Como estoy fastidiosa, cansada, acalorada, enojada con el mundo, no con el mundo no, con la burocracia y la falta de mi guita, preocupada por Fido y pensando en gente muerta que desperdició su vida, el odio se me va hacia cualquier parte:
Odio al pelotudo de la cola del banco que le dice a otro pelotudo, dos viejos chotos de 60-70 que se hacen los cancheros, que él es un pecador y otras sanatas confesionales. Qué pecador vas a ser vos, mecha corta, que ni para pecar te da el cuero.
Odio a la vieja, gorda y con solera tipo batón, que amo en mí, que se vanagloria de su talle 100 de corpiño y que "hay que sostener estas".
Odio a la que no se mueve y parece meada y le pide permiso a un pie para mover el otro.
Odio al feo vestido de rockero de los 80 (los muchachos de mi época ya tienen 60 años), con la barba crecida, los rulos canosos hasta los hombros, la remera de La renga metida en el jean, la cadena de perro como cinturón, que se me sienta al lado y babea entre cabezazo de sueño y cabezazo de pajero.
Odio al empleado que habla a los gritos para explicar todo lo que sabe de estas mierdas de sistemas computacionales de atención al cliente que lo único que hacen es desatenderte.
Odio al de seguridad masculino que le sonríe a la de seguridad femenina y están ahí en la puerta pelotudeando.
Odio a la madre con el bebé en una teta que no se sienta para amamantarlo y sigue caminando con el carriro y el celu en la otra mano.
Odio a la vieja con botulismo y andador que tiraniza a un marido, una hija y una nieta dándo indicaciones apensas inaudibles y sacudiendo sus manos manicureadas de rojo. Yo debería encontrar a quién tiranizar.
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