Joan Didion. El año del pensamiento mágico. Pág. 44-45
La gente que ha perdido hace poco a un ser querido tiene una expresión peculiar,
que tal vez solo reconocen quienes han visto esa misma expresión en su propia cara.
Yo la he visto en mi cara y por eso ahora la reconozco en otras. Se trata de una
expresión de vulnerabilidad extrema, de desnudez e indefensión. Es la expresión de
quien sale de la consulta del oftalmólogo a plena luz del día y con las pupilas
dilatadas, o bien de alguien que lleva gafas y de pronto le obligan a quitárselas. La
gente que ha perdido a un ser querido parece desnuda porque se cree a sí misma
invisible. Yo también me sentí invisible durante una época, incorpórea. Me daba la
impresión de haber cruzado uno de aquellos ríos legendarios que separaban a los
vivos de los muertos, de haber entrado en un lugar en el que solo me podían ver
quienes también habían perdido hacía poco a un ser amado. Por primera vez entendí
el poder de aquella imagen de los ríos, el Estigia, el Leteo, el barquero con su capa y
su pértiga. Por primera vez entendí el significado de la práctica del satí. Las viudas no
se tiraban a la pira en llamas por dolor. En realidad la pira en llamas era una
representación bastante precisa del lugar al que las había llevado su dolor: no sus
familias ni la comunidad ni la tradición, sino su dolor. La noche de la muerte de John
nos faltaban treinta y un días para cumplir cuarenta años de casados. A estas alturas,
ya habrán adivinado ustedes que a mí la «dura y dulce sabiduría» de los dos versos
finales de «Rose Aylmer» se me escapaba por completo.
Yo quería más que una noche de recuerdos y suspiros.
Yo quería gritar.
Yo quería que volviera.
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