lunes, 7 de septiembre de 2026

Preparación para la Vida

Fragmento de El jardín de vidrio, de Tatiana Tibuelack. PP. 154-55 



Raia parecía enfadada, pero no me echó. «Has venido en muy mal momento», me gritó desde detrás de la puerta y corrió a la cocina. La seguí, descorazonada. Quería saber de dónde venía aquel tufo. Del hornillo, un caldero de aluminio en el que la había visto en verano lavar la fruta para hacer mermelada. El olor me resultaba conocido, sin embargo, no podía tratarse de comida. Me acerqué y observé una espuma rojiza, a punto de derramarse por los bordes pringosos. Raia puso la tapa y el tufo se atenuó. «¿Qué es eso?», le pregunté cubriéndome la boca con la mano. «¿Qué pasa? ¿Es que no puedes dormir por la noche?», atacó ella. Yo había ido, de hecho, con un cometido.

Tenía que hacer un salchichón de chocolate, una de esas estupideces que se les pedía a las chicas en cuarto curso. Eso es todo lo que recuerdo de las clases de Preparación para la Vida: salchichones de chocolate y punto de cruz. En otras palabras, de la escuela salí fantásticamente preparada para la vida. El resto, me lo callo. Nadie me preparó para la violación. Nadie me preparó para la traición. Limpiar, cocinar, acostarse: eso tenía que saber una mujer. N-a-d-i-e me dijo que llegaría un día en que mi marido —uno de los chavales que en esa misma hora de clase tallaban admirablemente la madera— se cagaría en mi comida y en mi limpieza y se marcharía. Ni siquiera con otra mujer, ni siquiera con un objetivo concreto. Se marcharía, simplemente. Más o menos así fue nuestra preparación para la vida. Llevarte una paliza y enrollar un salchichón de chocolate. Alumbrar a un niño enfermo, bordar un pañuelo a punto de cruz. 

Es cierto, soy mala. Blasfemo y bebo. También hago otras cosas. Sin luciérnagas mágicas en mi sombrío agujero. No hice un salchichón, ni aquel día ni ningún otro. Raia estaba lavando en el caldero los trapos de la entrepierna, tal y como tenían que hacer todas las mujeres una vez al mes. Cuando descubrí lo que tenía en el fuego y reconocí el olor a sangre coagulada, salí y vomité en las escaleras todo lo que había comido."

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Lunes por la madrugada...

Yo cierro los ojos y veo tu cara
que sonríe cómplice de amor...