Otro fragmento de "Libros y rosas" de Helen Oyeyemi
—¿Un sonido? ¿Una voz?
—Sí…, bueno, no. Era un crujido, como un picaporte oxidado girando, o
como el chirrido de los goznes de una puerta de madera forzada, aunque yo
diría que era, estoy casi segura, el sonido de algo que crecía. A veces pienso
que si pudiéramos escuchar crecer a los árboles los oiríamos… crujir… de esa
manera. Volví a llamar y el crujido se detuvo y dio paso al silencio. Un
silencio que me dio muy mala espina. Entonces pensé que tenía que hacer
algo…, si dejaba la puerta cerrada y luego resultaba que alguien podría
haberse salvado si la hubiera abierto a tiempo, no habría podido soportarlo…,
así que tenía que abrir la puerta a toda costa. Recé para que estuviera cerrada,
pero se abrió, y vi a la señora del Olmo en pie junto a la ventana, a la luz de la
Página 17 luna y de espaldas a mí. Sujetaba una rosa en las manos como si fuera a
bebérsela. Estaba de pie, muy tiesa; nadie está en pie de esa manera, ni
siquiera los bailarines en el escenario…
—¿Muerta?
—No, si te parece estaba echando un sueñecito. ¡Joder, pues claro que
estaba muerta, Lucy! ¡Completamente muerta! Encendí la lámpara de la mesa
y me acerqué. Tenía los ojos abiertos y en ellos se podía percibir cierto
entendimiento…, por un momento pensé que iba a hacerme callar; parecía
comprender lo que le había sucedido y estar a punto de decir: «¡Chsss! Ya lo
sé, ya lo sé, y tú no tienes que saberlo». Era una imagen espantosa, no sabes
qué espantosa era. Pero cuando bajé la vista y miré el resto del cuerpo para
tratar de olvidar el rostro, vi tres cosas en rápida sucesión: una, que el color de
la rosa que sujetaba era diferente del color de las rosas del jarrón del alféizar
de la ventana. Las del jarrón eran amarillas con vetas de color lavanda, como
te he dicho, y la que tenía ella en la mano era naranja con vetas marrones.
Lucy hizo mentalmente las mezclas de colores. ¿Qué convierte el amarillo
en naranja y el azul o el morado en marrón? El rojo.
—También vi que tenía un agujero en el pecho.
—¿Un agujero?
—Una pequeña y precisa incisión —aclaró Safiye golpeando suavemente
en el centro del pecho de Lucy—. Iba de un lado a otro y, sin embargo, no
había sangre.
(Toda estaba en la rosa).
—¿Y qué más?
—El tallo de la rosa era naranja. —Safiye se puso a temblar de nuevo—.
¿Cómo podía contar eso a la policía? ¿Cómo iba a decirles que fue así como
la encontré? A la rosa le había crecido una especie de cola. Larga, curvada,
espinosa. Salí huyendo.
—Después de coger la llave —le recordó Lucy.
—Cogí la llave y salí corriendo.
Las amantes cerraron los ojos para dejar de pensar y de los pensamientos
pasaron al sueño. Cuando Lucy se despertó, Safiye se había ido. Dejó una
nota —«Espérame»— y esa fue la única prueba de que la visita nocturna no
había sido un sueño.
Diez años después, Lucy seguía esperando.
No hay comentarios:
Publicar un comentario