sábado, 31 de marzo de 2012

Marzo bonito

Te puteo cuando llegás pero en el fondo te quiero.
Hasta mañana en que ya no serás vos.

El libro de la almohada


PINCEL FINO


A fines del primer milenio, la literatura japonesa produjo una obra maestra llamada “El libro de la almohada”. Su autora, Sei Shônagon, fue una cortesana aguda y mordaz que, a través de listas, fragmentos de diario y observaciones cotidianas, construyó un texto talismán que acaba de ser editado por Adriana Hidalgo. Esta primera traducción al castellano ha sido realizada por Amalia Sato.

Por María Moreno

En el Japón, durante el período Heian (794–1185), hubo una mujer cuyo nombre se desconoce, pero que usaba el apodo de Sei Shônagon. Era hija del poeta Motosuke y se desempeñaba como dama de la corte de la emperatriz Sudako. Como muchas mujeres venideras, Sei Shônagon llevó un cuaderno íntimo en el se atrevió a ejercer todos los géneros literarios privilegiados por el otro sexo: ensayo crítico, poesía, relato corto, apunte filosófico. Vivía en la corte entretenida en sofisticados juegos de retórica que consistían en recordar poemas, completarlos de acuerdo con una consigna o modificarlos para loas de los soberanos. Lo más “vanguardista” de la escritora eran sus listas, una mezcla de epigrama, sentencia o zuihitsu (ensayo hecho como al correr de la pluma, en este caso el pincel). La editorial Adriana Hidalgo acaba de editar El libro de la almohada de Sei Shônagon, cuya traducción ha sido realizada por Amalia Sato, una crítica que está preparando su propio “libro de la almohada” que ella denomina, por modestia, “apuntes de lectura”. Amalia Sato es directora de la revista Tokonoma, especializada en literatura japonesa o en el efecto Japón en la literatura nacional. Uno de esos efectos ha sido una obra de teatro noh escrita por el pintor Alfredo Prior con el seudónimo de Omote Akira.
–El manuscrito de Sei Shônagon se perdió –cuenta Sato–. Lo que tenemos son copias de copias y versiones de versiones. Eran papeles manuscritos de la corte que circulaban en un material muy precario. Quedaron Genji Monogatari (Romance de Genji) de Murasaki Shikibu y Makura no Sôshi (El libro de la almohada). Mi versión de éste está trabajada sobre el texto de Ivan Morris, que es como la versión canónica en lenguas occidentales.


–¿Por qué El libro de la almohada?
–De acuerdo con la lectura más literal puede pensarse que ella usaba metafóricamente los papeles como almohada. O que guardaba estos papeles de escritura en una almohada. No una almohada en el sentido actual sino una especie de mueble que se colocaba en la cabecera del lecho y donde se guardaban papeles personales, elementos de escritura. Otra versión es la anécdota que está hacia el final del libro y donde aparece la emperatriz hablando de unos cuadernos que no se iban a utilizar, y Sei Shônagon dice: “Si fueran míos, los usaría como almohada”. En japonés, la misma palabra designa a almohada y epíteto. Entonces también se puede interpretar El libro de la almohada como un libro de retórica.
–Lo que sorprende es que suene totalmente contemporáneo.
–Generalmente se habla de cultura japonesa como milenaria. Pero, en realidad, milenarias son las culturas de China y de la India. La escritura en Japón aparece muy tardíamente. Los primeros escritos son del siglo VI y la primera antología, del siglo VIII después de Cristo. O sea que, si hiciéramos una escala cronológica, comienza prácticamente con las lenguas romances occidentales y con una torsión muy fuerte que es la adopción del ideograma chino. Lo interesante es que estos ideogramas van siendo simplificados. En ellos son muy importantes los elementos de escritura y la caligrafía, fundamentales para la estilización formal. Cuando el ideograma, que era una lectura conceptual, se va simplificando, se le adjudica una lectura fonética. A partir de la simplificación de ciertaspartes del ideograma se elabora una escritura fonética: el hiragana, que se escribe con la caligrafía soshô de líneas suaves. Y ésa es la escritura vernácula, propia de Japón. En su elaboración, si bien no hay ningún dato histórico que lo pruebe, se supone que intervinieron las mujeres, porque se la llamó escritura femenina o de mano de mujer.
–¿Protofeminismo?
–No habría que ser tan programático. Al principio, cuando empecé a leer ciertos temas, pensaba siempre desde lo femenino, pero yo diría que si las mujeres no hubieran compartido esta escritura con los hombres en el epistolario amoroso, no sé si habrían tenido el mismo éxito. No sólo hubo en Japón fonetización de las escrituras. Hubo también en China y en Corea. En China la escritura nü shu, de ideogramas fonetizados, se descubrió recién en la década del ‘90. La estudió una antropóloga norteamericana, Cathy Silves, que cuando fue a estudiar a China sólo encontró a una informante de más de 90 años. Había una tradición de escritura fonética sólo compartida por mujeres y que también se perdió. Y en Corea también hubo fonetización en el siglo XV, la época de expansión del confucionismo. Se la utilizaba para adoctrinamiento de las mujeres a las cuales les estaba vedado tanto en China como en Japón el estudio del ideograma, que era algo de la escritura oficial. La fonetización, como el exotismo, siempre estuvo relacionada con mujeres.
–¿Cómo se ingresaba a la corte del emperador?
–Había un estamento de damas, de servidoras que tenían un acceso intelectual muy alto precisamente por tener que servir. De ahí la capacidad de esas mujeres de acceder a la escritura, que era un modo de expresión muy codiciado además de un pasatiempo. La originalidad de Sei Shônagon es que ella constantemente está opinando. Es un individuo, de ahí su modernidad. El diario es el género por antonomasia japonés. En él, ella utiliza sus famosas listas que se estudiaron hasta el siglo XVIII, porque se las consideraba repertorios poéticos. El romance de Genji es diferente. Hay quien dice que es proustiano. Trabaja con la memoria, con la noción de karma, de varias vidas, con una obsesión amorosa que se va repitiendo genéticamente y que atraviesa tres generaciones. El protagonista es un Don Juan japonés.
–¿Qué dificultades tuvo la traducción?
–Lo que más me costó fue transmitir esa claridad espacial. Cómo circula la gente, por dónde entra, desde dónde está mirando. El palacio era una serie de alas unidas por corredores. No había paredes. La privacidad se establecía con biombos muy bajitos detrás de los que las damas se sentaban para entablar conversación. También colgaban los quimonos que funcionaban como cortinados cuando recibían visitas o a algún amante. Y para que la reconocieran, mostraba una manga. Los vestidos tenían doce capas de colores, cada uno con una coloración muy especial y, de acuerdo con la combinación que se viera, se podía saber quién era la dueña de la manga. También se las podía reconocer por los perfumes. Era una vida muy sigilosa que se desarrollaba a partir del anochecer.
–¿Había separación entre el ala de los hombres y el de las mujeres?
–Sí, y también las damas de los estadios más altos de la nobleza estaban veladas a las otras. Pero eran muy libres. Las mujeres tenían su ala, no diría el cuarto propio como suele decir el lugar común, pero sí sus espacios donde ejercían su intimidad, su escritura, sus encuentros. Si se casaban, se retiraban de la corte y eran muy apreciadas por esposas de gobernantes porque tenían un verdadero savoir faire de etiqueta. En la corte todos eran muy jóvenes. Cuando Sei Shônagon escribe el libro, tiene 30 años y habla de sí misma como si fuera una vieja. Y la emperatriz tendrá 17 o 18 años, el emperador, quizás catorce. Las representaciones que se hacen de esa época son recién del siglo XV, donde se ven las cortes de palacio como si hubieran sido miradas desde arriba, escenas con flores y plantas que están inspiradas en las descripciones que se hacen en El romance de Genji.

Traducirse
Reforzado por los gustos amorosos de John Lennon y de Jorge Luis Borges, el mito de la mujer japonesa ha llegado hasta las letras de tango bajo los rasgos de una suavidad, una devoción y una dulzura ideales para combatir el mito de la occidental moderna, asociada a una agresividad y a una autonomía consideradas “castrantes”. Amalia Sato no pudo evitar que se intentaran buscar en su estilo los clichés habituales. Pero, para ella, Japón no es un origen sino un cuerpo literario donde la traducción se convierte en un instrumento crítico de esa versión occidental donde las geishas encarnarían una suerte de prostitución estética y los hombres, el suicidio por honor. Amalia pertenece a una familia cuyos integrantes viven en la Argentina desde hace tres generaciones.
–Ser descendiente, más que autorizarte, te impide. El japonés es una lengua muy difícil, con enormes dificultades sobre todo en la escritura. Uno lo que más siente son las carencias, no los saberes. En realidad empecé a leer literatura japonesa recién a los treinta años. Fue a partir del trabajo con traducciones. Hay un texto que yo cito mucho y que me ayudó en una metodología de trabajo y que es Hanako de Mori Ogai, un escritor de la modernización. Cuando no estaba traducido, vi que lo citaba Donald Keene –un estudioso norteamericano de literatura japonesa– en su libro Paisajes y retratos, que está en inglés. Parecía una historia romántica, la de una bailarina japonesa de varieté que va a Francia y se encuentra con Rodin. Conseguí el original y trabajé con una alumna mía en la traducción. Es un texto muy breve y bien diferente de las interpretaciones que se habían hecho de él. El texto no era ni exotista ni constituía una exaltación de la mujer japonesa. No tergiversaba Japón para poder entrar en el imaginario occidental.
–Había una mirada sobre Occidente, una versión “de vuelta”.
–Estaba citado el texto de Baudelaire, La Morale du joujou, traducido como La metafísica de los juguetes. Aparecía Rodin, las conferencias de Rilke, transcriptas, citadas, toda esa intertextualidad de la que se habla tanto hoy, pero desplegada en 1911 por este autor japonés. Había un Baudelaire recontextualizado, recitado, y ahí me dio una enorme curiosidad por seguir traduciendo. Tuve una especie de iluminación. Me di cuenta de que traducir es la mejor manera de leer y de no quedarse con la interpretación, sobre todo la de los estudiosos norteamericanos que son los que más trabajaron con literatura japonesa. Porque mucha gente trabajó como intérprete del japonés en la Segunda Guerra. Muchos adquirieron el idioma gracias a eso y quedaron fascinados por la cultura japonesa. Esas interpretaciones, que son casi glosas, te impiden leer el texto. Cuando traducís, vas ajustando una lectura y una visión.
–¿Cuáles son las mayores “perversiones” que registró en ese sentido?
–La exotización. Esas lecturas impresionistas del siglo XIX. Esos clichés como el de la geisha como paradigma de femineidad, cuando en realidad la geisha toma su modelo del travesti. La geisha encarnó eso para Occidente en el momento en que hacía crisis la femineidad occidental con la irrupción del psicoanálisis. Otro cliché es el efecto Japón como nostálgico y decadente. Y, por supuesto, la selección de determinados autores como Tanisaki, Mishima y Kawabata, que satisfacen esa suerte de narcisismo decadente occidental que se deposita en el Japón.
Las enumeraciones o listas de Sei Shônagon, traducidas por Amalia Sato, contienen verdades a prueba del paso del tiempo. Por ejemplo, esta selección pertenece a las listas de cosas que reprueba en categoría de odiosas, inapropiadas o sórdidas:
“He cometido la locura de invitar a un hombre a pasar la noche en un lugar poco conveniente y comienza a roncar.” “El hombre que amamos está borracho y se la pasa diciendo las mismas cosas.”
“Una mujer que ha perdido ya su juventud, está embarazada y camina jadeando. También es reprobable ver a una mujer de cierta edad con unmarido joven, y más inapropiado si se pone celosa porque él ha ido a visitar a alguien.”

Tomado de http://www.pagina12.com.ar/2001/suple/Las12/01-07/01-07-06/NOTA3.HTM

Sábados de super acción


Hoy, en Puán, entre una materia y otra me crucé a Gambito: Mesa de usados llena de cosas interesantes: ¿Quién vendió su biblioteca? (Algo me dijeron en la caja, que un psicólogo, que una tal Laura, pero no quise preguntar más por miedo a tener, una vez más, libros de gente muerta).
Así que 14 títulos por 300 pesitos:
Mijo el dotor (Ninguna emoción pero estaba 8 pe y tengo que dralo este año),
Las otras puertas de Abelardo Castillo (que había leído en fotocopias o de prestado),
Manfield Park, para continuar mi colección de Jane Austen,
El libro de los abrazos que tantas veces vi tan cara por todos lados,
Salvo el crepúsculo porque me debía un Cortázar poeta,
Los impacientes de Gonzalo Garcés porque no leí nada de él todavía,
Los subterráneos de Kerouac y Tres rosas amarillas de Carver porque es imposible resistrise a esas ediciones de Anagrama y me falta leer más Norteamericana,
Crímenes imperceptibles porque la semana pasada se la nombraba a la profe de matemáticas y yo ni siquiera la leí,
Anatomía humana de Carlos Chernov porque hace años que estaba en mi lista de compras porque tiene tema con hombres, mujeres y CF rara,
y, la o, mejor dicho, las frutillas del postre: 4 novelas de Vlady Kociancich que me gustó tanto en lo poco que leí y me gustó tener toooooodo de ella y en ediciones tan disímiles: Últimos días de William Shakespeare, Todos los caminos, El tiempo de las mujeres y Abisinia.

Ahora las voy a firmar a todas para darles la bienvenida y me empiezo cuatro o cinco a la vez.

jueves, 29 de marzo de 2012

Éste no lo quiero



El libro que no puede esperar
29-03-2012 |

Mañana, viernes 30, a las 11.00.

el libro que no puede esperar

Agencia DraftFCB y Eterna Cadencia Editora presentan una edición especial del libro El futuro no es nuestro. Nueva narrativa latinoamericana, de Diego Trelles Paz (comp.): una selección de nueva narrativa latinoamericana en una edición que desaparecerá en dos meses.

El contenido de este libro fue impreso con una tinta que se borrará completamente a los cuatro meses de abierto el embalaje, con el objetivo de que sea leído al poco tiempo de ser adquirido. Mucho se puede decir del libro como objeto, de su amenazada existencia por distintos peligros. Los que amamos los libros sentimos que nunca van a desaparecer. Todo surge de una anécdota durante la última feria del libro en Santiago, Chile. Allí, un panel de autores latinoamericanos intentó contestar la pregunta “¿Por qué no nos leemos?”. La idea resultante de la mesa fue que era difícil conectar a los autores latinoamericanos con sus lectores de habla hispana por fuera del propio país.

