lunes, 25 de enero de 2016

Pero ella aún estatua, esfinge, monumento




LA MERA MAGNITUD | ENTREVISTA A RITA GONZALEZ HESAYNES


Roxana Artal enero 25, 2016 Poesia




¡oh mitocondria! abre a un universito de plagas, algas y bacterias, donde se ven leopardos y exóticos mamíferos, donde rondan orugas, hormigas, abejas, y reptiles. Y hay también galaxias y jardines. Hay un pequeño mundo, que es a su vez lenguaje.

En esa biología late con fuerza la vida, y sin embargo: “saber morir / siempre saber morir”, pues también la muerte es presencia: “yo quería la muerte o la belleza y ninguna otra cosa”.

La poética de Rita Gonzalez Hesaynes permite ver al otro lado del microscopio; aquí y allá despliega una fauna donde la poesía, vagabunda eterna, “apareció de pronto con sus valijas húmedas”.

Rita nació en Azul en 1984, y ¡oh mitocondria!, publicado por añosluz, es su primer libro.




¿Qué caminos te encontraron con el universo ¡oh mitocondria!?

Empecé a escribir el libro hace unos 9 años ya. En ese momento empecé a investigar bastante el concepto de ‘transhumanismo’, en la idea de trascender la humanidad y convertirnos, mediante un proceso de evolución autodirigida, en otra especie. Recordaba también viejas lecciones de Biología. De repente escribí muchos poemas relacionados con organismos vivos. Algunos son biográficos, otros derivan de mundos imaginarios o de anécdotas que me contaron. Casi sin pensarlo, me encontré contandome una fábula evolutiva que hablaba mucho de mi propia especie. Después me di cuenta –con bastante terror, porque no me hizo del todo feliz– de que también era una fábula sobre el lenguaje.

¿Cómo trabajaste en la construcción de esa voz?

Internet tuvo un rol preponderante. Había estado leyendo online varios artículos de divulgación científica, pero también enciclopedias y textos religiosos. Los imaginarios terminaron convergiendo. Hay cierta frialdad en la voz de algunos poemas que intenta ser la del observador, pero también la de la Naturaleza, que es una madre insensible, pero es una voz que falla en esa frialdad y se emociona, porque es también la voz de la criatura.

“Alguna vez jugué con la poesía. (…) Grité su santo nombre tantas veces… (…) pero ella aún estatua, esfinge, monumento (…) apareció de pronto con sus valijas húmedas”. ¿Cuánto de juego tiene la poesía? ¿Cuánto de sacro? ¿Cuánto de inmóvil? ¿Cuánto de viaje y humedad?

La poesía es sacra porque es una forma de acción primordial: la creación de mundos mediante lenguaje, una función que hemos atribuido sistemáticamente a los dioses, y es también una forma de alabanza. El cantar del universo produce criaturas que cantan el universo. Pero la poesía es también juego y relato de viajes biográficos e imaginarios. Cuando llega a la etapa humana, el libro incorpora un código humorístico –a veces tragicómico– y hasta naïf: estamos hechos de esos momentos tanto como de los reflexivos o solemnes.

La reproducción, la duplicación, la figura de lo otro que se iguala y se diferencia: “tantas mitosis”, “un hermano separado al nacer”, “mi impulso gemelo”, “mis sombras siamesas”… ¿Qué nombra el número dos?

El número dos entraña la división, la dispersión, la expansión. La partícula única del comienzo tuvo que expandirse para que el mundo fuera mundo. Cada planeta, cada especie, cada criatura o concepto procede de una división o ramificación en este proceso inmenso. El paramecio que contempla al biólogo en el laboratorio recuerda que ambos surgieron de la replicación de una misma molécula. En este libro celebro la división, la contradicción, lo simultáneo, porque celebro la vida y el canto. Mientras haya un otro, un segundo, puede haber vida, canto, amor. En cambio, el deseo de unidad absoluta, ese “volver al Uno” tan frecuente en la retórica new age, es un deseo apocalíptico, de regresar a esa partícula única, solitaria, donde todo es potencia.

