Fragmento de Huaco retrato, de Gabriela Wiener
Soy la hija de la esposa. Lo digo así porque hay un libro de la
escritora norteamericana A. M. Homes, llamado La hija de la
amante. Yo soy lo contrario. Homes fue adoptada al nacer por una
familia y más de cuarenta años después apareció su madre
biológica, una mujer frágil y pusilánime que había renunciado a ella
porque el hombre que la había embarazado, su amante, estaba
casado. Es la reconstrucción de la historia de su verdadero origen.
Ser la hija de la amante está muy mal visto, conlleva el estigma de la
descendencia espuria y una marca de nacimiento que suele durar
toda la vida. Hay niños que nacen bajo ese signo y ya adultos siguen
habitando la sombra de la extraoficialidad, rechazados por sus
familias, ignorados y destinados a formar sus propias familias
también en la sombra. En la Grecia antigua los bastardos eran
vendidos como esclavos, en Roma no tenían derechos de sucesión y
vivían aislados, sin familia.
Se supone, en cambio, que ser la hija de la esposa está bien.
Sobre todo si el esposo nunca deja a la esposa. Nadie cuestiona tu
lugar en el mundo. Eres parte de la institución y del orden, aunque
estos se subviertan cada tarde. Pero a mí me pasa todo lo contrario.
Yo nunca le encontré la dignidad a ser la hija de la esposa. ¿Por qué
querría ser la hija de la mujer traicionada si podía haber sido la hija de una pasión inevitable, de una relación clandestina, llena de
atracción e imposibilidad? Eso me convertiría algún día en una
bastarda orgullosa, como la que reivindica la boliviana María Galindo,
me haría ser la memoria que activa el conflicto, el producto de algo
remoto y violento. ¿Para qué intentar diluir la contradicción, para qué
buscar la autenticidad, la paz, el mestizaje?
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