"¡Haced rizoma y no raíz, no plantéis nunca! ¡No sembréis, horadad! ¡No seáis ni uno ni múltiple, sed multiplicidades! ¡Haced la línea, no el punto! La velocidad transforma el punto en línea. ¡Sed rápidos, incluso sin moveros! Línea de suerte, línea de cadera, línea de fuga. ¡No suscitéis un General en vosotros! Nada de ideas justas, justo una idea (Godard). Tened ideas cortas. Haced mapas, y no fotos ni dibujos. Sed la Pantera Rosa, y que vuestros amores sean como los de la avispa y la orquídea, el gato y el babuino. Se dice del viejo hombre-río:
He don‟t plant tatos
Don‟t plant cotton
Them that plants them is soon forgotten
But old man river he just keeps rollin along.
Un rizoma no empieza ni acaba, siempre está en el medio, entre las cosas, in-ter-ser, intermezzo. El árbol es filiación, pero el rizoma tiene como tejido la conjunción ―y...y...y... En esta conjunción hay fuerza suficiente para sacudir y desenraizar el verbo ser. ¿A dónde vais? ¿De dónde partís? ¿A dónde queréis llegar? Todas estas preguntas son inútiles. Hacer tabla rasa, partir o repartir de cero, buscar un principio o un fundamento, implican una falsa concepción del viaje y del movimiento (metódico, pedagógico, iniciático, simbólico...)"
Deleuze y Guattari. "Rizoma", en Mil mesetas.
sábado, 25 de mayo de 2013
viernes, 24 de mayo de 2013
Quizá sea la mala hierba la que lleva una vida más sabia
Entre nosotros el árbol se ha plantado en los cuerpos, ha endurecido y estratificado hasta los sexos. Hemos perdido el rizoma o la hierba. Henry Miller: ―La China es la mala hierba en el huerto de berzas de la Humanidad (...). La mala hierba es la Némesis de los esfuerzos humanos. De todas las existencias imaginarias que prestamos a las plantas, a los animales y a las estrellas, quizá sea la mala hierba la que lleva una vida más sabia. Bien es verdad que la hierba no produce ni flores, ni portaaviones, ni Sermones de la Montaña (...). Pero, a fin de cuentas, la hierba siempre tiene la última palabra. A la larga todo vuelve al estado China. Es lo que los historiadores llaman habitualmente las tinieblas de la Edad Media. No hay más salida que la hierba (...). La hierba sólo existe entre los grandes espacios no cultivados. Llena los vacíos. Crece entre, y en medio de las otras cosas. La flor es bella, la berza útil, la adormidera nos hace enloquecer. Pero la hierba es desbordamiento, toda una lección de moral"
Deleuze y Guattari. Mil mesetas.
Deleuze y Guattari. Mil mesetas.
Un libro es una pequeña máquina
"Puesto que un libro es una pequeña máquina, ¿qué relación, a su vez mesurable, mantiene esa máquina literaria con una máquina de guerra, una máquina de amor, una máquina revolucionaria, etc..., y con una má-quina abstracta que las genera? A menudo, se nos ha reprochado que recurramos a literatos. Pero cuando se escribe, lo único verdaderamente importante es saber con qué otra máquina la máquina literaria puede ser conectada, y debe serlo para que funcione. Kleist y una loca máquina de guerra, Kafka y una máquina buro-crática increíble... (¿y si después de todo se deviniese animal o vegetal gracias a la
literatura —que no es lo mismo que literariamente—, acaso no se deviene animal antes que nada por la voz?). La literatura es un agenciamiento, nada tiene que ver con la ideología, no hay, nunca ha habido ideología."
Deleuze y Guattari. Mil mesetas.
literatura —que no es lo mismo que literariamente—, acaso no se deviene animal antes que nada por la voz?). La literatura es un agenciamiento, nada tiene que ver con la ideología, no hay, nunca ha habido ideología."
Deleuze y Guattari. Mil mesetas.
Aventuras libreras
Entré a la librería a comprar regalito para mi sobrina. Le compré dos libritos, una belleza, pero me tenté: Antología de Juanele, La rama hacia el este y El álamo y el viento, tb de Juanele y El andariego, de Padeletti. Necesitaba sobredosis de poesía y me miraban tan lindos del estante... Para matar la culpa me fui al super aunque moría de dolor de cabeza para agarrar el 15 % de descuento. Me ahorré 140 pe. No sean malvados y NO pregunten si mi compra de librería fue superior o inferior a eso.
jueves, 23 de mayo de 2013
Ver cómo crecen las florcitas
« Sí, estamos todos cansados, y nos olvidamos demasiado del oro del otoño. Acaso la revolución consista en lo que el hombre por siglos ha estado postergando: la necesidad del verdadero descanso, el que permite ver cómo crecen, día a día, las florcitas salvajes... »
Juan L. Ortiz
Juan L. Ortiz
Odio a Odiseo
Dice Maurice Blanchot: “Odiseo, la testarudez y la prudencia de Odiseo, su perfidia lo condujo a disfrutar del espectáculo de las sirenas, sin riesgos y sin aceptar sus consecuencias, ese goce cobarde, mediocre y tranquilo, moderado, como corresponde a un griego de la decadencia que jamás mereció ser el héroe de la Ilíada, esa cobardía dichosa y segura, por lo demás fundada en un privilegio que lo sitúa fuera de la condición común, dado que los demás no tienen en modo alguno derecho a la felicidad de la élite, sino solamente derecho al placer de ver a su jefe contorsionarse de un modo ridículo”
Con los chicos y chicas de 4to año leemos "El silencio de las sirenas" de Kafka. Yo pienso en Link y sus clases:
"Es lógico, como Kafka supondrá, que las sirenas quedaran estupefactas al
enterarse de un semejante rebajamiento de su potencia y que callaran. Por fortuna no
callaron para siempre, y cada tanto dejan oír su voz para recordarnos que no debemos
dejar de preguntarnos qué fue lo que hizo que en-callaran."
Cuento en voz alta el episodio en Homero, leemos el episodio con el Cíclope y el del caballo de Troya y la espera de Penélope. Ya todos sentimos lo mismo.
Con los chicos y chicas de 4to año leemos "El silencio de las sirenas" de Kafka. Yo pienso en Link y sus clases:
"Es lógico, como Kafka supondrá, que las sirenas quedaran estupefactas al
enterarse de un semejante rebajamiento de su potencia y que callaran. Por fortuna no
callaron para siempre, y cada tanto dejan oír su voz para recordarnos que no debemos
dejar de preguntarnos qué fue lo que hizo que en-callaran."
Cuento en voz alta el episodio en Homero, leemos el episodio con el Cíclope y el del caballo de Troya y la espera de Penélope. Ya todos sentimos lo mismo.
domingo, 19 de mayo de 2013
Toda escritura es una carta de amor
"Sólo se escribe por amor, toda escritura es una carta de amor: la Real-literatur. Sólo se debería morir por amor, y no de una muerte trágica. Sólo se debería escribir por esa muerte, o dejar de escribir por ese amor, o continuar escribiendo por ambas cosas a la vez. No conocemos libro de amor más importante, más insinuante, más grandioso que The Subterraneans, de Kerouac . El no pregunta «¿qué es escribir?», puesto que para él es completamente necesario, y es precisamente esa imposibilidad de otra elección la que crea la escritura, pero a condición de que la escritura suponga ya para él otro devenir, o venga de otro devenir. La escritura, un medio para una vida más personal, y no que la vida sea un pobre secreto para una escritura que no tendría otra finalidad que sí misma. ¡Ah!, miseria de lo imaginario y de lo simbólico, lo real siempre se deja para mañana."
Deleuze y Parnet. Diálogos
Deleuze y Parnet. Diálogos
Que escribir tenga una relación esencial con las líneas de fuga
"Es muy posible que escribir tenga una relación esencial con las líneas de fuga. Escribir es trazar líneas de fuga que no son imaginarias, y que uno debe forzosamente seguir porque la escritura nos compromete con ellas, en realidad nos embarca. Escribir es devenir, pero no devenir escritor, sino devenir otra cosa. Un escritor de profesión puede juzgarse según su pasado o su futuro, según su porvenir personal o según la posteridad («seré comprendido en dos años, en cien años», etc.). Otros muy distintos son los devenires contenidos en la escritura cuando ésta no se alía con las consignas establecidas, sino que traza líneas de fuga. Se diría que la escritura por sí misma, cuando no es oficial, se encuentra forzosamente con «minorías», que ni escriben necesariamente por su cuenta, ni tampoco se escribe sobre ellas, en el sentido de que no son tomadas como objeto, pero en las que como contrapartida uno está atrapado, quiérase o no, por el hecho de escribir. Una minoría nunca está del todo definida, una minoría sólo se constituye a partir de líneas de fuga que corresponden a su manera de avanzar y de atacar. En la escritura hay un devenir-Mujer. Y no se trata de escribir como una mujer. Mme. Bovary «soy» yo, es una frase de un histérico tramposo. Eso ni las mujeres lo logran siempre cuando se esfuerzan en escribir como mujeres, en función de un porvenir de la mujer. La mujer no es necesariamente el escritor, sino el devenir minoritario de su escritura, ya sea hombre o mujer. Virginia Woolf se prohibía «hablar como una mujer», y así captaba tanto o más el devenir-mujer de la escritura. Lawrence y Miller pasan por grandes falócratas, y sin embargo la escritura les ha arrastrado en un devenir-mujer irresistible. Si Inglaterra ha producido tantos novelistas es a causa de ese devenir en el que las mujeres deben esforzarse tanto como los hombres. Hay devenires-moro, devenires-indio en la escritura, que no consisten en hablar como un piel roja o como un moro . Hay devenires-animales en la escritura que no consisten en imitar el animal, en «hacer» el animal, por la misma razón que la música de Mozart no imita los pájaros aunque esté impregnada de un devenir-pájaro. El capitán Achab tiene un devenir-ballena que no es de imitación. Lawrence y el devenir-tortuga en sus admirables poemas. Hay devenires-animales en la escritura que no consisten en hablar del perro o del gato de cada uno, sino que consisten más bien en un encuentro entre dos reinos, un cortocircuito, una captura de código en la que cada uno se desterritorializa. Al escribir se proporciona escritura a los que no la tienen, y éstos a su vez proporcionan a la escritura un devenir sin el cual no existiría, sin el cual sería pura redundancia al servicio de los poderes establecidos. Que el escritor sea minoritario no significa que haya más lectores que personas que escriben; en la actualidad eso ya ni siquiera sería cierto. Que el escritor sea minoritario significa que la escritura encuentra siempre una minoría que no escribe; y no es que la escritura se encargue de escribir para esa minoría, en su lugar o a propósito de ella, sino que hay encuentro, encuentro en el que cada uno empuja al otro, lo arrastra en su línea de fuga, en una desterritorialización conjugada. La escritura se conjuga siempre con otra cosa que es su propio devenir. No hay ningún agenciamiento/ensamblaje que funcione a partir de un único flujo. La escritura no es cuestión de imitación, sino de conjunción. El escritor está impregnado hasta el fondo de un devenir-no-escritor."
GILLES DELEUZE – CLAIRE PARNET. DIÁLOGOS
GILLES DELEUZE – CLAIRE PARNET. DIÁLOGOS
sábado, 18 de mayo de 2013
Cómo funciona la envidia

Ari y Yani me pasaron a buscar a las 9 y media y en una hora estábamos en la calle Guardia Vieja mirando casas de las que a mí me gustan, envidiando escaleras antiguas y disertando sobre el reciclado de las viviendas y su belleza con o sin pintura color ¿salmón, rosa, naranja? en las molduras.
El teatro Beckett se veía muy bien entre la gente que salía de la función de "Viejo, solo y puto" y la que esperaba "Morite de envidia". Al entrar nos dieron un clavel: dije gracias y sonreí al mismo tiempo que me daban el pésame. ¡Justo a mí que jamás voy a un velorio!
Y ya desde el primer momento se pone en acción el mecanismo de la envidia: ¿Cómo hacen estos dos wachos para ser tan lindas minas? ¿Cómo hace Dorita para mantenerse tan en diva y gesticular y sostenerte la mirada e ironizar sobre las propias reglas de la actuación subida a esos tacos y con ese tul y esas medias negras? ¿Cómo logró Mónica meterse en ese bodi y calzarse esas calzas y sostenerse tan alta y tan flaca y tan inocente ante el veneno de la lengua de la otra?
Me encantó el recurso de la construcción del espacio del muerto en el espacio de público realizada solamente con la mirada y los cuerpos de estas dos que durante toda la obra se mantienen alrededor del sofá y de sus mezquindades sin entrar a la capilla ardiente del productor teatral que las ha engañado.
Me reí mucho con los chismes y las caras de Dorita, con sus desplazamientos alrededor de la otra y el contraste entre ambas. Alto momento el del tema musical que yo aprovecharía más (¡Cómo me gusta el kitsch y la profusión melodramática del bolero!)
Vicentico Valdés
Envidia
Envidia, tengo envidia de los valles,
De los montes y los ríos,
De los pueblos y las calles,
Que has cruzado, tú sin mí.
Envidia, tengo envidia de tus cosas,
Tengo envidia de tu sombra
De tu casa y de tu rosas,
Por que están cerca de ti
Y mira si es grande mi amor,
Que cuando digo tu nombre,
Tengo envidia de mi voz.
Envidia, tengo envidia del pañuelo,
Que una vez secó tu llanto,
Y es que yo te quiero tanto,
Que mi envidia es tan sólo amor.
Y mira si es grande mi amor,
Que cuando digo tu nombre,
Tengo envidia de mi voz.
Envidia, tengo envidia del pañuelo,
Que una vez secó tu llanto,
Y es que yo te quiero tanto,
Que mi envidia es tan sólo amor.
Envidia, envidia, tengo envidia
Y es de tanto amor.
A la salida, mi alegría por la alegría ajena sostuvo alegremente el dispositivo de la envidia (de la sana che) ante tanta gente talentosa y enamorada cenando a las dos de la mañana (Yo no aguanto la gira, loco, no aguanto)
miércoles, 15 de mayo de 2013
Papelones de Livia Gasparini
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¿Qué son los PAPELONES?
El papel ha sido el invento y soporte ideal para la escritura y las imágenes, junto con la imprenta se crea una nueva dimensión de transmitir ideas visuales que son las que le corresponden al hombre como animal óptico por excelencia.
PAPELONES utiliza como soporte papel de 50cm de ancho por 1,50cm de largo (apróx) y sobre él las mas variadas técnicas serán empleadas para transmitir la imagen (grabado, arte digital, pintura, collage, tinta, acuarelas, etc). En mi caso utilizo el papel que reciclo para crear la obra y sobre ella luego combino tejidos, nudos, costuras, elementos naturales, escrituras, etc junto a altos y bajo relieves.
Teniendo además mis Papelones la particularidad que la obra no se agota solo en ella, sino que formando parte de la misma se encuentra también el “contenedor” o “caja” que la albergará cuando no esté expuesta o haya que trasladarla. La misma forma parte importante y complementaria de la obra.
El gestor de dicha idea es el artista plástico, grabador y maestro papelero Ricardo Crivelli que ha reunido alrededor de 60 artistas y lleva sus “Papelones” en una muestra itinerante que recorre desde hace varios años la Repúbica Argentina.
En la antigüedad se realizaban competencias donde participaban las regiones con sus respectivos banderines que los identificaban. Esta forma distinta de presentar y transportar la obra hablará de la particularidad regional del arte Argentino en el contexto de América Latina. El país tiene en sus artistas un “estandarte” cultural, llevarlos como distintivo de un hacer creativo es uno de los objetivos propuestos.
Esta muestra itinerante de PAPELONES ya ha recorrido los siguientes lugares de nuestro país:
Villa Victoria Ocampo (Mar del Plata); Museo de Arte Contemporáneo de Salta; La Quinta Trabucco en Bs.As; Museo Guaman Poma de Entre Ríos; Museo de Bellas Artes de Luján; Museo del Papel (Cap. Federal); Museo de Bellas Artes de Tandil y Azul; Centro Cultural Recoleta (Cap. Federal).
Algunos de los artistas participantes son:
Nestor Goyanes, Leonardo Gotleyb, Ricardo Crivelli, Eduardo Pla, Roberto Firpo, Eduardo Levy, Carlos Scannapieco, Susana Rolandelli, Alejando Volij, Ana Brüll, etc.
Tomado de http://www.liviagasparini.com.ar/seriepapelones.html
martes, 14 de mayo de 2013
Quiero más Erdrich

Título: La casa redonda
Autor: Louise Erdrich
Traducido por: Susana de la Higuera Glynne-Jones
Colección: Nuevos Tiempos. 253.
ISBN: 978-84-15723-03-5
Código de almacén: 7521253
Edición: 1ª, 2013
Encuadernación: Rústica con solapas
Páginas: 352
Dimensiones: 145 x 215 cm
Tema: Novela contemporánea - literatura extranjera
Idioma de publicación: Español
Idioma de traducción: Inglés
SINOPSIS
«Una poderosa novela que merece la pena leer.»
Michiko Kakutani, The New York Times
«La casa redonda presenta un lenguaje asombroso que recuerda la coloratura de Faulkner, García Márquez y Toni Morrison. Profundamente emotiva e imposible de olvidar.»
