lunes, 14 de febrero de 2011

El viaje a la quinta me saca de ese pozo



Hoy temprano


Por Pedro Mairal
Cuento en Verano12 de Página12


Salimos temprano. Papá tiene un Peugeot 404 bordó, recién comprado. Yo me trepo a la luneta trasera y me acuesto ahí a lo largo. Voy cómodo. Me gusta quedarme contra el vidrio de atrás porque puedo dormir. Siempre estoy contento de ir a pasar el fin de semana a la quinta, porque en el departamento del centro, durante la semana, lo único que hago es patear una pelota de tenis en el patio del pozo de aire y luz que está sobre el garaje, un patio entre cuatro paredes medianeras altísimas y sucias por el hollín de los incineradores. Si miro para arriba, en ese patio parece que estuviera adentro de una chimenea; si grito, el grito apenas sube pero no llega hasta el cuadrado de cielo. El viaje a la quinta me saca de ese pozo.

En la calle hay poco tránsito, quizá porque es sábado o porque todavía no hay tantos autos en Buenos Aires. Llevo un autito Matchbox adentro de un frasco para capturar insectos y unos crayones que ordeno por tamaño y que no me tengo que olvidar al sol porque se derriten. A nadie le parece peligroso que yo vaya acostado en la luneta. Me gusta el rincón protector que se hace con el vidrio de atrás, al lado de la calcomanía de la Proveeduría Deportiva. En el camino miro el frente de los autos porque parecen caras: los faros son ojos, los paragolpes son bigotes, y las parrillas son los dientes y la boca. Algunos autos tienen cara de buenos; otros, cara de malos. Mis hermanos prefieren que yo vaya en la luneta porque así tienen más lugar para ellos. Yo no viajo en el asiento hasta más adelante, cuando hace demasiado calor o cuando ya no quepo en la luneta porque crecí un poco. Tomamos una avenida larga. No sé si es porque hay muchos semáforos pero vamos despacio, además ya el Peugeot está medio roto, tiene el caño de escape libre y hay que gritar para hablar; una de las puertas de atrás está falseada y mamá la ató con el hilo del barrilete de Miguel.

El viaje es larguísimo. Sobre todo cuando no están sincronizados los semáforos. Nos peleamos por la ventana, ninguno de los tres quiere sentarse en el medio. En la General Paz nos turnamos para sacar la cabeza por la ventana con las antiparras de agua de Vicky, para que no nos lloren los ojos por el viento. Papá y mamá no dicen nada. Salvo cuando pasamos por la policía, ahí hay que sentarse derechos y estar callados. Cuando ya tenemos el Renault 12, a Miguel se le vuela por la ventana medio pilón de figuritas de Titanes en el Ring y papá frena en la banquina para juntarlas porque Miguel grita como un enloquecido. Yo veo de repente que se nos acercan dos soldados apuntándonos con la metralleta, diciendo que estamos en zona militar. Le hacen preguntas a papá, lo palpan de armas, le revisan los documentos y después tenemos que seguir viaje sin juntar las figuritas que quedan ahí desparramadas, incluso la autografiada por Martín Karadagian.

Papá busca música clásica en la radio, a veces consigue sintonizar bien la emisora del Sodre. Nosotros estamos a las patadas en el asiento de atrás cuando de repente papá sube el volumen y dice “escuchen esto, escuchen esto” y hay que hacer una pausa silenciosa en medio de una toma de judo para escuchar una parte de un aria o de un adagio. Después, cuando llegan los pasacasetes para autos, el viaje a la quinta se hace bajo el dominio absoluto de Mozart. Miramos pasar hacia atrás el camino prolijo, los árboles podados con los troncos pintados de blanco, y escuchamos los quintetos para cuerdas, las sinfonías, los conciertos para piano, las óperas. Vicky lidera rebeliones para tapar a las sopranos de Las bodas de Fígaro o de Don Giovanni con nuestro cántico filial favorito que dice “Queremos comer, queremos comer, sangre coagulada revuelta en ensalada...”. Pero después Vicky empieza a traer libros para el viaje y los lee sin prestarle atención a nadie, en silencio, cada vez más enojada, porque la obligan a venir, hasta que le dan permiso para quedarse los fines de semana en el centro para ir al cine con sus amigas, que ya salen con chicos, y entonces Miguel y yo tenemos cada uno su ventana indiscutible, aunque invitemos a un amigo.

Sentimos que no vamos a llegar nunca. Hay largas esperas a medio camino mientras mamá compra muebles de jardín o plantas, aprovechando que papá se quedó trabajando en casa. Con Miguel jugamos en el asiento de atrás a ver quién aguanta más sin respirar; cada uno le tapa el tubo del snorkel al otro para que no haga trampa, o, si no, improvisamos un partido de paleta con un bollo de papel y las dos patas de rana. Esperamos tanto que Tania se pone a ladrar, porque no aguanta más encerrada en la parte de atrás de la Rural Falcon que tenemos después del Renault. Entonces aparece mamá, con plantas o macetas o algún mueble que hay que atar al techo, y seguimos viaje.

Los amigos que invita Miguel van cambiando. Yo los miro con asombro, con ansiedad perversa, porque sé que cuando lleguemos van a empezar a caer en las trampas que Miguel deja siempre preparadas: el ratón muerto dentro de las botas de goma para el invitado, el fantasma del galpón, la farsa de los chanchos asesinos, el pozo tapado con hojas y ramas al lado de la fila de palmeras que se ve desde la casa. Dentro del auto, en los embotellamientos de la ruta a media mañana, yo miro a los amigos de Miguel y paladeo por primera vez el mal. Prefiero a los confiados y prepotentes, porque sé que les va a resultar más intensa la humillación de esas trampas en las que yo colaboro de un modo oblicuo, indefinido. Los invitados de Miguel casi nunca vuelven a venir.

Cuando terminan el primer tramo de la autopista y ponen el peaje, el tráfico avanza mejor. Vicky va por su cuenta, con amigas que tienen auto. Papá ya casi no viene. En la Rural destartalada, mientras mamá maneja, Miguel me usa el cuaderno de dibujo garabateando planos y elaborando estrategias para espiar a las amigas de Vicky cuando se cambian. Después Miguel empieza a venir cada vez menos, y yo tengo todo el asiento de atrás para dormir. Mamá frena y me despierta para que le ponga agua al radiador, que pierde y recalienta el motor. Compramos una sandía al costado de la ruta.

En la barrera del tren, donde antes había uno o dos vendedores ambulantes, ahora hay amputados o paralíticos que piden limosna y otros que ofrecen revistas, pelotas, biromes, herramientas, muñecos. También en los semáforos del pueblo que atravesamos piden una moneda o venden flores y latas de gaseosa. A papá le dieron el Ford Sierra de la empresa, que tiene botones automáticos y, como a Miguel lo asaltaron hace poco, mamá me hace bajar los seguros y cerrar las ventanas en los semáforos porque le dan miedo los vendedores. Dice que se le tiran encima y que, además, Duque los puede morder. Después, la excusa del aire acondicionado ayuda a que ya no vayamos más con la ventana abierta. El auto comienza a ser una cápsula de seguridad, con un microclima propio. Afuera cada vez hay más basura, más pintadas políticas. Adentro, la música suena nítida en el estéreo nuevo y mamá tolera con paciencia los casetes que yo pongo de Soda o de Police.

El auto es más rápido y todo el tiempo parece que estamos por llegar. Sobre todo cuando empiezo a manejar yo, que aumento la velocidad sin que mamá se dé cuenta porque viene tranquila en el asiento del acompañante mirándose en el espejo su último lifting, que le tira la piel para atrás como si fuera un efecto de la aceleración. Después, cuando muere papá, mamá prefiere que maneje Miguel, que volvió como el hijo pródigo, porque Vicky ya está viviendo en Boston. Para mí la ruta se empieza a enrarecer porque manejo el Taunus amarillo del padre del Chino, en el que dejamos cerradas las ventanas, no por miedo a que nos roben sino para que el humo de la marihuana no pierda densidad. Escuchamos “Wild Horses” y hay momentos casi espirituales en los que la velocidad total de la ruta parece cobrar una lentitud serena en el paisaje enorme y chato. Después manejo el auto de la madre de Gabriela, que por suerte es gasolero y no gasta demasiado en las escapadas que nos hacemos cualquier día de semana para estar solos un rato. Ya se está hablando el tema de la expropiación pero es apenas una advertencia, faltan todavía dos gobiernos. Gabriela se pone unos vestiditos que me obligan a manejar con una sola mano y a acariciarle los muslos con la otra, subiendo desde las rodillas lentamente, sin necesidad de poner los cambios porque dejo el motor a fondo mientras Gabriela me pide al oído que no me apure, que esperemos a llegar. Nunca se hizo tan largo el viaje. La quinta está allá lejos, inalcanzable.

Más adelante, a Gabriela le empieza a crecer la panza y viajamos para tratar de integrarnos a la vida familiar. Vamos en el Volkswagen que nos presta su hermano. Ya usamos cinturón de seguridad, ya empezamos a tener miedo de morirnos y faltan pocos kilómetros. Los años pasan hacia atrás cada vez más rápido. Hay muchos más autos en la ruta y más peajes. Están terminando la autopista. Frenamos en una estación de servicio, discutimos. Gabriela llora en el baño. Tengo que pedirle que salga. Después compramos el baby-seat para Violeta y ella va chiquitita y dormida en el asiento de atrás, también con cinturón de seguridad. Los tres atados.

