Vengo de lecturas intensas que se me trenzan, me persiguen y me confunden: Solenoide que arrastro desde el año pasado, Hamnet de la que apenas puedo hablar, Claus y Lucas que me deslumbra en castellano y en francés, IT de la que atravesé ya 800 y pico de páginas y tengo pánico de habitar, y ahora subo El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, cuya violenta crueldad hace pensar que no se trata de una novela, de un artefacto simbólico inofensivo sino de uan patada en la mitad de la cara. Y así y todo está ahí la belleza, la dulzura.
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