USA Today
Un domingo de primavera de 1988, una mujer india ojibwe es agredida en la reserva donde vive en Dakota del Norte. Los detalles de la brutal violación tardan en conocerse ya que Geraldine Coutts ha quedado traumatizada y se niega a revivir o contar lo ocurrido, tanto a la policía como a Bazil, su marido, y a Joe, su hijo de trece años. En solo un día, la vida del muchacho da un vuelco de forma irreversible. Intentará ayudar a su madre, pero esta se atrinchera en la cama hasta naufragar paulatinamente en un abismo de soledad. Cada vez más solo, Joe se verá arrojado de forma prematura al mundo de los adultos para el que aún no está preparado.
Mientras su padre, juez tribal, intenta conseguir que se haga justicia, Joe se siente frustrado con la investigación oficial y, con la ayuda de sus leales amigos, Angus, Cappy y Zack, se propone encontrar algunas respuestas por su cuenta. Su búsqueda les conducirá en primer lugar a la casa redonda, un espacio sagrado y de culto para los nativos de la reserva. Y esto no será más que el principio.
TAMBIÉN DE ESTE AUTOR
Plaga de palomas.
Nuevos Tiempos. 162.
Rústica - EPUB
El coro de los maestros carniceros.
Nuevos Tiempos. 189.
Rústica - EPUB
Filtro de amor.
Nuevos Tiempos. 205.
Rústica
El juego de la sombra.
Nuevos Tiempos. 180.
Rústica - EPUB
La Reina de la Remolacha.
Nuevos Tiempos. 228.
Rústica
domingo, 12 de mayo de 2013
Los muebles de mis viejos en casa
La mesa de dibujo de mami, el placar de los poronguitos del fondo, la cajonera que sostenía la amoladora. 50 años de historia y 30 de mugre.








A la cajonera le arranqué la amoladora de encima (bah, el brazo ejecutor fue mi hermano Leandro, alias Orestes) y ahora está en mi cuarto.
Mi viejo lo usaba para apoyar (estaba empotrada) la máquina de cortar madera (¿o era la moladora? ¿qué es una moladora? ¿eso que arranqué del mueble era una moladora?). Para mí es un necessaire divino lleno de cremas y puntillas.
Al placard-alacena le falta, le falta mucho. Tantos años perdido en el fondo del garage y lleno de pitutitos indescriptibles no se recuperan en un solo día. Sobre todo le falta convencer a mijita de mirarlo con cariño y ayudarme a arreglarlo.
Es un placard de tres cuerpos pero sin puertas. Si mi viejo lo usaba para guardar pindunguitos en el garage, ¿por qué yo no puedo ponerlo de alacena-cristalera en la cocina? (Nunca en mi vida tuve "cristales", hablo de los vasos, las tazas, los platos y las ollas. Es gigante)
Che, será frase muy de vieja chota pero: Los muebles de ahora no son como los de antes.
Primero a los escobazos, después esponjita húmeda, después mucha mucha cera para madera. De última todo se tapa con crochet.
A la cajonera le arranqué la amoladora de encima (bah, el brazo ejecutor fue mi hermano Leandro, alias Orestes) y ahora está en mi cuarto.
Mi viejo lo usaba para apoyar (estaba empotrada) la máquina de cortar madera (¿o era la moladora? ¿qué es una moladora? ¿eso que arranqué del mueble era una moladora?). Para mí es un necessaire divino lleno de cremas y puntillas.
Al placard-alacena le falta, le falta mucho. Tantos años perdido en el fondo del garage y lleno de pitutitos indescriptibles no se recuperan en un solo día. Sobre todo le falta convencer a mijita de mirarlo con cariño y ayudarme a arreglarlo.
Es un placard de tres cuerpos pero sin puertas. Si mi viejo lo usaba para guardar pindunguitos en el garage, ¿por qué yo no puedo ponerlo de alacena-cristalera en la cocina? (Nunca en mi vida tuve "cristales", hablo de los vasos, las tazas, los platos y las ollas. Es gigante)
Che, será frase muy de vieja chota pero: Los muebles de ahora no son como los de antes.
Primero a los escobazos, después esponjita húmeda, después mucha mucha cera para madera. De última todo se tapa con crochet.
sábado, 11 de mayo de 2013
Crítica con o sin juicios de valor
DISCUSIÓN
El problema del juicio. Sobre Ficciones argentinas, de Beatriz Sarlo
Damián Selci
Conocemos las opiniones de Beatriz Sarlo sobre actualidad política argentina; no conocemos sus opiniones sobre literatura contemporánea argentina. Esta es la conclusión que se desprende de la lectura de Ficciones argentinas, volumen que reúne las colaboraciones de Sarlo en el suplemento cultural del diario Perfil sobre treinta y tres autores argentinos (predominantemente jóvenes). Los artículos son neutrales, es decir, descriptivos: cuentan el argumento, establecen series, destacan influencias, pero se niegan a abrir juicios de valor. Por consiguiente, Sarlo queda del lado de la crítica posmoderna que fomentan Josefina Ludmer y Elsa Drucaroff, quienes también se oponen a valorar los textos y también rebajan la crítica a la función del comentario general y amistoso. Esto se confiesa en el prólogo, que Sarlo usa para atajarse: sus reseñas “no quieren dar una interpretación definitiva”, “son un viaje exploratorio” sobre “lo que me interesó o me provocó”. Sarlo dice que es arriesgado escribir sobre libros de autores jóvenes, lo cual es verdad. Sin embargo, este riesgo decrece a cero si el crítico no valora ni toma posición. Tal como señala la contratapa, Sarlo no califica nunca, o lo hace de modo elusivo. La novela de Jorge Consiglio es “extraña”; el libro de Diego Meret resulta “inquietante”; el de Selva Almada, casi en un éxtasis de pronunciamiento, “sorprendente”. Para sumar cautela, el método analítico de Sarlo consiste en decir todo lo que un libro no es, y luego rematar con una metáfora indeterminada: Pequeñas intenciones, de Consiglio, “inhabilita la pregunta sobre la sombra autobiográfica”, no es “ni urbana ni subjetiva”, “permanece ajena a otras marcas (…) de la industria cultural”, y cuando por fin hay que definir por la positiva se nos dice que la novela está hecha “del fracaso de las pequeñas intenciones”. Este tono tenazmente recatado genera la impresión de que Sarlo quiere intervenir en el campo literario sin pelearse con nadie y sin jugársela por nadie. Se preocupa por hablar de autores noveles, no por escribir algo significativo sobre esos autores. Esto puede desconcertar a los lectores que conozcan a Sarlo por sus intervenciones en el debate público. ¿Por qué su pluma se permite toda clase de adjetivos cuando se trata de política argentina y ninguno cuando se trata de literatura argentina? La razón es simple: Sarlo decidió arriesgar su prestigio en la política y necesita compensar con una estrategia pacifista en literatura. Da pelea en un frente de batalla y pacta en el otro –de ese modo, si pierde en política, podrá refugiarse en su capital literario, amasado en Punto de Vista (el canon de Sarlo quedó en Saer-Chejfec, con lo que se perdió la línea que va de los Lamborghini a cierta tendencia de la poesía de los noventa) y rifando bendiciones a media voz para los jóvenes talentos en ascenso. En este sentido, Ficciones argentinas es un accesorio a sus columnas en La Nación, y por eso mismo, un libro hueco, táctico en el peor sentido, conservador por default y por completo prescindible.
Beatriz Sarlo, Ficciones argentinas. 33 ensayos, Mardulce, 2013, 224 págs.
DISCUSIÓN
A propósito de “El problema del juicio. Sobre Ficciones argentinas, de Beatriz Sarlo”, de Damián Selci
Graciela Speranza
Está claro, desde sus filosos artículos de la revista Planta, que Damián Selci quiere reabrir la discusión sobre el juicio de valor en la crítica literaria. Su comentario sobre el último libro de Beatriz Sarlo acota el debate, pero es un punto de partida frente al panorama general de una crítica que se ha vuelto burocrática, suntuaria o irrelevante y, en el argumento por detrás del caso, refiere a un periplo histórico más amplio. Tras la impugnación del juicio dogmático del crítico modernista, la crítica parece haberse rendido progresivamente a un pluralismo autocomplaciente de inspiración posmoderna, a la aplanadora estética de los estudios culturales o, en el mejor de los casos, a una simple cautela prescindente que lleva al elogio acrítico o la virtual desaparición de la crítica negativa bien argumentada, y podría interpretarse hoy (así lo hace Isabelle Graw) en términos sociológicos: en un nuevo “capitalismo de redes” que induce a acumular “contactos”, buscarse enemigos puede llevar al aislamiento o incluso a la “muerte social” del crítico.
No creo que sea el caso de Beatriz Sarlo. No solo porque las simples elecciones de un crítico de renombre ya valorizan (y así lo admite finalmente Selci cuando señala que Sarlo rifa “bendiciones a media voz para los jóvenes talentos en ascenso”), no solo porque, contrariando su voluntad explícita de no convertir la serie de reseñas en “un canon de la nueva literatura argentina”, la reunión de la serie en libro ya valoriza el conjunto (¿por qué, si no, nombrar en el prólogo a un par de escritores que no están en el libro pero podrían haber estado?), sino porque, a pesar de una aparente disposición a abrirse a “un viaje exploratorio”, Sarlo sigue practicando el ejercicio valorativo, proselitista y cautelar, típico de la crítica modernista. Si el método analítico la lleva a “decir todo lo que un libro no es”, es porque quiere señalar lo que los libros “no deben ser”. Enumerando los riesgos que por fortuna eludieron esos libros, se desprende claramente un canon con el que valorar el resto.
Tampoco creo que no haya valoración en el momento “positivo” de sus reseñas críticas, que no hay por qué reducir al signo de los adjetivos. La descripción precisa y la caracterización de singularidades poéticas son decisivas en la atribución de valor (“La precisión del lenguaje”, se ha dicho, “es la mejor forma del juicio”), y en sus mejores lecturas Sarlo dio sobradas muestras de sutileza y precisión crítica. Pero el “viaje exploratorio” llevará a ver en el paisaje solo lo que ya se ha visto si se antepone un deber ser estético a la experiencia de la obra renovadora, que en su novedad exige otros criterios. Es ese, a fin de cuentas, el gran momento de la crítica: un desafío a las certezas adquiridas, un empeño de la sensibilidad y la razón lidiando contra la amenaza prepotente del prejuicio. No hay crítica “exploratoria” sin un momento de duda y parecería que Sarlo no duda nunca. Tampoco Selci parece dudar demasiado. Bienvenida su discusión sobre el problema del valor en el arte pero, asimilando los vaivenes de la historia de la crítica en el siglo XX, se agradecería algún argumento más amplio para saber cómo no volver a caer en la trampa del poder dogmático del crítico. ¿Con qué criterios abre hoy juicio la crítica? ¿Es posible ir más allá de un pluralismo banal sin volver al juicio apodíctico? ¿Cómo no sofocar la efervescencia del presente con la ansiedad de la predeterminación histórica?
Codificada por los deportes competitivos y el sensacionalismo mediático, cuando no por el militarismo autoritario, a la cultura argentina le encantan las listas y los rankings. Y aunque las formas de lidiar con la tradición, los pares y la sucesión son muchas, las más heroicas entre nosotros siguen siendo el parricidio, el fratricidio y el filicidio. Vengan de la gimnasia política o de tramas freudianas más arcanas, los cidios hacen escuela, vuelven visible, se aplauden. Tal vez podamos concebir otras formas del juicio sin retroceder medio siglo ni alimentar nuestras peores lacras.
Tomado de http://revistaotraparte.com
El problema del juicio. Sobre Ficciones argentinas, de Beatriz Sarlo
Damián Selci
Conocemos las opiniones de Beatriz Sarlo sobre actualidad política argentina; no conocemos sus opiniones sobre literatura contemporánea argentina. Esta es la conclusión que se desprende de la lectura de Ficciones argentinas, volumen que reúne las colaboraciones de Sarlo en el suplemento cultural del diario Perfil sobre treinta y tres autores argentinos (predominantemente jóvenes). Los artículos son neutrales, es decir, descriptivos: cuentan el argumento, establecen series, destacan influencias, pero se niegan a abrir juicios de valor. Por consiguiente, Sarlo queda del lado de la crítica posmoderna que fomentan Josefina Ludmer y Elsa Drucaroff, quienes también se oponen a valorar los textos y también rebajan la crítica a la función del comentario general y amistoso. Esto se confiesa en el prólogo, que Sarlo usa para atajarse: sus reseñas “no quieren dar una interpretación definitiva”, “son un viaje exploratorio” sobre “lo que me interesó o me provocó”. Sarlo dice que es arriesgado escribir sobre libros de autores jóvenes, lo cual es verdad. Sin embargo, este riesgo decrece a cero si el crítico no valora ni toma posición. Tal como señala la contratapa, Sarlo no califica nunca, o lo hace de modo elusivo. La novela de Jorge Consiglio es “extraña”; el libro de Diego Meret resulta “inquietante”; el de Selva Almada, casi en un éxtasis de pronunciamiento, “sorprendente”. Para sumar cautela, el método analítico de Sarlo consiste en decir todo lo que un libro no es, y luego rematar con una metáfora indeterminada: Pequeñas intenciones, de Consiglio, “inhabilita la pregunta sobre la sombra autobiográfica”, no es “ni urbana ni subjetiva”, “permanece ajena a otras marcas (…) de la industria cultural”, y cuando por fin hay que definir por la positiva se nos dice que la novela está hecha “del fracaso de las pequeñas intenciones”. Este tono tenazmente recatado genera la impresión de que Sarlo quiere intervenir en el campo literario sin pelearse con nadie y sin jugársela por nadie. Se preocupa por hablar de autores noveles, no por escribir algo significativo sobre esos autores. Esto puede desconcertar a los lectores que conozcan a Sarlo por sus intervenciones en el debate público. ¿Por qué su pluma se permite toda clase de adjetivos cuando se trata de política argentina y ninguno cuando se trata de literatura argentina? La razón es simple: Sarlo decidió arriesgar su prestigio en la política y necesita compensar con una estrategia pacifista en literatura. Da pelea en un frente de batalla y pacta en el otro –de ese modo, si pierde en política, podrá refugiarse en su capital literario, amasado en Punto de Vista (el canon de Sarlo quedó en Saer-Chejfec, con lo que se perdió la línea que va de los Lamborghini a cierta tendencia de la poesía de los noventa) y rifando bendiciones a media voz para los jóvenes talentos en ascenso. En este sentido, Ficciones argentinas es un accesorio a sus columnas en La Nación, y por eso mismo, un libro hueco, táctico en el peor sentido, conservador por default y por completo prescindible.
Beatriz Sarlo, Ficciones argentinas. 33 ensayos, Mardulce, 2013, 224 págs.
DISCUSIÓN
A propósito de “El problema del juicio. Sobre Ficciones argentinas, de Beatriz Sarlo”, de Damián Selci
Graciela Speranza
Está claro, desde sus filosos artículos de la revista Planta, que Damián Selci quiere reabrir la discusión sobre el juicio de valor en la crítica literaria. Su comentario sobre el último libro de Beatriz Sarlo acota el debate, pero es un punto de partida frente al panorama general de una crítica que se ha vuelto burocrática, suntuaria o irrelevante y, en el argumento por detrás del caso, refiere a un periplo histórico más amplio. Tras la impugnación del juicio dogmático del crítico modernista, la crítica parece haberse rendido progresivamente a un pluralismo autocomplaciente de inspiración posmoderna, a la aplanadora estética de los estudios culturales o, en el mejor de los casos, a una simple cautela prescindente que lleva al elogio acrítico o la virtual desaparición de la crítica negativa bien argumentada, y podría interpretarse hoy (así lo hace Isabelle Graw) en términos sociológicos: en un nuevo “capitalismo de redes” que induce a acumular “contactos”, buscarse enemigos puede llevar al aislamiento o incluso a la “muerte social” del crítico.
No creo que sea el caso de Beatriz Sarlo. No solo porque las simples elecciones de un crítico de renombre ya valorizan (y así lo admite finalmente Selci cuando señala que Sarlo rifa “bendiciones a media voz para los jóvenes talentos en ascenso”), no solo porque, contrariando su voluntad explícita de no convertir la serie de reseñas en “un canon de la nueva literatura argentina”, la reunión de la serie en libro ya valoriza el conjunto (¿por qué, si no, nombrar en el prólogo a un par de escritores que no están en el libro pero podrían haber estado?), sino porque, a pesar de una aparente disposición a abrirse a “un viaje exploratorio”, Sarlo sigue practicando el ejercicio valorativo, proselitista y cautelar, típico de la crítica modernista. Si el método analítico la lleva a “decir todo lo que un libro no es”, es porque quiere señalar lo que los libros “no deben ser”. Enumerando los riesgos que por fortuna eludieron esos libros, se desprende claramente un canon con el que valorar el resto.
Tampoco creo que no haya valoración en el momento “positivo” de sus reseñas críticas, que no hay por qué reducir al signo de los adjetivos. La descripción precisa y la caracterización de singularidades poéticas son decisivas en la atribución de valor (“La precisión del lenguaje”, se ha dicho, “es la mejor forma del juicio”), y en sus mejores lecturas Sarlo dio sobradas muestras de sutileza y precisión crítica. Pero el “viaje exploratorio” llevará a ver en el paisaje solo lo que ya se ha visto si se antepone un deber ser estético a la experiencia de la obra renovadora, que en su novedad exige otros criterios. Es ese, a fin de cuentas, el gran momento de la crítica: un desafío a las certezas adquiridas, un empeño de la sensibilidad y la razón lidiando contra la amenaza prepotente del prejuicio. No hay crítica “exploratoria” sin un momento de duda y parecería que Sarlo no duda nunca. Tampoco Selci parece dudar demasiado. Bienvenida su discusión sobre el problema del valor en el arte pero, asimilando los vaivenes de la historia de la crítica en el siglo XX, se agradecería algún argumento más amplio para saber cómo no volver a caer en la trampa del poder dogmático del crítico. ¿Con qué criterios abre hoy juicio la crítica? ¿Es posible ir más allá de un pluralismo banal sin volver al juicio apodíctico? ¿Cómo no sofocar la efervescencia del presente con la ansiedad de la predeterminación histórica?