La Agencia de Publicidad DraftFCB tuvo entonces la idea de crear un libro que tuviera que leerse con urgencia, para ayudar a la difusión de estos autores. Para dramatizarla, imaginó un libro cuyo contenido tuviera una fecha de vencimiento y salió luego a la búsqueda de algún título de literatura latinoamericana ya existente que pudiera protagonizar el proyecto. Ese libro es El futuro no es nuestro. Nueva narrativa latinoamericana, una compilación de narradores jóvenes de distintos países del continente, seleccionados por Diego Trelles Paz y editado por Eterna Cadencia Editora en 2009. Este libro, que fue editado en distintos países de América por distintas editoriales independientes, cumplía con la intención de dar a conocer de modo novedoso y urgente una literatura excelente que poco a poco se está abriendo paso entre los lectores de habla hispana y más allá. La impresión se hizo en serigrafía en Papelera Palermo.

“Pensamos que es una manera mágica y poética de contar un problema real. Quisimos hacer un libro que fuera un mensaje en sí mismo. Que nos incentivara a leer a estos autores antes de que sus relatos desaparezcan de verdad, ahí delante de nuestros ojos”, cuenta Javier Campopiano, Director General Creativo Regional de DraftFCB.

Con motivo de presentarles esta mágica propuesta literaria, los invitamos al desayuno – presentación que estará a cargo de Silvia Hopenhayn y de Javier Campopiano. La cita es el viernes 30 de marzo a las 11 de la mañana en Eterna Cadencia, Honduras 5582.



Tomado del blog de Eterna Cadencia

Ese tiempo perdido es ser una mujer

Una mujer como yo, por ejemplo



Fernanda Laguna



Una mujer
no merece
su tiempo
para dedicarse
a las cosas que le interesan.

Porque…
¿Es que las cosas que le interesan a una mujer
no son interesantes?
O que…
¿Una mujer no demuestra el suficiente interés
en lo que le interesa como para que a los demás
le resulte interesante y le den su tiempo?
O es que…
¿Lo interesante que ella haga es lo que al otro no le resulta interesante hacer?

Todas estas preguntas
se las hace una mujer…
Una mujer como yo, por ejemplo
cuando tiene un tiempo breve
para hacer algo que le interesa.

Y mientras transcurre su tiempo
se pregunta
¿Era esto lo que quería hacer?
¿Preguntarme acerca de estos temas?
¿Desperdiciar esta hora que me han permitido tener
en pensar en esto que ni siquiera sé si es en lo que quiero pensar?
¿En realidad merece una mujer
ese tiempo para hacer lo que ella quiere hacer
si en realidad ella no sabe lo que quiere hacer?
¿Ella merece tiempo para creer
que quiere hacer algo?
¿Tiene sentido seguir pensando en esto?
No importa,
ese tiempo perdido es ser una mujer.
Una mujer como yo,
por ejemplo.

Así es y así debe y no debe ser.

Cuando una ser humano mujer se piensa
piensa
si realmente es un ser humano o no.
Una mujer cree que es tan lista
que por eso no sabe lo que quiere.
Una mujer cree que tiene que ser tan lista
que los demás se tienen que convencer de que es una estúpida
porque en el fondo cree que cuanto mas dejada de lado sea
mas libre y feliz será,
en el lado de la vida dejado de lado por la productividad.
El fabuloso lado donde se haya todo lo ingobernable,
todo lo inaprensible,
como la vida y la muerte,
el tiempo, el amor, lo misterioso,
la belleza, lo intuitivo,
el universo (con todo lo contenido en él),
lo simple, lo sin importancia…
entre otras “cosas”.

O algo así… Creo.
Bueno…es muy difícil terminar un poema
y darle un sentido determinado.
Pero venía bien ¿No?
Una mujer es alguien como yo, por ejemplo.


Fernanda Laguna (Buenos Aires, Argentina, 1972)
de Antología de la Nueva Poesía Argentina, Perceval Press
Selección Gustavo López, 2009



Tomado de EMMA GUNST. blogspot.com

lunes, 26 de marzo de 2012

Leer y escribir según José Luis Zárate

Escribía para el cajón (que prefería la tele).


Tenía doble personalidad. La segunda firmaba con seudónimo.


No era una segunda personalidad. Era su lado b.


Las musas de los escritores esquizofrénicos trabajan doble.


Las conferencias del encuentro de escritores empezaron a girar en torno a la violencia. Se encontraron 12 decapitados en la torre de marfil.


¿Escribir desde mis obsesiones?¿Desde mi yo comprometido?¿Lo lúdico? ¿El dolor?¿Desde un sueño sin realidad? R:Desde todas las anteriores.


¿Por qué las ponencias hablan de la obra propia como una única voz, un único enfoque, una posición y no desde la multitud que cada uno es?


Los gatos de biblioteca a veces les da por probar ese picor amargo que tienen los ratones que se alimentan en la sección de crítica.


Algunos libros viejos crujen. La pasta de cuero tal vez, el pegamento reseco que une las páginas. A veces es que están llenos de fantasmas.


Los libros necesitan cuidados. Se pueden pegar las hojas caídas, reparar los lomos rotos, dar palmaditas para que olviden las malas reseñas.

domingo, 25 de marzo de 2012

Los cuatro amigos: Bambú, Brotes de Ciruelo, Orquídea Silvestre y Crisantemo


Cultura: Sumi-E

Sumi-E es un término que significa pintura a tinta. Se hizo conocida en Japón alrededor del siglo VII aC por académicos que regresaban desde China. Ellos trajeron consigo muchas ideas culturales como la caligrafía (escritura hermosa) y un estilo de pintura influenciada por ésta. Los japoneses adoptaron este estilo de pintura y le agregaron el don cultural japonés y lo nombraron Sumi-E.

Sumi-E consiste en cuatro trazos de pinturas usualmente referidas como los cuatro “amigos”: Bambú, Brotes de Ciruelo, Orquídea Silvestre y Crisantemo.

Se considera que el Bambú, el primer amigo, contiene las características de un caballero. Los chinos lo consideran como virtuoso y humilde y también consistente ya que retiene su follaje todo el año.

El segundo amigo, Brotes de Ciruelo, cuyos brotes son usados por los trazos de esta pintura son de hecho los brotes que crecen en el árbol del Damasco Japonés. Este árbol es el símbolo del invierno con el renacer de la vida no lejos de la llegada de la primavera.

El tercer amigo es la Orquídea Silvestre. Este amigo es considerado como femenino, simboliza la serenidad de la oscuridad. Emite un perfume bello especialmente a medida que crece en los bosques profundos.

El cuarto de los amigos es el Crisantemo, altamente valorado en China debido a su longevidad. Desafía el hielo del invierno al brotar en otoño.

Los cuatro amigos representan todas las formas del universo. Una creencia común era que ellos eran llamados los cuatro amigos porque sólo los ricos tenían el lujo de darse el gusto con ello y disfrutar la caligrafía y el arte de la pintura oriental. En esa época también había famosas mujeres y niños pintores. Estos hechos están registrados en los anales de la historia del arte.

Cuando Sumi-E fue introducido en Japón los monjes Budistas Zen lo usaron como un ejercicio Zen. Ellos valoraron la libertad del uso del color al usar sólo las sombras derivadas de la tinta, la totalidad del espectro, desde el negro lleno hasta el blanco. Esto enfatizaba líneas, sombras y sentimientos emocionales y encontraron que requería más disciplina, lo que era bueno para su práctica espiritual.

Hay una historia popular acerca de “Sesshu”, un pintor japonés del siglo XIV, quien cuando niño disgustaba a su Abad al dibujar en vez de estudiar sus lecciones religiosas. Como castigo fue atado a un árbol para que meditara. Sin embargo, dibujó en la arena un ratón tan vívido con su dedo gordo del pié, que cobró vida, mordió la soga y lo liberó.

Hay muchas leyendas Sumi-E, tal como la del Emperador que puso a dos pintores Sumi-E a competir entre sí y les pidió que pintaran una hoja de arce flotando río abajo. Un artista pintó laboriosamente con detalles la hoja flotando. El segundo artista, quien no aprobaba las competencias, tomó a un gallo, sumergió sus patas en tinta mezclada con pintura roja y presionó sus patas sobre un gran papel de arroz lo que representaba la corriente de agua.

Muchos artistas occidentales han estudiado Sumi-E o han recibido su influencia. El trabajo de artistas tales como Toulouse Lautrec, Gaugin, Mary Cassett y Pierre Bonnard fueron influenciados por Sumi-E, sus trabajos expresan la vida interior de la materia del tema, la que está llena de individualidad y espíritu. Un trazo conduce sin esfuerzo al próximo, mostrando que el artista tiene total control de su mente y pincel.

Para mantener el espíritu de Sumi-E es importante no hacer esbozos, en cambio debe mantener la imagen en su mente, disfrutar su belleza y pintar la memoria de ella en el lenguaje Sumi-E, usando el espectro total desde el negro hasta el blanco. Eso es Sumi-E en su forma más elevada, por ejemplo recordar cómo se ve una abeja cuando se mueve de una flor a otra o un pájaro aleteando al capturar un insecto.

Para los antiguos chinos Sumi-E refleja el Dao, el permanente principio del universo; la vía de la vida. El mismo espíritu siempre ha morado en las mentes de los pintores Sumi-E. Están conscientes que Hokusai, Sesshu, Bunuho y otros están a su lado ayudándolos a hacer las cosas que aman hacer.

La historia japonesa fue registrada en rollos de papel con caligrafía y pinturas Sumi-E, lo que ayuda a los historiadores a ver la vida como era en el pasado. Los mapas marítimos también fueron hechos en Sumi-E. Se dice que son superiores a los mapas de hoy, según experimentado marinos. Sumi-E fue también usado para hacer las primeras películas con movimiento. La historia fue pintada e ilustrada en Sumi-E y un rollo que se habría horizontalmente era visto a través de una caja que ofrecía entretenimiento a los niños y a los pueblos de la periferia. Todo esto demuestra con seguridad que Sumi-E es en realidad el lenguaje del pueblo.



Tomado de http://misumi.com.ar/cultura-sumi-e

sábado, 24 de marzo de 2012

Pensar, añorar, ser incapaz de olvidar, estar triste


"Un día, mientras escribía una carta,Otoko abrió el diccionario para consultar el ideograma "pensar". Al repasar los restantes significados (añorar, ser incapaz de olvidar, estar triste) sintió que el corazón se le encogía. Tuvo miedo de tocar el diccionario... Aún ahí estaba Oki. Innumerables palabras se lo recordaban. Vincular todo lo que veía y oía con su amor equivalía a estar viva. La conciencia de su propio cuerpo era inseparable de aquel abrazo."


Yasunari Kawabata. Lo bello y lo triste.

Las corrientes del tiempo


"El tiempo pasó. Pero el tiempo se divide en muchas corrientes. Como en un río, hay una corriente central rápida en algunos sectores y lenta, hasta inmóvil, en otros. El tiempo cósmico es igual para todos, pero el tiempo humano difiere con cada persona. El tiempo corre de la misma manera para todos los seres humanos; pero todo ser humano flota de distinta manera en el tiempo.
Al aproximarse a los cuarenta, Otoko se preguntaba si el hecho de que Oki siguiera dentro de ella significaba que esa corriente del tiempo se había estancado, en lugar de seguir su curso. ¿O acaso la imágen que ella conservaba de él había flotado con ella a través del tiempo como una flor que avanza aguas abajo? Ella ignoraba cómo había flotado su propia imagen en la corriente de Oki. No podía haberla olvidado; pero, sin duda, el tiempo había corrido de maneras diferentes para él. Las corrientes del tiempo nunca son iguales para dos personas, ni siquiera cuando son amantes..."


Yasunari Kawabata. Lo bello y lo triste

Encuentros con la belleza

"La literatura no hace sino registrar los encuentros con la belleza"


Yasunari Kawabata

Un sello de clausura sobre todas las puertas del deseo

Sueños de clase media


por Daniel Link para Perfil



Harto de analizar y comentar “la realidad”, a finales del año pasado decidí dejar de escribir estas columnas. Mi editor, Guillermo Piro, entendió mi cansancio y me sugirió (porque, después de todo, hay que trabajar) una disciplina macrobiótica (por Macrobio, el autor de Comentario al sueño de Escipión) como posible compensación presupuestaria para mis finanzas saturnales.
Aprovechando las vacaciones de los psicoanalistas yo podría ofrecer un servicio de “análisis de sueños de clase media”, me dijo. Así lo hice, y durante febrero me dediqué a lo que suponía iba a ser extremadamente divertido y muy diferente de lo que venía haciendo.
El primer soñante que me contrató era un fotógrafo que me contó que una manada de lobos hambrientos lo asesinaban a mordiscones al grito de “cochon!” (en su sueño, los animales hablaban). Pronto quedó claro que su pesadilla era una trasposición del destino del fotógrafo francés asesinado en Plaza San Martín.
La segunda soñante era una galerista fina que rodaba por un abismo envuelta en una madeja interminable de hilo rojo, perseguida por un hombre moreno. Sonrió cuando la hice recordar que le habían negado el permiso de importación de una obra de arte (ya comprometida para una muestra) hecha con varios kilómetros de hilo.
La tercera soñante era una portadora de HIV que, angustiada, se tomaba un avión cada mes. ¿Con qué destino? “No sé, el pasaje es caro, pero no llego nunca a ninguna parte”. Tecleando en mi computadora (ensamblada en Tierra del Fuego) descubrí que las pastillas que tomaba mensualmente como tratamiento antirretroviral estaban valuadas al público en $ 7.500. “Ese pasaje por mes te estás tomando”.
El cuarto soñante cruzaba la 9 de Julio y le llovían del cielo mil figuritas de las Malvinas, adornadas con purpurina roja que, al calor de la tarde (en el sueño), se derretía y se transformaba en gotas de sangre sobre el asfalto caliente. Ya no dije nada y le ofrecí un recorte periodístico (en fin: una noticia colgada en internet).
Y así, para cada sueño, encontraba un recorte explicativo. Pronto comencé a aburrirme y le pedí a Guillermo Piro que me devolviera mi puesto, si es que todavía lo tenía vacante, porque analizar los sueños que me traían eran más o menos lo mismo que hacer esto, con la desventaja de que ni siquiera escribía. Y yo mismo soñé con la poeta Olga Orozco (1920-1999), quien con voz de ultratumba me decía: “La realidad, sí, la realidad: un sello de clausura sobre todas las puertas del deseo”.
Dejo para la semana que viene el análisis del sueño más delicado (no el más complejo): el de un profesor de literatura que al mirar televisión en los únicos dos canales que sintonizaba su aparato (ensamblado en Tierra del Fuego), alternativamente escuchaba “bodudeces” (en su sueño), o un olor nauseabundo a basura descompuesta, a cloaca y a miseria lo hacía vomitar dormido. Lo primero lo resolví fácilmente corrigiendo la ortografía (boudoudeces). Lo segundo, me obligó a mirar un concurso de talentos prostibularios.

