martes, 1 de septiembre de 2026

«No te abres de piernas sin papeles.» «Grano o cizaña, tú eliges.¿Has entendido?»

 Fragmento de El jardín de vidrio de Tatiana Tibulack. P 76-77



Los hombres te apuñalan bien dentro, te dejan la espalda como un colador. Te atraviesan como si fueras una estación de tren y escupen tu corazón como si fuera una colilla. ¿Has entendido?

Había comenzado la temporada de las conservas, la ciudad bullía con el ajetreo de las mujeres. Las vecinas no habían estado nunca más guapas ni más desnudas. El verano no solo las había despojado de la ropa, sino también del resto. Şurochka llevaba una bata vieja, de percal, que la tapaba solo por aquí y por allá, y no siempre dondedebía. Y Raia anduvo en bragas y sujetador todo un mes, hasta que en la plaza se terminaron los pepinillos, los tomates y los pimientos. Tamara Pavlovna se había ido a Odesa y yo me había quedado para encurtir las coles. Tenía que ayudar a Şura y a Raia, ellas me ayudarían a mí y al final me llevaría a casa dos estantes de conservas para el invierno. Sin embargo, eso habría sido demasiado simple. Libres para hablar de lo que quisieran, sin ropa y en celo, las mujeres empezaron a instruirme.

 «Que no se te ocurra meterte ahí el dedo, ¿o te lo has metido ya?» «Si se te acerca algún hombre con caramelos o con otra cosa, echa a correr y grita. ¿Has entendido?»

La autoridad en este ámbito era, evidentemente, Raia. Su barriga grande y flácida estaba rajada por todas partes, señal de que por ahí habían salido niños. Y no de cualquier manera, sino con grandes suplicios, como una heroína. Los pechos de Raiechka corroboraban también la teoría de que su dueña había sido una madre extraordinariamente nutritiva. Le llegaban casi hasta el ombligo, como dos medias de lana sorprendidas por la lluvia. Tenía además Raia un culo que merecía ese nombre y, sobre todo, una lengua larga y desvergonzada.

«Si te crecen las tetas, escóndelas, que no son ojos.» «Las chicas no se sientan en sitios fríos, las mujeres no llevan minifalda. ¿Has entendido?»

Şurochka, por otra parte, era mujer sin serlo. La parte inferior de su cuerpo, carente de encanto, había empezado a estropearse de joven, mientras la superior apenas había descubierto qué era el placer. Nadie sabía con exactitud qué enfermedad tenía Şurochka, pero tampoco hacía falta demasiada exactitud. «Гнилые ноги, tengo las piernas huecas», decía ella con orgullo cuando le pedían una prueba de invalidez. Nadie preguntaba nada más. Sus piernas estaban, verdaderamente, huecas. Las venas de Şurochka, al igual que la lengua de Raia, rezumaban veneno, y era suficiente que se arremangara un palmo la falda para que todos se apresuraran a dejarle el asiento. Además, Şurochka también apestaba, aunque, para ser los tiempos que eran, tampoco era demasiado.

«No te abres de piernas sin papeles.» «Grano o cizaña, tú eliges.¿Has entendido?»

El repollo salió bueno, me llevé ocho tarros.

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