Codificada por los deportes competitivos y el sensacionalismo mediático, cuando no por el militarismo autoritario, a la cultura argentina le encantan las listas y los rankings. Y aunque las formas de lidiar con la tradición, los pares y la sucesión son muchas, las más heroicas entre nosotros siguen siendo el parricidio, el fratricidio y el filicidio. Vengan de la gimnasia política o de tramas freudianas más arcanas, los cidios hacen escuela, vuelven visible, se aplauden. Tal vez podamos concebir otras formas del juicio sin retroceder medio siglo ni alimentar nuestras peores lacras.
Tomado de http://revistaotraparte.com
Anoto todas las recomendaciones de Gabriela
:: MARTES DE ETERNA CADENCIA ::
Tendencias en la literatura argentina de hoy
10-05-2013 | Damián Tabarovsky, Gabriela Cabezón Cámara, Hernán Vanoli
Gabriela Cabezón Cámara, Damián Tabarovsky y Hernán Vanoli participaron en una mesa coordinada por Eugenia Zicavo y organizada por Fundación Typa.
Desgrabación: Irina Pinzucoti.
En el marco de las jornadas profesionales organizadas por Fundación Typa, el martes 23 de abril participaron en una mesa orientada a editores extranjeros Gabriela Cabezón Cámara, Damián Tabarovsky y Hernán Vanoli, con la coordinación de Eugenia Zicavo. El objetivo era reflexionar sobre lo que está ocurriendo en el campo literario argentino y trazar posibles mapas de lectura.
Aquí la desgrabación del encuentro.
*
Eugenia Zicavo: Hola a todos. Bienvenidos. Estamos en las Jornadas Profesionales que organiza Typa para hablar de literatura argentina, de las tendencias actuales, de qué está pasando en el campo literario. Estamos con Hernán Vanoli, sociólogo, escritor, crítico, tiene una novela buenísima que se llama Pinamar y un libro de cuentos que se llama Varadero y Habana Maravillosa. También con Gabriela Cabezón Cámara, periodista, editora de Cultura en el diario Clarín, tiene una novela que me partió la cabeza que se llama La Virgen Cabeza y una nueva novela gráfica también muy recomendable, Beya. Y con Damián Tabarovsky, que es editor de Mardulce, además de escritor, autor de Literatura de izquierda, entre otros. Vamos a empezar con Gabriela, que hizo una suerte de mapa de grandes tendencias de lo que está pasando en la literatura.
Gabriela Cabezón Cámara: Hola y gracias por estar acá. Lo que hice es un mapa medio salvaje, dividí en grandes bloques y pensé en personas jóvenes o empezaron a publicar hace no más de cinco años, porque me dijeron que era una mesa pensada para editores extranjeros y presumo que a los grandes consagrados ya los conocen y no necesitan que nadie les cuente de ellos.
Últimamente uno de los núcleos estéticos más fuertes es el que yo diría “realismo folk”, que son novelas con mucho trabajo y mucha reflexión sobre la lengua. Uno lee a estos autores y puede llegar a pensar en Saer o en Flanery O’Connor como influencias. Trabajan siempre con una violencia a punto de estallar o que estalló antes del relato o que es elidida, pero hay algo siempre cociéndose a presión. Entre esos escritores puedo nombrar a Hernán Ronsino, Selva Almada, Iosi Havilio, hay muchísimos más. Los tres tuvieron el raro privilegio de ser apreciados por la crítica y el mercado, en la medida en que el mercado puede apreciar a la buena literatura, que siempre es una medida discreta.
Hay otro núcleo importante que tiene un punto de partida biográfico y es el de los hijos de desaparecidos. Entre ellos hay algunos grandes escritores como Félix Bruzzone, que se le escapa del realismo, está la perspectiva más autobiográfica de Laura Alcoba, y hay un caso como el de Mariana Eva Pérez que tiene un libro que se llama La princesa montonera, en donde discute con los lugares comunes y cristalizados con los que uno piensa que piensa un hijo de desaparecidos. Siguiendo por el lado político, hay lo que denominaría “novelas de ideas”. En ese terreno sobresalieron Pola Oloixarac, con Las teorías salvajes, y Damián Selci con Canción de la desconfianza. Son libros en los que, me parece a mí, importa menos la narración en el sentido de la historia que se cuenta que la tesis política que se está sosteniendo o se está construyendo. Y sus miradas son opuestas.
Otra zona que me interesa bastante, pero que tal vez sea menor en repercusión a lo que le vengo contando, es una literatura que revisita de algún modo la gauchesca, la literatura gutural argentina del siglo XIX. El guacho Martín Fierro es una especie de traducción al rioplatense contemporáneo y por ende también a las tensiones y las violencias sociales contemporáneas que padecemos en la Argentina, del poeta Oscar Fariña. Y el trabajo que hizo Pedro Mairal en El gran surubí, que es un poema narrativo hecho de sonetos que también cuenta una historia de violencia política. Y, siguiendo con la política, hay algo que yo denominaría un “género fantástico del peronismo”, que lleva adelante Juan Diego Incardona donde trabaja con ese imaginario mítico del primer peronismo. Hay otros cultores en ese estilo como Pandolfelli y unos cuantos más.
Lo que veo es que hay una especie de gran boom de los géneros, que no se escribía tanto en nuestro país. La novela negra y policial tiene dos festivales nacionales grandes: Azabache en Mar del Plata y el Ban! en Buenos Aires, que dan cuenta de este nuevo auge. Un género con antecedentes bastante ilustres como Borges y Bioy Casares y, en algún sentido, Piglia. Uno de sus mejores exponentes jóvenes es Leonardo Oyola, que no sólo puede contar historias con suspenso y violencia, sino que tiene un trabajo fuerte sobre la lengua. Y hay editoriales especializadas como Negro Absoluto. Hay otros géneros nuevos como el de los zombies, que no sé si llamarlo “Género zombie” o “Género Romero”, especialmente entre las personas más jóvenes, de treinta y cinco para abajo. En ese sector sobresalen Berazachussets, de Leandro Ávalos Blacha, que es un relato de zombies que deriva en una especie de delirio de conurbano, un lugar duro y de fuertes contrastes entre la riqueza y la pobreza. En ese mismo sentido me parece muy original la mirada de Esteban Castromán en Pulsión: él inventa unos “zombies fifadores”, una especie de zombies portadores de la liberación sexual y no ya un símbolo de la alienación del capitalismo como los que proponía Romero. Hubo un montón de antologías al respecto —por ejemplo una del CEC que dirigieron Terranova y Mavrakis— y están apareciendo un montón de libros. Se reproducen como los gremlins en el agua. La editorial Clase Turista retomó el pulp, aunque tal vez quiera hablar de eso Hernán [Vanoli] que publicó una novela notable y muy elogiada en esa colección. También a partir de una propuesta de Sudamericana hay chicklit con muy buenas novelas como Barajas, de Alejandra Zina. El terror tiene también varios cultores y se destaca Mariana Enriquez. Además hay una editorial dedicada sólo al género terror que se llama Muerde muertos.
Luego hay otra gran zona que yo denominaría “aireana” y que agrupa a gente tan disímil como Fernanda Laguna o Strafacce. En algún sentido es una literatura más lingüística, más autónoma que las que veníamos hablando. Otro núcleo que me interesa mucho es el que retoma procedimientos de la vanguardia en el que creo que el mejor exponente es Pablo Katchadjian, que hace cosas como engordar “El Aleph” y duplicar su tamaño u ordenar el Martín Fierro alfabéticamente, que le dio un resultado magnífico. Podría seguir, pero me parece que por ahora es bastante. [Aplausos]
Eugenia Zicavo: ¡Es un montón! Hiciste un gran panorama. Hernán, no sé si te querés montar sobre algunas de estas cosas con las que abrió el juego Gabriela.
Hernán Vanoli: Primero, estoy un poco abrumado porque es muy ajustada y muy buena la síntesis que acaba de hacer Gabriela. Destacó las cosas más pertinentes y más relevantes. Coincido con lo que dijo. Me interesaba preguntarme la relación con el mercado y cuáles son las novelas que logran trascender el pequeño nicho de la literatura argentina y la literatura para escritores y dar un salto un poco más allá. Tomé dos como arquetípicas, y no son los únicos ejemplos ni mucho menos, pero sirven para pensar estas tensiones. Por un lado, el libro de Selva Almada, El viento que arrasa, un libro al que le fue muy bien, un libro digerible tanto al interior de lo que vendría a ser el campo literario, pero que al mismo tiempo pudo trascender esa frontera y amplió y generó un mercado interesante de lectores. Por otro lado, una novela que me pareció muy llamativa es Cámara Gesell, de Guillermo Saccomanno, que es una novela policial ternada en la Semana Negra de Gijón. Es una novela que si bien en los circuitos literarios y más de crítica especializada no circuló tanto creo que lleva 300mil ejemplares vendidos y demás.
Eugenia Zicavo: ¿300mil? No, debe haber sido 3000.
Hernán Vanoli: Me dijeron que agotó varias ediciones, cuatro o cinco ediciones. Por ahí me fui un poco de mambo. En todo caso es un número que no es comparativo con lo que venden los libros de literatura. En Argentina hay una gran habilitación social para escribir y hay una gran proliferación y disponibilidad y medios técnicos para hacerlo. Pero eso se combina con una legitimidad muy escasa en las instancias críticas, entonces lo que tenemos es un maremoto de escrituras donde todo el mundo puede publicar y todo el mundo puede escribir —lo que me parece saludable y vital; todo el mundo tiene derecho a expresarse— pero me donde hay una carencia importante en lo que es la crítica y lo que es la literatura de ideas. En cierta forma los libros de Selva Almada y Saccomanno pudieron trascender el pequeño nicho de la literatura literaria porque tocan alguna fibra que, por el lado de Selva Almada va hacia las ideas que tiene la gente sobre la literatura, y por el de Saccomanno a conflictos sociales y a un tema que tiene que ver con algo muy claro como la vida de un pueblo turístico durante la verdad de su cotidianeidad no turística. Hay una carencia en la literatura joven argentina contemporánea de literatura de ideas. La literatura de ideas es la que puede llegar a conquistar las cuestiones de mercado sin resignar ciertas ambiciones estéticas sin rozarse los géneros que son más predigeridos y más comerciales. En ese sentido hay una gran vacancia, hay un montón de temas que no se están tocando y que tienen que ver con el particular desarrollo de la política argentina. En los últimos diez o quince años hubo en la Argentina una politización muy fuerte. La política contamina muchísimos discursos sociales y hacer hoy una literatura que toque representacionalmente cuestiones vinculadas a la política es un ciclo que ya se superó. La literatura en ese sentido no tiene nada para agregar. No leí una sola novela que dijera nada interesante sobre lo político en los últimos ocho años. Además de que más allá hay otro discurso que en cierta medida se toca y se contamina con el discurso literario que es el discurso de las ciencias sociales, que está muy expandido y tiene muchas llegadas a los medios y etcétera, hay otras miradas interesantes que tienen que ver con las transformaciones urbanas y con la relación que se establece con el consumo. Ustedes saben que uno de los principales logros del actual gobierno es ampliar en cierta medida la base del consumo, es una democracia del consumo: para decirlo de una manera muy grosera, nadie accede a una propiedad inmueble pero todo el mundo se puede comprar un LCD en 58 cuotas. Esas cuestiones, esos cambios en los modos de vida, esas percepciones de la felicidad social son temas que la literatura puede abordar de una manera interesante y problematizadora que están absolutamente subrepresentados.
Eugenia Zicavo: Yo voy a intervenir porque siempre me peleo públicamente con Hernán (después nos llevamos bárbaro). Me llama la atención que digas que hace ocho años no leés nada interesante que hable de política: yo leí una novela que se llama Pinamar y el autor se llama Hernán Vanoli. Pero más allá de eso, vos habías mencionado la relación con el mercado en relación a la literatura, que es algo que te importa. Volviendo a la taxonomía híper ajustada que hizo Gabriela, yo veía los títulos que ella recomendó y, en general, fueron publicados gracias a esto que vos mencionás de la democratización de los medios de producción. Pablo Katchadjian publica en una editorial que debe tirar 200 ejemplares y sin embargo está siendo mencionado en esta mesa porque vale la pena. Justo los títulos que mencionamos no están editados en grandes editoriales y sin embargo, Hernán, mencionabas cierta carencia en la crítica. No obstante están saliendo todos títulos publicados en editoriales chicas o en todo caso medianas.
Hernán Vanoli: Yo coincido con eso, lo que me parece es que son procesos que se van dando de a poco. La crítica, que para mí es muy importante, se va consolidando muy lentamente. Es verdad que hay instancias de crítica pero no hay ninguna muy consolidada. Todo está muy embarullado, muy confundido. Igualmente hay intentos recientes y no tan recientes por establecer una línea crítica. De hecho, hace poco Mardulce sacó un libro de reseñas que había publicado Beatriz Sarlo en un diario y que tiene una idea de la crítica y trata de establecer un sistema de valores. Yo acabo de leer hace muy poco un libro de Juan Terranova que se llama Los gauchos irónicos donde trata de hacer una lectura de los escritores de su generación y él tiene una postura. Maximiliano Crespi es una persona que está pensando las cosas en una dimensión crítica. Sebastián Hernaiz también me interesa. Pero me gustaría que se pudiera establecer una crítica más interesante, con más debate. Están dadas las condiciones para que eso pase.
La primera pregunta que yo le haría a la crítica es si sirve leer en los lugares que supuestamente sirven como plataforma de intermediación cultural como los medios de comunicación a la literatura argentina desde la tradición. Yo tengo la intuición de que no. Tengo la intuición de que a la gente no le interesa la tradición, de que al mercado no le interesa la tradición y de que hoy en día la tradición tampoco tiene demasiado para decir, salvo que uno lo fuerce demasiado y le tenga que rendir tributo a la formación académica que recibió. Hacer uso de la tradición para leer a los libros los aleja de la gente y empobrece los términos del debate. Otra relación es la que asume la crítica con relación al Estado: cuál es el rol que tiene el Estado en todo esto que convenimos en llamar, de una manera cada vez más polémica, “industria editorial”. Uno se podría preguntar por qué hay un instituto nacional del cine y no hay un instituto nacional del libro. Por qué se financian películas que no ve nadie, que son terriblemente horribles y aburridas, y no se financian libros que no lee nadie y son terriblemente horribles y aburridos. Cuál es el lugar de eso. Es una dimensión que la crítica nunca toca por un prejuicio formalista que viene del campo cultural argentino. Eso se puede superar si queremos que el campo literario en alguna medida se modernice como se está modernizando, entre muchas comillas, el aparato productivo y el Estado argentino.
Por otra parte, en la crítica que leo hay una cosa compulsiva que es la idea de representar las condiciones de producción de los escritores. Roger Chartier hace toda una investigación de cómo van dejando huellas en los textos las condiciones de circulación y producción de los libros en tanto objetos materiales. Bueno, me parece que hoy en día una tendencia muy reciente del campo literario argentino —y me estoy refiriendo más que nada a lo joven, porque quiero aclarar que estoy totalmente sesgado porque leo a mis contemporáneos y muy poco a los escritores más grandes—es que todo el mundo cuenta cómo se hizo escritor, cómo fracasó horriblemente haciéndose escritor y terminó publicando su libro en una editorial de 100 ejemplares. Eso habla de la desarticulación y de la falta de ambición. Una de las tareas de la crítica es reclamar un poquito más de ambición y pensar un poco más estos últimos diez, doce, quince años donde hubo transformaciones importantes en la sociedad. Me parece que hay espacio para que la literatura ocupe otro lugar.
Eugenia Zicavo: Estamos también con Damián Tabarovsky que es escritor pero además es editor de Mardulce, responsable de algunos de los títulos que estamos mencionando en esta mesa, sobre todo del hitazo de Selva Almada.
Damián Tabarovsky: Buenas noches. Juan Verdaguer decía que el humorista tiene dos caminos: o cambia de repertorio todas las noches o cambia de público todas las noches. Y yo opté por este segundo camino. Mi problema es que a este público lo vi al mediodía, ya conocen todos mis chistes. [Risas] Pero qué pasaría si este público invitado / obligado / seducido por la Fundación Typa no hubiera venido esta noche: me recordaría a la última vez que estuve en aquí, en Eterna Cadencia, junto con Luis Chitarroni, un gran escritor y editor argentino, presentando La novela luminosa de Mario Levrero. Éramos cinco en la sala. Esa sensación de que no había nadie, de hecho esperábamos (se hicieron las siete y media, ocho menos cuarto, debe ser el tránsito), me gusta como metáfora de la literatura argentina. La idea que la literatura argentina se escribe para nadie. Siempre me sorprenden los autores como Vanoli, tan preocupados por el mercado. Ese es un problema de los agentes literarios, ni siquiera de los editores si no de los dueños de las editoriales. Entonces esta idea de que la literatura argentina está, si se quiere, en un margen, en una periferia, en un lugar que uno habla para nadie y no escucha a nadie, no me es del todo desagradable, más bien todo lo contrario.
