Ocurrió en una plaza de Pointe--Pitre, la capital del archipiélago caribeño de Guadalupe. De niña, Maryse Condé era obligada a ir allí cada tarde junto a sus padres, burgueses distinguidos que miraban con admiración a la Francia colonizadora y con desdén a esos pueblerinos sin ambiciones que los rodeaban. Ella se aburría y pasaba el rato contándose historias inventadas. Hasta que apareció una nena rubia, que le preguntó en creole cómo se llamaba. Maryse respondió en francés, la única lengua que le era permitida. La otra la invitó a jugar. Luego se le subió encima, vociferó palabrotas y la abofeteó con desdén. Maryse, asegura, tenía carácter pero por alguna razón el temperamento avasallante de la rubiecita, la dejaba muda. Finalmente, logró pedir “basta de pegarme”. La otra le respondió: “Te lo mereces por negra”. Después de algunas noches, desapareció de la plaza y aunque Maryse la buscó, nunca más la volvió a ver.

“Hoy me pregunto si aquel encuentro no sería cosa de la magia. Mi tierra alberga en su interior tantos odios antiguos, tantos miedos antiguos aún si cicatrizar que me pregunto si esa niña y yo no habremos sido, jugando a jugar, las reencarnaciones en miniatura del negrero y su negro”, escribe Condé en un capítulo de Corazón que ríe, corazón que llora. Esta memoria autobiográfica hilvanada en una serie de cuentos se acaba de editar por primera vez en español a través de Impedimenta: así se transforma en puerta de entrada para recuperar la obra de esta gran escritora guadalupeña. Aunque es autora de unos treinta libros y su escritura tiene la potencia de quienes transforman los bordes en zona de enunciación insumisa, su nombre no ha tenido gran resonancia por aquí. Esta situación comenzó a revertirse desde que Condé ganó el denominado Nobel alternativo a fines de 2018.

El calificativo “alternativo” podría quitarle algo de su crédito a este galardón pero en verdad, el problema no es del premio sino de la Academia Sueca. A mediados del año pasado, anunció en Estocolmo que cancelaría la entrega de un reconocimiento que se otorga desde comienzos del siglo XX, sin interrupciones. El motivo: acusaciones de acoso sexual y malversación de fondos que salpicaron a los integrantes de la academia. Sin embargo, un nutrido grupo de intelectuales consideró que el Nobel debía entregarse de todos modos. Agrupados bajo el animoso nombre de La Nueva Academia, y luego de una selección ardua, decidieron que el premio sería para Maryse.

Durante la entrega, la autora de 82 años (una mujer hermosa y altiva como muchos de sus personajes, que actualmente se encuentra en sillas de ruedas pues padece Alzeheimer) evocó varias líneas que hacen a su vida y su oficio, ya sugeridas en Corazón que ríe, corazón que llora. Contó que desde pequeña devoraba libros de Flaubert, Balzac, Maupassant, Apollinaire y Rimbaud. Sin embargo, un libro fundamental para ella es Cumbres borrascosas. Una amiga de su madre le regaló un ejemplar para su décimo cumpleaños. Maryse se sintió transportada a una nueva dimensión de aguda alegría y desasosiego. “Como Cathy Earnshaw decía ‘Soy Heathcliff’, yo decía ‘Soy Emily Brönte’”, afirmó en su discurso. Y agregó: “Les sorprenderá que una chiquita de Guadalupe se sienta tan identificada con la hija de un pastor viviendo en los páramos de Yorkshire. Pero existe una región en Guadalupe con las ruinas de una vieja plantación de azúcar donde también hay una casa abandonada. Es decir, paisajes desolados en ambos casos. Ese es el poder y la magia de la literatura: no conoce, es el reino de los sueños, obsesiones y deseos difíciles de alcanzar, que une a los lectores a través del tiempo y el espacio”.

Legados y paradojas

Corazón que ríe, corazón que llora fue publicado originalmente en 1999. De toda la extensa bibliografía de Condé, es el libro que ofrece claves autobiográficas más claras. Allí conviven el interés por la construcción colonial como un entramado complejo donde conviven orígenes negados y el paradójico deseo familiar de ser parte de una cultura opresora; la indagación de la propia negritud, el lugar resistente de las mujeres e incluso, la pertenencia a una casta mágica que les permitió a las esclavas sobrevivir y dejar legado, como ocurrió con su abuela materna. Sobre este telón se despliegan situaciones recurrentes en la obra que la escritora publicó a partir de 1976, cuando tenía cuarenta años. Por esa época, su vida ya había dado varios vuelcos. Se había formado en literatura francesa en La Sorbona, había dado clases en París, había vivido diez años en África y se había separado del padre de sus cuatro hijos, el actor guineano Mamadou Condé, de quien tomó el apellido.