500 cuentos más

500 cuentos nuevos fueron descubiertos en Alemania
The Guardian: los hermanos Grimm sólo contaron la mitad.






500 nuevos cuentos de hadas han sido descubiertos en Regensburg, Alemania, tras 150 años de anonimato en un archivo, según reseña The Guardian. Se trata de recopilaciones hechas por Franz Xaver von Schönwerth (1810-1886) en Oberpfalz-Baviera. Franz Xaver Schönwerth fue contemporáneo de los hermanos Grimm, y pasó décadas interrogando a la gente por los caminos.

Estos nuevos cuentos recogen historias de animales mágicos, príncipes jóvenes y valientes, y brujas malvadas.

Siendo historiador, no intentó "embellecer" los relatos, más crudos y salvajes (en el sentido de silvestres) como en la confección de los Grimm. Por ejemplo, en uno de los cuentos una princesa escapa de una bruja y se transforma en un estanque. La bruja se la bebe, pero la princesa la abre en canal con un cuchillo desde adentro y logra salir.



Jakob Grimm le habría dicho al rey Maximiliano II de Baviera que sólo Schönwerth sería capaz de seguir el trabajo de él y su hermano. El hallazgo es producto del trabajo de Erika Eichenseer y ha sido publicado con el nombre de "Prinz Roßzwifl", que significa algo así como "escarabajo pelotero". Erika ve una cierta similitud entre este animal y los cuentos de hadas. Ya que el escarabajo pelotero entierra sus huevos en el estiércol, y hace con ellos una bola que hace rodar con sus patas traseras. Los cuentos de hadas, dice Erika, sostienen el valor más preciado del hombre: el saber ancestral.

La noticia la vimos en el periódico The Guardian donde también se publicó uno de estos nuevos cuentos: "The Turnip Princess" (La princesa Nabo).



Publicado por Red Internacional de Cuentacuentos (RIC)

Pron CF I


¿Es posible una ciencia ficción sin ciencia? La literatura argentina fantástica y de ciencia ficción ante el abismo tecnológico (I)


Por Patricio Pron


1. Introducción

No parece adecuado responder una pregunta como la que preside este texto sin definir breve y previamente los dos términos principales que la componen. ¿Qué es la ciencia? Para responder a esta pregunta se puede recurrir a la definición que propone en un libro reciente Andrew J. Brown (2005: 19, mi traducción): "aquellas disciplinas percibidas por la sociedad contemporánea al texto como capaces de generar una verdad científica sobre la realidad". La ciencia es, pues, y de manera quizás tautológica, toda producción discursiva que una sociedad específica tome por ciencia y a la que le atribuya una capacidad de generar una verdad que sólo podemos llamar "científica". Que una definición de este tipo pueda incorporar la física y la matemática, pero también el espiritismo o la frenología no me parece necesariamente una desventaja, y espero mostrar aquí cómo su amplitud es justamente ventajosa a la hora de abordar la producción de ciencia ficción de las literaturas nacionales de América Latina.

Es a la hora de definir el segundo término, lo que habitualmente se llama "ciencia ficción", cuando comienzan verdaderamente los problemas. Muy pocos géneros presentan la particularidad de que los intentos de explicar las condiciones específicas de su producción sean contemporáneos a la producción misma que pretenden explicar y surjan de sus mismos creadores, como si uno de los elementos constituyentes de la transtextualidad de la ciencia ficción, y lo que hiciera a la ciencia ficción un género, fuera la incertidumbre acerca de su propia existencia como tal y el gesto permanente de la búsqueda de una respuesta a esta pregunta.

No voy a redundar en las definiciones a las que se suele recurrir más habitualmente (de Robert A. Heinlein, James E. Gunn y Maurice Blanchot), que dan cuenta del carácter colectivo y racional de la ciencia ficción en contraposición a la literatura fantástica y han llevado a opinar al crítico y escritor argentino Elvio E. Gandolfo (1985: 113) que "[l]a literatura fantástica es un sueño individual [y] la ciencia ficción, un sueño colectivo". Sí me interesa resumir, a modo de ejemplo de la incertidumbre a la que hago referencia, las respuestas a la pregunta "¿cómo definiría usted la ciencia ficción?", que el crítico y traductor Marcial Souto hizo a escritores del género en 1985 en su excelente antología crítica La ciencia ficción en Argentina. Estas fueron desde las respuestas más descriptivas como la de Alberto Vanasco: "[...] el género de ciencia ficción comprende todo relato que hace referencia a la vida en otros planetas o en el futuro, incluidos aquí los viajes por el tiempo, es decir, la vida extraterrestre o lo que vendrá", a las más teóricas: "[l]a ciencia ficción incluye dos conceptos básicos: la apertura del futuro y el cambio. Sobre estas dos dimensiones el hacer creador reelabora los elementos literarios de una estructura de abierto compromiso con el hombre" (Juan Jacobo Bajarlía, 66), "[...] el más imprevisible equilibrio entre lo misterioso y lo racional" (Rogelio Ramos Signes, 132), "[...] una hipertrofia del realismo" (Carlos Gardini, 220), "[...] las historias de lo que no existe pero podría existir, de lo que no fue pero podría haber sido, historias que, en el límite mismo de lo imposible, tienen y exigen, sin embargo, justificación racional" (Ana María Shúa, 229), concluyendo con la de una de las principales escritoras de ciencia ficción argentina, Angélica Gorodischer, quien respondió: "[n]o tengo la más pálida idea acerca de lo que es la ciencia ficción, pero eso no me preocupa porque nadie la tiene" (97).

Esta pluralidad de definiciones se explica en virtud de varios aspectos del fenómeno que es necesario tomar en consideración: en primer lugar, que lo que entendemos como ciencia ficción ha sido producido en diferentes sociedades y en varias circunstancias históricas específicas que afectan a lo que pudo ser entendido como ciencia ficción en cada una de ellas; en segundo lugar, que los autores de ciencia ficción no enmarcan su práctica creativa en definiciones del género y, por contra, proponen dichas definiciones posteriormente, en un inusual ejemplo de autoconciencia; en tercer lugar, más puerilmente, que en nuestra experiencia como lectores nos resulta muy fácil percibir que estamos frente a un texto de ciencia ficción pero nos cuesta mucho más explicar por qué lo percibimos así, y esto es tanto para nosotros como lectores como para los mismos escritores de ciencia ficción; en cuarto lugar, que la carencia de definiciones, o la existencia de definiciones parciales que la práctica literaria torna más tarde o más temprano obsoletas, es responsable del atractivo y de la diversidad del género.

En última instancia, naturalmente, la literatura de ciencia ficción es aquella que los escritores de ciencia ficción escriben, la que los editores comercializan como literatura de ciencia ficción y la que los lectores de ciencia ficción leen como tal. En el caso de que fuera obligado a escoger una definición, me quedaría sin embargo con la que destaca el "extrañamiento cognitivo" provocado por la ciencia ficción, de acuerdo al cual la realidad empírica del lector es "hecha extraña" mediante una nueva perspectiva con la finalidad de que éste gane en entendimiento racional de sus condiciones sociales de existencia; la diferencia con otros géneros, por ejemplo la fantasía, estaría de acuerdo a esto en que la forma en que esa realidad es hecha extraña en la ciencia ficción debe ser lógicamente consistente y metódica (esto es, científica) y que esta recurre a menudo a un novum tecnológico o, como digo, científico.

2. La tradición "anticientífica"

Ahora bien, la presencia de ese novum tecnológico o científico es escasa o inexistente en buena parte de la ciencia ficción latinoamericana y en particular en la argentina, que es la que me interesa aquí. La inexistencia de este novum en la ciencia ficción de ese país ha sido observada ya por la crítica en varias ocasiones y podría conducir al axioma, enunciado a título provisorio, de que la ciencia ficción argentina tiene mucha ficción y poca ciencia. El contraste entre las convenciones del género y la ciencia ficción tal como es o ha sido practicada en Argentina es el que existe entre The World of Null-A de A. E. Van Vogt y "La trama celeste" de Adolfo Bioy Casares (ambos de 1948) o entre The Mule de Isaac Asimov (1945) y "Tlön, Uqbar, Orbis Tertius" de Jorge Luis Borges (1944), por mencionar dos exponentes argentinos del género y sus contrapartidas angloparlantes contemporáneas, pero también lo es entre las condiciones particulares de producción de la literatura en los Estados Unidos y en Argentina y entre las tradiciones nacionales en las que las obras de Borges y Bioy Casares, por una parte, y de Van Vogt y Asimov, por otra, se inscriben. Es necesario tomar en consideración estas diferencias antes de desestimar la pertenencia de la literatura argentina de ciencia ficción a ese género, como habitualmente se hace.

Existen condiciones materiales de producción específicas que hacen que la ciencia no tenga lugar o sea vista con recelo en la literatura argentina, la principal de las cuales es la falta de una tradición científica y el abismo tecnológico que existe entre ese país y, por ejemplo, los Estados Unidos, productores de tecnología pero también de ciencia ficción y de definiciones de lo que la ciencia ficción debería ser. En Argentina, las sucesivas crisis económicas y políticas que han afectado al país a partir aproximadamente de la segunda mitad del siglo XX no sólo no han contribuido a reducir este abismo tecnológico ya existente desde el momento mismo de constitución de la nación, sino que han llevado a que el Estado se desentienda de su papel de patrono de la investigación científica, han conducido a la mayor parte de sus ciudadanos con vocación científica a laboratorios y universidades de Israel, los Estados Unidos y Europa y -lo que es más importante en el contexto de mi argumentación- han llevado a que exista la percepción de la ausencia de una tradición científica en la Argentina. Sin embargo, puede que esta sea anterior a las crisis a las que hago referencia y esté prácticamente en el inicio de su historia como nación: uno de los pioneros de la ciencia ficción argentina, Eduardo L. Holmberg, sitúa el taller de autómatas de su relato Horacio Kalibang o los autómatas (1879) en Alemania y no en Argentina, donde hubiera resultado inverosímil para sus lectores en virtud de la percepción a la que he hecho referencia (véanse Gasparini y Pérez Rasetti). Este desplazamiento geográfico es la expresión de unas circunstancias políticas y económicas específicas que han hecho de Argentina un país consumidor de tecnología, sobre la que posee escaso o nulo control; se trata, además, de un momento importante, en tanto Holmberg funda la ciencia ficción en Argentina con un gesto de rechazo a la posibilidad (siquiera ficcional) de que Argentina pueda producir "una verdad científica sobre la realidad". Nuevamente, más ficción que ciencia.

3. Una objeción

El argumento que acabo de resumir acerca del carácter consumidor y no productor de ciencia y tecnología de la Argentina es el que suele ser empleado más habitualmente para explicar la carencia del novum tecnológico en la literatura de ciencia ficción de ese país y tiene el atractivo que le otorgan la facilidad de su constatación y su aceptación masiva. Sin embargo también tiene una pega, y no es una menor. Se trata de la existencia de una tradición de ciencia ficción con novum científico o tecnológico en países que también son consumidores de tecnología y no sus productores. Me refiero específicamente a Brasil y Cuba.

Como ha observado M. Elizabeth Ginway en su libro Brazilian Science Fiction: Cultural Myths and Nationhood in the Land of the Future, la ciencia ficción brasileña se caracteriza por una doble apropiación: de elementos de la ciencia ficción angloamericana y de ciertos mitos nacionales, entre los que la autora menciona "Brasil como un paraíso tropical, Brasil como una democracia racial, los brasileños como gente sensual y dócil y Brasil como un país con potencial para la grandeza nacional" (16, mi traducción). Mediante esta doble apropiación "el género provee un barómetro para medir las actitudes hacia la tecnología, reflejando al mismo tiempo las implicaciones sociales de la modernización en la sociedad brasileña" (Ginway, 2004: 212, mi traducción).

La ciencia ficción de ese país surgió de la apropiación por parte de ciertos escritores de elementos del género en su variante angloamericana con la finalidad de reaccionar ante y poner en cuestión las políticas de industrialización de la dictadura militar del período comprendido entre 1964 y 1985, lo que hizo inevitable que aspectos como la respuesta social ante una tecnología nueva y vista como amenazadora aparecieran en el primer plano. Ginway sostiene precisamente que, mientras la ciencia ficción estadounidense generalmente celebra la nueva tecnología y el cambio pero teme la rebelión y la invasión por parte de robots y extraterrestres, la brasileña tiende a rechazar la tecnología debido a que (2004: 38, mi traducción) "en tanto país del Tercer Mundo, Brasil ha dependido habitualmente de tecnología sobre la que tiene poco control" pero acepta a robots y extraterrestres en virtud de su "experiencia colonial y neo-colonial, su legado como antigua sociedad esclavista y su población diversa y racialmente mixturada" (2004: 39, mi traducción). Un ejemplo de la tematización del novum tecnológico en la literatura brasileña de ciencia ficción se encuentra en la figura del robot, la que, según Ginway, es utilizada en ella durante la década de 1960 para abordar los problemas raciales del país y su pasado esclavista, reemplazando al negro por el robot para eludir la censura. Esta apropiación de la figura del robot (agrego yo aquí) es marginal o inexistente en la ciencia ficción argentina, cuya diversidad racial es menos cuantiosa que la brasileña.

El segundo caso al que he hecho referencia, el de Cuba, se explica en la misma especificidad del caso cubano, en el marco de la cual sus escritores no sólo han tenido acceso a la ciencia ficción soviética (que han cruzado con prácticas populares de sincretismo religioso) sino que además se han beneficiado de ejercer ellos mismos profesiones científicas o técnicas que reducen la distancia entre sus campos de interés profesional y literario.

Los casos de Brasil y Cuba permiten comprender que las condiciones sociales de producción específicas a las que en ocasiones se ha hecho referencia para explicar que la ciencia tenga un lugar marginal o sea vista con recelo en la literatura argentina de ciencia ficción no lo explican todo. Hay un elemento más en juego, a menudo no considerado por la crítica, y es la tradición "anticientífica" de la literatura argentina, en la que la ciencia ficción producida en ese país se inscribe. Esta tradición comienza aproximadamente en la narrativa de Roberto Arlt, quien en novelas como Los siete locos (1929) y Los lanzallamas (1931) cuestiona el poder y valor del discurso científico y advierte acerca de los riesgos de la alianza entre discurso científico y fascismo en los inicios mismos de esa alianza. Una actitud similar se encuentra también en la ensayística de Ernesto Sábato, quien, para Brown, "no escapa a la tendencia de usar su estatus como científico [es físico] como la base para su crítica a la ciencia" (2005: 123, mi traducción). En esa tradición se inscriben también Borges, quien en su literatura demuestra un interés por las ciencias (en especial las matemáticas) que va acompañado de un escepticismo profundo acerca de la capacidad de estas para producir verdad, y Julio Cortázar, quien también alerta acerca de los peligros inherentes al uso de la ciencia y la tecnología. Arlt, Borges, Cortázar son tres de los principales escritores argentinos, pero la tradición anticientífica en la que se inscriben sus obras no les pertenece en exclusiva: es un rasgo importante de la literatura argentina antes y después de ellos.