Retomando un poco la idea de la tradición que decía Hernán, a mí, ahora que soy un señor mayor y tengo dos hijos, me empezó a gustar Borges [Risas]. Entonces pensaba “El escritor argentino y la tradición”, ese texto clave en el que discute contra el nacionalismo y por qué en las novelas argentinas siempre tiene que haber un gaucho. El dice que en el Corán no hay camellos, entiende que pasa en países árabes y no hace falta poner camellos. Entonces él funda una tradición que interesante. Probablemente la literatura de los sesenta sea la mejor literatura que se haya escrito en la Argentina, que surge como una máquina de guerra contra Borges: Osvaldo Lamborghini, Puig, Copi, el joven Saer, el jovencísimo Héctor Libertella. Esa idea de que escribir sobre gauchos es redundante pone una tradición cosmopolita occidental como diría Borges, pero uno podría agregar extrayendo las conclusiones de Borges que la literatura argentina está en el margen de la literatura cosmopolita occidental. En ese desplazamiento. El otro día hablaba con Edgardo Cozarinsky sobre algunas cosas en francés. Aquí otra linda metáfora. En Francia hay una palabra “parait” que quiere decir “lo mismo”, pero los argentinos creemos que quiere decir “parecido”, entonces cuando uno va un restaurant y el de adelante pide algo y nosotros queremos lo mismo terminamos pidiendo algo “parecido”. [Risas] Ese pequeño error para mí es muy significativo, porque es el hiato donde se puede colar la mejor tradición de la literatura que es esa del pequeño desplazamiento. Pertenecer a esa tradición, pero un poquito al costado, un poquito desplazada. Por supuesto que eso ha llevado a diversos malos entendidos de mercado: en la última década o en los últimos quince años, el mercado español publicó, quizá como nunca antes, toda una serie de escritores latinoamericanos raros. El mercado español ha sido siempre refractario a la literatura latinoamericana, que publicó el Boom y que sigue buscando a esos autores hasta las últimas consecuencias —y que en una discusión un podría pensar a Bolaño como el último avatar del Boom—. La literatura argentina, a partir de la búsqueda de entrar en ese mercado donde se supone que hay plata —los criterios de éxito argentino vendrían a ser publicar en España y ser traducido en Francia— lleva una tendencia a la normalización, es decir: que esa literatura pierda este pequeño desplazamiento muy sutil y muy complejo. Es difícil leer a un autor argentino de entrada —lo veo cuando hablo con editores alemanes, por ejemplo—porque se parece mucho —es “parait”— a la literatura alemana o francesa o europea, pero no del todo. Entonces aparece la necesidad de poner un gaucho, que hoy se puede llamar desaparecido o kirchnerismo o lo que sea que se convierta en redundante para que se note que es argentino. A mí me interesa, quizá porque, como decía, estoy envejeciendo, la tradición que habla de esa rareza, de esa singularidad, porque lo más interesante que tiene la tradición argentina es su excentricidad en el sentido geográfico. Lo paradojal de la literatura argentina ha sido muy productivo en muchos de los autores que han sido mencionados.
Para ir terminando yo agregaría a dos escritores, porque ya al mediodía hablé de los de Mardulce. Son dos rarezas; no los contraten porque son intraducibles. Uno es Ramiro Quintana. Tiene una novela que se llama Ritmo vegetativo en la editorial Paradiso, una buena novela pero primera novela, y una obra maestra que se llama Los trabajadores del frío, publicada por la editorial Acento Impar. Cuando me contrataron en Mardulce lo fui a ver a Quintana, a quien no conocía personalmente, y le dije “qué pena que publicaste esta novela en la editorial Acento impar porque te la publicaba yo”. Y Ramiro Quintana me dijo “Acento impar no es una editorial: hice una edición de autor”. [Risas] Creó hasta una página web e inventó los nombres de los autores y de las novelas para disimular que era una edición de autor. Es extraordinario y es una gran novela. El otro es un autor que hizo lo que uno quisiera hacer —escribir un solo texto y que sea una obra maestra— es Sebastián Bianchi. El libro se llama El resorte de novia y otros relatos y sería lo más parecido al nonsense en Argentina, pero nada que ver. Es una serie de cuentos en la tradición del sinsentido realmente extraordinarios. Pienso en esos dos autores como paradigma de la literatura argentina. Porque la verdad que volver al tema de cuánto vende… Esos autores no pensaron cuánto venden sus libros: se dedicaron a escribir. Recuerdo el comienzo de La tumba sin sosiego que dice “todo lo que tiene que hacer un autor en su vida es escribir una obra maestra y lo demás no tiene la menor importancia”. Ese debería ser un punto de llegada. La mejor tradición argentina es esta, excéntrica, lateral, periférica, marginal, inasimilable, que desconfía de los lugares de legitimidad y se preocupa sola y prioritariamente por escribir un gran texto.
Eugenia Zicavo: A veces hay cierto forzamiento desde la Academia, desde la crítica, incluso desde la propia propuesta de esta mesa de cómo leer la literatura. Yo creo que Gabriela hizo un gran trabajo para forzarse a encontrar categorías que además resultan muy coherentes, pero en última instancia hay muy buenos libros sueltos, como decía Damián, que no necesariamente son de estéticas ni de temáticas similares, aunque yo no había pensado al desaparecido como gaucho —me parece una gran idea—; es como meter a Maradona en la literatura. No obstante, con Hernán compartimos una mesa el año pasado que era sobre literatura kirchnerista o literatura y kirchnerismo. Era una mesa con Marina Mariasch y Félix Bruzzone. Era un gran brete vincular tan rápidamente la literatura con una cuestión política. Era como una consigna maniquea. Pensar la literatura en esos términos es pensarla de un modo maniqueo que no vamos a encontrar en esas categorías novelas maravillosas.
Hernán Vanoli: Yo quería hacer una aclaración con respecto a lo que dije sobre el mercado porque seguramente no me expliqué bien. En ningún momento me interesó hacer una glorificación del éxito de mercado, de hecho yo tengo una pequeña editorial donde publico cosas que tienen un poco de ambición y que es una máquina de hacerme perder dinero. Respeto a la tradición de la autonomía, la valoro, la puedo llegar a disfrutar si estoy un poco deprimido, pero a lo que yo me refiero es a una ambición por narrar procesos sociales complejos y contemporáneos que una misión que la literatura puede llegar a tener. Le puede ir bien o mal, lo puede narrar de una manera más tosca o más interesante. Respeto la tradición excéntrica, pero a esta altura me interesan más los esfuerzos por conseguir algo un poco más ambicioso. Además mercado hoy: hablando por experiencia personal y por la experiencia de muchos otros lectores intensivos que conozco, la cantidad de títulos que se compran es muy poca. Uno accede a textos en su idioma original en internet de manera gratuita y al tener el libro electrónico, me parece que hablamos de otra cosa. Hablamos de la capacidad de afectar, después uno muy posiblemente compre el libro porque uno es fetichista o le gusta la decoración hogareña, pero la experiencia de lectura y la capacidad de afectar la subjetividad pasa por otro lado. Me quería despegar de la idea de mercado que particularmente no es lo que más me interesa.
Eugenia Zicavo: ¿Algo para agregar, Gabriela?
Gabriela Cabezón Cámara: Es que estoy de acuerdo con los dos. [Risas] Me gusta lo excéntrico, es una tradición de la que he leído maravillas de las que de ninguna manera renegaría, y después respecto de representar procesos sociales complejos y de intervenir, bueno, yo padezco eso. Intento hacerlo. Me interesa mucho. Estoy de acuerdo con todo.
Eugenia Zicavo: Por supuesto es mejor que un libro además de la pretensión estética diga algo. Quería agregar algo con respecto al mercado y a quién termina publicando los textos más interesantes: Oyola, que publicó Kryptonita en Mondadori fue descubierto desde otro lugar, lo mismo pasó con Bruzzone que era un autor de Tamarisco y luego pegó el salto. Habría que ver cómo eso impacta en un mercado casi inexistente. Recién Hernán tuvo el lapsus de los 300mil ejemplares: un libro que es un éxito que vende 3000, un libro al que le va muy bien vende 500. Es verdad lo que decían, los libros se escriben pero no se venden. También me llama la atención que no aparezcan en esta mesa algunos de los autores que sí venden un montón como Claudia Piñeiro. Vende un montón y tiene muy buenas novelas. Porque también nosotros somos refractarios a la hora de recomendar a aquellos que vienen impulsados desde abajo. Tal vez porque conocemos los procesos de producción y porque realmente en la actualidad de ahí surge lo que consideramos la mejor literatura, de editoriales medianas y chicas. Pero, por ejemplo, la editorial Eterna Cadencia, que publica a Gabriela, distribuye en Yenny y El Ateneo. Los circuitos se han enrarecido para bien. ¿Pero por qué les parece que no mencionamos —fuera de Saccomanno— ninguno de los autores que son publicados por los grandes sellos?
Gabriela Cabezón Cámara: En mi caso porque cuando dijeron actual y dijeron editores extranjeros di por descontado que los editores extranjeros saben quiénes son Saccomanno y Piñeiro porque están traducidos, porque venden mucho y porque están en todas partes. No son ninguna novedad. Por eso tampoco tomé a grandísimos escritores como Marcelo Cohen, por ejemplo.
Eugenia Zicavo: Pero yo siento que esos escritores, por haber llegado a cierto nivel de consagración, dejan de ser nombrados en estas mesas. Me parece curioso porque lo que pretenden las nuevas generaciones, al final, es convertirse en doxa, como diría Bourdieu. Son heterodoxos pero quieren convertirse en el canon, quieren vender, quieren publicar en Planeta y después terminan siendo silenciados.
Gabriela Cabezón Cámara: No, decir que Claudia Piñeiro o Guillermo Saccomanno fueron silenciados…
Eugenia Zicavo: Es una reflexión a la luz de lo que me surge. Es casi una autocrítica.
Gabriela Cabezón Cámara: Mi criterio fue considerar que ya los conocen, para qué les voy a hablar de ellos, para qué les voy a hablar de Cohen si ya lo conocen.
Hernán Vanoli: Para mí, cuando ya tienen éxito en el mercado, como los dos casos que estamos hablando, o Cohen que tiene una trayectoria propia mucho más literaria, digamos, me parece que por eso no se nombran. También hay que decir la verdad: la literatura independiente está sobrerrepresentada, se habla mucho. Es algo positivo que en este tipo de eventos se hable tanto de algo que tiene tan poca relevancia social.
Eugenia Zicavo: ¿Cuál es tu criterio como editor, Damián?
Damián Tabarovsky: Marcelo Cohen no está traducido, me imagino, por cierta dificultad. Claramente Cohen es uno de los escritores argentinos más interesantes. Eso no está en discusión. Comparto lo que decía Gabriela, por eso comencé con el chiste de Verdaguer, sobre una conversación pensada no bajo la idea de recomendación que es algo que no me convence, pero sí como una ayuda, una orientación. Quizá Marcelo Cohen es un caso interesante. Vivió en España durante el exilio en un momento en que el mercado español no era abierto a esta rareza de la que salió después, él entró antes de tiempo, un poco en el sentido de Saer que también entró en España antes de tiempo: Saer gana el premio Nadal con La ocasión y después no publica más en España y España se abre a otra generación y otras estéticas y ellos quedan afuera. Marcelo después vuelve a la Argentina. Y en un momento en que Anagrama y otras editoriales como Mondadori empiezan a tomar autores argentinos, Marcelo ya está viviendo acá. Y probablemente no es traducido porque es muy bueno.
Eugenia Zicavo: ¿Alguna pregunta del público?
Tomado de http://blog.eternacadencia.com.ar/archives/2013/28520#more-28520
Tendencias en la literatura argentina de hoy
10-05-2013 | Damián Tabarovsky, Gabriela Cabezón Cámara, Hernán Vanoli
Gabriela Cabezón Cámara, Damián Tabarovsky y Hernán Vanoli participaron en una mesa coordinada por Eugenia Zicavo y organizada por Fundación Typa.
Desgrabación: Irina Pinzucoti.
En el marco de las jornadas profesionales organizadas por Fundación Typa, el martes 23 de abril participaron en una mesa orientada a editores extranjeros Gabriela Cabezón Cámara, Damián Tabarovsky y Hernán Vanoli, con la coordinación de Eugenia Zicavo. El objetivo era reflexionar sobre lo que está ocurriendo en el campo literario argentino y trazar posibles mapas de lectura.
Aquí la desgrabación del encuentro.
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Eugenia Zicavo: Hola a todos. Bienvenidos. Estamos en las Jornadas Profesionales que organiza Typa para hablar de literatura argentina, de las tendencias actuales, de qué está pasando en el campo literario. Estamos con Hernán Vanoli, sociólogo, escritor, crítico, tiene una novela buenísima que se llama Pinamar y un libro de cuentos que se llama Varadero y Habana Maravillosa. También con Gabriela Cabezón Cámara, periodista, editora de Cultura en el diario Clarín, tiene una novela que me partió la cabeza que se llama La Virgen Cabeza y una nueva novela gráfica también muy recomendable, Beya. Y con Damián Tabarovsky, que es editor de Mardulce, además de escritor, autor de Literatura de izquierda, entre otros. Vamos a empezar con Gabriela, que hizo una suerte de mapa de grandes tendencias de lo que está pasando en la literatura.
Gabriela Cabezón Cámara: Hola y gracias por estar acá. Lo que hice es un mapa medio salvaje, dividí en grandes bloques y pensé en personas jóvenes o empezaron a publicar hace no más de cinco años, porque me dijeron que era una mesa pensada para editores extranjeros y presumo que a los grandes consagrados ya los conocen y no necesitan que nadie les cuente de ellos.
Últimamente uno de los núcleos estéticos más fuertes es el que yo diría “realismo folk”, que son novelas con mucho trabajo y mucha reflexión sobre la lengua. Uno lee a estos autores y puede llegar a pensar en Saer o en Flanery O’Connor como influencias. Trabajan siempre con una violencia a punto de estallar o que estalló antes del relato o que es elidida, pero hay algo siempre cociéndose a presión. Entre esos escritores puedo nombrar a Hernán Ronsino, Selva Almada, Iosi Havilio, hay muchísimos más. Los tres tuvieron el raro privilegio de ser apreciados por la crítica y el mercado, en la medida en que el mercado puede apreciar a la buena literatura, que siempre es una medida discreta.
Hay otro núcleo importante que tiene un punto de partida biográfico y es el de los hijos de desaparecidos. Entre ellos hay algunos grandes escritores como Félix Bruzzone, que se le escapa del realismo, está la perspectiva más autobiográfica de Laura Alcoba, y hay un caso como el de Mariana Eva Pérez que tiene un libro que se llama La princesa montonera, en donde discute con los lugares comunes y cristalizados con los que uno piensa que piensa un hijo de desaparecidos. Siguiendo por el lado político, hay lo que denominaría “novelas de ideas”. En ese terreno sobresalieron Pola Oloixarac, con Las teorías salvajes, y Damián Selci con Canción de la desconfianza. Son libros en los que, me parece a mí, importa menos la narración en el sentido de la historia que se cuenta que la tesis política que se está sosteniendo o se está construyendo. Y sus miradas son opuestas.
Otra zona que me interesa bastante, pero que tal vez sea menor en repercusión a lo que le vengo contando, es una literatura que revisita de algún modo la gauchesca, la literatura gutural argentina del siglo XIX. El guacho Martín Fierro es una especie de traducción al rioplatense contemporáneo y por ende también a las tensiones y las violencias sociales contemporáneas que padecemos en la Argentina, del poeta Oscar Fariña. Y el trabajo que hizo Pedro Mairal en El gran surubí, que es un poema narrativo hecho de sonetos que también cuenta una historia de violencia política. Y, siguiendo con la política, hay algo que yo denominaría un “género fantástico del peronismo”, que lleva adelante Juan Diego Incardona donde trabaja con ese imaginario mítico del primer peronismo. Hay otros cultores en ese estilo como Pandolfelli y unos cuantos más.
Lo que veo es que hay una especie de gran boom de los géneros, que no se escribía tanto en nuestro país. La novela negra y policial tiene dos festivales nacionales grandes: Azabache en Mar del Plata y el Ban! en Buenos Aires, que dan cuenta de este nuevo auge. Un género con antecedentes bastante ilustres como Borges y Bioy Casares y, en algún sentido, Piglia. Uno de sus mejores exponentes jóvenes es Leonardo Oyola, que no sólo puede contar historias con suspenso y violencia, sino que tiene un trabajo fuerte sobre la lengua. Y hay editoriales especializadas como Negro Absoluto. Hay otros géneros nuevos como el de los zombies, que no sé si llamarlo “Género zombie” o “Género Romero”, especialmente entre las personas más jóvenes, de treinta y cinco para abajo. En ese sector sobresalen Berazachussets, de Leandro Ávalos Blacha, que es un relato de zombies que deriva en una especie de delirio de conurbano, un lugar duro y de fuertes contrastes entre la riqueza y la pobreza. En ese mismo sentido me parece muy original la mirada de Esteban Castromán en Pulsión: él inventa unos “zombies fifadores”, una especie de zombies portadores de la liberación sexual y no ya un símbolo de la alienación del capitalismo como los que proponía Romero. Hubo un montón de antologías al respecto —por ejemplo una del CEC que dirigieron Terranova y Mavrakis— y están apareciendo un montón de libros. Se reproducen como los gremlins en el agua. La editorial Clase Turista retomó el pulp, aunque tal vez quiera hablar de eso Hernán [Vanoli] que publicó una novela notable y muy elogiada en esa colección. También a partir de una propuesta de Sudamericana hay chicklit con muy buenas novelas como Barajas, de Alejandra Zina. El terror tiene también varios cultores y se destaca Mariana Enriquez. Además hay una editorial dedicada sólo al género terror que se llama Muerde muertos.