“para llevar encima la plaga / del lenguaje / la fiebre de la vida”. ¿Cuál es la plaga del lenguaje?

El lenguaje funciona de modo parecido a un virus y nosotros somos sus organismos anfitriones. William Burroughs estaba convencido de eso. Él decía que venía del espacio exterior. Yo no estoy tan segura, pero la idea en sí es fascinante. La vida también se propaga de manera similar. El organismo anfitrión, esta vez, podría ser un ecosistema, un planeta. Tal vez seamos como nuestras propias células y simplemente nos cueste reconocer que existen sistemas mayores, superiores al individuo, que están igual de vivos que uno.



Entre lo apocalíptico: “No hay escapatoria ante las extinciones / todo será tragado por las estrellas / o el vacío”; entre lo inmenso: “todos los hemisferios y galaxias” y lo pequeño: “Dice el protozoo con su voz silenciosa: / Por el microscopio veo, pequeñísimo / un disco que se abre y que se cierra” o “… son los átomos más bellos de este mundo”. ¿Qué distancia hay entre lo enorme y lo mínimo?

No hay mucha más diferencia entre lo inmenso y lo microscópico que la mera magnitud. Las formas y leyes de la naturaleza son las mismas en todas partes. Hay constantes, estructuras fractales, que repiten patrones y operaciones básicas. Estamos tan llenos de prejuicios que nos parece que nuestras vidas son únicas, y también nuestra especie, nuestro momento histórico, nuestros grupos de pertenencia. No obstante, debajo de los disfraces más variados, actuamos el mismo drama esencial: desarrollo, proliferación, mutación, extinción. Nos vendría bien reconocernos en el otro, en el distinto y entender que venimos del mismo lado. Mirás lo más grande y lo más pequeño y encontrás un paisaje similar: partículas que oscilan en medio de un enorme océano de oscuridad. Entre tanta nada, la existencia, tan mínima y modesta, es apenas un oasis. Si eso no es un milagro, no sé qué es.

También vida y muerte trazan un tándem, claro: “no conviene a nadie insistir con la vida / una vez perdido el aguijón”, “la muerte es un zumbido”. ¿Cómo concebís ese pasaje?

La muerte es una presencia constante en el libro, así como en la vida. Para que haya transformación, algo tiene que morir. Pero también tiene que haber un continuo nacer: nuevas generaciones que al mutar deriven en nuevas especies y formas. En los últimos poemas se insiste mucho en esto. La criatura, que empieza a tomar conciencia de que es también el mundo, tiene miedo de no poder morir. No se trata de una criatura sola. Es una nube de vida que se propaga, que se replica, en un encendido y apagado que no cesa. En el poema final, los delirios de un moribundo se enlazan con otras formas de conciencia para formar una unidad más grande. Quise darle una vuelta de tuerca al concepto de transhumanismo que me ayudó a empezar el libro: incluso la idea original se transformó en otra cosa. No es una conclusión épica o grandilocuente, pero tampoco el libro lo es, así que me pareció justa.

¿Hay un dios en este universo?

No hay necesidad de un dios, tal como lo conciben las religiones occidentales, en el universo que plantea el libro. Lo que sí hay es religiosidad, una divinización de la existencia misma, de la división que no olvida sus comienzos. La complejidad misma de la naturaleza, que involucra también al lenguaje y la fantasía, es motivo suficiente de alabanza. De ahí el título del libro: la mitocondria era originalmente una suerte de parásito benigno que permitió que la célula anfitriona adquiriera nuevas capacidades y se agrupara en nuevos organismos. Podríamos decir algo parecido del lenguaje. El libro entero es un homenaje agradecido, un reconocimiento, una modesta devolución.


http://evaristocultural.com.ar/2016/01/25/la-mera-magnitud-entrevista-a-rita-gonzalez-hesaynes/
Tomado de

Lunes por la madrugada...

Yo cierro los ojos y veo tu cara
que sonríe cómplice de amor...