4. El Eternauta

En esa tradición se inscribe también la narrativa gráfica de ciencia ficción de Héctor Germán Oesterheld. Oesterheld nació en Buenos Aires en 1919 y fue geólogo hasta que en 1950 comenzó a escribir guiones de cómics y relatos de aventuras para Rayo Rojo y Misterix, algunas de las publicaciones de cómics más importantes de su tiempo. Su producción siempre se movió entre la literatura fantástica y la ciencia ficción, y de la forma en que concebía a las dos dejan evidencia dos de sus series, ambas con dibujos de Alberto Breccia: Sherlock Time, un detective que se desplaza a través del tiempo merced a una nave espacial que aparece disimulada en la torre de una mansión de un barrio residencial de Buenos Aires, y Mort Cinder, quien se desplaza por el tiempo muriendo y resucitando. La primera es una obra de ciencia ficción, pero la segunda es fantástica.

Durante dos años, entre setiembre de 1957 y setiembre de 1959, Oesterheld publicó la que sería su obra más recordada, El Eternauta, ilustrada por Francisco Solano López. En ella, la familia de Juan Salvo, un fabricante de la provincia de Buenos Aires, y algunos de sus amigos sobreviven en 1963 a la caída de una nevada mortal que es el preámbulo a una invasión extraterrestre. Salvo y sus amigos se fabrican trajes aislantes y consiguen aprovisionarse de lo necesario para escapar pero son retenidos por los sobrevivientes del Ejército argentino, que los obligan a sumarse a sus filas. Los resistentes obtienen algunas victorias parciales en una Buenos Aires devastada pero acaban siendo aniquilados por la superioridad tecnológica y numérica de los invasores, los Ellos, que nunca se revelan por completo: en lugar de una exhibición simultánea de todas las fuerzas del invasor, el narrador dosifica la tensión narrativa mediante su revelación progresiva, que sigue el principio de la internalización de la amenaza hasta convertirse en subcutánea y dominar la propia voluntad. Cascarudos, Manos y Gurbos son los nombres que los sobrevivientes les dan a los invasores (a los que hay que sumar a los "hombres-robot", prisioneros humanos a los que un teletransmisor convierte en marionetas sin voluntad) pero todos estos se encuentran sometidos a los Ellos, cuya superioridad tecnológica y científica es tan grande que toda resistencia acaba en el fracaso. Sólo un twist ending (Juan Salvo narra esto a Oesterheld en 1959 y la invasión tendrá lugar en 1963, por lo que puede regresar a su casa y reencontrarse con los suyos) permite el remedo, aunque sólo el remedo, de un final feliz.

El Eternauta guarda relaciones con Starship Troopers de Robert A. Heinlein (1959); ambas narran una invasión extraterrestre a Buenos Aires, pero el tratamiento del tópico no puede ser más diferente en ambos autores. Mientras que en la obra de Heinlein los elementos preponderantes son el militarismo y el positivismo, además de la celebración de la ciencia, en la de Oesterheld lo que se experimenta es una tragedia colectiva, que afecta a personas comunes, las que deben hacer frente a una situación de superioridad tecnológica con sus saberes de aficionados a la radiotelefonía o a la electrónica; cuando las potencias intentan detener la invasión, su tecnología resulta completamente inútil y, así, la invasión no es repelida: el personaje principal queda detenido en una especie de rizo temporal que está condenado a recorrer a la búsqueda de su mujer y de su hija, las otras dos sobrevivientes de la tragedia.

A diferencia de lo que sucede en la obra de Heinlein, en El Eternauta se percibe una desconfianza hacia la tecnología, aunque no hacia la ciencia (al menos en su versión popular), y esta desconfianza conecta con una actitud nihilista de la literatura argentina hacia el adelanto tecnológico y la enajenación de cierto ejercicio de la ciencia que se pretende superior a cualquier solución ética o moral y que está presente, como hemos dicho, en la obra de Arlt, Borges, Sábato y otros. Por contra, su obra es afirmativa de determinados valores que el autor cree en peligro ante la aparición del novum tecnológico: la solidaridad, los vínculos humanos y la vida cotidiana. Los valores de los personajes son insuficientes para hacer frente al peligro en el que se encuentran, pero (y esto es lo que parece querer venir a decir Oesterheld) su desaparición es incluso peor que su mantenimiento. Sus personajes consiguen sobrevivir mediante el uso picaresco de una ciencia popularizada pero fracasan cuando establecen una alianza con los detentadores de la tecnología o el conocimiento científico; así, los sobrevivientes del aparato militar del ejército argentino obtienen algunas victorias parciales pero se dejan conducir a una trampa y las fuerzas de la resistencia son eliminadas.

5. Conclusiones

Es en el marco de la tradición "anticientífica" de la literatura argentina que debe juzgarse la ausencia de novum tecnológico o científico en la ciencia ficción de ese país y su desconfianza hacia la ciencia y la tecnología tal como ésta aparece en la obra de Oesterheld y en la de otros autores, ya que, por una parte, la falta de una tradición científica en el país y su condición de país no productor de tecnología no lo explican todo, y, por la otra, efectuar esta operación equivale a admitir que, si la ciencia ficción argentina renuncia al novum tecnológico o científico, lo hace para adquirir una dimensión más importante como una literatura social, una literatura en la que se puede estudiar cuál es la configuración de los discursos sociales que permite y limita la producción de una narrativa de ciencia ficción en un país que no produce ciencia.

Responder a la pregunta que preside este texto no debería pues limitarse a la adopción de definiciones procedentes del ámbito anglosajón para leer la ciencia ficción producida en América Latina (como se hace habitualmente), sino que debería más bien atender a la especificidad de las tradiciones nacionales en las que esa ciencia ficción latinoamericana se inscribe, la que escribieron Oesterheld y todos los otros.

Nuevamente, y para zanjar el problema, ¿es ciencia ficción o no lo que bajo ese rótulo se produce en América Latina? En última instancia, la pregunta no es relevante. La utilización del rótulo "ciencia ficción" para la literatura de género que se escribe en América Latina no tiene importancia en un marco social específico en el que la industria cultural se encuentra en retroceso y, por ende, se debilita el contrato entre escritores y público lector cuya función es especificar el uso correcto de los artefactos literarios. En ese contexto, la creación de un contrato nuevo y especifico que posibilite el uso correcto de la literatura de ciencia ficción resulta heroico y tal vez insensato debido a la falta de apoyo por parte de la industria editorial, y debería ser reemplazado por la incorporación de la ciencia ficción a lo fantástico, una solución que no debería aplicarse, sin embargo, a la ciencia ficción anglosajona, que ha tenido más éxito en establecer ese contrato debido al desarrollo de su industria cultural y a la presencia de la ciencia en la vida cotidiana. Que este proceso de adopción e incorporación de la ciencia ficción a la literatura fantástica ya está en marcha en el ámbito hispanohablante lo ejemplifica la circulación de textos como Sin noticias de Gurb de Eduardo Mendoza (1990) o ciertas novelas del argentino César Aira, que son comercializadas como "literatura culta" debido a la percepción de contingencia y marginalidad que se tiene cuando se escuchan las palabras "ciencia ficción".

Finalmente, la respuesta a la pregunta que preside este texto es pues que la ciencia ficción argentina es todo lo ciencia ficción que puede ser en un subcontinente como América Latina y, más específicamente, en un país como Argentina. El concepto de "innovación científica" es relativo: para algunas sociedades lo es la posibilidad de enviar científicos a Marte, para otras lo es el acceso a vacunas. Oesterheld, el hombre que hizo decir a uno de sus personajes que siempre "se salva el gesto mínimo y solidario; la superación del miedo por el heroísmo, ademanes sin banderas ni medallas", fue visto por última vez en el centro de detención clandestino de Campo de Mayo en 1977 y es uno de los tantos desaparecidos de la última dictadura militar argentina. El escritor pagó con su vida el haber luchado para obtener la segunda de las innovaciones a las que he hecho referencia. El Eternauta es uno de sus principales aportes literarios, pero la segunda lucha es su legado humano y, para algunos, éste es el más importante.


BIBLIOGRAFÍA

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GINWAY, M. Elizabeth (2004): Brazilian Science Fiction: Cultural Myths and Nationhood in the Land of the Future. Lewisburg: Bucknell University Press.

GOLIGORSKY, Eduardo (ed.) (1968): Los argentinos en la Luna. Buenos Aires: Ediciones de la Flor.

MOLINA GAVILÁN, Yolanda (2002): Ciencia ficción en español: una mitología moderna ante el cambio. Lewiston, Nueva York; Queenston, Ontario; Lampeter, Ceredigion, Gales: The Edwin Mellen Press [Latin American Studies 16].

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Publicado originalmente en Revista de Occidente 365 (octubre de 2011) 61-75.

Tomado de http://www.elboomeran.com/blog-post/539/11905/patricio-pron/es-posible-una-ciencia-ficcion-sin-ciencia-la-literatura-argentina-fantastica-y-de-ciencia-ficcion-ante-el-abismo-tecnologico-i/

Los ojos de los peces




HAIKU… Matsuo Bashô


La primavera pasa;
lloran las aves
y son lágrimas los ojos de los peces.

El asco de Horacio Castellanos Mora




Me lo trajo en noviembre Andrés Hatum a casa junto con otros dos títulos que había juntado en sus viajes para regalarme. Lo tuve un tiempo en la mesa de luz-escritorio como amerita todo nuevo integrante de la casa. Luego pasó a la nueva bibliotequita del comedor en la reorganización veraniega, a esperar su turno.
Que le llegó la semana pasada cuando se inició en el CCEBA el encuentro de escritores latinoamericanos alrededor del tema de la violencia en nuestras literaturas y Castellanos Moya era uno de los visitantes y lo vi hablando en una grabación del encuentro.
Comencé el taller con Martín Solares dentro de este marco el sábado y me llevé El asco para el viaje en tren. Un deslumbramiento: violento en la verborragia inmóvil del Vega que debe permanecer en su país, El Salvador, durante un mes porque ha muerto su madre y tiene que solucionar problemas de herencia, violento en la diatriba contra todo lo que ve, huele, escucha y vive en su patria, violenta cada tirada de frases cerrada por la repetitiva y efectiva "me dijo Vega" que el aludido interlocutor: Moya, sostiene sin juzgar ni reprimir las agresiones incluso personales de su interlocutor. Es que Vega no entiende por qué Moya permanece en El Salvador. Y Moya no lo explica, Moya solamente cuenta todo lo que Vega le dijo en las dos horas en que aceptó tomarse con él unos wiskies: dos solamente porque más le dan diarrea. Un asco: él, Vega, y todo lo que tiene que sufrir en casa de su hermano, en sus salidas, en sus comidas, en sus percepciones obligadas de la tele, de la música y de las costumbres de los salvadoreños.

Algunas citas:




"No soporto esta ciudad [...] tiene todas las miserias y cochinadas de las grandes ciudades y ninguna de sus virtudes, tiene todo lo negativo de las grandes ciudades y ni uno solo de los elementos positivos."

"Hay que estar loco [...] para creer que se puede cambiar algo en este país, para creer que vale la pena cambiar algo, para creer que a la gente le interesa cambiar algo."

"Los periódicos son precisamente la mejor muestra de la miseria intelectual y espiritual de este pueblo [...] Y nunca he visto editoríalistas tan fanáticos, editoríalistas tan rabiosos y obtusos, con tal miseria intelectual y espiritual como los de estos periódicos: esta misma mañana uno de ellos escribió que el presidente Bill Clinton es comunista, que el secretario general de la ONU es comunista, que la ONU en realidad es un organismo controlado tras bambalinas por los comunistas. No importa que desde hace cuatro años los comunistas vayan en estampida, no importa que se trate del presidente de los Estados Unidos, para el editorialista de ese mugroso catálogo de ofertas el tiempo no ha transcurrido y el mundo no va más allá de sus obsesiones patológicas"

"... como si yo considerara el patriotismo un valor, como si no estuviera completamente seguro que el patriotismo es otra de esas estupideces inventadas por los políticos."

"...una parejita de niños particularmente estúpidos y perniciosos debido a que no hacen otra cosa que ver la televisión, unos niños que no tienen en la cabeza otra cosa más que las series de televisión que ven todos los días a toda hora, unos niños para los que la vida no es más que una serie de televisión."

"... aquí confunden la chabacanería con el arte, confunden la estupidez y la ignorancia con el arte, no creo que exista un pueblo más reñido con el arte y las manifestaciones del espíritu que éste, tan sólo necesitas permanecer en este bar hasta después de las ocho de la noche, cuando inician los llamados «espectáculos artísticos», para constatar que aquí confunden el arte con el remedo. No creo que exista otro pueblo con las energías creativas tan atrofiadas para todo lo que tenga que ver con el arte y las manifestaciones del espíritu."

"Esta es una cultura ágrafa [...] una cultura a la que se le niega la palabra escrita, una cultura sin ninguna vocación de registro o memoria histórica, sin ninguna percepción de pasado, una «cultura-moscardón»”, su único horizonte es el presente, lo inmediato, una cultura con la memoria del moscardón que choca cada dos segundos contra el mismo cristal porque a los dos segundos ya olvidó la existencia de ese cristal, una miseria de cultura, [...] para la cual la palabra escrita no tiene la menor importancia, una cultura que saltó del analfabetismo más atroz a embebecerse con la estupidez de la imagen televisiva, un salto mortal, Moya, esta cultura se saltó la palabra escrita, simple y sencillamente pasó por alto los siglos en que la humanidad se desarrolló a partir de la palabra escrita."

Shreck por siempre



Me gustó. Aunque la empecé medio sin esperanzas debido a desilusiones con versiones anteriores que no le hacían honor al inicio de la historia.
Me gustó el conflicto basado en la rutina matrimonial: El ogro que quiere volver a ser ogro en medio del primer cumple de sus hijitos. Me encantó el papel de Ruperstinki y medio pavo, aunque efectivo, el del flautista de Hamelin.
Desperdiciado el gato Contreras. Burro perdió protagonismo pero zafa. Divina Fiona de noche y autosalvada.

viernes, 23 de marzo de 2012

Concurso Outsider de Cuento Raro

Concurso Outsider de Cuento Raro

marzo 16, 2012 por edicionesoutsider

Ediciones Outsider convoca a participar del concurso de cuentos raros o deformes, es decir, aquellos cuentos que propongan una estructura, tono, trama o uso del lenguaje poco frecuentes, originales y/o bizarros.

