Y a los pájaros y a los sapitos y a las víboras les debe encantar subirse para ir con ella por el río y todos flotan livianitos y blanditos y cerrando los ojos porque el sol está alto y se ve igual a través de los párpados.
–Y ella de quien está enamorada es de la luna y por agarrarla trepó a los árboles y a las montañas y al final la encontró en el reflejo del río.
–Menos mal que Tupá fue bueno y la transformó en irupé.
–Menos mal.
–Seguro que el agua está calentita y le acaricia la espalda y los costados y en los oídos le hace un ruidito que es como música y cambia todo el tiempo y la lleva dormida pero despierta porque no está muerta ¿no es cierto, ma? ¿no es cierto que está viva?
–Claro, la que estaba muerta era Ofelia.
–Ah, cierto, pero esa historia sí que es fea porque el príncipe no la quería y ella no quería vivir. En cambio a Irupé el río la lleva a pasear y a descubrir cosas y todos los


que se acercan al agua las ven porque son hermosas y están todas juntas, las irupés, juntas y formando una alfombra de verdes y blanco y rojo.
–Siempre te olvidás de Pitá.
–Ay, pobre Pitá, es que era muy bobo. ¿Cómo se le ocurre tirarse así al río para buscar el brazalete de Morotí?
–Es que estaba muy enamorado y hacía cualquier cosa que le pidiera Morotí.
–Yo nunca me voy a enamorar de un tonto que hace cualquier cosa.
–Hija, a veces es muy agradable que te hagan un capricho.
–Pero, ma, ¿quién te entiende? ¿No me decís siempre a mí que no sea caprichosa?
–Bueno, eso te lo digo cuando empezás con el "me comprás, me comprás", pero a veces es agradable que un hombre te dé una prueba de su amor tirándose al río.
–Yo pediría otras cosas.
–¿Qué cosas pedirías?
–Mmm, ahora no se me ocurre nada pero ya lo voy a pensar. Igual la culpa de que Pitá no saliera del río la tuvo la hechicera de las Aguas que estaba aburrida de estar criando musgo en el fondo y quería que Pitá se quedara con ella para que le buscara cosas que ella tiraba a la orilla.
–Me parece que esa parte la inventaste vos.
–Mentira, vos me contaste de la hechicera de la Aguas.
–Sí, hay versiones que hablan de la hechicera de las Aguas y de un hechicero guaraní que explicó lo que pasó cuando Pitá no volvía, pero eso de que la hechicera estaba aburrida y tapada de musgo...
–Yo me la imagino así.
–Ah.
–También me imagino que Morotí peleó con la hechicera por Pitá.
–Sí, la leyenda dice que el amor de Morotí arrepentida liberó a Pitá de las aguas y los unió a los dos en la flor del irupé.
–La cosa es cómo lo liberó, ¿con el amor? ¿cómo se libera con el amor? Seguro que la agarró a la hechicera esa de los pelos y la revolcó por todo el piso del fondo del río que debe estar lleno de barro y le dijo que Pitá la quería a ella y que no se metiera donde nadie la llamaba y que no le diera gualichos ni le dijera palabras mágicas a su novio para que se olvidara de ella.
–Puede ser.
–Seguro, ma. Seguro que Pitá se estaba ahogando y estaba medio embobado con las dos peleándose y no sabía qué hacer y Morotí sí sabía qué hacer y le dijo a la bruja "quién te dio vela en este entierro" como vos me decís cuando querés que no me meta.
–Y cuando la hechicera estuvo derrotada Morotí y Pitá subieron abrazados a la superficie y respiraron el aire fresco del amanecer y se sonrieron uno al otro porque estaban a salvo y enamorados.
–Entonces la gente de su tribu vio por primera vez un irupé, la flor tenía pétalos blancos por Morotí y rojos por Pitá. Eso les explicó el hechicero, pero a los enamorados ¿también les explicó?
–¿Quién les explicó qué?
–Lo que les había pasado. ¿Qué pensaron ellos cuando vieron que no tenían más el cuerpo de hombre y de mujer? ¿Les gustó ser una flor los dos juntos?
–Vos dijiste hace un rato que debe ser lindo ser irupé, ¿no?
–Sí, pero también debe ser lindo ser hombre y ser mujer, ¿no, ma? Porque los brazos y las piernas sirven para abrazarse y las plantas no tienen y tampoco tienen bocas para besarse y decirse te amo.
–Entonces te gusta más ser mujer que ser Irupé.
–No sé. ¿A vos?
–A mí me gusta ser mujer y tener brazos y piernas y boca y flotar en el agua cuando nado y sentirme un poco planta cuando toco la tierra del jardín y de mis macetas y planto mis gajitos y los veo brotar y florecer.
–Por eso tu nombre es tan lindo, ma. Anahí también se transformó en flor.
–¿Es un reproche?
–¿Qué es un reproche?
–Me estás echando en cara que yo me llame Anahí y no te haya puesto Irupé.
–No sé qué es echar en cara.
–Que te parece mal, egoísta de mi parte que me quedara con mi nombre de flor y no te diera nombre de flor a vos.
–No, ma, mi nombre también me gusta y el árbol en que se transformó Anahí es bien feo, tiene lindo color y la historia me encanta porque ella es valiente y canta cuando la queman pero ese ceibo no es nada bonito.
–Y bueno, hija, nadie es perfecto.
–Ma...
–Qué.
–¿Inventamos una leyenda para la vaquita de San Antonio? El nombre es horrible pero el cuerpito es tan lindo y debe ser fabuloso que todos quieran que les camines por la mano para darles buena suerte y todos sean felices al verte y pongan sus deditos de una mano a la otra para que vos pases y repartas buena suerte y tener sobre tu espaldita a lunares todas esas miradas de ilusiones y esperanzas y sueños felices y promesas. Después, cuando te cansás de las caminatas por los deditos, abrís las alas chiquitas que antes no se veían y puf, te volás. Y todos te miran irte y dicen: aaaa y esperan que vuelvas pronto. Dale ¿inventamos una leyenda? ¿Podemos nosotras inventar una?
–Podemos.
–Dale. Y después de que la inventemos se la contamos a todos y que todos se la cuenten a sus hijas y a sus hijos y así para siempre. ¿Dale,ma?
–Dale, hi.

* Verso de la versión en octosílabos de Franklin Rúveda de la Leyenda del Irupé.

Lunes por la madrugada...

Yo cierro los ojos y veo tu cara
que sonríe cómplice de amor...