viernes, 29 de enero de 2016

Un básico

Los negros también tienen traumas
El día que me harté de la hipersensibilidad, egocentrismo y lado femenino ultra desarrollado de todos los músicos, actores y artistas en general con los que salí todos estos años: decidí darle una chance a Diego. Que hasta nombre de chongo tenía.
Basta de escuchar mil historias de castings frustrados, inspiración ausente, cine indie, barcitos hípsters: basta de flacos que están esperando pegarla. Basta de pibes minita de la relación.
Ahora era mi turno de tener un macho. Me lo merecía.
Un cavernícola, un básico. Diego se ajustaba perfecto
Él tenía mi edad, pero todavía vivía con los viejos. En La Matanza, pleno conurbano bonaerense. Su plan era construir algo en el fondo. No sé qué me deprimía más.
Diego se da maña para la construcción. Sus amigos lo llaman el rey del fratacho. Fanático apasionado de boca y de Riquelme. Creo que más de Riquelme. Eso necesito: un pibe que solo piense en patear la pelota y en ponerla. Nada más.
Desde los trece años sólo escucha a los redondos y nada más. No toma otra cosa que no sea birra. Labura atendiendo el kiosco de una escuela y se lleva bárbaro con los pibes, probablemente a causa de los veinte sobrinos que tiene. La familia de Diego pobló el conurbano.
El plato más gourmet que puede cocinar Diego es un pancho con lluvia de papas.
Pero no tiene problema en ensuciarse el único jean decente que tiene y cambiar una cubierta en dos minutos.
Dice ser el mejor asador del barrio.
Ama los perros. Tiene cuatro. Todos con nombres infantiles y patéticos: LOBO, OSO, CUQUI Y SANDRA.
Jamás le hubiese dado cabida, pero ahora me venía bárbaro. Un hombre con el intelecto dormido. O ausente, no sé. Un animal que me domine un rato al menos
Lo conocí dos años atrás, por una amiga en común. Me pidió el teléfono y no sé por qué se lo di. De buena onda que soy. Nunca más lo vi. Durante dos años esquivé sus indirectas y directas con excusas inverosímiles. Aunque reconozco que cuando estaba aburrida le daba charla. Dos años de mensajes de texto. Me doy pena.
Pretendí no notar sus faltas de ortografía. Aunque mis ojos casi sangraban. Tampoco parecía conocer los signos de pregunta.
Bastó que le hablara dos minutos un viernes a la tarde que ya lo tenía auto invitándose a mi casa, como tantas otras veces, con la diferencia que ahora después de hacerme la que dudo por un segundo: le dije que sí.
Quedamos a las doce de la noche en mi casa. Le pasé la dirección y me dijo que ok, que él se las arreglaba para llegar. Diego, por supuesto, no tiene auto. Y llegar desde su casa hasta la mía le llevaría por lo menos dos horas en dos bondis. Todo esto hasta el Luna Park y de ahí patear quince cuadras. Pero no se quejó. Éste está más caliente que yo, pensé.
Llega puntual. Toca el timbre. Bajo y lo veo. Está igual: yo creo que estoy mejor.
Me abraza, medio cachondo y ese franeleo ya me moja un poco.
Lo miro con más atención: no me encanta, pero está bien. Se viste mal: un jean roto (pero roto en serio, no roto a propósito) y una remera desteñida que yo no usaría ni como trapo, pero no me importa. Empezamos a hablar de nuestra amiga en común y de qué colectivos tomó para llegar, como si yo supiera algo de bondis que llegan desde el campo…
Preparo dos gin tonic. Me creo mil. Uso Bombay, el mejor gin que tengo, aunque estoy segura de que él nunca notaría la diferencia. Pero hoy va a ser una buena noche y voy a tomar buen gin, punto.
Le sonrío. Me hago un poco la gata. Él me acaricia el pelo y yo pienso que solo quiero que me coja. No me importa si a la tarde llevó a su sobrino número ocho a la plaza ni dónde es el próximo recital del Indio… Cortemos los preámbulos y garchemos, flaco. Por favor.
Me da un beso. Me hago la sorprendida. Estoy actriz cien por cien hoy. Me dice “tenía ganas de darte un beso”. Ok, un poco de actitud y un poco de relator pero ok. Avancemos.