Bases del concurso:

• Podrán participar en este concurso todos los escritores nacidos o residentes en Argentina.

• El cuento deberá encontrarse inédito y no estar premiado o pendiente de resolución en otro concurso. El escritor, por el hecho de presentar el relato a concurso, afirma que la obra es original y de su propiedad y, en consecuencia, se hace responsable respecto a su propiedad intelectual y patrimonial por cualquier acción o reclamación que al respecto pudiera sobrevenir. El autor podrá o no tener obras editadas anteriormente, en cualquier formato.

• Se recibirán los trabajos vía e-mail a la dirección ediciones.outsider@gmail.com. El asunto deberá decir “Concurso Outsider de Cuento Raro” y en el cuerpo del mail deberán indicar sus datos personales (nombre y apellido, DNI, teléfono, email –si fuera diferente de la dirección desde la que se envía el cuento). Sólo se recibirá una obra por participante.

• Los trabajos deberán ser entregados en formato Word página A4, fuente Times New Roman 12, interlineado doble con una extensión mínima de 10 carillas y máxima de 20.

• Al final del cuento se deberán agregar unas líneas de biodata (no más de 5) y repetir los datos personales (nombre y apellido, DNI, teléfono, email)

• La recepción de los trabajos se extenderá desde el lunes 19 de marzo hasta el viernes 11 de mayo de 2012.

• Los tres títulos seleccionados se darán a conocer vía mail y página web de la editorial el jueves 31 de mayo de 2012.

• El premio podrá ser declarado desierto si, a juicio del Jurado, las obras presentadas no reuniesen méritos suficientes o no se ajustasen a las condiciones establecidas en las bases.

• Los títulos seleccionados serán editados en la próxima Antología de Ediciones Outsider sin costo alguno para los mismos, previa firma de contrato editorial.

• Una vez editadas, las obras se presentarán en el marco de las lecturas de Outsider y contarán con todo el apoyo publicitario y de difusión a cargo de la editorial.

• Los libros editados estarán distribuidos y disponibles en librerías de cadena y especializadas en literatura.

• El hecho de participar del concurso implica la aceptación de las presentes bases y el incumplimiento de las mismas o alguna de sus partes, dará lugar a la exclusión del concurso. Así como de la interpretación que de ellas haga el Jurado que está facultado para resolver cualquier cuestión no prevista en ellas y cuyo fallo será inapelable.



JURADO DE LA CONVOCATORIA :

Patricio Zunini

Patricia Kolesnicov

Patricia Suárez

(nótese que son tod@s Patrici@s)



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Bellesi inaugura el Filba

: Filba ::
Un laberinto del cual no tenemos el mapa de salida
23-03-2012 |



Las palabras inaugurales del Filba Nacional fueron de la poetisa Diana Bellessi, quien hizo un recorrido por lo que se convoca a este festival en Bahía Blanca: “la carne abierta de un lenguaje que no se cierra sobre sí mismo”.

Por Diana Bellessi. Foto: Renzo Luna Chima.

Cuando pensé en este Filba Nacional que se inaugura hoy en Bahía Blanca, algunos nombres, como siempre sucede, llamaron mi atención. El de Aníbal Jarkowski, cuya novela El trabajo leí con intensidad hace más de un año, el de Carlos Godoy –que al final no vino–, por los poemas del libro Escolástica peronista ilustrada, el de María Moreno y sus magníficas crónicas, género sobre el que ha dado un taller en esta ciudad, el del escritor de culto elegido como centro, Libertella, a quien recuerdo con noción de presente y con cariño. Y alrededor de este triángulo las estrellas de Katchadjian, Incardona, Ortiz, Kohan, Coelho, Sagasti, Gusman, Budassi, etc… ¿De qué voy a hablar?, me dije, y de inmediato dos luces de alarma se encendieron en mi mente.

La primera asociada a la noción de trabajo como mal: cuando no lo hay, porque casi nos expulsa de la condición humana, y cuando lo hay, porque muestra los límites del capitalismo, es decir, la condición esclava del trabajo, su carácter alienante. La segunda luz mala apareció con la idea del país como laberinto, no en términos borgeanos, sino en aquel sentido que sostenía Martínez Estrada, un grande que se vino a vivir a esta ciudadela conservadora que ha sido Bahía Blanca. Recordé aquellas palabras que pronunció ante Tomás Eloy Martínez en Lugar común la muerte: “Para encontrarla –dijo Martínez Estrada, refiriéndose a la salida de las tragedias argentinas– debiéramos conocer el mapa de la cárcel donde estamos confinados. Si lo tuviéramos, podríamos matar al gendarme. Pero no hay mapas. Quizá ni siquiera hay gendarmes. Todo lo que nos queda, entonces, es sentarnos a la puerta de nuestra celda y ponernos a llorar”.

¿Pero hay una relación entre el trabajo como mal y el país como laberinto? Creo que sí. Son los trabajadores los que acompañan los proyectos que impulsan el trabajo como fuente genuina de crecimiento y riqueza dentro del país. Sin embargo, en cuanto empiezan a reclamar una participación amplia en esa riqueza, se convierten, rápidamente, en el peligro que acecha la estabilidad de aquello que han ayudado a construir, y que no es otra cosa que una nueva oportunidad histórica como país. Al mismo tiempo, los medios de producción de esa riqueza que se intenta distribuir bajo otros modelos, o bajo los modelos que el capitalismo admite, siguen estando, mayoritariamente, en las mismas manos.

En ese sentido, se agrega el elemento de la explotación de los recursos naturales, que igualmente entra en abierta contradicción con el interés de la vida: metales por agua, por ejemplo. Soja por bosque nativo; soja por diversidad de cultivos. Para imprimir a la recuperación económica, la velocidad necesaria que le permita reducir al máximo posible los daños –que por otra parte tienen un fundamento histórico de larga data, donde mucha gente tomó decisiones abiertamente inescrupulosas contra el bienestar del país–, la ironía terrible es que se recurre a las modalidad tradicionales que ofrece el sistema capitalista, que en este punto planetario o global de su historia, se caracteriza por apropiarse de la mayor cantidad de recursos llevándolos a la extenuación casi inmediata por una máxima ganancia, sin ninguna proyección histórica, ya que hace rato que al capitalismo no le importa la historia ni el futuro. Y entonces vemos cerrarse, otra vez, la salida del laberinto.

El escepticismo y la ironía, o el tremendo tsunami de la parodia encuentran zonas ricas en el arte de nuestro tiempo. Hasta cansarse, hasta cansar sus procedimientos, corriendo la orilla de un océano que no deja en tierra casi nada. Casi nada, salvo los pequeños momentos íntimos de cada vida que vuelven a alzarse como el último bastión de sentido que tenemos, y que pueden vivir, islotes de un archipiélago desperdigado, adentro del laberinto donde alzamos, no un país, sino nuestra casa…

Un aislamiento orgulloso y salvaje, como el de Martínez Estrada, ¿acaso nos envuelve? ¿O el teatrito de crudas frivolidades que cada uno supo armar por su cuenta, y por cuenta de una actitud modal de nuestro tiempo? Vaya a saberse…

Cuando me invitaron a este Festival Nacional, el primer Filba que no se hace en Buenos Aires, me dijeron que sería en Bahía, “…pero mirá que no en Bahía de Brasil, ¿eh? ¡sino en Bahía Blanca!” Faltó que me dijeran “se hace en Brigitte Bardot”. Como nos cuenta Kohan en una entrevista sobre su última novela, BB, “para no nombrarla” a esta ciudad, que “es la ciudad negativizada, maldita”. “La idea de una ciudad de mitología negativa –agrega Kohan– me atraía por ese poder de negación: todo lo que se genera ahí cae bajo la sombra del principio de negación”. Negación potente y seductora. Así, este propio Festival, quizás, en la ciudad donde vivió Roberto Payró y fundó el periódico La tribuna, y donde ahora el sello 17grises lo ha publicado, como ha publicado a Enrique Banchs, a Jaime Rest o a Vicente Fatoni.

El trabajo como mal y el país como cárcel de la que no se puede salir porque no tenemos el mapa. Estas sensaciones me persiguieron y me encerraron en una sombra de la que no surgían frases ni palabras. Hasta que una amiga, la poeta rosarina Sonia Scarabelli, me recordó que la literatura siempre opera frente a este malestar que produce la consolidación de un sistema. Una continua tensión o torsión irresuelta se levanta, o se encarna en el lenguaje en desmembramiento que muestra su costado más fragmentario, algo común en la poesía, y que roza, en las fricciones de la ficción de género, como el terror, el thriller, o el fantástico, la carne abierta de un lenguaje que no se cierra sobre sí mismo.

En los poemas de Godoy, o en los de Mertehikian, o en los de Lucía Gagliardini, por ejemplo, me parece escuchar otra cosa, diferente a las poéticas del noventa. Un contrapunto no dirigido que lleva elementos de la lírica frente a esa sistematización de la catástrofe; un sujeto que arrastra las hilachas de su pequeña vida. “El peronismo es un invento” nos dice Godoy, pero

“una nenita
haciendo pis
sobre la vereda
desde lo alto
sostenida
en brazo de su padre
es rock and roll
peronista”

o

quedarse
con un perro
callejero
es peronista

o

anotar
caminando por la calle
sobre la palma de la mano
el número de teléfono
de un departamento
que se alquila
es romance
peronista

Señalo algunos de los momentos de este largo poema, que me golpearon de inmediato; aunque lo que digo, quizás, sea sólo una alucinación personal. Estas piedras, alzadas en medio de la nada, los nuevos menhires contemporáneos, como el del coreanito argentino de un cuento de Coelho perdido en Los Angeles, o la zombi que devora los brazos de una mujer muerta en la novela Berazachussett de Leandro Avalos Blacha, o los bellos cuentos perturbadores de Samanta Schweblin. Estos menhires o rocas aisladas como en medio de la nada, parecen configurar aquel mapa imaginario del autor de Radiografía de la Pampa; lo podamos usar o no, ya que la utilidad no es parte de la escritura, pero se avizora con sus imágenes en el papel en blanco de una foto que empieza a dibujarse en el cuarto negro, la celda donde intentamos descifrarlo.

“Quién sabe, quién sabe”, asentía el viejo Martínez Estrada, “Los límites de la realidad siempre están más allá, como las aguas de los espejismos”. Es, al menos el mapa del intento que trazan los escritores, porque en todo libro que leo con algún interés, siento ese entregarse al mundo de una manera que desmiente aquel escepticismo cerrado, aunque sea bajo el incesante golpe de cuchara contra el plato vacío del que nos hablaba Olga Orozco.

Unas semanas atrás, la poeta Andi Nachon me mandó un mail donde aparecían estos párrafos:

“Morrisey dijo después del primer tema: voy a tocar un puñado de canciones que son parte de mi corazón, y, la verdad, creo que ese es el punto que todos los que escribimos tenemos en común: del corazón, de la cabeza, de las entrañas. Algo que urge hacer y entregar a los demás con las manos abiertas. El resto es vanidad”. “…ojalá los festivales alguna vez logren dar cuenta de ello, de esa extraña red que logra sostenerse en el viento y nos toca y nos ilumina…”, “al menos eso sentí ayer cantando con quince mil personas las canciones de mi adolescencia”.

Son sabias mis amigas. Entre ellas, la más vieja, la maestra, Griselda Gambaro, que abrió la puerta de la ironía y la parodia hace ya muchos años, en los setenta, como en la novela Ganarse la muerte, por ejemplo, y que aún ahora sostiene en su mano el palo para dármelo en la cabeza, y sostiene al mismo tiempo la gracia de la verdad y la necesidad en la escritura.

Qué estoy diciendo, entonces, que el trabajo pago es el mal, cuando lo hay porque el salario no alcanza, y cuando no lo hay porque te quita de la condición humana, y que el país, podría decir, el mundo, es un laberinto del cual no tenemos el mapa de salida… Cuando lo pensé por primera vez sólo lo sentí desde la sombra, se hacía presente con el sonido y la furia, no con las palabras, pero ahora quizás pueda darle el viso de un discurso. No sé el destino de este Festival Nacional que organiza por primera vez Filba fuera de Buenos Aires. Entiendo porqué se eligió a Bahía Blanca, o a BB. Porque esta ciudad se alzó contra su mitología negativa y produjo denodadamente en los últimos treinta años. De aquí salió Vox, la revista y la editorial de libros, de aquí salió el grupo Mateo, salieron los pintores y las feministas, como las del grupo Despertando a Lilith, salieron las canciones de Zambayonny, salió el Museo del Puerto, y 17grises, sólo por nombrar algunas cosas que conozco de Bahía, Blanca, blanquísima y manchada de sangre también… Por el horror de su pasado y la prepotencia de trabajo de su presente, es un buen lugar, una buena idea la de alejarse de la cabeza de Goliat de Buenos Aires rumbo a un país que desconocemos, para tomar cerveza juntos y escucharnos alzando nuestras piedritas de morondanga en la construcción de un mapa imaginario que nos permita salir con la cuchara en la mano, golpeando quizás un plato vacío, o semilleno, o con algo…

No voy a pensar que federalizamos nada, sólo estamos probando irnos con la banda de gira e incorporar a ella otros instrumentistas y cantantes, homenajear a los que nacieron aquí y sobrevivieron produciendo una obra, como Héctor Libertella; ojalá haya otros Filbas nacionales, y que se hagan en la Pampa para celebrar a Bustriazo Ortiz y a Orozco, en San Juan para festejar a Escudero, en Jujuy para aplaudir a Groppa, en Catamarca para leer y releer a Luis Franco… Bueno, invitaron a una poeta, ¿no? Sabrán perdonar que sólo nombro a otros grandes poetas de este mapa imaginario, y dejo que la industria perezosa les recuerde a los demás, aunque la presencia de Entropía, de Letranómada (esta semana leí un libro maravilloso publicado allí, de un angoleño africano, para colmo treintañero, El silbador se llama, de Ondjaki), de Letranómada decía, de Eterna Cadencia, de InterZona, de 17grises, de Mansalva, de Bajolaluna, de Tamarisco y muchas otras pequeñas y efectivas editoriales, parece haber puesto los medios de producción donde encuentran lugar las nuevas ficciones en manos similares a los de la poesía.

Así, leer la Primera antología argentina de cuento zombi, Vienen bajando, por ejemplo, fue como leer una antología de poesía contemporánea argentina, con el mismo gesto casi secreto y dichoso por igual, aunque más marcadamente enunciativo. Estos muertos vivos sin habla ni cabeza, cuya caza y mutilación forma parte de la manera de divertirse de los “vivos”, me dice más de hoy que el más pesado de los ensayos. Cadáveres del setenta, o muertos vivos del dos mil uno, o negros magníficos reciclados en el presente, por los que uno quiere ser infectado, ser zombi con ellos, componen un poema de amor como el que leído pocas veces.

