Un realismo del reflejo
Pienso que hay una especie de «otra cara» de la literatura argentina que asomó en la obra de Busqued y que se quedó quizá (sin él) como contenida. Como apenas mostrada. Una literatura que se opone a la posmodernidad, al artista risueño y burlón, encarnado en la figura de Aira. Al intelectual posmoderno, con muchas más lamentables encarnaciones. Se opone a la liviandad del significado. A la recursividad infinita, a la alegre creación. A la maravilla de la imaginación. Al cuento de hadas. No sé si tiene sentido hablar de una oposición. Más bien es una literatura que cae de la posmodernidad como una sombra.
En principio, es una literatura outsider, realista sin costumbrismo ni teoremas. Llena de una extraña gravedad que la asemeja un poco a la tragedia. Es una literatura que hace volver a pensar en la tragedia. No parece accidental que resulte apenas esbozada. Como un costado de la realidad demasiado pesado de traer hasta la superficie. Como si lo que el escritor quisiese hacer emerger estuviese siempre más bien a punto de terminar hundiéndolo.
Nacido en la provincia de Chaco (Argentina) en 1970, Carlos Busqued se graduó de ingeniero metalúrgico en la Universidad Técnica Nacional de Córdoba. Todavía asociado a la Universidad, se mudó a Buenos Aires, en donde terminó su primera novela a los 39 años. Concurso internacional de por medio, logró publicarla con éxito. De pronto, los lectores se multiplicaron, los elogios se sucedieron y la crítica acabó en unánime celebración. Esa salida a la luz del escritor-ingeniero parece casi montada para la posteridad. A partir de entonces, y casi como escarbando en la propia aura, el escritor repite en entrevistas: el resentimiento como motor creativo, la sinceridad demencial como estética, el fracaso como destino concreto, y la literatura como única forma de reconciliación. No es ninguna revelación decir que Busqued actualiza, en el campo de la literatura argentina, la figura mítica del escritor maldito. Su ópera prima, Bajo este sol tremendo (2008), es una novela en la que «lo dice todo», en su afán de «sacarse de encima un clima que tenía adentro».
La extrañeza de la imagen da en el blanco: el «clima» interior busquediano se hipostasía en la ominosa figura del sol que da título a la novela. Parece que la escritura fuera el medio de retirar la luz de ese sol abrasador del lado molesto y colocarlo afuera: los personajes insolados asumen entonces su propia existencia aplastada. Busqued los lanza al mundo, pero para quedarse, adentro, ¿con qué? Lo más interesante, en el cosmos busquediano, es esa siempre elusiva imagen del fondo. Nunca queda claro qué hay debajo, nunca se ve lo que adentro al menos se supone que debería estar. El horror ante la falta de fondo persiste como uno de los principales ejes de su obra.
En Magnetizado (2018), su segunda novela, la propuesta está corrida hacia un segundo monstruo. Ya sea por esa especie de reconciliación que implicó el reconocimiento de su literatura, ya sea porque, como consecuencia, su propia experiencia monstruosa quedó como atenuada, lo que sigue, para el escritor maldito, es ahondar en una voz ajena. En la novela, el veinteañero Ricardo Melogno mata, en una semana, a cuatro taxistas sin ningún motivo claro. El texto resulta el montaje de días de entrevistas grabadas treinta años después, en la cárcel, entre asesino y escritor. Pero ¿qué pueden decir los dos del verdadero «monstruo»? Ni siquiera el asesino parece reconocerlo del todo. El escritor, evidentemente, cede la palabra. No por eso deja de ser reconocible en el montaje del libro el clima busquediano de bidimensionalidad y aplastamiento. Una vez más, el laberinto de la elisión del fondo:
Si se pudiera hacer un zoom a las pupilas de ese rostro, se verían reflejados otra vez los ojos que miran desde el espejo retrovisor. Adentro de esos ojos, nuevamente el rostro del joven, y así sucesivamente: una imagen dentro de otra imagen, una continuidad de reflejos que se enfrentan. La realidad misma volviéndose cada vez más chica.
Aquí, los ojos están lejos de ser «ventanas del alma». Más que un afuera y un adentro, el cosmos busquediano parece estar compuesto de infinitas superficies en constante refracción. A medida que se reflejan, las superficies se aplanan y se empequeñecen: se transforman de ojo en espejo y de espejo en reflejo y de reflejo de ojo en ojo en reflejo de ojo. Empequeñeciéndose cada vez más, empequeñecen consigo el todo. Sería difícil encontrar una imagen más pesimista de la idea de «punto de vista». O de su forma más trivial y chillona: las opiniones.