Piso el acelerador porque quiero llegar temprano para almorzar. Gabriela dice que no importa, que podemos parar en el McDonald’s. Discutimos. Gabriela me desprecia. Yo me pongo los anteojos negros y acelero más. Aprovecho el viaje para escuchar demos de jingles para radio. Aprieto con las manos el volante del Escort. Falta poco. Gabriela me pide que vaya más despacio, después deja de venir, se va con Violeta a lo de la madre los fines de semana. Manejo solo, escucho los conciertos para piano de Mozart en compacts que suenan perfectos. El motor de la 4x4 no hace ruido. La autopista está terminada, con alambre a los costados para que no cruce la gente. Voy por el carril rápido. Miro el velocímetro: ciento sesenta y cinco. Estoy por pasar por el lugar exacto. Veo de lejos las tres palmeras y espero a que se alineen. Se acercan, me acerco, hasta que la primera palmera tapa a las otras dos y digo “acá”, y es como si lo gritara, pero lo digo despacio, lo digo en el punto exacto donde estaba la casa antes de la expropiación, antes de que la demolieran y construyeran arriba la autopista. Siento que por una milésima de segundo paso por adentro de los cuartos, por arriba de la cama donde jugábamos con Miguel a Titanes en el Ring, paso por las tumbas de Tania y Duque entre las plantas de mamá, paso por un olor húmedo y metálico, por un sabor a ciruelas verdes tiradas en el fondo de la pileta para bucearlas más tarde, paso por el miedo a una culebra que salió cuando dimos vuelta una chapa, por la noche de lluvia en que jugamos a embocar una pelota en el único cuadrado roto de la ventana para obligarnos a buscarla con linterna entre los sapos y los charcos. Ahora es un malón incesante de autos que pasa por encima del fantasma de la casa. Son las doce en punto y el sol resplandece en el asfalto. Soy un hombre divorciado, un publicista que va al country de su hermano por primera vez y se olvidó las instrucciones de cómo llegar y está perdido, un hombre que no sabe dónde frenar y sigue viajando en el auto desde que salió hoy temprano, hace mucho, acostado en la luneta de atrás.

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La pelota que arrojè una mañana

"... el tiempo de la poesía, la manera rara en que un poema se instala en el tiempo. La pelota que arrojé una mañana en el parque / todavía no ha tocado el suelo, dice el final de un poema de Dylan Thomas. Acá está la vida entera en este instante, todo sigue sucediendo, la infancia está con uno. Toda la vida acumulada está con uno, y también el futuro. La pelota sigue en el aire."


Pedro Mairal

El tiempo en la poesía

El tiempo es la manera en que la naturaleza evita que todo suceda de golpe, dijo John Wheeler, el descubridor de los agujeros negros. En la poesía, todo sucede de golpe.


Pedro Mairal

El cuento por Mairal



Verano12|Lunes, 14 de febrero de 2011


El cuento por su autor



Escribí “Hoy temprano” en el ‘99 y lo publiqué en el 2001 en un libro de cuentos que tiene ese mismo título. No sé por qué me acuerdo de haber estado mirando las plantas del balcón de mi casa cuando se me ocurrió la forma en que tenía que contarlo. Las plantas se movían apenas con el viento y yo entendí que el cuento eran todos los viajes a esa quinta a la que íbamos de chicos pero contados en un solo viaje. Toda la vida de golpe. También me acuerdo de que me senté a escribirlo y al principio no salía, hasta que me di cuenta de que tenía que contarlo no en pasado sino en presente, un presente casi atemporal. Creo que la poesía me ayudó a escribirlo, el tiempo de la poesía, la manera rara en que un poema se instala en el tiempo. La pelota que arrojé una mañana en el parque / todavía no ha tocado el suelo, dice el final de un poema de Dylan Thomas. Acá está la vida entera en este instante, todo sigue sucediendo, la infancia está con uno. Toda la vida acumulada está con uno, y también el futuro. La pelota sigue en el aire. La poesía logra captar ese continuo quizá porque trata al tiempo no de manera sucesiva y lineal como suele hacer la narrativa (aunque sea una idea un poco esquemática), sino de manera ovillada, simultánea, en una suspensión del tiempo casi eterna o constante. La transformación a lo largo de los años es quizás el tema que más me interesa. Cuando escribo me gusta alterar la velocidad temporal del relato. Me gustan esas filmaciones en time lapse de plantas creciendo rápido o de fruta pudriéndose a toda velocidad. El tiempo es la manera en que la naturaleza evita que todo suceda de golpe, dijo John Wheeler, el descubridor de los agujeros negros. En la poesía, todo sucede de golpe.

El patio del pozo de aire y luz que menciono al principio del cuento era en un primer piso sobre el garaje. Yo jugaba ahí cuando llegaba del colegio. Años después me enteré de que el piso estaba pintado de verde oscuro porque se había tirado una mujer desde el séptimo y mamá no había podido sacar las manchas de sangre del cemento. La quinta quedaba en Cañuelas. Ibamos todos los fines de semana, había una casa antigua con palmeras, una pileta de esas altas a la que había que subir por una escalera, un frontón de paleta, y unas vacas lecheras que nos asustaban. Cuando me contaron que habían expropiado la quinta para hacer la autopista, el recuerdo de ese lugar al que no iba hacía muchos años empezó a surgir y me acompañó varios días como un deseo, un eco de la infancia que quería ser contado. Tiempo después de escribir el cuento, pasé por ahí. No quise ir antes a ver cómo era, no necesitaba documentarme, lo tenía todo en la cabeza. La realidad fáctica y externa me parecía menos real que la realidad de mi recuerdo y mi imaginación. Si hubiera ido antes quizá lo habría arruinado. Cuando pasé, noté que había cosas iguales a como las había imaginado. Todavía se ven –según me pareció, porque vi todo medio mal tratando de desacelerar– las palmeras y el frontón de paleta, que se usa para guardar maquinaria de la municipalidad. La autopista pasa justo por encima del lugar donde estaba la casa.

Al principio el título era Hoy temprano, hace mucho tiempo. Cuando empecé a buscarle título al libro, me pareció que este cuento era el que mejor representaba el tono del movimiento constante que tienen casi todos esos relatos. Una noche estaba con amigos repasando títulos posibles y me los iban bochando. Hoy temprano, hace mucho tiempo es muy largo para título de un libro, me decían. Hasta que una amiga, diseñadora gráfica y con buen ojo para lo que sobra, dijo: ¿Y si le sacás el hace mucho tiempo? Y así fue que, de un hachazo en favor de la economía tipográfica, cortó sabiamente lo que sobraba. Para terminar, puedo decir que el narrador soy yo pero un poco desplazado, o es un tipo que se parece a mí pero no soy yo. Escribí el cuento a los 29 años. Ahora tengo 40, la edad del personaje al final, y noto que esa historia tenía varios aspectos premonitorios sobre mi propia vida. Pareciera que, por suerte, uno nunca sabe bien lo que está escribiendo hasta que lo leen los demás o lo lee uno mismo muchos años después.

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domingo, 13 de febrero de 2011

Quiero un mundo de maricones

Por qué nos pasa lo que nos pasa

Por Martín Kohan
| 12.02.2011 | Columnistas Diario Perfil

Si me tiran, ¿tiro? En mí esta cuestión tan radical cobra la forma de una pregunta. Sé bien que, por el contrario, al proferirla en estos días el ex coronel Aldo Rico lo hizo aseverando la idea: “Si me tiran, tiro”. Pero en mí la interrogación se impone, tan sólo me lo puedo preguntar. Ya sabemos, Rico no duda; en cambio yo, profesor de literatura apenas, comentador de libros y nada más, no solamente dudo: la duda es mi jactancia. Por ende, ahí donde él se afirma y afirma: “Si me tiran, tiro”, yo vacilo, trastabillo, me complico, me pregunto.

Si me tiran, ¿tiro? Mucho me temo que no. Si me tiran me agacho, me asusto, me orino, me despido; si me tiran grito, lloro, parpadeo, tiemblo; si me tiran me tapo los ojos, me tapo los oídos, me tapo la cara, me tapo; si me tiran me caigo, si me tiran me muero. Pero, ¿tirar? ¿Lo que se dice tirar? Me temo que no. Por empezar, porque no acostumbro a andar armado. Entre las armas y las letras, no elegí como el Quijote. Luego no tiraría porque la verdad es que no sé tirar. Bastaría con que me entregaran un arma para convertirme al instante en Juan Dahlmann en El sur, para al instante convertirme en Rosendo Juárez en Hombre de la esquina rosada. Por fin, tercer argumento, me inclino decididamente por evitar las balaceras en una camioneta cuando en el asiento trasero de esa misma camioneta viaja un niño de cinco años que, para el caso, es mi hijo. Prefiero en una circunstancia así ceder pronto mi camioneta. ¿Será porque no tengo una camioneta, ni podré nunca tenerla, que razono de esta guisa?

Si me guío por las definiciones que entregó Aldo Rico, debo admitir que no es por eso, sino muy por otra cosa. Rico ha sido en esto tan claro como vehemente: están los que tiran, como él, y están los que en cambio mariconean. La elección del verbo en lugar del adjetivo que era de esperar, se debe sin dudas al temperamento que es propio del hombre de acción. Que adjetiven los contemplativos y que digan “maricón”; el hombre de acción prefiere el uso de verbos: “mariconear”. Muy bien, entonces por lo visto yo debo pronunciarme así: “Si me tiran, no tiro: mariconeo”.

Me viene ahora a la memoria un juego de pintadas callejeras que pudo verse en Buenos Aires allá a fines de los años ochenta. Rico acababa de alzarse en armas para obtener de la democracia justo eso que precisaba y quería: la impunidad, la ausencia de justicia, la complicidad con el horror, la prolongación del miedo. También en aquel momento, en aquella Semana Santa o después en Monte Caseros, habrá dicho lo que ahora dijo: que si le tiraban, tiraba. ¿Habrá sido eso lo que tanto ralentó la marcha abotagada del general Alais? No es improbable. Como sea, en diversas paredes de la ciudad, no tardaron en aparecer pintadas. Pintadas que decían así: “Viva Rico”, porque no pocos argentinos llevaban dentro un enano fascista, y otros muchos un fascista que no era precisamente un enano.

Recuerdo que, para contrarrestar tales leyendas, hubo algunos que se ocuparon de agregar en ellas apenas un nombre: “Pedrito”. En vez de tachar, borrar o replicar, optaron por ese endoso. “Viva Pedrito Rico” se pudo leer por un buen tiempo en fachadas y murallones, en portones y en persianas, en el paisaje de la ciudad. Esta misma división del mundo que ahora viene esgrimiendo Rico: de un lado están los que tiran, del otro lado está el mariconeo, podría cifrarse tal vez en aquel duelo de grafitis, lanzada contra él con el sentido exactamente opuesto. Porque, ¿qué otra cosa, sino la delimitación precavida del mariconazgo, puede desprenderse en verdad de una hombría tan subrayada, del decálogo de la virilidad bien compuesta, de la lección incesante del macho cabal?