Luego hay otra gran zona que yo denominaría “aireana” y que agrupa a gente tan disímil como Fernanda Laguna o Strafacce. En algún sentido es una literatura más lingüística, más autónoma que las que veníamos hablando. Otro núcleo que me interesa mucho es el que retoma procedimientos de la vanguardia en el que creo que el mejor exponente es Pablo Katchadjian, que hace cosas como engordar “El Aleph” y duplicar su tamaño u ordenar el Martín Fierro alfabéticamente, que le dio un resultado magnífico. Podría seguir, pero me parece que por ahora es bastante. [Aplausos]
Eugenia Zicavo: ¡Es un montón! Hiciste un gran panorama. Hernán, no sé si te querés montar sobre algunas de estas cosas con las que abrió el juego Gabriela.
Hernán Vanoli: Primero, estoy un poco abrumado porque es muy ajustada y muy buena la síntesis que acaba de hacer Gabriela. Destacó las cosas más pertinentes y más relevantes. Coincido con lo que dijo. Me interesaba preguntarme la relación con el mercado y cuáles son las novelas que logran trascender el pequeño nicho de la literatura argentina y la literatura para escritores y dar un salto un poco más allá. Tomé dos como arquetípicas, y no son los únicos ejemplos ni mucho menos, pero sirven para pensar estas tensiones. Por un lado, el libro de Selva Almada, El viento que arrasa, un libro al que le fue muy bien, un libro digerible tanto al interior de lo que vendría a ser el campo literario, pero que al mismo tiempo pudo trascender esa frontera y amplió y generó un mercado interesante de lectores. Por otro lado, una novela que me pareció muy llamativa es Cámara Gesell, de Guillermo Saccomanno, que es una novela policial ternada en la Semana Negra de Gijón. Es una novela que si bien en los circuitos literarios y más de crítica especializada no circuló tanto creo que lleva 300mil ejemplares vendidos y demás.
Eugenia Zicavo: ¿300mil? No, debe haber sido 3000.
Hernán Vanoli: Me dijeron que agotó varias ediciones, cuatro o cinco ediciones. Por ahí me fui un poco de mambo. En todo caso es un número que no es comparativo con lo que venden los libros de literatura. En Argentina hay una gran habilitación social para escribir y hay una gran proliferación y disponibilidad y medios técnicos para hacerlo. Pero eso se combina con una legitimidad muy escasa en las instancias críticas, entonces lo que tenemos es un maremoto de escrituras donde todo el mundo puede publicar y todo el mundo puede escribir —lo que me parece saludable y vital; todo el mundo tiene derecho a expresarse— pero me donde hay una carencia importante en lo que es la crítica y lo que es la literatura de ideas. En cierta forma los libros de Selva Almada y Saccomanno pudieron trascender el pequeño nicho de la literatura literaria porque tocan alguna fibra que, por el lado de Selva Almada va hacia las ideas que tiene la gente sobre la literatura, y por el de Saccomanno a conflictos sociales y a un tema que tiene que ver con algo muy claro como la vida de un pueblo turístico durante la verdad de su cotidianeidad no turística. Hay una carencia en la literatura joven argentina contemporánea de literatura de ideas. La literatura de ideas es la que puede llegar a conquistar las cuestiones de mercado sin resignar ciertas ambiciones estéticas sin rozarse los géneros que son más predigeridos y más comerciales. En ese sentido hay una gran vacancia, hay un montón de temas que no se están tocando y que tienen que ver con el particular desarrollo de la política argentina. En los últimos diez o quince años hubo en la Argentina una politización muy fuerte. La política contamina muchísimos discursos sociales y hacer hoy una literatura que toque representacionalmente cuestiones vinculadas a la política es un ciclo que ya se superó. La literatura en ese sentido no tiene nada para agregar. No leí una sola novela que dijera nada interesante sobre lo político en los últimos ocho años. Además de que más allá hay otro discurso que en cierta medida se toca y se contamina con el discurso literario que es el discurso de las ciencias sociales, que está muy expandido y tiene muchas llegadas a los medios y etcétera, hay otras miradas interesantes que tienen que ver con las transformaciones urbanas y con la relación que se establece con el consumo. Ustedes saben que uno de los principales logros del actual gobierno es ampliar en cierta medida la base del consumo, es una democracia del consumo: para decirlo de una manera muy grosera, nadie accede a una propiedad inmueble pero todo el mundo se puede comprar un LCD en 58 cuotas. Esas cuestiones, esos cambios en los modos de vida, esas percepciones de la felicidad social son temas que la literatura puede abordar de una manera interesante y problematizadora que están absolutamente subrepresentados.
Eugenia Zicavo: Yo voy a intervenir porque siempre me peleo públicamente con Hernán (después nos llevamos bárbaro). Me llama la atención que digas que hace ocho años no leés nada interesante que hable de política: yo leí una novela que se llama Pinamar y el autor se llama Hernán Vanoli. Pero más allá de eso, vos habías mencionado la relación con el mercado en relación a la literatura, que es algo que te importa. Volviendo a la taxonomía híper ajustada que hizo Gabriela, yo veía los títulos que ella recomendó y, en general, fueron publicados gracias a esto que vos mencionás de la democratización de los medios de producción. Pablo Katchadjian publica en una editorial que debe tirar 200 ejemplares y sin embargo está siendo mencionado en esta mesa porque vale la pena. Justo los títulos que mencionamos no están editados en grandes editoriales y sin embargo, Hernán, mencionabas cierta carencia en la crítica. No obstante están saliendo todos títulos publicados en editoriales chicas o en todo caso medianas.
Hernán Vanoli: Yo coincido con eso, lo que me parece es que son procesos que se van dando de a poco. La crítica, que para mí es muy importante, se va consolidando muy lentamente. Es verdad que hay instancias de crítica pero no hay ninguna muy consolidada. Todo está muy embarullado, muy confundido. Igualmente hay intentos recientes y no tan recientes por establecer una línea crítica. De hecho, hace poco Mardulce sacó un libro de reseñas que había publicado Beatriz Sarlo en un diario y que tiene una idea de la crítica y trata de establecer un sistema de valores. Yo acabo de leer hace muy poco un libro de Juan Terranova que se llama Los gauchos irónicos donde trata de hacer una lectura de los escritores de su generación y él tiene una postura. Maximiliano Crespi es una persona que está pensando las cosas en una dimensión crítica. Sebastián Hernaiz también me interesa. Pero me gustaría que se pudiera establecer una crítica más interesante, con más debate. Están dadas las condiciones para que eso pase.
La primera pregunta que yo le haría a la crítica es si sirve leer en los lugares que supuestamente sirven como plataforma de intermediación cultural como los medios de comunicación a la literatura argentina desde la tradición. Yo tengo la intuición de que no. Tengo la intuición de que a la gente no le interesa la tradición, de que al mercado no le interesa la tradición y de que hoy en día la tradición tampoco tiene demasiado para decir, salvo que uno lo fuerce demasiado y le tenga que rendir tributo a la formación académica que recibió. Hacer uso de la tradición para leer a los libros los aleja de la gente y empobrece los términos del debate. Otra relación es la que asume la crítica con relación al Estado: cuál es el rol que tiene el Estado en todo esto que convenimos en llamar, de una manera cada vez más polémica, “industria editorial”. Uno se podría preguntar por qué hay un instituto nacional del cine y no hay un instituto nacional del libro. Por qué se financian películas que no ve nadie, que son terriblemente horribles y aburridas, y no se financian libros que no lee nadie y son terriblemente horribles y aburridos. Cuál es el lugar de eso. Es una dimensión que la crítica nunca toca por un prejuicio formalista que viene del campo cultural argentino. Eso se puede superar si queremos que el campo literario en alguna medida se modernice como se está modernizando, entre muchas comillas, el aparato productivo y el Estado argentino.
Por otra parte, en la crítica que leo hay una cosa compulsiva que es la idea de representar las condiciones de producción de los escritores. Roger Chartier hace toda una investigación de cómo van dejando huellas en los textos las condiciones de circulación y producción de los libros en tanto objetos materiales. Bueno, me parece que hoy en día una tendencia muy reciente del campo literario argentino —y me estoy refiriendo más que nada a lo joven, porque quiero aclarar que estoy totalmente sesgado porque leo a mis contemporáneos y muy poco a los escritores más grandes—es que todo el mundo cuenta cómo se hizo escritor, cómo fracasó horriblemente haciéndose escritor y terminó publicando su libro en una editorial de 100 ejemplares. Eso habla de la desarticulación y de la falta de ambición. Una de las tareas de la crítica es reclamar un poquito más de ambición y pensar un poco más estos últimos diez, doce, quince años donde hubo transformaciones importantes en la sociedad. Me parece que hay espacio para que la literatura ocupe otro lugar.
Eugenia Zicavo: Estamos también con Damián Tabarovsky que es escritor pero además es editor de Mardulce, responsable de algunos de los títulos que estamos mencionando en esta mesa, sobre todo del hitazo de Selva Almada.
Damián Tabarovsky: Buenas noches. Juan Verdaguer decía que el humorista tiene dos caminos: o cambia de repertorio todas las noches o cambia de público todas las noches. Y yo opté por este segundo camino. Mi problema es que a este público lo vi al mediodía, ya conocen todos mis chistes. [Risas] Pero qué pasaría si este público invitado / obligado / seducido por la Fundación Typa no hubiera venido esta noche: me recordaría a la última vez que estuve en aquí, en Eterna Cadencia, junto con Luis Chitarroni, un gran escritor y editor argentino, presentando La novela luminosa de Mario Levrero. Éramos cinco en la sala. Esa sensación de que no había nadie, de hecho esperábamos (se hicieron las siete y media, ocho menos cuarto, debe ser el tránsito), me gusta como metáfora de la literatura argentina. La idea que la literatura argentina se escribe para nadie. Siempre me sorprenden los autores como Vanoli, tan preocupados por el mercado. Ese es un problema de los agentes literarios, ni siquiera de los editores si no de los dueños de las editoriales. Entonces esta idea de que la literatura argentina está, si se quiere, en un margen, en una periferia, en un lugar que uno habla para nadie y no escucha a nadie, no me es del todo desagradable, más bien todo lo contrario.
Retomando un poco la idea de la tradición que decía Hernán, a mí, ahora que soy un señor mayor y tengo dos hijos, me empezó a gustar Borges [Risas]. Entonces pensaba “El escritor argentino y la tradición”, ese texto clave en el que discute contra el nacionalismo y por qué en las novelas argentinas siempre tiene que haber un gaucho. El dice que en el Corán no hay camellos, entiende que pasa en países árabes y no hace falta poner camellos. Entonces él funda una tradición que interesante. Probablemente la literatura de los sesenta sea la mejor literatura que se haya escrito en la Argentina, que surge como una máquina de guerra contra Borges: Osvaldo Lamborghini, Puig, Copi, el joven Saer, el jovencísimo Héctor Libertella. Esa idea de que escribir sobre gauchos es redundante pone una tradición cosmopolita occidental como diría Borges, pero uno podría agregar extrayendo las conclusiones de Borges que la literatura argentina está en el margen de la literatura cosmopolita occidental. En ese desplazamiento. El otro día hablaba con Edgardo Cozarinsky sobre algunas cosas en francés. Aquí otra linda metáfora. En Francia hay una palabra “parait” que quiere decir “lo mismo”, pero los argentinos creemos que quiere decir “parecido”, entonces cuando uno va un restaurant y el de adelante pide algo y nosotros queremos lo mismo terminamos pidiendo algo “parecido”. [Risas] Ese pequeño error para mí es muy significativo, porque es el hiato donde se puede colar la mejor tradición de la literatura que es esa del pequeño desplazamiento. Pertenecer a esa tradición, pero un poquito al costado, un poquito desplazada. Por supuesto que eso ha llevado a diversos malos entendidos de mercado: en la última década o en los últimos quince años, el mercado español publicó, quizá como nunca antes, toda una serie de escritores latinoamericanos raros. El mercado español ha sido siempre refractario a la literatura latinoamericana, que publicó el Boom y que sigue buscando a esos autores hasta las últimas consecuencias —y que en una discusión un podría pensar a Bolaño como el último avatar del Boom—. La literatura argentina, a partir de la búsqueda de entrar en ese mercado donde se supone que hay plata —los criterios de éxito argentino vendrían a ser publicar en España y ser traducido en Francia— lleva una tendencia a la normalización, es decir: que esa literatura pierda este pequeño desplazamiento muy sutil y muy complejo. Es difícil leer a un autor argentino de entrada —lo veo cuando hablo con editores alemanes, por ejemplo—porque se parece mucho —es “parait”— a la literatura alemana o francesa o europea, pero no del todo. Entonces aparece la necesidad de poner un gaucho, que hoy se puede llamar desaparecido o kirchnerismo o lo que sea que se convierta en redundante para que se note que es argentino. A mí me interesa, quizá porque, como decía, estoy envejeciendo, la tradición que habla de esa rareza, de esa singularidad, porque lo más interesante que tiene la tradición argentina es su excentricidad en el sentido geográfico. Lo paradojal de la literatura argentina ha sido muy productivo en muchos de los autores que han sido mencionados.
Para ir terminando yo agregaría a dos escritores, porque ya al mediodía hablé de los de Mardulce. Son dos rarezas; no los contraten porque son intraducibles. Uno es Ramiro Quintana. Tiene una novela que se llama Ritmo vegetativo en la editorial Paradiso, una buena novela pero primera novela, y una obra maestra que se llama Los trabajadores del frío, publicada por la editorial Acento Impar. Cuando me contrataron en Mardulce lo fui a ver a Quintana, a quien no conocía personalmente, y le dije “qué pena que publicaste esta novela en la editorial Acento impar porque te la publicaba yo”. Y Ramiro Quintana me dijo “Acento impar no es una editorial: hice una edición de autor”. [Risas] Creó hasta una página web e inventó los nombres de los autores y de las novelas para disimular que era una edición de autor. Es extraordinario y es una gran novela. El otro es un autor que hizo lo que uno quisiera hacer —escribir un solo texto y que sea una obra maestra— es Sebastián Bianchi. El libro se llama El resorte de novia y otros relatos y sería lo más parecido al nonsense en Argentina, pero nada que ver. Es una serie de cuentos en la tradición del sinsentido realmente extraordinarios. Pienso en esos dos autores como paradigma de la literatura argentina. Porque la verdad que volver al tema de cuánto vende… Esos autores no pensaron cuánto venden sus libros: se dedicaron a escribir. Recuerdo el comienzo de La tumba sin sosiego que dice “todo lo que tiene que hacer un autor en su vida es escribir una obra maestra y lo demás no tiene la menor importancia”. Ese debería ser un punto de llegada. La mejor tradición argentina es esta, excéntrica, lateral, periférica, marginal, inasimilable, que desconfía de los lugares de legitimidad y se preocupa sola y prioritariamente por escribir un gran texto.
Eugenia Zicavo: A veces hay cierto forzamiento desde la Academia, desde la crítica, incluso desde la propia propuesta de esta mesa de cómo leer la literatura. Yo creo que Gabriela hizo un gran trabajo para forzarse a encontrar categorías que además resultan muy coherentes, pero en última instancia hay muy buenos libros sueltos, como decía Damián, que no necesariamente son de estéticas ni de temáticas similares, aunque yo no había pensado al desaparecido como gaucho —me parece una gran idea—; es como meter a Maradona en la literatura. No obstante, con Hernán compartimos una mesa el año pasado que era sobre literatura kirchnerista o literatura y kirchnerismo. Era una mesa con Marina Mariasch y Félix Bruzzone. Era un gran brete vincular tan rápidamente la literatura con una cuestión política. Era como una consigna maniquea. Pensar la literatura en esos términos es pensarla de un modo maniqueo que no vamos a encontrar en esas categorías novelas maravillosas.
Hernán Vanoli: Yo quería hacer una aclaración con respecto a lo que dije sobre el mercado porque seguramente no me expliqué bien. En ningún momento me interesó hacer una glorificación del éxito de mercado, de hecho yo tengo una pequeña editorial donde publico cosas que tienen un poco de ambición y que es una máquina de hacerme perder dinero. Respeto a la tradición de la autonomía, la valoro, la puedo llegar a disfrutar si estoy un poco deprimido, pero a lo que yo me refiero es a una ambición por narrar procesos sociales complejos y contemporáneos que una misión que la literatura puede llegar a tener. Le puede ir bien o mal, lo puede narrar de una manera más tosca o más interesante. Respeto la tradición excéntrica, pero a esta altura me interesan más los esfuerzos por conseguir algo un poco más ambicioso. Además mercado hoy: hablando por experiencia personal y por la experiencia de muchos otros lectores intensivos que conozco, la cantidad de títulos que se compran es muy poca. Uno accede a textos en su idioma original en internet de manera gratuita y al tener el libro electrónico, me parece que hablamos de otra cosa. Hablamos de la capacidad de afectar, después uno muy posiblemente compre el libro porque uno es fetichista o le gusta la decoración hogareña, pero la experiencia de lectura y la capacidad de afectar la subjetividad pasa por otro lado. Me quería despegar de la idea de mercado que particularmente no es lo que más me interesa.