La pregunta, en todo caso, vuelve a ser siempre la misma ¿hay, en algún lugar, un fondo? ¿O es todo una constante refracción de superficies, empequeñeciéndose infinitamente hacia el punto de fuga?, ¿o el fondo es justamente el sitio fuera del reflejo? Acota el propio Busqued en una de las últimas secciones de Magnetizado: «el asesino está preso, están claros el dónde, el cuándo, el cómo, el quién, pero falta el por qué». ¡El fondo! Los personajes busquedianos sufren de esta falla. No solo ellos. A partir de un punto, creo que cualquiera.
Sol y maldición
Evidentemente, para un escritor tan identificado con lo monstruoso, no es extraño que las superficies tengan siempre algo de incómodo. La oscuridad no es solo el sitio al que la sociedad empuja a sus monstruos, sino que es donde el mismo monstruo crece y se alimenta. Salir de ella es morir, al menos, como monstruo. Emerger, como el propio Busqued -al parecer extraño a todo afecto, rencoroso-, imantados de una clase especial de ironía mezclada con sinceridad, es perderse en cierta medida como monstruo. En este punto, son muy ilustrativas las entrevistas audiovisuales. En una cercana a la fecha de publicación de su primer libro (2008), el Busqued recién emergido (aún con manchas de sangre en la remera) habla de su propia experiencia como monstruo. En el 2018, un Busqued desmonstruificado, casi irónicamente cordial, habla principalmente de su personaje. El cambio es radical. Y el lema: «odio escribir, pero amo haber escrito» no deja de ser conciso y exacto. Porque, como él mismo afirma, el amor tiene un componente salvador para todo aquel cuyo paso por el mundo lo haya dejado más o menos «dañado». En su caso, se trata de un amor que viene a cambio de haber escrito. Aún si escribir sigue siendo su modo de «no tocar fondo».
Esta dialéctica entre superficie y fondo compone también el hilo subrepticio de Bajo este sol tremendo. La luz del sol es la pura superficie: el espacio en el que el cuerpo pesa. Las profundidades marinas son, en cambio, el sitio de lo oscuro y lo liviano. Ahí acecha esa especie de alter-ego busquediano: el calamar gigante. Sufrir, agonizar para estos bichos equivale a emerger. Hay, por ejemplo, un sueño del personaje principal, Cetarti, en el que muchos calamares varados en una playa esperan como fetos, traídos a la luz como arrastrados, ¿vivos?, demasiado lentos, demasiado pesados. Por otra parte, la novela se monta sobre ese maravilloso epílogo de The Kraken: «Then, once by man and angels to be seen, in roaring he shall rise and on the surface die».
Hay un nivel de exposición (de luz) que funciona estructuralmente en la novela como un preludio de muerte. Los cadáveres mismos son pura exposición. Cuando, en las notas periodísticas pegadas en las paredes de la casa de Cetarti, los documentalistas japoneses salen a filmar, en los abismos marinos, a un calamar gigante ¿qué sucede cuando el fondo se vuelve irremisiblemente hacia la luz? ¿Hay algo? ¿o es que la luz convierte en pura superficie incluso al monstruo?
Morir parece entregarse al acto de emerger. Salir a la superficie equivale, de algún modo, a desaparecer en ella. El cadáver es el símbolo en que esta relación mejor se muestra. Por definición, es solo superficie: vacía de su habitante.
Otro tipo de muerte «en la superficie» es el video porno. Un modo de vivir dentro de un cuerpo que es solamente imagen. En la clausura de la imagen: el cuerpo vivo es una especie de cadáver. Pura superficie. Pura exposición. Entonces ¿qué tan lejos puede llegarse sin que la luz, el sol, la explicitud, la exposición conduzcan el fondo hacia su desaparición completa?
Digo que, en Bajo este sol tremendo, la luz es símbolo, pero, en realidad, es más bien escenario. El espacio cerrado que recibe los hechos: una ocasión para la claustrofobia. Y sin embargo, surgir a la luz no equivale a salir a escena. Sucede más bien lo contrario: salir a la luz es como desaparecer. Surgir a la indiferencia. Luz de sol e indiferencia funcionan en la novela como dos pesadeces. En la luz, las superficies se vacían y brillan. Bajo el sol abrasador, la vida languidece.
