jueves, 29 de enero de 2015

Si la tecnología es una droga, ¿cuáles son entonces sus efectos secundarios?

:: LECTURAS ::


El espejo negro y el diablo



28-01-2015 |


Si la realidad es lo que perciben los sentidos, ¿qué sucederá cuando le demos a la tecnología el permiso para alterarlos?


Por Luciano Lamberti.
Entre las maestras que formaron mi verde cabecita en una escuela pública de la ciudad de San Francisco recuerdo a una en particular: se llamaba Marta, venía del profundo campo y en una de esas mañanas heladas y aburridas de principios de junio, entre un esqueleto y un planisferio colgado en la pared, nos enseñó a ver al diablo. Teníamos que estar solos en casa, encender una vela frente a un espejo y esperar mirando fijamente la oscuridad detrás nuestro hasta que sucedía. ¿Qué pasaba? Algo empezaba a moverse, unos ojos reptilianos parpadeaban sobre nuestros hombros, una mano nos hacía cosquillas en el cuello.
Años después me hago fan de una serie cuyo nombre remite a ese experimento diabólico y a una tradición bastante larga de alquimistas desenfrenados. Black Mirror, se llama, y es probablemente una de las mejores, al nivel de Los Sopranos o The Wire. Ya los veo refunfuñar, fanáticos, los veo atorarse con el café con leche ante tamaña comparación, y debo decirles que no me importa. Sobre todo porque Black Mirror es a) Una serie de ciencia ficción, o por lo menos con un elemento de ciencia ficción y b) a diferencia de las otras, está compuesta por unitarios, tres por temporada, algunos mejores otros geniales. Con esas limitaciones, los directores crean perfectos cuentos de hadas contemporáneos, pequeñas parábolas morales sobre nuestra vidas híperconectadas que ninguna serie puede alcanzar ni de cerca.
Cada uno de los capítulos plantea un futuro posible, una derivación potencial de la tecnología en nuestra vida cotidiana. Pero es ese elemento el que cambia con respecto a nuestra realidad. No hay autos voladores ni grandes despliegues técnicos. Es una clase de ciencia ficción madura, centrada (como todo lo que vale la pena) más en los personajes y sus emociones que en la explicación técnica de tal o cual artilugio.
Hay un artista conceptual que obliga al Primer Ministro de Inglaterra a tener relaciones sexuales con un chancho. Hay un hardware instalado debajo de la oreja que permite registrar la memoria de lo que ves y proyectarla en una pantalla. Hay una chica que pierde al novio y lo reemplaza por un androide, que ha tomado su forma y su carácter de las redes sociales que frecuentaban.
Lo que problematizan los capítulos es la realidad creada por internet, o como esa realidad afecta nuestras emociones. La forma en que los dispositivos ya son –casi, casi– parte de nuestros cuerpos, y la pregunta sobre qué pasará cuando los incorporemos definitivamente. Si la realidad es lo que perciben los sentidos, ¿qué sucederá cuando le demos a la tecnología el permiso para alterarlos? ¿Hasta donde sabemos que no han sido alterados sin que nos demos cuenta? ¿Podemos vivir en las redes sociales? ¿No constituyen, ya, una realidad paralela en la que nos sumergimos durante más tiempo del que nos gustaría?
Estas preguntas confluyen la serie, pero no de un modo intelectual, si no desde las propias experiencias de los personajes, que son (al modo inglés) comunes y corrientes. Su creador, Charlie Brooker, declaró que “si la tecnología es una droga, ¿cuáles son entonces sus efectos secundarios?” como la cuestión disparadora de los capítulos. ¿Cuánto tenemos que esperar para que nazca una asociación de Adictos Anónimos al Facebook, con su histeria permanente y su permanente historia de parejas rotas? Leo que una chica se traga su celular para que su novio no lea los mensajes, no sé si es verdad o mentira, pero me gusta y me sirve. Toda esta cuestión está bien ilustrada y pensada en el libro “Las redes sociales” de Sebastián Robles, recientemente editado por Momofuku, que plantea un poco borgeanamente la posibilidad de redes sociales alternativas, muy creíbles porque están a un paso de nacer. Una para los que buscan el algoritmo de la pareja perfecta, otra para los que están a punto de morir, una tercera “para escritores realistas”. El mundo de Robles es otro y es el nuestro, a la vez.
A pesar de ser negro, el espejo de Black Mirror nos refleja como somos. Es, en cierto sentido, más realista que la propia realidad. El futuro llegó hace rato pero de un modo más tenebroso y sutil del que muchos escritores del sci fi imaginaron en los 50. Al final de “Un hombre enamorado” del noruego Karl Ove Knausgård, éste se plantea la necesidad de dejar atrás la ficción y escribir sobre lo que “realmente” le sucedió. La ficción ya no le sirve para decir lo que debe y recurre entonces a la autobiografía, a la primera persona, a descular el corazón del asunto sin callarse nada. La moda de las biografías, de los libros que hablan de una supuesta realidad, no es otra cosa que la respuesta de la narrativa a la extraña época en la que nos tocó vivir. Por eso el libro de Jorge Rial vende tanto, compruebo, mientras una mano helada me estruja mi verde corazón, quizás la del diablo que mi maestra me enseñó a ver en un espejo oscuro.



Tomado del blog de Eterna Cadencia

Como pequeñas semillas

El germen de la risa y del horror

Cuentos. “Ni puedo ni quiero” prueba la bella excentricidad de una autora poco conocida aquí, primera esposa de Paul Auster.