Eugenia Zicavo: ¿Algo para agregar, Gabriela?
Gabriela Cabezón Cámara: Es que estoy de acuerdo con los dos. [Risas] Me gusta lo excéntrico, es una tradición de la que he leído maravillas de las que de ninguna manera renegaría, y después respecto de representar procesos sociales complejos y de intervenir, bueno, yo padezco eso. Intento hacerlo. Me interesa mucho. Estoy de acuerdo con todo.
Eugenia Zicavo: Por supuesto es mejor que un libro además de la pretensión estética diga algo. Quería agregar algo con respecto al mercado y a quién termina publicando los textos más interesantes: Oyola, que publicó Kryptonita en Mondadori fue descubierto desde otro lugar, lo mismo pasó con Bruzzone que era un autor de Tamarisco y luego pegó el salto. Habría que ver cómo eso impacta en un mercado casi inexistente. Recién Hernán tuvo el lapsus de los 300mil ejemplares: un libro que es un éxito que vende 3000, un libro al que le va muy bien vende 500. Es verdad lo que decían, los libros se escriben pero no se venden. También me llama la atención que no aparezcan en esta mesa algunos de los autores que sí venden un montón como Claudia Piñeiro. Vende un montón y tiene muy buenas novelas. Porque también nosotros somos refractarios a la hora de recomendar a aquellos que vienen impulsados desde abajo. Tal vez porque conocemos los procesos de producción y porque realmente en la actualidad de ahí surge lo que consideramos la mejor literatura, de editoriales medianas y chicas. Pero, por ejemplo, la editorial Eterna Cadencia, que publica a Gabriela, distribuye en Yenny y El Ateneo. Los circuitos se han enrarecido para bien. ¿Pero por qué les parece que no mencionamos —fuera de Saccomanno— ninguno de los autores que son publicados por los grandes sellos?
Gabriela Cabezón Cámara: En mi caso porque cuando dijeron actual y dijeron editores extranjeros di por descontado que los editores extranjeros saben quiénes son Saccomanno y Piñeiro porque están traducidos, porque venden mucho y porque están en todas partes. No son ninguna novedad. Por eso tampoco tomé a grandísimos escritores como Marcelo Cohen, por ejemplo.
Eugenia Zicavo: Pero yo siento que esos escritores, por haber llegado a cierto nivel de consagración, dejan de ser nombrados en estas mesas. Me parece curioso porque lo que pretenden las nuevas generaciones, al final, es convertirse en doxa, como diría Bourdieu. Son heterodoxos pero quieren convertirse en el canon, quieren vender, quieren publicar en Planeta y después terminan siendo silenciados.
Gabriela Cabezón Cámara: No, decir que Claudia Piñeiro o Guillermo Saccomanno fueron silenciados…
Eugenia Zicavo: Es una reflexión a la luz de lo que me surge. Es casi una autocrítica.
Gabriela Cabezón Cámara: Mi criterio fue considerar que ya los conocen, para qué les voy a hablar de ellos, para qué les voy a hablar de Cohen si ya lo conocen.
Hernán Vanoli: Para mí, cuando ya tienen éxito en el mercado, como los dos casos que estamos hablando, o Cohen que tiene una trayectoria propia mucho más literaria, digamos, me parece que por eso no se nombran. También hay que decir la verdad: la literatura independiente está sobrerrepresentada, se habla mucho. Es algo positivo que en este tipo de eventos se hable tanto de algo que tiene tan poca relevancia social.
Eugenia Zicavo: ¿Cuál es tu criterio como editor, Damián?
Damián Tabarovsky: Marcelo Cohen no está traducido, me imagino, por cierta dificultad. Claramente Cohen es uno de los escritores argentinos más interesantes. Eso no está en discusión. Comparto lo que decía Gabriela, por eso comencé con el chiste de Verdaguer, sobre una conversación pensada no bajo la idea de recomendación que es algo que no me convence, pero sí como una ayuda, una orientación. Quizá Marcelo Cohen es un caso interesante. Vivió en España durante el exilio en un momento en que el mercado español no era abierto a esta rareza de la que salió después, él entró antes de tiempo, un poco en el sentido de Saer que también entró en España antes de tiempo: Saer gana el premio Nadal con La ocasión y después no publica más en España y España se abre a otra generación y otras estéticas y ellos quedan afuera. Marcelo después vuelve a la Argentina. Y en un momento en que Anagrama y otras editoriales como Mondadori empiezan a tomar autores argentinos, Marcelo ya está viviendo acá. Y probablemente no es traducido porque es muy bueno.
Eugenia Zicavo: ¿Alguna pregunta del público?
Tomado de http://blog.eternacadencia.com.ar/archives/2013/28520#more-28520
domingo, 5 de mayo de 2013
sábado, 4 de mayo de 2013
Como quien nombra en la noche su casa
Dos de amor de Daniel Freidemberg
DE TUS COSTADOS NO NACIÓ EL AMOR, MI AMOR...
De tus costados no nació el
amor, mi amor,
sino ahí fui a dar
como quien nombra en la noche su casa,
y no empezaba nada, en realidad, ni yo a
decir verdad, llegaba
sino algo en mí que en tu estar se juntó,
ahí duros en la guerra de vivir, y a los pedazos
por donde todavía te andaré a buscar
como en la noche con la lámpara
y estás
igual que la noche y la lámpara
hecha de todo lo callado
y todo lo que no aprendo a nombrar
y lo que, al hacer amor, hago
para que como el agua sea el amor
que en su venir se vaya
ahora y cuando entera te extendés
como el presente entre las sábanas
y es el presente que celebro, no lo puedo creer.
HACER QUE ESTÉS, QUE LENTA VAYAS...
Hacer que estés,
hacer que lenta vayas
creándote a
tu semejanza. Dar
la exactitud de
lo que es vos. Entrar
libre de todo rastro de alma en
lo creado y salten
en medio de todos los cielos los astros. Sea
entre los hechos que se juntan mi casa.
Hacer mi casa. Ser
el que ahora está acá.
Bajo la noche, lentamente, cuando todo se vaya, mirar
tu forma en el fondo,
mansa en el mar del mundo en sombra, ser en ella el mundo.
DE TUS COSTADOS NO NACIÓ EL AMOR, MI AMOR...
De tus costados no nació el
amor, mi amor,
sino ahí fui a dar
como quien nombra en la noche su casa,
y no empezaba nada, en realidad, ni yo a
decir verdad, llegaba
sino algo en mí que en tu estar se juntó,
ahí duros en la guerra de vivir, y a los pedazos
por donde todavía te andaré a buscar
como en la noche con la lámpara
y estás
igual que la noche y la lámpara
hecha de todo lo callado
y todo lo que no aprendo a nombrar
y lo que, al hacer amor, hago
para que como el agua sea el amor
que en su venir se vaya
ahora y cuando entera te extendés
como el presente entre las sábanas
y es el presente que celebro, no lo puedo creer.
HACER QUE ESTÉS, QUE LENTA VAYAS...
Hacer que estés,
hacer que lenta vayas
creándote a
tu semejanza. Dar
la exactitud de
lo que es vos. Entrar
libre de todo rastro de alma en
lo creado y salten
en medio de todos los cielos los astros. Sea
entre los hechos que se juntan mi casa.
Hacer mi casa. Ser
el que ahora está acá.
Bajo la noche, lentamente, cuando todo se vaya, mirar
tu forma en el fondo,
mansa en el mar del mundo en sombra, ser en ella el mundo.
Alto impacto de la palabra peluda en la lectura de hoy de Liliana Díaz Mindurry
SI ALGO QUIERE DECIR ESE BREVE MANCHÓN (LA MOSCA)...
Daniel Freidemberg
Si algo quiere decir ese
breve manchón (la mosca
posada junto al plato)
yo no lo sé:
antes creía saber, pero las cosas
pasaron de otro modo.
Ahora digo "mosca" y es bastante:
ni ella responderá, ni la palabra
se acercará a tocarla
ni yo sabré algo más.
Y aunque esa forma ajena
se vaya volando,
la palabra está acá
llena de pelos, oscura, intratable.
Daniel Freidemberg
Si algo quiere decir ese
breve manchón (la mosca
posada junto al plato)
yo no lo sé:
antes creía saber, pero las cosas
pasaron de otro modo.
Ahora digo "mosca" y es bastante:
ni ella responderá, ni la palabra
se acercará a tocarla
ni yo sabré algo más.
Y aunque esa forma ajena
se vaya volando,
la palabra está acá
llena de pelos, oscura, intratable.
Una mujer que contaba los ángeles del cielo
MIRADA DE PERRO
Daniel Freidemberg
Urdía el rumor de una mujer la calma
una mujer
que contaba los ángeles del cielo
como si condensara el mundo en sí
y yo era como un perro a la siesta, mirando
el sucederse de las cosas
que ah sí estallaban sí y también
sabían recomponerse
como diciendo "a ver qué pasa"
y eran los días y las noches, y era
la nitidez de una naranja al sol
como diciendo "una naranja"
"¿Sí?" dice la mujer pregunta "¿naranja?"
"Sí" dice el coro
¿Sí?
Ni ella ni yo lo comentamos, ni ella ni yo
sabríamos alcanzar
ciertas palabras
tal cual los ángeles del cielo que ah estallaban
al roce de un cambio de luz
y eran caídas plumas de ángel que
los dos juntábamos
como diciendo "algo a juntar"
Y esa es la historia ¿esa es la historia? un hombre
a su manera ordena el caos
que resplandece ante sus ojos
y la mujer cuenta los ángeles, los hace danzar
al ritmo de sus lentos modos
como reflejos de oro lento en las nubes
que anuncian tormenta
Y ella sospecha
que entre ángeles y perros
hay un secreto que debe descifrar
"todo ángel es terrible" dice y
me rasca la cabeza
(Éste fue uno de los poemas leídos por Liliana Díaz Mindurry hoy en la jornada en Ruinas Circulares. Pero la versión que leyó de la antología personal titulada Sonidos de una fiesta ajena tenía un final distinto: decía algo como "me dice, no sé si a mí o al perro". Me gusta éste de "me rasca la cabeza")
Daniel Freidemberg
Urdía el rumor de una mujer la calma
una mujer
que contaba los ángeles del cielo
como si condensara el mundo en sí
y yo era como un perro a la siesta, mirando
el sucederse de las cosas
que ah sí estallaban sí y también
sabían recomponerse
como diciendo "a ver qué pasa"
y eran los días y las noches, y era
la nitidez de una naranja al sol
como diciendo "una naranja"
"¿Sí?" dice la mujer pregunta "¿naranja?"
"Sí" dice el coro
¿Sí?
Ni ella ni yo lo comentamos, ni ella ni yo
sabríamos alcanzar
ciertas palabras
tal cual los ángeles del cielo que ah estallaban
al roce de un cambio de luz
y eran caídas plumas de ángel que
los dos juntábamos
como diciendo "algo a juntar"
Y esa es la historia ¿esa es la historia? un hombre
a su manera ordena el caos
que resplandece ante sus ojos
y la mujer cuenta los ángeles, los hace danzar
al ritmo de sus lentos modos
como reflejos de oro lento en las nubes
que anuncian tormenta
Y ella sospecha
que entre ángeles y perros
hay un secreto que debe descifrar
"todo ángel es terrible" dice y
me rasca la cabeza
(Éste fue uno de los poemas leídos por Liliana Díaz Mindurry hoy en la jornada en Ruinas Circulares. Pero la versión que leyó de la antología personal titulada Sonidos de una fiesta ajena tenía un final distinto: decía algo como "me dice, no sé si a mí o al perro". Me gusta éste de "me rasca la cabeza")
Agua de aire confuso
Lo espeso real
Daniel Freidemberg
Ahora que fuimos expulsados,
gracias a Dios, del Paraíso,
se largó a llover
un agua débil que se alarga
en redes de grisura y música.
"Esto" dijiste "no debía ser así"
pero es así. Más que
maneras de filtrar la luz, más que
armarle al alma un orden suave
de lo que se presenta ¿pasos?
¿algo así como pasos? ¿un
lento acercarse
del fondo de la materia a los ojos?
¿a algo que mira detrás de los ojos? "Ya
no vamos a volver", te dije, pensaba "esta es mi casa",
"lo que se mueve -pensé- afuera y adentro es lo mismo".
"Estás pensando demasiado", dijiste, y mirabas
esa otra agua, la de mis palabras,
también cayendo, quebrándose también
contra la piedra de todas las cosas,
ni transparente agua ni opaca, agua de aire confuso.
(De "Lo espeso real")
Daniel Freidemberg
Ahora que fuimos expulsados,
gracias a Dios, del Paraíso,
se largó a llover
un agua débil que se alarga
en redes de grisura y música.
"Esto" dijiste "no debía ser así"
pero es así. Más que
maneras de filtrar la luz, más que
armarle al alma un orden suave
de lo que se presenta ¿pasos?
¿algo así como pasos? ¿un
lento acercarse
del fondo de la materia a los ojos?
¿a algo que mira detrás de los ojos? "Ya
no vamos a volver", te dije, pensaba "esta es mi casa",
"lo que se mueve -pensé- afuera y adentro es lo mismo".
"Estás pensando demasiado", dijiste, y mirabas
esa otra agua, la de mis palabras,
también cayendo, quebrándose también
contra la piedra de todas las cosas,
ni transparente agua ni opaca, agua de aire confuso.
(De "Lo espeso real")
Como pasto en las ruinas de lo que se llamaba el corazón
Cosas / Oír / Rodar
Daniel Freidemberg
i
No hay nada, sólo cosas.
No hay nada, las cosas tampoco.
Oír afuera un rodar de las cosas
a la hora en que va a amanecer,
oír un gasto que avanza.
Algo se ha roto o nunca estuvo, ¿era el alma?
Cosas que ruedan, ahí afuera, no hay nada.
ii
Así es que empieza la mañana: no con
una explosión, con un bostezo.
Así es que otra vez todo se puso a rodar.
"Y no entres manso en eso que viene, rabiá",
subía el ruido de lo que rodaba, y entré
iii
Cerrando ahora la puerta
del ascensor, buscando
la llave de la calle, mirando el tránsito:
"perdí los años que iban a venir"
"Ahora estoy libre", pensé por un
momento,
como quien cae al agua de la mañana lo pensé.
iv
Viene el verano, viene con
dolor de huesos,
viene con su estopa.
Sentado, en el recuerdo, frente a un mar
siempre recomenzado, escribo
no con palabras
sino con sombra de palabras, filtraciones
de un turbio noviembre.
v
"Amor", escribo, yo no estoy acá.
Amor se escribe en otro lado.
vi
Entre el crujido urbano, entre el
venirse atrás del alma
Escribo contra lo mejor de mí
Para decirle que se cuide, que
no se vaya aún,
que lo que llega ante los ojos
es grande y crece como pasto en las ruinas
de lo que se llamaba el corazón
(de "Cantos en la mañana vil")
Daniel Freidemberg
i
No hay nada, sólo cosas.
No hay nada, las cosas tampoco.
Oír afuera un rodar de las cosas
a la hora en que va a amanecer,
oír un gasto que avanza.
Algo se ha roto o nunca estuvo, ¿era el alma?
Cosas que ruedan, ahí afuera, no hay nada.
ii
Así es que empieza la mañana: no con
una explosión, con un bostezo.
Así es que otra vez todo se puso a rodar.
"Y no entres manso en eso que viene, rabiá",
subía el ruido de lo que rodaba, y entré
iii
Cerrando ahora la puerta
del ascensor, buscando
la llave de la calle, mirando el tránsito:
"perdí los años que iban a venir"
"Ahora estoy libre", pensé por un
momento,
como quien cae al agua de la mañana lo pensé.
iv
Viene el verano, viene con
dolor de huesos,
viene con su estopa.
Sentado, en el recuerdo, frente a un mar
siempre recomenzado, escribo
no con palabras
sino con sombra de palabras, filtraciones
de un turbio noviembre.
v
"Amor", escribo, yo no estoy acá.
Amor se escribe en otro lado.
vi
Entre el crujido urbano, entre el
venirse atrás del alma
Escribo contra lo mejor de mí
Para decirle que se cuide, que
no se vaya aún,
que lo que llega ante los ojos
es grande y crece como pasto en las ruinas
de lo que se llamaba el corazón
(de "Cantos en la mañana vil")
Jornada intensiva en Ruinas Circulares
Qué buena que estuvo. Entrega de premios (Mención especial para mi cuento "La bicicleta"), café y galletitas en el maravilloso patio de la Parroquia en Gurruchaga al 100, nuevas amistades y contactos y fotos con Liliana Díaz Mindurry y Patricia Bence Castilla. Magníficas las reflexiones y la lectura compartida de "Bajo toda la lluvia del mundo" de Hugo Mujica y Sonidos de una fiesta ajena de Daniel Freidemberg. Genial el debate propuesto sobre las relaciones e influencias mutuas de la narrativa y la poesía. Un clima relindo de camaradería y una propuesta editorial que de verdad se ve muy interesante y responsable.
Menos mal que a veces logro luchar contra la fiaca que tenía esta mañana y el autobiocot que me hace esquivar estos eventos que, siempre, terminan gustándome tanto. Lo mismo que tantas otras veces, prometo ser menos arisca.
