Fragmento de Árbol, de Aya Koda
Finalmente llegamos al tocón
de Wilson, los restos de un árbol talado que el botánico Ernest Henry
Wilson descubrió en 1914. Es un tocón gigantesco: la circunferencia de las
raíces mide treinta y dos metros, y el diámetro de la zona del corte es de
trece metros. Su edad estimada es de unos tres mil años. El abundante aceite
en el interior del tronco ha impedido la putrefacción, y lo que queda del
árbol talado se ha conservado hasta hoy. Se encuentra en un lugar de una
belleza indescriptible, donde impera un silencio absoluto que renueva el
espíritu, como la purificación de las seis raíces de la percepción. Alrededor
del tocón hay numerosos cedros sugi jóvenes, espléndidos ejemplares de
unos doscientos años, grandes árboles de tronco completamente cilíndrico
que han crecido sin ninguna dificultad. Mientras contemplaba aquellos
árboles me sentía serena y libre de cuidados, y la visión de tal cantidad de
hermosos árboles centenarios me dejaba maravillada. Dicen que un dios
acude al extremo de la copa de los árboles muy altos, y eso allí realmente se
podía afirmar. Comparado con este lugar, Yakusugi Land es bastante más
artificial y sus árboles están más acostumbrados al trato con la gente. Los
árboles del lugar donde me encontraba no estaban contaminados por los
ojos humanos, eran puros, limpios.
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