Rico funciona como un conversor de violencias en la cultura argentina contemporánea. Usó la violencia nacional para combatir a los ingleses, cuando peleó en Malvinas. Luego usó la violencia de cuerpo para combatir a la Justicia de una socialdemocracia que, aunque tibia, él sintió como comunismo, cuando se alzó contra los poderes constitucionales. Ahora usa la violencia del propietario para combatir al enemigo de la hora, que ya sabemos que es la inseguridad. Dijo a la prensa, en voz alta y claramente, que él no va a dejarse robar, violar, empujar. Unió las tres cosas, las vio parecidas, le resultaron equivalentes. Quien dice robar dice violar, quien dice violar dice empujar. Los demás, los que no tiramos, los demás, los empujados, ya sabemos por qué nos pasa lo que nos pasa. Nos pasa por maricones.



Tomado de http://www.perfil.com.ar/contenidos/2011/02/12/noticia_0006.html

sábado, 12 de febrero de 2011

Tiempo de matar

La chica que se sienta enfrente mío en el tren nocturno abre un libro gordo, de los que me gustan a mí, comienza a leer y de repente està sonriendo, como sin darse cuenta. Miro la tapa: està leyendo Tiempo de matar, de John Grisham. No me inquieta: debe ser un best-seller màs de esos que se hacen películas.
Al rato, me doy cuenta de que lo ha dejado y ya no sonríe. Me mira de reojo en el reflejo de la ventana.

No me lo creo

¿De verdad tengo que ir a trabajar el martes?

FLORENCIA BOHTLINGK











Domingo, 6 de diciembre de 2009. Suplemento Radar de Pàgina 12

PLASTICA >LA SELVA MISIONERA DE FLORENCIA BOHTLINGK
Cuentos de la selva

Florencia Bohtlingk lleva años pintando la selva. Primero como una tierra asombrosa. Después, poblada de antiguas leyendas. Pero su nueva muestra, elocuentemente llamada Veinte años junto a ellas, despliega en telas rigurosamente cuadradas una mirada más distante pero igual de alucinada: pinturas en las que la naturaleza revela mandalas, sonidos y una geometría rigurosa que cobra forma en el verde como una sombra en la oscuridad.


Por María Gainza

En 1902, un año antes de morir en las Islas Marquesas de complicaciones por la sífilis, Paul Guaguin escribió sobre su “atracción por la huida”. Tenía nueve años, vivía en Orleans y un día decidió fugarse después de haber visto una pintura de un vagabundo que llevaba un atado sobre su hombro. El pequeño Paul llenó un pañuelo con arena, lo ató a un palo y se internó en el bosque. “Tengan cuidado con las imágenes”, dijo Gauguin rematando su historia con una moral que parecía de doble hoja. Tengan cuidado con el poder romántico que ejercen las imágenes sobre el sentido común, pero también préstenles atención y disfruten de su embrujo. Las imágenes de Florencia Bohtlingk, como aquella del vagabundo cargando en su atado y como aquella otra del pequeño Gauguin internándose en el bosque, son peligrosas en ambos sentidos de la advertencia.

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Alexander von Humboldt reinventó América como naturaleza. No la naturaleza accesible y clasificable de Linneo pero una naturaleza dramática, extraordinaria, un espectáculo capaz de impresionar al entendimiento humano. No es de extrañar que habitualmente los retratos muestren a un Humboldt miniaturizado ya sea frente a un paisaje deslumbrante o bien frente a su biblioteca de libros sobre botánica.

Durante un tiempo, Florencia Bohtlingk sostuvo con la naturaleza una relación similar. En sus pinturas pasadas, la selva misionera, su materia principal de estudio, aparecía como una tierra asombrosa. Hacia el 2001, las manchas y las pinceladas a lo Turner recreaban Arcadias atravesadas por cascadas de luz y espesos follajes. Apenas unos años después, esas imágenes fueron dando paso a una selva rousseauniana, un dibujo basado en la línea y habitado por pequeñas ninfas salidas de antiguas leyendas, imágenes de inocencia salvaje. En ambos casos, la naturaleza parecía un lugar majestuoso que podía aplastarte con apenas el temblar de sus hojas.

En el último año, algo en esa relación comenzó a cambiar. Y la geometría, no como dogma, pero sí como posibilidad formal, parece haber tomado la vegetación por asalto. Ni supremacía ni subordinación: Bohtlingk ahora mira el ideal de la selva misionera con distancia.

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Tras varias temporadas en la selva como dueña de una posada cerca de los Saltos del Moconá, Bohtlingk regresó a la ciudad cargada de imágenes que con el tiempo fue depurando a lo esencial. “Cuando llegué a la selva no veía nada, había demasiado verde”, suele contar. Quizás por eso, al comienzo, sintió la necesidad de transportar imágenes desde otros lugares, personajes plantados en tierra misionera como palmeras exiliadas. Pero así como los ojos se acostumbran a ver en la oscuridad, Bohtlingk comenzó a entrever cosas en ese verde. Entonces desaparecieron las referencias míticas y ganó terreno una mirada ordenadora. Al pintar puso en ejecución algunas de las cualidades esenciales de la buena escritura. Observó lo que Blake llamó “los diminutos particulares”. Miró y miró y luego refractó lo visto sobre la tela. A diferencia de los paisajes italianos de Tivoli y Mont Blanc, gastados por el lápiz de millones de artistas europeos, la selva misionera le ofreció a Bohtlingk una superficie fresca para reinventar.
Palo borracho (2009)

Entonces, por momentos su naturaleza se volvió arrebatada, impulsada por fuerzas invisibles y desafiantes; por otros, parecía amable, esperando ser poseída. En realidad, la naturaleza de Bohtlingk se volvió menos naïf: podía ser una cosa u otra dependiendo de la hora del día y del lugar. A su vez, el hombre dejó de ser un apacible yogui meditando sobre la hierba y se volvió un trabajador, un colono duro fusionado con su tierra. El jardín se pobló de monos y yaguaretés; la vegetación se volvió aún más lujuriosa en sus geometrías: enormes lianas cuelgan de los árboles, helechos prehistóricos cobran vida, el cielo es luminoso y lucha a fogonazos por abrirse paso entre la vegetación. Esto no fue pintado en un sótano oscuro.

La selva de Bohtlingk, siempre enérgica, nunca es tan calma como cuando es violenta. Colores fríos y cálidos en tonos ácidos, alucinógenos, una pincelada que delinea obsesivamente y que recuerda que los límites no son fronteras sino lugares donde la pintura, emergiendo de la superficie, cambia de color. Las pinturas transmiten la temperatura y la humedad de esos paisajes. Mírenlos un rato largo y sentirán algún insecto subiendo por la pierna.

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En “Anécdota del frasco”, uno de los poemas más conocidos de Wallace Stevens, dice: “Coloqué un frasco en Tennessee/ y redondo era, sobre una colina/ hizo que la desaliñada naturaleza/ rodeara esa colina/ la naturaleza se elevó hacia él/ y se desparramó a su alrededor, ya no salvaje”. Entre otras cosas, el poema parece sopesar el mundo natural frente al hombre. Uno es vasto y desprolijo. El otro, circular y ordenado. Ambos buscan dominar. Pero la actitud de Stevens es ambigua y cuando uno parece a punto de imponerse sobre el otro, la línea siguiente descarrila esa impresión. Gran parte de la fascinación que produce este poema proviene de esa inestabilidad, la misma que Florencia Bohtlingk confronta en sus pinturas.

Sus telas perfectamente cuadradas dispuestas sobre el monte misionero intentan domesticar la indisciplinada naturaleza. Un instante después, han abandonado la lucha. La abstracción mandálica de “La tarde” lleva a la naturaleza a un estadio cósmico cercano en su espiritualidad a las imágenes de Georgia O’Keeffe. En “Mangrove”, la geometría es psicodélica y se acerca al graffiti callejero y al batik. Pero nada es programático en Bohtlingk. Y mientras las influencias rebotan unas contra otras –hay algo del Pattern and Decoration a lo Beatriz Milhazes y de la delicadeza de las estampas de Utagawa Hiroshige–, las telas terminan por dar imágenes donde la naturaleza y la cultura se comen entre sí.
El Colono (2009)

Por momentos sus paisajes son tan misteriosos que disparan la mente hacia extraños lugares. Recuerdan, por ejemplo, que el mayor naturalista moderno de Norteamérica pudo no haber sido un pintor sino un arquitecto. Frank Lloyd Wright creó, en Fallingwater, una casa donde la geometría funcionaba –como el frasco de Stevens o los cuadros de Bothlingk– en medio de la naturaleza. Tensionaba, desafiaba y a la vez se rendía e integraba los elementos en variaciones: la superficie líquida del agua y la dura del vidrio, la sensación de que el edificio está incrustado en la roca y los balcones flotan sobre el aire. Todos los opuestos en síntesis poética. La idea de Wright era hacer una casa sobre una cascada que no pudiera ser vista desde adentro, sólo escuchada. Las pinturas de Bohtlingk también parecen haber sido hechas para ser escuchadas desde otra habitación. Cada una es un constante alboroto de monos aulladores, plantas trepadoras y hojas que bisbisean con el calor.

Aun sin ser pinturas narrativas, hay una curiosa sincronicidad entre las imágenes de Bohtlingk y los cuentos de Horacio Quiroga. En ambos existe un equilibrio extraño entre la realidad y la fantasía. En sus Cuentos de la selva, Quiroga despliega una selva dura, desafectada, pero repleta de animalitos delirantes –loros, monos, tortugas, culebras y coatíes– entrelazados inexorablemente con la vida del hombre que avanza. Quiroga describía por entonces una Misiones en proceso de colonización, donde convivían los descendientes de los guaraníes originarios, los inmigrantes de origen brasileño y paraguayo, los colonos europeos recién venidos, todos bajo la huella indeleble dejada por los asentamientos jesuíticos. Entrado el siglo XXI, de esa Misiones selvática y profusa sólo queda un tercio de su superficie original. Hay quienes parecen atraídos por el llamado de la selva con más fuerza que otros.