Chapamos un rato. Bien normal. Hasta ahora nadie destrona a Eduardo, el puesto número uno de besadores de mi vida.
Me toca un poco las gomas. Algo torpe. Mecánico, no importa. No me quejo. Me calienta igual. Pienso si es un poco pronto para decirle que vayamos a la habitación; estar en el sillón me hace sentir de quince años. No quiero quedar como una trola. Se lo insinúo, mejor.
Seguimos chapando. Intenso. No le tanteo el bulto porque siempre fui un poco boluda para eso. Le clavo la mirada esperando que decodifique el mensaje. Sonrío intentando parecer dulce pero solo pienso co-ge-me, dale, rompeme toda.
Me mira, fijo. Tensión. Suspenso.
-Tengo que decirte algo.
Flaco, decime que no trajiste forros, pienso. Así me hago un poco la boluda, revuelvo la casa y hago de todo para que no vea la variedad que tengo en la mesa de luz así no piensa que vivo garchando, lo cual encima no es cierto.
Esos segundos se hacen eternos. Mantengo la sonrisa falsa ahora en su variante “soy una copada y estoy acá para escucharte”
Abre la boca y me dice “YO TENGO UN TRAUMA”
Mi sonrisa ahora se transformó en una mueca de sorpresa, indignación y ansiedad. Dejé de escucharlo en ese instante. No sé qué más dijo. Algo de una operación, de cuando era chico, no sé.
No, pibe, no. Dejame ser a mí la del trauma. Decirte que me mambeo con mi cuerpo y pedirte que apagues la luz, y que vos me digas que me quede tranquila, que soy hermosa y que mejor con la luz prendida así me ves toda. Pero vos, trauma no. Dale, pibe de barrio, dale. Dale que es un chiste y me recontra estampás contra la pared. Dale que…
Pero no. De todos los pibes con ganas de meterla las veinticuatro horas hasta en una maceta, a mí me viene a tocar la modalidad traumado.
-Me cuesta estar con alguien…
Él me sigue relatando la operación que tuvo y me importa un choto. Justamente.
Hago un esfuerzo por disimular mi cara de bronca con mezcla de cara de me chupa un huevo tu trauma, puto. Lo que darían otros pibes por estar en tu lugar y vos venís con este mambo. Rajá de acá. Volvete a pata al conurbano, gil. Que te culee un ciruja en el camino, culo roto. La concha de tu madre.
¿Dos años rompiéndome las bolas para esto? Tendría que devolverte de una patada a la casita de tus viejos, sorete. Forro. Devolveme la plata de los mensajes de texto porque nunca vas a tener whatsapp. Me lo hubieras dicho por mensaje, hijo de puta. Era uno, nada más. Un mensaje, sorete planero.
Tratando de no ser una hija de puta de manual, le acaricio un poco la cara y le digo “tranqui”. Pero lo odio.
Retomamos el chape. Me vuelvo a calentar al toque. Le doy a entender que está todo bien, aunque ya ni sé qué es que esté todo bien. Pienso que no sé si hay chances de que me la meta. Que voy a terminar metiéndome los dedos cuando se vaya. Y que serví dos gin tonic al pedo.
Por lo menos que me toquetee un poco. Que me la chupe. Algo, no sé.
Lo arrastro a mi habitación. Casi tengo que rogarle. Me siento una puta a punto de desvirgarlo.
Acelero un poco las cosas. Le desabrocho la camisa y me saco la remera, a ver si te resistís a estas tetas, eh…
Me frena. ¿Ahora qué te pasa, hijo de puta?
-Que no pueda hacerlo ahora no significa que no vaya a poder la próxima… ¿sabes?
Me dice y me sonríe, esperanzado.
Me sale la forra en llamas que tengo dentro y le digo “qué te hace pensar que va a haber una próxima?”
Ok, soy una mierda.
Le digo que es un chiste y le doy un beso.
No le causa gracia. A mí tampoco. Se abrocha la camisa a toda velocidad y se va. Para siempre. Porque por algo se manejaba tanto por mensaje de texto. No voy a ser tan hija de puta, tanto como él, porque no lo soy. Solamente les diré: su voz era demasiado finita.


Lunes por la madrugada...

Yo cierro los ojos y veo tu cara
que sonríe cómplice de amor...