lunes, 12 de octubre de 2026

La hija de la esposa

Fragmento de Huaco retrato, de Gabriela Wiener



 Soy la hija de la esposa. Lo digo así porque hay un libro de la

escritora norteamericana A. M. Homes, llamado La hija de la

amante. Yo soy lo contrario. Homes fue adoptada al nacer por una

familia y más de cuarenta años después apareció su madre

biológica, una mujer frágil y pusilánime que había renunciado a ella

porque el hombre que la había embarazado, su amante, estaba

casado. Es la reconstrucción de la historia de su verdadero origen.

Ser la hija de la amante está muy mal visto, conlleva el estigma de la

descendencia espuria y una marca de nacimiento que suele durar

toda la vida. Hay niños que nacen bajo ese signo y ya adultos siguen

habitando la sombra de la extraoficialidad, rechazados por sus

familias, ignorados y destinados a formar sus propias familias

también en la sombra. En la Grecia antigua los bastardos eran

vendidos como esclavos, en Roma no tenían derechos de sucesión y

vivían aislados, sin familia.

Se supone, en cambio, que ser la hija de la esposa está bien.

Sobre todo si el esposo nunca deja a la esposa. Nadie cuestiona tu

lugar en el mundo. Eres parte de la institución y del orden, aunque

estos se subviertan cada tarde. Pero a mí me pasa todo lo contrario.

Yo nunca le encontré la dignidad a ser la hija de la esposa. ¿Por qué

querría ser la hija de la mujer traicionada si podía haber sido la hija de una pasión inevitable, de una relación clandestina, llena de

atracción e imposibilidad? Eso me convertiría algún día en una

bastarda orgullosa, como la que reivindica la boliviana María Galindo,

me haría ser la memoria que activa el conflicto, el producto de algo

remoto y violento. ¿Para qué intentar diluir la contradicción, para qué

buscar la autenticidad, la paz, el mestizaje?


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Lunes por la madrugada...

Yo cierro los ojos y veo tu cara
que sonríe cómplice de amor...