El ministerio del dolor. Dubravka Ugresic
La angustia en el piso semisótano crecía a una velocidad tropical, como la
passiebloem, la pasiflora que adornaba los muros de las casas y de las vallas de
los jardines en muchos puntos de la ciudad. Cada vez con más frecuencia me
sorprendía a mí misma cogiendo el bolso, echándome la gabardina sobre los
hombros y saliendo a toda prisa del piso sin saber adónde iba.
Una ciudad que semejaba un caracol, una concha, una telaraña, un encaje
suntuoso, una novela de insólita estructura circular que carecía de final, me
desconcertaba. Me perdía a menudo, me costó mucho memorizar los nombres
de las calles y dónde empezaba o acababa una. Me ahogaba en un vaso de agua. Solía acompañarme la sensación de que si, como la Alicia de Carroll, resbalaba
y me caía en un agujero, me hallaría en un tercer o un cuarto mundo paralelo.
Porque Ámsterdam, que conocía desde hacía poco, era ya mi mundo paralelo.
Lo percibía como un sueño que, a su manera, rimaba con mi realidad.
Descifraba la ciudad como si interpretara mis propios sueños.
Lo que más me fascinaba era la arena.
Editorial Impedimenta.
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