Tatiana Tibulac. El jardín de vidrio. Pág.32
A veces me parecía que, sin nuestra escucha, Zahar Antonovich
se habría secado, simplemente, como un árbol sin agua. Hay en el
mundo gente así, gente que, si no cuenta cosas, no puede vivir. Para
ellos, para esa gente siempre hermosa y a menudo loca, la vida
debe ser una historia. Porque solo ahí, entre sus costillas blandas y
mágicas, hacen ellos las paces con el mal y con el dolor, con las
enfermedades y las traiciones, porque ellos lo saben. Saben que una
historia no deja jamás las cosas sin resolver. Una historia —incluso la
más breve, incluso la más triste— pone siempre buen cuidado en
hacer justicia.
Ediciones Impedimenta.
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