Llego de la calle y el vecino me dice que me devuelve la escalera larga que estaba en esta casa cuando me mudé y que le había prestado hace como dos años a sus albañiles. La entro y la pongo contra los muros para separar la bignonia de mi viejito limonero que lucha por su espacio. Me siento dueña y señora. No empoderada ni mucho menos empoNNNNderada pero sí amplia, poseedora y parte, protegida y protectora, compañera de les ventevees que se comen el dogui de perro, de las cotorritas que gritan entre los crespones, del palo borracho del vecino que nos hace de sombrita fucsia.
Me llevo la pava y el mate, me prendo un pucho, me siento bajo las moreras con la Kiki que se digna salir de la pieza y venirse conmigo. Somos la puta ama.
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