Menos mal que a veces logro luchar contra la fiaca que tenía esta mañana y el autobiocot que me hace esquivar estos eventos que, siempre, terminan gustándome tanto. Lo mismo que tantas otras veces, prometo ser menos arisca.
viernes, 3 de mayo de 2013
Almuerzo de viernes lluvioso pretarde libre
Guiso de heladera (dos tipos de fideos recalentados, dos albóndigas usadas, un pedazo de carne al horno, dos medios choclos y un pedacito de zapallo del caldo de ayer, ojo: cebolla y puré de tomate sin uso) y yogurt entero de vainilla.
jueves, 2 de mayo de 2013
Leyendo Muerte en Persia
Los viajes de una chica rara.
A cien años de su nacimiento, la figura de Annemarie Schwarzenbach no sólo se revela como la amiga de Carson McCullers; adicta a la morfina, recorrió el mundo y lo describió.
Por: Ana Prieto
LA PRINCESA MIRO. Así la llamaban Klaus y Erika, los hijos de Thomas Mann, que también eran amigos de esta escritora, periodista y fotógrafa suiza.
Las nubes sobre Berlín se habían teñido de rojo. Las sirenas penetraban en sus oídos como a través de una desconcertante pesadilla. Mientras el parlamento alemán ardía en 1933, anticipando la asunción definitiva del nazismo, Annemarie Schwarzenbach manejaba su Mercedes buscando a Mops, la joven mujer que le suministraba morfina. Tenía fiebre y frío. Bajaba la ventana y preguntaba si habían visto a Mops; dejaba el auto en marcha y entraba a los bares pidiendo por Mops. Pocos la escuchaban; en las calles algo grande se gestaba de manera contundente. Pero para ella la morfina, su íntimo y solitario paseo por la redención, no podía esperar.
A Annemarie Schwarzenbach suele encontrársela buscando otra cosa: las obras de Klaus Mann, la vida de Carson McCullers, registros fotográficos de la Gran Depresión. No hace más de una década que sus libros se traducen al inglés, al francés, al italiano y al castellano. No hace más de cinco años que sus fotorreportajes circulan en exhibiciones europeas y norteamericanas. Schwarzenbach no era una gran promotora de sí misma; su belleza andrógina y su mirada punzante y triste hacían buena parte del trabajo. Donde entraba despertaba fascinación. Había nacido en 1908 y su familia era una de las más ricas de Suiza. Su madre, Renée, solía recibir en su amplio living a figuras como la Infanta de España y Toscanini. Su padre, Alfred, heredero de la Ro. Schwarzenbach & Co., fabricaba y exportaba seda y en las navidades le regalaba a los obreros un gran retrato de sí mismo, para que no llegasen a olvidar nunca, en la intimidad de sus hogares, a quién tenían que agradecer por el pan cotidiano. Desde chica, Annemarie rechazó un espléndido futuro de lujos y neutralidad. Así, por naturaleza. Cuando alcanzó la pubertad, la familia pidió una consulta con un médico de Zurich a causa de su "rara" conducta. Pero tras algunas entrevistas, Carl Gustav Jung desistió de cualquier tratamiento sin dar mayores explicaciones. Tiempo después, una seguidilla de psiquiatras firmaría papeles de internación con un veredicto terminante: esquizofrenia.
Nunca sabremos qué tan preciso era en realidad aquel diagnóstico. A cien años de su nacimiento, Annemarie Schwarzenbach sigue siendo un enigma en muchos sentidos. Sin embargo, el testimonio literario que dejó es más el peculiar y doloroso resultado de una época que el producto de una mente turbada. Sólo escribiendo encontró un atisbo de lo que ella entendía por libertad, revelado sobre todo en las pocas convenciones con que abordó formalmente la literatura. Fue libre para elegir qué contar y cómo, para ensamblar confesiones íntimas con ficción pura, la crónica con la lírica, para acercarse, de la mano de nadie, a lo que luego recibiría el nombre de non fiction. Y nunca dejó de escribir, a pesar de la tibia recepción del público, que no entendía cómo alguien elegía narrar los turbios vericuetos personales en lugar de la imperante realidad social. Y nunca soltó la pluma a pesar de las críticas no siempre felices de su más querido amigo, Klaus Mann.
Los niños terribles
"Si usted fuese un hombre, debería ser declarado excepcionalmente hermoso", le dijo Thomas Mann a Annemarie en una sobremesa. Había conocido a sus hijos Klaus y Erika en 1930 y su amistad marcaría durante años el rumbo de su vida. Los hermanos eran parte del corazón explosivo de la cultura de Berlín: por extensión disfrutaban del prestigio y dinero de su padre, y por medios propios (él escritor, ella actriz) eran famosos en los círculos de jóvenes progresistas. Annemarie se enamoró, de una vez y para siempre de Erika, que no correspondió nunca ese amor, y le reprochaba no tomar partido en la convulsionada Alemania. "Yo no soy nazi, Erika", le decía, pero qué difícil justificarse cuando su familia mostraba abiertas simpatías por el régimen, y su madre, emparentada con los Von Bismarck, había conseguido que el cabaret literario de Erika fuese cancelado en Zurich. Con Klaus era distinto: compartían la adicción a la morfina, el desasosiego y la necesidad de ser valorados. Cuando los hermanos partieron rumbo al exilio, Annemarie les enviaba trescientos francos al mes, y financió la revista Die Sammlung, que fundó con Klaus en Amsterdam para "dar a conocer los talentos del exilio al público europeo". Allí escribieron Jean Cocteau y Bertolt Brecht, entre otros. Aparte de la errata editorial, por la que Annemarie no aparece en el índice onomástico, resulta curioso que en Cambio de rumbo, la autobiografía de Klaus Mann, sólo figuren como patrocinadores del proyecto André Gide, Aldous Huxley y Heinrich Mann. Tal vez la omisión haya sido una forma de proteger a Annemarie, quien se sumó por propia voluntad al grupo de exiliados alemanes, perdiendo así el permiso de residencia en el Tercer Reich.
"La princesa Miro", como la llamaban, los siguió a Holanda, Inglaterra, Rusia, Francia, España y finalmente a Nueva York. Pero intercaló esos encuentros con períodos de desintoxicación, un intento de suicidio, y prolongadas estadías en Oriente Medio, especialmente en Persia. Allí afianzó su carrera periodística, trabajó como arqueóloga, y se casó y convivió fugazmente con un diplomático francés, que a pesar de su velada homosexualidad, se había enamorado de ella. La novela Muerte en Persia, terminada en 1936, es el testimonio de lo que Annemarie buscaba en esa vasta tierra ajena. En ella expone abiertamente sus miedos y sentimientos de culpa, su homosexualidad, la posibilidad de que sus viajes, tan lejanos, tan oscuros, fuesen nada más una forma de alejarse de quienes la criticaban por no pasar a la acción, como Erika, o por hacerlo, como su madre. Con una dotada pluma para la descripción poética, el desolado paisaje iraní se convierte en el singular retrato de sí misma. Hasta hoy, es la única obra de Schwarzenbach traducida al castellano, por la editorial barcelonesa Minúscula. En Buenos Aires el libro está prácticamente agotado, y sólo una nueva demanda justificaría el envío de la segunda edición. Este mismo año Minúscula publicará también Todos los caminos están abiertos. El viaje a Afganistán 1939-1940, que reúne textos del viaje que hizo con la periodista Ella Maillart, y a principios de 2009 lanzará el volumen de relatos Con esta lluvia.
Partidas y regresos
"Supe que su rostro me perseguiría hasta el final de mi vida", escribió Carson McCullers, tras conocer a Annemarie en Nueva York en 1940. La joven autora de El corazón es un cazador solitario, se convenció de que la efébica suiza era su alma gemela y su destino. Por tercera vez Annemarie recalaba en Estados Unidos y su vida estaba desarmada. Se había distanciado de los Mann a pesar suyo: Klaus vivía sus propias depresiones y Erika, harta hacía tiempo de las borracheras y debilidades de su amiga, viajaba por Estados Unidos dando conferencias sobre el desastre europeo. Annemarie había ganado fama como fotorreportera para medios suizos en los tres últimos años: su pasaporte diplomático le abrió las fronteras y le permitió ver las miserias de la Europa ocupada, y su vocación de viajera le mostró la cara non grata de la tierra de las libertades: narró el cierre de fábricas, la lucha sindical, el racismo. Enfureció a sus padres cuando uno de sus artículos describió las protestas obreras frente a la fábrica de Pennsylvania que pertenecía a los Schwarzenbach. Pero 1940 fue su año más terrible y excesivo: bebía, se drogaba, escribía poco, le daba ambiguas señales a Carson y mantenía un amor atormentado con la rica exiliada alemana Margot Von Opel, a quien, en un brote psicótico, intentó estrangular. Su padre murió y Annemarie, agobiada por la culpa y la desesperación, intentó suicidarse. La internaron, se escapó, la encerraron de nuevo, hasta que su hermano Freddy logró sacarla del sórdido hospital Bellevue y embarcarla hacia Europa, desterrada de Estados Unidos para siempre.
En Suiza, su madre no quiso recibirla y Annemarie se fue tan lejos como pudo, al Congo Belga. En Leopoldville le retuvieron el pasaporte y la comunidad colonial la tomó por una espía nazi. Deprimida y sola, se adentró en la selva virgen y vivió dos meses en los que, por primera vez, no sacó ni una foto. De vuelta a la ciudad se encerró en su prosaica cabaña y escribió de un tirón 400 páginas, una novela que después devendría en poema y que no terminaría. Al poco tiempo le dieron permiso para irse.
Se instaló en la casa de Engadina, Suiza, que su padre había alquilado durante años para ella, y que gracias a una herencia, al fin podía comprar. Corría 1942. Carson le había dedicado su segunda novela, Reflejos en un ojo dorado, Klaus se alistaba en el ejército aliado y Erika se había convertido en una afamada corresponsal de guerra. Annemarie, limpia ya de las drogas, retomaba la correspondencia con su marido y sus amigos, se preparaba para pasarse una temporada como reportera en Portugal y parecía haber alcanzado la paz cuya ausencia tanto había padecido. Una cadena de azares la llevó una mañana de septiembre a pedir prestada una bicicleta, ella, que siempre había elegido el auto como motor de su libertad. En ese paisaje sin bombas ni desiertos ni fábricas cerradas, una piedra se interpuso en su camino; su frágil cuerpo cayó y su cabeza sufrió un fuerte golpe. Recobró el sentido días después. Su madre vio despertar a una hija que no la reconocía, que había perdido la capacidad para hablar, mirar y caminar, que quedó postrada hasta su muerte, el 15 de noviembre. Renée quemó todas sus cartas y diarios pero no se atrevió a tocar sus manuscritos, que terminaron en oscuros archiveros suizos hasta 1987, cuando el interés de Roger Perret, un estudioso de Ginebra, los sacó del olvido. Y así Annemarie Schwarzenbach, cuya conciencia se diluyó antes que su voluntad de vivir, volvió con las palabras de un viaje emprendido demasiado pronto.
Tomado de http://edant.revistaenie.clarin.com/notas/2008/05/17/01673677.html
A cien años de su nacimiento, la figura de Annemarie Schwarzenbach no sólo se revela como la amiga de Carson McCullers; adicta a la morfina, recorrió el mundo y lo describió.
Por: Ana Prieto
LA PRINCESA MIRO. Así la llamaban Klaus y Erika, los hijos de Thomas Mann, que también eran amigos de esta escritora, periodista y fotógrafa suiza.
Las nubes sobre Berlín se habían teñido de rojo. Las sirenas penetraban en sus oídos como a través de una desconcertante pesadilla. Mientras el parlamento alemán ardía en 1933, anticipando la asunción definitiva del nazismo, Annemarie Schwarzenbach manejaba su Mercedes buscando a Mops, la joven mujer que le suministraba morfina. Tenía fiebre y frío. Bajaba la ventana y preguntaba si habían visto a Mops; dejaba el auto en marcha y entraba a los bares pidiendo por Mops. Pocos la escuchaban; en las calles algo grande se gestaba de manera contundente. Pero para ella la morfina, su íntimo y solitario paseo por la redención, no podía esperar.
A Annemarie Schwarzenbach suele encontrársela buscando otra cosa: las obras de Klaus Mann, la vida de Carson McCullers, registros fotográficos de la Gran Depresión. No hace más de una década que sus libros se traducen al inglés, al francés, al italiano y al castellano. No hace más de cinco años que sus fotorreportajes circulan en exhibiciones europeas y norteamericanas. Schwarzenbach no era una gran promotora de sí misma; su belleza andrógina y su mirada punzante y triste hacían buena parte del trabajo. Donde entraba despertaba fascinación. Había nacido en 1908 y su familia era una de las más ricas de Suiza. Su madre, Renée, solía recibir en su amplio living a figuras como la Infanta de España y Toscanini. Su padre, Alfred, heredero de la Ro. Schwarzenbach & Co., fabricaba y exportaba seda y en las navidades le regalaba a los obreros un gran retrato de sí mismo, para que no llegasen a olvidar nunca, en la intimidad de sus hogares, a quién tenían que agradecer por el pan cotidiano. Desde chica, Annemarie rechazó un espléndido futuro de lujos y neutralidad. Así, por naturaleza. Cuando alcanzó la pubertad, la familia pidió una consulta con un médico de Zurich a causa de su "rara" conducta. Pero tras algunas entrevistas, Carl Gustav Jung desistió de cualquier tratamiento sin dar mayores explicaciones. Tiempo después, una seguidilla de psiquiatras firmaría papeles de internación con un veredicto terminante: esquizofrenia.
Nunca sabremos qué tan preciso era en realidad aquel diagnóstico. A cien años de su nacimiento, Annemarie Schwarzenbach sigue siendo un enigma en muchos sentidos. Sin embargo, el testimonio literario que dejó es más el peculiar y doloroso resultado de una época que el producto de una mente turbada. Sólo escribiendo encontró un atisbo de lo que ella entendía por libertad, revelado sobre todo en las pocas convenciones con que abordó formalmente la literatura. Fue libre para elegir qué contar y cómo, para ensamblar confesiones íntimas con ficción pura, la crónica con la lírica, para acercarse, de la mano de nadie, a lo que luego recibiría el nombre de non fiction. Y nunca dejó de escribir, a pesar de la tibia recepción del público, que no entendía cómo alguien elegía narrar los turbios vericuetos personales en lugar de la imperante realidad social. Y nunca soltó la pluma a pesar de las críticas no siempre felices de su más querido amigo, Klaus Mann.
Los niños terribles
"Si usted fuese un hombre, debería ser declarado excepcionalmente hermoso", le dijo Thomas Mann a Annemarie en una sobremesa. Había conocido a sus hijos Klaus y Erika en 1930 y su amistad marcaría durante años el rumbo de su vida. Los hermanos eran parte del corazón explosivo de la cultura de Berlín: por extensión disfrutaban del prestigio y dinero de su padre, y por medios propios (él escritor, ella actriz) eran famosos en los círculos de jóvenes progresistas. Annemarie se enamoró, de una vez y para siempre de Erika, que no correspondió nunca ese amor, y le reprochaba no tomar partido en la convulsionada Alemania. "Yo no soy nazi, Erika", le decía, pero qué difícil justificarse cuando su familia mostraba abiertas simpatías por el régimen, y su madre, emparentada con los Von Bismarck, había conseguido que el cabaret literario de Erika fuese cancelado en Zurich. Con Klaus era distinto: compartían la adicción a la morfina, el desasosiego y la necesidad de ser valorados. Cuando los hermanos partieron rumbo al exilio, Annemarie les enviaba trescientos francos al mes, y financió la revista Die Sammlung, que fundó con Klaus en Amsterdam para "dar a conocer los talentos del exilio al público europeo". Allí escribieron Jean Cocteau y Bertolt Brecht, entre otros. Aparte de la errata editorial, por la que Annemarie no aparece en el índice onomástico, resulta curioso que en Cambio de rumbo, la autobiografía de Klaus Mann, sólo figuren como patrocinadores del proyecto André Gide, Aldous Huxley y Heinrich Mann. Tal vez la omisión haya sido una forma de proteger a Annemarie, quien se sumó por propia voluntad al grupo de exiliados alemanes, perdiendo así el permiso de residencia en el Tercer Reich.
"La princesa Miro", como la llamaban, los siguió a Holanda, Inglaterra, Rusia, Francia, España y finalmente a Nueva York. Pero intercaló esos encuentros con períodos de desintoxicación, un intento de suicidio, y prolongadas estadías en Oriente Medio, especialmente en Persia. Allí afianzó su carrera periodística, trabajó como arqueóloga, y se casó y convivió fugazmente con un diplomático francés, que a pesar de su velada homosexualidad, se había enamorado de ella. La novela Muerte en Persia, terminada en 1936, es el testimonio de lo que Annemarie buscaba en esa vasta tierra ajena. En ella expone abiertamente sus miedos y sentimientos de culpa, su homosexualidad, la posibilidad de que sus viajes, tan lejanos, tan oscuros, fuesen nada más una forma de alejarse de quienes la criticaban por no pasar a la acción, como Erika, o por hacerlo, como su madre. Con una dotada pluma para la descripción poética, el desolado paisaje iraní se convierte en el singular retrato de sí misma. Hasta hoy, es la única obra de Schwarzenbach traducida al castellano, por la editorial barcelonesa Minúscula. En Buenos Aires el libro está prácticamente agotado, y sólo una nueva demanda justificaría el envío de la segunda edición. Este mismo año Minúscula publicará también Todos los caminos están abiertos. El viaje a Afganistán 1939-1940, que reúne textos del viaje que hizo con la periodista Ella Maillart, y a principios de 2009 lanzará el volumen de relatos Con esta lluvia.