POR VIRGINIA COSIN


Qué es? ¿Un libro de cuentos? ¿Un libro, acaso? ¿O una pieza de arte contemporáneo con forma de libro? ¿Un cuaderno de apuntes? ¿Los descartes de una novela? ¿Un error? ¿Un acierto total? ¿Un disparate? ¿Una genialidad?
Remitámonos al título: Ni puedo ni quiero . De ahí en más, sabemos que no podemos pedir nada. Sólo sentarnos y leer, devorar y ser devorados por este extraño engendro que, como las criaturas mitológicas, muta, tiene el cuerpo de un animal y la cabeza de otro, posee extraños poderes.
Ni puedo ni quiero es el primer volumen de cuentos (para llamar de algún modo a este conjunto de textos, y para eludir una palabra tan antipática como “inclasificable”) de la escritora estadounidense Lydia Davis (Massachusetts, 1947), que se publica en una editorial argentina (Eterna Cadencia) y el que le sigue a sus Relatos completos , de 2009, que compilaba sus cuatro libros anteriores. Desde su aparición, los relatos de Lydia Davis produjeron un pequeño sismo en los círculos literarios de su país, y el temblor se fue extendiendo hacia otras superficies hasta llegar a lectores de Europa y Latinoamérica. El murmullo fue creciendo a partir del boca a boca y, recién ahora –después de que, en 2013, le otorgaron el Man Booker International Prize–, empieza a extenderse hacia un público más amplio. Antes, se decía, era “una escritora de escritores”. Como una delicatesen . Caviar.
Pero la excentricidad de Lydia Davis, su exquisitez, radica, precisamente, en la absoluta puerilidad de los asuntos que componen sus textos. Todo es susceptible de ser analizado, diseccionado, triturado y vuelto a ensamblar en operaciones mentales que se corresponden, a su vez, con diferentes formatos: cartas, notas tomadas durante una conversación telefónica, apuntes para la preparación de un curso, disquisiciones durante un viaje corto en tren, argumentos para cuentos o novelas, listas de cosas que haría o no haría o tendría que leer pero no querría leer, anotaciones de sueños y etc, etc. Todo eso que durante un día común y corriente a cualquiera se le ocurre y se le escurre, todas esas imágenes que pueblan nuestras mentes y no anidan en ninguna parte, ese fluido disperso, es coagulado por la pluma de Lydia Davis, puesto en palabras.
El efecto que producen estos textos es el de estar escuchando la voz de alguien que lee nuestro inconsciente.
Cuenta Davis, en una entrevista, que el hito fundante de su estilo radica en el descubrimiento de un poeta estadounidense, contemporáneo a ella, que leyó en una época en la que intentaba escribir historias bajo la sombra de sus héroes literarios: Beckett, Kafka, Flaubert. Ella y su por entonces marido, el escritor Paul Auster, vivían y trabajaban en el sur de Francia. Mientras él empezaba a perfilar su estilo, escribiendo regular y metódicamente, a ella se le escapaba su propia voz en la frustrante tarea de cumplir expectativas, de escribir lo que se suponía que había que escribir, del modo correcto.
El poeta se llamaba Edson Russel y sus brevísimas narraciones, como las de Lydia Davis, son objetos incompletos, extraños, como pequeñas semillas que en su interior contienen el germen de la risa y del horror, en igual medida.

Me gustan los venenos más lentos, las bebidas más amargas, las drogas más potentes, las ideas más insanas, los pensamientos más complejos, los sentimientos más fuertes


Ya escondí un amor por miedo de perderlo. Ya perdí un amor por esconderlo. Ya me aseguré en las manos de alguien por miedo. Ya he sentido tanto miedo, hasta elpunto de no sentir mis manos. Ya expulsé a personas que amaba de mi vida, ya me arrepentí por eso. Ya pasé noches llorando hasta quedarme dormida. Ya me fui a dormir tan feliz, hasta el punto de no poder cerrar los ojos. Ya creí en amores perfectos, ya descubrí que ellos no existen. Ya amé a personas que me decepcionaron, ya decepcioné a personas que me amaron.
Ya pasé horas frente al espejo tratando de descubrir quién soy. Ya tuve tanta certeza de mí, hasta el punto de querer desaparecer. Ya mentí y me arrepentí después. Ya dije la verdad y también me arrepentí. Ya fingí no dar importancia a las personas que amaba, para más tarde llorar en silencio en un rincón. Ya sonreí llorando lágrimas de tristeza, ya lloré de tanto reír. Ya creí en personas que no valían la pena, ya dejé de creer en las que realmente valían. Ya tuve ataques de risa cuando no debía. Ya rompí platos, vasos y jarrones, de rabia. Ya extrañé mucho a alguien, pero nunca se lo dije.
Ya grité cuando debía callar, ya callé cuando debía gritar. Muchas veces dejé de decir lo que pienso para agradar a unos, otras veces hablé lo que no pensaba para molestar a otros. Ya fingí ser lo que no soy para agradar a unos, ya fingí ser lo que no soy para desagradar a otros. Ya conté chistes y más chistes sin gracia, sólo para ver a un amigo feliz. Ya inventé historias con finales felices para dar esperanza a quien la necesitaba. Ya soñé de más, hasta el punto de confundir la realidad. Ya tuve miedo de lo oscuro, hoy en lo oscuro me encuentro, me agacho, me quedo ahí.
Ya me caí muchas veces pensando que no me levantaría, ya me levanté muchas veces pensando que no me caería más.Ya llamé a quien no quería sólo para no llamar a quien realmente quería. Ya corrí detrás de un carro, por llevarse lejos a quien amaba. Ya he llamado a mi madre en el medio de la noche, huyendo de una pesadilla. Pero ella no apareció y fue una pesadilla peor todavía. Ya llamé a personas cercanas de "amigos" y descubrí que no lo eran... a algunas personas nunca necesité llamarlas de ninguna manera y siempre fueron y serán especiales para mí...
No me den fórmulas ciertas, porque no espero acertar siempre. No me muestren lo que esperan de mí porque voy a seguir mi corazón! No me hagan ser lo que no soy, no me inviten a ser igual, porque sinceramente soy diferente! No sé amar por la mitad, no sé vivir de mentira, no sé volar con los pies en la tierra. Soy siempre yo misma, pero con seguridad no seré la misma para siempre!
Me gustan los venenos más lentos, las bebidas más amargas, las drogas más potentes, las ideas más insanas, los pensamientos más complejos, los sentimientos más fuertes. Tengo un apetito voraz y los delirios más locos. Pueden hasta empujarme de un risco y yo voy a decir: "Qué más da? Me encanta volar!"
Clarice Lispector

Ayer fui a control y me deprimí un poco

A veces me pinta el bajón, pienso en que no puedo ir a hacer los mandados, ni subir a un bondi, ni manejar. Después se me pasa, me digo que para qué me hago la deportista si las cosas que más me gustan en la vida se hacen sentada o acostada.



