martes, 30 de abril de 2019

Despidiéndome de la docencia para siempre jamás

Hace tres meses que lo escolar me come el coco. Cuatro instituciones este año, con todos sus colegas nuevos y detestables, sus discursos directivos contradictorios y enervantes , sus pibes y pibas con tantos conflictos y necesidades que no puedo cubrir ni atender. No quiero más. Tengo que volver a ser yo misma. Y eso implica dejar de ser profesora.


A veces une pibe me dice algo bueno o hace algo lindo y tengo esperanzas. Me digo que cuando me salga la jubilación me voy a quedar con los dos cursos que más me gustan. Al rato no más me doy cuenta que mi vida, la mía mía mía, está en otro lado. Que mi cuerpa ya no tolera la tiza, el timbre del recreo, el vocabulario que incluye planificaciones, planillas, y no platos voladores, que me quiero ir literalmente a la mierda y mis mejores alupnes estarán felices de buscarme en otras partes.


El humor en las aulas me sube y me baja tan vertiginosamente como en mi casa o en cualquier parte. Lo malo es que en las aulas tengo que reprimirlo y encausarlo y moderarlo y eso me destroza. Aunque a veces lo dejo fluir y hago destrozos y genialidades irrepetibles.


Tres aulas diferentes, tres conversaciones diferentes. Encuentre usted la coherencia, si puede: Un pibe me pregunta si soy lesbiana y le digo que sí. Un pibe me pregunta si fumo y le digo que sí. Un pibe me pregunta si perreo y me ofendo y lo miro con mala cara.

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Lunes por la madrugada...

Yo cierro los ojos y veo tu cara
que sonríe cómplice de amor...