Entonces, diría, a la luz de estos pensamientos, no auguro mucho de este primer Festival Nacional (como no auguro demasiado de la administración actual de nuestro país, la mejor que hemos tenido, sin embargo, en tantos años) pero espero, paradojalmente, mucho. Espero que se rocen las nuevas producciones, dentro y fuera de Buenos Aires, con la obra de grandes maestros, muertos o al final de su vida. Y que ambos sean escuchados con la misma intensidad, por lo que han hecho, y por lo que se está haciendo. Héctor Libertella y Francisco Marzione, por ejemplo, Hugo Gola y Roberta Iannamico…

Ver obra de Santoro y escuchar a Luis Sagasti, cuyo libro Bellas artes es realmente precioso, o percibir la inteligencia de Maxi Crespi, o escuchar leer sus poemas a Mario Ortiz, sólo por nombrar a los que en algo conozco, y que me llegue el asombro por los que no conozco, los que aún no he visto ni leído. Eso es un Festival, empezamos a aprender cuando leemos el programa, nos divertimos en el medio y seguimos leyendo después. Me llevaré los libros de 17grises que aún no tengo para continuar el banquete… Bienvenidas y bienvenidos, entonces, a los que hemos llegado a BB, y a los que nos esperan aquí, a los organizadores que lo hacen posible, a Brigitte Bardot que nos recibe mostrando aquellas tetas juveniles del ayer.

Fin del discurso, ahora viene la palabra kitsch, la más temida y cursi, aquella por la que Martínez Estrada hubiera vomitado, y que aún nos persigue a los argentinos como un fantasma, sin la cual no sería posible disfrutar de este Festival ni de nada, es decir, viene aquello de lo que hablaba la poeta Andi Nachón con las quince mil almas coreando las canciones de la adolescencia. Viene el amor; y la fiesta. Como escribió Gabriel Bermúdez recordando a Spinetta: contra todos los males de este mundo.


Tomado de http://blog.eternacadencia.com.ar/?p=20848#more-20848

Torsión irresuelta que se levanta

"La literatura siempre opera frente a este malestar que produce la consolidación de un sistema. Una continua tensión o torsión irresuelta se levanta, o se encarna en el lenguaje en desmembramiento que muestra su costado más fragmentario, algo común en la poesía, y que roza, en las fricciones de la ficción de género, como el terror, el thriller, o el fantástico, la carne abierta de un lenguaje que no se cierra sobre sí mismo."


Diana Bellessi

El tremendo tsumami de la parodia

El escepticismo y la ironía, o el tremendo tsunami de la parodia encuentran zonas ricas en el arte de nuestro tiempo. Hasta cansarse, hasta cansar sus procedimientos, corriendo la orilla de un océano que no deja en tierra casi nada. Casi nada, salvo los pequeños momentos íntimos de cada vida que vuelven a alzarse como el último bastión de sentido que tenemos, y que pueden vivir, islotes de un archipiélago desperdigado, adentro del laberinto donde alzamos, no un país, sino nuestra casa…



Diana Bellesi

miércoles, 21 de marzo de 2012

Los minutos negros


Un pacto solar de Martín Solares


09/09/2009


Martín Molina, colaboración especial



Saltillo, Coah.- Nací en el golfo de México. Rastreando mis orígenes, hay muchas razones para hablarles de este libro. Yo soy de donde hay un río. Mi niñez floreció a la sombra del platanar, el olor de la guayaba, la calidez uterina del trópico y la papaya. Mucho que ver el verdor y el carácter de mi gente con la violencia incendiaria de “Los Minutos Negros”.

Resplandores y enigmas del lenguaje: Martín Solares un escritor también nacido en el trópico.

Solares, un apellido de reverberaciones diurnas y, de igual forma, sinónimo de huertas pequeñas de mangos o naranjales, -de zacatales y estropajos-; decía, Solares, crea un libro oscuro, violento, de una lucidez hiriente. Una vorágine que sucede no al amparo de las sombras, sino bajo el filo cruel del sol, en un tiempo que transcurre lento, doloroso.

Pero ¿qué son “Los Minutos Negros”?

Un periodista acallado brutalmente en el intento de descorrer las cortinas terribles del pasado.

Ciudades devoradas por una neblina calurosa, creadas sobre las tumbas olvidadas de actos sin perdón.

Un detective maltrecho y entrañable, un nombre de resonancias boxísticas, un fajador en un interminable round contra las sombras, un hombre como muchos, cuya vida es una caída en cámara lenta.

Y la vegetación, ese callejón verde a donde desembocan todas las historias de este tiempo negro me recuerdan otra selva y otras agonías: el inescrutable Kurtz en “El Corazón de las Tinieblas”, balbuceando “¡El Horror! ¡El Horror!...”.

Ese horror que en nuestro país muta de formas y de motivos, una máquina de moler vidas hechas de silencios y de complicidades.

La violencia que asola al Paracuán de Solares, como al Cuévano de Ibargüengoitia, es un animal salvaje que merodea esperando dar su zarpazo. Una mirada fosforescente acechando la inocencia desde paredes carcomidas por la sal de un mar enchapopotado. No la garra suave que atisbara Machado, sino un puño cruel desatado desde los escritorios de los cuerpos policíacos.

Cuando escribió su “Leviatán”, sobre las correrías del Unabomber, Paul Auster confesó que los libros nacen de la ignorancia. Solares confirma que algunos libros emergen, como una sombra densa, desde el continente de las pesadillas:

Una voz socarrona y terrible que nos pregunta: “¿Verdad que en la vida de todo hombre hay cinco minutos negros?”

Y es a partir de esta retórica terrible que el novelista construye un fresco monumental perfilado con sangre y restos humanos, un abismo trazado con pactos institucionales y ráfagas desde la sombra.

Y de ese vértigo emergen los fantasmas más terribles de nuestro pasado reciente. Agentes en conjuntos de terlenka y apellidos como oráculos negros: Durazo, Gutiérrez Barrios, Nazar, Echevarreta. Y los crímenes en pro de la patria, y el silencio de los periodistas charros, y la adhesión con guayabera al presidente.

En un derroche de malicia narrativa, el autor demarca un dique contra tanta oscuridad, y como una tríada de ángeles exorcistas baraja con mano de tahúr tres nombres, tres Virgilios para este infierno mexicano: B. Traven, Rigo Tovar, o el más grande criminalista que ha dado nuestro país: el doctor Alfonso Quiroz Cuarón.

Y como en todo cuento de horror, los chivos expiatorios que alimentarán la
hecatombe.

Y el desamor, esa otra catástrofe.

Y los buenos, despedazados para que nunca escriban la historia.

Porque este libro viene a demostrar rabiosamente que detrás de nuestras efemérides rebullen los gusanos de crímenes sin castigo. Baste invocar palabras prohibidas como Brigada Blanca, Guerra Sucia, Dirección Federal de Seguridad. La historia de este país, con sus avances y sus siglas relumbrantes es como un sol rebotando sobre tumbas blanqueadas.

“Los Minutos Negros” es un libro que grita, a nosotros, ciegos de sol, sordos de discursos oficiales.

El trazo magistral de Martín se demuestra en la fidelidad para recrear lo impecable de la gestualidad y lo implacable del paisaje. El oído finísimo se nota clarito en ese canto doloroso, como una letanía de velorio o una ráfaga de cuerno de chivo.

Sin embargo, y a pesar de su densidad y su dureza, “Los Minutos Negros” es una novela contradictoria en su aspecto formal; dentro de ese aturdimiento de plomo y depredación, esa caída libre a lo largo de historias que terminan mal, hay una alegría y un humor amargo. Como si el narrador no fuera un joven rabioso puteando contra el silencio y la muerte, sino un viejo sabio que mira el derrumbe de una barda de adobe bajo la luz dorada de la tarde.

Solares, también trasterrado, demuele a mazazos la faz plateada de los héroes, se sabe y canta, sobre todo canta los caminos hacia el ensueño que terminaron en ninguna parte; las esquirlas del desamor, el agrio humor de los desesperados.

Finalmente, “Los Minutos Negros” es un canto de amor a un paisaje y a una época.

Quien quiera probar una novela de ésas que tienen el poder de arrancarnos los cabellos, de removernos las entrañas y asomarnos a un universo crudo, filoso, dolorosamente cierto, que tenga el valor de arrojarse a este tiempo oscuro, y que lo haga bajo su propio riesgo.



Tomado de http://www.zocalo.com.mx/seccion/articulo/un-pacto-solar-de-martin-solares

El arquitecto y los albañiles

Martín Solares dixit:

El novelista debe ser un arquitecto implacable, aunque los albañiles sean parientes suyos, aunque él mismo sea los albañiles y hasta el que hace los ladrillos.

Literatura de la rabia

El Cobrador / Rubem Fonseca

Este relato vertiginoso es obra maestra porque una vez leído ya no se olvida. Rubem Fonseca es Premio Camoens de literatura 2003 por el conjunto de su obra. Este premio es el equivalente en lengua portuguesa a nuestro Premio Cervantes.

El Cobrador

En la puerta de la calle, una dentadura enorme; debajo, escrito, Dr. Carvalho, Dentista. En la sala de espera vacía, un cartel, Espere, por favor, el doctor está atendiendo a un cliente.
Esperé media hora, con la muela rabiando. La puerta se abrió y apareció una mujer acompañada de un tipo grandón, de unos cuarenta años, con bata blanca.
Entré en el consultorio, me senté en el sillón, el dentista me sujetó al pescuezo una servilleta de papel. Abrí la boca y dije que la muela de atrás me dolía mucho. Él miró con un espejito y preguntó por qué había descuidado la boca de aquella manera.
Como para partirse de risa. Tienen gracia estos tipos.
Voy a tener que arrancársela, dijo, le quedan ya pocos dientes, y si no hacemos un tratamiento rápido los va a perder todos, hasta estos – y dio un golpecito sonoro en los de delante.
Una inyección de anestesia en la encía. Me mostró la muela en la punta del botador: la raíz está podrida, ¿ve?, dijo como al desgaire. Son cuatrocientos cruceiros.
De risa. Ni hablar, dije.
¿Ni hablar, qué?
Que no tengo los cuatrocientos cruceiros. Me encaminé hacia la puerta.
Me cerró el paso con el cuerpo. Será mejor que pague, dijo. Era un tipo alto, manos grandes y fuertes muñecas de tanto arrancar muelas a los desgraciados. Mi pinta, un poco canija, envalentona a cierta gente. Odio a los dentistas, a los comerciantes, a los abogados, a los industriales, a los funcionarios, a los médicos, a los ejecutivos, a toda esa canalla. Tienen muchas que pagarme todos ellos. Abrí la camisa, saqué el 38, y pregunté con tanta rabia, que una gotita de saliva salió disparada hacia su cara: ¿qué tal si te meto esto culo arriba? Se quedó blanco, retrocedió. Apuntándole al pecho con el revolver empecé a aliviar mi corazón: arranqué los cajones de los armarios, lo tiré todo por el suelo, la emprendí a puntapiés con los frasquitos, como si fueran balones; daban contra la pared y estallaban. Hacer añicos las escupideras y los motores me costó más, hasta me hice daño en las manos y en los pies. El dentista me miraba, varias veces pareció a punto de saltar sobre mi, me hubiera gustado que lo hiciera, para pegarle un tiro en aquel barrigón lleno de mierda.
¡No pago nada! ¡Me he hartado de pagar!, le grité. ¡Ahora soy yo quién cobra!
Le pegué un tiro en la rodilla. Tendría que haber matado a aquel hijoputa.

La calle abarrotada de gente. A veces digo para mi, y hasta para fuera ¡todos me las tienen que pagar! ¡Todos me deben algo! Me deben comida, coños, cobertores, zapatos, casa, coche, reloj, muelas; todo me lo deben. Un ciego pide limosna agitando una escudilla de aluminio con unas monedas. Le arreo una patada en la escudilla, el tintineo de las monedas me irrita. Calle Marechal Floriano, armería, farmacia, banco, fotógrafo, Light, vacuna, médico, Ducal, gente a montones. Por las mañanas no hay quien avance camino de la Central, la multitud viene arrollando como una enorme oruga ocupando toda la acera.

Me cabrean estos tipos que tiran de Mercedes. También me fastidia la bocina de un coche. Anoche fui a ver a un tipo que tenía una Mágnum con silenciador para vender y cuando estaba atravesando la calle tocó la bocina un fulano que había ido a jugar al tenis en uno de aquellos clubs finolis de por allá. Yo iba distraído, que estaba pensando en la Mágnum, cuando sonó la bocina. Vi que el auto venía lentamente y me quedé parado.
¡Eh! ¿Qué pasa?, gritó.
Era de noche y no había nadie por allí. El iba vestido de blanco. Saqué el 38 y disparé contra el parabrisas, más para cascarle el vidrio que para darle a él. Arrancó a toda prisa, como para atropellarme o huir, o las dos cosas. Me eché a un lado, pasó el coche, los neumáticos chirriando sobre el asfalto. Se paró un poco más allá. Me acerqué. El tipo estaba tumbado con la cabeza hacia atrás, la cara y el cuerpo cubiertos de millares de astillitas de cristal. Sangraba mucho, con una herida en el cuello, y llevaba ya el traje blanco todo manchado de rojo.
Volvió la cabeza, que estaba apoyada en el asiento, los ojos muy abiertos, negros y el blanco parecía de un azul lechoso, como una nuez de jabuticaba por dentro. Y como le vi los ojos así, azulados, le dije – oye, que vas a morir, ¿quieres que te pegue el tiro de gracia?
No, no, me dijo con esfuerzo, por favor.
En una ventana vi un tío mirándome. Se escondió cuando miré hacia allá. Debía de haber llamado a la policía.
Salí andando tranquilamente, volví a la Cruzada. Había sido una buena idea, aquella de partirle el parabrisas del Mercedes. Tendría que haberle pegado un tiro en el capot y otro en cada puerta, el planchísta lo iba a agradecer.

