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miércoles, 5 de agosto de 2026

Acabo de terminar (23.20hs) El ministerio del dolor de Dubrazka Ugresic y dejé este mensaje en mi grupa de lectura

 Cumpas: Acabo de terminar El ministerio del dolor. Muy emocionada. Gracias por no contarnos el final que me sorprendió mucho, me deja con muchas dudas e inquietudes. Hablemos de este final la próxima. Abrazón.

lunes, 3 de agosto de 2026

La lengua era nuestro trauma común

 Dubravska Ugresic. El ministerio del dolor (fragmento)



—Todas nuestras lenguas intentan establecer su norma literaria, pero solo

suena natural en su variante impura, bastarda, o en la dialectal. Cuando oigo

cómo parlotean los dálmatas me parece muy cool. Cuando oigo el croata

oficial me resulta afectado, una agresión al idioma. Todas esas lenguas, croata,

serbio, bosnio, son algo antinatural… Yo soy un rocker, compañera, tengo un

oído guay, I know what I’m talking about…

Entretanto, este idioma nuestro del que Igor hablaba, refiriéndose al

estándar lingüístico croata, se había vuelto aún más rígido. La exposición

constante en los periódicos y en la televisión modificaba la lengua a diario:

unos adoptaban el habla nueva y deforme con una pasividad asombrosa, otros

con pasión. Para unos era la única manera de afirmar su lealtad política; para

otros, extrañamente, se había convertido en el único modo de describir la

pesadilla en la que vivían. Las frases rígidas, secas, facilitaban la cosa y

acortaban el camino. Las frases eran un idioma de señales, despersonalizaban al

hablante y servían de muro protector. Las frases eran un discurso acerca de algo

sobre lo que, de todos modos, no se podía hablar. Como si no hubiera

elección, como si solo hubiera dos opciones: callar todo con autenticidad o sin

autenticidad hablar de todo.

Los jóvenes empezaron espontáneamente a parapetarse en las hablas locales

que antes desdeñaban (¡solo los cazurros hablan así!). Solían refugiarse también

en su lengua inventada, la lengua de su generación escolar o de su pandilla. Esa

lengua inventada servía de defensa provisional contra la nueva habla oficial,que había llegado con la guerra, había irrumpido en todas partes y lo había

contaminado todo. Era una suerte de idioma secreto como el que usábamos en

la infancia, convencidos de que nadie nos entendía… Tepe tenpegopo quepe

depecirpi alpagopo…

La lengua era nuestro trauma común que, a veces, se manifestaba en una

forma pervertida. Me afectó el caso de una bosnia que, según dicen, se había

aprendido de memoria la historia de su violación y la repetía cada vez que se lo

pedían. Y cuando las violaciones de guerra se convirtieron en el foco de los

medios de comunicación mundiales, se constató que solo esta bosnia era capaz

de relatar el hecho de manera coherente. Pronto la arrastraron de acá para allá

los periodistas extranjeros, las asociaciones de mujeres, las organizaciones de

mujeres americanas, que la invitaron a los Estados Unidos. Allí fue de un lugar

a otro repitiendo el estribillo de su humillación personal. Es más, cuentan que

se aprendió de memoria la versión inglesa. Repetía su relato, que ahora estaba

doblemente despojado del contenido auténtico, cual plañidera en los entierros

de los pueblos. Como una máquina parlante, la bosnia anestesiaba su dolor con

la reproducción pública de su desgarradora historia.

A menudo me parecía que mi propia habla se volvía seca e incolora. A veces

me sentía como una alumna del curso de croata para extranjeros, y podía

suceder que, al pronunciar una frase, me quedara atónita por su sonido seco y

frío. Como si hubiera dejado salir las palabras a través de una boca llena de

escarcha.



Ediciones Impedimenta. Pág. 41-42

La protagonista, profe de literatura, en clase con expatriades en Bélgica

Dubravska Ugresic. El ministerio del dolor.



 Por supuesto que entendía bien la situación absurda en la que me hallaba.

Tenía que dar clases de una materia que oficialmente ya no existía. La Filología

Yugoslava —que antaño abarcaba la literatura eslovena, croata, bosnia, serbia,

montenegrina y macedonia— había desaparecido como carrera junto con

Yugoslavia. A los estudiantes a los que debía impartir clase les preocupaban

solo los papeles holandeses, no la literatura. Estaba allí para enseñar la

literatura de un país (o, según el nuevo orden de cosas, de unos países) del que

mis alumnos habían huido o habían sido expulsados. En resumidas cuentas, el

absurdo se multiplicaba y la casa se desplomaba. De mí se esperaba que entre el

montón de ruinas encontrara un pasadizo y emprendiera la marcha.

Comencé por el idioma, por el croata-serbio, por el servo-kroatisch. La

lengua que se hablaba en Croacia, Serbia, Bosnia y Montenegro ahora, igual

que el país, se había dividido en tres lenguas oficiales: croata, serbio y bosnio.

Esta división oficial en croata y serbio existía ya antaño, la novedad era solo el

establecimiento de los puestos de control lingüísticos. De todos modos, las

«nuevas» lenguas no me preocupaban y no se me había pasado por la

imaginación separarlas por las diferencias contenidas en una cincuentena de palabras. Me preocupaba más el descubrimiento de una rigidez general del

idioma en sí, y luego la mala voluntad e incapacidad de mis alumnos para

servirse de él. A su «dudosa» lengua materna, la nuestra, ahora añadían,

además de un inglés mediocre, un holandés deficiente.

Dije que el croata, el serbio y el bosnio eran variantes de una misma lengua

y que apoyaba firmemente esa tesis.