En medio de tanto arte de revistas extranjeras y anodinas, Bohtlingk salió a pintar lo que a pocos artistas contemporáneos les hubiera interesado mirar: un pedazo enmarañado de verdes. Y sin grandes pretensiones, intentó desenredarlo en sus pinturas, no para poseer la realidad sino para dejarse poseer por ella. Es justamente eso, su gesto outsider de desparpajo pero a la vez, seriedad, lo que recuerda que todos los buenos artistas son voces en la selva, solitarios por idiosincrasia rompiendo el silencio con cada pincelada.

Alambres de Mairal

Virilidad de Cynthia Ozick

Conociendo a la anciana dama

Sobre Virilidad de Cynthia Ozick

por Quintín

Atraído por alguna reseña favorable (creo que Tabarovsky habló de la autora en la contratapa de Perfil), me puse a leer Virilidad (1971) de la octogenaria americana Cynthia Ozick, un librito (90 páginas) editado por Bajo la luna. Fue una buena idea y al libro se le puede aplicar sin ponerse colorado adjetivos como “delicioso” o “irresistible”. Es una de las mejores fábulas sobre escritores que yo haya leído y, con su toque fantástico, podría integrar una trilogía inmortal con El cuento más hermoso del mundo de Kipling y el cuento fetiche de las Peripecias del no de Chitarroni: Enoch Soames de Max Beerbohm.

De hecho, Virilidad es una especie de Enoch Soames al revés, porque está contado desde el futuro hacia el pasado. El libro empieza cuando un periodista que ha superado los cien años visita la tumba de un poeta que conoció en su juventud. Lo peculiar de la situación es que el mundo ha llegado a una etapa en la que ya no hay poetas y el reconocimiento literario, que ocupa el centro del cuento, es una noción en desuso. De hecho, ya no hay siquiera cementerios, salvo como recordatorios del pasado.

Justamente en eso radica mi dificultad. ¿Cómo puedo convencerlos de que, durante un intervalo de mi extensa vida, hubo un momento en el que un poeta —como ya he dicho, un hombre común y más bien ignorante— era alguien reconocido, y abundantemente reconocido, y magníficamente reconocido, y hasta estupendamente reconocido? Por supuesto, ustedes nunca habrán oído habar de Byron, y nadie está más eclipsado que el querido Dylan; ni tampoco diré que Edmund Gate haya alcanzado nunca ese nivel.

Luego viene el flashback y allí se cuenta la historia del tal Edmund Gate, seudónimo de Elia Gatoff, un judío ruso que llega adolescente a Nueva York y consigue que el periodista le dé trabajo como cadete en su diario. Gatoff quiere ser poeta pero como Caharlie Mears, el personaje de Kipling, carece de todo talento. Su inglés es deficiente y el tipo no tiene siquiera pasión por la lectura. Es una bestia y lo único que tiene de poeta es una descomunal ambición por llegar a serlo, pero es tan malo que no consigue publicar un poema ni en los revistas más infames. Para colmo, tiene otros defectos: es sucio, desagradable, mentiroso y aprovechador. Tanto que se introduce en la vida del periodista y hasta le usurpa la casa.

Pero un día ocurre el milagro. El periodista se va a la guerra y, a la vuelta, se encuentra con que Elia se llama Edmund Gate y ha publicado, en una editorial importante, un primer libro de poesía llamado Virilidad. Pero la bestia no solo ha logrado publicar, sino que se ha transformado desde la nada en un gran poeta. Y ha dejado de ser un tipo maltrecho y peludo para convertirse en un ícono sexual (para los lectores atentos de LLP, todo parecido con Garcés es pura coincidencia), un macho arrasador que provoca desmayos masivos en sus recitales y seduce a todas las mujeres, empezando por la mojigata hermana del periodista.

El triunfo de Gate es vertiginoso, pero el vate muere a los 26 años tras algunas peripecias geniales que no se deben revelar aquí. O no muere, porque cuando termina el flashback se le aparece (o es un fantasma) al periodista delante de su propia tumba.

Ozick es inteligente, ligera, profunda, entretenida, sutil. No se priva de ejercer un agudo feminismo, lo que le agrega al cuento un costado desopilante. Es un estilo que tiendo a identificar sin demasiada precisión con la prosa del New Yorker, aunque es un poco demasiado sarcástica para dar exactamente ese tono (de hecho, no sé si alguna vez escribió allí). Es una literatura menor-mayor. Cuando Ozick habla del nivel al que llega Gate y lo compara con Byron y Dylan (supongo que Dylan Thomas) dice: “tampoco diré que haya alcanzado ese nivel.” Tiendo a pensar que Ozick no alcanza ese nivel. Pero tampoco sé qué nivel sería ese. Virilidad es un libro perfecto, casi un gran libro.

Tomado de http://www.lalectoraprovisoria.com.ar/?p=2692

De aire y miedo

Anciana rebelde



Por Andrés Neuman

De la rebelde anciana Cynthia Ozick había leído Virilidad, pirueta maestra sobre las tres extranjerías: la nacional, la lingüística y la de género. Sobre el conflicto de leer y ser leído en una sociedad cuando se ha nacido en otro país, con otro idioma o mujer. Aparente sátira literaria, Virilidad toca los nervios principales de nuestro mundo con una ironía encantadora. Ahora repesco El chal, publicado con escasa repercusión hace hoy veinte años. El texto que da nombre al libro es uno de los mejores cuentos norteamericanos que he leído en los últimos años, junto con ‘Mortales’ de Tobias Wolff o ‘Gente así es la única…’ de Lorrie Moore. Ningún relato de campo de concentración me había impresionado tanto desde Sin destino de Kertész. Pero este campo carece de coordenadas. No habla de la Historia dolorosa, sino de la historia del Dolor. Una mujer amamanta a su hija sabiendo que morirá. Sin adjetivos. Con lacónico lirismo. Sobrecoge la renuncia a la ironía de la ironista Ozick. Su punto de vista es el de la compasión inteligente, milagro literario posible. La autora seca el lenguaje como se seca el pecho de Rosa, que sólo se nutre de aire y miedo.


Tomado de http://andresneuman.blogspot.com/2011/02/anciana-rebelde.html

jueves, 10 de febrero de 2011

Hasta que se cumplen todos

Mamushkas


Tomado de http://aguadeazucena.blogspot.com/2008/06/esas-muecas-rusas.html

Algunos dicen que su origen está en Rusia, y otros en Japón. El asunto es que la famosa mamushka o matrioshka (matrona) parece que recién fue conocida en la región -- concretamente en Zagorsk, a 70 kilómetros de Moscú-- en 1890, cuando la pintó un tal Sergie Maliutin. Según cuentan, antes de eso era una muñequita de carita alargada (de tanto meditar, decían) que se fabricaba en Japón para simbolizar a un sabio llamado Fukuruma.
Sin embargo, después de que la pintara el ruso Maliutin, en 1900 fue expuesta en París donde ganó un premio por su originalidad.
Japonesa o rusa, la campesina de cara redonda y ojos claros va vestida con el traje nacional ruso (sarafan) y lleva el cabello lacio bien guardado bajo el pañuelo.
Por su singular forma de encastrar una dentro de la otra, a las mamushkas se las vincula con la maternidad, la fertilidad, la nutrición y el crecimiento. Además, dicen que traen buena suerte y ayudan a conceder los deseos. Cuando uno de ellos se cumple, hay que abrirla y sacar a la otra. Y y así, hasta que se cumplan todos.

Viene de una leyenda rusa

"se llaman matriuskas, viene de una leyenda rusa, que dos hermanitos una niña y un niño quedaron huérfanos, y tuvieron que trabjar de pastorcillos, la niña se perdió en las praderas, y el niño mientras esperaba el regreso de su hermanita, fue tallando muñequitas de madera, que cada vez le quedaban más pequeñas, y como eran huecas fue poniendo una dentro de otra, cuando la más pequeñita, era del tamaño de un garbanzo, su hermanita apareció, siguieron su trabajo de pastorcillos, hasta que alguien descubrió el hermoso trabajo del niño, y las llevó a la aldea, y se tomó como un símbolo de ese lugar, hasta que se extendió por todo el país, por eso las pintan, porq no tienen brazos ni piernas, fueron hechas por un niño huérfano las primeras."


Tomado de http://es.answers.yahoo.com/question/index?qid=20070516132412AAOAAx3

Una naranja

A la orilla de una zanja
cazó viva una naranja.
Què coraje què valor
aunque se olvidò el cuchillo
en el dulce de membrillo
la cazó con tenedor.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Nurit, el reencuentro

Hoy, año y pico después de los post que publiquè aquì sobre ella, conocí a Nurit Kasztelan en persona, en una librerìa cerca de la facu, después de haberle visto cara conocida en el seminario de poesìa de Tamara Kamenszain. Yo pedía un libro de Roberta Iannanmico que està agotado y ella, detràs mìo, me ofreciò traèrmelo. Vende poesìa contemporànea. Yo, escondedora como siempre, ni me animè a preguntarle de dònde nos conocìamos pero al pedirle su mail se me ocurriò darle el mìo en uno de mis papelitos de anuncio de "Mi tren" y ¡ella me reconociò! Ella se acordò de que yo habìa publicado un poema suyo en mi blog. Yo no me acordaba. Ahora veo sus poemas, ahora me acuerdo, ahora vuelvo a escucharla leer en el Centro de la Cooperación en octubre 2009. Es una genia.

martes, 8 de febrero de 2011

Siempre haré poemas. Miento. Mi único amor es el sexo.

Diálogo entre los Poemas para combatir la calvicie de Nicanor Parra y los Diarios de Alejandra Pizarnik.


Por Carmen M. Cáceres.


Las imágenes que ilustran la nota son instalaciones de Nicanor Parra.





la máquina del tiempo

I

AP: … disolverme en el humo de mi cigarrillo, si por lo menos fuera una puta.

NP: Sobre los órganos de la mujer / hay una gran ignorancia al respecto / quién podría decirme por ejemplo / qué diferencia hay entre vulva y vagina.

AP: Siempre haré poemas. Miento. Mi único amor es el sexo. Mi único deseo ser puta. O no serlo. Pero legiones de hombres. Y si quieren, vengan las mujeres y los niños.