Nació como Maryse Boucolon un martes de carnaval, en 1937. Fue la octava hija de un matrimonio que ya había abandonado la idea de tener hijos: su madre tenía cuarenta años y su padre, bastante mayor, fundó el que se convertiría en uno de los bancos más importantes de las Antillas. De niña, ella sentía particular predilección por su hermano Sandrino, un morocho desarrapado que citaba a Marx y a Fanon para escandalizar a la familia y que moriría demasiado joven. Maryse creció en un hogar burgués con cocinera, nodriza, electricidad, agua corriente, auto y residencia para vacaciones. “Cuando los primeros golpes de gwoka resonaron en el cielo, mi madre, como si respondiera a una señal secreta, rompió aguas. Dos horas después, ya había nacido. El doctor Mélas llegó a tiempo para recogerme, toda pringosa, con sus largas manos. Nunca dejó de repetir a quien quisiera escuchar que yo había entrado a este mundo con la facilidad de una carta en un buzón”, escribe.

En una entrevista hecha a mediados de los noventa, ella contó: “Mis padres eran muy conocidos entre las clases acomodadas de Guadalupe. Mi padre, por ejemplo, había obtenido la Legión de Honor. Se trataba de una familia segura de sí misma, arrogante y clasista. Pero a la vez, mis padres tenían una profunda conciencia de su negritud. A su modo, claro. Durante mi niñez, existía una división tajante entre blancos, negros y mulatos. Mis padres estaban orgullosos de ser negros y nos criaron con la certeza de que en una sociedad más extendida que la guadalupeña, nuestro color de piel sería un tema de orgullo”.

En el libro, Maryse cuenta que su madre se consideraba “más francesa que los franceses”: “Tenemos más estudios. Mejores modales. Leemos más. Algunos de ellos no han salido en su vida de París”, argumentaba en las largas temporadas que pasaban en la casa parisina. Si en Pointe-à-Pitre, Maryse permanecía todo el tiempo encerrada por temor “a que empezara a hablar en creol”, en París, ella y sus hermanos tenían mucha libertad. A la niña, esto la intrigaba mucho y por eso le preguntó a Sandrino (que en verdad se llamaba Alexandre pero había preferido un nombre “más americano”) cuál era la razón en el cambio de las reglas. “Papá y mamá son un par de alienados”, respondió él. Esa palabra la dejó azorada. Al fin llegó a esta conclusión: “Una persona alienada es una persona que trata de ser lo que no es, porque no le gusta lo que es. Así que me juré a mí misma, que jamás me convertiría en una persona alienada”.

Hay que reconocer que Condé fue consecuente con esta promesa infantil. Criada en un período de entreguerras, con el colonialismo francés aun ejerciendo presión en Centroamérica y el Caribe, Maryse fue tomando nota del modo en que las raíces negras silenciadas resurgían de la mano de escritores y poetas como Aimé Césaire y Joseph Zobel en Martinica, Jacques Roumain en Haití y Alioune Diop en Senegal. Mientras tanto, ella decidió que sería escritora por considerar que se trataba de un oficio que le otorgaría mucha libertad.

A los diez años, cuenta en Corazón que ríe, corazón que llora, escribió un texto para leerle a su madre en su cumpleaños. “Aquel texto se extravió y no recuerdo el contenido exacto. Pero sí me acuerdo de que estaba trufado de experiencias mitológicas. En su primera metamorfosis, mi madre se convertía en una de las hermanas Gorgonas, un nido de serpientes a modo de corona. En la segunda, se convertía en Leda, cuya belleza seducía al padre de los dioses”, cuenta. Su padre, sus hermanos, las mujeres que estaban de visita, empezaron a sentir una gran incomodidad cuando Maryse leyó lo que consideraba una oda de amor filial. “Pero el rostro hermoso de mi madre permaneció impasible. Sentada muy recta en el sillón, adoptó una postura habitual en ella: el mentón apoyado en la mano izquierda”, evoca. Finalmente le preguntó a la hija si realmente la veía así. Entonces Maryse entendió que había llevado su arte precoz demasiado lejos. “Le pedí disculpas, lloré, me arrojé sobre su falda pero ella permaneció glacial. ‘¿Perdón por qué? Dijiste lo que pensabas’”, le concedió. Pero era evidente que estaba dolida. En ese momento, la niña comprendió que la palabra era una herramienta muy poderosa.

