Leo La plus secrete memoire des hommes, de Mohamed Mbougar Sarr. Lloro al sol. Me siento sola. No tengo, no conozco, no hay, nadie que pueda compartir esta emoción que la novela me produce. Hablo del autor (novela anterior, De purs hommes) en algunos clubes o seminarios de lectura y todo me parece poco, superficial, apurado, que desmerece la escritura de este autor y mi conmoción lectora. Es como si hablar de esto en términos de teoría literaria, de traducción, de historia de la literatura, fuera una violación de las más sencillas angustias del amor, del poder de la literatura, de la comunicación humana.
Primero siento pena por mí misma. Por no haber conseguido ningún vínculo con quien compartir esto. Después siento el sol, miro a mis dos perros y mis dos gatas que me siguen para todos lados, mis árboles en flor, mis yuyitas primavereando, los zorzales afanando comida de perro acá delante mío y me reprocho ingratitud. ¿Qué es lo que no tengo? ¿Una pareja sexual? ¿Une amigue íntime? Reviso mi vida y, al leer la parte en que los dos amigos se preguntan uno al otro cuál es su momento fundante como escritores, cuando cuentan la anécdota de Murakami y la pelota de tenis, entiendo, me-entiendo.
Esta es mi elección de vida. Empecé a escribir porque no tenía a nadie lo suficientemente cerca ni igual como para entenderme, compartirme, comprenderme. Empecé a escribir para inventarme mi familia cisne. A los 12, a los 15, diarios íntimos y poemas, cuentos en los que había "otro extremo" que me llamaba y yo creía que era un persona en particular y no, era esto, esta vida de escritora. Solitaria, pero tan comunicada con todo. Hablando con escritores lejanes o muertes, a quienes nunca tocaré físicamente pero son mis amigues, mis amores.
Intenté llevar una vida digamos "diurna", "luminosa", "aceptada", "aceptable". Tuve hijes, ay mis hijes, con miedo de crear monstrues pero esperando que fueran "como yo", que elles sí me entendieran y me quisieran sin condiciones, sin pedirme "que cambie", que sea como no soy. Y mis hijes están, me quieren como yo esperaba pero además son otra cosa, otra cosa que sucede lejos mío, sin mí, sus propias vidas. Y por eso escribo, porque es lo único que hago solo yo, que solo yo puedo hacer, digo, escribir esto que es lo que yo escribo.
Toda mi vida la escritora estuvo separada de "mi vida". Siempre ahí pero en un plano secreto, o escondido, o temido, o vengonzante, o postergado. Creo que recién ahora se me van uniendo las partes. Mi vida es vida de escritora, la mía, no hay otra. Por eso me gusta tanto estar sola pero me da tanto miedo, tanto pánico a estar conviertiéndome en un mosntruo, un monstruo marino, o ahogado, que respira un oxígeno raro, diferente. Y me digo diferente y no puedo evitar el miedo a la soberbia, a la distancia, a la nariz parada. Y sí, se me aparece mi mamá, su voz de mierda que exige y prohibe. La muy chota se murió antes de que yo fuera lo suficientemente fuerte como para decirme "Mirá, mirá lo que pariste, lo que creaste, yo soy lo que vos tanto deseabas y nunca te animaste". La veo dándome a leer El miedo a la libertad, Tus zonas erróneas, Todos los hombres son mortales, y recién ahora entiendo lo que me quería decir y no sabía.
Recién ahora, escribiendo ahora acá, me doy cuenta de lo que quería hacer o decir y a quién y no me salía. Si mi vieja estuviera viva iría corriendo ahora a la calle MOntevideo o la llamaría por teléfono de línea y le diría todo esto. Sí, creo que ahora podría decirle todo, absolutamente todo, putearla por cagona y por represora, decirle que tenía razón en alguna cosas pero una mierda el modo de decirlas y sin derecho ante mi vidita adolescente. Ahora podría decirle cara a cara todo. Ya lo escribí: acá, en el último cuento que terminé y está en la Antología Futuros feministas ya publicado y en novela o novelas que estoy escribiendo.
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