El ministerio del dolor. Dubravka Ugresic
Me asombraba la cantidad de signos, señales, «huellas dactilares», como si
cada uno de los habitantes de Ámsterdam se esforzara por dejar su firma en
algún lugar. Estas señales eran infantiles y por ello conmovedoras, como las
miguitas de pan que Hansel y Gretel dejaban tras de sí para saber regresar. Me
parecía que tan numerosas señales —figurillas de gatos que trepan por la
fachada de las casas antiguas, las ventanas de las que colgaban banderitas,
carteles, incluso fotografías de los miembros de la familia, sobre todo de los
bebés recién nacidos, inscripciones y lemas de todo tipo, pequeñas esculturas,
juguetes, ositos de peluche, máscaras africanas, títeres del wajang indonesio,
barquitos, réplicas en miniatura de las casas de Ámsterdam— solo emitían un
mensaje: «Yo vivo aquí, ¡eh!, vivo aquí». Tenía la sensación de que todas estas
«naturalezas muertas», estos «ikebanas» e «instalaciones» en las ventanas —
como por ejemplo un jarrón barato en la ventana, comprado en Ikea, en el
que, merced a la voluntad inspirada artísticamente del morador, había
encallado un barco comprado en Xeno por dos florines—, revelaban el miedo
inconsciente de los habitantes a la desaparición. Esas casas de muñecas dentro de casas de muñecas, ese infantil exhibicionismo urbano, esa insistencia en
dejar huellas dactilares en la arena, todo esto en algún lugar rimaba con mi
propia angustia, cuyo verdadero nombre y origen ignoraba.
Parte 5. Página 31. Ediciones Impedimenta.
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