Fue necesario que pasara mucho tiempo hasta que Maryse en publicase su primera novela, Hérémakhonon, (que significa “esperando la felicidad”) luego de vivir diez años en Guinea, Costa de Marfil, Ghana y Senegal. “Había visto muchas cosas: la gente amotinándose, siendo asesinada, enviada al exilio, deportada. Y además descubrí una cosa importante: yo hablaba una lengua distinta de la del pueblo. Tampoco usábamos la misma ropa, ni disfrutábamos con la misma música, ni profesábamos una religión común. En unos pocos meses, me sentí terriblemente aislada. Ni siquiera lograba comunicarme con mi primer marido, que era de Guinea. Hice entonces un segundo descubrimiento: la raza no es el factor esencial, lo importante es la cultura. Como no compartía la cultura del pueblo de Guinea, del pueblo africano, dejé ese continente y mi matrimonio se acabó”, diría más tarde.

Justamente, la protagonista de esa novela, Véronica Mercier, se concibe a sí misma como “un animal ambiguo, mitad pez y mitad pájaro. Una nueva clase de murciélago. Una hermana falsa. Una extranjera”. En ese viaje de autodescubrimiento, África deja de ser quimera y se transforma en esa zona de orgullosa y compleja negritud que Césaire había evocado en su largo poema “Cuaderno de torno al país natal” al escribir versos como “eres tú mismo dulzura eres tú mismo/ atravesado por la espada eterna/ y avanzando todo el día/ marcado por el fuego rojo de cosas zozobradas/ y por el sol recordado”.

A partir de Hérémakhonon, Condé empieza a desarrollar una obra que desdibuja los bordes entre lo autobiográfico y lo ficcional. Seguiría la saga de Segú (donde indaga el vínculo entre esclavismo e Islam en África a partir del siglo XVIII) y en 1986, publica otro libro fundamental de su obra: Yo Tituba, bruja de Salem, basado en un hecho real. Allí, en primera persona, esta esclava mestiza acusada de brujería, relata las traiciones de un pueblo blanco que quiere verla en la hoguera. Las adolescentes del pueblo sienten una fascinación ambigua por esta mujer que conoce hechizos y hierbas sanadoras, y que habla con el espíritu de su madre, ahorcada luego de atacar a un hombre que la quiso violar. “Aunque no las quería a todas, me compadecía de su tez cerúlea, de sus cuerpos ricos en promesas pero mutilados como aquellos árboles que más adelante los jardineros se esforzarían en reducir”, piensa Tituba mientras las ve junto a las hijas del pastor protestante que la tiene como sierva. Y es que esta novela es, entre otras cosas, una reflexión profunda sobre el sojuzgamiento de las mujeres por su color de piel pero también, por su condición de género. Y aún por su edad.

El libro fue traducido al castellano en 2010 –toda la obra de Condé está escrita en francés– por Casa de las Américas, como parte de un homenaje a la escritora, que viajó a Cuba para la ocasión. Ella aclaró: “Para mí Tituba no es una novela histórica, como muchos creen. Es, de hecho, lo opuesto a una novela histórica. El único documento histórico que aparece en la novela y que es real, es su alegato cuando es acusada de brujería. Por lo demás, yo inventé a Tituba. Le di una niñez, una adolescencia, una vida adulta. A la vez, quería transformarla en una especie de heroína épica, que incluso tuviera una cuota de humor y sarcasmo. No me llevo bien con la idea simplista de buenos y malos, de vencedores y vencidos”.

Ojos azules

En los ochenta, la vida de Condé se transformó una vez más. “Me fui a África, porque quería conocer mis origines”, dice. “Sin embargo, más tarde, la palabra origen dejo de ser significativa por sí sola para mí y me di cuenta que era más importante descubrir quién era. Encontrar una propia voz, un propio camino”. Condé cruzó el Atlántico y llegó por primera vez a Estados Unidos, donde se casó con el británico Richard Philcox, un académico que se ha ocupado de traducir la obra de Condé al inglés y que cuidó de los cuatro hijos de ella mientras Maryse completaba nuevos estudios de posgrado en La Sorbona. Ella lo llama en broma “mi blanco” y se ha desentendido de cualquier cuestionamiento: “Me di cuenta de que un blanco tenía más en común conmigo que mi primer cónyuge, mucho más que la mayoría de la gente que conocía. Es una cuestión de entendimiento, de amor”.

