Fragmento de "El camino de la salvación", de Aminata Maïga Ka
Después de intercambiar algunas frases llenas de cortesía, reserva y dignidad, los hombres se
dirigieron hacia el domicilio de la novia para felicitar a su madre y a sus tías. Cuando terminó la
oración del crepúsculo, Aïssé Diallo, la tía paterna de Rokhaya, sacó de su baúl dos retales de tela
teñidos con añil por los grandes especialistas en la materia: los sarakolé.14
En el patio del recinto familiar ya retumbaba el ritmo entrecortado de las calabazas volcadas hacia
abajo en el agua de una palangana. Las griot de la familia de los Diallobé entonaron el Yella15 y los
cantos nupciales.
Entrecortaban la recitación unas letanías genealógicas que contaba el gaolo16 de la familia,
evocando los antepasados de Rokhaya y sus hazañas. De cuando en cuando, una mujer, hechizada
por el frenesí de la música, conmovida hasta el alma por la belleza de los cantos, con el cuerpo
enardecido por el recuerdo de sus gloriosos antepasados, se precipitaba dentro del círculo, se
contorsionaba dando vueltas sobre sí misma, balanceando los faldones de su boubou como alas de
mariposa. Una calabaza llena de agua fue colocada en medio del círculo, y también un mortero
vuelto boca abajo. Rokhaya apareció, caminando entre su tía y una anciana. Aïssé Diallo la sentó
sobre el mortero, símbolo de fecundidad y abundancia, e inició el aseo nupcial. Mientras vertía agua
sobre el cuerpo de la joven desde la cabeza hasta los pies, recitaba la genealogía de los Diallobé e iba
enumerando las grandes cualidades de corazón y espíritu de su sobrina.
Las griot se desgañitaron e hicieron retumbar con más ímpetu sus grandes sortijas sobre las
calabazas. Aïssé Diallo ordenó a Rokhaya que se levantara, le ciñó las caderas con una tela de percal
blanco, le puso encima otra azul añil, luego un boubou y finalmente le cubrió la cabeza. Guiándola
como a una ciega, la condujo a la choza y le hizo sentarse en la cama nupcial. Los cantos y los bailes
prosiguieron hasta muy entrada la noche. El poblado se despertó al alba con tres disparos realizados
por Soulèye, que había sido el primero, con Aïssé Diallo, en visitar a los recién casados. Todo el
pueblo se precipitó hacia la choza. Los que tocaban el tamtan y los griot, muy excitados, estallaban de
orgullo maltratando sus cuerdas vocales así como la piel tensa de los tambores. En un abrir y cerrar
de ojos, el recinto de viviendas de la familia Diallo se vio invadido por una muchedumbre que
gritaba y gesticulaba.
Aïssé Diallo salió de la choza con los ojos llenos de lágrimas, esgrimiendo, cual bandera, el paño
de percal manchado de sangre. La muchedumbre clamó su alegría.
—Diallo, hija de Demba y Sira, bisnieta de Samba Laobé, el guerrero valiente que puso en fuga a
numerosos ejércitos enemigos, no has desmerecido. Has seguido las huellas de tu abuela Coumba y
las de tu madre, una mujer dulce y paciente que ha llevado sobre sus anchas espaldas a toda nuestra
familia, sin protestar jamás. Yo, tu tía paterna, sabía que tú no me avergonzarías.
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