Dice el tordo que me deje de joder, que lo mío no es para bota ni media bota, que piense en no apoyar el pie por 3 o 4 meses.



Mercado del usado para postrados: Entrego chata como nueva (un solo meo de pánico la primera noche en casa). Recibo andador, muleta, bastón o elfo doméstico que me ayude a saltar en un pie.



Sería bueno , en estos momentos, tener un elfo doméstico. Juro que le regalaría un calcetín apenas pudiera caminar sola.

Magda norteña

Ya volvió. Tan feliz, tan entusiasta, tan llena de aventuras, tan contagiosa, tan reparadora, tan para sentirme tan tan orgullosa.

martes, 27 de enero de 2015

Lunares y pecas


Necesidades básicas

Mear, cagar, comer, coger. Todo con la pata en alto. Soy divina como flamenco.


La Sil es una genia

No sólo me banca todos los días desde que somos amigas sino que estuvo en la puerta de quirófano con Gus y Ju y viene a casa a cocinarme y mimarme con tanto entusiasmo que ni culpa me da. Hoy también nos tocó lavado de peluca y limpieza de cutis en la reposera y a manguerazo limpio.

Es nesario, Sambucetti

Volver a erotizar el cuerpo para purgarlo del dolor.

¡¡¡¡¡Sí!!!!! Anoche cogimos.

Como extraño a los elefantes cuando vuelvo del zoológico

Estimado Ezequiel, Hombre del Fernet:
Perdón por no haber ido a tu cumpleaños. Hacía mucho calor. Todos tus amigos iban a usar mucho la pileta que yo acababa de limpiar y no quería ver cómo la destrozaban con sus saltos espásticos, su crema solar y sus orines. Cumpliste 35 años. Nada. Igual te digo: pareces mucho más grande, un señor. ¿Trabajar en Sprayette te hizo de goma o tuviste una historia muy destructiva? Yo le apuesto a Sprayette. Conozco a muchos con historias horrendas que llegan a los 40 y todavía parecen niños. Te cuento: hoy fui otra vez a tu pileta y como vos no estabas me atendió tu tía. Una divina, la vieja. Me dijo: "Hoy no está Ezequiel pero el fernet te lo hace él", y me señalo a tu amigo de la moto. El tipo estaba en cuero. ¿Le viste el tatuaje de la morsa? ¿Qué hace ahí una morsa, rodeada de esa boa gigante y esas letras chinas? Me trajo un fernetazo. Enorme. Menos mal que me lo hizo liviano porque si no ahora en vez de escribir esto le estaba dando un beso en la boca a tu tía. Me asusta pensar en eso, pero puede pasar. Otra cosa: me dijo tu tía que el sábado ya se van, que vuelven los dueños. Bueno, quiero que sepas que nada va a ser lo mismo sin vos. Nada. Te voy a extrañar como extraño a los elefantes cuando vuelvo del zoológico. Tu tía me dijo que el jueves limpie la pileta otra vez. Espero que estés. Me gustaría despedirme. Darte un abrazo enérgico, electrizado, que dure hasta el año que viene, si es que el año que viene volvés, y si no, que dure para siempre. Si volvés, eso sí, seguí trayendo fernet. No te olvides de mí. Vos sos mi Hombre del Fernet, pero yo también soy tu Hombre del Fernet.

jueves, 22 de enero de 2015

Cada quien es feliz como puede


El Unimog de Felix


Unimog


El cuento por su autor
 Por Félix Bruzzone
“Unimog” nace en la época en que empezaba con mi trabajo de limpiar piletas, hace diez años. Por ese tiempo usaba, para moverme, un 147 que ya venía pidiendo retiro, y necesitaba otra cosa. Lo ideal hubiera sido una camioneta. Pero mucho dinero no había y entonces empecé a ver alternativas. Me dijeron que averiguara por coches fúnebres, por ejemplo, que suelen ser autos que cuando las funerarias se desprenden de ellos salen a la venta muy baratos porque es imposible sacarles el olor a muerto. La idea me gustaba. El piletero que llega a tu casa en coche fúnebre podía ser una sensación. Pero así y todo, el dinero no alcanzaba. Una noche, mientras recordaba el episodio de mi papá y sus amigos del ERP “recuperando” armas del Batallón 141 de Comunicaciones, en Córdoba, y usando un Unimog para huir, se me ocurrió que esos camiones no podían ser tan caros. No sé por qué lo pensé, cuando sabía que los camiones siempre son carísimos. Pero así fue: era como pensar que el pasado no tenía precio, y que podía comprarse por nada. ¿Se venderían Unimogs? Al día siguiente busqué en Internet. Para mí eran los tiempos del dial-up, y las imágenes bajaban muy despacio. Los distintos Unimogs en venta caían como estampitas de colección y yo, que nunca coleccioné estampitas, ni tuve colección alguna jamás, sentía que de golpe los quería a todos, como si tenerlos fuera también “recuperar” algo perdido. Obviamente eran imposibles de pagar, y mucho más incómodos para mi trabajo que los coches fúnebres. Aun así, pasé casi toda la mañana comparando modelos, precios y tratando de imaginar, en virtud de cómo los habían pintado, o ploteado, o modificado (porque descubrí que a los Unimogs no sólo los usa el ejército, sino también clubes de esquí, parques nacionales, agencias de turismo...), la historia de cada uno de esos camiones. Al final todo eso se convirtió en un cuento, y para tener mi propio Unimog, al cuento le puse ese título, “Unimog”. En cuanto a lo que conseguí para trabajar, tuve que consolarme con una moto furgón de tres ruedas. Una Muravey, de fabricación rusa, muy tosca, muy fuerte y pintada de rojo. Era una moto que nunca se rompía pero que en mis manos se fue convirtiendo en chatarra. El año pasado se la di a mi mecánico a cuenta de trabajos que me vaya a hacer. Ya no funcionaba. Para llevársela tuvo que cargarla en el camión grúa de un amigo. Sé que la convirtió en un karting, y que lo usa para entrenar a su nieto, que quiere ser corredor.