NP: Ah, la mujer que se entrega porque sí / porque la soledad, porque el olvido…

AP: La gente debería masturbarse, amarse platónicamente. Lo que me fascina de la masturbación es la enorme posibilidad de transformaciones que ofrece.

NP: La mesa está puesta muerde/ la uva que te trastorna/ y besa con ira el duro/ cristal que te vuelve loca.

AP: Sólo el sexo merece seriedad y consideración porque el sexo es silencio.

NP: Fornicar es un acto literario.



II

Si de grandes escritores se trata: ¿cuál es la diferencia entre leer su autobiografía, un libro con su intercambio epistolar o sus diarios? Pregunta de la cual derivan, por lo menos, otras dos. La primera es qué morbo parecido al chisme nos atrae a indagar la intimidad de Dostoievski, Kafka, Pavese, Woolf, Bioy Casares, Gombrowicz y P. Bowles (por citar algunos). La segunda es, como escritores, qué pretendemos conocer del oficio a través de esos textos.

Los Diarios que Alejandra Pizarnik escribió entre 1954 y 1971 (reeditados en 2010 por Lumen) satisfacen todas esas esferas. Está la adolescente conflictuada devenida en poetisa trágica, están las anécdotas indiscretas de intelectuales de la época, está la obsesión psicoanalítica que transmuta en ironía: Pizarnik tematiza su neurosis, están las inseguridades físicas y una inquietante correspondencia entre sexo y escritura, sexo y muerte, sexo y silencio. Partimos junto a una joven de 19 años que se define a sí misma como: nunca meditó, jamás reflexionó, parece ser sensible, aunque tiene propensión a considerarse genial. Agresiva. Viciosa. No muerde. Desde aquí la acompañamos en un proceso que por momentos resulta hermético y por momentos furioso. Las entradas sostienen a una mujer inteligentísima, mordaz, precisa, solitaria, humorista, contradictoria y nada autocomplaciente que, al igual que Nicanor Parra, se ubicó fuera de su tiempo para buscar esa forma propia entre prosa y poesía que la caracterizado.

Poemas para combatir la calvicie es una antología de Nicanor Parra compilada por Julio Ortega para el Fondo de Cultura Económica. Lleva más de cuatro reimpresiones en Chile y por lo menos dos en México. Abarca publicaciones desde “Poemas y antipoemas” (1954) hasta Hojas de parra (1985), e incluye varias obras inéditas, algunas escritas en inglés, otras dibujadas y otras publicadas de su puño y letra.

Por supuesto, las diferencias entre ambos son harto evidentes. Parra cuestiona el orden social, jaquea el lenguaje “literario”, se burla de las formas que éste adopta y pone en evidencia su artificio. Tanto en los diarios como en la obra, Pizarnik sólo cuestiona su mundo porque no le interesa nada por fuera de su subjetividad, sufre por una soledad autoimpuesta y no escribe tanto para cambiar el estado de la lengua sino para entenderse.



III

AP: ¿Posibilidades de vivir? Sí, hay una. Es una hoja en blanco.

NP: Con una hoja de papel y un lápiz yo entraba en los cementerios/ dispuesto a no dejarme engañar.

AP: He meditado las posibilidades de enloquecer. Ello sucederá cuando no pueda escribir.

NP: casi
como
una
palada
de
tierra.

AP: Anoche pensé qué medios usaría pasa suicidarme. Suicidio, coqueteo con él como si al decirlo quisiera asustar a alguien. Pero mamá está lejos. Y tal vez no existe.

NP: los poetas no tienen biografía / la muerte es un hábito colectivo.



IV

Él es un poeta lúcido que se sirvió de la canción octosilábica y de la tradición métrica para sublevar el poema y usar el léxico de la publicidad, de los graffties, de la jerga política y religiosa, incluso con los elementos de la plástica. El yo-lírico de Parra también se identifica en las breves frases que puso a sus famosos Artefactos visuales, algunos de los cuales ilustran esta especie de reseña tardía. “La influencia de Nicanor Parra no es una marca de estilo sino una actitud frente al lenguaje, impregna la joven poesía con su épica subjetiva, su narratividad mundana, su iconoclastia, su antisentimentalismo”, dice el compilador en el prólogo.

Bueno, nada más opuesto a los diarios de Alejandra, quien insistentemente dice que su principal problema es: la ignorancia absoluta del lenguaje hablado. No uso un lenguaje argentino sino lo poco que sé del español literario… me tortura mi estilo por una semiafasia que me obliga a romper cualquier ritmo insipiente. Se trata de un problema musical… a casusa de la castración del oído: no puedo percibir la melodía de una frase.





el pensamiento muere en la boca



V

AP: Comienza a ser adulta mi relación con la literatura. Ser adulta quiere decir preferir el Ulises al Retrato de un artista adolescente; quiere decir no admirar solamente por identificación o catarsis.

NP: la Santa Biblia / es el único libro verdadero/ los demás son hermosos pero falsos.

AP: (sobre Calderón) Parece que los españoles jamás pensaron que puede haber un drama en el lenguaje.

NP: El poeta no cumple su palabra / si no cambia el nombre de las cosas.

AP: Hacer el amor para ser el centro de la noche. Hacer el poema para desplegarse en su espacio.

NP: El poeta es un hombre como todos / un constructor de puertas y ventanas.

AP: No muero porque el sexo me importa todavía: sufrir voluptuosamente, sufrir con un lujo inigualado.

NP: eres feliz cadáver eres feliz.

AP: Vano es el lenguaje para quien aspira a una alta tensión con del silencio.

NP: Como los fenicios (yo) pretendo formarme mi propio alfabeto.

AP: Engordé muchísimo. No hay remedio. Es un círculo vicioso. Para no comer necesito estar contenta. No puedo estar contenta si estoy gorda.

NP: Interesa la forma del abdomen.

AP: Imposible ir a una orgía si me levanto a las ocho para ir a la oficina.

NP: Justo es, entonces, que trate de crear algo/ que me permita vivir holgadamente / o que por lo menos me permita morir.

AP: No confundir la irrealidad poética con la irrealidad neurótica.

NP: El mundo moderno es una gran cloaca:/ los restaurantes de lujo están atestados de cadáveres digestivos / y esto no es todo: los hospitales llenos de impostores.

AP: Mi única culpa consiste en no recordar dónde puse mi cordón umbilical aquélla noche que nací.

NP: Para poder llegar al paraíso / hay que ser un acróbata completo.

AP: Ahora sé por qué sueño escribir poemas-objetos. En mi sed de realidad, mi sueño de materialismo.

NP: La mitad del espíritu es materia.

AP: Me pregunto quién eligió la expresión “ganarse la vida” como sinónimo de trabajar. En dónde está ese idiota.

NP: Caution / el cadáver de Marx aún respira.

AP: ¡Denme al hombre, no a las masas!

NP: Si Colón no se hubiera equivocado / no existiría América del Sur / si Hitler no se hubiera equivocado / no existiría América del Norte.




deposite aquí sus obras de arte



VI

Nicanor Parra y Alejandra Pizarnik son dos poetas exhaustivamente reconocidos, por lo que en verdad no hay nada que se pueda agregar a la legión de artículos, papers y libros publicados sobre sus obras.

Esta nota, entonces, nace de un capricho o de un hallazgo tal vez inútil: a pesar de sus universos distantes, de sus apuestas literarias casi opuestas, hay un verso, un mismo verso, que los reúne y los detiene frente a la escritura. Él lo escribió en 1954, a los 40 años: Hoy es un día azul de primavera / creo que moriré de poesía. Ella lo escribió en 1962, a los 26: sé, de una manera visionaraia, que moriré de poesía. Esto no lo comprendo perfectamente, es lejano, pero lo sé y lo aseguro.


Tomado de http://blog.eternacadencia.com.ar/?p=11993#more-11993

La heroína en Rosario 2009

Ya estàn las actas on-line

http://www.celarg.org/int/arch_publi/salmoiraghi.pdf

Cucurto-Laguna-Bejerman

Ficciones de un presente desconcertante: Cucurto, Laguna, Bejerman


Marina Yuszczuk. Congreso Internacional Cuestiones críticas. Rosario 2009


CONICET
angelmine20@hotmail.com


Resumen:

Entre la banalidad aparente de Dalia Rosetti (Fernanda Laguna), el barroquismo sensual de Gabriela Bejerman y la violencia festiva de Washington Cucurto, las nuevas narrativas dejan obsoletas ciertas herramientas de la crítica, a la vez que empujan el espectro de lo literario hacia las nuevas formas de la comunicación y de la relación autor-obra y nos fuerzan a preguntarnos, como Martínez Estrada, ¿qué es esto?

Palabras clave: narrativa argentina actual - realismo - parodia

En los últimos años apareció una serie de novelas, firmadas por autores que en la década anterior estuvieron vinculados a lo que se llamó poesía de los noventa, que produjeron un cierto revuelo en el ámbito literario. La narrativa de Santiago Vega, Fernanda Laguna y Gabriela Bejerman, por tomar sólo una línea de estas escrituras vinculadas por la pertenencia común a proyectos de edición y gestión cultural como Belleza y Felicidad y Eloísa Cartonera, pueden ser agrupadas también a partir de ciertas características que permiten leer, más allá de la variedad de matices que los diferencian, un modo particular de concebir la literatura que se extiende a otros escritores jóvenes y que se inscribe, en algunos sentidos, en el espacio abierto por la poética de César Aira.
El libro que inauguró esta serie fue Cosa de negros, firmado por Washington Cucurto (seudónimo de Santiago Vega), publicado en el año 2003 por la editorial Interzona. Cosa de negros venía precedido por el escándalo que rodeó a la figura de Cucurto cuando Zelarayán, su primer libro de poesía (1998), fue destruido en una biblioteca popular de la provincia de Santa Fe a la que había sido donado por la Conabip por considerárselo de mal gusto y no apto para todo público. La novela multiplicó los
motivos que habían provocado el gesto de censura. En la tapa del libro está el negro Cucurto pintado más de negro todavía entre las piernas de una mujer-muñeca; en la contratapa se promete a los lectores el acceso, de la mano de Cucurto, al mundo desconocido de la cumbia: “Señoras y señores, bienvenidos al fabuloso mundo de la cumbia. Están por ingresar con boleto preferencial (y en una Ferrari) al magnífico barrio de Constitución, cuna de la mejor cumbia del mundo, lugar donde todo es posible”.
Todos los libros de Cucurto (el nombre Vega desapareció muy pronto con la identificación absoluta entre el autor y el personaje) repiten esta promesa: el narrador nos ofrece, a nosotros lectores de la cultura “letrada” –porque es un narrador que dialoga incansablemente con la crítica y la academia- llevarnos de la mano, como turistas, a esa zona de la capital donde reside buena parte de los nuevos inmigrantes dominicanos, bolivianos, peruanos y paraguayos, dando por sentado que la desconocemos. El personaje Cucurto opera como traductor de ese mundo desconocido para sus lectores cultos, y cifra en su origen humilde (soy negro, fui repositor en un supermercado) la garantía de realidad de que lo va a mostrarnos. ¿En qué consiste esa realidad a la que por primera vez podemos asomarnos?

