lunes, 12 de octubre de 2026

"Color puerta"

 Fragmento de Huaco retrato, de Gabriela Wiener



Mi abuelo Bravo era carpintero. Mi abuelo Wiener

administrativo. Mis abuelas iban al mercado, cocinaban silenciosas y

cuidaban a sus nietos con amor. Ni los Wiener eran basura blanca, ni

los Bravo cholos de mierda, pero sus vidas corrieron en paralelo

como solo pueden correr las vidas separadas por el color en la

excapital del virreinato del Perú. Por eso, quizá, los Wiener

consiguieron aferrarse como a un clavo ardiendo a la clase media

estable y aspirante, mientras los Bravo siempre han hecho

equilibrismo al filo del precipicio.

Hasta que un día esas vidas se cruzaron como dos ríos.

Mi padre fue el único que no se casó con una mujer mestiza

blanca. Sus dos hermanos lo hicieron. El hermano de mi mamá se

casó con una mestiza blanca. Mi mamá se casó con un hombre

mestizo blanco.

Pero mi papá se casó con una chola.

Durante mucho tiempo, de niña y adolescente, quise sentirme más

Wiener que Bravo, porque ya intuía que eso me daría más privilegios

o menos sufrimientos, pero mis evidentes rasgos físicos, el color

marrón que me hace india en España y «color puerta» en Perú, me

hicieron una Bravo más. Cuando vine a vivir a Madrid y supe lo que

quería decir sudaca no me sorprendí. En Lima muchas veces había

oído asociar mi color de piel con el color de la caca.

Mis abuelos paternos eran tan blancos que no me sentía cómoda

con ellos. Cuando murió mi abuelo blanco, mi abuela blanca empezó

a tocarnos un poco más y a tirarse pedos mientras iba de una

habitación a otra, salió del armario como católica simpática y me

enseñó a tejer. Mi abuela chola me balanceaba en sus pantorrillas y me enseñaba a rezar, mientras le hablaba a mi papá como si le

hablara al dueño de la hacienda, hasta que enfermó y comenzó a

mandar a la mierda a todos.

La abuela de mi madre, Josefina, tuvo seis hijos de hombres

distintos. Mi mamá dice que esa fue la manera de Josefina de

sobrevivir a la pobreza y al abandono, volver a juntarse con un

hombre tras otro, para seguir ofreciendo un hogar a sus hijos. A

causa de la fiebre de Malta, mi bisabuela pasó décadas de su vida

en silla de ruedas tomando todas las decisiones sobre su familia

desde ahí. Cuando era niña, visitarla era desconcertante. No

entendía que siendo de la misma familia pudiera haber un abismo tan grande entre nosotros.

No hay comentarios:

Lunes por la madrugada...

Yo cierro los ojos y veo tu cara
que sonríe cómplice de amor...