Partidas y regresos
"Supe que su rostro me perseguiría hasta el final de mi vida", escribió Carson McCullers, tras conocer a Annemarie en Nueva York en 1940. La joven autora de El corazón es un cazador solitario, se convenció de que la efébica suiza era su alma gemela y su destino. Por tercera vez Annemarie recalaba en Estados Unidos y su vida estaba desarmada. Se había distanciado de los Mann a pesar suyo: Klaus vivía sus propias depresiones y Erika, harta hacía tiempo de las borracheras y debilidades de su amiga, viajaba por Estados Unidos dando conferencias sobre el desastre europeo. Annemarie había ganado fama como fotorreportera para medios suizos en los tres últimos años: su pasaporte diplomático le abrió las fronteras y le permitió ver las miserias de la Europa ocupada, y su vocación de viajera le mostró la cara non grata de la tierra de las libertades: narró el cierre de fábricas, la lucha sindical, el racismo. Enfureció a sus padres cuando uno de sus artículos describió las protestas obreras frente a la fábrica de Pennsylvania que pertenecía a los Schwarzenbach. Pero 1940 fue su año más terrible y excesivo: bebía, se drogaba, escribía poco, le daba ambiguas señales a Carson y mantenía un amor atormentado con la rica exiliada alemana Margot Von Opel, a quien, en un brote psicótico, intentó estrangular. Su padre murió y Annemarie, agobiada por la culpa y la desesperación, intentó suicidarse. La internaron, se escapó, la encerraron de nuevo, hasta que su hermano Freddy logró sacarla del sórdido hospital Bellevue y embarcarla hacia Europa, desterrada de Estados Unidos para siempre.
En Suiza, su madre no quiso recibirla y Annemarie se fue tan lejos como pudo, al Congo Belga. En Leopoldville le retuvieron el pasaporte y la comunidad colonial la tomó por una espía nazi. Deprimida y sola, se adentró en la selva virgen y vivió dos meses en los que, por primera vez, no sacó ni una foto. De vuelta a la ciudad se encerró en su prosaica cabaña y escribió de un tirón 400 páginas, una novela que después devendría en poema y que no terminaría. Al poco tiempo le dieron permiso para irse.
Se instaló en la casa de Engadina, Suiza, que su padre había alquilado durante años para ella, y que gracias a una herencia, al fin podía comprar. Corría 1942. Carson le había dedicado su segunda novela, Reflejos en un ojo dorado, Klaus se alistaba en el ejército aliado y Erika se había convertido en una afamada corresponsal de guerra. Annemarie, limpia ya de las drogas, retomaba la correspondencia con su marido y sus amigos, se preparaba para pasarse una temporada como reportera en Portugal y parecía haber alcanzado la paz cuya ausencia tanto había padecido. Una cadena de azares la llevó una mañana de septiembre a pedir prestada una bicicleta, ella, que siempre había elegido el auto como motor de su libertad. En ese paisaje sin bombas ni desiertos ni fábricas cerradas, una piedra se interpuso en su camino; su frágil cuerpo cayó y su cabeza sufrió un fuerte golpe. Recobró el sentido días después. Su madre vio despertar a una hija que no la reconocía, que había perdido la capacidad para hablar, mirar y caminar, que quedó postrada hasta su muerte, el 15 de noviembre. Renée quemó todas sus cartas y diarios pero no se atrevió a tocar sus manuscritos, que terminaron en oscuros archiveros suizos hasta 1987, cuando el interés de Roger Perret, un estudioso de Ginebra, los sacó del olvido. Y así Annemarie Schwarzenbach, cuya conciencia se diluyó antes que su voluntad de vivir, volvió con las palabras de un viaje emprendido demasiado pronto.
Tomado de http://edant.revistaenie.clarin.com/notas/2008/05/17/01673677.html
miércoles, 1 de mayo de 2013
Cartografía feminista
Este Sábado 4 de mayo 15hs
Mujeres Públicas convoca a una performance colectiva
Se trata de una “Visita Guiada” y presentación de su último proyecto: En la Casa. En la Cama. En la Plaza – Ensayo para una cartografía feminista.
Hace 2 años que vienen trabajando en esta obra y este sábado van a hacer su primera presentación en la calle y colectivamente (como corresponde!)

Este mapa/proyecto/recorrido es…
Un plano imaginario de Buenos Aires, desplegable y retrospectivo, donde la representación unitaria de la ciudad se fragmenta en un artefacto gráfico y textual, que narra la experiencia discontinua de las luchas de las mujeres por su libertad. Dibujamos una ciudad carente de centro; sustituimos el trazado de calles por una construcción espacial subjetiva para reafirmar la singularidad de las acciones, entendidas desde abajo, desde sus borrosos y mínimos rastros.
Una cartografía del afecto y de la memoria, que intenta entender lo desconocido de nuestra ciudad, detectar situaciones y actividades cargadas de significado político.
Una reflexión sobre la ciudad que habitamos y que ha sido el territorio principal de nuestras acciones grupales como fondo y como soporte… El mapa es nuestra manera de pensar la ciudad en imágenes y es producto de un enfoque discontinuo y subjetivo de nuestra propia historia.
Nuestro relato de historias al margen de la lógica patriarcal, esa que prioriza los grandes eventos, las plazas llenas y las batallas, los grandes hombres y sus avatares. En este mapa contamos otras historias, que no son solo las de célebres mujeres y su accionar reivindicatorio. Rescatamos micro-acontecimientos que tienen poco lugar en el discurso de la historia, pero que en esta recopilación constituyen una constelación de hechos, acciones y pensamientos.
Una sugerencia para posibles recorridos urbanos, que apela a una lectura lúdica, a una mirada nómada y desorientada, a una retórica del paseo. Proponemos un extravío por la ciudad dibujada para “encontrar caminos desconocidos”, para valorarla como territorio de la acción transformadora y de diversas y múltiples formas del habitar.
La representación espacial de nuestras luchas, pues en el mapa marcamos los discretos inicios de algunos de los movimientos que cambiaron para siempre las condiciones de vida real y subjetiva de las mujeres.
Este mapa es una cartografía del afecto y de la memoria. Es una celebración de instantes radicales y pequeños gestos de luchadoras insurrectas que se atrevieron a interrumpir y cambiar recorridos esperados, tomando la ciudad como terreno concreto donde transformar la vida. Es un homenaje a esas mujeres que son nuestra genealogía.
Mujeres Públicas convoca a una performance colectiva
Se trata de una “Visita Guiada” y presentación de su último proyecto: En la Casa. En la Cama. En la Plaza – Ensayo para una cartografía feminista.
Hace 2 años que vienen trabajando en esta obra y este sábado van a hacer su primera presentación en la calle y colectivamente (como corresponde!)

Este mapa/proyecto/recorrido es…
Un plano imaginario de Buenos Aires, desplegable y retrospectivo, donde la representación unitaria de la ciudad se fragmenta en un artefacto gráfico y textual, que narra la experiencia discontinua de las luchas de las mujeres por su libertad. Dibujamos una ciudad carente de centro; sustituimos el trazado de calles por una construcción espacial subjetiva para reafirmar la singularidad de las acciones, entendidas desde abajo, desde sus borrosos y mínimos rastros.
Una cartografía del afecto y de la memoria, que intenta entender lo desconocido de nuestra ciudad, detectar situaciones y actividades cargadas de significado político.
Una reflexión sobre la ciudad que habitamos y que ha sido el territorio principal de nuestras acciones grupales como fondo y como soporte… El mapa es nuestra manera de pensar la ciudad en imágenes y es producto de un enfoque discontinuo y subjetivo de nuestra propia historia.
Nuestro relato de historias al margen de la lógica patriarcal, esa que prioriza los grandes eventos, las plazas llenas y las batallas, los grandes hombres y sus avatares. En este mapa contamos otras historias, que no son solo las de célebres mujeres y su accionar reivindicatorio. Rescatamos micro-acontecimientos que tienen poco lugar en el discurso de la historia, pero que en esta recopilación constituyen una constelación de hechos, acciones y pensamientos.
Una sugerencia para posibles recorridos urbanos, que apela a una lectura lúdica, a una mirada nómada y desorientada, a una retórica del paseo. Proponemos un extravío por la ciudad dibujada para “encontrar caminos desconocidos”, para valorarla como territorio de la acción transformadora y de diversas y múltiples formas del habitar.
La representación espacial de nuestras luchas, pues en el mapa marcamos los discretos inicios de algunos de los movimientos que cambiaron para siempre las condiciones de vida real y subjetiva de las mujeres.
Este mapa es una cartografía del afecto y de la memoria. Es una celebración de instantes radicales y pequeños gestos de luchadoras insurrectas que se atrevieron a interrumpir y cambiar recorridos esperados, tomando la ciudad como terreno concreto donde transformar la vida. Es un homenaje a esas mujeres que son nuestra genealogía.
martes, 30 de abril de 2013
Pedicabo ego vos et irrumabo
Proyecto VOX
Ya esta en las librerías Habeas Corpus, traducciones de textos latinos de Gabriela Marron, con joyitas como ésta.
CATULO
Poema 16
Me los voy a coger y me la van a chupar, Furio, pedazo de puto, y Aurelio, flor de maricón. Como mis versitos son apasionados, pensaron que yo era indecente. El poeta debe ser juicioso y virtuoso, pero no tienen por qué serlo sus versos. Estos resultan más picantes y sabrosos precisamente cuando son apasionados e impúdicos, porque entonces pueden incitar el ardor del deseo, no digo que en los jóvenes sin bozo, pero sí en esos viejos peludos que ya no pueden ni mover la cintura. ¿Así que ustedes leyeron "millares de muchos besos" y pensaron que yo era menos macho? La tienen adentro, sigan mamando.
pedicabo ego vos et irrumabo, / Aureli pathice et cinaede Furi, / qui me ex versiculis meis putastis, / quod sunt molliculi, parum pudicum. / nam castum esse decet pium poetam / ipsum, versiculos nihil necessest; / qui tum denique habent salem ac leporem, / si sunt molliculi ac parum pudici / et quod pruriat incitare possunt, / non dico pueris, sed his pilosis, / qui duros nequeunt movere lumbos. / vos, quod milia multa basiorum / legistis, male me marem putatis? / pedicabo ego vos et irrumabo.
Ya esta en las librerías Habeas Corpus, traducciones de textos latinos de Gabriela Marron, con joyitas como ésta.
CATULO
Poema 16
Me los voy a coger y me la van a chupar, Furio, pedazo de puto, y Aurelio, flor de maricón. Como mis versitos son apasionados, pensaron que yo era indecente. El poeta debe ser juicioso y virtuoso, pero no tienen por qué serlo sus versos. Estos resultan más picantes y sabrosos precisamente cuando son apasionados e impúdicos, porque entonces pueden incitar el ardor del deseo, no digo que en los jóvenes sin bozo, pero sí en esos viejos peludos que ya no pueden ni mover la cintura. ¿Así que ustedes leyeron "millares de muchos besos" y pensaron que yo era menos macho? La tienen adentro, sigan mamando.
pedicabo ego vos et irrumabo, / Aureli pathice et cinaede Furi, / qui me ex versiculis meis putastis, / quod sunt molliculi, parum pudicum. / nam castum esse decet pium poetam / ipsum, versiculos nihil necessest; / qui tum denique habent salem ac leporem, / si sunt molliculi ac parum pudici / et quod pruriat incitare possunt, / non dico pueris, sed his pilosis, / qui duros nequeunt movere lumbos. / vos, quod milia multa basiorum / legistis, male me marem putatis? / pedicabo ego vos et irrumabo.
lunes, 29 de abril de 2013
Puig en Banfield
Proyección de Boquitas pintadas con presentación y debate a cargo de mi amiga Yanina Calligaris en el Conplejo cultural Ensemble de Banfield (zona de origen de la mencionada amiga).
Me vinieron a buscar con Ariel Bohn a la puerta de casa, conocimos a otra amiga joven y exitosa, miramos la peli (yo con licuado de banana) y, aunque la vi mil veces, me encantó la pantalla gigante, los detalles que una aprecia cuando no tiene que hacer de profe ante los coespectadores y se tiene la disposición de mirar con el libro "puesto" para ver logros y similitudes y diferencias (que sabíamos que al final Yani nos iba a interpelar).
Muy interesantes las diferentes visiones sobre la época, sobre lo que debería ser el cine (nacional), sobre hipocresías masculinas y femeninas, pasadas, presentes y eternas, sobre objetos en desuso (zulki, incinerador, radioteatro, medias de seda, cejas demasiado depiladas).
Yo comenté algo que no había percibido anteriormente: La música (ausente obviamente en el libro, aunque no tan ausente...) es la que logra, en la peli, el efecto más kitsch y melodramático: nunca puedo evitar pucherear durante la muerte de Juan Carlos y el sueño de Nené en el cementerio. Y es la música la que lo logra. Se extraña que falte el tango, tan presente en la novela, y tan central para la construcción del imaginario de la época.
Me vinieron a buscar con Ariel Bohn a la puerta de casa, conocimos a otra amiga joven y exitosa, miramos la peli (yo con licuado de banana) y, aunque la vi mil veces, me encantó la pantalla gigante, los detalles que una aprecia cuando no tiene que hacer de profe ante los coespectadores y se tiene la disposición de mirar con el libro "puesto" para ver logros y similitudes y diferencias (que sabíamos que al final Yani nos iba a interpelar).
Muy interesantes las diferentes visiones sobre la época, sobre lo que debería ser el cine (nacional), sobre hipocresías masculinas y femeninas, pasadas, presentes y eternas, sobre objetos en desuso (zulki, incinerador, radioteatro, medias de seda, cejas demasiado depiladas).
Yo comenté algo que no había percibido anteriormente: La música (ausente obviamente en el libro, aunque no tan ausente...) es la que logra, en la peli, el efecto más kitsch y melodramático: nunca puedo evitar pucherear durante la muerte de Juan Carlos y el sueño de Nené en el cementerio. Y es la música la que lo logra. Se extraña que falte el tango, tan presente en la novela, y tan central para la construcción del imaginario de la época.
sábado, 27 de abril de 2013
Así somos
Irupé
Significado:
Bella como la flor. De origen guaraní.
Características:
Es emprendedora y activa. Suele crear una
atmósfera de calma y satisfacción a su alrededor.
Amor:
Da todo de sí a la persona que ama.
Bueno, puede ampliarse diciendo que vivimos haciendo la plancha o con el culo mojado, que nos dejamos llevar por la corriente o tenemos las raíces escondidas (mis nociones rudimentarias de botánica me están limitando la capacidad de metaforizar)






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Significado:
Bella como la flor. De origen guaraní.
Características:
Es emprendedora y activa. Suele crear una
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Amor:
Da todo de sí a la persona que ama.
Bueno, puede ampliarse diciendo que vivimos haciendo la plancha o con el culo mojado, que nos dejamos llevar por la corriente o tenemos las raíces escondidas (mis nociones rudimentarias de botánica me están limitando la capacidad de metaforizar)






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jueves, 25 de abril de 2013
Un Yo fragmentario, un Yo entre rejas
"El Yo lírico es un Yo fragmentario, un Yo entre rejas, experto en fugas,consagrado a la tristeza. Siempre espera su hora, aquella en que se caldea por un instante ,
aguarda el el complejo mediterráneo con su "valor de excitación", o sea valor de embriaguez, en el que se alcanza a traspasar la red de las conexiones, o sea a hacer añicos la realidad, y ello crea espacio libre para la poesía -por medio de las palabras-."
Gottfried Benn. En "Problemas de la lírica".
aguarda el el complejo mediterráneo con su "valor de excitación", o sea valor de embriaguez, en el que se alcanza a traspasar la red de las conexiones, o sea a hacer añicos la realidad, y ello crea espacio libre para la poesía -por medio de las palabras-."
Gottfried Benn. En "Problemas de la lírica".
miércoles, 24 de abril de 2013
Sólo la magia puede hacernos felices
Walter Benjamin dijo una vez que la primera experiencia que el niño tiene del mundo no es que "los adultos son más fuertes, sino su incapacidad de hacer magia". La afirmación, efectuada bajo el efecto de una dosis de veinte miligramos de mescalina, no es por esto menos exacta. Es probable, en efecto, que la invencible tristeza en la cual se sumergen cada tanto los niños provenga precisamente de esta conciencia de no ser capaces de hacer magia. Aquello que podemos alcanzar a través de nuestros méritos y de nuestras fatigas no puede, de hecho, hacernos verdaderamente felices. Sólo la magia puede hacerlo. Esto no se le escapó al genio infantil de Mozart, quien en una carta a Bullinger señaló conprecisión la secreta solidaridad entre magia y felicidad: "Vivir bien y vivir felices son dos cosas distintas; y la segunda, sin alguna magia, no me ocurrirá por cierto. Para que esto suceda, debería ocurrir alguna cosa verdaderamente fuera de lo natural".
Giorgio Agamben en Profanaciones
Giorgio Agamben en Profanaciones
No hay nada más simple y humano que desear
No hay nada más simple y humano que desear. ¿Porqué, entonces, precisamente nuestros deseos nos resultan inconfesables? ¿Porqué nos es tan difícil volcarlos en palabras? Tan difícil que terminamos por tenerlos escondidos; construimos para ellos,en alguna parte de nosotros, una cripta donde permanecen embalsamados,en espera.
Giorgo Agamben, en Profanaciones.
Giorgo Agamben, en Profanaciones.
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Lunes por la madrugada...
Yo cierro los ojos y veo tu cara
que sonríe cómplice de amor...
que sonríe cómplice de amor...