El tío de la Mágnum ya había vuelto. A ver, los treinta perejiles. Ponlos aquí, en esta mano que no ha agarrado en su vida el tacho. Tenía la mano blanca, lisita, pero la mía estaba llena de cicatrices, tengo todo el cuerpo lleno de cicatrices, hasta el pito lo tengo lleno de cicatrices.
También quiero comprar una radio, le dije.
Mientras iba a buscar la radio, yo examiné a fondo mi Mágnum. Bien engrasadita, cargada. Con el silenciador puesto, parecía un cañón.
El perísta volvió con una radio de pilas. Era japonesa, me dijo.
Dale, para que lo oiga.
Lo puso.
Más alto, le pedí.
Aumentó el volumen.
Puf. Creo que murió del primer tiro. Pero le aticé dos más sólo para oír puf, puf.
Me deben escuela, novia, tocadiscos, respeto, bocadillo de mortadela en la tasca de la calle Vieira Fazenda, helado, balón de fútbol.
Me quedo ante la televisión para aumentar mi odio. Cuando mi cólera va disminuyendo y pierdo las ganas de cobrar lo que me deben, me siento frente a la televisión y al poco tiempo me viene el odio. Me gustaría pegarle una torta al tipo ese que hace el anuncio del güisqui. Tan atildado tan bonito, tan sanforizado, abrazado a una rubia reluciente, y echa unos cubitos de hielo en el vaso y sonrie con todos los dientes, sus dientes, firmes y verdaderos, me gustaría atraparlo y rajarle la boca con una navaja, por los dos lados, hasta las orejas, y esos dientes tan blancos quedarían todos fuera, con una sonrisa de calavera encarnada. Ahora está ahí, sonriendo, y luego besa a la rubia en la boca. Se ve que tiene prisa el hombre.

Mi arsenal está casi completo: tengo la Mágnum con silenciador, un Colt cobra 38, dos navajas, una carabina 12, un Taurus 38, un puñal y un machete. Con el machete voy a cortarle a alguien la cabeza de un solo tajo. Lo vi en el cine, en uno de esos países asiáticos, aún en tiempo de los ingleses. El ritual consistía en cortar la cabeza a un animal, creo que un búfalo, de un solo tajo. Los oficiales ingleses presidían la ceremonia un poco incómodos, pero los decapitadotes eran verdaderos artistas. Un golpe seco, y la cabeza del animal rodaba chorreando sangre.

En casa de una mujer que me atrapó en la calle Corona, dice que estudia de noche en una academia. Ya pasé por eso, mi escuela fue la más nocturna de todas las escuelas nocturnas del mundo, tan mala que ya ni existe. La derribaron. Hasta la calle donde estaba la han derribado. Me pregunta qué hago, y le digo que soy poeta, cosa que es rigurosamente cierta. Me pide que le recite un poema mío. Ahí va: A los ricos les gusta acostarse tarde / sólo porque saben que los currantes tienen que acostarse temprano para madrugar / Esa es otra oportunidad suya para mostrarse diferentes: / hacer el parásito, / despreciar a los que sudan para ganarse el pan / dormir hasta tarde, / tarde / un día / por fortuna / demasiado tarde, /
Me interrumpe preguntándome si me gusta el cine, ¿Y el poema? Ella no entiende. Sigo: sabia bailar la samba y enamorarse / y rodar por el suelo /sólo por poco tiempo. / Del sudor de su rostro nada se había construido. / Queria morir con ella, / pero eso fue otro día, / realmente otro dia, / En el cine Iris, en la calle Carioca / El Fantasma de la Opera / Un tipo de negro, cartera negra, el rostro oculto, / en la mano un pañuelo blanco inmaculado, / metía mano a los espectadores; / en aquel tiempo, en Copacabana. / otro / que ni apellido tenía, / se bebía los orines de los mingitorios de los cines / y su rostro era verde e inolvidable. / La Historia está hecha de gente muerta / y el futuro de gente que va a morir. / ¿Crees tú que sufre? / Ella es fuerte, aguantará. / Aguantaría también si fuera débil. / Ahora bien, tú, no sé. / Has fingido tanto tiempo, pegaste bofetadas y gritos, mentiste / Estas cansado, / has terminado / no sé qué es lo que te mantiene vivo. /
No entendía la poesía. Estaba sólo conmigo y quería fingir indiferencia, bostezaba desesperadamente. La eterna trapacería de las mujeres.
Me das miedo, acabó confesando.
Este pendejo no me debe nada, pensé, vive con estrechuras en su pisito, tiene los ojos hinchados de beber porquerías y de leer la vida de las niñas bien en la revista Vogue.
¿Quieres que te mate?, pregunté mientras bebíamos güisqui de garrafa.
Quiero que me revuelques en la cama, se rió ansiosa, dubitativa.
¿Acabar con ella? Nunca había estrangulado a nadie con mis propias manos. No queda bien, ni siquiera resulta dramático, estrangular a alguien; es como si fuera una pelea callejera. Pero, pese a todo, tenía hasta ganas de estrangular a alguien, pero no a una desgraciada como aquella. Para un don nadie basta quizá con un tiro en la nuca.
Lo he venido pensando últimamente. Se había quitado la ropa: pechos mustios y colgantes; los pezones, como pasas gigantescas que alguien hubiera pisoteado; los muslos, flácidos, con celulitis, gelatina estragada con pedazos de fruta podrida.
Estoy muerta de frío, dijo.
Me eché encima de ella. Me cogió por el cuello, su boca y la lengua en mi boca, una vagina chorreante, cálida y olorosa.
Jodimos.
Ahora se ha quedado dormida.
Soy justo.

Leo los periódicos. La muerte del perista de Cruzada ni viene en las noticias. El señoritingo del Mercedes con ropa de tenista murió en el Miguel Couto y los periódicos dicen que fue atacado por el bandido Boca Ancha. Es como para morirse de risa.
Hago un poema titulado Infancia o Nuevos Olores de Coño con U: Aquí estoy de nuevo / oyendo a los Beatles / en Radio Mundial / a las nueve de la noche / en un cuarto / que podría ser / y era / el de un santo mártir / No había pecado / y no sé por qué me condenaban / ¿por ser inocente o por estúpido? / De todos modos /el suelo seguía allí / para zambullirse. / Cuando no se tiene dinero / es conveniente tener músculos / y odio.
Leo los periódicos, para saber qué es lo que están comiendo, bebiendo, haciendo. Quiero vivir mucho para tener tiempo de matarlos a todos.

Desde la calle veo la fiesta en Vieira Souto, las mujeres con vestido de noche, los hombres de negro. Ando lentamente, de un lado a otro, por la calle; no quiero despertar sospechas y el machete lo llevo por dentro de la pernera, amarrado, no me deja andar bien. Parezco un lisiado, me siento como un lisiado. Un matrimonio de media edad pasa a mi lado y me mira con pena; también yo siento pena de mí, cojo, y me duele la pierna.
Desde la acera veo a los camareros sirviendo champán francés. A esa gente le gusta el champán francés, la ropa francesa, la lengua francesa.
Estaba allí desde las nueve, cuando pasé por delante, bien pertrechado de armas, entregado a la suerte y al azar, y la fiesta surgió ante mi.
Los aparcamientos que había ante la casa se ocuparon pronto todos, y los coches de los asistentes tuvieron que estacionarse en las oscuras calles laterales. Me interesó mucho uno, rojo, y en él, un hombre y una mujer, jóvenes y elegantes los dos. Fueron hasta el edificio sin cruzar palabra; él, ajustándose la pajarita, y ella, el vestido y el peinado. Se preparaban para una entrada triunfal, pero desde la acera veo que su llegada fue, como la de los otros, recibida con total desinterés. La gente se acicala en el peluquero, en la modista, en los salones de masaje, y sólo el espejo les presta, en las fiestas, la atención que esperan. Vi a la mujer con su vestido azul flotante y murmuré: te voy a prestar la atención que te mereces, por algo te pusiste tus mejores braguitas y has ido tantas veces a la modista y te has pasado tantas cremas por la piel y te has puesto un perfume tan caro.
Fueron los últimos en salir. No andaban con la misma firmeza y discutían irritados, con voz pastosa, confusa.
Llegué junto a ellos en el momento en que el hombre abría la puerta del coche. Yo venía cojeando y él apenas me lanzó una mirada distraída, a ver quién era, y descubrió sólo a un inofensivo inválido de poca monta.
Le apoyé la pistola en la espalda.
Haz lo que te diga o vais a morir los dos, dije.
Entrar con la pata rígida en el estrecho asiento de atrás no fue cosa fácil. Quedé medio tumbado, con la pistola apuntando a su cabeza. Le mandé que tirara hacia la Barra de Tijuca. Saqué el cuchillo de la pernera cuando me dijo llévate el dinero y el coche y déjanos aquí. Estábamos frente al Hotel Nacional. De risa. Él estaba ya sereno y quería tomarse el último güisqui mientras daba cuenta a la policía por teléfono. Hay gente que se cree que la vida es una fiesta. Seguimos por el Recreio dos Bandeirantes hasta llegar a una playa desierta. Saltamos. Dejé los faros encendidos.
Nosotros no le hemos hecho nada, dijo él.
¿Que no? De risa. Sentí el odio inundándome los oídos, las manos, la boca, todo mi cuerpo, un gusto de vinagre y de lágrimas.
Está en estado, dijo él señalando a la mujer, va a ser nuestro primer hijo.
Miré la barriga de aquella esbelta mujer y decidí ser misericordioso, y dije, puf, allá donde debía estar su ombligo y me cargué al feto. La mujer cayó de bruces. Le apoyé la pistola en la sien y dejé allí un agujero como la boca de una mina.
El hombre no decía ni palabra, la cartera del dinero en su mano tendida. Cogí la cartera y la tiré al aire y cuando iba cayendo le largué un taconazo, así, con la zurda, echándola lejos.
Le até las manos a la espalda con un cordel que llevaba. Después le amarré los pies.
Arrodíllate, le dije.
Se arrodilló.
Los faros iluminaban su cuerpo. Me arrodillé a su lado, le quité la pajarita, doble el cuello de la camisa, dejándole el pescuezo al aire.
Inclina la cabeza, ordené.
La inclinó. Levanté el machete, sujeto con las dos manos, vi las estrellas en el cielo, la noche inmensa, el firmamento infinito e hice caer el machete, estrella de acero, con toda mi fuerza, justo en medio del pescuezo.
La cabeza no cayó, y él intentó levantarse agitándose como una gallina atontada en manos de una cocinera incompetente. Le dí otro golpe, y otro más y otro, y la cabeza no rodaba por el suelo. Se había desmayado o había muerto con la condenada cabeza aquella sujeta al pescuezo. Empujé el cuerpo sobre el guardabarros del coche. El cuello quedó en buena posición. Me concentré como un atleta a punto de dar un salto mortal. Esta vez, mientras el cuchillo describía su corto recorrido mutilante zumbando, hendiendo el aire, yo sabía que iba a conseguir lo que quería. ¡Broc!, la cabeza saltó rodando por la arena. Alcé el alfanje y grité: ¡Salve al Cobrador! Di un tremendo grito que no era palabra alguna, sino un aullido prolongado y fuerte, para que todos los animales se estremecieran y se largaran de allí. Por donde yo paso, se derrite el asfalto.

Una caja negra bajo el brazo. Digo, trabada la lengua, que soy el fontanero y que voy al apartamento doscientos uno. Al portero le hace gracia mi lengua estropajosa y me manda subir. Empiezo por el último piso. Soy el fontanero (lengua normal ahora) vengo a arreglar eso. Por la abertura, dos ojos: nadie ha llamado al fontanero. Bajo al séptimo: lo mismo. Sólo tengo suerte en el primero.
La criada me abrió la puerta y gritó hacia dentro, es el fontanero. Salió una muchacha en camisón, con un frasquito de esmalte de uñas en la mano, guapilla, de unos veinticinco años.
Debe de ser un error, dijo, no necesitamos al fontanero.
Saqué la Cobra de dentro de la funda. Claro que lo necesitáis, y quietas o me cargo a las dos.
¿Hay alguien más en casa? El marido estaba trabajando, y el chiquillo, en la escuela. Agarré a la criadita, le tapé la boca con esparadrapo. Me llevé a la mujer al cuarto.
Desnúdate.
No me da la gana, dijo con la cabeza erguida.
Me lo deben todo, calcetines, cine, solomillos, me lo deben todo, coño, todo. Anda, rápido. Le dí un porrazo en la cabeza. Cayó en la cama, con una marca roja en la cara. No disparo. Le arranqué el camisón, las braguitas. No llevaba sostén. Le abrí las piernas. Coloqué las rodillas sobre sus muslos. Tenía una pelambrera basta y negra. Se quedó quieta, con los ojos cerrados. No fue fácil entrar en aquella selva oscura, la abertura era apretada y seca. Me incliné, abrí la vagina y escupí allá dentro, un gargajo gordo. Pero tampoco así fue fácil. Sentía la verga desollada. Empezó a gemir cuando se la hundí con toda mi fuerza hasta el fin. Mientras la metía y sacaba le iba pasando la lengua por los pechos, por la oreja, por el cuello, y le pasaba levemente el dedo por el culo, le acariciaba la barriguita. Empezó a quedárseme lubricada por los jugos de su vagina, ahora tibia y viscosa.
Como ya no me tenía miedo, o quizá porque lo tenía, se corrió antes que yo. Con lo que me iba saliendo aún, le dibujé un círculo alrededor del ombligo.
A ver si ahora no abrirás al fontanero cuando llame, le dije antes de marcharme.

Salgo de la buarda de la calle del Vizconde de Maranguape. Un agujero en cada muela lleno de cera del Dr. Lustosa / masticar con los dientes de delante / caray con la foto de la revista / libros robados. / Me voy a la playa.
Dos mujeres charlan en la arena; una está bronceada por el sol, lleva un pañuelo en la cabeza; la otra está muy blanca, debe ir poco a la playa; tienen las dos un cuerpo muy hermoso; la barriguita de la más pálida es la más hermosa que he visto en mi vida. Me siento cerca y me quedo mirándola. Se dan cuenta de mi interés y empiezan a menearse inquietas, a decir cosas con el cuerpo, a hacer movimientos tentadores, de trasero. En la playa todos somos iguales, nosotros los jodidos, y ellos. Y nosotros quedamos incluso mejor, porque no tenemos esos barrigones y el culazo blando de los parásitos. Me gusta la paliducha esa. Y ella parece interesada por mí, me mira de reojo. Se ríen, se ríen, enseñando los dientes. Se despiden, y la blanca se va andando hacia Ipanema, el agua mojando sus pies. Me acerco y voy andando junto a ella, sin saber qué decir.
Soy tímido, he llevado tantos estacazos en la vida, y el pelo de la chica se ve cuidado y fino, tiene el pecho altito, los senos pequeños, los muslos sólidos, torneados, musculosos, y el trasero formado por dos hemisferios consistentes.
Cuerpo de bailarina.
¿Estudias ballet?
Estudié, me dice. Me sonríe. ¿Cómo puede tener alguien una boca tan bonita? Me dan ganas de lamer su boca diente a diente. ¿Vives por aquí?, me pregunta. Si, miento. Ella me señala una casa en la playa, toda de mármol.

