Fragmento de "Libros y rosas" de Helen Oyeyemi
Desde donde Lucy se sentaba junto a su jugador podía mirar a través de
una ventana de dos hojas; desde allí veía una larga calle que conducía hasta el
pie de una montaña. Lo que más le gustaba a Lucy de aquella vista era que a
medida que la noche iba dando paso al amanecer, la montaña parecía
deslizarse por la calle. Avanzaba de puntillas, como si temiera que alguien la
sorprendiera. En la medida en que una efímera cosa hecha de carne y hueso
puede recordar (o presagiar) lo que es ser piedra, Lucy comprendía el deseo
de la montaña de ponerse a escuchar en la ventana de un antro de jugadores y
reconfortarse al calor de toda la esperanza y la desolación que flotaban en el
ambiente. Le habría gustado que la montaña consiguiera un día encogerse
hasta convertirse en un guijarro para poder entrar rompiendo el cristal y
deslizarse hasta un rincón desde donde absorber felizmente la vida tabernaria
mientras el lugar permaneciera abierto. Lucy trató de escribir algo a Safiye
sobre lo que veía a través de esa ventana, pero le pareció que su descripción
de la montaña resultaba tan nostálgica que resultaba desagradable leerla. No
envió la carta.
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