VERANO12 › POR FELIX BRUZZONE

Unimog



Cuando Mota recibió los bonos que el gobierno le dio por la desaparición de su padre decidió venderlos e invertir el dinero en la compra de un camión. Desde hacía tiempo pensaba ampliar el negocio de reparto de productos de limpieza y suponía que con un vehículo más grande que su vieja F-100 sería posible cargar de a dos o de a tres cisternas llenas, extender los recorridos y así ganar clientes en zonas alejadas.
Vicky le dijo:
–No deberías gastar todo en un camión. ¿No íbamos a terminar de construir la casa?
Es cierto, pensó él. Pero también pensó que el camión generaría una nueva fuente de ingresos y no prestó atención a las palabras de su esposa. Además, pensó que para las mujeres –o al menos para las mujeres como Vicky, siempre pendientes de los mínimos detalles–, una casa nunca llega a estar terminada.
Así, una mañana extraña en la que las nubes cubrían el sol, lo descubrían, oscurecían el cielo, arrojaban algo de agua y luego continuaban su marcha, Mota salió a averiguar dónde conseguir camiones buenos y baratos. Le hablaron de algunas concesionarias en la Ruta 8, en la 197, en la 202 camino a Bancalari, en el Acceso Oeste; pero sólo en un galpón de Ramos Mejía encontró algo acorde a lo que buscaba. Allí, un tal Saba administraba una agencia. Varios camiones casi nuevos y otros no tan viejos se alineaban en hileras desiguales. ¿Cómo habían podido meter tantos camiones ahí adentro? Saba guió a Mota entre el apiñado lote y le mostró cada camión. Daba algunas explicaciones: éste es una nave, vuela; éste no gasta nada, una escupida de gasoil y llegás a Brasil; éste no se rompe ni aunque lo tires montaña abajo; éste, en cambio, es un poco más liviano, pero igual anda una barbaridad, hasta podés hacer jetski, ja. En tanto, Saba le daba a cada camión unos golpes con la palma de la mano o con los nudillos, lo que al parecer demostraba la resistencia de cada vehículo. O quizá a Saba le gustaba sentir el metal en la mano, el ruido del metal de todos esos camiones que tenía que vender.
Pero Mota no quería gastar tanto, y cuando el vendedor notó que su cliente empezaba a desilusionarse lo hizo pasar a un pequeño depósito que se ubicaba un poco más atrás. Un desarmadero, pensó Mota mientras sorteaba pedazos de cigüeñal y restos de viejas carrocerías. Entonces Saba abrió un portón y señaló hacia adentro:
–Este no se lo muestro a nadie, eh –dijo–, y está a muy buen precio.
Mota se sintió paralizado por un momento. Después dijo:
–Un... un Unimog...
–Sí, éstos los arreglás con un destornillador y una pico de loro, ¿por qué te pensás que los usa el ejército? Y son irrompibles: éste estuvo en la guerra, sí, fue a Malvinas y volvió así como lo ves, una joya.
Mota miró el camión con detenimiento. Luego entró en la cabina, se subió a la parte de atrás, se tiró abajo. Mientras tanto, Saba decía:
–Acá adentro se salvaron todos, es un camión encantado. Las bombas caían cerca pero no le hacían nada. Sólo le quedó esto, ¿ves?, este agujero de acá que debe ser de alguna bala, la única que lo tocó.
El vendedor hablaba y Mota pensaba en su padre, quien cuando era conscripto –y miembro de Los Decididos de Córdoba, un grupo del ERP– había participado en la toma del Comando 141 de Comunicaciones del Ejército. En esa ocasión él y algunos otros habían robado varias ametralladoras, un cañón antiaéreo, municiones y algunos fusiles; y un Unimog, que fue lo que usaron para cargar las cosas y huir.
Mota preguntó:
–¿Y antes de Malvinas? ¿Sabe algo más de este camión?
Saba levantó los hombros.
–Una joya –repitió.
Y todavía no empezaba a hablar de otras características del Unimog cuando Mota dijo:
–Creo que voy a comprar éste.
***
Vicky, desde un principio, miró el Unimog con recelo. Pero es cierto que durante el primer mes el camión funcionó muy bien. Mota, como Saba lo había anticipado, arreglaba los pequeños desperfectos o desajustes con algunas pocas herramientas. El reparto, en efecto, empezaba a crecer. Sólo en el segundo mes empezaron los verdaderos problemas. Primero el motor se recalentó y hubo que rectificar la tapa de cilindros, limpiar el radiador y cambiar todas las mangueras. Después se quebró un amortiguador y hubo que reemplazarlo junto a buena parte del tren delantero. Y más: problemas con el cardan, la transmisión y otra vez el radiador, que por suerte Mota cambió antes de que el motor volviera a recalentarse. Además, durante todos esos arreglos que parecían no tener fin, uno de los mecánicos le dijo que la bomba inyectora no iba a aguantar demasiado.
–El corazón del motor –dijo el hombre–, el corazón de este motor empieza a pedir ayuda.
A partir de ahí Mota empezó a sentir que, por más reparaciones que se hicieran, el camión siempre volvería a fallar, como si el encantamiento del que había hablado Saba, el que había salvado al Unimog de las bombas, se hubiera convertido en un feroz maleficio capaz de echarlo todo a perder: como si el Unimog, después de su aventura en Malvinas, pidiera descansar para siempre.