Realismo atolondrado

El primer relato de Cosa de negros, “Noches vacías”, tiene como protagonista al personaje Washington Cucurto, un negro dominicano que dedica sus noches a recorrer las bailantas para levantar mujeres. Una de las primeras cosas que este personaje cuenta es cómo mata a una gordita para sacársela de encima porque ella le dice que va a tener un hijo suyo: primero la tira al piso de una trompada, después le patea la cabeza hasta que los sesos quedan a la vista y por último:
Le doy dos soberanas patadas más, justo en el cerebro salido, al aire libre, para que se componga en su lugar. No hay caso, el cerebro no entra más, así que lo arranco con los dedos y lo saco del todo. Lo tengo todo enterito colgando en mi mano, es chiquito como una paloma, sangra a borbotones, sangre a canilla libre. Se lo muerdo y en su lugar pondría un título fotocopiado de abogacía, o mejor no, mejor uno de medicina. “Gorda: te declaro doctora, así te sacás este crío de encima” (2003:40).
La realidad de la bailanta incluye esta secuencia de cine gore rematada con un chiste. A medida que avanza el relato se suceden las escenas de seducción mezcladas con peleas de borrachos y pesadillas como ésa en la que el narrador ve a su padre dándole cocaína al nieto y a su mujer cogiendo con otro en un rincón de la bailanta. El paisaje de la cumbia se vuelve decididamente infernal. El segundo relato del libro, “Cosa de negros”, es más festivo. El mismo personaje Cucurto llega a Buenos Aires con un contrato para presentarse en una bailanta, le roban el saxo en Constitución y el robo da lugar a una persecución de dibujos animados en la que cruzan la 9 de Julio en medio de una manifestación con cacerolas. Más tarde, en una fiesta menemista con personajes de la política y la televisión, Cucurto se enamora de Arielina Benúa, que resulta ser hija ilegítima de Eva Perón. La cosa sigue, pero estos datos bastan para dar una idea de cómo son los libros de Cucurto: hay peleas, fiestas, orgías y persecuciones hiperbólicas que tienen como fondo, como decorado, podría decirse, el mundo de la bailanta y los barrios de Once y Constitución.
El mismo Cucurto pidió que se leyeran sus libros en clave realista al bautizar su estilo como “realismo atolondrado”, pero el sistema de representación que sustenta sus relatos proviene claramente de la televisión, las películas de terror y la historieta, por más que los textos estén plagados de referencias concretas a calles de Buenos Aires, personajes del ámbito poético y de la política y la historia nacional.1 Martín Kohan se ocupó muy bien de revisar el concepto de realismo y las posibilidades de incluir bajo este rótulo parte de la producción actual en su artículo “Significación actual del realismo críptico”, en el que advierte contra el error metodológico de confundir realismo con referencialidad (2005: 33-35).2 Los libros de Cucurto, efectivamente, se vuelven cada vez más referenciales y menos realistas. Los personajes cambian de máscara y hasta de ubicación histórica (en 1810, La revolución de Mayo vivida por los negros el protagonista es San Martín en los últimos días del Virreinato) pero los motivos son siempre los mismos.
De las novelas de Cucurto puede decirse lo mismo que señala Graciela Speranza con respecto a la La villa de César Aira, en la que el mundo de las villas miserias, la basura, las droga, los cartoneros y la corrupción policial es convocado en un gesto aparentemente realista para ser luego triturado “en la ya ejercitada máquina voraz que, con movimiento centrífugo y entrópico, destruye el verosímil y el sentido, y los aplana en una superficie colorida de cuento de hadas desquiciado” (2005: 18). En esto las novelas de Cucurto funcionan de manera similar al procedimiento narrativo de Aira: los datos de la realidad aparecen pero se disuelven en la fantasía. Por eso, si se quisiera hacer una lectura ideológica de Cucurto, el problema que surge de inmediato es que las representaciones son absolutamente fluctuantes, por no decir incoherentes. La bailanta y el conventillo son celebrados como paraísos del amor y la diversión pero también representados como infierno en unos pocos momentos de las novelas en los que el tono se vuelve terriblemente oscuro. En El curandero del amor, por ejemplo, el protagonista va a consultar a un travesti del Once sobre sus problemas amorosos. Para lograr una entrevista con este personaje tiene que internarse en un conventillo de la calle Paso en el que se encuentra con este paisaje: “Gordos, travestis, putas, borregos perdidos por el paco y el poxipol. “Nuestro problema es que somos nosotros”, me dijo uno guiñándome un ojo desde las mismísimas oscuridades del infierno” (2006: 84). Este atisbo de infierno, sin embargo, es celebrado una y otra vez como fiesta por el narrador. No hay una visión del mundo coherente que pueda derivarse de estos textos. En ese sentido, los materiales que aluden a la realidad aparecen vaciados de ideología, especialmente en aquellos pasajes donde el narrador hace explícita su postura ideológica, también desde la ironía, con una mezcla de machismo, escepticismo, conservadorismo, un poco de sadismo, y sobre todo mucha incorrección política. Las opiniones sobre política y sociedad están sometidas al mismo procedimiento que el resto de la ficción, son ficción: todo puede decirse y hacerse, especialmente si es divertido y provocador, pero nada se afirma.


Aira+Lamborghini=Aira


Descartada la hipótesis realista, sigue en pie la pregunta sobre cómo leer estos textos. La violencia recurrente en las novelas de Cucurto, que muchas veces es violencia sexual ejercida por un representante de un grupo social sobre otro, remite por supuesto a Lamborghini. Casi cuarenta años después de “El fiord” y “El niño proletario”, esta es una de las maneras en que vuelve la violencia sexual a la literatura argentina. Ya el primer libro de poemas de Cucurto, Zelarayán, había provocado un poco de escándalo, como dije al principio, por escenas como ésa donde un salteño viola a una coreanita mientras el poema vocifera “¡Era de ver y eyacular!/ ¡Era de ver y eyaculear!/ ¡Viva Tailandia!/ ¡Asiática hepatítica!/ ¡Hija de Li Po!/ ¡Pindapoy!” (1998). Si se quisiera leer esta escena como expresión de machismo, el problema que surge de inmediato es que tomando la obra de Cucurto como conjunto las violaciones pueden ser tanto de hombres a mujeres como al revés. Si se quiere encontrar acá un ejemplo de xenofobia pasa más o menos lo mismo: la burla generalizada se ejerce sobre coreanos, dominicanos, paraguayos, argentinos, negros, criollos y españoles del virreinato por igual. La violencia y la sexualidad se ejercen en todas las direcciones posibles, como una gran orgía. En este punto, Cucurto está más cerca de Sade que de Lamborghini, y de hecho el narrador de El curandero del amor dice que “Ser ecológico no es ser verde; es cagar, coger y acabar con la especie humana” (2006: 78), aunque después el sexo descontrolado y colectivo se proponga como la única revolución verdadera, la del amor (2008: 95-98). En estas inconsistencias se marca la diferencia de Cucurto con sus antecesores. Mientras que “El fiord” de Lamborghini es un relato alegórico que permite leer, como señala Martín Prieto, “la violencia política argentina puesta en acto a través de la violencia sexual” (2006: 433), la violencia en Cucurto se diluye en una serie de chistes, que al extenderse a absolutamente todo lo que figura en los relatos a lo sumo permite llegar a la siguiente conclusión a partir de la obra como un todo: hay violencia. Otra posibilidad sería pensar que en estos libros, como en “El niño proletario”, se intenta reproducir de manera hiperbólica la mirada de una clase sobre otra, especialmente los prejuicios de la clase media argentina hacia los nuevos inmigrantes, pero como Cucurto se constituye en defensor y traductor de estos grupos sociales para la cultura burguesa y letrada, esta hipótesis también se cae. Y además de todo está el problema del humor. Si la violencia en Lamborghini todavía revuelve el estómago es porque no da tregua y porque, sin ser realista, remite a enfrentamientos y tensiones sociales que provienen de la realidad. La de Cucurto, en cambio, se justifica a sí misma por declararse pura fantasía y casi pide perdón después de cada escena atroz como diciendo “No me tomen en serio, era una broma, ríanse por favor que era una broma”, como lo indica la proliferación de signos de exclamación y de frases como “¡Qué divertido!”, “¡Qué locura!”.
La violencia y el malditismo de Cucurto se quedan siempre a mitad de camino; hay que ser muy pacato y suscribir a una moral católica y burguesa totalmente vetusta para escandalizarse con estos libros. La gran falla de estos relatos, que procesan la herencia de Lamborghini, es que someten toda esta carga de violencia social a un procedimiento narrativo muy similar al “contínuo omnívoro” de Aira, como lo llama Graciela Speranza (2005: 18), en el que todo se diluye y pierde potencia por estar sacudiendo constantemente una bandera blanca que dice “Soy ficción”. “La exasperación no me abandonó nunca y mi estilo lo confirma letra por letra”, decía el narrador de “El niño proletario” (2003: 62). Lo mismo podría decirse de Cucurto, si se toma la precaución de cambiar “exasperación” por “inconsistencia” y “cobardía”.
Lo mismo pasa con el uso del lenguaje. Las expresiones y modismos de los inmigrantes están puestos al mismo nivel y vaciados de toda densidad referencial para constituir, antes que un modo de representar a ciertos grupos sociales a través del habla, una superficie colorida donde todo está al servicio de un estilo pintoresco y divertido. De hecho algunos párrafos y oraciones funcionan como un compendio de vocabulario latinoamericano. En el primer capítulo de 1810, por ejemplo, se alude a un negrito recién nacido como “un pendejito, […], una guagua, un nenito, un gurisito, un guainito infame y bochinchero”, y en las páginas siguientes aparecen varias maneras de nombrar a la pija: poronga, verga, pingón, instrumento germinativo, pinga, pija, penca, goma (2008: 26-30). La lógica es siempre acumulativa y apunta solamente a la variedad. No parece sugerirse o admitirse que las variantes léxicas supongan también variaciones de sentido, connotación o significado cultural; más bien funcionan verdaderamente como sinónimos en esta prosa que lo aplana todo.
Todos los materiales que ingresan al relato, desde la tradición y las hablas hasta las referencias al mundo real, se mezclan en una especie de licuadora que los tritura y les quita densidad para dar como resultado un batido sin sustancia que puede tomarse con pajita en un vaso decorado con una sombrilla. Lo que prevalece es la autorreferencialidad y la ironía, la distancia desprovista de pasión, los personajes planos y las máscaras y, por sobre todo, la figura omnipresente de Cucurto, que no deja ni por un segundo de decirnos cómo tenemos que leer sus textos y qué tenemos que pensar.


