Una compañera me avisó que otra compañera se está mudando y tenía cajas de enciclopedias infantiles que nadie quería ya. De esos diccionarios, manuales y colecciones que la gente cree que se reemplazan con google, wiki o gpt, que las bibliotecas públicas no reciben ni donados. Y mi auto no arranca ni me iba a ir manejando hasta Villa Bosch. Así que agarré valija de aeropuerto, la grande lila y me fijé cómo ir en 53 más otro bondi en la Márquez. No, mucho kilombo, si vamos a hacer rescate que sea con dignidad y alegría. Así que uber de 11 luquitas de ida y 12 de vuelta. Diez cajas y adentro tesoros sin ni siquiera abrir, con plásticos y precios originales de kiosco. Pensaba en esa madre o abuela que quiso dar a leer y les pibis que ni miraron lo que había. Bueno, me esperaban a mí.
Una de las cajas tenía los 40 tomos del diccionario Clarín con el que estoy escribiendo mi novela de la navegación. Esos los pasé a otra profe de lengua jove. Tampoco me iba a quedar todo doble, pero entendí que el querido diccionario me decía que siga, que avance con mi novela, que voy bien, que le dé las tomo 15 que ya casi casi completo los 40.
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