Mota pensó en todo esto durante varios días. Cuando Vicky mencionaba el tema él intentaba no escucharla y ella, que se daba cuenta, dejó que el asunto empezara a consumirlo. Ya va a pedirme consejos, se decía, y esperaba en silencio que él al fin se decidiese a darle la razón.
Por ese tiempo Mota volvió a relacionar al camión con su padre. En definitiva, todo lo que había averiguado sobre la desaparición lo llevaba, de una u otra manera, a la ciudad de Córdoba. Le habían hablado del ERP, de Los Decididos de Córdoba, de la toma del Comando, de la clandestinidad, del cruce de calles donde se lo habían llevado. En la adolescencia, cuando empezó a investigar todo aquello, Mota había encontrado con quién hablar y con quién no hablar. Había conocido a gente amable, a nostálgicos, a fabuladores; y si bien muchos le habían sugerido que viajara a Córdoba, que conociera dónde había estado su padre, que exigiera que le dejaran ver los supuestos lugares en los que lo habían tenido secuestrado, él nunca lo había hecho y siempre se prometía hacerlo alguna vez. Incluso Vicky, ajena a toda esa historia, esperaba que él cerrase esa parte de sus averiguaciones, que viera lo que tenía que ver, que borrara lo que había que borrar.
Una noche, Mota dijo:
–Voy a ir a Córdoba con el camión.
Vicky no dijo nada.
Después, él intentó explicar que su padre había manejado un Unimog y que el Unimog que él había comprado era, en cierto sentido, el que había manejado su padre. Dijo que había que abrir la puerta a los demonios del camión y dijo que viajar a Córdoba, recorrer las calles que con seguridad había recorrido su padre al volante de un camión como ése, ayudaría.
Vicky, sin comprender, lo abrazó.
–Yo pienso en la casa –dijo–, ¿qué va a pasar con la casa?
Mota la apartó y prometió que a su regreso todo iba a ser como ella quería.
–Siempre decís lo mismo –dijo Vicky.
–Vos también decís siempre lo mismo.
Esa noche, en la cama, encendieron la TV pero no la miraron. O la miraron, pero mientras en la pantalla se repasaban las últimas gracias de un cómico recién fallecido, Vicky pensaba en la casa y Mota pensaba en el camión. La casa encantada y el camión maldito, o al revés. El camión y la casa. Y es seguro que, de haber hablado, no se hubieran puesto de acuerdo en cuál de las dos cosas era más importante.
***
Mota viajó durante casi toda la noche, hasta que paró a cargar gasoil en una estación de servicio, donde además se sentó a tomar un café.
–¿El Unimog es suyo? –le preguntó un hombre de campera verde y tan gordo que apenas pasaba entre las mesas del local.
–Ahora lo muevo –dijo Mota, algo molesto porque todavía no terminaba el café.
El hombre extendió uno de sus grandes brazos:
–No, no es para que lo mueva: es que yo manejé uno de ésos, yo...
–¿Usted es militar?
–Ya no –dijo el gordo–, después de Malvinas ya no –y mostró una mano a la que le faltaban dos dedos–. Me dieron una medalla, sí. Esos camiones son una locura, ¿no es cierto?
Mota asintió y el hombre, sin más, se sentó a la mesa y empezó a contar anécdotas con Unimogs. No se cansaba de decir que esos camiones eran una locura, un milagro de la ingeniería, decía, indestructibles. También dijo que no eran camiones fáciles, que tenían sus secretos. En un momento dijo:
–Mi Unimog estuvo en Malvinas.
–¿Cómo sabe?
–Me contó el que me lo vendió, me contó que...
–Lo veo difícil –dijo el gordo–, pero si le dijeron... Igual, todo lo que fue a Malvinas se quedó allá, de esas islas no volvió nadie. Míreme a mí, manejo camiones, ¿usted vio el camión que manejo? Mejor no lo vea, un cachivache.
El gordo siguió hablando y Mota empezó a preguntarse si su Unimog no habría muerto en Malvinas. Eso podía ser. Las bombas, como había dicho Saba, no lo habían alcanzado. ¿Pero qué significaba ese orificio, esa marca de bala que el camión todavía conservaba en la chapa? Sólo cuando el gordo volvió a insistir con que los Unimogs eran una locura, que ésos sí que eran verdaderos camiones, Mota sintió que el de él era uno de ésos, que Córdoba estaba a unos pocos pasos y que no sería necesario más que un último impulso para llegar hasta donde se había propuesto llegar. Y con esta convicción volvió a la ruta, a la aventura, a la imagen de su padre, ahora frente a él como un gran frasco de dulce casero o mejor: casas llenas de dulce.
***
Al amanecer, a no más de cien kilómetros de Villa María, empezaron a iluminarse unas nubes grandes y oscuras sobre el horizonte. Mota podía verlas en el espejo retrovisor: avanzaban hacia él y amenazaban con desatar una lluvia furiosa sobre el camino. Van más rápido que yo, pensó antes de empezar a acelerar. También pensó: este camión va a poder, si pudo hasta acá no tiene por qué fallar ahora.
Pero falló. Al principio Mota aceleraba y el camión respondía. Las nubes no se movían o incluso parecían alejarse. Después el motor empezó a hacer ruido a turbina de avión y al final dejó de responder y hubo que parar a revisarlo. Esperaba que no fuera algo grave.
Nada roto, ningún desajuste visible: todo, hasta donde él entendía, estaba bien. Sin embargo, cuando quiso volver a poner el camión en marcha se escuchó un largo chirrido de bisagra oxidada y algunos golpes como de puerta golpeada por el viento. Mota estuvo varios minutos así, escuchando el chirrido y los golpes, hasta que alguien se acercó a preguntarle si necesitaba ayuda.
