Hoy limpié la vereda: recorte de pastos a cuchillos, manguera en el cordón, carretilla y pala para llevar la tierra acumulada y los pastos cortados al compost. No se lo conté a nadie, ni saqué fotos. Ni siquiera tengo que darle explicaciones a Julián, a Magdalena ni pedirle apoyo a Rafael. Ni que vengan a mirar y a no quejarse de la desprolijidad y de que no pueden bajar de sus autos chotos.
También quemé la pavita de camping, la segunda, porque la dejé al fuego y se consumió toda el agua. Pinchada como la anterior. De maceta, como la anterior. Tampoco le saqué fotos ni se lo conté a nadie, ni lo puse en estados ni en confesiones de feis. Bueno, acá sí, porque todavía me sorprendo a mí misma y todavía necesito autonarración para caerme de culo, o de la palmera.
También me traje de la calle unas yuyitas de flores blancas que arranqué de una vereda y planté en mi costado izquierdo y un cajón divino todo repujado en el frente de madera que puse sobre mi cómoda de la pieza con muñecas sentadas y frasquitos adentro. No hay fotos porque es todo secreto, je. Estaba bien exponer para autovalorarme, construirme, mostrarme, sentirme orgullosa de mí misma. Pero ya suficiente.
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