Aquí es donde Busqued encuentra, para su novela, una armonía delicada y extraña: el viaje de Cetarti a su pasado no es tanto un sumergirse, sino un emerger: al Chaco, a la madre, a la infancia, superficies sobre las que casi resbala. Reencontrar al doble muerto (el hermano) y a esos otros alter-egos desperdigados que son los demás personajes. Todos podrían ser la gradación de uno solo. Y luego: la distancia entre los que quedan (como si la vida fuese una enorme separación). La proximidad con los que mueren (como si la muerte resultase la única coincidencia).
Un dolor que rebota
Cuando un ser humano llega a su límite de dolor, un nuevo baldazo de dolor no lo cambia en nada. Entonces, la realidad simplemente «rebota» contra él y se refracta. La lógica de la mirada busquediana es reflejar y expeler como modo de no dejar entrar. Así ocurre con Cetarti, un personaje demasiado dañado como para que una nueva desgracia, por más extrema que fuera, lo modifique de algún modo. Él mismo es solo un observador (de superficies: imágenes, documentales). Es un voyeur de la vida. Así ocurre quizá también con el propio Busqued, capaz de sacar de sí al monstruo de una sola manera: convirtiéndolo en reflejo. Hay una fina línea que separa al asesino del escritor. Es una línea que separa dos tipos de compulsión. Ambos, en su búsqueda de elucidar el momento del trauma, repiten. Pero, el asesino, en acciones. El escritor, en el puro reflejo. En las antípodas del acento aireano en el sujeto, Busqued se concentra en la literatura como superficie: el libro como escudo de Perseo, como objeto que se traga al monstruo. El libro como arma contra uno mismo. Arma de desmonstruificación.
Y, sin embargo, Bajo este sol tremendo sigue siendo un libro monstruoso. El monstruo que se levanta de sus aguas es la indiferencia. Porque la indiferencia vale siempre como síntoma de ¿la inteligencia? ¿de la mortal idiotez? La narración adopta el ojo del documentalista: no analiza, sino que compone: exhibe y desecha. Abre la puerta y entrega a la luz a sus víctimas. La lucidez queda entonces reemplazada por algo más horroroso: la claridad. Porque la claridad desmenuza el fondo, crea en todas partes una superficie, de modo que cualquier profundidad deja al instante de existir. No es un libro sobre la lucidez, porque parece anular una cara del mundo. La atención desmesurada ante las superficies «documenta» y, al mismo tiempo, disecciona: cualquier atisbo de profundidad se elimina. El acierto (la delicadeza del texto) parece ser justamente no comentar este hecho, sino mostrarlo.
Si, para documentar, la luz ha de avanzar, transformándolo todo en superficie, nunca podrá documentarse el verdadero fondo. Y allá se va el hermano muerto de Cetarti, que ya no vuelve porque, si una de las caras de la muerte es la pura superficie, la otra es la atroz, la inescrutable profundidad. En el cadáver está otra vez la clave: el hecho de que, de pronto, la superficie se vacíe: algo se ha ido (¡algo gigantesco!) a algún lugar demasiado lejano. El fondo es un lugar fuera del fondo. Solo está en contacto con la superficie en tanto antípoda, pero al dejar de serlo, deja inmediatamente también de existir.
En cuanto al final, encuentro que es lo único en la novela un poco decepcionante. ¿Quizá por lo tarantinesco? Uno esperaría un final más en un tono trágico. A la Flannery O’Connor, que se haga cargo del vacío y de la gravedad. Hay aquí una especie de desvío: ¿como si una suerte de liviandad urgiese a último momento? No me caben dudas de que es una decisión, sin embargo, que le quita a la novela parte de su originalidad. La vuelve algo más trillado (como visto en cines). Justo cuando podría transformarse en algo casi sin precedentes. ¿Por qué Duarte y Danielito no matan a Cetarti en esa última, casi irrespirable, visita a su casa? Ese es el final que toda la novela parecía estar rogando. A partir de ese punto, todo lo que pasa resulta más bien agotado.
El final, asunto angustiante y delicado. En cambio, claro, el alivio de un epílogo. A esta gran novela pesimista la roe (casi la arruina) un completamente comprensible deseo de continuar. El monstruoso Cetarti se suelta del fondo, justo cuando ya no lo persigue nadie… se arrastra, se harta, se hamaca y sale suavemente ¿a vivir? ¿a dónde?
¡A la playa!
1. Cito, en estas y otras ocasiones, el artículo «Carlos Busqued al borde del abismo» de Emilio Jurado Naón, de donde tomo varias de las citas del propio Busqued y algunas de las interpretaciones de su autor.