–Gracias –dijo él, sin advertir que el que se había acercado era el gordo de la estación de servicio.
–¡Eh!, ¿no me reconoce? –dijo el gordo–. Todos los que me vieron una vez después me reconocen.
–Perdone –dijo Mota–, es que este camión a veces...
Después el gordo revisó el motor, dio arranque, otra vez el ruido agudo, y sentenció:
–Es una lástima. Creo que es un problema de la bomba inyectora, y del arranque, va a haber que remolcarlo.
Y mientras el gordo explicaba los detalles de una posible reparación Mota recordó las palabras del mecánico: “la bomba inyectora, el corazón del motor”; las de Vicky: “terminar la casa, siempre decís lo mismo, la casa, siempre lo mismo”; y las de Saba: “pico de loro, destornillador”. Sí, una pico de loro y un destornillador para desarmar todo el camión, dos, tres herramientas para ver cada parte por separado, ver todo lo que le pasa ahí adentro, lo que pasó, lo que va a pasar. En ese estado encaró al gordo y le dijo que se fuera, que él ya iba a ver cómo se las arreglaba. Pero como el gordo insistió en ayudarlo y se ofreció a llamar a un remolque y a conseguir un buen bombista que pudiera solucionar las cosas Mota le dijo:
–No, vayasé, no lo necesito, vayasé.
–Malparido –dijo el gordo por lo bajo.
–¿Cómo?
–Eso, eso, malparido.
Mota pensó en una vaca. El salía de adentro de la vaca y era un ternero, un torito que la vaca dejaba en el pasto y entonces él, ensangrentado, respiraba la bruma de la mañana y un hilito violeta, mezcla de sangre y placenta, que le colgaba del hocico. Le dolieron los ojos y saltó sobre el gordo. Se le prendió del cuello, trató de voltearlo pero el gordo se lo sacó de encima de un manotazo.
–¿Qué hacés?
Mota volvió a la carga. Había quedado frente al gordo y ahora lo golpeaba con los puños cerrados, golpes desordenados sobre el cuerpo blando, inmenso. El gordo no tardó en agarrarlo de la ropa, levantarlo algunos centímetros del piso y dejarlo tirado de espaldas en el asfalto. Mota lo veía desde abajo, respiraba rápido y sentía la cabeza lastimada contra unas piedras. No se podía levantar. Hacía frío. Lo señaló con el índice, amenaza. El gordo sonrió.
Cuando Mota logró darse vuelta y empezó a levantarse el gordo ya no estaba. Escuchó el ruido del motor del camión, respiró el humo del escape, lo vio alejarse. Después escuchó los primeros truenos.
Otra vez solo, Mota volvió a abrir el capó y volvió a cerrarlo. Nada. O sí: empezó a atacar al camión con un martillo. Después siguió con una maza: golpeó el motor, la carrocería, arrojó una por una todas las herramientas contra el Unimog y empezó a gritar:
–¡No tenés nada para decir!, ¿eh? –y repetía– ¿Nada...?
Pero después decidió que era inútil y que había que terminar de una vez con todo el plan. ¿Qué iba a decir Vicky? Nada, ella no podía decir nada porque sobre todo eso nadie podía decir nada. Subió atrás y buscó una manguera y un bidón. Abrió el tanque de gasoil, intentó sacar un poco. No había mucho, o él no sabía cómo sacarlo, así que sólo pudo llenar el fondo del tacho y rociar con ese poco el motor.
Las llamas, al principio pequeñas, hacían pensar que el fuego se iba a apagar rápido. Pero crecieron, ocuparon la cabina y se extendieron hacia atrás. Mota sentía la ausencia que se siente frente al espectáculo del fuego, esperaba que las llamas alcanzaran el tanque y anticipaba una explosión magnífica que diese por terminado su estúpido viaje a Córdoba y la tontería de haberse comprado el camión. Pero entonces empezó a llover y comprendió que el fuego se iba a apagar.
Fue así: Mota, durante el resto de la tormenta, tuvo que refugiarse en la parte de atrás, la única donde el fuego no había llegado y, sin poder hacer nada, escuchar la lluvia y ver, en los recorridos del agua que se filtraba por el techo de lona, los recorridos que para él ahora estaban cerrados; y abajo, en los charcos que se formaban en el piso, los lugares a los que ahora nunca podría llegar.
***
Tardó un día entero en volver. Alguien lo llevó hasta Rosario y de ahí logró que lo dejaran en Zárate, desde donde llamó por teléfono a Vicky.
–Estoy en Zárate –dijo.
–Voy para allá –dijo ella.
Durante el viaje casi no hablaron. El motor de la vieja F-100 sonaba parejo en medio de la noche y Mota imaginó que a los costados del camino se extendía una laguna. No era muy profunda y él pensó en detenerse, en tomar a Vicky de la mano y atravesar la laguna a pie en medio de la oscuridad.
Ya en la casa, dijo:
–Voy a llamar a Saba.
–¿A quién?
–Al que me vendió el camión. Que lo vaya a buscar y que me devuelva parte de la plata. Algo me va a devolver...
–¿Y si no te devuelve nada?
–No me importa, empezamos de nuevo.
Se abrazaron.
Después Vicky preguntó:
–¿Y vamos a terminar la casa?
–Sí, a ver hasta dónde llegamos.
Ella dijo que la esperara y más tarde volvió con una botella de vino, un pollo y algunas verduras. Cocinaron, comieron y, antes de acostarse –no había tiempo que perder—, Mota se ofreció a ayudar con los platos sucios y las sobras de la cena.