Milanesas de pasión

Muchos de estos elementos están también en Fernanda Laguna, que viene decididamente de Aira y de hecho lo nombra con bastante frecuencia en sus textos. Los relatos de Me gustaría que gustes de mí, firmados por Dalia Rosetti, copian la forma del relato airiano, hecho de azar y variaciones bruscas en la trama, intrigas, persecuciones, suicidios, amores frustrados, representaciones de artistas y parodia de artistas, que están también en Presente perfecto de Gabriela Bejerman. Los personajes de Dalia Rosetti son chicas loosers y despistadas, inseguras, con la autoestima baja, que se enamoran y cogen con otras chicas. Laguna es decididamente divertida y, como señalaron Damián Selci y Ana Mazzoni en su artículo de Planta, escribe salteando olímpicamente las preguntas que acosan a muchos escritores. Dicen Selci y Mazzoni: “La literatura sentimental de Fernanda Laguna sólo podría ser espontánea, natural, y con el mismo gesto con que desatiende las torturas de la Tradición Literaria Insuperable hace caso omiso a las admoniciones de los estudios queer. Cuán gay soy, qué puedo escribir: dos neurosis que saludablemente no aturden a Laguna” (2008). A diferencia de Cucurto, que se desvive por ser reconocido como escritor, y de Bejerman, que ostensiblemente quiere escribir bien y dar cierta profundidad psicológica a sus personajes y mucha espiritualidad al erotismo, Laguna no se hace cargo del estatuto literario o no de sus relatos, y en esto es más radical que sus amigos y que el propio Aira.
De todas formas, el punto que los tres tienen en común con su maestro es la parodia: de la literatura y de sí mismos. Por eso es un error leer representaciones en estos relatos sin tener en cuenta que esas representaciones están construidas desde la parodia. Cuando Fernanda Laguna describe una escena de amor con estas palabras: “Ella responde al llamado de mis labios. Nos unimos en un abrazo que se transforma en milanesas de pasión” (2005: 23), lo que está haciendo es trabajar un lenguaje construido sobre códigos previos, los de la novela rosa y la telenovela, cuya artificialidad se pone de manifiesto al irrumpir un término más vulgar como “milanesas”. La operación que hace Bejerman con el lenguaje es similar; en “Presente perfecto” también hay una escena erótica con una chica que, dice la narradora, “Ayudada por las fuerzas proteicas con que su cena la había nutrido, me galopó hasta el amanecer, cada vez hecha más milanesa” (2004: 36).
Esta frase, por otra parte, pertenece al cuento que un personaje lee para sus amigos en el medio de una fiesta. Esto es importante porque nos lleva a otro rasgo común de estos narradores y poetas: la representación de sí mismos y de sus amigos escritores en los textos. Laguna está en “Presente Perfecto” de Bejerman, Bejerman está en “Durazno reverdeciente” de Laguna, las dos están en “Los cien años del poeta”, el relato que cierra la novela de Cucurto El curandero del amor. Los homenajes, las dedicatorias y el hecho de nombrarse unos a otros todo el tiempo da como resultado una visión de la literatura como objeto de diversión y de intercambio entre un grupo de amigos. Selci y Mazzoni hablaban en el artículo citado de la absoluta legibilidad de los textos de Laguna en razón de su prosa clara y directa pero la verdad es que sus relatos, igual que los de Cucurto y Bejerman, suponen para ser disfrutados el conocimiento de ciertos códigos previos de la literatura y la cultura popular que parodian permanentemente, y también exigen en buena medida saber quiénes son ellos y sus amigos escritores. No hay tal legibilidad; se trata de objetos altamente sofisticados en su simpleza aparente.
Ocurre que lo moderno nunca fue sencillo. Para entender estos textos en su dimensión cultural es necesario reponer el mundo del que provienen, esa movida del underground sin underground de un pequeño grupo de poetas, editores y narradores porteños que no por nada están vinculados a la performance y se representan y parodian a sí mismos en un mundo que incluye fiestas, alcohol, cumbia, drogas y música electrónica, sexo entre chicas y literatura, es decir, todo lo que está de moda en ese mundo. Lo que se modifica con respecto al modo tradicional de entender la relación entre el autor y la obra es que estos textos cobran todo su valor de intercambio dentro de ese grupo sólo cuando se leen en público, y eso demuestra también que en este caso la escritura pesa tanto como la figura de sus autores.
Sandra Contreras señalaba muy bien en Las vueltas de César Aira cómo la poética de Aira se oponía a los que en ese momento eran los valores hegemónicos de la literatura, representados por las narrativas de Piglia y de Saer, que se sustentaban en el ejercicio de la negatividad adorniana (2002: 27). Ahora que pasaron algunos años y que la frivolidad y la ironía están convirtiéndose a su vez en valores canónicos cabe preguntarse si en el trabajo con las superficies y con ciertos imaginarios que proponen estos escritores hay alguna potencia renovadora que se oponga a algo.


Bibliografía
Bejerman, Gabriela (2004). Presente perfecto. Buenos Aires, Interzona.
Contreras, Sandra (2002). Las vueltas de César Aira. Rosario, Beatriz Viterbo.
Cucurto, Washington (1998). Zelarayán. Buenos Aires, Ediciones Deldiego.
------------------------- (2003). Cosa de negros. Buenos Aires, Interzona.
------------------------- (2005). Las aventuras del Sr. Maíz. Buenos Aires, Interzona.
------------------------- (2006). El curandero del amor. Buenos Aires, Emecé.
------------------------- (2008). 1810, La revolución de Mayo vivida por los negros. Buenos Aires, Emecé.
Kohan, Martín (2005). “Significación actual del realismo críptico”. Boletín 12. Rosario, Facultad de Humanidades y Artes, UNR.
Laguna, Fernanda (2005). Me gustaría que gustes de mí. Buenos Aires, Mansalva.
Lamborghini, Osvaldo (2003). Novelas y cuentos I. Buenos Aires, Sudamericana.
Ortiz, Mario (2002). “Hacia el fondo del escenario”. Vox Virtual Nº 11/12.
www.revistavox.org.ar
Prieto, Martín (2006). Breve historia de la literatura argentina. Buenos Aires, Taurus.
Selci, Damián e Iglesias, Claudio (2007). “Análisis de un malentendido”. Revista Éxito, www.notasexito.blogspot.com
Selci, Damián y Mazzoni, Ana (2008). “Fernanda Laguna, por una literatura legible”. Revista Planta Nº 4, www.plantarevista.com.ar.
Speranza, Graciela (2005). “Por un realismo idiota”. Boletín 12. Rosario, Facultad de Humanidades y Artes, UNR.

Realismo atolondrado

Washington Cucurto, el creador del “realismo atolondrado”, desde Nueva York


La literatura debe ser movilizadora


Eduardo Corrales

El escritor argentino Santiago Vega/Washington Cucurto, inventor y cultor del “realismo atolondrado”, sospecha de la calidad como criterio valorativo del arte y la literatura, porque —a su juicio— resulta paralizante. Cucurto más bien reivindica el impulso movilizador inherente a la actividad creativa.

El autor de Cosa de negros (2003) llegó por primera vez a la Gran Manzana para hablar en la Universidad de Nueva York acerca de su labor literaria —encomiada por muchos y denostada por otros tantos— y de su quehacer editorial.

Cucurto afirma que cuando tomó conciencia de que nunca iba a escribir como Lezama Lima o César Aira (“tipos con maestría... habilidosos”) se preguntó: “¿Qué pasa con quienes carecen de esa destreza? ¿Cómo construimos algo?”.

Así cayó en la cuenta de que “el arte lo podemos hacer todos; no es una habilidad. No hace falta ser Riquelme para jugar a la pelota”.

Cucurto cuestiona el concepto de la calidad en el arte, pero asegura que no se trata de “achatarlo” sino de prevenir la parálisis que puede suscitar si se le toma como un valor absoluto.

“Si viene Vargas Llosa a dar un discurso va a hablar de Cervantes y Jorge Luis Borges. Todos los chicos de los colegios hacen arte, pero si todos van a escribir como Vargas Llosa o Borges nadie va a hacer arte pues éste tiene que generar, no ser paralizador”, afirma.

En todo caso, Cucurto no pontifica. “Yo no tengo mis ideas claras. Son cosas que siento cuando leo, cuando escribo... No lo tengo muy claro, tengo una intuición”, admite.



El “realismo atolondrado”

Sobre el “realismo atolondrado”, manifiesta que es “una mezcla de cosas malas y cosas buenas, una mezcla de habla oral, popular... cosas de amigos... un montón de cosas, una mezcla de registros, una ‘cruza’ de lenguajes”.

Los protagonistas de los relatos y poemas del autor de Las aventuras del señor maíz (2005) no son los argentinos descendientes de los que a su vez descendían de los barcos.

