domingo, 12 de junio de 2016

Las brujas de Tapalqué (qué título genial)


NUEVA NOVELA POR ENTREGAS! Llegan "Las brujas de Tapalqué". Cada viernes un nuevo capítulo que llamaremos canto. Esta nueva historia es parte del universo de Las Guerras Rurales pero no hace falta haber leído todo lo anterior para comenzar. Cada cuál podrá elegir el camino deseado: pueden iniciar su inmersión en este mundo de ciencia ficción distrópica a través de múltiples puertas. Ya sea leyendo esta flamante publicación periódica o vía la serie de 8 relatos o sino mediante la novela "2019". Todo el material está disponible tanto en este sitio como en la web: www.matenalmensajero.com/guerrasrurales.
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"LAS BRUJAS DE TAPALQUÉ"
CANTO 1: LA PITONISA
“Sus ojos se volvieron fuego /
Y el fuego bruñó la imagen /
El cielo se oscureció /
Y supo que ya era tarde”
Cuando Paulina se acercó al fuego lo vio. Como si un hombre emergiera de las llamas y su rojo fulgurante iluminara toda la sala. Entonces se acercó la Matrona y la tomó por los hombros. “Decime, escupí”.
Paulina miró esa montaña de huesos sólidos, infranqueables, y guardó silencio. “Ahora nos vas ayudar”, vociferó la Matrona. Recordó la última vez que la habían conminado a hablar: fue en 2001, en una plaza poblada de cadáveres. La enorme mujer había detectado esa mueca inconfundible en los labios de la muchacha, ese ademán de caída o mareo que la tomaba por completo cada vez que tenía una visión. En aquella plaza -quince años antes- se había repetido esta escena. La espalda sin fin de la Matrona se alzaba sobre el torso delgado de Paulina y le exigía: “Decime qué ves”. De las cuatro brujas, ella era la más clara en sus presagios, la más certera. Por eso la Matrona la observaba de cerca. Aquella fatídica tarde de 2001, Paulina había visto con claridad un enorme parque de juegos. Todos ellos en pleno funcionamiento. En cada uno, un boletero vestido de traje bordó a rayas, un heladero que ofrecía los gustos más deliciosos, la música inconfundible de las ferias, pero ni un solo niño. De pronto, en la visión, el cielo se llenó de nubes. Sobrevino la lluvia. La tormenta. Los cuerpos sonrientes se quedaban quietos mientras el cielo les vertía el veneno final. Un relámpago la espabiló de golpe y antes de volver en sí encontró al boletero de traje bordó impecable convertido en un montón de huesos brillantes. No habría más niños, no crecería más el pasto.
En la pequeña casa que hacía las veces de hostería, en Gaiman, Chubut, se respiraba un aire denso. La puerta crujió. La anciana Cordelia que comandaba el aquelarre irrumpió en la habitación y encontró a la Matrona, los ojos inyectados en sangre, sacudiendo a Paulina. “Soltala, ¿querés?” le espetó. La Matrona solo respondía a Cordelia porque era ella la que las había engendrado a todas. La más antigua de ese linaje. La primera en instalarse en ese paraje lejano cuando nadie soportaba ni una noche de la intemperie patagónica. “Si la dejás de sacudir, va a hablar, ¿o no, Paulina?”. La efímera hechicera asintió y la Matrona depositó a Paulina en el suelo nuevamente.
Las uñas de la anciana acariciaron el pelo de Paulina surcando el cuero cabelludo. La muchacha quedó sedada, como hipnotizada por la anciana. La voz meliflua de la matriarca la conducía a lugares de su mente que ni ella misma conocía. Las caricias ampliaban sus visiones, las hacían más vívidas. Entonces, gritó. Fue un aullido que atravesó los cerros de Gaiman. El terror mismo. La noche de los tiempos. Eso que Paulina vio le quitó el habla. Era el futuro, era el peregrinaje, eran camas metálicas en las que seres sin alma recibían la fuerza descomunal de la tiranía.
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Las Guerras Rurales es una saga de ciencia ficción distópica centrada en las luchas intestinas que partieron al territorio alguna vez conocido como Argentina.
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Lunes por la madrugada...

Yo cierro los ojos y veo tu cara
que sonríe cómplice de amor...