Hago todo el día lo que se me canta. Todavía lucho con deberes autoimpuestos, culpas por lo que dejo atrás, por la gente que me aburre o me enoja, la que no me quiere ni se acuerda de mí, por cosas que extraño o que creo que extraño porque las deseé en otro momento. Pero voy aprendiendo a estar en mí: mis libros, mis lecturas y mis escrituras, mis ideas postergadas durante años y ahora haciéndose historias, mis planes de escritora, de poeta y novelista, mis cuentos y mis blogas, mi música, mi cante y mi guitarra, mi cuerpa que baila, por fin, baila, mi jardín, mis tierra, mi aire y mi cielo, mi viento, mi té y mi matecocido, mis frutas y mis verduras, mis jabones y mis cremas, mi caminar por el barrio. Lo que más me cuesta es no colgarme de mis hijes, pensar todo el tiempo que están bien sin mí y que eso es lo que siempre quise que fuera, así como es, así como somos.
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