—Todos los idiomas son dialectos tras los que se encuentra un ejército. Tras

el croata, el serbio y el bosnio se hallan bandas paramilitares. No irán a

permitir que criminales medio analfabetos sean sus consejeros lingüísticos, ¿no?

¡Solo nos faltaba eso! —dije, y al mismo tiempo era consciente de que

pertenecía a las generaciones cuyas lecturas escolares estaban salpicadas de

fragmentos en esloveno, macedonio, serbio y croata, impresos en alfabeto

latino y en alfabeto cirílico, y de que al cabo de una decena de años ya nadie se

acordaría de ese hecho.

Sin embargo, no era todo tan sencillo. Mis alumnos sabían bien que no se

trataba de una metáfora, y que detrás de nuestras lenguas se hallaban

realmente los ejércitos. En verdad se degollaba en nuestras lenguas, se

humillaba, se asesinaba, se violaba y se expulsaba. Eran lenguas que se hacían la

guerra sosteniendo que eran incompatibles, justo, quizá, porque eran

inseparables.

Los periódicos locales estaban repletos de consejos lingüísticos. De pronto,

todo el mundo era una autoridad lingüística: el carnicero, la peluquera y el

electricista. Con la guerra, aparecieron en las librerías los más diversos

diccionarios. Los serbios, que habían empezado a utilizar en masa el alfabeto

latino, volvieron al cirílico. Los croatas, pugnando por «croatizar» de la manera

más concienzuda posible el croata, pusieron en circulación unas construcciones

torpes, copiadas del ruso, y otras palabras, más disparatadas aún, que estaban

en uso durante la Segunda Guerra Mundial. Era una época de divorcio

lingüístico llena de ruido y rabia. La lengua era un arma. La lengua delataba,

marcaba, separaba y unía. Los croatas decidieron comer su kruh, como se dice en croata pan, los serbios su hleb, los bosnios su hljeb. La palabra smrt,

muerte, era la misma en las tres lenguas.

Todo esto no significaba que el idioma, antes de la separación —ese «croata-

serbio», «serbo-croata» o «croata y serbio»—, fuera una norma lingüística mejor

y más aceptable que con la guerra hubiera sido brutalmente aplastada, no. Esa

exlengua también tenía su propia función política, también tras ella estaba el

ejército, y se manipulaba con ella, también estaba contaminada con el nuevo

lenguaje ideológico «yugoslavo». No obstante, la historia de unión y

armonización de las variantes lingüísticas no solo era mucho más larga sino

también más meditada que la corta historia de la separación. Exactamente igual

que la historia de la construcción de puentes y carreteras era mucho más larga y

más meditada que la corta historia de su destrucción.



Ediciones Impedimenta. Pág. 38-39

martes, 28 de julio de 2026

Huellas dactilares

El ministerio del dolor. Dubravka Ugresic



 Me asombraba la cantidad de signos, señales, «huellas dactilares», como si

cada uno de los habitantes de Ámsterdam se esforzara por dejar su firma en

algún lugar. Estas señales eran infantiles y por ello conmovedoras, como las

miguitas de pan que Hansel y Gretel dejaban tras de sí para saber regresar. Me

parecía que tan numerosas señales —figurillas de gatos que trepan por la

fachada de las casas antiguas, las ventanas de las que colgaban banderitas,

carteles, incluso fotografías de los miembros de la familia, sobre todo de los

bebés recién nacidos, inscripciones y lemas de todo tipo, pequeñas esculturas,

juguetes, ositos de peluche, máscaras africanas, títeres del wajang indonesio,

barquitos, réplicas en miniatura de las casas de Ámsterdam— solo emitían un

mensaje: «Yo vivo aquí, ¡eh!, vivo aquí». Tenía la sensación de que todas estas

«naturalezas muertas», estos «ikebanas» e «instalaciones» en las ventanas —

como por ejemplo un jarrón barato en la ventana, comprado en Ikea, en el

que, merced a la voluntad inspirada artísticamente del morador, había

encallado un barco comprado en Xeno por dos florines—, revelaban el miedo

inconsciente de los habitantes a la desaparición. Esas casas de muñecas dentro de casas de muñecas, ese infantil exhibicionismo urbano, esa insistencia en

dejar huellas dactilares en la arena, todo esto en algún lugar rimaba con mi

propia angustia, cuyo verdadero nombre y origen ignoraba.



Parte 5. Página 31. Ediciones Impedimenta.

Leo El ministerio del dolor

El ministerio del dolor. Dubravka Ugresic


 La angustia en el piso semisótano crecía a una velocidad tropical, como la

passiebloem, la pasiflora que adornaba los muros de las casas y de las vallas de

los jardines en muchos puntos de la ciudad. Cada vez con más frecuencia me

sorprendía a mí misma cogiendo el bolso, echándome la gabardina sobre los

hombros y saliendo a toda prisa del piso sin saber adónde iba.

Una ciudad que semejaba un caracol, una concha, una telaraña, un encaje

suntuoso, una novela de insólita estructura circular que carecía de final, me

desconcertaba. Me perdía a menudo, me costó mucho memorizar los nombres

de las calles y dónde empezaba o acababa una. Me ahogaba en un vaso de agua. Solía acompañarme la sensación de que si, como la Alicia de Carroll, resbalaba

y me caía en un agujero, me hallaría en un tercer o un cuarto mundo paralelo.

Porque Ámsterdam, que conocía desde hacía poco, era ya mi mundo paralelo.

Lo percibía como un sueño que, a su manera, rimaba con mi realidad.

Descifraba la ciudad como si interpretara mis propios sueños.

Lo que más me fascinaba era la arena. 



Editorial Impedimenta.

Lunes por la madrugada...

Yo cierro los ojos y veo tu cara
que sonríe cómplice de amor...