Sus personajes describen a, y hablan por, esa nueva ola de migrantes venidos de provincias como Chaco, Jujuy o Salta, junto a los paraguayos, bolivianos, dominicanos y peruanos llegados por tierra, atraídos por la imponente urbe porteña y su dudosa oferta de progreso y modernidad.

En las historias —llenas de humor y erotismo, de amor y anarquía, desmesuradas, exageradas— que hilvana Cucurto, esos personajes (la desdeñada “negrada”), transitan, viven, sobreviven y malviven alrededor de Buenos Aires; ejercen de repositores en shoppings, obreros, piqueteros, sirvientas, artistas de provincia, buscavidas, prostitutas y losers demás.

La bailanta suele ser el punto de convergencia de esas vidas y consecuentemente la cumbia hace de soundtrack en el “mundo Cucurto”. “Es la música que yo escuché de chico en los lugares donde iba. Hay mucha cumbia en Buenos Aires, en los barrios periféricos”, comenta.

La música y los libros que escribe y edita no convierten a Vega/Cucurto en un “cumbiero intelectual”, pero tampoco vale tomar al pie de la letra por su alter ego al Cucurto-personaje protagonista de sus relatos, asiduo a las bailantas y mucho-macho que en algún pasaje novelesco se define como “un latin lover peronista”.



“Yo no curto”

Santiago Vega se convirtió en Washington (“porque soy el más morocho de un grupo de blancos”), y es Cucurto (“porque siempre decía ‘yo no curto’ por decir no hago esto o lo otro; un día me equivoqué y así quedó Cucurto”).

El escritor de El curandero del amor (2006), nacido en Quilmes y descendiente de paraguayos, dice que su obra ofrece una visión muy popular de cómo la gente habla y dice. “Es como lo que se escucha en el bar, las barrabasadas o algo que allí se dicen y de allí no salen. Yo tomé esa voz popular y la escribí”.

Cucurto además de escritor es uno de los fundadores —junto al diseñador Javier Barilaro— de Eloísa Cartonera, una singular experiencia editorial surgida del hoyo en que se sumergió la Argentina hace un lustro, tras el naufragio de De la Rúa, en el crítico momento posterior al “corralito”, en el minuto del “que se vayan todos”.

El equipaje de Cucurto contiene decenas (quizás centenares) de libros con tapas de simple cartón pintado, sin mayor tratamiento de belleza que unos coloridos brochazos de tempera, que incluye títulos de César Aira, Ricardo Piglia o Mario Bellatín junto a los de otros escritores menos expuestos por ahora.

Cucurto ha llegado a Nueva York, superando pasadas reticencias. Harlem le ha parecido de película y espera regresar. Mientras tanto sigue adelante con sus proyectos como escritor y editor, a su manera.



Tomado de http://www.letralia.com/185/entrevistas02.htm

lunes, 7 de febrero de 2011

Sonia Bueno

SONIA BUENO gana por unanimidad el Primer Premio Internacional de Poesía Joven Fundación Centro José Hierro
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Sonia Bueno, que escribe en el blog Cuaderno quemado (AQUÍ) y es integrante del colectivo Lavarca Ebria (AQUÍ), el mismo que organiza un ciclo de recitales en el bar La Huelga de Lavapiés (Facebook AQUÍ) denominado El ojo en la cerradura, ha ganado por u-na-ni-mi-dad el Primer Premio Internacional de Poesía Joven Fundación Centro José Hierro. La dotación del premio consistía en la publicación del libro, la donación al autor de cien ejemplares y de una cantidad en metálico de 3000 euros. Copio la declaración:



Reunido el viernes 4 de febrero de 2011, el jurado compuesto por Amalia Iglesias, Ada Salas y Jordi Doce, y actuando como secretarias del mismo, con voz pero sin voto, Tacha Romero y Julieta Valero, decidió conceder el premio al libro titulado Retales, cuya plica, una vez abierta, correspondió a la poeta Sonia Bueno.

Sonia Bueno (Melilla, 1976) estudió Filología Inglesa en la Universidad Complutense de Madrid, arte dramático, danza y producción audiovisual, y se licenció en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. Forma parte del colectivo itinerante de poesía Lavarca Ebria. Retales será su primer libro publicado.

El jurado, que premió por unanimidad Retales, quiso destacar su solidez, su coherencia, y lo extremo de su apuesta, que se inserta en la tradición del homenaje, la intertextualidad y el diálogo con otras poéticas contemporáneas próximas.
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La elección del campo léxico y semántico que vertebra el libro lo enlaza conceptualmente también con referencias míticas como las de Penélope, Ariadna. Sensorial y reflexivo, incide en ejes temáticos como la identidad, la fragilidad, el peso de la conciencia y el lugar del ser en el mundo. .


¡Enhorabuena, Sonia!!!
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Publicado por Neorrabioso en 14:31

Fotos de Hernán Perez Aguirre










No morirè sola

Peli argentina. Buena sí, pero insoportable. En la red està anunciada como "de terror" o "gore argentino" pero a mì no me sonaba a peli norteamericana en la que no te va ni te viene que haya mucha sangre y gente a la que le clavan cosas filosas en la cabeza. La imagen y las voces argentinas me remitìan a episodios demasiado cercanos y me hizo mal. Me pareció que no era una tonta peli de terror sangriento sino con demasiada carga política y social, aunque la historia era la pedorra de las chicas que se meten donde no deben y las agarran los señores malos.

sábado, 5 de febrero de 2011

Gorda

Mi amigo dice que NO estoy gorda. Pero él tampoco pudo cerrarme el cierre del corset que usè hace dos años.

Homínido encorvado

Se apaga la máquina

Por Pedro Mairal
| 04.02.2011 | 22:57

Cuando vi en planta baja la furgoneta de la compañía de cable con un tipo dormido dentro, temí lo peor. De vez en cuando vienen en dúo dinámico; uno de los dos sube a la terraza y hace desastres con las conexiones. Al entrar a casa miro mi computadora y mi Gmail dice ¡Vaya!... El sistema ha detectado un problema. Así, textual. ¡Vaya! Resulta que no estoy conectado. Tengo que terminar la columna y mandarla. Pruebo apagar y prender el módem, chequear las preferencias de redes, una cantidad de cosas de las que entiendo poco y nada. No hay Internet. No hay conexión. Se cortó en algún lado y no tengo ni idea cómo solucionarlo. En el teléfono del servicio no contestan. Los de la furgoneta ya no están. ¿Y mis mails, mi música, mis series, mis contactos, mis twitts, mis amigos en Facebook, mi agenda, mi trabajo, mis diarios, mi identidad armada y solidificada a lo largo de estos años de homínido encorvado frente a la pantallita? Hasta que no me vuelva a conectar no existo. Sin Internet uno ya no tiene identidad. Pareciera que uno deja de estar en el mundo.

Hace poco invitaron a un amigo arquitecto a recorrer un edificio inteligente, una de estas torres como countries verticales, con puertas que se abren cuando el dueño apoya el pulgar en un sensor, sistemas automáticos de iluminación que van prendiendo las luces a medida que uno se mueve por los cuartos, ambientes climatizados y preprogramados, etc. Tuvieron la mala suerte de que se cortara la luz durante la visita guiada, y en ese preciso momento el edificio inteligente se convirtió en un edificio oligofrénico que los dejó a todos encerrados a oscuras. ¡Vaya! El sistema ha detectado un problema.

Ahora precisamente para ilustrar esta columna quiero buscar un dato en Google sobre un libro que leí hace veinte años que se llamaba The Machine Stops (Se apaga la máquina). Pero no lo puedo buscar porque no estoy conectado. Miro mis libros; no lo tengo en mi biblioteca. Lo regalé hace un par de años, confiando en que lo encontraría en la Web. Es probable que seamos de las últimas generaciones que tienen una biblioteca de entre 500 y 1500 volúmenes. Las bibliotecas serán (ya están empezando a ser) rarezas heredadas, o archivos municipales, grandes depósitos de volúmenes que serán vistos como parte de un pasado obsoleto en el que, para buscar información, había que revolver archivos, caminar, trepar escaleras, sacar libros polvorientos de los estantes más altos, y leer, hojear, buscar con los ojos ese dato, esa página, esa cita.

No estoy en contra de internet, ni de los libros on line. El gran cambio llegó y facilitará muchas cosas. Pero cuidado porque el sistema detecta problemas más seguido de lo que pensamos. En Egipto el sistema detectó el pequeño problema de un gobierno que, ante una situación de crisis, provocó un bloqueo digital, presionó a las compañías de comunicaciones y apagó la máquina, desconectó el cerebro compartido de la humanidad. Durante una semana todo Egipto fue un agujero negro. Yo, por las dudas, voy a conservar mis libros en papel, no vaya a ser que un día venga un Mubarak.


Tomado de http://perfil.com.ar/contenidos/2011/02/04/noticia_0040.html

viernes, 4 de febrero de 2011

No pueden parar el murmullo que las habita

Mamushkas


Roberta Iannamico




Una mamushka contiene en su vientre
la totalidad de las mamushkas
porque no hay mamushka que no tenga
una mamushka adentro

Madre hay una sola

Las mamushkas dan a luz en la oscuridad
Se asisten a si mismas en el parto
se parten
en pedacitos
que la hija ya mamushka junta
para hacer un cubrecama finísimo

Las mamushkas en las plazas
se pierden en el vaivén de las hamacas
Encienden cigarrillos para disimularse tras el humo
De la calesita
eligen los animales simples.

Hay mamushkas nenas
que son un pimpollo.

Las mamushkas se comen
las flores de la madreselva
Hacen la siesta
la espalda doblada
como una cuna

Cuando una mamushka duerme
la mamushka de su vientre vela el sueño y canta
para que la mamushka de su vientre duerma

Las mamushkas se callan cuando deberían hablar
no pueden parar el murmullo que las habita
Nadan en el rumor
de las hijas creciendo

Una mamushka considera a la cebolla de su misma especie
no la corta ni la pica
la pela apenas
y esa desnudez
la hace llorar

De Mamushkas (2002)

Lunes por la madrugada...

Yo cierro los ojos y veo tu cara
que sonríe cómplice de amor...