De vuelta a la calle del Vizconde de Maranguape. Voy matando el tiempo hasta el momento de ir a casa de la paliducha. Se llama Ana. Me gusta Ana. Me gusta Ana, palindrómico. Afilo el cuchillo en una piedra especial. Los periódicos dedicaron mucho espacio a la pareja que maté en la Barra. La chica era hija de uno de esos hijos de puta que se hacen ricos, en Segipe o Piauí, robando a los muertos de hambre, y luego se vienen a Rio, y los hijos de cara chata ya no tienen acento, se tiñen el pelo de rubio y dicen que descienden de holandeses.
Los cronistas de sociedad estaban consternados. Aquel par de señoritingos que me cargué estaban a punto de salir hacia París. Ya no hay seguridad en las calles, decían los titulares de un periódico. De risa. Tiré los calzoncillos al aire e intenté cortarlos de un tajo como hacía Saladito (con un lienzo de seda) en la película.
Ahora ya no hacen cimitarras como las de antes / Yo soy una hecatombe / No fue ni Dios ni el Diablo / quien me hizo un vengador / Fui yo mismo / Yo soy el Hombre-Pene / Soy el Cobrador.
Voy al cuarto donde doña Clotilde está acostada desde hace tres años. Doña Clotilde es la dueña de la buhardilla.
¿Quiere que le barra la habitación?, le pregunto.
No, hijo mío; sólo quería que me pusieras la inyección de trinevral antes de marcharte.
Pongo la jeringuilla a hervir, preparo la inyección. El culo de doña Clotilde está seco como una hoja vieja y arrugada de papel de arroz.
Vienes que ni caído del cielo, hijo mío. Ha sido Dios quien te ha enviado, dice.
Doña Clotilde no tiene nada, podría levantarse e ir de compras al supermercado. Su mal está en la cabeza. Y después de pasarse tres años acostada, sólo se levanta para hacer pipí y caquitas, que ni fuerzas debe tener.
El día menos pensado le pego un tiro en la nuca.

Cuando satisfago mi odio, me siento poseído por una sensación de victoria, de euforia, que me da ganas de bailar – doy pequeños aullidos, gruño sonidos inarticulados, más cerca de la música que de la poesía, y mis pies se deslizan por el suelo, mi cuerpo se mueve con un ritmo hecho de esguinces y de saltos, como un salvaje, o como un mono.
Quien quiera mandar en mí, puede quererlo, pero morirá. Tengo ganas de acabar con un figurón de esos que muestran en la tele su cara paternal de bellaco triunfador, con una de esas personas de sangre espesa a fuerza de caviares y champán. Come caviar / tu hora va a llegar./ Me deben una mocita de veinte años, llena de dientes y perfume. ¿La de la casa de mármol? Entro y me está esperando, sentada en la sala, quieta, inmóvil, el pelo muy negro, la cara blanca, parece una fotografía.
Bueno, vamonos, le digo. Me pregunta si traigo coche. Le digo que no tengo coche. Ella sí tiene. Bajamos por el ascensor de servicio y salimos en el garaje, entramos en un Puma descapotable.
Al cabo de un rato le pregunto si puedo conducir y cambiamos de sitio. ¿Te parece a Petrópolis?, pregunto. Subimos a la sierra sin decir palabra, ella mirándome. Cuando llegamos a Petrópolis me pide que pare en un restaurante. Le digo que no tengo ni dinero ni hambre, pero ella tiene las dos cosas, come vorazmente, como si temiera que el cualquier momento viniesen a retirarle el plato. En la mesa de al lado, un grupo de muchachos bebiendo y hablando a gritos, jóvenes ejecutivos que suben el viernes y que beben antes de encontrarse con madame toda acicalada para jugar a cartas o para cotillear mientras van catando quesos y vinos. Odio a los ejecutivos. Acaba de comer y dice, ¿qué hacemos ahora? Pues ahora nos volvemos, le digo, y bajamos sierra abajo, yo conduciendo como un rayo, ella mirándome. Mi vida no tiene sentido, hasta a veces he pensado en suicidarme, dice. Paro en la calle del Vizconde de Maranguape. ¿Vives aquí? Salgo sin decir nada. Ella viene detrás: ¿cuándo te volveré a ver? Entro, y mientras subo las escaleras oigo el ruido del coche que se pone en marcha.
Top Executive Club. Usted merece el mejor relax, hecho de cariño y comprensión. Masajistas expertas. Elegancia y distinción.
Anoto la dirección y me encamino a un local, una casa, en Ipanema. Espero a que él salga, vestido de gris ceniza, cuello duro, cartera negra, zapatos brillantes, pelo planchado. Saco un papel del bolsillo, como alguien que anda en busca de una dirección, y voy siguiéndole hasta el coche. Estos cabrones siempre cierran el coche con llave, saben que el mundo está lleno de ladrones, también ellos lo son, pero nadie los agarra. Mientras abre el coche le meto el revolver en la barriga . Dos hombres, uno ante el otro, hablando, no llama la atención. Meter el revolver en la espalda asusta más, pero eso sólo debe hacerse en lugares desiertos.
Estate quieto o te lleno de plomo esa barrigota ejecutiva.
Tiene el aire petulante y al mismo tiempo ordinario del ambicioso ascendente inmigrado del interior, deslumbrado por las crónicas de sociedad, elector, inversor, católico, cursillista, patriota, mayordomista y bocalibrista, los hijos estudiando en la Universidad, la mujer dedicada a la decoración de interiores y socia de una boutique.
A ver, ejecutivo, ¿qué te hizo la masajista? ¿Te hizo una paja o te la chupó?
Bueno, usted es un hombre y sabe de estas cosas, dijo. Palabras de ejecutivo con chofer de taxi o ascensorista. Desde Bazucada a la Dictadura, cree que se ha enfrentado ya con todas las situaciones de crisis.
Qué hombre ni qué niño muero, digo suavemente, soy el Cobrador.
¡Soy el Cobrador!, grito.
Empieza a ponerse del color del traje. Piensa que estoy loco y aún no se ha enfrentado con ningún loco en su maldito despacho con aire acondicionado.
Vamos a tu casa, le digo.
No vivo aquí, en Rio, vivo en Sao Paulo, dice.
Ha perdido el valor, pero no las mañas. ¿Y el coche?, le pregunto., ¿El coche? ¿Qué coche? ¿Ese con matrícula de Rio? Tengo mujer y tres hijos, intenta cambiar de conversación. ¿Qué es esto? ¿Una disculpa, una contraseña, habeas corpus, salvoconducto? Le mando parar el coche. Puf, puf, puf, un tiro por cada hijo en el pecho. El de la mujer, en la cabeza. Puf.
Para olvidar a la chica de la casa de mármol, voy a jugar al fútbol a un descampado. Tres horas seguidas, tengo las piernas hechas un cristo de los`patadones que me llevé, el dedo gordo del pie izquierdo hinchado, tal vez roto. Me siento, sudoroso, a un lado del campo, junto a un mulato que lee O Dia. Los titulares me interesan, le pido el periódico, el tío me dice ¿por qué no compras uno, si quieres leerlo? No me enfado. El tipo tiene pocos dientes, dos o tres retorcidos y oscuros. Digo, bueno, no vamos a pelearnos por eso. Compro dos bocadillos calientes de salchichas y dos coca-colas, le doy la mitad y entonces me deja el periódico. Los titulares dicen: La policía anda a la busca del loco de la Mágnum. Le devuelvo el periódico, el no lo acepta, sonríe para mí mientras mastica con los dientes de delante, o mejor, con las encías de delante, que de tanto usarlas, las tiene afiladas como navajas. Noticias del diario: Un grupo de peces gordos de la zona sue haciendo preparativos para el tradicional Baile de Navidad, Primer Grito del Carnaval. El baile empieza el día veinticuatro y termina el día de Año Nuevo. Vienen hacendados de la Argentina, herederos alemanes, artístas norteamericanos, ejecutivos japoneses, el parasitismo internacional. La Navidad se ha convertido en una fiesta. Bebida, locura, orgía, depilfarro.
El Primer Grito de Carnaval. De risa. Tienen gracia estos tipos…
Un loco se tiró desde el puente de Niteroi y estuvo nadando doce horas hasta que dio con el una lancha de salvamento. Y no agarró ni un resfriado.
Cuarenta viejos mueren en el incendio de un asilo. Las familias lo celebrarán.

Estoy acabando de ponerle la inyección de trinevral a doña Clotilde cuando llaman al timbre. Nunca llama nadie al timbre de la buhardilla. Yo hago las compras, arreglo la casa. Doña Clotilde no tiene parientes. Miro desde la galería. Es Ana Palindrómica.
Hablamos en la calle. ¿Es que andas huyendo de mi?, pregunta. Más o menos eso, digo. Subo con ella a la buhardilla. Doña Clotilde, estoy aquí con una chica, ¿puedo llevármela al cuarto? Hijo mío, la casa es tuya, haz lo que quieras; pero me gustaría verla.
Nos quedamos de pie al lado de la cama. Doña Clotilde se queda mirando a Ana un tiempo inmenso. Se le llenan los ojos de lágrimas. Yo rezaba todas las noches, solloza, todas las noches, para que encontraras una chica como esta. Alza los brazos flacos cubiertos de colgajos de piel flácida, junta las manos y dice, oh Dios mío, gracias, gracias.
Estamos en i cuarto, de pie, ceja contra ceja, como en el poema, y la desnudo, y ella me desnuda a mi, y su cuerpo es tan hermoso que siento una opresión en la garganta, lágrimas en mi rostro, ojos ardiendo, mis manos tiemblan
y ahora
estamos tumbados, uno junto a otro, entrelazados, gimiendo,
y más, y más, sin parar, ella grita la boca abierta, los dientes blancos, como de elefante joven;
¡ay, ay adoro tu obsesión!, grita ella, agua y sal y humores chorrean de nuestros cuerpos sin parar.
Ahora, mucho después, tumbados, mirándonos hipnotizados hasta que anochece y nuestros rostros brillan en la oscuridad y el perfume de su cuerpo traspasa las paredes de la habitación.
Ana despertó antes que yo y la luz está ya encendida. ¿Sólo tienes libros de poesía? Y todas estas armas ¿para qué? Coge la Mágnum del armario, carne blanca y acero negro, apunta hacia mí. Me siento en la cama.
¿Quieres disparar? Puedes disparar, la vieja no va a oír. Pero un poco más arriba. Con la punta del dedo alzo el cañón hasta la altura de mi frente. Aquí no duele.
¿Has matado a alguien alguna vez? Ana apunta el arma a mi cabeza.
Si.
¿Y te gustó?
Me gustó.
¿Qué sentiste?
Como un alivio.
¿Cómo nosotros dos en la cama?
No, no. Otra cosa. Lo contrario.
Yo no te tengo miedo, dice Ana.
Ni yo a ti. Te quiero.
Hablamos hasta el amanecer. Siento una especie de fiebre. Hago café para doña Clotilde y se lo llevo a la cama. Voy a salir con Ana, digo. Dios oyó mis oraciones, dice la vieja entre trago y trago.

Hoy es veinticuatro de diciembre, el día del Baile de Navidad o primer Grito de Carnaval. Ana Palindrómica se ha ido de casa y vive conmigo. Mi odio ahora es diferente. Tengo una misión. Siempre he tenido una misión y ni lo sabía. Ahora lo sé. Ana me ha ayudado a ver. Sé que si todos los jodidos hicieran lo que yo, el mundo sería mejor y más justo. Ana me ha enseñado a usar los explosivos y creo que estoy ya preparado para este cambio de escala. Andar matándolos uno a uno es cosa mística, y ya me he librado de eso. En el Baile de Navidad mataremos convencionalmente a los que podamos. Será mi último gesto romántico inconsecuente. Elegimos para iniciar la nueva fase a los consumistas asquerosos de un supermercado de la zona sur. Los matará una bomba de gran poder explosivo. Adiós machete, adiós puñal, adiós mi rifle, mi Colt Cobra, mi Mágnum, hoy será el último día que os use. Beso mi cuchillo. Hoy usaré explosivos, reventaré a la gente, lograré fama, ya no seré sólo el loco de la Mágnum. Tampoco volveré a salir por el parque de Flamenco mirando a los árboles, los troncos, la raíz, las hojas, la sombra, eligiendo el árbol que querría tener, que siempre quise tener, un pedazo de suelo de tierra apisonada. Y los ví crecer en el parque, y me alegraba cuando llovía, y la tierra se empapaba de agua, las hojas lavadas por la lluvia, el viento balanceando las ramas, mientras los automóviles de los canallas pasaban velozmente sin que ellos miraran siquiera a los lados. Ya no pierdo mi tiempo en sueños.
El mundo entero sabrá quien eres tú, quienes somos nosotros, dice Ana.
Noticia: El gobernador se va a disfrazar de Papá Noel. Noticia: Menos festejos y más meditación, vamos a purificar el corazón. Noticia: No faltará cerveza. No faltará pavo. Noticia: Los festejos navideños causarán este año más víctimas de tráfico y agresiones que en años anteriores. Policía y hospitales se preparan para las celebraciones de Navidad. El Cardenal en la televisión: la fiesta de Navidad ha sido desfigurada, su sentido no es éste, esa historia de Papá Noel es una desgraciada invención. El Cardenal afirma que Papá Noel es un payaso ficticio.
La víspera de Navidad es un buen día para que esa gente pague lo que debe, dice Ana. Al Papá Noel del baile quiero matarlo yo mismo a cuchilladas, digo.
Le leo a Ana lo que he escrito, nuestro mensaje de Navidad para los periódicos.
Nada de salir matando a diestro y siniestro, sin objetivo definido. Hasta ahora no sabía qué quería, no buscaba un resultado práctico, mi odio iba siendo desperdiciado. Estaba en lo cierto por lo que a mis impulsos se refiere, pero mi equivocación consistía en no saber quien era el enemigo y por qué era enemigo. Ahora lo sé. Ana me lo ha enseñado. Y mi ejemplo debe ser seguido por otros, sólo así cambiaremos el mundo. Esta es la síntesis de nuestro mensaje de Navidad.
Meto las armas en una maleta. Ana tira tan bien como yo, sólo que no sabe manejar el cuchillo, pero ésta es ahora un arma obsoleta. Le decimos adiós a doña Clotilde. Metemos la maleta en el coche. Vamos al baile de Navidad. No faltará cerveza, ni pavo. Ni sangre. Se cierra un ciclo de mi vida y se abre otro.

El Cobrador, RUBEM FONSECA; Editorial Bruguera, Barcelona, 1981. ( Traducción: Basilio Losada)

Lunes por la madrugada...

Yo cierro los ojos y veo tu cara
que sonríe cómplice de amor...