De terror en el sanatorio

Una de las tres noches que pasé internada me hice dejar la tele prendida en Isat y yo sin el control remoto que había que retirar de administración con 100 pe de seña. No me animaba a llamar a la enfermera para que me cambie de canal y a mi compañera de cuarto le habían dado recién el alta y se había ido.
Fue así que me tuve que fumar, de a ratos me tapaba la cara con la sábana para intentar dormirme, un gomón de esos que inician con familia que se muda a casa vieja y niña que ve gente muerta. No me acuerdo el título de la peli. Era con esclavos negros que, en vez de ser ayudados a escapar por el dueño de casa a quien se creía una buena persona, eran disecados como animales y, por supuesto, esperaban en espacio subterráneo a que sus cuerpos fueran descubiertos y sus almas liberadas.

Cuando después de ésa empezó Piraña, llamé urgente a la pobre enfermera para que me apagara la porquería de tele.

Martín Fierro por Fontanarrosa


Vi esta peli el otro día en el sanatorio. Saben que odio al personaje y su épica nacional y es justo ese lugar heroico el que se retoma. Solamente la ida. Así que me pareció un embole, con lindos dibujos pero un embole.

Desde que mi hija dejó de bailar con High School Musical

:: LECTURAS ::

Sinfonía para adolescentes



21-01-2015 | 


De las sagas y ucronías a John Green: una introducción a los bestsellers que leen los adolescentes.


Por Patricio Zunini.

Cassius: “The fault, dear Brutus, is not in our
stars, but in ourselves, that we are underlings.”
Julius Caesar (I, ii, 140-141)




Uno: en un mundo agrícola híper tecnológico tipo Star Wars, Katniss Everdeen usa flechas para derribar aviones del tirano presidente Snow. Dos: La vida de Beatrice “Tris” Prior se arruina cuando la facción de los Eruditos intenta tomar el Poder. Tres: acosado por escorpiones-cyborgs, Thomas busca la salida del laberinto que creó una organización llamada “Cruel” después de que el sol lanzara una llamarada que arrasó con casi toda la humanidad. Los universos de las sagas para adolescentes son agónicos, feroces, totalitarios. Y son chicos de 16, 18 o 20 años quienes están llamados a cambiar el destino.
Un tiempo atrás no le hubiera prestado atención a esta clase de libros, pero, desde que mi hija dejó de bailar con High School Musical y puso la foto de Peetah (el chico de Los juegos del hambre) de papel tapiz en el celular, los miro de otra manera. Intento sacarla del lado oscuro: la veo con Divergente y le propongo que lea Un mundo feliz; se tira en el sillón con Maze Runner y le presto El señor de las moscas. Ella me mira; se da cuenta de que no entiendo.
Suzanne Collins tiene 52 años. Trabajó como guionista de televisión de programas infantiles en Nickelodeon. Entre otros, hizo el del perro gigante Clifford —que también mirábamos con mi hija cuando no podía hacerme del control remoto. En 2008 publicó la primera parte de Los juegos del hambre; dijo que lo escribió inspirada en el mito de Teseo y el minotauro. En llamas, la segunda parte, vendió 350.000 ejemplares en la primera semana; Sinsajo, elgran finale, 450.000.
Como producto, las sagas son grandes negocios: libros, películas, merchandising. Pero también dan sentido de pertenencia. En internet hay foros, blogs, fakes de Twitter con miles de seguidores. Y así como están los directioners (fans de One Direction) y los beliebers (fans de Justin Beiber), entre los lectores están los hungerianos o tributos (Los juegos del hambre), larchos o clarianos (Maze Runner), y los divergentes.

John Greene
—Lo que me gusta de John Greene es que si tiene que hacerte llorar te hace llorar —dice Norberto (15), que no tiene edad para saber que parafrasea a Moria Casán, y lee Buscando a Alaska en Plaza Francia junto a su novia.
John Green (mis hijos le dicen Juan Verde) tiene 37 años. Además de autor bestseller, tiene un canal de Youtube con su hermano Hank donde se la pasan… boludeando. En el video más reciente están en un minigolf en Florida, lo colgaron hace 19 horas y ya tiene 134.000 vistas. Hace tres semanas contaban varios datos curiosos —y debo decir muy interesantes— sobre los pedos. Por ejemplo que “fart”, pedo en inglés, es una de las palabras más antiguas del idioma y que también así se decía en sanscrito.
Green se mueve entre sensaciones de blanco y negro: del disparate en Youtube al drama en los libros. Se hizo conocido con Bajo la misma estrella, que en inglés es The fault in our stars, una cita del Julio César de Shakespeare (pero un verdadero seguir nunca le diría así sino TFIOS). El éxito de esta novela arrastró a las anteriores: Ciudades de papel y Buscando a Alaska se tradujeron al español. Si bien no es autor de sagas, sus libros tienen cierta continuidad en la trama.
—Lo que me gusta —dice Valentina (14)— es su manera de escribir y cómo te atrapan sus tramas.  Hay veces que me siento muy identificada con los personajes y eso me encanta. A la hora de leer me gusta sorprenderme y cuando empecé sus libros me gustaron mucho porque me sumergen en la historia, me siento parte de ella. Creo que es eso lo que busco cuando leo: poder sentirme parte e identificarme emocionalmente con los personajes.
Para Green el mundo es lo suficientemente duro como para andar complicándose con ucronías y héroes. Las novelas tienen problemas existenciales, amores puros, padres comprensivos pero totalmente perdidos y mucho pero mucho melodrama. Tanto que me lo ahorro. (Bueno, no: hay un chico que se queda ciego y le dice a su amigo, enfermo terminal, que prefiere perder la vista a ver un mundo en donde él no esté). Es una receta bastante efectiva, pero no es lo único que hace que sea tan leído. En sus libros hay certezas, hay una fe que contagia al lector.
Bajo la misma estrella cuenta la historia de una chica enferma de cáncer que se enamora de un chico también enfermo de cáncer. Es el primer amor idílico, virginal y doliente llevado al paroxismo.
—Me gustó que se enfocara en chicos con una vida diferente —dice Luciana (16).— Me gustó que Hazel fuera depresiva pero que Augustus no y cómo él la cambió a ella. Y aunque lo sufrí, me gustó que fuera real.
En todas las novelas de John Green, quien cuenta la historia no comprende todo lo que el otro sabe. Y los finales, algo para agradecer, no son condescendientes con el lector. En Ciudades de papel, Quentin busca a Margo, que es su vecina y el gran amor de su vida. La noche antes de que se escapara, ella le pidió que la ayudara a vengarse de todos sus ex amigos y él, enamorado, se dejó llevar. Ahora no se sabe si se fue para que sólo él la encuentre o porque quiere suicidarse. El viaje, la huida, otra recurrencia. EnBuscando a Alaska, un chico de 16 años quiere, como Rabelais, hacerse a la vida y encontrar su gran Tal Vez.
Alguna vez el crítico Harold Bloom dijo que los libros de Harry Potter no eran literatura: ¿son las sagas y John Green literatura? Por lo menos son grandes puertas de entrada.