De África a París, de ahí a Nueva York, Maryse capitalizó esos tránsitos como docente en Harvard, Berkeley y la Universidad de Virginia. Además, en Columbia fundó el Departamento de Estudios Francófonos. También fue la primera presidenta del Comité por la Memoria de la Esclavitud en Francia logrando, por ejemplo, que el parlamento francés reconociera la esclavitud como crimen de lesa humanidad. Actualmente ella y su marido viven en un pueblo de la Provenza francesa.

A comienzos de este año, la editorial española Ménades –que rescata textos de mujeres escritoras– publicó Célanire Cuellocortado. Condé escribió esta fábula, que tiene alguna vinculación con su bisabuela esclava, a partir del dato de la aparición de un bebé con el cuello abierto sobre un montón de basura en Guadalupe, a mediados de los noventa. Y decidió que Célanire sería una guadalupeña inteligente y hermosa, de piel oscura y ojos claros, que a comienzos del siglo XX seduciría hombres y mujeres y obtendría suficiente poder como para vengar esa herida que lleva en el cuello.

El cuestionamiento a los estándares de belleza también aparece en Corazón que ríe, corazón que llora. La pequeña Maryse se enamora de un chico mulato que vive al otro lado de la calle. “En aquella época, en Guadalupe la gente no se mezclaba: los negros se quedaban con los negros. Los mulatos con los mulatos. Los blancos no salían de su círculo de blancos y santas pascuas. Por suerte, todos esos líos de los adultos a los niños nos importaban bien poco”, escribe. El chico le entrega una cartita de amor que dice: “Maryse de mi alma y de mi corazón, cuando miro tus hermosos ojos azules…”. Entonces ella le informa, muy resuelta: “Lo nuestro se acabó”. Y es que Maryse no tiene ojos azules sino negros. El pobre chico había copiado una carta cualquiera.

Esto es contado en un capítulo de Corazón que ríe… llamado “The bluest eyes”. La traductora Martha Alonso decidió de manera acertada mantener el inglés de la versión original para transparentar el vínculo evidente con la primera novela que publicó Toni Morrison, del mismo nombre. Ahí, una niña víctima de abuso cree que todo será mejor si ella tiene los ojos claros de las muñecas y los rizos rubios de Shirley Temple. La escritura de Condé y la de Morrison tienen puntos en común. Pero si en Morrison el deseo de tener ojos azules es la fuente de sufrimiento, en Condé, el hecho de poseerlos alienta el deseo de subversión, como le ocurre a Célanire, consciente de que debe usar esa herencia para desafiar a los violadores blancos.

La obra de Condé también ha sido comparada con otra escritora de la diáspora caribeña, Jamaica Kincaid, autora de Autobiografía de mi madre y Mi hermano, entre otros libros. Las dos comparten situaciones biográficas parecidas: Kincaid creció en una isla antillana colonial, Antigua, aunque ahora vive en Estados Unidos, donde ha sido profesora universitaria, al igual que Marisé. Ambas se ocupan de deconstruir la mirada eurocéntrica y los vínculos familiares a través de novelas donde la alquimia entre ficción y autobiografía surge de combinaciones muy personales.

El vínculo de Condé con Guadalupe, su geografía de origen, ha sido tan complejo como el que mantuvo con su madre. Ella ha dicho que ese pequeño país insular “ha sido arrasado en términos creativos” y fue necesario que le diera la espalda para inventarse una nueva vida aunque nunca perdiera el contacto con varios referentes sociales de allí. Algo similar ocurrió con su madre, que ocultaba una y otra vez su pasado. En Corazón que ríe, corazón que llora hay una referencia a esa abuela materna analfabeta que había pasado toda su vida viviendo como esclava, gran cocinera y conocedora de artes curativas y mágicas llegadas del corazón de África. Quizás la escritura de Condé sea una búsqueda de ese origen. De hecho, uno de los últimos libros que publicó fue Victoire: la madre de mi madre. Y una vez más, ella dijo que recordar o inventar no le interesaba como distinción.

 

En ese sentido, el epígrafe de Corazón que ríe, corazón que llora es elocuente: “Lo que la inteligencia nos devuelve con el nombre de pasado no es pasado”. Se trata de una frase de Marcel Proust que pone en escena una vez más la decisión de Condé de sustraerse de todo binarismo. Ni negro ni blanco, ni ficción ni realidad, su narrativa está hecha de máscaras y atajos de una belleza desconcertantes para mostrar la desnudez de un corazón que ríe y llora pero sobre todo, que escribe. En esa deriva, la invención se transforma en otra de las formas posibles del recuerdo.