Fragmento de "El cuaderno", de Mariama Bâ (Senegal, 1929-1981)
Después de los actos piadosos, Tamsir vino a sentarse en mi recámara,
en el sillón azul que a ti te gustaba. Inclinando la cabeza hacia afuera, le
hizo una seña a Mawdo; también llamó al imam de la mezquita de su barrio.
El imam y Mawdo se acercaron a él. Tamsir habla esta vez. La semejanza
entre Modou y Tamsir, es pasmosa: los mismos tics de la inexplicable ley
de la herencia. Tamsir habla lleno de aplomo; invoca (una vez más) mis
años de matrimonio, luego concluye: «Después de tu “salida”
(sobreentendido: del duelo), me casaré contigo. Me convienes como mujer;
además, seguirás viviendo aquí, como si Modou no hubiera muerto. En
general, es el hermano menor el que recibe como herencia a la esposa
dejada por el mayor. Aquí, es lo contrario. Tú eres mi oportunidad. Te
desposo. Te prefiero a la otra, demasiado ligera, demasiado joven. Yo había
desaconsejado ese matrimonio a Modou».
¡Vaya declaración de amor llena de fatuidad en una casa en la que el
duelo no ha desaparecido! ¡Qué seguridad y qué aplomo! Miro a Tamsir a
los ojos. Miro a Mawdo. Miro al imam. Estrujo mi chal negro. Desgrano mi
rosario. Esta vez, hablaré.
Mi voz sabe de treinta años de silencio, treinta años de vejaciones. Mi
voz estalla violenta, a veces sarcástica, otras despreciativa. —¿Alguna vez sentiste afecto por tu hermano? Y ya quieres construir
un hogar nuevo sobre un cadáver fresco. Mientras rezamos por Modou, tú
piensas en futuras nupcias.
»¡Claro, tu jugada es adelantarte a cualquier pretendiente posible,
adelantarte a Mawdo, el fiel amigo que tiene más méritos que tú y que,
igualmente, según la costumbre, puede ser heredero de la esposa! Olvidas
que tengo un corazón, una razón, que no soy un objeto que se pasa de mano
en mano. Ignoras lo que para mí significa casarse: es un acto de fe y de
amor, un don total de sí al ser que uno ha elegido y que nos ha elegido. (Yo
insistía en la palabra elegido).
»¿Y tus mujeres, Tamsir? Tus ingresos no cubren ni sus necesidades ni
las de tus decenas de hijos. Para suplirte en tus deberes financieros, una de
tus esposas hace trabajos de tintura, la otra vende fruta, la tercera gira
incansablemente la manivela de su máquina de coser. Mientras tanto, tú
descansas cómodamente como señor venerado que se hace obedecer con el
dedo y la mirada. Nunca seré el complemento de tu colección. Mi casa
nunca será para ti el oasis codiciado: nada de cargas adicionales; todos los
días estaré de turno;[4] estarás aquí en medio de la limpieza y el lujo, de la
abundancia y la calma.
»Y además están Daba y su marido, que han demostrado su capacidad
financiera al comprar todos los bienes de tu hermano. ¡Qué promoción! Tus
amigos, quedarán bizcos de envidia al verte».
Mawdo me hacía señas con la mano:
—¡Calla! ¡Calla! ¡Detente! ¡Detente!
—Pero uno no detiene una furia en marcha. Concluí, más violenta que
nunca:
—Tamsir, tus sueños de conquistador me causan vómito. Duraron
cuarenta días. Nunca seré tu mujer.
El imam tomaba a Dios por testigo:
—¡Qué palabras profanas son ésas, y en autendo de duelo!…
Sin decir una palabra, Tamsir se levantó. Comprendía perfectamente su
derrota.
Éste era mi desquite ante otro día en que los mismos tres me
anunciaron, con desenvoltura, el matrimonio de Modou Fall con Binetou.
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