Todas las amantes emiten un color

"Color. Todas las amantes emiten un color que les es propio. Con los besos, las caricias, los abrazos, este color surge con violencia, se expande y a veces estalla. Algunas personas son capaces de reconocer el color que emite una amante desde el primer encuentro".



Wittig y Zeig, Borrador para un diccionario de las amantes.

Qué grande la Andruetto

Biblioteca
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La Fundación Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes inaugura hoy un portal dedicado a la escritora argentinaMaría Teresa Andruetto (1954), Premio Andersen 2012.

Andruetto es una renombrada autora de poesía para adultos y narradora de cuentos y novelas para diferentes edades; además, ha publicado numerosos textos teóricos sobre lectura y escritura. Cofundadora del Centro de Difusión e Investigación de la Literatura Infantil y Juvenil (CIDILIJ), desde hace treinta años trabaja en la formación de lectores. Actualmente codirige la colección Narradoras argentinas de la Editorial Universitaria de Villa María (EDUVIM).

La profesora Alicia Salvi (Universidad de Buenos Aires), directora de este nuevo portal, considera a María Teresa Andruetto “un orgullo para la literatura argentina” y destaca su creación de una obra “extremadamente interesante, no demasiado prolífica, pero de alto nivel y pareja en lo que atañe a valores literarios y temas esenciales a la vida”; una obra, en suma, “que atiende a nuestras preocupaciones como sujetos y como ciudadanos”.

El nuevo portal de la Cervantes ofrece una muestra de la obra de María Teresa Andruetto, entre cuyos títulos destacan las novelas Tama (2003), La mujer en cuestión (2009) y Lengua Madre (2010); las nouvelles Stefano(2001), Veladuras (2005) y La niña, el corazón y la casa (2011); el libro de cuentos Todo movimiento es cacería(2012); los libros de poemas Palabras al rescoldo (1993), Pavese (1998), Kodak (2001), Beatriz (2005),Tendedero (2010) y Sueño americano (2009), y numerosos libros para niños y jóvenes, entre los que se encuentran El anillo encantado (1993), Huellas en la arena (1998), La mujer vampiro (2001), El país de Juan(2005), El árbol de lilas (2006), Trenes (2009), El incendio (2009), Campeón (2010), La durmiente (2010), Solgo(2011) y Miniaturas (2011).

martes, 20 de enero de 2015

La imaginación y la percepción

Queremos siempre que la imaginación sea la facultad de formar imágenes. Y es más bien la facultad de deformar las imágenes suministradas por la percepción y, sobre todo, la facultad de librarnos de las imágenes primeras,
de cambiar las imágenes (Bachelard 1943: 9).

Manual de supervivencia de la mujer postrada y abandonada

Paso a detallar algunos manejos prácticos de loscuales aún estoy recuperando el aliento. El relato puede contener, digo, producir, imágenes no aptas para sensibilidades extremas. No sé si quienes lean esto me rechazarán por el asco o me amarán por el ingenio.
La cosa es que mis hombres estuvieron acá hasta las 3 de la tarde, cocinaron, alcanzaron, llevaron,trajeron, comimos pero después se fueron cada uno a sus quehaceres. El más chico me dijo que tipo 8 volvía, pero ya ven que son las 9 y sigo sola. Los mosquitos arreciaban por mi ventana abierta, las luces todas apagadas, sobrepasada mi hora del analgésico, sin agua ni mate ni merienda al alcance más que tres naranjas,una banana y media manzana y, lo peor de todo, el pis amenazando reventar mi vejiga. Mucho peligros para una sola heroína herida.
Primero me puse off que era fácil y estaba a un estirón de mano no más. Antes de intentar desplazamientos más riesgosos llamé por teléfono a mi señor: en Flores, y a mijito menor: en el corredor aeróbico con amigos. Los tranquilicé a ambos diciéndoles que no era nada urgente. Amo mentir para ser buena.
Comencé entonces el movimiento serpenteante de gluteos, caderas y brazos para alcanzar el interruptor de la luz. Hizo falta proveerse de un estante recién desplazado de mi biblioteca para lograrlo. Me felicité por no obligar a mis ayudantes a ordenar todo.
Y ahora: ¿mear o no mear? Esa era la cuestión (ya no es porque ya meé). ¿Sería posible esperar la llegada de refuerzos? ¿Haría falta llorar desesperada para obtener rescate? Dicen que las frutas son buenas, yo comprobé que las fruteras también. Me sentí muy luminosa cuando se me ocurrió mear en ella en vez de intentar ir sola al baño o sacrificar la bolsa del regalo de Silvana con la cual podría correr el riesgo de desbordes. Culo en borde de cama, desplazamiento lateral de calzón, frutera liviana de plástico que se va llenando y lleva al máximo la resistencia del brazo que las sostiene en equilibrio. En el medio suena el teléfono, casi lo atiendo, casi.
Uf. Después de eso, tomar el remedio partiéndolo a la mitad y chupando la naranja agujereada con las uñas fue una pavada, casi un premio.

Lunes por la madrugada...

Yo cierro los ojos y veo tu cara
que sonríe cómplice de amor...