domingo, 4 de octubre de 2026

Qué sueño reparador el de anoche (bah, de este mediodía)

 Reparador en el sentido de dormir mucho (son las 14.42 y recién me levanto) y de soñar con sentido, con gente que me crea conflictos no puedo reparar en la vigilia. Con una porque está muerta, con el otro porque es un pelotudo je. Estuve un rato haciendo fiaca, levantándome al baño, a sacar el tender al sol, a comerme una banana con almendras y una mandarina, y pensaba en no contar acá ni en ningún lado este sueño, dejarlo en el humus de la cuerpa pensando y sientiente, no obligarme a conservarlo, dejarlo seguir su ruta sin fijarlo. Pero ganó la curiosidad por ver cómo sale a la narración lineal y cómo me pega releer esto en algún tiempo, no sé cuánto, cuando quizás ya me haya olvidado y no reconozca estas aventuras.

Empezaba en esta casa (bueno, todo sucede en esta casa) pero el frente era distinto, tenía más terreno, una tranquerita baja que no reconozco de dónde. La vereda era la misma. Yo le decía a alguien (sería Rafa pero no aparecía) que entráramos al perro, era uno solo, no sé si Simón que es el que se queda afuera ahora, o Fido joven, u otro más como un perro policía como los que tenían mis viejes. Lo entrábamos porque venía alguien. Estacionaba un auto todo viejo y rotoso, un dodge pintado con antióxido, u oxidado, ahora se me ocurre alguna pista CF o del futuro, algo tipo Mad Max, tengo en la cabeza mi cuento de 2172 pero no llego a ver qué tiene que ver.

El que bajaba del auto era Gustavo. Yo no lo esperaba y me sorprendía que viniera pero me alegraba. Estaba sonriente, cara redonda, no tan viejo decrépito. Yo le miraba la boca y pensaba si tenía que besarlo o no. Era como un marido que llega de trabajar en horario laboral. Entrábamos por la puerta de madera de adelante y yo ahí me avivaba que había polvillo de demolición en esta pieza del medio, la biblioteca. Abría la puerta con Gustavo detrás (en nuestra vida real de casades él medio siempre andaba así como apoyándome, era agradable a veces, era muy cansador y me avergonzaba delante de les chiques chiquites). No había nadie más en la casa, era ahora, no pasado ni presente. Yo me daba cuenta de que me gustaba que me dé bola, tenerlo ahí para contarle las cosas del día, para quejarme de otres. Ahora le decía que ese polvillo era que mi mamá había mandado a albañiles a arreglar no sé qué rajadura de la pieza y ni me había avisado, lo había decidido ella, lo había hecho cuando yo no estaba. 

Yo me enojaba mucho por mi madre metiche y que se creía con derecho a hacer cosas en mi casa y le decía a Gustavo que la iba a llamar para cagarla a pedos. Íbamos hacia este pasillo pero estaba el teléfono sobre la mesita de luz que estaba en la casa de Ana. No era un teléfono de disco sino como una tablet pero yo la agarraba y marcaba el número de la casa de Montenideo, tan inolvidable con tantos 6. Me atendía mi mamá y yo le decía: "Má, qué hiciste acá? ¿Vos estuviste hoy?" Y ahí yo me daba cuenta de que era raro lo que le preguntaba porque mi mamá estaba muerta. Todo el sueño fue como convivencia de cosas opuestas: estar viva y muerta, querer y no querer a Gustavo, enojarme y no enojarme, extrañar y saber que está bien que no estén.

Detrás de la voz de mi mamá, en el teléfono, se escuchaban las voces de "sus amigas" (no sé si muertas o vivas, no sé qué hacían en su casa y me daba mucha bronca que me contestaran ellas) que me gritaban que yo estaba diciendo boludeces y que los dos albañiles que fueron no tienen ninguno a la madre muerta así que no puede ser que la madre de ninguno haya estado en mi casa. Como si yo hubiera estado reprochando que estuvo una madre fantasma en mi casa y, en cambio, yo le preguntaba a mi propia madre si ella había decidido picar la pared de esta pieza y dejarme todo explotado de polvo, todos mis libros sin cubrir, tapados de cal y polvo de ladrillo.

Ahí ante la respuesta de esas conchudas que no sé quiénes eran, mi mamá no decía nada y yo la puteaba por teléfono con todas las letras: Te podés ir bien a la concha de tu madre. (No me acuerdo si le decía o no que no se metiera en mi casa ni con mis cosas). Gustavo se reía y se sorprendía de mi bestialidad en la puteada pero me aprobaba. Yo dudaba si apoyarme en el él, si rozarlo sexualmente. No decidía nada, sentía el deseo pero no actuaba porque sabía que después no era lo que deseaba.

Y ahí me desperté muy muy en paz.

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Lunes por la madrugada...

Yo cierro los ojos y veo tu cara
que sonríe cómplice de amor...